INQUILINOS DEL ALMA

 


Fuente: Street View

INQUILINOS DEL ALMA

 

Luis y Mariana habían sido inquilinos desde que se casaron. Pasaba el tiempo y no lograban superar esa condición. Al llegar los primeros días de cada mes, la urgencia de dinero se volvía una amenaza que los rondaba. ¿Ya juntaste lo del alquiler?, preguntaba ella con ansiedad. Sí, pero otra vez apenas nos alcanza; vamos a tener que acomodarnos; ya no vamos a arreglar, respondía él.

Vivían en un departamento de dos dormitorios en el barrio de Monserrat, casco histórico de la ciudad de Buenos Aires. El edificio era bastante anticuado, con techos altos y pisos de mosaico; frío en invierno por sus años, caluroso en verano por su orientación. Los amplios ambientes estaban unidos por un largo pasillo que le daba un aspecto vetusto. El exterior del edificio respiraba tiempos pasados con sus balcones de hierro, molduras y cornisas ornamentadas en las fachadas.

Ella se sentía infeliz. Las amistades cercanas y compañeros de trabajo de la pareja eran, en su mayoría, propietarios. Algunos habían heredado las viviendas de sus padres; otros habían conseguido comprar con préstamos a treinta años. En las reuniones, por alguna razón, el tema era recurrente y la comparación inevitable. Ella se sentía desdichada frente a los comentarios de redecoraciones o mudanzas. Nuestra familia nos regaló un chalet en Mar del Plata, estamos felices, contaba orgulloso un colaborador de Luis que ni siquiera ganaba más que él. Mariana bajaba la mirada, con un dejo de envidia. Nosotros seguimos alquilando, apenas se escuchaba su infeliz revelación. Nadie le respondía por consideración y, sin embargo, ella advertía las miradas socarronas.

Desde la infancia, los almuerzos dominicales con sus abuelos paternos habían estado marcados por la misma cantinela: los alquileres. El mes que viene van a aumentar otra vez, sentenciaba el abuelo; cada vez el alquiler es una parte mayor de mi jubilación. El apellido Marziotta, del renombrado dueño, parecía el de un personaje desalmado. La niña se iba a dormir la siesta, pero las conversaciones se escuchaban a través de las paredes. Luego se sucedía el acostumbrado, no podemos comprar, los alquileres están cada vez más caros, a lo que se sumaba el relato de la eterna codicia del dueño.

De allí nació su subestimación, la comparación perpetua con quienes tenían casa propia. Para Mariana la vida de inquilinos era una existencia atada de pies y manos. La falta de propiedad se había convertido en la fuente de tensiones, rabietas y, también en un gran estigma social.

Hubo un año, en épocas de la convertibilidad, en el que ella pensó que el destino podía cambiar. Consiguió una tarea extra en una empresa del mismo edificio donde trabajaba, y cada tarde, después de su jornada habitual, volvía a su hogar y pensaba en el gran proyecto de la vivienda propia. Ahorraba cada suma que le sobraba; a veces esos dineros ocultos se desvanecían por diversas razones: alguna que otra compra extra o la inflación de la economía.

Mariana se quedaba muchas noches despierta, mirando el techo alto del viejo departamento de Monserrat, mientras Luis dormía profundamente a su lado. Ella imaginaba que las molduras antiguas eran las cicatrices de otras familias, también inquilinas, que habían residido allí. Fantaseaba conque el largo pasillo era como un túnel de eterna espera, un corredor infinito que nunca le permitiría alcanzar sus deseos.

Si la cosa mejora, quizá podamos dar la seña para un terreno, le comentó a Luis una noche. Podría ser, pero sabés bien cómo es, siempre aparece un gasto extra; además, en este país no se entiende cuánto va a durar la estabilidad, contestó él, con el ánimo de disipar la esperanza; cada día la portera cuesta más, tiene un sueldo altísimo en comparación con cualquier profesional. Pero es muy servicial doña Delfina, yo la aprecio, siempre me saluda y trata como a una dama, refunfuñó Mariana. 

Pasaron tres años. Luis heredó la casa de sus abuelos, cedida por sus padres, pero al tratarse de una herencia no constituía un bien ganancial. Luego tuvo la oportunidad de comprar el departamento de Monserrat a bajo precio. Él lo escrituró con usufructo a favor de Mariana, aunque ella no se sentía propietaria. 

No te engañes, le dijo el marido en medio de una fuerte discusión, las peleas de siempre porque apenas habían podido pagar la escritura, pero no redecorar. Si quiero, revoco el usufructo y te quedás en la calle. Fue cruel y ella lo sintió como un despojo. Con mi sueldo apenas podría alquilar un departamento de un ambiente, lo sabés, le respondió entre lágrimas pensando en que el tenor de las discusiones trepaba al punto de la separación.

