PERMANECER EN FLORES

 


Plaza Flores


 

PERMANECER EN FLORES

 

El hombre había nacido para permanecer. Su vida era un eterno y opaco transcurrir. Sus padres se habían separado cuando empezó la escuela primaria. Entonces, uno u otro lo buscaban al colegio. La madre lo llevaba a tomar un helado a la salida porque sabía que el niño sufría la separación. El padre, ausente, no siempre lo buscaba, fastidiado por tener que cumplir con el deber, y las autoridades debían llamar a la mamá que se irritaba por el abandono. Muchas veces había encontrado a su hijo desconsolado al lado de la maestra en la puerta del colegio.

El niño lo había sentido desde pequeño. Soy culpable del divorcio, concluyó una noche muy triste cuando la oscuridad del cuarto lo estremecía.

Su único reparo era la abuela materna que lo miraba tiernamente mientras le daba de comer tallarines caseros con tuco y natilla con caramelo de postre. Él se quedaba el fin de semana en su casa; allí lo esperaban cuentos de aventuras y duendes y la cama cálida y arropada. En las mañanas de domingo jugaba en la vereda de la cortada de Terradas con los niños de la vecindad.

En cambio, no había momentos felices en el encierro del oscuro departamento de dos dormitorios que su madre había alquilado luego de la separación. Su pieza era una especie de celda de aislamiento que daba al patio interior de paredes descascaradas del edificio.

Durante la semana, los únicos momentos al aire libre los pasaba a pocas cuadras de su casa, en la Plaza de Flores, arbolada y bulliciosa. Era un pulmón verde en medio del trajín urbano. Las sombras del imponente algarrobo refrescaban los bancos de hierro y el bullicio de los colectivos de la avenida Rivadavia se mezclaba con el pregón de los vendedores ambulantes. Allí escuchaba las campanadas de la Basílica de San José que le anunciaban cuando era la hora de volver a casa. Cuando el sol caía, el barrio cambiaba. Los trabajadores regresaban con paso cansino, las persianas metálicas de los negocios se cerraban con estrépito, y las calles se teñían de un gris melancólico. El eco de las campanadas de la Basílica de San José se expandía como un recordatorio de que la jornada había terminado.

En la adolescencia se tornó flaco y esmirriado; la nariz le creció aguileña y el acné cubrió su cara. Ese aspecto le valió el rechazo de sus compañeras que los preferían de tersos rostros. Tampoco era afecto a los deportes, por lo que difícilmente iba a crecer rodeado de amistades. Solo tenía una compañera de banco que lo apreciaba porque sabía resolver los problemas de trigonometría y memorizar las lecciones de historia; entonces terminaba pronto las pruebas y la ayudaba.

Al finalizar el secundario él se inscribió sin gran vocación en el profesorado de matemáticas. Una tarde se cruzó por casualidad con su excompañera en la biblioteca del instituto. Se saludaron de lejos. Ella estudiaba la tecnicatura en trabajo social, lo hacía sin disposición, solo por continuar algún estudio.

A los pocos días se volvieron a encontrar en una fiesta de estudiantes en la que ninguno de los dos se había animado a bailar. Fue en un rincón, entre copas y risas ajenas, donde comenzaron la relación. Descubrieron que compartían el mismo miedo al rechazo, la misma sensación de haber nacido para permanecer invariables. Esa opaca coincidencia los unió. Él reconoció a aquella chica parecida a sí mismo: callada, de mirada esquiva y aire de tristeza que lo atraía porque percibía en ella la misma soledad que lo había aislado desde niño. Ella, aunque tímida y huidiza, valoró que él la había auxiliado en los exámenes. 

Él no terminó el profesorado, ella tampoco su carrera. Con el tiempo se casaron, sin grandes festejos ni lujos, apenas una merienda en una confitería modesta de la calle Nazca.

La vida en común no fue fácil. Él consiguió trabajos administrativos mal pagos. Ella hacía lo posible como ama de casa por organizar con los escasos ingresos de su esposo el diminuto departamento de dos ambientes que alquilaban en la calle Bogotá, a dos cuadras de la plaza de siempre.

Los problemas económicos de los años ochenta se sumaron a las vanas discusiones, y la rutina se volvió un peso tedioso. Sin embargo, había momentos de ternura: cuando recordaban las anécdotas escolares, cocinaban juntos un plato sencillo o bromeaban sobre sus desdichas.

