LA NUBE EN LA MONTAÑA

 


Aconquija. Tucumán. Fotografía: Diana Durán. Modificada por IA

LA NUBE EN LA MONTAÑA

La Nube tenía un cuerpo deshilachado y un rostro fantasmal, ojos que cambiaban de forma en la masa de vapor.

Hacía miles de años el vaho de su cuerpo se enfriaba contra las laderas rocosas del Aconquija y subía desde las tierras bajas de lapachos y tipas. La habían denominado nuboselva, una gigantesca masa de vapor vivo, que custodiaba las yungas.

Esa tarde, la Nube cansada del paso ruidoso de los autos que circulaban hacia Tafí del Valle, decidió encerrar a un auto rojo que andaba algo ligero.

Adentro, cuatro humanos debatían su itinerario.

— No nos podemos quedar clavados acá. Si pongo primera, salimos de esta nube en diez minutos —dijo Tomás, con el motor encendido y las manos aferradas al volante.

—Ni se te ocurra acelerar, Tomás, apenas se ve el camino. Un metro en falso y nos vamos al vacío —se opuso Celeste, todavía tranquila, pero firme.

Afuera, el cuerpo de la Nube se arremolinó contra el parabrisas, condensándose para ocultar cualquier vestigio de la ruta. El ambiente estaba cubierto de lianas y helechos enormes que parecían suspendidos en la nada.

—Acá todo es distinto y traicionero. Abajo dejamos el calor, pero arriba la vegetación te devora —respondió Laura, intentando sin éxito desempañar el vidrio.

La Nube susurró algo incomprensible, aunque ellos sólo escucharon un silbido húmedo colándose por las rendijas del auto.

—Tranquilas, exageran. Es la nuboselva, nada más —intervino Diego, inclinándose hacia adelante, ansioso por avanzar—. La llaman lluvia horizontal. Si prendemos las balizas, Tomás va despacio y sigue la línea blanca, llegaremos a las cumbres antes de que anochezca.

La Nube se sintió ofendida por la arrogancia del muchacho. —¿Lluvia horizontal, nada más? ¿Un simple estorbo en el camino? — dijo y sopló fuerte.

De un golpe de vapor barrió con retazos de niebla los faros delanteros y deslizó gotas pesadas desde las copas apenas visibles de los laureles, haciéndolas caer sobre el techo del auto.

—No se ve la línea blanca, Diego, ¡no se ve nada! Es una locura avanzar a ciegas. Apaguen las luces, por favor, y esperemos —gritó Laura, tajante.

—¿Esperar a qué? Quedar varados en una curva cerrada es más peligroso que seguir despacio —protestó Tomás, dejando el auto en punto muerto.

—Peor es desbarrancar, —retrucó Celeste, inflexible.

La niebla, complacida por la reverencia de la chica, condensó su figura sobre el capó del auto. Para Tomás y Diego no era más que un obstáculo blanquecino y espeso, pero Laura y Celeste vieron cómo el vapor tomaba la forma de un dibujo sinuoso y fantasmal de cuyo extremo caían helechos como una cabellera verdosa.

—¿Por qué tanta prisa, humanos? —la voz resonó dentro del vehículo.

Los cuatro quedaron petrificados.

—¿Ustedes escucharon eso? —tartamudeó Diego, perdiendo de golpe toda su suficiencia.

—No abras la boca —rogó Celeste, sin apartar los ojos de la silueta que flotaba frente al vidrio.

La Nube inclinó su cabeza de bruma y sopló contra el cristal. El vaho interior se limpió brevemente. Entonces vieron un abismo a un metro de la rueda delantera. El asfalto había desaparecido en la garganta vertical.

—Tu auto iba a arrojarte hacia mí —advirtió la Nube junto al crujido de los alisos—. Los hombres siempre creen que el camino les pertenece. Corren y atropellan los bordes de las laderas, matan a los ciervos y espantan a los pájaros.

Tomás, con el rostro pálido y la respiración entrecortada, soltó el volante.

—No quisimos faltarle el respeto, solo queríamos cruzar el Aconquija hacia Tafí del Valle —explicó Laura casi sin aliento.

—Para cruzar mis dominios, primero hay que aprender de la naturaleza. El valle no se irá a ninguna parte. Esta noche pertenecerán a la selva —sentenció la Nube.

Un rugido sordo sacudió la ladera. Metros más adelante, una avalancha de piedras y barro cayó con estruendo, bloqueando el camino por el que Diego y Tomás pretendían avanzar a ciegas.

—Apagá el motor, Tomás, ya —pidió Diego aterrado por las circunstancias.

La Nube cubrió con su manto gélido el vehículo, hundiéndolo en una oquedad tan densa como oscura.

Durante la noche, la niebla se quedó echada sobre el auto, respirando sobre ellos. Les mostró paso a paso el croar de las ranas ocultas en los troncos, la danza de los helechos bebiendo agua del aire, los pasos sigilosos de pequeños ciervos curiosos que olfateaban las llantas. Los cuatro amigos dormitaron de a ratos, envueltos en mantas. Comprendieron que el encierro no era un castigo, sino una espera forzada por el entorno.

Hacia el amanecer, cuando el cansancio ya pesaba como piedra, una luz dorada se escurrió lentamente entre la bruma.

El vapor fantasmal se irguió sobre el techo del auto, estirando sus largos brazos hacia las cumbres. Su figura se volvía cada vez más fina y deshilachada a medida que el sol la atravesaba.