A pesar de los desencuentros, ella seguía soñando, ya casi como una manía. En un cuaderno dibujaba planos improvisados: una cocina moderna, la segunda habitación transformada en un escritorio con boiserie. Se imaginaba las paredes de blanco, las cortinas de colores, los muebles renovados. Cada página reunía sus anhelos convertidos en alfombrados, paletas de colores, mobiliario funcional, nuevas texturas, espejos que ampliaban los ambientes. El cuaderno se había convertido en una especie de diario donde escribía sus deseos más preciados.

Pero la realidad tronchó los sueños. La enfermedad de su madre le devoró todos sus ahorros, y el cuaderno de las aspiraciones no volvió a abrirse. La ilusión de la casa remodelada se desvaneció.

El tiempo transcurría, Monserrat progresaba y se renovaba como un área joven de nuevos emprendimientos urbanísticos; profesionales que buscaban estudios, jóvenes de otras provincias y turistas que preferían alquileres temporarios. Ellos permanecían en el mismo lugar, como si la vida los hubiera condenado a ser testigos de las aspiraciones ajenas.

Una mañana en la que ambos estaban trabajando, el diario trajo la noticia:

11 de julio de 2024. La Nación

Una mujer fue hallada muerta en su vivienda cuando los Bomberos acudieron a extinguir un incendio desatado en un edificio de dos cuerpos. El siniestro tuvo lugar en la madrugada de este jueves en el barrio porteño de Monserrat. La víctima era la portera y residía en la planta baja.

De acuerdo con los primeros reportes, el fuego comenzó en un departamento de planta baja del inmueble, ubicado en la calle México entre Santiago de Estero y San José, informaron las fuentes policiales consultadas.  Al arribar los paramédicos, los habitantes debieron ser oxigenados por inhalar humo, aunque no requirieron traslado.

 

El departamento de la pareja quedó ahumado, pero intacto. La noticia del fallecimiento de doña Delfina fue espantosa, más para Mariana que la apreciaba tanto.

Esa noche comprendió que el destino no era poseer paredes, sino habitar sus esperanzas. La verdadera casa estaba en su memoria, en los sueños que nunca se apagaban, en la persistencia de imaginar un lugar propio, aunque la realidad todavía se lo negara.

Así aceptó en su interior que el hogar deseado había sido una quimera: invisible, pero firme, indestructible, hecho de recuerdos y de planos nunca construidos. Una casa que no podía incendiarse porque se había construido solo en su alma.

Supo, con claridad dolorosa, que ese destino debía hallarlo sola, sin Luis, porque él nunca había sabido acompañarla.

© Diana Durán, 27 de abril de 2026

 

UNA NUEVA VIDA

 


Barrio de Villa Giardino. Google Maps

 

UNA NUEVA VIDA

Compramos el terreno más hermoso que uno pueda imaginar: casi una hectárea en Villa Giardino, localidad de las sierras cordobesas. Allí soñamos residir desde el año próximo. Siempre imaginamos salir de la gran ciudad que nos agobia con sus problemas, aunque admitimos sus beneficios. Así es nuestra Córdoba capital, la docta, colonial y moderna a la vez. La conocemos y la sufrimos. Pero a esta altura de la vida Raúl y yo necesitamos otra historia. Por eso construimos una pequeña casa, la piedra fundamental de un proyecto mayor que sumará más habitaciones; y una cabaña que, en un año, no más, nos dará renta y equilibrio porque ambas jubilaciones no son elevadas.

Lo pensamos todo: un living-comedor-cocina integrado; un dormitorio amplio con vista a las sierras; otro más para cuando vengan nuestros hijos; un baño luminoso y una galería orientada como para recibir la luz del día y contemplar el cielo diáfano de la noche. El dinero de la venta de nuestra casa de Córdoba, sumado a los ahorros, han alcanzado para comprar y edificar. Los muebles y adornos que nos acompañaron durante treinta años de casados quedarán muy bien en los distintos ambientes. Lo que sobra se venderá.

La prole no quiere que nos mudemos. Mamá, ¿qué sentido tiene? Están grandes; ¿y si alguna vez tenemos que cuidarlos?; van a estar muy lejos, reprochó nuestra hija el domingo pasado. Ese lugar no tiene el mismo valor que la casa en la ciudad; además, borran de un plumazo todos nuestros recuerdos, agregó con recelo el varón. Son unos egoístas: miran solo su ombligo, le sugiero a Raúl y dejamos que pase el enojo sin inmutarnos. Decidimos concentrarnos en el proyecto sin escuchar a los que se oponen. Nos sentimos renovados.

La construcción avanza, ya está casi lista para mudarnos. Mientras tanto, gracias a los nuevos dueños, nos quedamos en la casa que vendimos. Celebramos con amigos una cena de despedida: algunos nos apoyan, otros nos miran con recelo. Están grandes para semejante aventura, nos advierten. Hablan del sistema de salud, de la conexión a Internet, del aislamiento. Nosotros respondemos que Villa Giardino es tranquila, con calles arboladas, arroyuelos cercanos y un magnífico entorno serrano. Nos llaman hippies de los sesenta. Igual que nuestros hijos, calcados. Reímos cuando se van, coincidiendo en la envidia de hijos y amigos frente a nuestra determinación. Ya quisieran, le comento a Raúl mientras nos acostamos. Él asiente mientras vuelve a su libro.

