INQUILINOS DEL ALMA
Luis y Mariana
habían sido inquilinos desde que se casaron. Pasaba el tiempo y no lograban superar
esa condición. Al llegar los primeros días de cada mes, la urgencia de dinero
se volvía una amenaza que los rondaba. ¿Ya juntaste lo del alquiler?, preguntaba ella con ansiedad.
Sí, pero otra vez apenas nos alcanza; vamos a tener que acomodarnos;
ya no vamos a arreglar, respondía él.
Vivían en
un departamento de dos dormitorios en el barrio de Monserrat, casco histórico de
la ciudad de Buenos Aires. El edificio era bastante anticuado, con techos altos
y pisos de mosaico; frío en invierno por sus años, caluroso en verano por su
orientación. Los amplios ambientes estaban unidos por un largo pasillo que le
daba un aspecto vetusto. El exterior del edificio respiraba tiempos pasados con
sus balcones de hierro, molduras y cornisas ornamentadas en las fachadas.
Ella se sentía
infeliz. Las amistades cercanas y compañeros de trabajo de la pareja eran, en
su mayoría, propietarios. Algunos habían heredado las viviendas de sus padres;
otros habían conseguido comprar con préstamos a treinta años. En las reuniones,
por alguna razón, el tema era recurrente y la comparación inevitable. Ella se
sentía desdichada frente a los comentarios de redecoraciones o mudanzas. Nuestra
familia nos regaló un chalet en Mar del Plata, estamos felices, contaba
orgulloso un colaborador de Luis que ni siquiera ganaba más que él. Mariana
bajaba la mirada, con un dejo de envidia. Nosotros seguimos alquilando, apenas
se escuchaba su infeliz revelación. Nadie le respondía por consideración y, sin
embargo, ella advertía las miradas socarronas.
Desde la
infancia, los almuerzos dominicales con sus abuelos paternos habían estado
marcados por la misma cantinela: los alquileres. El mes que viene van a
aumentar otra vez, sentenciaba el abuelo; cada vez el alquiler es una
parte mayor de mi jubilación. El apellido Marziotta, del renombrado dueño,
parecía el de un personaje desalmado. La niña se iba a dormir la siesta, pero
las conversaciones se escuchaban a través de las paredes. Luego se sucedía el
acostumbrado, no podemos comprar, los alquileres están cada vez más caros,
a lo que se sumaba el relato de la eterna codicia del dueño.
De allí
nació su subestimación, la comparación perpetua con quienes tenían casa propia.
Para Mariana la vida de inquilinos era una existencia atada de pies y manos. La
falta de propiedad se había convertido en la fuente de tensiones, rabietas y,
también en un gran estigma social.
Hubo un año,
en épocas de la convertibilidad, en el que ella pensó que el destino podía
cambiar. Consiguió una tarea extra en una empresa del mismo edificio donde
trabajaba, y cada tarde, después de su jornada habitual, volvía a su hogar y
pensaba en el gran proyecto de la vivienda propia. Ahorraba cada suma que le
sobraba; a veces esos dineros ocultos se desvanecían por diversas razones:
alguna que otra compra extra o la inflación de la economía.
Mariana
se quedaba muchas noches despierta, mirando el techo alto del viejo
departamento de Monserrat, mientras Luis dormía profundamente a su lado. Ella imaginaba
que las molduras antiguas eran las cicatrices de otras familias, también
inquilinas, que habían residido allí. Fantaseaba conque el largo pasillo era
como un túnel de eterna espera, un corredor infinito que nunca le permitiría
alcanzar sus deseos.
Si la cosa
mejora, quizá podamos dar la seña para un terreno, le comentó a Luis una noche. Podría ser, pero
sabés bien cómo es, siempre aparece un gasto extra; además, en este país
no se entiende cuánto va a durar la estabilidad, contestó él, con el ánimo
de disipar la esperanza; cada día la portera cuesta más, tiene un sueldo
altísimo en comparación con cualquier profesional. Pero es muy servicial
doña Delfina, yo la aprecio, siempre me saluda y trata como a una dama,
refunfuñó Mariana.
Pasaron
tres años. Luis heredó la casa de sus abuelos, cedida por sus padres, pero al
tratarse de una herencia no constituía un bien ganancial. Luego tuvo la
oportunidad de comprar el departamento de Monserrat a bajo precio. Él lo
escrituró con usufructo a favor de Mariana, aunque ella no se sentía
propietaria.
No te
engañes, le dijo el marido en medio de
una fuerte discusión, las peleas de siempre porque apenas habían podido pagar
la escritura, pero no redecorar. Si quiero, revoco el usufructo y te
quedás en la calle. Fue cruel y ella lo sintió como un despojo. Con mi sueldo
apenas podría alquilar un departamento de un ambiente, lo sabés, le respondió entre
lágrimas pensando en que el tenor de las discusiones trepaba al punto de la
separación.
A pesar de
los desencuentros, ella seguía soñando, ya casi como una manía. En un cuaderno
dibujaba planos improvisados: una cocina moderna, la segunda habitación
transformada en un escritorio con boiserie. Se imaginaba las paredes de blanco,
las cortinas de colores, los muebles renovados. Cada página reunía sus anhelos
convertidos en alfombrados, paletas de colores, mobiliario funcional, nuevas texturas,
espejos que ampliaban los ambientes. El cuaderno se había convertido en una
especie de diario donde escribía sus deseos más preciados.
Pero la
realidad tronchó los sueños. La enfermedad de su madre le devoró todos sus
ahorros, y el cuaderno de las aspiraciones no volvió a abrirse. La ilusión de
la casa remodelada se desvaneció.
El
tiempo transcurría, Monserrat progresaba y se renovaba como un área joven de
nuevos emprendimientos urbanísticos; profesionales que buscaban estudios,
jóvenes de otras provincias y turistas que preferían alquileres temporarios. Ellos permanecían en el mismo lugar, como si
la vida los hubiera condenado a ser testigos de las aspiraciones ajenas.
Una
mañana en la que ambos estaban trabajando, el diario trajo la noticia:
11 de
julio de 2024. La Nación
Una mujer fue hallada muerta en su vivienda cuando los
Bomberos acudieron a extinguir un incendio desatado en un edificio de dos
cuerpos. El siniestro tuvo lugar en la madrugada de
este jueves en el barrio porteño de Monserrat. La víctima era la portera y
residía en la planta baja.
De acuerdo
con los primeros reportes, el fuego comenzó en un departamento de planta baja del inmueble, ubicado en la calle México entre Santiago de
Estero y San José, informaron las fuentes policiales
consultadas. Al arribar los paramédicos,
los habitantes debieron ser oxigenados por inhalar humo, aunque no
requirieron traslado.
El
departamento de la pareja quedó ahumado, pero intacto. La noticia del
fallecimiento de doña Delfina fue espantosa, más para Mariana que la apreciaba
tanto.
Esa
noche comprendió que el destino no era poseer paredes, sino habitar sus esperanzas.
La verdadera casa estaba en su memoria, en los sueños que nunca se apagaban, en
la persistencia de imaginar un lugar propio, aunque la realidad todavía se lo
negara.
Así
aceptó en su interior que el hogar deseado había sido una quimera: invisible,
pero firme, indestructible, hecho de recuerdos y de planos nunca construidos.
Una casa que no podía incendiarse porque se había construido solo en su alma.
Supo,
con claridad dolorosa, que ese destino debía hallarlo sola, sin Luis, porque él
nunca había sabido acompañarla.
© Diana Durán, 27 de abril de 2026




