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ADOLESCENCIA COMPARTIDA

 

 

ADOLESCENCIA COMPARTIDA

Así era nuestra adolescencia en pequeñas circunstancias de la vida cotidiana.

—¡Cuidado que te caés! —gritó Ana, aferrándose al caño, mientras el colectivo 12 frenaba en el semáforo de Córdoba y Callao. Apretadas en el fondo, las dos nos balanceábamos entre risas que contagiaban nuestra alegría a los cansados pasajeros.

—¿Escuchaste a la Rego?, “¡Porque mi abuelo Paul Groussac jamás toleraría este adefesio de redacción!”. Pobre Marta, terminó llorando a moco tendido en el primer banco— dije algo divertida.

—Peor fue la de Biología, Paula, “detrás del empapelado floreado, queridas mías, se ocultan alimañas” —recordó Ana, secándose una lágrima de risa.

—“¡Si en un triángulo se traza una paralela…!” —recitamos a coro, zapateando los pasos marciales de la de Matemáticas, justo cuando el chofer frenaba frente a la Plaza Congreso.

Ese espacio era el escenario de múltiples acontecimientos nacionales. Allí se habían desarrollado debates y manifestaciones fundamentales de la historia argentina, como la despedida de Balbín a los restos de Perón, símbolo de reconciliación nacional. Las chicas no se enteraban de estos hechos salvo por alguna conversación superficial de los padres. Pero como lo que explicaban en el colegio nunca se refería a los hechos contemporáneas, no comprendían los sucesos del siglo XX.

Bajamos entre empujones sobre Entre Ríos. El barrio nos envolvía: la cúpula verde del Congreso recortada contra el cielo del mediodía; el olor a café de los bares aledaños; el caminar acelerado de hombres y mujeres de traje; las ancianas vendedoras de maíz para las palomas.

Un mundo contrastado de política y vida cotidiana. Ese rincón de la ciudad, de arquitectura francesa, no era solo un espacio público; para nosotras se identificaba con un territorio de complicidad. La plaza donde, bajo añejas tipas, ceibos y jacarandás, intercambiábamos anécdotas y contábamos los días para que llegaran las fiestas de quince de los sábados.

Cumplíamos el trámite del almuerzo y desplegábamos la artillería de carpetas. Ana, fanática de las naturales; yo, de las sociales.

—Vos resumí lo de Geografía, Paula, que yo paso en limpio Biología —ordenó Ana, mirando de reojo el Atlas—, y agregó— ¿para qué quiero aprender los Cárpatos si nunca los voy a conocer?

—Algún día vas a entender la belleza de un buen mapa, Anita —le retruqué sonriendo—; mientras tanto, vos descifrá el teorema y después me lo explicás. Así, sin darnos cuenta, intuíamos nuestras futuras profesiones.

Todos los miércoles, a las seis en punto, corríamos al quiosco de la esquina. Con las monedas que juntábamos entre las dos volvíamos con Radiolandia y Antena bajo el brazo. Pegábamos en sendos álbumes los recortes de las vidas de Bredeston y Cárpena, Bebán y Lapacó; clasificábamos estrenos, peleas y reconciliaciones con el rigor metódico de pequeñas investigadoras fascinadas por el amor adulto.

Durante algunos de esos días habíamos visto gente reunida por distintas causas en la plaza, pero apurábamos el paso porque nuestros padres nos habían recomendado no meternos.

De noche, con el rumor de la calle filtrándose por la ventana, inventábamos el porvenir.

—Yo voy a tener tres hijos y me casaré con un médico —soñaba.

—Yo cuatro, Paula, y mi marido será arquitecto para que nuestra casa sea grande y cómoda —retrucaba Ana con firmeza.

Daba igual si pasábamos la noche en mi casa o en la suya: el murmullo de los colectivos se colaba entre los ventanales mientras soñábamos el futuro. Las risas sellaban la certeza de que, más allá de cualquier plan, lo único inamovible era nuestra amistad.

Cuando no dormíamos juntas, el vínculo mutaba en una triangulación telefónica: yo llamaba a Ana, Ana a Claudia, Claudia a mí. Aquel circuito era un mapa invisible de voces adolescentes. Hasta que un sábado implosionó.

—¡Alberto se le declaró a Ana en la fiesta del sábado! —me disparó Claudia.

El estómago me dio vuelta. Marqué de inmediato el número de Ana.

—¿Cómo no me lo contaste a mí primero?, ¿quién es tu mejor amiga?

—¡No me grites!, Claudia me acorraló, te lo iba a contar hoy.

—¡Sos una traidora! —le corté entre lágrimas.

El orgullo congeló la amistad. Se suspendieron las tardes de estudio y los paseos por la plaza. En la foto de fin de curso, Claudia escribió una despedida protocolar y gélida: “afectuosamente” y Ana, “para una amiga”. Lloré desconsolada.

Durante las décadas posteriores, el Congreso fue un hito de la historia del país; la Carpa Blanca, la crisis del 2001, el conflicto del campo, fueron algunas de las protestas multitudinarias. En algunas ocasiones, ambas habían participado sin encontrarse.

En 2015, la primera manifestación multitudinaria de “Ni una menos” nos reunió sorpresivamente después de muchos años. Entre los miles de personas convocadas, nos topamos sin proyectarlo en la plaza de la adolescencia. Ya éramos mujeres hechas y derechas, cuando la emoción tornó en un momento único los abrazos que sellaron el reencuentro.

La vida adulta nos había llevado por sus propios cauces: profesiones, matrimonios, hijos y nietos. El tiempo había limado todas las asperezas. El reencuentro en la adultez fue el broche de oro de aquella adolescencia compartida.