Las circunstancias los dañaban una y otra vez: sobre todo la imposibilidad de tener hijos, pero también la permanente escasez de dinero y la inseguridad creciente del barrio. Cada obstáculo parecía confirmar aquella sentencia que él había sentido desde pequeño: había nacido para permanecer en el mismo sino.

En medio de la adversidad, la presencia de ella fue, sin embargo, un refugio. Aunque discutieran, aunque a veces se hirieran con palabras, él sabía que compartían la misma herida de origen y que, de algún modo, se necesitaban para sobrevivir.

A veces pensaba que todo había sido inútil, que la tristeza de su infancia era un castigo eterno. Otras veces, en las noches, cuando el trasiego aminoraba y el barrio de tornaba en calma, sentía que había algo más: una compañía, una reserva, una rutina que los mantenía en pie.

No era felicidad, tampoco superación. Los sostenía la inercia que la vida les ofrecía. Era solo la certeza de que, en medio de la costumbre y la penumbra, había un lugar donde permanecer.

 

El hombre abraza a su mujer. Afuera, las campanadas marcan las doce. La plaza está vacía. Adentro, la intimidad se torna en abrigo.

 

 


Diana Durán, 9 de marzo de 2026

 

 

 

 

LOS ECOS DEL GRAN HOTEL

 


Fotografía: La Nación. 24 de julio de 2023

LOS ECOS DEL GRAN HOTEL

 

Villa Ventana. No hay lugar en el mundo que nos guste más para disfrutar las vacaciones: las sierras, los arroyos que serpentean los límites, el aroma de los árboles, los artesanos en las callejuelas, la fiesta de la Golondrina y los pájaros que parecen notas musicales en cada rama. Allí volvimos, como todos los años.

Ayer desayunamos en la galería de la cabaña, con pan casero y mermelada. Conversamos sin apuro disfrutando el inicio del veraneo. Momentos simples, pero llenos de esa calma que uno quisiera retener para siempre. Caminamos a la vera del Belisario. El agua corre lenta y transparente, y la brisa nos acaricia. Conversamos sobre nada en particular, junto al mecer suave de las hojas y el cielo teñido de un azul cada vez más obscuro. Dormimos abrazados y serenos.

Hoy nos internamos en los senderos de la periferia. La caminata nos lleva cerca de un cerro cónico cuyo nombre desconocemos. Continuamos por un camino sinuoso hasta el Club Hotel de la Ventana, inaugurado en 1911, según reza un cartel. Célebre por haber alojado a marinos alemanes del acorazado “Admiral Graf Spee”. El edificio se incendió hace décadas, pero todavía conserva la sombra de su antigua majestuosidad. Escaleras, cimientos y muros derruidos nos hacen imaginar el esplendor de aquellos días cuando estaban en pie el cine, el teatro y la capilla. Las ruinas permanecen rodeadas por cientos de hectáreas parquizadas y cubiertas de árboles centenarios que el tiempo no pudo destruir.

La noche nos sorprende entre los restos del ex hotel. Contra las advertencias de otros turistas que recorren el lugar, decidimos quedarnos: queremos experimentar por un rato la sensación de vagar por el gran hotel. Armamos un campamento improvisado con los elementos que trajimos en el auto: carpa para dos y canasto con enseres básicos. Comemos y brindamos bajo la luna embelesados de nuestra aventura.

De pronto, el viento comienza a cambiar su fuerza, como si arrastrara un murmullo antiguo. Primero caen gotas aisladas, con un ritmo irregular. De a poco, la lluvia se vuelve persistente; un tamborileo que aumenta en intensidad.

Está lloviendo, me dice con voz baja, algo resignado. Es la tierra que nos quiere retener, respondo entusiasmada al mirar cómo la arcilla se torna un reflejo brilloso. No es lluvia; es un llamado que no debemos atender, señala intrigándome.

Más tarde las ruinas se estremecen con truenos y relámpagos. Algo extraño sucede. Se confunden en la lejanía voces mezcladas con el repiqueteo del agua, como si la tormenta tradujera palabras en un idioma misterioso. El suelo se torna resbaladizo, y cada paso es un intento por no quedar atrapados en aquel escenario que nos resulta sombrío y desconocido.

