Acuarela
de Lola Frexas
MUCHACHA QUE ESPERA EN LA BOCA
La mañana entra
luminosa por las persianas abiertas, aunque no termina de calentar el ambiente.
En la esquina, el toldo del quiosco sobrevive a las tempestades del Riachuelo y
protege los frascos de caramelos que nadie compra. Adentro manda la costumbre:
la pava al mínimo; las galletas duras en la lata; la radio que apaga el
silencio y el mate que se enfría lento. Desde el balcón bajo, las plantas que ella
tanto cuida, desbordan las rejas para alcanzar la vereda.
Mira hacia el este,
donde el cielo se torna oscuro, e ignora por qué él no ha vuelto. El tiempo
pasa mientras se apoya contra el marco de la ventana hasta volverse parte del
escenario; de esas paredes a la cal que no ocultan las grietas de La Boca.
En el encierro de su
escritorio, la soledad no pesa como condena, sino como una niebla tibia. Es el
único ambiente donde el papel en blanco deja de ser hostil. La muchacha escribe desde siempre; se
ha ganado la vida haciéndolo. Sobre la mesa cubierta de hule se
encuentran dos reproducciones que él le regaló: “La joven mártir” (1) flotando a la deriva con las manos atadas; y la mirada limpia de la pequeña
hija de Rubens,
arrebatada por la peste. Dos muertes quietas, dos ausencias que le hacen
compañía. A ella que espera a quien aún no ha vuelto.
La radio enmudece un minuto
y ese espacio hueco lo ocupa el barrio. Un bocinazo de barcaza entra desde la
Vuelta de Rocha. El olor denso a marea y óxido trepa por las tablas del piso.
La mártir del cuadro sigue flotando en su río limpio, intocable. El papel sobre
la mesa continúa en blanco. No puede escribir ni su nombre.
La quietud se le
vuelve insoportable, como si fuera una soga invisible. No logra redactar el artículo que debe entregar,
pero tampoco puede persistir eternamente sentada sin que nada ocurra.
Deja la lapicera sin tapar, se cubre con un abrigo viejo, baja rápido los escalones de madera
y sale en busca de la orilla.
Al apoyarse en la
baranda oxidada de la costanera, el aire la golpea con una mezcla de alquitrán,
barro contaminado y gasoil viejo. El Riachuelo no tiene orilla playa ni
barranca; solo murallones de cemento junto a barcazas carcomidas. Mira hacia
abajo el agua aceitosa y brillante con la que el río tapiza el mediodía. No se
parece en nada al azulado río Limay que corría entre rápidos quebrando los
ocres de la estepa patagónica. Ellos lo supieron admirar durante los veranos que
pasaron juntos entre sus campañas como marino. Aquel río había nacido helado en la
cordillera y bajaba límpido hacia el valle frutal. En La Boca, en cambio, el
río estaba cautivo como ella que siempre ha esperado el regreso del navegante.
El Riachuelo es para la
muchacha un estanque sin consuelo. Clava la vista en una botella de plástico
que gira en un remolino sucio y encalla contra un pilote en su lento trayecto
hacia el Río de la Plata. Su dilatada demora se parece a esa corriente espesa:
una fuente que no lava, que no apaga la sed y que permanece en la misma curva.
No hay desgarro. Solo
la pesadez consabida de volver sobre sus pasos antes de que la pava se queme
sobre la hornalla. Entonces, gira de espaldas al murallón y retoma la callecita
de otoño, tibia y desierta. Un perro flaco, con la cabeza gacha, le adivina el
paso lento y se suma a la deriva detrás de sus piernas. En las casas vecinas,
detrás de los postigos entornados, nadie la ve pasar.
Al
entrar, la pava todavía aguarda.
El papel en blanco también. Prepara el mate y, sin pensarlo demasiado, toma la
lapicera y escribe las primeras palabras. Apenas un gesto mínimo que quizá
quiebre la inútil espera.
©
Diana Durán, 5 de octubre de 2026
(1) Obra de Paul Delaroche, pintor francés romántico.




