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LA MEMORIA DEL ALGARROBO ABUELO



LA MEMORIA DEL ALGARROBO ABUELO

 

Ese año habíamos elegido San Luis para las vacaciones. Nos gustaba conocer nuevos rumbos, otros lugares. Sabíamos que el verano podía ser tórrido, lo auguraban los periodistas que se ocupaban de los pronósticos extremos con alertas permanentes. Habían ocurrido sequías e inundaciones, ciclones, mareas, tornados. Todo tipo de catástrofes naturales. El planeta y en especial las zonas costeras estaban acechadas por el cambio climático. De eso no había duda, pero todavía pocos se acostumbraban a los fenómenos extremos y abruptos. Las playas habían sido abandonadas como lugares turísticos por los sucesos que las amenazaban.

Los servicios meteorológicos e hidrográficos habían sido desmantelados; las universidades vaciadas; había escaso acceso a la información, solo periodística, sin base científica. Antes acostumbrábamos a seguir los avisos de situaciones extremas, pero ahora no se podía. Sin embargo, nosotros éramos prudentes y conocíamos bien la Argentina. Ese año, cansados del trabajo y las obligaciones, decidimos preparar el auto con la carpa comprada unos años atrás y planificamos un viaje con espíritu aventurero.

¿Y si vamos igual?, pero a las sierras, le propuse mirando el mapa. ¿Qué nos va a pasar? respondió Osvaldo, siempre optimista; si somos prudentes, todo va a ir viento en popa. Nosotros éramos una pareja tranquila, los años nos habían unido en una relación serena. Cada uno dependía absolutamente del otro. La naturaleza nos aunaba en nuestros mejores momentos.

Preferimos Merlo, con sus sierras agudas, cristalinos arroyos y el ozono benefactor de los granitos. Merlo tiene un clima benéfico, describió Osvaldo mientras desplegaba el mapa. Y si queda tiempo, podemos volver a Mina Clavero, como en la luna de miel, le propuse sonriente.

Repasamos nuestros avistajes, la frescura de los torrentes serranos, los cielos diáfanos y destellos fugaces. Sabíamos recorrer las quebradas para encontrar algún caballo salvaje y divisar en las cumbres los guanacos curiosos. Queríamos fotografiar zorzales, carpinteros, chiguancos en el valle; el águila mora y el cóndor de los Andes en las alturas.

Ese año el verano se había presentado tranquilo, aunque el lugar elegido podía sufrir lluvias torrenciales. Nosotros sabíamos qué hacer cuando crecían los arroyos. No íbamos a afrontar ningún riesgo.

Elegimos acampar en un paraje cercano al Algarrobo Abuelo, un ejemplar milenario de mil doscientos años. Sobreviviente del bosque nativo original era un símbolo de resistencia natural de catorce metros de altura. Sabíamos que en el bosque ralo del predio que lo rodeaba podíamos avistar nuevas especies.

En viaje por la autopista que recorre de sur a norte la provincia de San Luis tuvimos una lluvia torrencial. Prudentes, nos quedamos a la vera del camino para evitar un accidente. Nos tocaron unos días helados poco frecuentes en épocas estivales. Nada nos amilanó, seguimos disfrutando nuestras ansiadas vacaciones.

 

 

 

Cuando visitamos el Algarrobo Abuelo nos sorprendió el grosor de su tronco. Las ramas, retorcidas por el tiempo, descansan sobre el suelo de un predio rústico y árido. Es un lugar de inmensa paz; patrimonio cultural y monumento natural de San Luis.

El cantar de las aves y el ulular del viento son nuestra mejor compañía. Mirá esas ramas, me señala Osvaldo; parece que descansan como viejos brazos sobre la tierra. Es un gigante que respira, le respondo.

A los dos días de estadía nos trasladamos al camping de altura Lyon, en las sierras de los Comechingones; distante a solo seis kilómetros del viejo árbol.