—Han sabido esperar, el gran Aconquija ha aceptado su ofrenda paciente —susurró la voz mientras se desvanecía en partículas que hicieron resplandecer en color esmeralda las hojas de los helechos. El muro blanco se abrió en fragmentos, mostrando el asfalto todavía mojado y, a un costado, el desmoronamiento de rocas que los habría sepultado de no haber frenado a tiempo.

Nadie habló de inmediato. El silencio ya no era de miedo, sino de asombro ante lo ocurrido.

Tomás miró a las mujeres. Agachó la cabeza y les pidió perdón por su terquedad. Luego, encendió la llave y el motor arrancó.

Cuando a poca distancia el auto alcanzó al mirador de El Indio, la selva se mostró en su esplendor de verdes dominantes intercalados por rosas, amarillos y blancos floridos. Un mar de nubes cubría el fondo de la quebrada. Parecía que la Nube se había acomodado para descansar.

—Mírenla, ahí está reposando en el fondo de la quebrada —observó Celeste.

—Nos cuidó toda la noche —reconoció Diego, inclinándose para ver el colchón blanco que antes había querido perforar a ciegas.

—Entonces sigamos a Tafí del Valle —propuso Laura—. Anoche la Nube no nos dejó atravesar la montaña, pero nos legó un aprendizaje superior: el respeto hacia la naturaleza.

 © Diana Durán, 7 de setiembre de 2026

PUERTOS DE LA VIDA

 



PUERTOS DE LA VIDA

 

Ella sabía que los puertos guardaban un significado profundo en su vida, aunque por alguna razón no los sentía lugares dichosos. Había visto barcos llegar y partir en Buenos Aires; había jugado con sus hijas en las escolleras de Villa Gesell y San Bernardo. Habían jugado, aunque no era pescar porque lo hacían con un medio mundo alquilado, divertidas al juntar camarones, cornalitos o algún pequeño pejerrey que terminaban en un festín de frituras durante las cenas veraniegas.

Había festejado en bares de Puerto Madero en muchas ocasiones, y recorrido lugares de memoria sombría como la Rosadita. Había visto crecer el barrio hasta que el perfil urbano se cubrió de edificios desmesurados que brotaban como hongos venenosos contra toda lógica.

En el puerto de Mar del Plata, los recuerdos entrecruzaban la infancia y las vacaciones familiares. Puerto pesquero con barcos amarillos, indolentes lobos marinos, cruceros elegantes visibles desde Playa Grande y dos oscuros submarinos apostados en la base militar. Entre esas imágenes, casi disueltas en la bruma marina, una despedida sin regreso aparecía como una sombra.  Solo un rostro perdido en el tiempo y el azul marino.

Había conocido la cambiante ribera porteña, visitado la Fragata Libertad y el puerto de Olivos con sus yates que observaba los domingos desde la mesa de un restaurante. El Puerto de Frutos del Tigre había sido artífice de pequeñas felicidades, arribando en el Tren de la Costa para regresar cargada de originales artesanías y pesadas bolsas de naranjas.

De pequeña había viajado a Goya a bordo del Ciudad de Corrientes, una travesía inolvidable por la lentitud del trasiego y el cuidado casi ritual de su madre al atar a su hermano al mástil para que no cayera al amplio río. Cada embarcadero parecía murmurar que alguien se había ido para no volver.

En la madurez, le tocó vivir en las cercanías de un puerto que al principio solo conocía por lecturas; era una pequeña terminal transformada por la especulación para extraer el oro negro del interior patagónico. Cerca, la imponente base naval inaccesible para los residentes de una ciudad que crecía dándole la espalda al mar. Seguía sintiendo nostalgias repentinas.

 



Aquella tarde el recuerdo se volvió nítido y cobró forma definitiva. Descubrió la ausencia que atravesaba todos los puertos. Era la de su abuelo materno, el griego que a los quince años había dejado Atenas para recalar en la Argentina. El hombre a quien nunca dejó de extrañar, figura palmaria de su infancia por su sencillez y generosidad, sus manos laboriosas y su porte mediterráneo. Recordó entonces con nitidez los relatos de su tierra lejana a la que él jamás había podido regresar.

Lo veía todavía, apoyado en la baranda de un muelle cualquiera, con la mirada fija en el horizonte. La última escena era siempre la misma: él levantando la mano en un gesto leve, como si dudara entre despedirse o quedarse. El viento agitaba su camisa blanca y ella, niña todavía, no alcanzaba a comprender que ese ademán era para siempre.

Al reunir las anécdotas dispersas, comprendió la trama secreta de los puertos. No eran solo lugares de tránsito o de juegos infantiles. Habían sido, desde un principio, el escenario de un único eco: el del abuelo que trajo consigo la nostalgia de un lugar perdido en el Mediterráneo.

© Diana Durán, 31 de agosto de 2026

 

TRAVESÍA FRATERNAL

 


Street View modificada con IA

TRAVESÍA FRATERNAL

Patricio y Hernando habían pasado horas enteras sumergidos en el juego de los soldaditos, recreando batallas encarnizadas entre distintos países. Habían rodado en zigzag y desafiado el equilibrio sobre una rueda convirtiéndose en un quebradero de cabeza para los porteros de la manzana. Se habían instalado muchas tardes en la esquina de la plaza a vender revistas para luego distribuirse los modestos ingresos, una repartija que rara vez transcurría sin discusiones o reproches.

Aunque resultaban inseparables, compartían una rivalidad feroz. Podían llegar a las manos si alguno se negaba a admitir la derrota tras una partida de ajedrez o un partido de fútbol. Esa tensión rozaba el límite cuando terminaban sin dirigirse la palabra durante días al disputarse la atención de la chica más linda del baile.

