LOS JUGUETES DESEADOS
Santa Claus y los elfos construían apesadumbrados los juguetes de la Navidad de 2030 en el extremo norte del mundo. Ellos eran más analógicos que digitales, por lo que les gustaba el universo de los juegos concretos hechos en madera, plástico o tela, y no tanto los virtuales. Sin embargo, habían decidido superar a Minecraft en los juegos de construcción de bloques y supervivencia; y a Fortnite en los de aventuras de mundos imaginarios.
En esos
tiempos, los niños del mundo desarrollado ya no se interesaban por los
rompecabezas, las pelotas de fútbol o las bicicletas. Las niñas no se
entretenían con muñecas, ni armaban casitas, ni se disfrazaban de princesas. En
realidad, los chicos ya no jugaban; pasaban la mayor parte del día observando
pantallas.
Los
patios permanecían vacíos y las plazas parecían decorados abandonados. Muchos
niños apenas conocían a quienes vivían en su misma calle. Algunos nunca habían
trepado a un árbol ni corrido detrás de una pelota. Hasta los más pequeños se
mantenían inmóviles frente a los dispositivos electrónicos que registraban cada
uno de sus hábitos.
Los
padres tampoco parecían preocuparse demasiado. Estaban absorbidos por apuestas,
inversiones y mercados digitales que funcionaban las veinticuatro horas. En
muchas casas, las conversaciones familiares habían sido sustituidas por
mensajes enviados desde una habitación a otra.
Era el
invierno más crudo de los últimos años en Laponia. Las temperaturas descendían
a treinta grados bajo cero y las tormentas de nieve lo sepultaban todo.
Mientras tanto, en el hemisferio meridional, se alcanzaban extremos
inimaginables. El planeta parecía haber perdido el equilibrio.
Sindarín
le dijo a Santa Claus que era mejor dedicarse a los niños del sur, porque
todavía jugaban al fútbol y las niñas vestían y daban de comer a sus muñecas y
bebotes.
—¡Es un
calor abrasador, Santa! El termómetro explota allá abajo —advirtió Sindarín,
frotándose las manos congeladas cerca de la estufa del taller.
—Tienes
razón, deben estar ardiendo —respondió Santa Claus con una sonrisa bonachona,
cambiando de planes sobre la marcha—; olvidemos los videojuegos por un tiempo.
Dejemos lo que estábamos inventando y construyamos piletas y juguetes de agua
para el sur. Veremos qué hacemos con el helado norte. No les vendría mal botas
y ropa de colores para jugar en la nieve.
En esa
Nochebuena de 2030, Papá Noel decidió entregar los nuevos juguetes digitales al
mundo subdesarrollado y los analógicos al mundo avanzado.
Pero
sucedió algo inesperado.
Un
conjunto de fallos en satélites y centros de datos provocó la mayor catástrofe
tecnológica de la historia. El hemisferio norte quedó sin Internet. Las redes
colapsaron y millones de pantallas mostraron mensajes de error. Las ciudades
quedaron sumidas en un extraño silencio digital.
Los
chicos no podían jugar con sus dispositivos.
—¿No hay
señal todavía?; sin Internet no sé qué hacer —gritó Felipe, con los ojos
todavía enrojecidos por la pantalla—; mi mamá me dijo que jugara con un
rompecabezas, pero yo no sé y me aburro.
—A mí me
obligó a jugar con sus viejas muñecas; ¿muñecas? Eso es para las abuelas… yo
quiero mi celular —lloriqueó Alicia, y miró a Felipe, muy enojada.
En ese
momento, el padre del niño atravesó el pasillo, desesperado con su teléfono sin
conexión.
—¡Esto es
un desastre! —se quejó—; no puedo revisar las acciones ni ver las apuestas del
partido; ¿cómo se supone que actuemos ahora en este mundo? Parece que es así en
todo el continente.
Felipe
observó a su padre y pensó que los adultos estaban tan perdidos como ellos.
—¿Y ahora
qué hago?; me siento mal —se lamentó Felipe.
—¿Y si
jugamos al fútbol? —propuso tímidamente Pablo, mirando la pelota de plástico
que Santa Claus le había dejado.
En el
hemisferio sur había conexión en red, pero no llegaba a todos los rincones,
especialmente de los sectores más vulnerables. Sin embargo, los niños
concurrían a las plazas y correteaban junto a las niñas. No habían reemplazado
los encuentros ni los juegos compartidos.
En un
conventillo del centro de Buenos Aires, varios niños jugaban.
—¡Miren mi
pelota nueva! Vamos a la plaza —gritó Santiago en la cortada, corriendo con
entusiasmo, a pesar de contar con la nueva versión de Fortnite.
Clarita
le respondió entusiasmada:
—Mi
muñeca tiene hambre, voy a prepararle la comida —se apresuró a decir mientras
acomodaba su cocina de madera.
—Chicos,
aunque haga mucho calor, en esta gran pileta podemos nadar todos —les advirtió
entusiasmado Patricio.
—¡Dale!;
yo busco una manguera para empezar a llenarla—propuso Santiago, tirando la
pelota hacia un costado—; ¡traigan los baldes!
—¡Hagamos
una fila para tirarnos de cabeza! —río Patricio.
—Cuando tengamos
tablet, algún día, la usaremos, pero no vamos a dejar de salir —replicó
Clarita.
Durante
aquellas fiestas, los niños del norte volvieron a jugar al fútbol, a las
muñecas y concurrir a las plazas. Al principio les resultó extraño, pero poco a
poco comenzaron a descubrir lo que las pantallas nunca les habían enseñado. Podían
conocer a otros chicos; sus ojos dejaban de irritarse; el aire libre los comenzaba
a poner contentos.
Los niños
del sur pudieron entender lo más avanzado de Fortnite y Minecraft, pero no
dejaron de concurrir a los parques porque sus costumbres no habían cambiado.
Santa
Claus observó desde su trineo ambos hemisferios y sonrió satisfecho. Sin
embargo, sabía que la historia aún no había terminado. En algún lugar, enormes
corporaciones trabajaban para reconstruir la red caída y devolver a millones de
personas la vida que habían conocido.
Deseó
que, cuando las pantallas volvieran a encenderse, el mundo recordara lo que
había aprendido durante aquella extraña Navidad.
Diana Durán, 24 de junio de 2026