Hoy, cincuenta años más tarde, la geografía compartida en la Plaza Congreso sigue intacta y continúa albergando, a veces con violencia, múltiples manifestaciones de la sociedad.

Para nosotras, bastan las miradas cómplices para volver a subir al 12, esquivando el tráfico de la avenida Callao y reírnos de las mismas cosas, al redescubrir aquella cartografía adolescente que nunca perdió su rumbo.

 

© Diana Durán, 28 de setiembre de 2026

 

EL PATIO INTERIOR

 


Fotografía: Diana Durán

EL PATIO INTERIOR

Miro las flores blancas del damasco tras el ventanal. La primavera se anuncia, pero el aire sigue helado, cinco a diez grados que calan hondo. El invierno nunca fue mi estación, pero por suerte el patio me cobija. Mi pequeño invernadero. Suena el timbre: los muchachos que cortan el pasto en la vereda. Les digo que sí por el portero; no tengo máquina ni ganas de ponerme a arrancar malezas. Ese pozo que dejaron al cambiar los caños de agua se va a llenar de yuyos otra vez. Los reclamos de los vecinos, los papeles y la hojarasca que el viento trae desde el parque.

Mientras los escucho trabajar, saco hojas amarillentas del cantero, toco los brotes nuevos. Espero que este año den flor. Las begonias de azúcar resistieron la helada. Mi patio es un vergel: carnosas, potus, palos de agua con distintos tonos de verde se entremezclan. En verano el calor aquí será insufrible, pero ahora es un remanso. Dicen que El Niño ya empezó a sentirse: granizo imprevisto, neviscas extrañas, tardes templadas de veinte grados y cuando el sol baja un poco, el frío irrumpe. Sigo acá, acomodando vasijas, aunque el frescor no me deje sentar en los sillones de hierro a tomar mate o leer.

Las primeras canas vinieron con mi hija mayor, y van años y años de teñirme. Esta tarde me pasaré la tintura. Revuelvo la tierra de este cantero para que respire. La maceta de cemento con varios potus quedó perfecta; al podar el ficus trepador las raíces encontraron aire. Por lo menos así no entran los ciempiés. Menos mal que no metí lazos de amor que colonizan todo. Hoy temprano saqué las piedras de viaje de las macetas y las acomodé en el plato de cerámica azul. Tienen otra vista allí. Me recordaron itinerarios pasados.

Miro la escalera hacia la calle. Esos escalones angostos. Cada vez los bajo con más cuidado, afirmándome del caño. A mis hijas les preocupa. El timbre otra vez: terminaron. Tengo que controlar que no me dejen montones de ramas ni bolsas abiertas. Pero antes debería cortar la fruta: arándanos, frutillas, algunas uvas; con eso resuelvo el postre de hoy y mañana.

Quisiera quedarme un rato más en mi patio soleado, pero en el escritorio me esperan las correcciones de los trabajos finales. Aunque no me pagan más por ser exhaustiva, no sé hacerlo de otra forma. Enjuago las tazas rotas que uso de maceta para las suculentas. Cada una es un mapa: la del globo terráqueo que me dieron las chicas de cuarto año; la del hornero, que me compré en una feria; la de guarda geométrica, que ya no recuerdo quién me regaló. Las de cerámica colgantes de Villa Ventana son las más lindas. Este año tengo que volver y alquilar por unos días esa cabaña cerca del arroyo Las Piedras.

Leo la inscripción en una de las tazas: “te regalo una estrella para que se cumplan todos tus deseos”. Qué lejano suena. Mi único deseo es que mis hijas vengan a tomar el té y sacar la vajilla de porcelana como hacía mamá. Pero las distancias… Cada una armó su vida en una ciudad distinta. “Estamos invitados a tomar el té, la tetera es de porcelana…”, tarareo bajito para espantar la melancolía. Mi casa segura y este rincón que armé a mis sesenta y pico, después de tanto andar. Vuelvo los ojos al damasco. Quisiera cortar una rama florecida para ponerla en la mesa, pero sé que en el florero no durará ni un día.

Me haría falta otra maceta de barro cocido para agrupar las suculentas, lucen mejor juntas. Los pájaros de madera que tanto me gustan: el tucán colgante, el carpintero en madera de Misiones, los jilgueros de Mina Clavero. No tienen forma de jilguero, pero el artesano me lo juró y me dio gracia creerle.

El timbre insiste, dejo lo que estoy haciendo. Apuro el paso. El pie se me resbala en el borde del tercer escalón. El golpe seco contra el canto, el crac sordo en la cadera y un dolor caliente que me corta el aire. Quedo tendida, inmóvil en el piso frío. Afuera siguen tocando el timbre. A través del vidrio, recortadas contra el cielo azul, las ramas blancas del damasco ni se mueven.


Diana Durán, 14 de setiembre de 2026

 

LA NUBE EN LA MONTAÑA

 


Aconquija. Tucumán. Fotografía: Diana Durán. Modificada por IA

LA NUBE EN LA MONTAÑA

La Nube tenía un cuerpo deshilachado y un rostro fantasmal, ojos que cambiaban de forma en la masa de vapor.

Hacía miles de años el vaho de su cuerpo se enfriaba contra las laderas rocosas del Aconquija y subía desde las tierras bajas de lapachos y tipas. La habían denominado nuboselva, una gigantesca masa de vapor vivo, que custodiaba las yungas.

Esa tarde, la Nube cansada del paso ruidoso de los autos que circulaban hacia Tafí del Valle, decidió encerrar a un auto rojo que andaba algo ligero.

Adentro, cuatro humanos debatían su itinerario.

— No nos podemos quedar clavados acá. Si pongo primera, salimos de esta nube en diez minutos —dijo Tomás, con el motor encendido y las manos aferradas al volante.