Al llegar la tarde coincidimos en que tendríamos que volver al lugar del Algarrobo Abuelo. Lo percibimos como un llamado. Atardece. El paseo ya está cerrado. No sé por qué, pero siento que nos espera, le sugiero a Osvaldo. Entonces vamos, me contesta decidido.

Entramos al predio y ocurre lo inesperado. ¿Lo escuchás?, Osvaldo me estrecha fuerte la mano. Sí, nos está contando su memoria, oílo. El árbol eleva sus postradas ramas al cielo, lento, ritual. Entonces, cientos de pájaros emergen con vainas alargadas en sus picos. Al caer al suelo, las semillas germinan de inmediato y el solar se transforma en un bosque lozano. Mirá, Alejandra, lo que sucede, florece, exclama emocionado Osvaldo. El Algarrobo nos eligió, respondo conmovida.

El árbol anciano nos revela su secreto; es el guardián de las aves y nos nombra testigos del renacimiento. Su gesto no es un milagro, sino una advertencia. El bosque renace frente a nosotros.

 

 

© Diana Durán, 11 de mayo de 2026

 

INQUILINOS DEL ALMA

                                             



Fuente: Street View, modificada con IA

INQUILINOS DEL ALMA

 

Luis y Mariana habían sido inquilinos desde que se casaron. Pasaba el tiempo y no lograban superar esa condición. Al llegar los primeros días de cada mes, la urgencia de dinero se volvía una amenaza que los rondaba. ¿Ya juntaste lo del alquiler?, preguntaba ella con ansiedad. Sí, pero otra vez apenas nos alcanza; vamos a tener que acomodarnos; ya no vamos a arreglar, respondía él.

Vivían en un departamento de dos dormitorios en el barrio de Monserrat, casco histórico de la ciudad de Buenos Aires. El edificio era bastante anticuado, con techos altos y pisos de mosaico; frío en invierno por sus años, caluroso en verano por su orientación. Los amplios ambientes estaban unidos por un largo pasillo que le daba un aspecto vetusto. El exterior del edificio respiraba tiempos pasados con sus balcones de hierro, molduras y cornisas ornamentadas en las fachadas.

Ella se sentía infeliz. Las amistades cercanas y compañeros de trabajo de la pareja eran, en su mayoría, propietarios. Algunos habían heredado las viviendas de sus padres; otros habían conseguido comprar con préstamos a treinta años. En las reuniones, por alguna razón, el tema era recurrente y la comparación inevitable. Ella se sentía desdichada frente a los comentarios de redecoraciones o mudanzas. Nuestra familia nos regaló un chalet en Mar del Plata, estamos felices, contaba orgulloso un colaborador de Luis que ni siquiera ganaba más que él. Mariana bajaba la mirada, con un dejo de envidia. Nosotros seguimos alquilando, apenas se escuchaba su infeliz revelación. Nadie le respondía por consideración y, sin embargo, ella advertía las miradas socarronas.

Desde la infancia, los almuerzos dominicales con sus abuelos paternos habían estado marcados por la misma cantinela: los alquileres. El mes que viene van a aumentar otra vez, sentenciaba el abuelo; cada vez el alquiler es una parte mayor de mi jubilación. El apellido Marziotta, del renombrado dueño, parecía el de un personaje desalmado. La niña se iba a dormir la siesta, pero las conversaciones se escuchaban a través de las paredes. Luego se sucedía el acostumbrado, no podemos comprar, los alquileres están cada vez más caros, a lo que se sumaba el relato de la eterna codicia del dueño.

De allí nació su subestimación, la comparación perpetua con quienes tenían casa propia. Para Mariana la vida de inquilinos era una existencia atada de pies y manos. La falta de propiedad se había convertido en la fuente de tensiones, rabietas y, también en un gran estigma social.

Hubo un año, en épocas de la convertibilidad, en el que ella pensó que el destino podía cambiar. Consiguió una tarea extra en una empresa del mismo edificio donde trabajaba, y cada tarde, después de su jornada habitual, volvía a su hogar y pensaba en el gran proyecto de la vivienda propia. Ahorraba cada suma que le sobraba; a veces esos dineros ocultos se desvanecían por diversas razones: alguna que otra compra extra o la inflación de la economía.