A la media hora, en el silencio quebrado por el viento, comienzan a escucharse más sonidos. Diálogos tensos, incomprensibles, en un idioma que pronto reconocemos: alemán. El gran hall es un despojo de ladrillos, pero las voces resuenan en las paredes desmoronadas.

¿Escuchás? Es como si los muros hablaran, me revela. No son los muros; son memorias que no se apagan, tiemblo al responderle; ¿y si nunca se fueron?, ¿y si siguen aquí, atrapadas en la eternidad del hotel? Él me ordena, no mires atrás. La historia nos persigue.

Las frases desconocidas se mezclan con el temblor de nuestras manos. El edificio parece reclamar su pasado de esplendor.

Siento que nos observan, le digo al fijar mis ojos en la negrura. Nos observan porque somos intrusos de su tiempo, me responde y aterroriza.

Corremos hacia el auto. La lluvia convierte el camino en una vía resbaladiza. Nuestro vehículo patina en zigzag.

Manejá rápido; los ecos nos siguen. Si manejo rápido vamos a encallar. ¿No los escuchás?; son voces, pero parecen aullidos; como si la noche hablara en otro idioma.

Detrás de nosotros, los ecos germanos se transforman en un coro de lamentos que nos persigue en la oscuridad.

No podemos salir, te escucho titubear con voz quebrada. Es el hotel que nos retiene; siento que los escombros giran alrededor. ¿Y si nunca fuimos visitantes, sino parte de su memoria?; ya no hay regreso.

Los clamores se hacen más cercanos, pero menos comprensibles, seres invisibles brotan de los muros. El aire se espesa; las sombras acechan. Las ruinas dejan de ser ruinas: se alzan como un cuerpo oscuro, con pasillos que se abren en la arcilla y ventanas que golpean en la penumbra. El hotel nos envuelve, nos traga, nos absorbe en un silencio de piedra.

El crujido de las escaleras bajo nuestros pies nos desliza hacia un salón oscuro y tenebroso. Después, nada. Solo la certeza de que el hotel nos convierte en parte de su historia, en voces que algún día otros escucharán, al incursionar en la noche.

 

© Diana Durán, 2 de marzo de 2026

 


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Los libros son:


  • Territorios sensibles. Cuentos.
  • Mujer en las yungas y otros cuentos territoriales.
  • Cuentos Territoriales: desde el cielo, la tierra, el agua y la vida.
  • Territorios ausentes
  • Huellas Territoriales.

HUELLAS TERRITORIALES. NUEVO LIBRO

 


¡NOVEDAD!

Este nuevo libro digital de cuentos titulado "Huellas territoriales" es la compilación de los cuentos del 2025.
Es el resultado de muchos años dedicados a la escritura académica devenida en ficción por amor a la tierra y los pueblos.
Espero brindar un camino hacia la imaginación de lugares recorridos reales y ficticios, así como fomentar la pasión de leer, narrar y sentir geografías. Ojalá así sea...

Diana Durán

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LOS CUENTOS DEL LIBRO

GEOGRAFÍAS RIESGOSAS

Tempestades

Los bichos que dominaron el mundo, pero no pudieron en Kamchatcka


Las aguas bajaron turbias


La sombra de Catalina


Encuentro en el monte

 

VIAJES

Un extraño viaje al viejo mundo

Viaje al paraíso

Ascenso serrano

En el túnel

Viajarás a Japón

El bosque nos habló

El norte en la piel

Verano en tierras gaúchas

Hacia el sur

Una rosa en la despedida

Nostalgias correntinas

Territorios de papel

 

TERRITORIALIDADES

 

La revancha culinaria de dos pueblos

El niño y el gato en la playa

La urraca y los geógrafos

La noche de las luciérnagas

El día en que Matilde y los niños quisieron ver el río

El desván de los recuerdos

Un hombre y una mujer en el bar

Sobreviviente

En bicicleta con el abuelo

Cuaderno de la vida nuestra

Fragmentos del diario de Marcela

Sur de mí

La biblioteca del silencio

Dos destinos

La casa de Goya

Estación fantasma

 



¡Felices Fiestas!