 

El chalet está terminado. Se sitúa en la calle Agua Buena, nombre que desde un principio nos reveló que estábamos en el camino ideal. Nadie que viva en un lugar con ese nombre la puede pasar mal, es una fija, declaro feliz. Raúl aprueba todo lo que comento, aunque a veces pienso que ni me escucha, pero él es así. La partida es abrumadora: mudarse nunca es fácil, menos aún con los reproches de los hijos persiguiéndonos. Se van a arrepentir; no podremos visitarlos seguido; en Punilla no hay suficiente equipamiento médico, repiten ambos como una letanía. Nosotros dejamos que chillen como pequeños porque estamos convencidos de que intentan frenar nuestro destino dichoso. Decidimos concentrarnos en el proyecto que nos renueva cuando nadie se opone.

 

 

Ya instalados, cansados pero contentos, plantamos tres árboles: un cerezo, un nogal y un arce. También flores alrededor de la casa. Mientras tanto seguimos planeando la cabaña que será nuestra renta. La conexión inalámbrica funciona relativamente bien.

Poco a poco se van cumpliendo nuestros deseos. Vivimos tranquilos, hacemos excursiones, no nos agobia el calor ni el frío de la ciudad. Tampoco los ruidos que nos abrumaban. Nos alejamos de las concentraciones y los atascos. Hasta nuestra salud mejora, la presión de Raúl se equilibra, mi dieta avanza a pasos agigantados. Dormimos como lirones, comemos saludable, nos relacionamos con vecinos serviciales y jóvenes del “Camino de los Artesanos”. Quizás empecemos algún pequeño emprendimiento cuando estemos más afianzados.

Lo único que nos extraña es el alejamiento de los chicos. No vienen a pesar de las invitaciones; siempre están ocupados. En nuestras conversaciones recordamos con nostalgia, pero a la vez con alegría, los cumpleaños, las fiestas cuando se recibieron, la alegría de los primeros trabajos y las tristezas cuando sufrían alguna enfermedad, aunque fuera intrascendente o algún conflicto amoroso. ¿Será que trabajamos mucho y no estuvimos suficientemente presentes?, le pregunto a Raúl. Me responde, hemos estado lo que pudimos y cuando pudimos, no des más vueltas al asunto.

 

 

 

Esta mañana un trueno nos sorprendió. La lluvia arreciaba, parecía una tormenta veraniega, pero se iba intensificando. Un rayo cayó cerca, demasiado cerca. Parte del chalet se vio afectado: el techo de la galería recibió algunas chispas y los materiales de la cabaña quedaron dañados por un incendio menor. El susto fue enorme. Con ayuda de los vecinos y los bomberos voluntarios pudimos apagar el fuego. Aunque la pérdida fue muy dolorosa, la casa no fue sido alcanzada en el interior.

Hoy, exhaustos pero firmes, nos levantamos muy temprano. El cerezo, el nogal y el arce siguen allí, inclinados por las ráfagas, pero sobrevivientes. Los enderezamos, reforzamos sus tallos y quedamos tranquilos. El aire huele a pasto mojado y a madera quemada. Nos miramos confiados. Sentimos un nuevo comienzo.

Nuestros hijos insisten en que volvamos a la ciudad. Nos reprochan nuestra falta de afecto hacia ellos. Insisten en los peligros del lugar. Nosotros respondemos que no: este sitio nos pertenece, con sus riesgos y su belleza. La calle Agua Buena nos recuerda cada día que elegimos el mejor camino.         

Reparamos lo dañado, reconstruimos lo perdido y seguimos adelante. La casa será más sólida, la cabaña se construirá con un poco de retraso, pero lo haremos. Plantamos varios árboles autóctonos cercanos a ella. Cada nuevo brote nos vuelve más esperanzados.

 

Aquí estamos, meses después. La vida, entre sierras y arroyos, nos regala lo que buscábamos: serenidad, contacto con la naturaleza y la certeza de que la felicidad no depende de la comodidad, sino de la decisión de vivir según nuestros anhelos.

Todas las noches salimos al jardín donde el cielo iluminado por las estrellas es un techo infinito. Aprendemos que incluso los fenómenos tormentosos pueden ser parte de la nueva vida que decidimos y que no todo depende de la comodidad, sino de la decisión de afincarnos según nuestros ideales.