—Ni se te ocurra acelerar, Tomás, apenas se ve el camino. Un metro en falso y nos vamos al vacío —se opuso Celeste, todavía tranquila, pero firme.

Afuera, el cuerpo de la Nube se arremolinó contra el parabrisas, condensándose para ocultar cualquier vestigio de la ruta. El ambiente estaba cubierto de lianas y helechos enormes que parecían suspendidos en la nada.

—Acá todo es distinto y traicionero. Abajo dejamos el calor, pero arriba la vegetación te devora —respondió Laura, intentando sin éxito desempañar el vidrio.

La Nube susurró algo incomprensible, aunque ellos sólo escucharon un silbido húmedo colándose por las rendijas del auto.

—Tranquilas, exageran. Es la nuboselva, nada más —intervino Diego, inclinándose hacia adelante, ansioso por avanzar—. La llaman lluvia horizontal. Si prendemos las balizas, Tomás va despacio y sigue la línea blanca, llegaremos a las cumbres antes de que anochezca.

La Nube se sintió ofendida por la arrogancia del muchacho. —¿Lluvia horizontal, nada más? ¿Un simple estorbo en el camino? — dijo y sopló fuerte.

De un golpe de vapor barrió con retazos de niebla los faros delanteros y deslizó gotas pesadas desde las copas apenas visibles de los laureles, haciéndolas caer sobre el techo del auto.

—No se ve la línea blanca, Diego, ¡no se ve nada! Es una locura avanzar a ciegas. Apaguen las luces, por favor, y esperemos —gritó Laura, tajante.

—¿Esperar a qué? Quedar varados en una curva cerrada es más peligroso que seguir despacio —protestó Tomás, dejando el auto en punto muerto.

—Peor es desbarrancar, —retrucó Celeste, inflexible.

La niebla, complacida por la reverencia de la chica, condensó su figura sobre el capó del auto. Para Tomás y Diego no era más que un obstáculo blanquecino y espeso, pero Laura y Celeste vieron cómo el vapor tomaba la forma de un dibujo sinuoso y fantasmal de cuyo extremo caían helechos como una cabellera verdosa.

—¿Por qué tanta prisa, humanos? —la voz resonó dentro del vehículo.

Los cuatro quedaron petrificados.

—¿Ustedes escucharon eso? —tartamudeó Diego, perdiendo de golpe toda su suficiencia.

—No abras la boca —rogó Celeste, sin apartar los ojos de la silueta que flotaba frente al vidrio.

La Nube inclinó su cabeza de bruma y sopló contra el cristal. El vaho interior se limpió brevemente. Entonces vieron un abismo a un metro de la rueda delantera. El asfalto había desaparecido en la garganta vertical.

—Tu auto iba a arrojarte hacia mí —advirtió la Nube junto al crujido de los alisos—. Los hombres siempre creen que el camino les pertenece. Corren y atropellan los bordes de las laderas, matan a los ciervos y espantan a los pájaros.

Tomás, con el rostro pálido y la respiración entrecortada, soltó el volante.

—No quisimos faltarle el respeto, solo queríamos cruzar el Aconquija hacia Tafí del Valle —explicó Laura casi sin aliento.

—Para cruzar mis dominios, primero hay que aprender de la naturaleza. El valle no se irá a ninguna parte. Esta noche pertenecerán a la selva —sentenció la Nube.

Un rugido sordo sacudió la ladera. Metros más adelante, una avalancha de piedras y barro cayó con estruendo, bloqueando el camino por el que Diego y Tomás pretendían avanzar a ciegas.

—Apagá el motor, Tomás, ya —pidió Diego aterrado por las circunstancias.

La Nube cubrió con su manto gélido el vehículo, hundiéndolo en una oquedad tan densa como oscura.

Durante la noche, la niebla se quedó echada sobre el auto, respirando sobre ellos. Les mostró paso a paso el croar de las ranas ocultas en los troncos, la danza de los helechos bebiendo agua del aire, los pasos sigilosos de pequeños ciervos curiosos que olfateaban las llantas. Los cuatro amigos dormitaron de a ratos, envueltos en mantas. Comprendieron que el encierro no era un castigo, sino una espera forzada por el entorno.

Hacia el amanecer, cuando el cansancio ya pesaba como piedra, una luz dorada se escurrió lentamente entre la bruma.

El vapor fantasmal se irguió sobre el techo del auto, estirando sus largos brazos hacia las cumbres. Su figura se volvía cada vez más fina y deshilachada a medida que el sol la atravesaba.

—Han sabido esperar, el gran Aconquija ha aceptado su ofrenda paciente —susurró la voz mientras se desvanecía en partículas que hicieron resplandecer en color esmeralda las hojas de los helechos. El muro blanco se abrió en fragmentos, mostrando el asfalto todavía mojado y, a un costado, el desmoronamiento de rocas que los habría sepultado de no haber frenado a tiempo.

Nadie habló de inmediato. El silencio ya no era de miedo, sino de asombro ante lo ocurrido.

Tomás miró a las mujeres. Agachó la cabeza y les pidió perdón por su terquedad. Luego, encendió la llave y el motor arrancó.

Cuando a poca distancia el auto alcanzó al mirador de El Indio, la selva se mostró en su esplendor de verdes dominantes intercalados por rosas, amarillos y blancos floridos. Un mar de nubes cubría el fondo de la quebrada. Parecía que la Nube se había acomodado para descansar.

—Mírenla, ahí está reposando en el fondo de la quebrada —observó Celeste.

—Nos cuidó toda la noche —reconoció Diego, inclinándose para ver el colchón blanco que antes había querido perforar a ciegas.

—Entonces sigamos a Tafí del Valle —propuso Laura—. Anoche la Nube no nos dejó atravesar la montaña, pero nos legó un aprendizaje superior: el respeto hacia la naturaleza.