TERRITORIOS DE PAPEL

 


Imagen creada por IA

TERRITORIOS DE PAPEL

Desde el jardín hasta el bachillerato caminaron juntos como si tuvieran dos vidas paralelas. Eran inseparables: compañeros en el Normal Mariano Acosta, estudiosos, futboleros, siempre uno al lado del otro.
        Francisco había sido amigo de Eduardo desde su inicio en la escuela en la que cursaron toda la primaria y la secundaria. Eligieron la especialidad de Ciencias Naturales para el bachillerato. Eran inseparables, reflejo uno del otro: no se llevaban materias y durante los veranos compartían colonias y fútbol, su gran pasión. Juntos jugaron en Ferrocarril Oeste, custodiándose en el entrenamiento y en cada partido. Luego siguieron sus carreras en la universidad estatal: Francisco, medicina; Eduardo, ingeniería. A pesar de los nuevos caminos, no dejaron de acompañarse en la juventud, tal como lo habían hecho de niños y adolescentes. Frecuentaron los mismos lugares de esparcimiento, los mismos boliches y bares.

La distancia entre los amigos surgió cuando se pusieron de novios con mujeres que no se llevaban nada bien. Ambas hermosas, soberbias, altaneras, de caracteres fuertes, irreconciliables. Las diferencias entre ellas eran muy notorias, si bien simulaban momentos de contenida buena relación. Entonces ellos tuvieron que separarse y acercarse, según las circunstancias, para no entorpecer más tarde sus matrimonios.

El ardid encontrado por los amigos fue no exteriorizarlo, y por fuera fingir el desencuentro como sus esposas. Comenzaron a engañar con un encono inexistente. Cada gesto era un ensayo, cada palabra un guion improvisado para sostener la farsa del enfrentamiento. Aparecieron las mentiras piadosas y los ocultamientos. Si alguna de las mujeres demostraba su fobia por la otra, entonces ellos también inventaban un alejamiento que no existía y se encontraban en cafés o hablaban por teléfono sin importarles lo que sucedía entre ellas. Así continuaron por dos años.

Por su profesión, Eduardo tuvo que trasladarse al sur para integrar una empresa que construía una central hidráulica. Un arduo trabajo que requirió su traslado y el de su mujer a vivir al Alto Valle.

Buenos Aires los había visto crecer a los amigos en un murmullo constante: colectivos que se cruzaban como ríos urbanos, estadios que rugían los domingos, hospitales y facultades que nunca descansaban. En ese entorno se había acuñado la amistad, como si cada esquina guardara una circunstancia compartida como el ritmo frenético de los recreos y del fútbol. 

El Alto Valle, en cambio, era un territorio despejado, atravesado por el viento que se colaba en cada espacio, mientras los álamos dibujaban la frontera del horizonte. El río Negro discurría cual arteria vital, y las chacras se extendían como un dominó a la espera de la cosecha.

La distancia entre los amigos era más que kilómetros: era el silencio de las noches patagónicas frente al bullicio porteño; la soledad de los obreros en la obra hidráulica frente a la multitud de Buenos Aires.  Sin embargo, ambos lugares compartían algo: la obstinación de seguir latiendo. La ciudad con su pulso eléctrico; el valle con sus latidos al ritmo de la construcción y la cosecha de los frutos. 

Entonces se profundizaron las dificultades para comunicarse, no solo reales, pues no se podían reunir, sino también las dificultades para comunicarse. Lo resolvieron a través de la correspondencia. Eduardo le escribía al hospital y Francisco le respondía a las oficinas de la obra en construcción. Así fue como construyeron una amistad epistolar.

Desde el Alto Valle, Eduardo escribió la primera vez: Francisco, amigo, aquí me tienes en esta tierra pionera, feliz de renovar mi profesión.  Cuéntame de tu trabajo como médico residente, seguro será muy interesante, tanto que no logro imaginármelo. Cuéntame todo lo que haces, no dejes nada en el tintero. Francisco respondió desde Buenos Aires. Te confieso: estoy siempre de guardia, pero entusiasmado con la especialidad en clínica médica. Por otra parte, la ciudad no descansa, y yo tampoco, aunque tu carta me recuerde nuestra amistad, además de los absurdos obstáculos que hemos sorteado. 