Todas las noches, desde que llegamos a este edén, cuando nos vamos a dormir nos miramos apenados y nos consolamos al revelar nuestros sentimientos más caros: nuestros hijos y amigos ya volverán…


Diana Durán, 20 de abril de 2026

LA NIÑA EN EL JARDÍN ENCANTADO

 


Fotografía modificada por IA

LA NIÑA EN EL JARDÍN ENCANTADO

Amelie amaba su jardín. Allí existían flores de todos los colores, árboles frondosos, una huerta y rincones para jugar. La hamaca hecha con una rueda colgaba de la rama más fuerte del roble, y un viejo desván alimentaba su imaginación infantil.

El padre trabajaba en el mismo predio fabricando ventanas y puertas de pino. Por eso, la niña siempre tenía a mano maderitas, pequeños trozos de metal, pedazos de goma y cerraduras viejas, materiales con los que había construido una simulada casita en un rincón del terreno.

Bajo la amplia copa del roble, cuando su madre regaba el jardín, aparecían bandadas de pájaros multicolores. Amelie los observaba fascinada: jilgueros amarillos radiantes, horneros marrones tornasolados, inquietos churrinches rojizos. Sus cejas marcadas, sus picos extraños, sus cantos únicos. La niña seguía con la mirada su vuelo y su revoloteo, como si fueran parte de un juego que ella sola había inventado.

Al volver del colegio, lo primero que hacía era recorrer ese mundo propio. Una tarde, después de terminar los deberes, descubrió un visitante inesperado: un animalito peludo de cuatro patas. No era un gato ni un perro; huyó veloz dejando apenas la visión de su hocico puntiagudo y gran cola anaranjada. Amelie buscó su figura en las láminas del diccionario y, al reconocerlo, sintió una especial alegría al descubrir que era un zorro colorado. Guardó el secreto, temiendo que los adultos lo espantaran.

Los fines de semana jugaba en la cabaña que había levantado. Allí, además del zorro y los pájaros, descubrió que se posaba una mariposa atigrada y la dejó volar libre porque sabía que era muy frágil.

¿Qué más podré ver en mi jardín?, se preguntaba extrañada; seguro que muchos otros animales, porque tengo un jardín encantado.

Animada, Amelie afinó su mirada. Desde entonces descubrió comadrejas, lagartijas y sapos que no le simpatizaron, pero también ardillas que trepaban huidizas al roble y un topo que cavaba un túnel casi invisible. Buscaba cada hallazgo en las figuras de su diccionario, y guardaba para sí cada secreta existencia.

Con el tiempo, Amelie comenzó a conversar con la fauna de su entorno, y algunos, de a poco, le fueron respondiendo. Los pájaros le cantaban volando alrededor mientras bailaba dichosa. El topo llegó a mostrarle su cueva y a sus seis diminutas crías rosadas. El zorro le contó que le resultaba muy difícil vivir en un lugar tan poblado porque la gente solía despreciarlo y, a veces, hasta le tiraban piedras para espantarlo. La mariposa le comunicó triste que temía por sus huevos porque cada día se usaban más pesticidas. La niña logró conocer y respetar a sus amigos.

Un día llegaron obreros a construir un quincho en el fondo de la casa. El ruido espantó a los animalitos de Amelie, quien acongojada decidió contar la historia a su mamá. Ella sonrió incrédula, pensando que su hija fabulaba. Ay, hijita, dejá ya de ver tantos dibujos animados que te confunden con la realidad; los animales del jardín no hablan con las personas. Pero mamá… protestó mientras la veía alejarse tranquila.

Durante semanas apenas se divisaron unos pocos gorriones. Cuando la obra terminó, los animales regresaron, pero no volvió la magia: Amelie no podía conversar otra vez con sus amigos del jardín que había perdido su encanto.

Sin embargo, una tarde el zorro colorado se acercó lento y reposó a su lado. Otro día, las ardillas bajaron del roble y le mostraron que habían guardado muchas bellotas para el invierno. Finalmente, el topo salió de su guarida con sus crías ya grandes y los pájaros revolotearon en círculo a su alrededor impulsándola a bailar. Los animales no le hablaban con palabras, sino con gestos, vuelos y miradas. Amelie, atenta, los contemplaba.

La niña comprendió que el jardín no había cambiado: ahora había vuelto a ser su reino y ella una especie de guardiana que algún día contaría sus historias.


© Para Amelie de la abuela Diana, 13 de abril de 2026

AQUELLA QUINTA INOLVIDABLE

 


Imagen generada por IA sobre fotografía de Diana Durán

AQUELLA QUINTA INOLVIDABLE

 

Evocarás alguna tarde contemplando el terreno enfrente de la quinta. Esa en que la silueta de un corcel se dibujaba en el campo de margaritas. Los niños elegían las más hermosas para regalarlas en hatillos a quienes pasaran. El embalse del dique Roggero en el horizonte trazaba una línea azul en el encuentro del cielo y la tierra. El eucaliptal cruzaba la mitad del terreno y disipaba un aroma medicinal. Los renovales se veían flamantes plantados en las cercanías de la casa a medio terminar.

