PUERTOS DE LA VIDA
Ella sabía que los puertos guardaban un significado
profundo en su vida, aunque por alguna razón no los sentía lugares dichosos.
Había visto barcos llegar y partir en Buenos Aires; había jugado con sus hijas
en las escolleras de Villa Gesell y San Bernardo. Habían jugado, aunque no era
pescar porque lo hacían con un medio mundo alquilado, divertidas al juntar
camarones, cornalitos o algún pequeño pejerrey que terminaban en un festín de
frituras durante las cenas veraniegas.
Había festejado en bares de Puerto Madero en muchas ocasiones,
y recorrido lugares de memoria sombría como la Rosadita. Había visto crecer el barrio
hasta que el perfil urbano se cubrió de edificios desmesurados que brotaban
como hongos venenosos contra toda lógica.
En el puerto de Mar del Plata, los recuerdos
entrecruzaban la infancia y las vacaciones familiares. Puerto pesquero con
barcos amarillos, indolentes lobos marinos, cruceros elegantes visibles desde
Playa Grande y dos oscuros submarinos apostados en la base militar. Entre esas
imágenes, casi disueltas en la bruma marina, una despedida sin regreso aparecía
como una sombra. Solo un rostro perdido
en el tiempo y el azul marino.
Había conocido la cambiante ribera porteña, visitado la Fragata
Libertad y el puerto de Olivos con sus yates que observaba los domingos desde
la mesa de un restaurante. El Puerto de Frutos del Tigre había sido artífice de
pequeñas felicidades, arribando en el Tren de la Costa para regresar cargada de
originales artesanías y pesadas bolsas de naranjas.
De pequeña había viajado a Goya a bordo del Ciudad de
Corrientes, una travesía inolvidable por la lentitud del trasiego y el cuidado
casi ritual de su madre al atar a su hermano al mástil para que no cayera al
amplio río. Cada embarcadero parecía murmurar que alguien se había ido para no
volver.
En la madurez, le tocó vivir en las cercanías de un
puerto que al principio solo conocía por lecturas; era una pequeña terminal
transformada por la especulación para extraer el oro negro del interior
patagónico. Cerca, la imponente base naval inaccesible para los residentes de
una ciudad que crecía dándole la espalda al mar. Seguía sintiendo nostalgias
repentinas.
Aquella tarde el recuerdo se volvió nítido y cobró forma
definitiva. Descubrió la ausencia que atravesaba todos los puertos. Era la de
su abuelo materno, el griego que a los quince años había dejado Atenas para
recalar en la Argentina. El hombre a quien nunca dejó de extrañar, figura palmaria
de su infancia por su sencillez y generosidad, sus manos laboriosas y su porte
mediterráneo. Recordó entonces con nitidez los relatos de su tierra lejana a la
que él jamás había podido regresar.
Lo veía todavía, apoyado en la baranda de un muelle
cualquiera, con la mirada fija en el horizonte. La última escena era siempre la
misma: él levantando la mano en un gesto leve, como si dudara entre despedirse
o quedarse. El viento agitaba su camisa blanca y ella, niña todavía, no
alcanzaba a comprender que ese ademán era para siempre.
Al reunir las anécdotas dispersas, comprendió la trama
secreta de los puertos. No eran solo lugares de tránsito o de juegos
infantiles. Habían sido, desde un principio, el escenario de un único eco: el
del abuelo que trajo consigo la nostalgia de un lugar perdido en el
Mediterráneo.
© Diana Durán, 31 de agosto de 2026