 © Diana Durán, 7 de setiembre de 2026

TRAVESÍA FRATERNAL

 


Street View modificada con IA

TRAVESÍA FRATERNAL

Patricio y Hernando habían pasado horas enteras sumergidos en el juego de los soldaditos, recreando batallas encarnizadas entre distintos países. Habían rodado en zigzag y desafiado el equilibrio sobre una rueda convirtiéndose en un quebradero de cabeza para los porteros de la manzana. Se habían instalado muchas tardes en la esquina de la plaza a vender revistas para luego distribuirse los modestos ingresos, una repartija que rara vez transcurría sin discusiones o reproches.

Aunque resultaban inseparables, compartían una rivalidad feroz. Podían llegar a las manos si alguno se negaba a admitir la derrota tras una partida de ajedrez o un partido de fútbol. Esa tensión rozaba el límite cuando terminaban sin dirigirse la palabra durante días al disputarse la atención de la chica más linda del baile.

 

Los hermanos Cruz decidieron cruzar la meseta patagónica en bicicleta, como dedicatoria a aquellos días de la infancia. Lo harían desde Puerto Madryn hasta Esquel. Ya habían buceado con lobos marinos en Punta Loma y avistado ballenas en El Doradillo. El espíritu aventurero los impulsaba a ir por más. Patricio, profesor de educación física, confiaba en sus fuerzas y experiencias. Hernando, guía de turismo, en su logística y tecnología.

—Son quinientos kilómetros con desniveles de más de dos mil metros —advirtió Patricio.

—Con planificación y provisiones lo lograremos— respondió animado Hernando.

Equipados con carpa y mochilas, trazaron etapas de cien kilómetros diarios por la ruta de Los Altares, pero al tercer día, la estepa se volvió una trampa. Un viento implacable de sesenta kilómetros por hora los frenó, cegándolos con polvo y reduciéndoles las fuerzas al mínimo. El vendaval los empujaba hacia atrás como cuando de chicos corrían bajo la lluvia en bicicleta, disputándose quién llegaría primero a la esquina.

—¡Hay que parar acá! —gritó Patricio, bajándose de la bicicleta al límite del agotamiento— tu mapa nos hizo desviar, estamos pedaleando en vano.

—No podemos parar la aplicación, marca un puesto a tres kilómetros. Si nos quedamos en esta hondonada nos moriremos —replicó Hernando, pegado a la pantalla de su móvil.

—No me interesa tu programita. Acá necesitamos fuerza, no cálculos; nos estamos quedando sin agua; no podemos mantenernos en pie—contestó Patricio enojado arrebatándole el teléfono de un manotazo.

—¡Devolvémelo! —gritó Hernando, ciego de rabia y se le tiró encima dándole un puñetazo en la mandíbula.

Patricio trastabilló, sorprendido por el dolor, y respondió embistiéndolo con todo su peso. Ambos cayeron por los cantos rodados entre forcejeos y maldiciones. Patricio terminó sobre Hernando, inmovilizándolo contra la tierra.

—Acá manda la naturaleza, no tu pantallita —murmuró Patricio.

Hernando, escupiendo tierra y con la cara roja por el enojo, lo miró sin pestañear y le dijo —sin mi logística ya estarías muerto de sed en medio de la nada.

El viento aún más fuerte los frenó. Hernando observó el rostro ensangrentado de su hermano y la pantalla rota del teléfono tirada en el suelo. Despacio, abrió la mano y se dejó caer exhausto.

Luego se incorporó tosiendo, recogió el celular y le extendió la mano a su hermano. Patricio la miró un segundo y la aceptó para levantarse. Recordó al padre separándolos en sus peleas de niños; ahora, sin mediadores, debían hacerlo solos.

—Tres kilómetros —dijo Patricio, secándose un hilo de sangre de la boca.

—Tres kilómetros —asintió Hernando.

Montaron las bicicletas y volvieron a andar contra el viento.

Para sobrevivir en la Patagonia, primero debían, como siempre, sobrevivir el uno al otro.

Diana Durán, 24 de agosto de 2026



EL SILENCIO DE LOS PÁJAROS

 

Arroyo Las Piedras. Villa Ventana. Fotografía: Héctor Correa

 EL SILENCIO DE LOS PÁJAROS

Todo comenzó con los aullidos de dos perros que rompieron la calma de una noche de septiembre. El barrio, habitualmente sereno, apenas se animaba de día con las voces de las vecinas y el paso de los niños que volvían de la escuela. De noche, el silencio era casi absoluto. Pero esa vez, los ladridos irrumpieron como un tajo en la quietud.

Al principio pensé que se cansarían pronto. Me refugié en los cronopios de Cortázar, buscando que sus absurdos me distrajeran. Sin embargo, cada página se mezclaba con el eco de los perros, y las criaturas imaginarias parecían burlarse de mi insomnio. Pasaron dos horas. Cuando abandoné la lectura, los aullidos seguían allí, más insistentes, más penetrantes.

Al amanecer, el gallo de la otra cuadra cantó con una fuerza exagerada, como si quisiera vengar la vigilia de la noche. Preparé unos mates para calmar la ansiedad y volví a la cama, donde mi esposo dormía plácidamente, ajeno a mi desvelo. A la madrugada, comenzaron los pájaros. Primero los zorzales, luego los benteveos y los horneros. De día, las grotescas bandadas de loros barranqueros partieron desde los cables del centro y atravesaron el barrio chillando. Una plaga. Las torcazas completaron la sinfonía con su canto monótono. No había forma de escapar a aquella orquesta.