 

Los hermanos Cruz decidieron cruzar la meseta patagónica en bicicleta, como dedicatoria a aquellos días de la infancia. Lo harían desde Puerto Madryn hasta Esquel. Ya habían buceado con lobos marinos en Punta Loma y avistado ballenas en El Doradillo. El espíritu aventurero los impulsaba a ir por más. Patricio, profesor de educación física, confiaba en sus fuerzas y experiencias. Hernando, guía de turismo, en su logística y tecnología.

—Son quinientos kilómetros con desniveles de más de dos mil metros —advirtió Patricio.

—Con planificación y provisiones lo lograremos— respondió animado Hernando.

Equipados con carpa y mochilas, trazaron etapas de cien kilómetros diarios por la ruta de Los Altares, pero al tercer día, la estepa se volvió una trampa. Un viento implacable de sesenta kilómetros por hora los frenó, cegándolos con polvo y reduciéndoles las fuerzas al mínimo. El vendaval los empujaba hacia atrás como cuando de chicos corrían bajo la lluvia en bicicleta, disputándose quién llegaría primero a la esquina.

—¡Hay que parar acá! —gritó Patricio, bajándose de la bicicleta al límite del agotamiento— tu mapa nos hizo desviar, estamos pedaleando en vano.

—No podemos parar la aplicación, marca un puesto a tres kilómetros. Si nos quedamos en esta hondonada nos moriremos —replicó Hernando, pegado a la pantalla de su móvil.

—No me interesa tu programita. Acá necesitamos fuerza, no cálculos; nos estamos quedando sin agua; no podemos mantenernos en pie—contestó Patricio enojado arrebatándole el teléfono de un manotazo.

—¡Devolvémelo! —gritó Hernando, ciego de rabia y se le tiró encima dándole un puñetazo en la mandíbula.

Patricio trastabilló, sorprendido por el dolor, y respondió embistiéndolo con todo su peso. Ambos cayeron por los cantos rodados entre forcejeos y maldiciones. Patricio terminó sobre Hernando, inmovilizándolo contra la tierra.

—Acá manda la naturaleza, no tu pantallita —murmuró Patricio.

Hernando, escupiendo tierra y con la cara roja por el enojo, lo miró sin pestañear y le dijo —sin mi logística ya estarías muerto de sed en medio de la nada.

El viento aún más fuerte los frenó. Hernando observó el rostro ensangrentado de su hermano y la pantalla rota del teléfono tirada en el suelo. Despacio, abrió la mano y se dejó caer exhausto.

Luego se incorporó tosiendo, recogió el celular y le extendió la mano a su hermano. Patricio la miró un segundo y la aceptó para levantarse. Recordó al padre separándolos en sus peleas de niños; ahora, sin mediadores, debían hacerlo solos.

—Tres kilómetros —dijo Patricio, secándose un hilo de sangre de la boca.

—Tres kilómetros —asintió Hernando.

Montaron las bicicletas y volvieron a andar contra el viento.

Para sobrevivir en la Patagonia, primero debían, como siempre, sobrevivir el uno al otro.

Diana Durán, 24 de agosto de 2026



LA ÚLTIMA RESISTENCIA




Mar de Ansenuza. Infocampo


LA ÚLTIMA RESISTENCIA

El polvo salado del mar de Ansenuza[1] irrita los ojos. La ribera norte de la laguna era una franja aislada del mundo, con el suelo resquebrajado y cubierta de un monte seco. No había luz artificial en kilómetros, solo el resplandor del cielo. Allí se reunió la asamblea de animales en extinción.

El yaguareté llegó sin hacer ruido. Llevaba el lomo marcado por el disparo de un cazador furtivo. Los zorros grises habitaban desde Jujuy hasta Tierra del Fuego y no figuraban en la lista roja. Cruzaron el país con el mensaje al resto de las especies.

—¿El cóndor viene? —les preguntó el yaguareté con un gruñido seco.

Un silbido cortó el aire. La sombra enorme del ave se proyectó sobre la laguna.

—¿No lo ves? Sobrevuela aquella nube. Me silbó fuerte que está llegando, pero mientras estará atento a lo que resolvamos —contestó el cardenal amarillo mientras se sacudía las plumas.

En la orilla de la laguna, el tatú carreta enterraba las garras en la tierra dura, rascando la arcilla reseca. Cerca, el huemul temblaba; había dejado jirones de cuero en los alambrados de la Patagonia para llegar hasta Ansenuza. El aguará guazú, con sus patas largas y un ojo lastimado por el espejo de un auto, se echó a descansar sobre los matorrales del espinal.

—Faltan varios —bufó el tapir, olfateando el aire.

—Al mono carayá vendrá si es que logra esquivar el tránsito de la ruta —contó el oso hormiguero mientras atrapaba miles de hormigas con su lengua pegajosa.

—No hay más tiempo —interrumpió el yaguareté—. Expliquen qué hacen en sus zonas cuando los hombres se acercan.

—Cavar profundo, donde no lleguen sus máquinas; aunque el suelo tan duro es difícil de perforar —contestó el tatú, asomándose de una cueva recién abierta.

—A mí me tiran encima los autos, que cada día son más. Ya no persiguen por hambre, lo hacen por inercia; y las rutas son trampas de asfalto y metal —ladró el aguará mientras mostraba sus dientes.

El huemul apoyó el hocico en la tierra.