Revivirás a la familia ocupada en cortar el césped y extraer las malezas. El quincho recién construido reuniéndolos en la mesa al mediodía. Todos juntos. Buena época, asumirás.

 

Te animarás a buscar las fotos amarillentas de aquel tiempo en el fondo del cajón del desván. Todo sucedió hace muchos años, treinta, cuarenta. Aquellos días volverán en tu evocación como un torrente de imágenes y señales. Te preguntarás: ¿qué pasó?, ¿cuál fue la raíz de los males que destruyeron la ilusoria armonía?

Volverás atrás en tu memoria y tratarás de escudriñar los acontecimientos.  Los viajes desde San Isidro a La Reja. El tránsito infernal. La premura por llegar. Así lo sentirás. Recordarás que estaban rodeados de gente en la ciudad, que ansiaban el verde frente al cemento urbano. Extrañarás el intenso trabajo que les daba mantener el lugar. Pensarás con melancolía que allí estaban, juntos y a la vez lejanos; a un paso físico y a miles de kilómetros sus almas. Todo externo, superficial, vano.

 

Tu presente será la soledad del tiempo perdido, el abandono del lugar, la quinta vacía, la familia trunca.

Advertirás que algunos árboles habrán caído durante el gran temporal; la maleza habrá cubierto los alrededores de la casa y el quincho y, finalmente, el terreno habrá sido usurpado por una familia migrante desde el Chaco inundado.

 

Años después volverás y verás que esa familia bajó el tanque de agua del techo. El paisaje te abrumará. Será la muestra cabal del despojo; la visión horrenda de niños harapientos en la galería; el desaliñado huerto en el límite del terreno; la basura amorfa dispersa entre tus hermosos árboles ahora crecidos en la vereda forestal.

Entonces huirás despavorida, no querrás agitar en tu alma semejante fracaso. Tu vida será otra, pero persistirá el recuerdo de lo que no fue. Te preguntarás, ¿para qué evocar tanta pérdida. Tantas horas destinadas para nada.

Un día llegará en que lo resuelvas. 

Me queda el paisaje, no este, el otro, el de los buenos tiempos, los niños, el lugar, la tierra, los atardeceres, la silueta del caballo, el tapiz de margaritas. El jacarandá florecido, la resistente acacia, el tupido laurel, la fragancia del eucaliptal, la peculiaridad de los sauces eléctricos. Los ecos de las risas familiares. Todo menos tú que no mereces ni mi memoria.

 

© Diana Durán, 6 de abril de 2026

 

LA MEMORIA DEL AVE

 


 

 

Paisaje correntino. Fotografía: Héctor Correa

 

LA MEMORIA DEL AVE


Nuestro proyecto era ir a Corrientes, para, desde allí, visitar varios lugares del Nordeste y, en especial, los vastos Esteros del Iberá. De cada viaje acostumbro a llevarme algo, una artesanía, una nadería, de este esperaba muchos recuerdos dada la importancia de la cultura local.

El paisaje nos deleitaba y no pasaron muchos kilómetros desde nuestro ingreso a la provincia por la ruta doce cuando comenzamos a divisar bañados y lagunas donde las aves del litoral nos atraían con sus picos raros y plumajes brillantes. Divisamos al chajá, al biguá, garzas, pollonas, hasta varios martines pescadores de diversos tamaños y los fotografiamos en sus ambientes acuáticos. Una delicia para nuestros hábitos naturalistas.

Así llegamos a Goya, tierra de mis ancestros, mi abuela materna y sus antecesores. Le propuse a mi esposo entrar a la ciudad pues no nos íbamos a desviar mucho para llegar al destino intermedio en la capital provincial.

Goya es la segunda ciudad más poblada de la provincia a orillas del río Paraná. Le dicen la "Capital Nacional del Surubí" por su famoso festival de pesca, pero no era época. Es una ciudad con fuerte herencia colonial e inmigrante, con una arquitectura particular, el teatro más antiguo del país y la paradisíaca Isla de las Damas.

Solo recorrer sus calles me hacía volver a la infancia en la que supe ir con mi familia a la casa de mi abuela donde pasábamos largas temporadas en la vieja casona de Caá Guazú y Pedro Goyena en sus incontables habitaciones que guardaban tabaco. Para mi mente infantil ese lugar había resultado mágico por su abigarrado patio interior, el eco del aljibe y la frescura del limonero y el árbol de quinotos. Allí la abuela sentada en un viejo sillón de paja nos relataba los cuentos locales más asombrosos y atrayentes para nosotros. Nos contaba sobre el genio protector del Pombero, dueño de los pájaros y el sol y señor de la noche; el temible Lobizón, flaco y enfermizo; o las apariciones de la virgen de Itatí, símbolo de fe y esperanza para los correntinos.

Dejamos atrás el encanto de los recuerdos goyanos y desde allí avanzamos por la ruta veinticuatro para luego empalmar por la nacional ciento veintitrés hasta Mercedes, en el centro provincial.