Me pregunté por qué esa noche no había podido conciliar el sueño. ¿Era culpa de los perros, o de los pájaros que parecían multiplicarse en mi oído? Durante dos noches más se repitió el proceso, aunque los perros se habían calmado. Ahora eran el gallo y los pájaros. Probé con tilo, valeriana y manzanilla. Nada. Al final recurrí a una pastilla para dormir, algo que hacía años no se me cruzaba por la mente.

El sueño cortado continuó al llegar el fin de semana, mientras intentaba corregir exámenes. Las pilas de hojas se acumulaban, pero mi concentración era nula. Decidí salir a caminar al parque cercano. Allí me sorprendió el silencio. No había tijeretas en lo alto de los pinos, ni el churrinche inquieto que solía seguirme, ni las calandrias pastando en la hierba. El aire estaba vacío. Pensé que, quizá, yo misma había decidido no escuchar más pájaros y que, por una rara coincidencia, habían desaparecido.

Las noches siguientes fueron idénticas. El médico me recetó calmantes más fuertes y logré dormir de a ratos, pero la inquietud persistía. Le propuse a mi esposo unas vacaciones breves en Villa Ventana, nuestro refugio habitual. Partimos un viernes por la tarde. En el camino no vimos una sola loica. Expresé contrariada, con el avance de la soja, esto tenía que pasar; pobres pájaros, ya no tienen dónde habitar. Él pareció ignorarme, atento a la ruta; aunque luego contestó, ya vamos a ver pájaros, no te preocupes.

La villa nos recibió con su calma de siempre y el murmullo del arroyo Las Piedras, contiguo a la cabaña. Descubrí que allí tampoco había cantos. Ni jilgueros, ni siete colores, ni siquiera el graznido de los chimangos. Su ausencia me produjo aún más desvelo. Esa noche, el silencio fue áspero, casi mineral.

A la mañana muy temprano salí sola a caminar. No divisé nada: ni cabecitas negras sobre los cardos, ni viuditas entre los espinillos, ni benteveos sobrevolando el arroyo. No había una sola presencia alada. Descubrí, desesperanzada, que los pájaros se habían ido. No sabía a dónde, solo que su ausencia me inquietaba más que cualquier canto de mi pueblo.

 

 

Con el tiempo comprendí que los pájaros no se habían ido a otro lugar. Se habían retirado de mí, como si guardaran su música para el momento en que mi ánimo encontrara la calma. Descubrí que los pájaros eran, también, mi propio descanso, el latido que sostenía mi mundo interior.

Desde entonces, cada noche me pregunto a dónde van los pájaros. Cada madrugada, en el hueco que produce su silencio, ya no escucho el ruido de la vigilia, sino el leve batir de unas alas y los primeros gorjeos que ensayan en secreto el próximo amanecer.

© Diana Durán,10 de agosto de 2026

 

NACER EN LA PUNA

 


Street View. Entrada a Olacapato por la RN 51

NACER EN LA PUNA

Tierra árida, resquebrajada y desierta. Un páramo de rojos, amarillos, naranjas, en el suelo. Azul en el cielo. Tan azul como los lagos patagónicos, el mar de Plitvice en Croacia, o la cueva de Melissani en Grecia, donde el agua es tan pura que absorbe todos los colores y refleja un zafiro profundo. Ese cielo azul se une al arcaico mar que cubrió la Puna hace sesenta y cinco millones de años.

Allí nací, a cuatro mil metros de altura, en Olacapato, Salta: un caserío lejano y aislado del mundo. Tierra de crianceros de llamas. Casas de adobe, escuela y capilla. La entrada no se ve: apenas está donde dobla la ruta cincuenta y uno en una rotonda sin cartel. Ni un árbol; solo asoman pastos espinosos y el arroyo que suele bajar congelado. Por aquí ya no pasa el ferrocarril Belgrano que traía el hierro de Chile; cada día más aislamiento. Mi pueblo se encuentra en un valle rodeado de un cordón montañoso de volcanes inactivos y cerros de más de cinco mil metros de altura, en las cercanías del Salar de Cauchari. Cuando descubrieron el litio, algunos marcharon a trabajar en la extracción. El lugar más cercano es San Antonio de los Cobres, a sesenta kilómetros. El mismo paisaje.

Sofía Choque, mi madre, es la dueña del parador por donde desfilan camioneros y otros viajantes. No somos más que doscientas almas en este erial de altura.

Cuando terminé la escuela partí a San Antonio de los Cobres. De allí sale el Tren de las Nubes cada mañana y regresa al atardecer. Yo fui uno de los pasajeros. Cada estación es un espejo de pueblos de adobe, mercados polvorientos y voces parecidas a las de Olacapato. En San Antonio hice el secundario. Me refugiaba en los libros, sin descanso, como si en sus páginas pudiera hallar mi destino. Siempre solo. Intenté afincarme, pero no pude. Seguí trajinando, como si el andar por los caminos fuera más fuerte que yo.

Cuanto más me alejaba, más me perseguía la pregunta: ¿qué porvenir puede tener un hombre nacido en la Puna? En varios pueblos me hablaron del litio. En Tucumán me dijeron que el turismo era un buen quehacer, lo intenté, pero no pude: me llamaban los caminos. Seguí errando hacia la gran ciudad: Buenos Aires.

En cada sitio el cielo me devolvía el azul ultramar, como si la Puna viajara conmigo. La travesía no era hacia adelante, sino hacia adentro. Yo buscaba un lugar, pero lo que encontraba era mi propio rostro dibujado en las nubes. Era un peregrino que volvía a partir.

En Buenos Aires, cada día era un combate. El puerto me recibió con su niebla espesa; las bolsas que descargaba pesaban más que las rocas de la Puna, y cada jornada el cansancio me recordaba que estaba lejos de mi origen. Las calles eran una muestra infinita de rostros indiferentes. A veces, en medio del bullicio, me sorprendía un silencio brutal: el mismo que había conocido en Olacapato, cuando el viento se detenía.