Mariana se quedaba muchas noches despierta, mirando el techo alto del viejo departamento de Monserrat, mientras Luis dormía profundamente a su lado. Ella imaginaba que las molduras antiguas eran las cicatrices de otras familias, también inquilinas, que habían residido allí. Fantaseaba conque el largo pasillo era como un túnel de eterna espera, un corredor infinito que nunca le permitiría alcanzar sus deseos.

Si la cosa mejora, quizá podamos dar la seña para un terreno, le comentó a Luis una noche. Podría ser, pero sabés bien cómo es, siempre aparece un gasto extra; además, en este país no se entiende cuánto va a durar la estabilidad, contestó él, con el ánimo de disipar la esperanza; cada día la portera cuesta más, tiene un sueldo altísimo en comparación con cualquier profesional. Pero es muy servicial doña Delfina, yo la aprecio, siempre me saluda y trata como a una dama, refunfuñó Mariana. 

Pasaron tres años. Luis heredó la casa de sus abuelos, cedida por sus padres, pero al tratarse de una herencia no constituía un bien ganancial. Luego tuvo la oportunidad de comprar el departamento de Monserrat a bajo precio. Él lo escrituró con usufructo a favor de Mariana, aunque ella no se sentía propietaria. 

No te engañes, le dijo el marido en medio de una fuerte discusión, las peleas de siempre porque apenas habían podido pagar la escritura, pero no redecorar. Si quiero, revoco el usufructo y te quedás en la calle. Fue cruel y ella lo sintió como un despojo. Con mi sueldo apenas podría alquilar un departamento de un ambiente, lo sabés, le respondió entre lágrimas pensando en que el tenor de las discusiones trepaba al punto de la separación.

A pesar de los desencuentros, ella seguía soñando, ya casi como una manía. En un cuaderno dibujaba planos improvisados: una cocina moderna, la segunda habitación transformada en un escritorio con boiserie. Se imaginaba las paredes de blanco, las cortinas de colores, los muebles renovados. Cada página reunía sus anhelos convertidos en alfombrados, paletas de colores, mobiliario funcional, nuevas texturas, espejos que ampliaban los ambientes. El cuaderno se había convertido en una especie de diario donde escribía sus deseos más preciados.

Pero la realidad tronchó los sueños. La enfermedad de su madre le devoró todos sus ahorros, y el cuaderno de las aspiraciones no volvió a abrirse. La ilusión de la casa remodelada se desvaneció.

El tiempo transcurría, Monserrat progresaba y se renovaba como un área joven de nuevos emprendimientos urbanísticos; profesionales que buscaban estudios, jóvenes de otras provincias y turistas que preferían alquileres temporarios. Ellos permanecían en el mismo lugar, como si la vida los hubiera condenado a ser testigos de las aspiraciones ajenas.

Una mañana en la que ambos estaban trabajando, el diario trajo la noticia:

11 de julio de 2024. La Nación

Una mujer fue hallada muerta en su vivienda cuando los Bomberos acudieron a extinguir un incendio desatado en un edificio de dos cuerpos. El siniestro tuvo lugar en la madrugada de este jueves en el barrio porteño de Monserrat. La víctima era la portera y residía en la planta baja.

De acuerdo con los primeros reportes, el fuego comenzó en un departamento de planta baja del inmueble, ubicado en la calle México entre Santiago de Estero y San José, informaron las fuentes policiales consultadas.  Al arribar los paramédicos, los habitantes debieron ser oxigenados por inhalar humo, aunque no requirieron traslado.

 

El departamento de la pareja quedó ahumado, pero intacto. La noticia del fallecimiento de doña Delfina fue espantosa, más para Mariana que la apreciaba tanto.

Esa noche comprendió que el destino no era poseer paredes, sino habitar sus esperanzas. La verdadera casa estaba en su memoria, en los sueños que nunca se apagaban, en la persistencia de imaginar un lugar propio, aunque la realidad todavía se lo negara.

