LA
ÚLTIMA RESISTENCIA
El polvo salado del mar de Ansenuza[1] irrita
los ojos. La ribera norte de la laguna era una franja aislada del mundo, con el
suelo resquebrajado y cubierta de un monte seco. No había luz artificial en
kilómetros, solo el resplandor del cielo. Allí se reunió la asamblea de
animales en extinción.
El yaguareté llegó sin hacer ruido. Llevaba
el lomo marcado por el disparo de un cazador furtivo. Los zorros grises
habitaban desde Jujuy hasta Tierra del Fuego y no figuraban en la lista roja.
Cruzaron el país con el mensaje al resto de las especies.
—¿El cóndor viene? —les preguntó el yaguareté
con un gruñido seco.
Un silbido cortó el aire. La sombra enorme
del ave se proyectó sobre la laguna.
—¿No lo ves? Sobrevuela aquella nube. Me
silbó fuerte que está llegando, pero mientras estará atento a lo que resolvamos
—contestó el cardenal amarillo mientras se sacudía las plumas.
En la orilla de la laguna, el tatú carreta
enterraba las garras en la tierra dura, rascando la arcilla reseca. Cerca, el
huemul temblaba; había dejado jirones de cuero en los alambrados de la
Patagonia para llegar hasta Ansenuza. El aguará guazú, con sus patas largas y
un ojo lastimado por el espejo de un auto, se echó a descansar sobre los
matorrales del espinal.
—Faltan varios —bufó el tapir, olfateando el
aire.
—Al mono carayá vendrá si es que logra
esquivar el tránsito de la ruta —contó el oso hormiguero mientras atrapaba
miles de hormigas con su lengua pegajosa.
—No hay más tiempo —interrumpió el
yaguareté—. Expliquen qué hacen en sus zonas cuando los hombres se acercan.
—Cavar profundo, donde no lleguen sus
máquinas; aunque el suelo tan duro es difícil de perforar —contestó el tatú,
asomándose de una cueva recién abierta.
—A mí me tiran encima los autos, que cada día
son más. Ya no persiguen por hambre, lo hacen por inercia; y las rutas son
trampas de asfalto y metal —ladró el aguará mientras mostraba sus dientes.
El huemul apoyó el hocico en la tierra.
—Nos redujeron a símbolos en los mapas que
ellos dibujan; si nos quedamos en sus reservas, seremos solo imágenes en sus
folletos.
—¿Y los de agua? ¿Cómo están? —preguntó el
pecarí, oteando la inmensidad salada.
—La ballena franca mandó a decir desde el sur
que el mar huele a petróleo —respondió el cardenal amarillo desde una rama
seca.
El yaguareté caminó en círculos, levantando
una nube de polvo, y sentenció:
—Entonces se acabó. No nos dejaremos
fotografiar por los guardaparques nacionales, ni seremos víctimas de los
ataques.
—¿Entonces atacamos? —gruñó el aguará
confundido, erizando el lomo.
—No —respondió el cóndor, que había
descendido en un lento planeo hasta posarse en un poste alto—. Si peleás contra
ellos, te extinguen. Yo propongo borrarnos.
—¿Borrarnos? —El huemul levantó la cabeza.
—Que caminen sobre los suelos yermos creyendo
que nos aniquilaron —agregó el tatú, dando un golpe seco en el suelo—.
Enterremos las huellas. Tenemos que hundirnos en las sombras de los montes y
bosques, donde los cazadores furtivos y los hombres flacos no nos puedan
descubrir.
—Crearemos un mapa invisible —sentenció el
yaguareté—, un país metido adentro, bajo la noche, detrás de las tinieblas. Que
nos busquen en los mitos y leyendas. Que los humanos hablen al vacío y escriban
su ciencia sin saber lo que pasó.
El cardenal soltó un silbido corto y agudo. A
lo lejos, el ruido de un motor cruzaba el silencio del bañado.
Ninguno esperó una orden. La asamblea se
disolvió en el acto. Una mancha se hundió en el barro. Un aleteo se esfumó en
el aire. Unos ojos amarillos desaparecieron en el monte. Para cuando los faros
de las máquinas alumbraron la costa del mar de Ansenuza, en el lugar solo
quedaba el viento salado, los arbustos espinosos y los suelos quebradizos.
En todas partes de la Argentina se llegó a la
conclusión de que los animales en peligro de extinción habían desaparecido
todos a la vez. Los hombres continuaron su obra destructiva acechando nuevas
especies.
Nota:
24
animales autóctonos de Argentina en peligro de extinción
© Diana Durán, 17 de agosto de 2026