La vida en la ciudad consistía en resistir la soledad y la nostalgia. Mi destino estaba suspendido en el aire, como el Tren de las Nubes detenido en un viaducto ficticio. Comprendí que la desdicha no estaba en los lugares que atravesaba, sino en mí mismo.

 

 

Una noche, bastante tiempo después de mi arribo a la metrópolis, mientras barría el piso de un café de San Telmo, entró un hombre mayor. Tenía la piel curtida y las manos ajadas. Pidió un café y se quedó mirándome fijo.

—¿De dónde sos, chango? —me preguntó con una tonada que, por familiar, me apretó el pecho.

—De Olacapato —respondí bajito, como quien dice un secreto. Nunca me lo habían preguntado.

—¿De Olacapato? Yo anduve por ahí hace unos diez días. Manejo un camión que cruza a Chile por la cincuenta y uno. Paré a tomar una caña en lo de doña Sofía Choque.

Sentí que el piso del café se tambaleaba como el Tren de las Nubes en un puente. El hombre metió la mano en el bolsillo de su campera y sacó una tela de piel de llama gastada.

—Me dijo la Sofía que, si cruzaba a un puneño con ojos tristes, le diera esto. El parador está lleno de hombres que trabajan en el litio. La vieja está cansada, ya no le da más el cuerpo. Si sos quien pienso, te anda extrañando fiero. Me machacó que ya caminaste demasiado lejos.

Apreté la lana contra mi mano. Cuántos retazos habrá entregado a los viajeros, me pregunté. Comprendí que mi marcha había sido inútil. Mi destino no estaba en perderme en lugares ajenos, sino en regresar a la altura donde el cielo y el antiguo mar se abrazan.

Emprendí el regreso. La última etapa, camino hacia Olacapato, fue un ascenso lento, cansino, como si la tierra quisiera probar mi resistencia. El viento me golpeaba con furia, y cada curva de la ruta cincuenta y uno parecía alejarme del destino. Cuando por fin apareció el caserío, sentí que el rancho me estaba esperando. Lloré como nunca.

Doña Sofía salió del parador con las manos temblorosas. No hizo falta palabra, solo el abrazo. El viaje terminó en el mismo lugar donde había empezado, pero ahora era distinto: ya no era un errante, era un hijo que volvía a su tierra. La Puna siempre había sido mi destino.

 

© Diana Durán, 20 de julio de 2026

CARTOGRAFÍA DEL OLVIDO

 




CARTOGRAFÍA DEL OLVIDO


Te preguntarás por qué el abismo, por qué no vuelve, dónde está. Tras el pocillo de café caliente te responderás que quizá lo habías idealizado. Que ya no volverás a ver aquella risa forzada, aquella mirada de cristal.

Te sentarás en el bar La Paz, en esa esquina de Corrientes que alguna vez fue refugio, y esperarás su inútil regreso mientras el murmullo de la avenida se estrella contra el vidrio. Afuera, los colectivos transitarán como bólidos metálicos, los artesanos ofrecerán sus obras, y las luces de neón parpadearán en las viejas marquesinas.

Tus pensamientos vagarán por el asfalto gastado, por las baldosas que conocen el paso de los agitados transeúntes. Tus rabias se esfumarán tras las nubes de un recuerdo en el que buscarás el abrigo estéril. Divagarás por las mesas vecinas donde los estudiantes debaten teorías vagas, o en los estantes de alguna librería de Montevideo donde coincidían en aquellas tardes felices. No es el lugar donde buscarlo; tampoco donde sobrevivir.

Sus huellas te acompañarán en ensueños baldíos, confundidas con los destellos de los teatros. La ciudad se volverá un mapa de ausencias: cada esquina, cada bar, cada librería será un recordatorio de lo que ya no está.

Escribirás un poema. Allí reflejarás sus aventuras por los bares del centro y tu absurdo trasnochar para encontrarlo en la marea de desconocidos. Repasarás los mensajes, las miradas, los contactos, los besos. Querrás que el espejo del fondo del local te devuelva su figura, pero el cristal gastado no te entregará nada. Solo el reflejo de las persianas bajas de la vereda de enfrente. Cerrarás tus párpados y negarás la esperanza.

La tristeza te invadirá. Querrás desaparecer, morir. Estallar como una pompa de jabón; detener el día para que sea noche y dormir. Te suspenderás en el espacio: serás una nube cósmica sobre la ciudad; una gota de rocío pronta a disolverse en el cemento; una baldosa rota por el paso de la gente; una hoja que vuela sobre el suelo de la plaza.

La ciudad misma te absorberá: Corrientes será un río interminable de luces y sombras; Montevideo, un pasillo de ecos vanos; el Paseo de la Plaza, un páramo de vidrieras de los locales.

Espejismo. Niebla. Estela. Desierto. Todo porque él ya no regresará.


© Diana Durán, 13 de julio de 2026

 

LOS JUGUETES DESEADOS

 


Imagen de IA

LOS JUGUETES DESEADOS

Santa Claus y los elfos construían apesadumbrados los juguetes de la Navidad de 2030 en el extremo norte del mundo. Ellos eran más analógicos que digitales, por lo que les gustaba el universo de los juegos concretos hechos en madera, plástico o tela, y no tanto los virtuales. Sin embargo, habían decidido superar a Minecraft en los juegos de construcción de bloques y supervivencia; y a Fortnite en los de aventuras de mundos imaginarios.

En esos tiempos, los niños del mundo desarrollado ya no se interesaban por los rompecabezas, las pelotas de fútbol o las bicicletas. Las niñas no se entretenían con muñecas, ni armaban casitas, ni se disfrazaban de princesas. En realidad, los chicos ya no jugaban; pasaban la mayor parte del día observando pantallas.