Así aceptó en su interior que el hogar deseado había sido una quimera: invisible, pero firme, indestructible, hecho de recuerdos y de planos nunca construidos. Una casa que no podía incendiarse porque se había construido solo en su alma.

Supo, con claridad dolorosa, que ese destino debía hallarlo sola, sin Luis, porque él nunca había sabido acompañarla.

© Diana Durán, 27 de abril de 2026

 



AQUELLA QUINTA INOLVIDABLE

 


Imagen generada por IA sobre fotografía de Diana Durán

AQUELLA QUINTA INOLVIDABLE

 

Evocarás alguna tarde contemplando el terreno enfrente de la quinta. Esa en que la silueta de un corcel se dibujaba en el campo de margaritas. Los niños elegían las más hermosas para regalarlas en hatillos a quienes pasaran. El embalse del dique Roggero en el horizonte trazaba una línea azul en el encuentro del cielo y la tierra. El eucaliptal cruzaba la mitad del terreno y disipaba un aroma medicinal. Los renovales se veían flamantes plantados en las cercanías de la casa a medio terminar.

Revivirás a la familia ocupada en cortar el césped y extraer las malezas. El quincho recién construido reuniéndolos en la mesa al mediodía. Todos juntos. Buena época, asumirás.

 

Te animarás a buscar las fotos amarillentas de aquel tiempo en el fondo del cajón del desván. Todo sucedió hace muchos años, treinta, cuarenta. Aquellos días volverán en tu evocación como un torrente de imágenes y señales. Te preguntarás: ¿qué pasó?, ¿cuál fue la raíz de los males que destruyeron la ilusoria armonía?

Volverás atrás en tu memoria y tratarás de escudriñar los acontecimientos.  Los viajes desde San Isidro a La Reja. El tránsito infernal. La premura por llegar. Así lo sentirás. Recordarás que estaban rodeados de gente en la ciudad, que ansiaban el verde frente al cemento urbano. Extrañarás el intenso trabajo que les daba mantener el lugar. Pensarás con melancolía que allí estaban, juntos y a la vez lejanos; a un paso físico y a miles de kilómetros sus almas. Todo externo, superficial, vano.

 

Tu presente será la soledad del tiempo perdido, el abandono del lugar, la quinta vacía, la familia trunca.

Advertirás que algunos árboles habrán caído durante el gran temporal; la maleza habrá cubierto los alrededores de la casa y el quincho y, finalmente, el terreno habrá sido usurpado por una familia migrante desde el Chaco inundado.

 

Años después volverás y verás que esa familia bajó el tanque de agua del techo. El paisaje te abrumará. Será la muestra cabal del despojo; la visión horrenda de niños harapientos en la galería; el desaliñado huerto en el límite del terreno; la basura amorfa dispersa entre tus hermosos árboles ahora crecidos en la vereda forestal.

Entonces huirás despavorida, no querrás agitar en tu alma semejante fracaso. Tu vida será otra, pero persistirá el recuerdo de lo que no fue. Te preguntarás, ¿para qué evocar tanta pérdida. Tantas horas destinadas para nada.

Un día llegará en que lo resuelvas. 

Me queda el paisaje, no este, el otro, el de los buenos tiempos, los niños, el lugar, la tierra, los atardeceres, la silueta del caballo, el tapiz de margaritas. El jacarandá florecido, la resistente acacia, el tupido laurel, la fragancia del eucaliptal, la peculiaridad de los sauces eléctricos. Los ecos de las risas familiares. Todo menos tú que no mereces ni mi memoria.

 

© Diana Durán, 6 de abril de 2026

 

LA MEMORIA DEL AVE

 


 

 

Paisaje correntino. Fotografía: Héctor Correa

 

LA MEMORIA DEL AVE


Nuestro proyecto era ir a Corrientes, para, desde allí, visitar varios lugares del Nordeste y, en especial, los vastos Esteros del Iberá. De cada viaje acostumbro a llevarme algo, una artesanía, una nadería, de este esperaba muchos recuerdos dada la importancia de la cultura local.