—Nos redujeron a símbolos en los mapas que ellos dibujan; si nos quedamos en sus reservas, seremos solo imágenes en sus folletos.

—¿Y los de agua? ¿Cómo están? —preguntó el pecarí, oteando la inmensidad salada.

—La ballena franca mandó a decir desde el sur que el mar huele a petróleo —respondió el cardenal amarillo desde una rama seca.

El yaguareté caminó en círculos, levantando una nube de polvo, y sentenció:

—Entonces se acabó. No nos dejaremos fotografiar por los guardaparques nacionales, ni seremos víctimas de los ataques.

—¿Entonces atacamos? —gruñó el aguará confundido, erizando el lomo.

—No —respondió el cóndor, que había descendido en un lento planeo hasta posarse en un poste alto—. Si peleás contra ellos, te extinguen. Yo propongo borrarnos.

—¿Borrarnos? —el huemul levantó la cabeza.

—Que caminen sobre los suelos yermos creyendo que nos aniquilaron —agregó el tatú, dando un golpe seco en el suelo—. Enterremos las huellas. Tenemos que hundirnos en las sombras de los montes y bosques, donde los cazadores furtivos y los hombres flacos no nos puedan descubrir.

—Crearemos un mapa invisible —sentenció el yaguareté—, un país metido adentro, bajo la noche, detrás de las tinieblas. Que nos busquen en los mitos y leyendas. Que los humanos hablen al vacío y escriban su ciencia sin saber lo que pasó.

El cardenal soltó un silbido corto y agudo. A lo lejos, el ruido de un motor cruzaba el silencio del bañado.

Ninguno esperó una orden. La asamblea se disolvió en el acto. Una mancha se hundió en el barro. Un aleteo se esfumó en el aire. Unos ojos amarillos desaparecieron en el monte. Para cuando los faros de las máquinas alumbraron la costa del mar de Ansenuza, en el lugar solo quedaba el viento salado, los arbustos espinosos y los suelos quebradizos.

En todas partes de la Argentina se llegó a la conclusión de que los animales en peligro de extinción habían desaparecido todos a la vez. Los hombres continuaron su obra destructiva acechando nuevas especies.

Nota: 24 animales autóctonos de Argentina en peligro de extinción

© Diana Durán, 17 de agosto de 2026



[1] Nombre indígena del Mar Chiquita.

EL SILENCIO DE LOS PÁJAROS

 

Arroyo Las Piedras. Villa Ventana. Fotografía: Héctor Correa

 EL SILENCIO DE LOS PÁJAROS

Todo comenzó con los aullidos de dos perros que rompieron la calma de una noche de septiembre. El barrio, habitualmente sereno, apenas se animaba de día con las voces de las vecinas y el paso de los niños que volvían de la escuela. De noche, el silencio era casi absoluto. Pero esa vez, los ladridos irrumpieron como un tajo en la quietud.

Al principio pensé que se cansarían pronto. Me refugié en los cronopios de Cortázar, buscando que sus absurdos me distrajeran. Sin embargo, cada página se mezclaba con el eco de los perros, y las criaturas imaginarias parecían burlarse de mi insomnio. Pasaron dos horas. Cuando abandoné la lectura, los aullidos seguían allí, más insistentes, más penetrantes.

Al amanecer, el gallo de la otra cuadra cantó con una fuerza exagerada, como si quisiera vengar la vigilia de la noche. Preparé unos mates para calmar la ansiedad y volví a la cama, donde mi esposo dormía plácidamente, ajeno a mi desvelo. A la madrugada, comenzaron los pájaros. Primero los zorzales, luego los benteveos y los horneros. De día, las grotescas bandadas de loros barranqueros partieron desde los cables del centro y atravesaron el barrio chillando. Una plaga. Las torcazas completaron la sinfonía con su canto monótono. No había forma de escapar a aquella orquesta.

Me pregunté por qué esa noche no había podido conciliar el sueño. ¿Era culpa de los perros, o de los pájaros que parecían multiplicarse en mi oído? Durante dos noches más se repitió el proceso, aunque los perros se habían calmado. Ahora eran el gallo y los pájaros. Probé con tilo, valeriana y manzanilla. Nada. Al final recurrí a una pastilla para dormir, algo que hacía años no se me cruzaba por la mente.

El sueño cortado continuó al llegar el fin de semana, mientras intentaba corregir exámenes. Las pilas de hojas se acumulaban, pero mi concentración era nula. Decidí salir a caminar al parque cercano. Allí me sorprendió el silencio. No había tijeretas en lo alto de los pinos, ni el churrinche inquieto que solía seguirme, ni las calandrias pastando en la hierba. El aire estaba vacío. Pensé que, quizá, yo misma había decidido no escuchar más pájaros y que, por una rara coincidencia, habían desaparecido.

Las noches siguientes fueron idénticas. El médico me recetó calmantes más fuertes y logré dormir de a ratos, pero la inquietud persistía. Le propuse a mi esposo unas vacaciones breves en Villa Ventana, nuestro refugio habitual. Partimos un viernes por la tarde. En el camino no vimos una sola loica. Expresé contrariada, con el avance de la soja, esto tenía que pasar; pobres pájaros, ya no tienen dónde habitar. Él pareció ignorarme, atento a la ruta; aunque luego contestó, ya vamos a ver pájaros, no te preocupes.