Los patios permanecían vacíos y las plazas parecían decorados abandonados. Muchos niños apenas conocían a quienes vivían en su misma calle. Algunos nunca habían trepado a un árbol ni corrido detrás de una pelota. Hasta los más pequeños se mantenían inmóviles frente a los dispositivos electrónicos que registraban cada uno de sus hábitos.

Los padres tampoco parecían preocuparse demasiado. Estaban absorbidos por apuestas, inversiones y mercados digitales que funcionaban las veinticuatro horas. En muchas casas, las conversaciones familiares habían sido sustituidas por mensajes enviados desde una habitación a otra.

Era el invierno más crudo de los últimos años en Laponia. Las temperaturas descendían a treinta grados bajo cero y las tormentas de nieve lo sepultaban todo. Mientras tanto, en el hemisferio meridional, se alcanzaban extremos inimaginables. El planeta parecía haber perdido el equilibrio.

Sindarín le dijo a Santa Claus que era mejor dedicarse a los niños del sur, porque todavía jugaban al fútbol y las niñas vestían y daban de comer a sus muñecas y bebotes.

—¡Es un calor abrasador, Santa! El termómetro explota allá abajo —advirtió Sindarín, frotándose las manos congeladas cerca de la estufa del taller.

—Tienes razón, deben estar ardiendo —respondió Santa Claus con una sonrisa bonachona, cambiando de planes sobre la marcha—; olvidemos los videojuegos por un tiempo. Dejemos lo que estábamos inventando y construyamos piletas y juguetes de agua para el sur. Veremos qué hacemos con el helado norte. No les vendría mal botas y ropa de colores para jugar en la nieve.

En esa Nochebuena de 2030, Papá Noel decidió entregar los nuevos juguetes digitales al mundo subdesarrollado y los analógicos al mundo avanzado.

Pero sucedió algo inesperado.

Un conjunto de fallos en satélites y centros de datos provocó la mayor catástrofe tecnológica de la historia. El hemisferio norte quedó sin Internet. Las redes colapsaron y millones de pantallas mostraron mensajes de error. Las ciudades quedaron sumidas en un extraño silencio digital.

Los chicos no podían jugar con sus dispositivos.

—¿No hay señal todavía?; sin Internet no sé qué hacer —gritó Felipe, con los ojos todavía enrojecidos por la pantalla—; mi mamá me dijo que jugara con un rompecabezas, pero yo no sé y me aburro.

—A mí me obligó a jugar con sus viejas muñecas; ¿muñecas? Eso es para las abuelas… yo quiero mi celular —lloriqueó Alicia, y miró a Felipe, muy enojada.

En ese momento, el padre del niño atravesó el pasillo, desesperado con su teléfono sin conexión.

—¡Esto es un desastre! —se quejó—; no puedo revisar las acciones ni ver las apuestas del partido; ¿cómo se supone que actuemos ahora en este mundo? Parece que es así en todo el continente.

Felipe observó a su padre y pensó que los adultos estaban tan perdidos como ellos.

—¿Y ahora qué hago?; me siento mal —se lamentó Felipe.

—¿Y si jugamos al fútbol? —propuso tímidamente Pablo, mirando la pelota de plástico que Santa Claus le había dejado.

En el hemisferio sur había conexión en red, pero no llegaba a todos los rincones, especialmente de los sectores más vulnerables. Sin embargo, los niños concurrían a las plazas y correteaban junto a las niñas. No habían reemplazado los encuentros ni los juegos compartidos.

En un conventillo del centro de Buenos Aires, varios niños jugaban.

—¡Miren mi pelota nueva! Vamos a la plaza —gritó Santiago en la cortada, corriendo con entusiasmo, a pesar de contar con la nueva versión de Fortnite.

Clarita le respondió entusiasmada:

—Mi muñeca tiene hambre, voy a prepararle la comida —se apresuró a decir mientras acomodaba su cocina de madera.

—Chicos, aunque haga mucho calor, en esta gran pileta podemos nadar todos —les advirtió entusiasmado Patricio.

—¡Dale!; yo busco una manguera para empezar a llenarla—propuso Santiago, tirando la pelota hacia un costado—; ¡traigan los baldes!

—¡Hagamos una fila para tirarnos de cabeza! —río Patricio.

—Cuando tengamos tablet, algún día, la usaremos, pero no vamos a dejar de salir —replicó Clarita.

Durante aquellas fiestas, los niños del norte volvieron a jugar al fútbol, a las muñecas y concurrir a las plazas. Al principio les resultó extraño, pero poco a poco comenzaron a descubrir lo que las pantallas nunca les habían enseñado. Podían conocer a otros chicos; sus ojos dejaban de irritarse; el aire libre los comenzaba a poner contentos.

Los niños del sur pudieron entender lo más avanzado de Fortnite y Minecraft, pero no dejaron de concurrir a los parques porque sus costumbres no habían cambiado.

Santa Claus observó desde su trineo ambos hemisferios y sonrió satisfecho. Sin embargo, sabía que la historia aún no había terminado. En algún lugar, enormes corporaciones trabajaban para reconstruir la red caída y devolver a millones de personas la vida que habían conocido.

Deseó que, cuando las pantallas volvieran a encenderse, el mundo recordara lo que había aprendido durante aquella extraña Navidad. 

Diana Durán, 24 de junio de 2026

VERDE DESIERTO

 


VERDE DESIERTO

─Mirá que llamarse Cangrejillos ─le indicó señalando la vieja guía─; sabemos de topónimos, pero ninguno como este tan singular. ¿Será que hay muchos cangrejos por allí? ─insistió curioso.

