Arroyo Las Piedras. Villa Ventana. Fotografía: Héctor Correa
Todo
comenzó con los aullidos de dos perros que rompieron la calma de una noche de
septiembre. El barrio, habitualmente sereno, apenas se animaba de día con las
voces de las vecinas y el paso de los niños que volvían de la escuela. De
noche, el silencio era casi absoluto. Pero esa vez, los ladridos irrumpieron
como un tajo en la quietud.
Al
principio pensé que se cansarían pronto. Me refugié en los cronopios de
Cortázar, buscando que sus absurdos me distrajeran. Sin embargo, cada página se
mezclaba con el eco de los perros, y las criaturas imaginarias parecían
burlarse de mi insomnio. Pasaron dos horas. Cuando abandoné la lectura, los
aullidos seguían allí, más insistentes, más penetrantes.
Al
amanecer, el gallo de la otra cuadra cantó con una fuerza exagerada, como si
quisiera vengar la vigilia de la noche. Preparé unos mates para calmar la
ansiedad y volví a la cama, donde mi esposo dormía plácidamente, ajeno a mi
desvelo. A la madrugada, comenzaron los pájaros. Primero los zorzales, luego los
benteveos y los horneros. De día, las grotescas bandadas de loros barranqueros partieron desde los cables del centro y atravesaron el barrio
chillando. Una plaga. Las torcazas completaron la sinfonía con su canto
monótono. No había forma de escapar a aquella orquesta.
Me pregunté
por qué esa noche no había podido conciliar el sueño. ¿Era culpa de los perros,
o de los pájaros que parecían multiplicarse en mi oído? Durante dos noches más
se repitió el proceso, aunque los perros se habían calmado. Ahora eran el gallo
y los pájaros. Probé con tilo, valeriana y manzanilla. Nada. Al final recurrí a
una pastilla para dormir, algo que hacía años no se me cruzaba por la mente.
El sueño cortado
continuó al llegar el fin de semana, mientras intentaba corregir exámenes. Las
pilas de hojas se acumulaban, pero mi concentración era nula. Decidí salir a
caminar al parque cercano. Allí me sorprendió el silencio. No había tijeretas
en lo alto de los pinos, ni el churrinche inquieto que solía seguirme, ni las calandrias
pastando en la hierba. El aire estaba vacío. Pensé que, quizá, yo misma había
decidido no escuchar más pájaros y que, por una rara coincidencia, habían
desaparecido.
Las noches
siguientes fueron idénticas. El médico me recetó calmantes más fuertes y logré
dormir de a ratos, pero la inquietud persistía. Le propuse a mi esposo unas
vacaciones breves en Villa Ventana, nuestro refugio habitual. Partimos un
viernes por la tarde. En el camino no vimos una sola loica. Expresé contrariada,
con el avance de la soja, esto tenía que pasar; pobres pájaros, ya no tienen
dónde habitar. Él pareció ignorarme, atento a la ruta; aunque luego
contestó, ya vamos a ver pájaros, no te preocupes.
La villa
nos recibió con su calma de siempre y el murmullo del arroyo Las Piedras, contiguo
a la cabaña. Descubrí que allí tampoco había cantos. Ni jilgueros, ni siete
colores, ni siquiera el graznido de los chimangos. Su ausencia me produjo aún
más desvelo. Esa noche, el silencio fue áspero, casi mineral.
A la mañana
muy temprano salí sola a caminar. No divisé nada: ni cabecitas negras sobre los
cardos, ni viuditas entre los espinillos, ni benteveos sobrevolando el arroyo.
No había una sola presencia alada. Descubrí, desesperanzada, que los pájaros se
habían ido. No sabía a dónde, solo que su ausencia me inquietaba más que
cualquier canto de mi pueblo.
Con el tiempo comprendí que los pájaros no se habían ido
a otro lugar. Se habían retirado de mí, como si guardaran su música para el
momento en que mi ánimo encontrara la calma. Descubrí que los pájaros eran,
también, mi propio descanso, el latido que sostenía mi mundo interior.
Desde entonces, cada noche me pregunto a dónde van los
pájaros. Cada madrugada, en el hueco que produce su silencio, ya no escucho el
ruido de la vigilia, sino el leve batir de unas alas y los primeros gorjeos que
ensayan en secreto el próximo amanecer.
© Diana Durán,10 de agosto de 2026