La villa nos recibió con su calma de siempre y el murmullo del arroyo Las Piedras, contiguo a la cabaña. Descubrí que allí tampoco había cantos. Ni jilgueros, ni siete colores, ni siquiera el graznido de los chimangos. Su ausencia me produjo aún más desvelo. Esa noche, el silencio fue áspero, casi mineral.

A la mañana muy temprano salí sola a caminar. No divisé nada: ni cabecitas negras sobre los cardos, ni viuditas entre los espinillos, ni benteveos sobrevolando el arroyo. No había una sola presencia alada. Descubrí, desesperanzada, que los pájaros se habían ido. No sabía a dónde, solo que su ausencia me inquietaba más que cualquier canto de mi pueblo.

 

 

Con el tiempo comprendí que los pájaros no se habían ido a otro lugar. Se habían retirado de mí, como si guardaran su música para el momento en que mi ánimo encontrara la calma. Descubrí que los pájaros eran, también, mi propio descanso, el latido que sostenía mi mundo interior.

Desde entonces, cada noche me pregunto a dónde van los pájaros. Cada madrugada, en el hueco que produce su silencio, ya no escucho el ruido de la vigilia, sino el leve batir de unas alas y los primeros gorjeos que ensayan en secreto el próximo amanecer.

© Diana Durán,10 de agosto de 2026

 

DÓNDE QUEDA EL DÓNDE

 


La plaza de Concepción del Uruguay. Street View


DÓNDE QUEDA EL DÓNDE

El tiempo lo cura todo, pensaba, pasarán los días, los meses, los años y la distancia terminará por diluir su rostro. Cuanto más remoto, mejor, le repetía a un amigo al borde del muelle. Decía que se iría muy lejos para no tropezar más con su sombra.

 

Concepción del Uruguay los alojaba a la vera del río. Apenas se cruzaban. El mundo se reducía a convergencias breves: unos minutos fugaces sin saludo ni gesto. Seguía el regreso inexorable a la soledad. Los encuentros eran mínimos pero implacables, suficientes para clausurar de golpe cualquier intento de reconstrucción.

 

Sin embargo, ahí estaban. Vivir en la misma ciudad los volvía cercanos y lejanos a la vez. Coincidían en los escenarios donde habían tejido una historia compartida. El andar lento por la Plaza Francisco Ramírez. La luz cálida del bar Siete Colinas. El rumor lejano del río al caminar por el boulevard hacia la ribera. La ciudad entera guardaba el eco de sus pasos, y él entendió que para huir de ella debía, primero, desarraigarse de sí mismo.

 

Tiempo después, aun habiendo partido a Paraná, lo perseguían el calor de las noches de amor, la fatiga de las tardes de encono irreconciliable y el acecho imprevisto de aquellas calles de encuentros involuntarios. Los recuerdos se negaban a desaparecer.

 

Paraná, aunque distinta, era una ciudad igualmente ribereña. Él comprendió entonces que no existía destierro capaz de borrar la historia compartida. La distancia no alcanzaba para fracturar una relación que había abierto surcos en su piel y apartar los lugares que, aun distantes, volvían a su memoria.

 

Caminar por la capital no le servía de nada. Ella superpoblaba lo cotidiano. Reaparecía intacta en el ala olvidada de una esquina, bajo la sombra umbría de la plaza, en las callejuelas estrechas del centro o en la bruma matinal del anchuroso río. Las imponentes barrancas naturales le devolvían los paisajes litorales que habían recorrido juntos.

 

Devorado por la ausencia, él se preguntaba una y otra vez: ¿dónde queda el dónde? ¿Persiste en la ciudad que se abandona, en los suburbios ribereños, en el recodo del camino donde la historia se había quebrado? ¿Dónde queda el dónde? ¿En el abismo del olvido, en la juventud compartida, en la memoria de los amigos lejanos?

 

Entonces debía irse para no encontrarla más. Aunque en el fondo sabía, con esa constancia que invoca el horizonte del río, que el dónde quedaría flotando para siempre en el aire de cualquier ciudad, como un eco que ningún viaje lograría extinguir.

 

Había decidido, al fin, emprender la partida definitiva.

 

 

© Diana Durán, 3 de agosto de 2026


EL SECRETO DE LAS MANCHAS

 


Imagen en IA

EL SECRETO DE LAS MANCHAS

La descubrí una noche cuando mi mente vagaba intentando atrapar el sueño. Era apenas un punto en el techo, tan pequeño que al principio pensé en una arañita. Pero no se movía; no era hilo ni insecto. Era otra cosa.

Por entonces yo era una adolescente llena de planes: estudiar, viajar, casarme, tener hijos. Todo lo imaginaba mientras esperaba que la noche avanzara, y allí estaba la mancha, creciendo en un silencio obstinado. Primero adoptó el contorno de una ameba; más tarde, el de un paramecio. La biología me apasionaba, pero esa sombra parecía burlarse de lo conocido al cambiar de forma caprichosa. Nunca se lo conté a mamá: bastante tenía ella con su trabajo y las cuentas que no cerraban.

Unas semanas después apareció otra sombra en la pared frente a mi cama. No imitaba a un animal, sino a una ciudad: el perfil minúsculo de techos y terrazas, como el boceto de un mapa. En la escuela los profesores hablaban de tornados tropicales, incendios voraces e inundaciones en manto. Yo atendía con la certeza de que todo eso ocurría en otros lugares; en La Pampa, pensaba, nada destructivo podía alcanzarnos. Aquí la vida giraba al ritmo tranquilo del ganado y los granos y, aunque nada sobraba, siempre encontrábamos la forma de salir adelante.

