Paisaje correntino.
Fotografía: Héctor Correa
LA MEMORIA DEL AVE
Nuestro proyecto era ir
a Corrientes, para, desde allí, visitar varios lugares del Nordeste y, en
especial, los vastos Esteros del Iberá. De cada viaje acostumbro a llevarme algo,
una artesanía, una nadería, de este esperaba muchos recuerdos dada la
importancia de la cultura local.
El paisaje nos
deleitaba y no pasaron muchos kilómetros desde nuestro ingreso a la provincia
por la ruta doce cuando comenzamos a divisar bañados y lagunas donde las aves
del litoral nos atraían con sus picos raros y plumajes brillantes. Divisamos al
chajá, al biguá, garzas, pollonas, hasta varios martines pescadores de diversos
tamaños y los fotografiamos en sus ambientes acuáticos. Una delicia para
nuestros hábitos naturalistas.
Así llegamos a Goya, tierra de mis ancestros, mi abuela materna
y sus antecesores. Le propuse a mi esposo entrar a la ciudad pues no nos íbamos
a desviar mucho para llegar al destino intermedio en la capital provincial.
Goya es la segunda ciudad más poblada de
la provincia a orillas del río Paraná. Le dicen la "Capital Nacional del
Surubí" por su famoso festival de pesca, pero no era época. Es una ciudad
con fuerte herencia colonial e inmigrante, con una arquitectura particular, el
teatro más antiguo del país y la paradisíaca Isla de las Damas.
Solo recorrer sus calles me hacía volver a la
infancia en la que supe ir con mi familia a la casa de mi abuela donde pasábamos
largas temporadas en la vieja casona de Caá Guazú y Pedro Goyena en sus
incontables habitaciones que guardaban tabaco. Para mi mente infantil ese lugar
había resultado mágico por su abigarrado patio interior, el eco del aljibe y la
frescura del limonero y el árbol de quinotos. Allí la abuela sentada en un
viejo sillón de paja nos relataba los cuentos locales más asombrosos y atrayentes
para nosotros. Nos contaba sobre el genio protector del Pombero, dueño de los pájaros y el sol y señor de la noche; el temible
Lobizón, flaco y enfermizo; o las apariciones de la virgen de Itatí, símbolo de
fe y esperanza para los correntinos.
Dejamos
atrás el encanto de los recuerdos goyanos y desde allí avanzamos por la ruta veinticuatro
para luego empalmar por la nacional ciento veintitrés hasta Mercedes, en el
centro provincial.
Mientras accedíamos al Portal Laguna Iberá,
camino a los esteros, nos detuvimos bajo un sauzal a reposar un poco. Fue
entonces cuando vi un ave increíble, posada en un junco, con el plumaje dorado encendido
por el sol. Su canto no era un trino, sino un llamado profundo, como si
pronunciara una palabra que yo debía recordar. Le pedí a mi esposo que la
fotografiara, pero la lente se empañaba y cuando lograba enfocar el lugar que
yo le indicaba, la imagen se borraba. Él aseguraba que no veía más que garzas y
chajás. Yo, en cambio, no podía apartar la vista de aquella criatura inverosímil,
que al batir sus alas en un momento dejó en el aire una estela luminosa, como
un secreto destinado solo para mí.
Más tarde, al evocar su trino, decidí que le debía
dar un nombre especial. La llamé Ñeembucú que en guaraní significa “palabra
escondida”, porque nadie más la había visto ni oído, y su aparición parecía
destinada a permanecer en el silencio de mi memoria.
Al día siguiente, al adentrarnos en los
esteros sin excursión porque queríamos disfrutarlos solo para nosotros, la
misma ave mágica reapareció al atardecer y otra vez únicamente yo pude verla y
oírla.
Esta vez no cantó, sino que susurró y para mi
asombro su voz era igual a la de mi abuela, la misma que me narraba las
historias del Pombero y del Lobizón en la casa de Goya. Me llamaba por mi
nombre y fusionando con suavidad sus palabras con mi emoción, me dijo:
─Querida,
aquí estoy, en mi lugar. Solo tú me verás siempre que te
acerques con tanto cariño.
Entonces comprendí que el Ñeembucú no era
solo un pájaro imposible, sino la encarnación de aquellas palabras pretéritas y
amorosas que la abuela había sembrado en mi infancia. El ave dorada llevaba en
su canto la historia de la casa de Goya, de su patio y sus frutos. Mi esposo no
la vio, pero aceptó mi relato de que en su vuelo se mezclaban la fe, la magia y
la ternura de aquella infancia feliz que nunca se perderían.
Así comprendí que aquel viaje no me había
regalado una artesanía ni una nadería, sino un tesoro personal: la certeza de
que las palabras y los relatos de mi abuela seguían escondidas en el
territorio, protegidas por el ave mágica. Estaba segura de que cada vez que
regresara a Corrientes, no buscaría recuerdos materiales, sino la huella de
aquel asombroso pájaro ilusorio.
© Diana Durán, 30 de marzo de 2026