─No lo sé, Florentino, pero deberíamos intentar subir más allá de los dos mil metros. Aquí ya no queda nada. Tampoco en la quebrada de Humahuaca, ni en los valles calchaquíes. Pura desolación ─le respondió desesperanzado John.

El cambio climático había alcanzado los tres grados por encima de las temperaturas normales. El mar había avanzado, las tormentas eran cada vez más intensas, las sequías más prolongadas. Casi no quedaban ganado ni cultivos. Toda la soja de los campos pampeanos se había marchitado. Unos pocos cerdos flacos andaban pastando en las zonas llanas al oler los antiguos granos que solían comer; entonces rumeaban como vacas sobre los restos de los cultivos marchitos. Los bosques se habían incendiado, tanto en la selva misionera como en los Andes Patagónicos. Era la devastación de la naturaleza provocada por el hombre en la mayor parte de la Tierra. Una verdadera crisis global planetaria.

Florentino recordó al grupo con precisión que la consigna de la Asociación Mundial de Arqueólogos, junto a la de Geólogos y Antropólogos había sido clara: debían explorar los lugares más recónditos para encontrar sitios que pudieran ser habitables para los pueblos. Los hambrientos migraban sin encontrar destino desde los campos a las ciudades; otros huían de las grandes metrópolis en las que los shoppings y las cadenas de supermercados habían quedado desabastecidos hacía tiempo.

─Pensar que abajo en la selva tucumano-oranense dejamos los lapachos, las tipas y los laureles achaparrados y amarillentos. Nada del antiguo esplendor frondoso ─suspiró Florentino con nostalgia.

─A lo mejor sea posible, Florentino. Todo lo demás está extinguido. Esto es muy lamentable.

La vieja cartografía les había permitido detectar que en algunos rincones de la Puna había relictos de semillas de papa y maíz que los diaguitas y sus descendientes cuidaban muy bien. La orden de las asociaciones era encontrar esos depósitos para poder resembrar los campos.

A los investigadores les daba lástima ver las águilas moras volar en círculo en búsqueda de algún cuis u otro roedor. Caían exhaustas al no encontrar presas. Las observaron masticar ramas de arbustos secos mientras se peleaban a los picotazos. Hasta vieron algunas llamas escuálidas, puro hueso, en lo alto de las rocas.

Con sus enseres de expedición a cuestas y dos auxiliares alumnos de la universidad, los arqueólogos siguieron su marcha hacia Cangrejillos como un punto desconocido, pero esperanzador. Quedaba a cuatro mil metros de altura en la Puna desértica, aunque, según les habían indicado, podía haber vestigios de civilización.

La subida fue muy difícil, pues el equipo era de laboratorio más que de expedicionarios. No quedaba otra opción que buscar indicios de recursos naturales para que los habitantes no sucumbieran a las hambrunas.

A través de las intermitentes transmisiones de radio de onda corta que aún unían a los sobrevivientes, las noticias del resto del globo insistían en que no se hallaban semillas para repoblar los campos yermos. La humanidad estaba al borde de la extinción. Por suerte ya no había más armas atómicas ni municiones, pero en todas partes se producían crímenes con puñales, espadas y cualquier instrumento filoso que se encontrara a mano en la desesperada búsqueda de comida. Reinaba la ausencia de la civilización tal como se había desarrollado en el siglo XXI.

Durante un día y medio, John, Florentino y sus alumnos treparon las laderas abruptas de la Puna árida y sofocante. Estaban casi al borde de quedarse sin víveres, que en realidad eran solo barritas de cereal y pastillas proteicas.

─Tomá tus prismáticos, Florentino, estoy viendo en el horizonte una extraña línea verde.

─Sí, John, la diviso delante de los cerros volcánicos del límite con Chile. ¿Qué será?, no es fácil reconocer el verde natural desde que esta catástrofe comenzó.

La expedición se dirigió hacia la línea esmeralda, luego de confirmar que estaba en dirección al lugar de destino. Por las coordenadas era Cangrejillos, sin duda. Así fue como llegaron a un lugar indescriptible. Frente a sus ojos, lo que en los mapas figuraba como un desierto de altura era un oasis, un laberinto de forestaciones, cultivos y reproducción de semillas bajo invernadero. Los alumnos corrieron, llorando de alivio. Florentino creyó por unos minutos que, como los antiguos exploradores, habían encontrado un punto donde podía renacer la civilización.

Sin embargo, al rozar las hojas, no hubo frescura. El verde se deshizo en un polvo gris y frío entre los dedos; los frutos eran apenas esferas de hollín que estallaban en las ramas. El verde era solo un reflejo suspendido en el aire, como si el suelo hubiera decidido conservar la memoria de un antiguo esplendor en forma de fantasma vegetal.

A lo lejos divisaron las siluetas de los pobladores nativos. Cuando se acercaron estos los miraron fijo, moviendo los labios en un susurro inaudible. Eran tan espectrales como las plantas. Se los veía temerosos y vencidos.

John y Florentino comprendieron que Cangrejillos no era un refugio, sino una copla fúnebre de la naturaleza: una ilusión antes del final. El vergel era un poema escrito por la tierra moribunda, un espejismo que se ofrecía para que los postreros caminantes recordaran, por última vez, cómo era la vida.

 

 

John Lloyd Stephens (1805-1852): Explorador estadounidense, figura clave en el descubrimiento y documentación de grandes ciudades de la civilización maya (como Copán en Honduras y Uxmal en México) gracias a sus detallados informes y litografías.

Florentino Ameghino (1854-1911): Destacado naturalista, paleontólogo y arqueólogo argentino. Realizó extensas investigaciones sobre la prehistoria y los primeros habitantes de la región pampeana sudamericana, dejando grandes colecciones de los primeros poblamientos en territorio argentino.

© Diana Durán, 15 de junio de 2026

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