Mientras accedíamos al Portal Laguna Iberá, camino a los esteros, nos detuvimos bajo un sauzal a reposar un poco. Fue entonces cuando vi un ave increíble, posada en un junco, con el plumaje dorado encendido por el sol. Su canto no era un trino, sino un llamado profundo, como si pronunciara una palabra que yo debía recordar. Le pedí a mi esposo que la fotografiara, pero la lente se empañaba y cuando lograba enfocar el lugar que yo le indicaba, la imagen se borraba. Él aseguraba que no veía más que garzas y chajás. Yo, en cambio, no podía apartar la vista de aquella criatura inverosímil, que al batir sus alas en un momento dejó en el aire una estela luminosa, como un secreto destinado solo para mí.

Más tarde, al evocar su trino, decidí que le debía dar un nombre especial. La llamé Ñeembucú que en guaraní significa “palabra escondida”, porque nadie más la había visto ni oído, y su aparición parecía destinada a permanecer en el silencio de mi memoria.

Al día siguiente, al adentrarnos en los esteros sin excursión porque queríamos disfrutarlos solo para nosotros, la misma ave mágica reapareció al atardecer y otra vez únicamente yo pude verla y oírla.

Esta vez no cantó, sino que susurró y para mi asombro su voz era igual a la de mi abuela, la misma que me narraba las historias del Pombero y del Lobizón en la casa de Goya. Me llamaba por mi nombre y fusionando con suavidad sus palabras con mi emoción, me dijo:

Querida, aquí estoy, en mi lugar. Solo tú me verás siempre que te acerques con tanto cariño.

Entonces comprendí que el Ñeembucú no era solo un pájaro imposible, sino la encarnación de aquellas palabras pretéritas y amorosas que la abuela había sembrado en mi infancia. El ave dorada llevaba en su canto la historia de la casa de Goya, de su patio y sus frutos. Mi esposo no la vio, pero aceptó mi relato de que en su vuelo se mezclaban la fe, la magia y la ternura de aquella infancia feliz que nunca se perderían.

Así comprendí que aquel viaje no me había regalado una artesanía ni una nadería, sino un tesoro personal: la certeza de que las palabras y los relatos de mi abuela seguían escondidas en el territorio, protegidas por el ave mágica. Estaba segura de que cada vez que regresara a Corrientes, no buscaría recuerdos materiales, sino la huella de aquel asombroso pájaro ilusorio.


© Diana Durán, 30 de marzo de 2026

LA LLAVE, EL FANTASMA Y LA FUGA


Imagen realizada con IA


LA LLAVE, EL FANTASMA Y LA FUGA


Era la primera vez que quedaban solos en su casa. Los padres habían decidido salir y como eran casi adolescentes, doce años ella, once él, podían esperarlos hasta la hora en que volvieran o dormirse antes tranquilos.

El dilema era dejarles o no la llave de la puerta de entrada del departamento. La madre le dijo al padre que no era prudente, Ignacio era travieso y podía escaparse o intentar salir con la excusa de comprar golosinas o pispear la calle. El padre le replicó que al estar Cecilia a cargo de la llave no pasaría nada, que ella era lo suficientemente responsable como para sosegar al hermano.

El padre ganó la partida y la llave de la puerta de entrada quedó a cargo de la joven que se sintió henchida de orgullo por tremendo compromiso. Ignacio no le dio mucha importancia al hecho porque estaba feliz con la circunstancia de que sus padres los dejaran solos. Los esperaba una noche de juegos y series de televisión.

Así fue como luego de múltiples recomendaciones, padre y madre se fueron al cine y a cenar por primera vez en mucho tiempo.

─Ceci, no olvides apagar la luz de la cocina y dejar prendida la entrada. Si querés encendé el foco del pasillo de los dormitorios, así les damos un beso cuando lleguemos.

─Sí, mamá, vayan tranquilos que yo me ocupo de todo eso y de quitar la llave de la puerta para que ustedes puedan entrar.

─Claro, eso es muy importante, querida, qué bien que lo hayas pensado, si no, nos quedamos afuera. Sos muy inteligente.

Los chicos estaban cenados y en pijama como para dormir cuando llegaran las diez y media de la noche, según la orden de los papás.

Así comenzó la aventura. Apenas los padres cruzaron la puerta, ellos saltaron de alegría. Por fin iban a poder mirar el programa que tanto les atraía, “El fantasma de la Opera”[1]. Ellos amaban a Erik, un hombre con el rostro deformado de nacimiento que vivía oculto en los sótanos del teatro. El protagonista solía preguntar ¿hay alguien en los camarines?, entonces los hermanos se abrazaban con un sentimiento confuso de susto e hilaridad.