Lo que había comenzado como un punto solitario se extendió por la casa, saltó al cerco del vecino y terminó cubriendo el barrio entero. Nadie supo cómo detenerlas.

Las manchas no frenaron. Pronto mis compañeros comenzaron a comentarlo en los recreos, al principio entre risas y después con un murmullo inquietante. Los techos recién impermeabilizados y las paredes pintadas a la cal de nada servían. Las sombras reaparecían y se multiplicaban.

En pocos meses, el pueblo entero quedó envuelto en una extraña histeria silenciosa. Los albañiles se transformaron en los trabajadores más cotizados. En el almacén y la ferretería ya no se hablaba del precio del trigo, sino de nuevos y asombrosos productos para sellar mamposterías. Algunos vecinos le echaban la culpa a las napas que subían; otros, más viejos, se persignaban y decían que era un castigo de la tierra por tanto químico echado a los campos. Se organizaron limpiezas, se rasquetearon frentes e incluso el intendente mandó a pintar la municipalidad dos veces en un mismo mes. Pero fue inútil. Las manchas reaparecían al día siguiente, más nítidas, cambiando de lugar como si se burlaran de la brocha y la pintura.

Fue entonces cuando lo comprendí que nunca se había tratado de humedad. Eran mapas con advertencias silenciosas. Cada forma caprichosa trazaba un territorio que se deshacía en otra parte del mundo; cada perfil era una ciudad que se borraba del planisferio. La mancha no habitaba en el revoque de las paredes: habitaba en nosotros, filtrándose en la rutina para recordarnos que todo lo que creíamos sólido podía desmoronarse de un momento a otro.

Comprendí que no tenía sentido seguir rasqueteando las paredes ni tapar las grietas con pintura fresca. Las manchas no venían a destruir el mundo: venían a ocuparlo. Y mientras el pueblo entero intentaba borrar la sombra en la cocina o el garaje, nadie notaba lo inevitable: la mancha ya había encontrado la forma de seguir dibujándose, lenta y silenciosa, en el territorio de nuestra humanidad.


© Diana Durán, 27 de julio de 2026

 

 

NACER EN LA PUNA

 


Street View. Entrada a Olacapato por la RN 51

NACER EN LA PUNA

Tierra árida, resquebrajada y desierta. Un páramo de rojos, amarillos, naranjas, en el suelo. Azul en el cielo. Tan azul como los lagos patagónicos, el mar de Plitvice en Croacia, o la cueva de Melissani en Grecia, donde el agua es tan pura que absorbe todos los colores y refleja un zafiro profundo. Ese cielo azul se une al arcaico mar que cubrió la Puna hace sesenta y cinco millones de años.

Allí nací, a cuatro mil metros de altura, en Olacapato, Salta: un caserío lejano y aislado del mundo. Tierra de crianceros de llamas. Casas de adobe, escuela y capilla. La entrada no se ve: apenas está donde dobla la ruta cincuenta y uno en una rotonda sin cartel. Ni un árbol; solo asoman pastos espinosos y el arroyo que suele bajar congelado. Por aquí ya no pasa el ferrocarril Belgrano que traía el hierro de Chile; cada día más aislamiento. Mi pueblo se encuentra en un valle rodeado de un cordón montañoso de volcanes inactivos y cerros de más de cinco mil metros de altura, en las cercanías del Salar de Cauchari. Cuando descubrieron el litio, algunos marcharon a trabajar en la extracción. El lugar más cercano es San Antonio de los Cobres, a sesenta kilómetros. El mismo paisaje.

Sofía Choque, mi madre, es la dueña del parador por donde desfilan camioneros y otros viajantes. No somos más que doscientas almas en este erial de altura.

Cuando terminé la escuela partí a San Antonio de los Cobres. De allí sale el Tren de las Nubes cada mañana y regresa al atardecer. Yo fui uno de los pasajeros. Cada estación es un espejo de pueblos de adobe, mercados polvorientos y voces parecidas a las de Olacapato. En San Antonio hice el secundario. Me refugiaba en los libros, sin descanso, como si en sus páginas pudiera hallar mi destino. Siempre solo. Intenté afincarme, pero no pude. Seguí trajinando, como si el andar por los caminos fuera más fuerte que yo.

Cuanto más me alejaba, más me perseguía la pregunta: ¿qué porvenir puede tener un hombre nacido en la Puna? En varios pueblos me hablaron del litio. En Tucumán me dijeron que el turismo era un buen quehacer, lo intenté, pero no pude: me llamaban los caminos. Seguí errando hacia la gran ciudad: Buenos Aires.

En cada sitio el cielo me devolvía el azul ultramar, como si la Puna viajara conmigo. La travesía no era hacia adelante, sino hacia adentro. Yo buscaba un lugar, pero lo que encontraba era mi propio rostro dibujado en las nubes. Era un peregrino que volvía a partir.

En Buenos Aires, cada día era un combate. El puerto me recibió con su niebla espesa; las bolsas que descargaba pesaban más que las rocas de la Puna, y cada jornada el cansancio me recordaba que estaba lejos de mi origen. Las calles eran una muestra infinita de rostros indiferentes. A veces, en medio del bullicio, me sorprendía un silencio brutal: el mismo que había conocido en Olacapato, cuando el viento se detenía.

La vida en la ciudad consistía en resistir la soledad y la nostalgia. Mi destino estaba suspendido en el aire, como el Tren de las Nubes detenido en un viaducto ficticio. Comprendí que la desdicha no estaba en los lugares que atravesaba, sino en mí mismo.