Las cartas iban y venían sin que sus esposas lo supieran. Hasta que un día la mujer de Francisco encontró un sobre a nombre de su marido en el escritorio. ¿Qué es esto?, lo increpó duramente, la voz temblando de furia. Es una carta de Eduardo. Eduardo…, repitió ella enojada, como si el nombre fuera una traición.

Por un tiempo Francisco espació la correspondencia y no volvió a escribir desde su casa. Eduardo entendió la situación y también evitó hacerlo desde la suya.

La última carta de ese verano llegó con un sobre arrugado, como si hubiera viajado demasiado. Francisco la tomó, y al hacerlo sintió que el papel latía como un corazón acelerado. El nombre de Eduardo se desdibujaba, se reescribía solo, cambiaba de tinta. La habitación se inclinó un poco, como si el sobre pesara más que la mesa entera. Francisco quiso abrirla, pero la carta se cerraba otra vez, obstinada. Logró hacerlo y se sorprendió: la última que él había escrito a Eduardo pocos días antes llevaba el mismo tono de ruptura. Entonces comprendió que no traía solo palabras, sino un suceso categórico.

Ambas misivas parecían espejos enfrentados, reflejando la misma fractura. Por alguna razón, los dos habían coincidido en la separación de sus respectivas mujeres. Las cartas habían sido vías que al fin se liberaban de los cruces. Francisco sonrió, no solo por las circunstancias, sino por la claridad de lo sucedido.

Mientras tomaba el avión rumbo al sur, Francisco pensó que la amistad, despojada de ficciones, se abría como un territorio nuevo, aún por recorrer.

© Diana Durán, 17 de noviembre de 2025

ESTACIÓN FANTASMA

Vista de un área de bosque

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El Patronato cerca de Calderón. Fotografía: Héctor Correa

ESTACIÓN FANTASMA

Cuando volví a Calderón, después de veinte años, el silencio me recibió junto a la atmósfera del pasado. La estación seguía ahí, muda, con los rieles oxidados, sucia y olvidada. Hasta había una familia que la había ocupado y una chanchería en una especie de galpón. El paisaje daba lástima.

Caminé hasta la laguna. Las copetonas se espantaron a mi paso. El edificio del Patronato emergía en el campo como un recuerdo desdichado. Las paredes de ladrillo, resquebrajadas, casi demolidas por el abandono y la desidia, aún guardaban el eco de ochenta y cinco voces infantiles. Un pasado triste sobre el que los chicos escribían cartas nunca enviadas, con dibujos de trenes que los sacaran de ahí, del maldito encierro.

Desolado, caminé hacia la Escuela N° 6, donde aprendí a leer y escribir. Sabía por las noticias locales que allí quedaban solo nueve alumnos. Los vi salir al recreo como si fueran los últimos habitantes de un lugar condenado a desaparecer.

Calderón había tenido una planta de agua mineral, una estafeta postal, varios almacenes y muchas casas. Ahora solo soportaban el paso del tiempo un criadero de pollos, una siembra de champiñones y veinte almas que aún resistían la decadencia y el olvido. Leí en un diario digital que el intendente de Rosales iba cada tanto para inaugurar el ciclo lectivo y, en esas ocasiones, plantaba acacias y promesas. Pero las acacias no crecían, y las promesas se olvidaban.

Yo también me había ido junto a mi familia. Sin embargo, esta vez había vuelto para conservar mi memoria. Porque hay estaciones que, aunque nadie las nombre, siguen allí, a la espera de que alguien regrese a visitarlas.

Volví para recordar las épocas cuando los tres vivíamos en Calderón: mi papá, mi mamá y yo, en una vivienda perteneciente a la estación del ferrocarril. Era una casa modesta, pero allí había pasado una infancia feliz. Desde la ventana del comedor se divisaba la vía, y cada vez que el tren asomaba por el horizonte, mi papá se ponía su gorra y salía a recibirlo. Era el jefe de estación. Llevaba el uniforme con una dignidad que yo no entendía del todo, aunque me llenaba de orgullo. Mi mamá preparaba el mate mientras él se ajustaba la gorra y revisaba el reloj de bolsillo. El tren no esperaba a nadie, decía, pero él siempre esperaba al tren. Evoqué el techo al crujir cuando arreciaba el pampero.