Esa noche el grito del fantasma resonó distinto en la pantalla; más real que nunca ante la ausencia de los padres. La situación se tornó oscura y siniestra. Por alguna razón, Cecilia e Ignacio se miraron con los ojos impresionados de espanto y, sin pensarlo, corrieron hacia la puerta. En la fuga, la llave quedó olvidada sobre la mesa. Bajaron a los saltos por la escalera y salieron a la calle por la puerta de servicio que estaba abierta pues el portero había subido a los pisos para sacar la basura.

Los chicos no acostumbraban a salir de noche, salvo en auto a alguna reunión familiar. Asustados corrieron unas tres cuadras sin parar. La calle se transformó en un escenario incierto donde las luces apenas iluminaban, los negocios se tornaban desconocidos con las persianas bajas y el traqueteo lejano de los colectivos los impresionaba aún más.  

De pronto, en una esquina, la silueta encorvada de un hombre se levantó entre la pila de cartones. Era un mendigo harapiento que murmuraba palabras incomprensibles, con el rostro semioculto bajo un sombrero andrajoso y descolorido. Cecilia e Ignacio se miraron aterrados; en su imaginación el personaje era el fantasma que acababan de ver en la pantalla. Corrieron tomados de las manos. El barrio se tornaba cada vez más desconocido y siniestro; real e imaginario a la vez.

Los chicos recorrieron dos cuadras y frenaron porque el frío y el miedo los paralizó. Sin embargo, se dieron cuenta que el fantasma había quedado atrás, confundido entre la silueta del vagabundo y el recuerdo de la imagen en el televisor. Como por arte de magia recobraron la conciencia, recordaron dónde estaban y cómo debían volver sobre sus pasos para llegar a su casa.

Entonces advirtieron que estaban en un tremendo aprieto: les faltaba la llave para entrar. Ignacio propuso trepar por el balcón del primer piso.

—¡Ni lo sueñes!, ─lo frenó Cecilia─. Si nos ve algún vecino, se les va a contar.

Se miraron nerviosos. La puerta estaba cerrada y la llave debía seguir sobre la mesa burlándose de ellos. Ignacio imitó la voz del fantasma y recitó: ¿hay alguien en los camarines? Cecilia lo empujó y le dijo que mejor se callara antes de que el terror regresara o los vecinos los descubrieran en pijama.

Finalmente, tocaron el timbre al portero, inventando que habían salido porque escucharon llegar a sus padres que no podían entrar. El hombre acostumbrado a las travesuras los retó levemente y abrió la cerradura con una sonrisa cómplice. Los chicos entraron corriendo y al ver la llave sobre la mesa se abrazaron como si hubieran recuperado un tesoro perdido. Luego se acostaron e intentaron dormir hasta escuchar el regreso de sus padres.

Al día siguiente, el portero le comentó a la madre:

—Anoche sus hijos me hicieron abrirles la puerta. Dijeron que habían escuchado que ustedes volvían y no podían abrirla. La madre lo miró extrañada sin comprender.

Cuando les preguntó a sus hijos qué había sucedido, Ignacio calló cabeza gacha y Cecilia, medio dormida, murmuró:

—Bueno, al menos nos salvamos del fantasma.



[1] Serie en blanco y negro transmitida por el Canal 9 y protagonizada por Narciso Ibáñez Menta en los años sesenta.


© Diana Durán, 23 de marzo de 2026

 

UNA SOMBRA YA PRONTO SERÁS

 




Café en París. Barrio Latino. Fotografía de Lutgarde Creemers.

UNA SOMBRA YA PRONTO SERÁS (1)

 

Pablo conoció a Marcela en un baile del club Comunicaciones de Villa del Parque. Habían coincidido durante carnaval en uno de los tradicionales “ocho bailes ocho” de la década del sesenta. Ella se había puesto una minifalda roja con medias estampadas, remera ajustada y botas largas de cuero blanco. Así vestida parecía una modelo. Era su primer baile en un club. Él era un joven que poco frecuentaba esos ambientes, pero la casualidad quiso que ese día acompañara a un amigo. Marcela, con apenas dieciocho años, se movía con gracia y sensualidad. La sacó a bailar al son de la orquesta tropical en la pista cubierta de serpentinas y papel picado. Intercalaron rápidos y lentos toda la noche. Habían coincidido en el club a través de amigos en común y la cercanía de sus casas.

Marcela recién había terminado el secundario; él ya estaba en cuarto año de ingeniería. Esa misma noche quedaron cautivados uno del otro, lo que provocó que no se volvieran a separar, quizás por la juventud de ella o la intelectualidad de él, o a pesar de las diferencias.

Un año después de aquel encuentro, despedida amorosa mediante, Pablo viajó a París gracias a una beca del INTI (2). Marcela, en cambio, permaneció en Buenos Aires y comenzó sus estudios de letras. Pablo alquiló un diminuto estudio en la Rue des Lyonnais, en pleno Barrio Latino. Las paredes descascaradas y la ventana angosta daban a un patio interior del que brotaban voces en distintos idiomas. El joven no se acostumbraba a la Torre de Babel parisina, pero la soportaba estoicamente. Sin embargo, la beca marchaba sobre ruedas.

