PERMANECER EN FLORES
El hombre había nacido para permanecer. Su vida era un
eterno y opaco transcurrir. Sus padres se habían separado cuando empezó la
escuela primaria. Entonces, uno u otro lo buscaban al colegio. La madre lo
llevaba a tomar un helado a la salida porque sabía que el niño sufría la
separación. El padre, ausente, no siempre lo buscaba, fastidiado por tener que
cumplir con el deber, y las autoridades debían llamar a la mamá que se irritaba
por el abandono. Muchas veces había encontrado a su hijo desconsolado al lado
de la maestra en la puerta del colegio.
El niño lo había sentido desde pequeño. Soy
culpable del divorcio, concluyó una noche muy triste cuando la oscuridad del
cuarto lo estremecía.
Su único reparo era la abuela materna que lo miraba
tiernamente mientras le daba de comer tallarines caseros con tuco y natilla con
caramelo de postre. Él se quedaba el fin de semana en su casa; allí lo esperaban
cuentos de aventuras y duendes y la cama cálida y arropada. En las mañanas de
domingo jugaba en la vereda de la cortada de Terradas con los niños de la
vecindad.
En cambio, no había momentos felices en el encierro del
oscuro departamento de dos dormitorios que su madre había alquilado luego de la
separación. Su pieza era una especie de celda de aislamiento que daba al patio
interior de paredes descascaradas del edificio.
Durante la semana, los únicos momentos al aire libre
los pasaba a pocas cuadras de su casa, en la Plaza de Flores, arbolada
y bulliciosa. Era un pulmón verde en medio del trajín urbano. Las sombras del
imponente algarrobo refrescaban los bancos de hierro y el bullicio de los
colectivos de la avenida Rivadavia se mezclaba con el pregón de los vendedores
ambulantes. Allí escuchaba las campanadas de la Basílica de San José que le
anunciaban cuando era la hora de volver a casa. Cuando el sol caía, el barrio
cambiaba. Los trabajadores regresaban con paso cansino, las persianas metálicas
de los negocios se cerraban con estrépito, y las calles se teñían de un gris
melancólico. El eco de las campanadas de la Basílica de San José se expandía
como un recordatorio de que la jornada había terminado.
En la adolescencia se tornó flaco y esmirriado; la
nariz le creció aguileña y el acné cubrió su cara. Ese aspecto le valió el rechazo
de sus compañeras que los preferían de tersos rostros. Tampoco era afecto a los
deportes, por lo que difícilmente iba a crecer rodeado de amistades. Solo tenía
una compañera de banco que lo apreciaba porque sabía resolver los problemas de
trigonometría y memorizar las lecciones de historia; entonces terminaba
pronto las pruebas y la ayudaba.
Al finalizar el secundario él se inscribió sin gran
vocación en el profesorado de matemáticas. Una tarde se cruzó por
casualidad con su excompañera en la biblioteca del instituto. Se saludaron de
lejos. Ella estudiaba la tecnicatura en trabajo social, lo hacía sin
disposición, solo por continuar algún estudio.
A
los pocos días se volvieron a encontrar en una fiesta de estudiantes en la que ninguno
de los dos se había animado a bailar. Fue en un rincón, entre copas y risas
ajenas, donde comenzaron la relación. Descubrieron que compartían el mismo
miedo al rechazo, la misma sensación de haber nacido para permanecer
invariables. Esa opaca coincidencia los unió. Él reconoció a aquella chica
parecida a sí mismo: callada, de mirada esquiva y aire de tristeza que lo atraía
porque percibía en ella la misma soledad que lo había aislado desde niño. Ella,
aunque tímida y huidiza, valoró que él la había auxiliado en los exámenes.
Él no terminó el profesorado, ella tampoco su carrera. Con el tiempo se casaron,
sin grandes festejos ni lujos, apenas una merienda en una confitería modesta de la
calle Nazca.
La
vida en común no fue fácil. Él consiguió trabajos administrativos mal pagos. Ella
hacía lo posible como ama de casa por organizar con los escasos ingresos de su
esposo el diminuto departamento de dos ambientes que alquilaban en la calle
Bogotá, a dos cuadras de la plaza de siempre.
Los
problemas económicos de los años ochenta se sumaron a las vanas discusiones, y
la rutina se volvió un peso tedioso. Sin embargo, había momentos de ternura:
cuando recordaban las anécdotas escolares, cocinaban juntos un plato sencillo o
bromeaban sobre sus desdichas.
Las
circunstancias los dañaban una y otra vez: sobre todo la imposibilidad de tener
hijos, pero también la permanente escasez de dinero y la inseguridad creciente del
barrio. Cada obstáculo parecía confirmar aquella sentencia que él había sentido
desde pequeño: había nacido para permanecer en el mismo sino.
En
medio de la adversidad, la presencia de ella fue, sin embargo, un refugio.
Aunque discutieran, aunque a veces se hirieran con palabras, él sabía que
compartían la misma herida de origen y que, de algún modo, se necesitaban para
sobrevivir.
A veces pensaba que
todo había sido inútil, que la tristeza de su infancia era un castigo eterno.
Otras veces, en las noches, cuando el trasiego aminoraba y el barrio de tornaba
en calma, sentía que había algo más: una compañía, una reserva, una rutina que
los mantenía en pie.
No era felicidad, tampoco superación. Los sostenía la
inercia que la vida les ofrecía. Era solo la certeza de que, en medio de la costumbre y la penumbra,
había un lugar donde permanecer.
El hombre abraza a su
mujer. Afuera, las campanadas marcan las doce. La plaza está vacía. Adentro, la
intimidad se torna en abrigo.
Diana Durán, 9 de marzo de 2026