El paisaje nos deleitaba y no pasaron muchos kilómetros desde nuestro ingreso a la provincia por la ruta doce cuando comenzamos a divisar bañados y lagunas donde las aves del litoral nos atraían con sus picos raros y plumajes brillantes. Divisamos al chajá, al biguá, garzas, pollonas, hasta varios martines pescadores de diversos tamaños y los fotografiamos en sus ambientes acuáticos. Una delicia para nuestros hábitos naturalistas.

Así llegamos a Goya, tierra de mis ancestros, mi abuela materna y sus antecesores. Le propuse a mi esposo entrar a la ciudad pues no nos íbamos a desviar mucho para llegar al destino intermedio en la capital provincial.

Goya es la segunda ciudad más poblada de la provincia a orillas del río Paraná. Le dicen la "Capital Nacional del Surubí" por su famoso festival de pesca, pero no era época. Es una ciudad con fuerte herencia colonial e inmigrante, con una arquitectura particular, el teatro más antiguo del país y la paradisíaca Isla de las Damas.

Solo recorrer sus calles me hacía volver a la infancia en la que supe ir con mi familia a la casa de mi abuela donde pasábamos largas temporadas en la vieja casona de Caá Guazú y Pedro Goyena en sus incontables habitaciones que guardaban tabaco. Para mi mente infantil ese lugar había resultado mágico por su abigarrado patio interior, el eco del aljibe y la frescura del limonero y el árbol de quinotos. Allí la abuela sentada en un viejo sillón de paja nos relataba los cuentos locales más asombrosos y atrayentes para nosotros. Nos contaba sobre el genio protector del Pombero, dueño de los pájaros y el sol y señor de la noche; el temible Lobizón, flaco y enfermizo; o las apariciones de la virgen de Itatí, símbolo de fe y esperanza para los correntinos.

Dejamos atrás el encanto de los recuerdos goyanos y desde allí avanzamos por la ruta veinticuatro para luego empalmar por la nacional ciento veintitrés hasta Mercedes, en el centro provincial.

Mientras accedíamos al Portal Laguna Iberá, camino a los esteros, nos detuvimos bajo un sauzal a reposar un poco. Fue entonces cuando vi un ave increíble, posada en un junco, con el plumaje dorado encendido por el sol. Su canto no era un trino, sino un llamado profundo, como si pronunciara una palabra que yo debía recordar. Le pedí a mi esposo que la fotografiara, pero la lente se empañaba y cuando lograba enfocar el lugar que yo le indicaba, la imagen se borraba. Él aseguraba que no veía más que garzas y chajás. Yo, en cambio, no podía apartar la vista de aquella criatura inverosímil, que al batir sus alas en un momento dejó en el aire una estela luminosa, como un secreto destinado solo para mí.

Más tarde, al evocar su trino, decidí que le debía dar un nombre especial. La llamé Ñeembucú que en guaraní significa “palabra escondida”, porque nadie más la había visto ni oído, y su aparición parecía destinada a permanecer en el silencio de mi memoria.

Al día siguiente, al adentrarnos en los esteros sin excursión porque queríamos disfrutarlos solo para nosotros, la misma ave mágica reapareció al atardecer y otra vez únicamente yo pude verla y oírla.

Esta vez no cantó, sino que susurró y para mi asombro su voz era igual a la de mi abuela, la misma que me narraba las historias del Pombero y del Lobizón en la casa de Goya. Me llamaba por mi nombre y fusionando con suavidad sus palabras con mi emoción, me dijo:

Querida, aquí estoy, en mi lugar. Solo tú me verás siempre que te acerques con tanto cariño.

Entonces comprendí que el Ñeembucú no era solo un pájaro imposible, sino la encarnación de aquellas palabras pretéritas y amorosas que la abuela había sembrado en mi infancia. El ave dorada llevaba en su canto la historia de la casa de Goya, de su patio y sus frutos. Mi esposo no la vio, pero aceptó mi relato de que en su vuelo se mezclaban la fe, la magia y la ternura de aquella infancia feliz que nunca se perderían.