Yo jugaba entre los durmientes, recogía piedras y soñaba con viajar. A veces me dejaban subir a la cabina y saludaba con orgullo a los pasajeros. Me sentía parte, lo era…

Cuando cerraron la estación fue como si nos hubieran arrancado el alma. Mi papá no dijo nada. Guardó el uniforme, cerró la persiana del comedor y dejó de mirar por la ventana.

Nos fuimos poco después. Como tantos. Como todas las familias ferroviarias de las estaciones donde no pasaba más el tren. No hubo resistencia. “Ramal que para, ramal que cierra”, había dicho un presidente. Pero hay trenes y estaciones que no se olvidan; y pueblos que, aunque parezcan fantasmas, siguen esperando que alguien los visite o al menos los nombre.

Durante mucho tiempo escuché el silbato en las noches ventosas, continué viendo la luz del tren cuando arribaba a la estación y recordé mi escuela. Supe que todavía tenía alumnos, muy pocos, pero los había.

 

 

Entré a la escuela como quien vuelve a una casa que fue suya. El pasillo olía a tiza y humedad. En el aula multigrado, una mujer de pelo blanco acomodaba cuadernos en una estantería de metal. ¿Usted es…? preguntó, sin levantar la vista. El hijo del jefe de la estación, respondí con melancolía. Entonces se volvió hacia mí muy despacio, como si el tiempo le pesara. Su papá era el alma de la estación; siempre llegaba unos minutos antes que el tren. Me ofreció un mate y me hizo sentar en el viejo pupitre de madera. Cuando cerraron la estación fue como si nos pararan el reloj del pueblo; ya no sabíamos si era lunes o domingo; su padre dejó de venir; y su mamá, que traía tortas para los actos, tampoco volvió. Nos fuimos como tantos. Sí como tantos, pero su padre dejó algo; déjeme que lo busque. La maestra se levantó y caminó lento hacia el armario de metal de donde sacó una caja de cartón. Esto es muy importante; la encontró un alumno en el galpón de la estación. La abrí despacio. Adentro había un silbato, una gorra azul marino y un cuaderno con anotaciones de horarios; nombres de trenes, fechas; hasta puntillosos datos meteorológicos. Según mi padre cada tren traía historias y había que anotarlas para que no se perdieran. Me quedé en silencio. En el patio, el bullicio de unos pocos chicos que correteaban. ¿Y usted, qué vino a buscar? Vine a recordar, respondí bajito; entonces, llevé la caja, continente de recuerdos.

Esa noche me quedé en un hotel de Punta Alta, cabecera del partido de Coronel Rosales al que pertenece Calderón. La caja con los recuerdos estaba sobre la mesa. Afuera, el viento soplaba como siempre y hacía crujir los techos.

Entonces escuché el silbato, primero fue un rumor lejano; después, claro, agudo, hasta estridente. Cerré los ojos. Imaginé a mi padre ajustándose la gorra, a mi madre cebando el mate y a mí saludando desde la cabina. El tren pasó. No lo vi, pero lo sentí, como si no hiciera falta verlo para saber que todavía recorría los rieles abandonados.

Saqué el viejo cuaderno de la caja y escribí en la última hoja amarillenta. “Fecha: 9 de noviembre. Tren: fantasma. Hora: 3:17. Tiempo: viento del sur”. Escribí debajo de mi firma, “hijo del jefe de la estación Calderón”. Porque hay estaciones que no se olvidan e hijos que vuelven para evocarlas.

 

© Diana Durán, 9 de noviembre de 2025

 

Un campo de césped

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Copetonas en Calderón. Héctor Correa


 


NOSTALGIAS CORRENTINAS

 


Carpinchos. Foto: Diana Durán



NOSTALGIAS CORRENTINAS

A mí no me gusta esta ciudad, pero soy pobre. Qué otra cosa me queda que aguantar a este chiquilín malcriado por la madre. A cada rato tiene berrinches. ¿Tendrá algún problema este gurí que se tira al suelo y patalea ante el menor regaño? Cha, que esto no es normal. Allá en el campo, en Mburucuyá, si uno se retobaba, enseguida lo castigaban y volvía a portarse derechito nomás. Hasta que pasó el incendio…

Cuando el Santi se cae o le duele la panza, yo le canto “El Mamboretá” que tira de la patita para que no se lo lleven las hormigas, y mi niño se pone contento. Pero me acuerdo de mi hermanito, angá pobrecito que me abandonó ese día y eso me deja muy triste. Entonces ya no quiero cantar.

