ADOLESCENCIA COMPARTIDA
Así era nuestra adolescencia compartida en pequeñas
circunstancias de la vida cotidiana.
—¡Cuidado que te caés! —gritó Ana, aferrándose al caño,
mientras el colectivo 12 frenaba en el semáforo de Córdoba y Callao. Apretadas
en el fondo, las dos nos balanceábamos entre risas que contagiaban nuestra
alegría a los cansados pasajeros.
—¿Escuchaste a la Rego?, “¡Porque mi abuelo Paul Groussac
jamás toleraría este adefesio de redacción!”. Pobre Marta, terminó llorando a
moco tendido en el primer banco— dije algo divertida.
—Peor fue la de Biología, Paula, “detrás del empapelado
floreado, queridas mías, se ocultan alimañas” —recordó Ana, secándose
una lágrima de risa.
—“¡Si en un triángulo se traza una paralela…!” —recitamos
a coro, zapateando los pasos marciales de la de Matemáticas, justo cuando el
chofer frenaba frente a la Plaza Congreso.
Ese espacio era el escenario de múltiples acontecimientos
nacionales. Allí se habían desarrollado debates y manifestaciones fundamentales
de la historia argentina,
como la despedida de Balbín a los restos de Perón, símbolo de reconciliación
nacional. Las chicas no se enteraban de estos hechos salvo por alguna conversación
superficial de los padres. Pero como lo que explicaban en el colegio nunca se
refería a los hechos contemporáneas, no comprendían los sucesos del siglo XX.
Bajamos entre empujones sobre Entre Ríos. El barrio nos
envolvía: la cúpula verde del Congreso recortada contra el cielo del mediodía;
el olor a café de los bares aledaños; el caminar acelerado de hombres y mujeres
de traje; las ancianas vendedoras de maíz para las palomas.
Un mundo contrastado de política y vida cotidiana. Ese
rincón de la ciudad, de arquitectura francesa, no era solo un espacio público;
para nosotras se identificaba con un territorio de complicidad. La plaza
donde, bajo añejas tipas, ceibos y jacarandás, intercambiábamos anécdotas y
contábamos los días para que llegaran las fiestas de quince de los sábados.
Cumplíamos el trámite del almuerzo y desplegábamos la
artillería de carpetas. Ana, fanática de las naturales; yo, de las sociales.
—Vos resumí lo de Geografía, Paula, que yo paso en limpio
Biología —ordenó Ana, mirando de reojo el Atlas—, y agregó— ¿para qué quiero
aprender los Cárpatos si nunca los voy a conocer?
—Algún día vas a entender la belleza de un buen mapa,
Anita —le retruqué sonriendo—; mientras tanto, vos descifrá el teorema y
después me lo explicás. Así, sin darnos cuenta, intuíamos nuestras futuras
profesiones.
Todos los miércoles, a las seis en punto, corríamos al
quiosco de la esquina. Con las monedas que juntábamos entre las dos volvíamos
con Radiolandia y Antena bajo el brazo. Pegábamos en sendos álbumes los
recortes de las vidas de Bredeston y Cárpena, Bebán y Lapacó; clasificábamos
estrenos, peleas y reconciliaciones con el rigor metódico de pequeñas
investigadoras fascinadas por el amor adulto.
Durante algunos de esos días habíamos visto gente reunida
por distintas causas en la plaza, pero apurábamos el paso porque nuestros padres
nos habían recomendado no meternos.
De noche, con el rumor de la calle filtrándose por la
ventana, inventábamos el porvenir.
—Yo voy a tener tres hijos y me casaré con un médico —soñaba.
—Yo cuatro, Paula, y mi marido será arquitecto para que
nuestra casa sea grande y cómoda —retrucaba Ana con firmeza.
Daba igual
si pasábamos la noche en mi casa o en la suya: el murmullo de los colectivos se
colaba entre los ventanales mientras soñábamos el futuro. Las risas sellaban la certeza de que, más
allá de cualquier plan, lo único inamovible era nuestra amistad.
Cuando no dormíamos juntas, el vínculo mutaba en una triangulación
telefónica: yo llamaba a Ana, Ana a Claudia, Claudia a mí. Aquel circuito era
un mapa invisible de voces adolescentes. Hasta que un sábado implosionó.
—¡Alberto se le declaró a Ana en la fiesta del sábado!
—me disparó Claudia.
El estómago me dio vuelta. Marqué de inmediato el número
de Ana.
—¿Cómo no me lo contaste a mí primero?, ¿quién es tu
mejor amiga?
—¡No me grites!, Claudia me acorraló, te lo iba a contar
hoy.
—¡Sos una traidora! —le corté entre lágrimas.
El orgullo congeló la amistad. Se suspendieron las tardes
de estudio y los paseos por la plaza. En la foto de fin de curso, Claudia
escribió una despedida protocolar y gélida: “afectuosamente” y Ana, “para una
amiga”. Lloré desconsolada.
Durante las décadas posteriores, el Congreso fue un hito
de la historia del país; la Carpa Blanca, la crisis del 2001, el conflicto del
campo, fueron algunas de las protestas multitudinarias. En algunas ocasiones,
ambas habían participado sin encontrarse.
En 2015, la primera manifestación multitudinaria de “Ni
una menos” nos reunió sorpresivamente después de muchos años. Entre los miles
de personas convocadas, nos topamos sin proyectarlo en la plaza de la
adolescencia. Ya éramos mujeres hechas y derechas, cuando la emoción tornó en un
momento único los abrazos que sellaron el reencuentro.
La vida adulta nos había llevado por sus propios cauces: profesiones,
matrimonios, hijos y nietos. El tiempo había limado todas las asperezas. El
reencuentro en la adultez fue el broche de oro de aquella adolescencia
compartida.
Hoy, cincuenta años más tarde, la geografía
compartida en la Plaza Congreso sigue intacta y continúa albergando, a veces
con violencia, múltiples manifestaciones de la sociedad.
Para nosotras, bastan las miradas cómplices para volver a
subir al 12, esquivando el tráfico de la avenida Callao y reírnos de las mismas
cosas, al redescubrir aquella cartografía adolescente que nunca perdió su
rumbo.
© Diana Durán, 28 de setiembre de 2026