 

 

Una noche, bastante tiempo después de mi arribo a la metrópolis, mientras barría el piso de un café de San Telmo, entró un hombre mayor. Tenía la piel curtida y las manos ajadas. Pidió un café y se quedó mirándome fijo.

—¿De dónde sos, chango? —me preguntó con una tonada que, por familiar, me apretó el pecho.

—De Olacapato —respondí bajito, como quien dice un secreto. Nunca me lo habían preguntado.

—¿De Olacapato? Yo anduve por ahí hace unos diez días. Manejo un camión que cruza a Chile por la cincuenta y uno. Paré a tomar una caña en lo de doña Sofía Choque.

Sentí que el piso del café se tambaleaba como el Tren de las Nubes en un puente. El hombre metió la mano en el bolsillo de su campera y sacó una tela de piel de llama gastada.

—Me dijo la Sofía que, si cruzaba a un puneño con ojos tristes, le diera esto. El parador está lleno de hombres que trabajan en el litio. La vieja está cansada, ya no le da más el cuerpo. Si sos quien pienso, te anda extrañando fiero. Me machacó que ya caminaste demasiado lejos.

Apreté la lana contra mi mano. Cuántos retazos habrá entregado a los viajeros, me pregunté. Comprendí que mi marcha había sido inútil. Mi destino no estaba en perderme en lugares ajenos, sino en regresar a la altura donde el cielo y el antiguo mar se abrazan.

Emprendí el regreso. La última etapa, camino hacia Olacapato, fue un ascenso lento, cansino, como si la tierra quisiera probar mi resistencia. El viento me golpeaba con furia, y cada curva de la ruta cincuenta y uno parecía alejarme del destino. Cuando por fin apareció el caserío, sentí que el rancho me estaba esperando. Lloré como nunca.

Doña Sofía salió del parador con las manos temblorosas. No hizo falta palabra, solo el abrazo. El viaje terminó en el mismo lugar donde había empezado, pero ahora era distinto: ya no era un errante, era un hijo que volvía a su tierra. La Puna siempre había sido mi destino.

 

© Diana Durán, 20 de julio de 2026

CARTOGRAFÍA DEL OLVIDO

 




CARTOGRAFÍA DEL OLVIDO


Te preguntarás por qué el abismo, por qué no vuelve, dónde está. Tras el pocillo de café caliente te responderás que quizá lo habías idealizado. Que ya no volverás a ver aquella risa forzada, aquella mirada de cristal.

Te sentarás en el bar La Paz, en esa esquina de Corrientes que alguna vez fue refugio, y esperarás su inútil regreso mientras el murmullo de la avenida se estrella contra el vidrio. Afuera, los colectivos transitarán como bólidos metálicos, los artesanos ofrecerán sus obras, y las luces de neón parpadearán en las viejas marquesinas.

Tus pensamientos vagarán por el asfalto gastado, por las baldosas que conocen el paso de los agitados transeúntes. Tus rabias se esfumarán tras las nubes de un recuerdo en el que buscarás el abrigo estéril. Divagarás por las mesas vecinas donde los estudiantes debaten teorías vagas, o en los estantes de alguna librería de Montevideo donde coincidían en aquellas tardes felices. No es el lugar donde buscarlo; tampoco donde sobrevivir.

Sus huellas te acompañarán en ensueños baldíos, confundidas con los destellos de los teatros. La ciudad se volverá un mapa de ausencias: cada esquina, cada bar, cada librería será un recordatorio de lo que ya no está.

Escribirás un poema. Allí reflejarás sus aventuras por los bares del centro y tu absurdo trasnochar para encontrarlo en la marea de desconocidos. Repasarás los mensajes, las miradas, los contactos, los besos. Querrás que el espejo del fondo del local te devuelva su figura, pero el cristal gastado no te entregará nada. Solo el reflejo de las persianas bajas de la vereda de enfrente. Cerrarás tus párpados y negarás la esperanza.

La tristeza te invadirá. Querrás desaparecer, morir. Estallar como una pompa de jabón; detener el día para que sea noche y dormir. Te suspenderás en el espacio: serás una nube cósmica sobre la ciudad; una gota de rocío pronta a disolverse en el cemento; una baldosa rota por el paso de la gente; una hoja que vuela sobre el suelo de la plaza.

La ciudad misma te absorberá: Corrientes será un río interminable de luces y sombras; Montevideo, un pasillo de ecos vanos; el Paseo de la Plaza, un páramo de vidrieras de los locales.

Espejismo. Niebla. Estela. Desierto. Todo porque él ya no regresará.


© Diana Durán, 13 de julio de 2026

 

LOS JUGUETES DESEADOS

 


Imagen de IA

LOS JUGUETES DESEADOS

Santa Claus y los elfos construían apesadumbrados los juguetes de la Navidad de 2030 en el extremo norte del mundo. Ellos eran más analógicos que digitales, por lo que les gustaba el universo de los juegos concretos hechos en madera, plástico o tela, y no tanto los virtuales. Sin embargo, habían decidido superar a Minecraft en los juegos de construcción de bloques y supervivencia; y a Fortnite en los de aventuras de mundos imaginarios.

En esos tiempos, los niños del mundo desarrollado ya no se interesaban por los rompecabezas, las pelotas de fútbol o las bicicletas. Las niñas no se entretenían con muñecas, ni armaban casitas, ni se disfrazaban de princesas. En realidad, los chicos ya no jugaban; pasaban la mayor parte del día observando pantallas.