El verano posterior a su partida, Marcela lo visitó gracias a que sus padres le solventaron un viaje de egresada postergado. Juntos vagabundearon por el bulevar Saint-Germain; las callejuelas del Barrio Latino, la Rue de Rivoli, la Mouffetard, la Montorgueil y la zona de Montmartre; además de las orillas del Sena con sus famosos libreros. Pasaron horas en los cafés, rodeados de estudiantes y artistas que discutían sobre política, cine y literatura.

Pero más allá de calles y cafés, los unía la circunstancia de estar descubriendo el mundo de la mano del otro. París había conspirado para vincularlos, pensaban ambos, con un sentimiento único. Esa breve convivencia tuvo matices románticos, como si la ciudad les ofreciera un escenario distinto, aunque efímero por la corta estadía de ella.

Marcela tuvo que volver a Buenos Aires para continuar sus estudios. Pablo siguió con su vida parisina austera, pero muy productiva en lo académico. Lo solventaban la beca y algún trabajo ocasional de cálculos ingenieriles.

La distancia hizo que comenzaran los intercambios epistolares. Las cartas se convirtieron en un puente frágil: iban y venían entre Barrio Latino y Villa del Parque, cargadas de recuerdos compartidos y algunas promesas inciertas por parte de Pablo. Marcela no sabía si su pareja se iba a quedar en París o volvería a Buenos Aires. Con el tiempo aparecieron ciertos reproches velados. A veces ella retrasaba a propósito el envío, en otras ocasiones no respondía, y en ese vacío crecían las dudas: el amor ensombrecido por la incertidumbre y la lejanía.

Marcela se quedaba en La Farola de Villa del Parque, los apuntes abiertos en la mesa. Afuera, el bullicio barrial; adentro ella pensaba en Pablo y en las cartas que intercambiaban. Su vida seguía hecha de rutinas conocidas, mientras él habitaba un mundo lejano. A veces dudaba si la espera era amor o simple resignación.

La imagen de Marcela se fue deteriorando ante los ojos de Pablo. Sus cartas, primero muy cuidadas, empezaron a mostrar reservas y espacios que él no lograba descifrar. Ella sentía que él tenía demasiadas oportunidades en París, mientras su destino perduraría en Buenos Aires sin su compañía. La joven solía soñar con el encuentro en el club Comunicaciones. Ese recuerdo la hacía esperanzar, pero entonces urdía con tristeza una historia sin fin destinada a cruzar el océano una y otra vez, sin encontrar nunca el equilibrio.

París se volvía un fantasma que ocupaba para Marcela más espacio que Pablo mismo, y empezaba a preguntarse si esperar era vivir o apenas aplazar la despedida.

Cuando Pablo regresó a Buenos Aires luego de dos años de beca, la ciudad lo recibió con un aire familiar y cálido. Volvió a caminar por Villa del Parque, a encontrarse con viejos amigos y a revivir las costumbres porteñas. Para Marcela, ese regreso fue una mezcla de alegría y desasosiego: lo esperó enamorada, pero también con la sensación incierta de que pronto volvería a partir. Una sombra cubría su destino con él.

Ella había construido su vida en Buenos Aires, entre la facultad, las amistades de siempre y las tardes en cafés porteños. Su mundo estaba allí, en los itinerarios que conocía de memoria. Pablo, en cambio, traía consigo relatos de distintos distritos parisinos, de profesores distinguidos, de debates permanentes en los pasillos de la universidad, de oportunidades que parecían multiplicarse. Solo le hablaba a Marcela de proyectos de investigación y futuros viajes. Ella sentía que su horizonte era estrecho, marcado por un porvenir fortuito. Las diferencias se colaban como una cuña en los silencios que se sucedían.

Pablo tuvo múltiples propuestas. En especial, se planteó la continuidad de su trabajo de becario, pero como investigador en la Universidad de Córdoba. Marcela sintió otra vez que él decidía partir, fuera en el exterior o dentro del país. Si bien se apagaban las luces distantes de París y renacían las esperanzas de tener a su pareja más cerca, la sensación era que él siempre estaría lejos.

 

 

La tarde en que Pablo tomó el pasaje hacia el interior para resolver su futuro trabajo, Marcela lo acompañó hasta el andén. Se abrazaron y besaron como siempre.  Sin embargo, lo vio partir como una sombra que se alejaba. Lo percibió inaccesible, casi remoto, entre el gentío que desvanecía su silueta. No hubo promesas: el tren se llevó a Pablo y con él, la certeza de que la historia había terminado. Así lo decidió Marcela de una vez por todas.

Diana Durán, 16 de marzo de 2026

 

 



(1) Título del libro de Osvaldo Soriano. Grijalbo. 1990.

(2) Instituto Nacional de Tecnología Industrial. Argentina.

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