EL PATIO
INTERIOR
Miro las flores blancas del ciruelo tras el
ventanal. La primavera se anuncia, pero el aire sigue helado, cinco a diez
grados que calan hondo. El invierno nunca fue mi estación, pero por suerte el
patio me cobija. Mi pequeño invernadero. Suena el timbre: los muchachos que
cortan el pasto en la vereda. Les digo que sí por el portero; no tengo máquina
ni ganas de ponerme a arrancar malezas. Ese pozo que dejaron al cambiar los
caños de agua se va a llenar de yuyos otra vez. Los reclamos de los vecinos,
los papeles y la hojarasca que el viento trae desde el parque.
Mientras los escucho trabajar, saco hojas
amarillentas del cantero, toco los brotes nuevos. Espero que este año den flor.
Las begonias de azúcar resistieron la helada. Mi patio es un vergel: carnosas,
potus, palos de agua con distintos tonos de verde se entremezclan. En verano el
calor aquí será insufrible, pero ahora es un remanso. Dicen que El Niño ya
empezó a sentirse: granizo imprevisto, neviscas extrañas, tardes templadas de
veinte grados y cuando el sol baja un poco, el frío irrumpe. Sigo acá, acomodando vasijas, aunque el frescor
no me deje sentar en los sillones de hierro a tomar mate o leer.
El cabello. Las primeras canas vinieron con mi hija
mayor, y van años y años de teñirme. Esta tarde me pasaré la tintura. Revuelvo la
tierra de este cantero para que respire. La maceta de cemento con varios potus
quedó perfecta; al podar el ficus trepador las raíces encontraron aire. Por lo
menos así no entran los ciempiés. Menos mal que no metí lazos de amor que
colonizan todo. Hoy temprano saqué las piedras de viaje de las macetas y las
acomodé en el plato de cerámica azul. Tienen otra vista allí. Me recordaron
itinerarios pasados.
Miro la escalera hacia la calle. Esos escalones
angostos. Cada vez los bajo con más cuidado, afirmándome del caño. A mis hijas
les preocupa. El timbre otra vez: terminaron. Tengo que controlar que no me
dejen montones de ramas ni bolsas abiertas. Pero antes debería cortar la fruta:
arándanos, frutillas, algunas uvas; con eso resuelvo el postre de hoy y mañana.
Quisiera quedarme un rato más en mi patio soleado,
pero en el escritorio me esperan las correcciones de los trabajos finales. Aunque
no me pagan más por ser exhaustiva, no sé hacerlo de otra forma. Enjuago las
tazas rotas que uso de maceta para las suculentas. Cada una es un mapa: la del
globo terráqueo que me dieron las chicas de cuarto año; la del hornero, que me
compré en una feria; la de guarda geométrica, que ya no recuerdo quién me regaló.
Las de cerámica colgantes de Villa Ventana son las más lindas. Este año tengo
que volver y alquilar por unos días esa cabaña cerca del arroyo Las Piedras.
Leo la inscripción en una de las tazas: “te
regalo una estrella para que se cumplan todos tus deseos”. Qué lejano
suena. Mi único deseo es que mis hijas vengan a tomar el té y sacar la vajilla de
porcelana como hacía mamá. Pero las distancias… Cada una armó su vida en una
ciudad distinta. “Estamos invitados a tomar el té, la tetera es de
porcelana…”, tarareo bajito para espantar la melancolía. Mi casa segura
y este rincón que armé a mis sesenta y pico, después de tanto andar. Vuelvo los
ojos al ciruelo. Quisiera cortar una rama florecida para ponerla en la mesa,
pero sé que en el florero no durará ni un día.
Me haría falta otra maceta de barro cocido para
agrupar las suculentas, lucen mejor juntas. Los pájaros de madera que tanto me
gustan: el tucán colgante, el carpintero en madera de Misiones, los jilgueros
de Mina Clavero. No tienen forma de jilguero, pero el artesano me lo juró y me
dio gracia creerle.
El timbre insiste, dejo lo que estoy haciendo. Apuro
el paso. El pie se me resbala en el borde del tercer escalón. El golpe seco
contra el canto, el crac sordo en la cadera y un dolor caliente que me corta el
aire. Quedo tendida, inmóvil en el piso frío. Afuera siguen tocando el timbre.
A través del vidrio, recortadas contra el cielo azul, las ramas blancas del
ciruelo ni se mueven.
Diana Durán, 14 de setiembre de 2026