Los patios permanecían vacíos y las plazas parecían decorados abandonados. Muchos niños apenas conocían a quienes vivían en su misma calle. Algunos nunca habían trepado a un árbol ni corrido detrás de una pelota. Hasta los más pequeños se mantenían inmóviles frente a los dispositivos electrónicos que registraban cada uno de sus hábitos.

Los padres tampoco parecían preocuparse demasiado. Estaban absorbidos por apuestas, inversiones y mercados digitales que funcionaban las veinticuatro horas. En muchas casas, las conversaciones familiares habían sido sustituidas por mensajes enviados desde una habitación a otra.

Era el invierno más crudo de los últimos años en Laponia. Las temperaturas descendían a treinta grados bajo cero y las tormentas de nieve lo sepultaban todo. Mientras tanto, en el hemisferio meridional, se alcanzaban extremos inimaginables. El planeta parecía haber perdido el equilibrio.

Sindarín le dijo a Santa Claus que era mejor dedicarse a los niños del sur, porque todavía jugaban al fútbol y las niñas vestían y daban de comer a sus muñecas y bebotes.

—¡Es un calor abrasador, Santa! El termómetro explota allá abajo —advirtió Sindarín, frotándose las manos congeladas cerca de la estufa del taller.

—Tienes razón, deben estar ardiendo —respondió Santa Claus con una sonrisa bonachona, cambiando de planes sobre la marcha—; olvidemos los videojuegos por un tiempo. Dejemos lo que estábamos inventando y construyamos piletas y juguetes de agua para el sur. Veremos qué hacemos con el helado norte. No les vendría mal botas y ropa de colores para jugar en la nieve.

En esa Nochebuena de 2030, Papá Noel decidió entregar los nuevos juguetes digitales al mundo subdesarrollado y los analógicos al mundo avanzado.

Pero sucedió algo inesperado.

Un conjunto de fallos en satélites y centros de datos provocó la mayor catástrofe tecnológica de la historia. El hemisferio norte quedó sin Internet. Las redes colapsaron y millones de pantallas mostraron mensajes de error. Las ciudades quedaron sumidas en un extraño silencio digital.

Los chicos no podían jugar con sus dispositivos.

—¿No hay señal todavía?; sin Internet no sé qué hacer —gritó Felipe, con los ojos todavía enrojecidos por la pantalla—; mi mamá me dijo que jugara con un rompecabezas, pero yo no sé y me aburro.

—A mí me obligó a jugar con sus viejas muñecas; ¿muñecas? Eso es para las abuelas… yo quiero mi celular —lloriqueó Alicia, y miró a Felipe, muy enojada.

En ese momento, el padre del niño atravesó el pasillo, desesperado con su teléfono sin conexión.

—¡Esto es un desastre! —se quejó—; no puedo revisar las acciones ni ver las apuestas del partido; ¿cómo se supone que actuemos ahora en este mundo? Parece que es así en todo el continente.

Felipe observó a su padre y pensó que los adultos estaban tan perdidos como ellos.

—¿Y ahora qué hago?; me siento mal —se lamentó Felipe.

—¿Y si jugamos al fútbol? —propuso tímidamente Pablo, mirando la pelota de plástico que Santa Claus le había dejado.

En el hemisferio sur había conexión en red, pero no llegaba a todos los rincones, especialmente de los sectores más vulnerables. Sin embargo, los niños concurrían a las plazas y correteaban junto a las niñas. No habían reemplazado los encuentros ni los juegos compartidos.

En un conventillo del centro de Buenos Aires, varios niños jugaban.

—¡Miren mi pelota nueva! Vamos a la plaza —gritó Santiago en la cortada, corriendo con entusiasmo, a pesar de contar con la nueva versión de Fortnite.

Clarita le respondió entusiasmada:

—Mi muñeca tiene hambre, voy a prepararle la comida —se apresuró a decir mientras acomodaba su cocina de madera.

—Chicos, aunque haga mucho calor, en esta gran pileta podemos nadar todos —les advirtió entusiasmado Patricio.

—¡Dale!; yo busco una manguera para empezar a llenarla—propuso Santiago, tirando la pelota hacia un costado—; ¡traigan los baldes!

—¡Hagamos una fila para tirarnos de cabeza! —río Patricio.

—Cuando tengamos tablet, algún día, la usaremos, pero no vamos a dejar de salir —replicó Clarita.

Durante aquellas fiestas, los niños del norte volvieron a jugar al fútbol, a las muñecas y concurrir a las plazas. Al principio les resultó extraño, pero poco a poco comenzaron a descubrir lo que las pantallas nunca les habían enseñado. Podían conocer a otros chicos; sus ojos dejaban de irritarse; el aire libre los comenzaba a poner contentos.

Los niños del sur pudieron entender lo más avanzado de Fortnite y Minecraft, pero no dejaron de concurrir a los parques porque sus costumbres no habían cambiado.

Santa Claus observó desde su trineo ambos hemisferios y sonrió satisfecho. Sin embargo, sabía que la historia aún no había terminado. En algún lugar, enormes corporaciones trabajaban para reconstruir la red caída y devolver a millones de personas la vida que habían conocido.

Deseó que, cuando las pantallas volvieran a encenderse, el mundo recordara lo que había aprendido durante aquella extraña Navidad. 

Diana Durán, 24 de junio de 2026

LA NUBE EN LA MONTAÑA

  Aconquija. Tucumán. Fotografía: Diana Durán. Modificada por IA LA NUBE EN LA MONTAÑA La Nube tenía un cuerpo deshilachado y un rostro ...