Esa sí que era vida. Andar entre las gallinas, los patos overos y barcinos de la laguna, los chajáses y los biguáses. Las garzas y las cigüeñas, tan blancas y gigantes, con esos picos que podían engullir hasta una anguila. Acercarse a los esteros y ver algún yacaré tirado para tomar sol, brillando con colores relucidos. Nunca me dieron miedo, porque ellos hacían su vida: entraban entre los pajonales al agua y después salían a secarse. Y los carpinchos con sus crías. Ahora les dicen distinto, les dicen capibaras, y hay muñecos por todas partes, pero son solo muñecos. Los carpinchos verdaderos son marrones rojizos, nunca rosados ni celestes. Este gurí tiene peluches de carpinchos de todos los colores. No son como los de mi tierra.

Aquí, en Buenos Aires, nadie sabe cómo es mi Corrientes porá, tan bella, tan mía. A mi familia la fundió el incendio: perdimos los yerbatales, y hasta los eucaliptos se quemaron y ahora son negruzcos. No quedó ni una planta de pasionaria, tan hermosa la flor. El fuego fue muy rápido. El rancho crujía como si gritara. Yo corría, gritaba, pero el fuego ya había decidido. Mi mitã’i (1) se me fue esa noche, el techo lo arrancó de mis brazos. El monte lo guarda ahora.

Por eso me mandaron aquí, para ser niñera. Me tengo que ocupar de este saraki (2) que no me da tregua. Yo quiero volver a mi pueblo, a mi Mburucuyá, cerca de los esteros, y bailar en los días del “Festival del Auténtico Chamamé”, que así se llama en mi querida patria. Aquí no se come la mandioca, ni saben lo rica que es. Tampoco el chipá, aunque vi el otro día en el mercado que lo venden congelado. Parecen tontos estos porteños, ¿cómo van a congelar el chipá? Por eso yo se los preparo como en mi tierra, con almidón de mandioca, si consigo con la poca plata que me dan para los mandados. Y no dejan ni uno. Si hasta el doctor, que es el papá de Santi, se enllena de chipá cuando yo se lo cocino.

Ay, quién me manda a estar tan lejos, en Buenos Aires, si yo quiero ir a mi Corrientes. Voy a ahorrar para volver. De a poquito voy a juntar la platita para los pasajes. Total, es un pasaje y medio. La estación de Retiro está cerca del departamento. Esta familia no lo quiere mucho. No me voy a ir sola, me lo voy a llevar al Santi; así no extraño al mío, se me van las pesadillas y no transpiro frío nunca más.

 

Hoy sé que los señores van a salir a pasear. Estoy decidida: me voy con Santi a Mburucuyá, para cuidarlo mejor, para que no esté tan encerrado aquí. Le voy a enseñar los esteros, los yacarés y los carpinchos verdaderos, cantando “El Mamboretá” bajo un cielo lleno de luciérnagas.

……………………………….

A la mañana bien temprano, mientras le doy mate cocido calentito y le enseño a distinguir los cantos de los pájaros, aparece una camioneta blanca en la entrada de la casa. Bajan dos hombres con camisas celestes y una mujer con cara de enojo. ¿Dónde está el niño?, preguntan. No digo nada. Santi trepado a un árbol de guayabo. Lo buscamos desde hace días; usted no puede llevárselo así nomás, dice el principal. Yo les ofrezco chipá, les hablo de los esteros, de los yacarés, de la pasionaria que volvió a florecer en el patio. Pero no entienden nada y me encierran muchos días en la cárcel y, lo peor, se llevan a mi chiquito.

……………………………..

Desde que salí del encierro, cuando veo al carpincho con sus crías, pienso que es él, que me viene a visitar. Y me pongo a cantar “El Mamboretá”, aunque esté sola.

A veces me parece que el gurí me habla desde el estero, o me deja piedritas en la puerta. Aunque nadie lo dice, yo sé que va a volver. O capaz nunca se fue. O capaz… era el otro. No importa. Yo lo espero igual.


(1) Mita’í: niño pequeño en guaraní, expresado con ternura.

(2) Saraki: travieso en guaraní.

© Diana Durán, 3 de noviembre de 2025

PERMANECER EN FLORES

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