AQUELLA QUINTA INOLVIDABLE
Evocarás
alguna tarde contemplando el terreno enfrente de la quinta. Esa en que la
silueta de un corcel se dibujaba en el campo de margaritas. Los niños elegían
las más hermosas para regalarlas en hatillos a quienes pasaran. El embalse del dique
Roggero en el horizonte trazaba una línea azul en el encuentro del cielo y la
tierra. El eucaliptal cruzaba la mitad del terreno y disipaba un aroma
medicinal. Los renovales se veían flamantes plantados en las cercanías de la
casa a medio terminar.
Revivirás
a la familia ocupada en cortar el césped y extraer las malezas. El quincho recién
construido reuniéndolos en la mesa al mediodía. Todos juntos. Buena época, asumirás.
Te
animarás a buscar las fotos amarillentas de aquel tiempo en el fondo del cajón
del desván. Todo sucedió hace muchos años, treinta, cuarenta. Aquellos días volverán
en tu evocación como un torrente de imágenes y señales. Te preguntarás: ¿qué
pasó?, ¿cuál fue la raíz de los males que destruyeron la ilusoria armonía?
Volverás
atrás en tu memoria y tratarás de escudriñar los acontecimientos. Los viajes desde San Isidro a La Reja. El
tránsito infernal. La premura por llegar. Así lo sentirás. Recordarás que
estaban rodeados de gente en la ciudad, que ansiaban el verde frente al cemento
urbano. Extrañarás el intenso trabajo que les daba mantener el lugar. Pensarás
con melancolía que allí estaban, juntos y a la vez lejanos; a un paso físico y
a miles de kilómetros sus almas. Todo externo, superficial, vano.
Tu
presente será la soledad del tiempo perdido, el abandono del lugar, la quinta vacía,
la familia trunca.
Advertirás
que algunos árboles habrán caído durante el gran temporal; la maleza habrá
cubierto los alrededores de la casa y el quincho y, finalmente, el terreno habrá
sido usurpado por una familia migrante desde el Chaco inundado.
Años
después volverás y verás que esa familia bajó el tanque de agua del techo. El
paisaje te abrumará. Será la muestra cabal del despojo; la visión horrenda de niños
harapientos en la galería; el desaliñado huerto en el límite del terreno; la basura
amorfa dispersa entre tus hermosos árboles ahora crecidos en la vereda forestal.
Entonces
huirás despavorida, no querrás agitar en tu alma semejante fracaso. Tu vida será otra, pero persistirá el
recuerdo de lo que no fue. Te preguntarás, ¿para qué evocar tanta pérdida. Tantas
horas destinadas para nada.
Un
día llegará en que lo resuelvas.
Me queda el paisaje,
no este, el otro, el de los buenos tiempos, los niños, el lugar, la tierra, los
atardeceres, la silueta del caballo, el tapiz de margaritas. El jacarandá
florecido, la resistente acacia, el tupido laurel, la fragancia del eucaliptal,
la peculiaridad de los sauces eléctricos. Los ecos de las risas familiares.
Todo menos tú que no mereces ni mi memoria.
© Diana Durán, 6 de
abril de 2026
