NACER EN LA PUNA
Tierra
árida, resquebrajada y desierta. Un páramo de rojos, amarillos, naranjas, en el
suelo. Azul, en el cielo. Tan azul como los lagos patagónicos, el mar de
Plitvice en Croacia, o la cueva de Melissani en Grecia, donde el agua es tan
pura que absorbe todos los colores y refleja un zafiro profundo. Ese cielo azul
se une al arcaico mar que cubrió la Puna hace sesenta y cinco millones de años.
Allí
nací, a cuatro mil metros de altura, en Olacapato, Salta: un caserío lejano y
aislado del mundo. Tierra de crianceros de llamas. Casas de adobe, escuela y
capilla. La entrada no se ve: apenas está donde dobla la ruta cincuenta y uno en
una rotonda sin cartel. Ni un árbol; solo asoman pastos espinosos y el arroyo que
suele bajar congelado. Por aquí ya no pasa el ferrocarril Belgrano que traía el
hierro de Chile; cada día más aislamiento. Mi pueblo se encuentra en un valle
rodeado de un cordón montañoso de volcanes inactivos y cerros de más de cinco
mil metros de altura, en las cercanías del Salar de Cauchari. Cuando
descubrieron el litio, algunos marcharon a trabajar en la extracción. El lugar
más cercano es San Antonio de los Cobres, a sesenta kilómetros. El mismo
paisaje.
Sofía
Choque, mi madre, es la dueña del parador por donde desfilan camioneros y otros
viajantes. No somos más que doscientas almas en este erial de altura.
Cuando
terminé la escuela partí a San Antonio de los Cobres. De allí sale el Tren
de las Nubes cada mañana y regresa al atardecer. Yo fui uno de los pasajeros. Cada
estación es un espejo de pueblos de adobe, mercados polvorientos y voces parecidas
a las de Olacapato. En San Antonio hice el secundario. Me refugiaba en los
libros, sin descanso, como si en sus páginas pudiera hallar mi destino. Siempre
solo. Intenté afincarme, pero no pude. Seguí trajinando, como si el andar por
los caminos fuera más fuerte que yo.
Cuanto
más me alejaba, más me perseguía la pregunta: ¿qué porvenir puede tener un
hombre nacido en la Puna? En varios pueblos me hablaron del litio. En Tucumán
me dijeron que el turismo era un buen quehacer, lo intenté, pero no pude: me
llamaban los caminos. Seguí errando hacia la gran ciudad: Buenos Aires.
En
cada sitio el cielo me devolvía el azul ultramar, como si la Puna viajara
conmigo. La travesía no era hacia adelante, sino hacia adentro. Yo buscaba un
lugar, pero lo que encontraba era mi propio rostro dibujado en las nubes. Era
un peregrino que volvía a partir.
En
Buenos Aires, cada día era un combate. El puerto me recibió con su niebla
espesa; las bolsas que descargaba pesaban más que las rocas de la Puna, y cada
jornada el cansancio me recordaba que estaba lejos de mi origen. Las calles
eran una muestra infinita de rostros indiferentes. A veces, en medio del
bullicio, me sorprendía un silencio brutal: el mismo que había conocido en
Olacapato, cuando el viento se detenía.
La
vida en la ciudad consistía en resistir la soledad y la nostalgia. Mi destino
estaba suspendido en el aire, como el Tren de las Nubes detenido en un viaducto
ficticio. Comprendí que la desdicha no estaba en los lugares que atravesaba,
sino en mí mismo.
Una
noche, bastante tiempo después de mi arribo a la metrópolis, mientras barría el
piso de un café de San Telmo, entró un hombre mayor. Tenía la piel curtida y
las manos ajadas. Pidió un café y se quedó mirándome fijo.
—¿De
dónde sos, chango? —me preguntó con una tonada que, por familiar, me apretó el
pecho.
—De
Olacapato —respondí bajito, como quien dice un secreto. Nunca me lo habían
preguntado.
—¿De
Olacapato? Yo anduve por ahí hace unos diez días. Manejo un camión que cruza a
Chile por la cincuenta y uno. Paré a tomar una caña en lo de doña Sofía Choque.
Sentí
que el piso del café se tambaleaba como el Tren de las Nubes en un puente. El hombre
metió la mano en el bolsillo de su campera y sacó una tela de piel de llama
gastada.
—Me
dijo la Sofía que, si cruzaba a un puneño con ojos tristes, le diera esto. El
parador está lleno de hombres que trabajan en el litio. La vieja está cansada, ya
no le da más el cuerpo. Si sos quien pienso, te anda extrañando fiero. Me machacó
que ya caminaste demasiado lejos.
Apreté
la lana contra mi mano. Cuántos retazos habrá entregado a los viajeros, me
pregunté. Comprendí que mi marcha había sido inútil. Mi destino no estaba en
perderme en lugares ajenos, sino en regresar a la altura donde el cielo y el
antiguo mar se abrazan.
Emprendí
el regreso. La última etapa, camino hacia Olacapato, fue un ascenso lento,
cansino, como si la tierra quisiera probar mi resistencia. El viento me
golpeaba con furia, y cada curva de la ruta cincuenta y uno parecía alejarme
del destino. Cuando por fin apareció el caserío, sentí que el rancho me estaba esperando.
Lloré como nunca.
Doña
Sofía salió del parador con las manos temblorosas. No hizo falta palabra, solo
el abrazo. El viaje terminó en el mismo lugar donde había empezado, pero ahora
era distinto: ya no era un errante, era un hijo que volvía a su tierra. La Puna
siempre había sido mi destino.
© Diana Durán, 20 de julio de
2026







