LA MEMORIA
DEL ALGARROBO ABUELO
Ese año habíamos elegido San
Luis para las vacaciones. Nos gustaba conocer nuevos rumbos, otros lugares.
Sabíamos que el verano podía ser tórrido, lo auguraban los periodistas que se
ocupaban de los pronósticos extremos con alertas permanentes. Ese año habían ocurrido
sequías e inundaciones, ciclones, mareas, tornados. Todo tipo de catástrofes
naturales. El planeta y en especial las zonas costeras estaban acechadas por el cambio climático. De eso no había duda, pero todavía pocos se acostumbraban a
los fenómenos extremos y abruptos. Las playas habían sido abandonadas como
lugares turísticos por los sucesos que las amenazaban.
Los servicios meteorológicos e
hidrográficos habían sido desmantelados; las universidades vaciadas; había
escaso acceso a la información, solo periodística, sin base científica. Antes
acostumbrábamos a seguir los avisos de situaciones extremas, pero ahora no se
podía. Sin embargo, nosotros éramos prudentes y conocíamos bien la Argentina.
Ese año, cansados del trabajo y las obligaciones, decidimos preparar el auto
con la carpa comprada unos años atrás y planificamos un viaje con espíritu aventurero.
¿Y si vamos
igual?, pero a las sierras, le propuse mirando el mapa. ¿Qué nos va a
pasar? respondió Osvaldo, siempre optimista; si somos prudentes, todo va
a ir viento en popa. Nosotros éramos una pareja tranquila, los años nos habían
unido en una relación serena. Cada uno dependía absolutamente del otro. La
naturaleza nos aunaba en nuestros mejores momentos.
Preferimos Merlo, con sus sierras
agudas, cristalinos arroyos y el ozono benefactor de los granitos. Merlo tiene un clima benéfico, describió Osvaldo mientras desplegaba
el mapa. Y si queda tiempo, podemos volver a Mina Clavero, como en la luna
de miel, le propuse sonriente.
Repasamos nuestros avistajes, la
frescura de los torrentes serranos, los cielos diáfanos y destellos fugaces.
Sabíamos recorrer las quebradas para encontrar algún caballo salvaje y divisar
en las cumbres los guanacos curiosos. Queríamos fotografiar zorzales,
carpinteros, chiguancos en el valle; el águila mora y el cóndor de los Andes en las alturas.
Ese año el verano se había
presentado tranquilo, aunque el lugar elegido podía sufrir lluvias
torrenciales. Nosotros sabíamos qué hacer cuando crecían los arroyos. No íbamos
a afrontar ningún riesgo.
Elegimos acampar en un paraje
cercano al Algarrobo Abuelo, un ejemplar milenario de mil doscientos
años. Sobreviviente del bosque nativo original era un símbolo de resistencia
natural de catorce metros de altura. Sabíamos que en el bosque ralo del predio
que lo rodeaba podíamos avistar nuevas especies.
En viaje por la autopista que
recorre de sur a norte la provincia de San Luis tuvimos una lluvia torrencial. Prudentes,
nos quedamos a la vera del camino para evitar un accidente. Nos tocaron unos
días helados poco frecuentes en épocas estivales. Nada nos amilanó, seguimos
disfrutando nuestras ansiadas vacaciones.
Cuando visitamos el Algarrobo Abuelo nos sorprende el grosor de su
tronco. Las ramas, retorcidas por el tiempo, descansan sobre el suelo de un
predio rústico y árido. Es un lugar de inmensa paz; patrimonio cultural y
monumento natural de San Luis.
El cantar de las aves y el
ulular del viento son nuestra mejor compañía. Mirá esas ramas, me señala
Osvaldo; parece que descansan como viejos brazos sobre la tierra. Es
un gigante que respira, le respondo.
A los dos días de estadía nos
trasladamos al camping de altura Lyon, en las sierras de los
Comechingones; distante a solo seis kilómetros del viejo árbol.
Al llegar la tarde coincidimos
en que tendríamos que volver al lugar
del Algarrobo Abuelo. Lo percibimos como un llamado. Atardece. El paseo
ya está cerrado. No sé por qué, pero siento que nos espera,
le sugiero a Osvaldo. Entonces vamos, me contesta decidido.
Entramos al predio y ocurre lo
inesperado. ¿Lo escuchás?, Osvaldo me estrecha
fuerte la mano. Sí, nos está contando su memoria, oílo. El árbol
eleva sus postradas ramas al cielo, lento, ritual. Entonces, cientos de pájaros
emergen con vainas alargadas en sus picos. Al caer al suelo, las semillas
germinan de inmediato y el solar se transforma en un bosque lozano. Mirá,
Alejandra, lo que sucede, florece, exclama emocionado Osvaldo. El
Algarrobo nos eligió, respondo conmovida.
El árbol anciano nos revela su
secreto; es el guardián de las aves y nos nombra testigos del renacimiento. Su gesto
no es un milagro, sino una advertencia.
El bosque renace frente a nosotros.
© Diana Durán, 11 de mayo de 2026