Así comprendí que aquel viaje no me había regalado una artesanía ni una nadería, sino un tesoro personal: la certeza de que las palabras y los relatos de mi abuela seguían escondidas en el territorio, protegidas por el ave mágica. Estaba segura de que cada vez que regresara a Corrientes, no buscaría recuerdos materiales, sino la huella de aquel asombroso pájaro ilusorio.


© Diana Durán, 30 de marzo de 2026

UNA SOMBRA YA PRONTO SERÁS

 




Café en París. Barrio Latino. Fotografía de Lutgarde Creemers.

UNA SOMBRA YA PRONTO SERÁS (1)

 

Pablo conoció a Marcela en un baile del club Comunicaciones de Villa del Parque. Habían coincidido durante carnaval en uno de los tradicionales “ocho bailes ocho” de la década del sesenta. Ella se había puesto una minifalda roja con medias estampadas, remera ajustada y botas largas de cuero blanco. Así vestida parecía una modelo. Era su primer baile en un club. Él era un joven que poco frecuentaba esos ambientes, pero la casualidad quiso que ese día acompañara a un amigo. Marcela, con apenas dieciocho años, se movía con gracia y sensualidad. La sacó a bailar al son de la orquesta tropical en la pista cubierta de serpentinas y papel picado. Intercalaron rápidos y lentos toda la noche. Habían coincidido en el club a través de amigos en común y la cercanía de sus casas.

Marcela recién había terminado el secundario; él ya estaba en cuarto año de ingeniería. Esa misma noche quedaron cautivados uno del otro, lo que provocó que no se volvieran a separar, quizás por la juventud de ella o la intelectualidad de él, o a pesar de las diferencias.

Un año después de aquel encuentro, despedida amorosa mediante, Pablo viajó a París gracias a una beca del INTI (2). Marcela, en cambio, permaneció en Buenos Aires y comenzó sus estudios de letras. Pablo alquiló un diminuto estudio en la Rue des Lyonnais, en pleno Barrio Latino. Las paredes descascaradas y la ventana angosta daban a un patio interior del que brotaban voces en distintos idiomas. El joven no se acostumbraba a la Torre de Babel parisina, pero la soportaba estoicamente. Sin embargo, la beca marchaba sobre ruedas.

El verano posterior a su partida, Marcela lo visitó gracias a que sus padres le solventaron un viaje de egresada postergado. Juntos vagabundearon por el bulevar Saint-Germain; las callejuelas del Barrio Latino, la Rue de Rivoli, la Mouffetard, la Montorgueil y la zona de Montmartre; además de las orillas del Sena con sus famosos libreros. Pasaron horas en los cafés, rodeados de estudiantes y artistas que discutían sobre política, cine y literatura.

Pero más allá de calles y cafés, los unía la circunstancia de estar descubriendo el mundo de la mano del otro. París había conspirado para vincularlos, pensaban ambos, con un sentimiento único. Esa breve convivencia tuvo matices románticos, como si la ciudad les ofreciera un escenario distinto, aunque efímero por la corta estadía de ella.

Marcela tuvo que volver a Buenos Aires para continuar sus estudios. Pablo siguió con su vida parisina austera, pero muy productiva en lo académico. Lo solventaban la beca y algún trabajo ocasional de cálculos ingenieriles.

La distancia hizo que comenzaran los intercambios epistolares. Las cartas se convirtieron en un puente frágil: iban y venían entre Barrio Latino y Villa del Parque, cargadas de recuerdos compartidos y algunas promesas inciertas por parte de Pablo. Marcela no sabía si su pareja se iba a quedar en París o volvería a Buenos Aires. Con el tiempo aparecieron ciertos reproches velados. A veces ella retrasaba a propósito el envío, en otras ocasiones no respondía, y en ese vacío crecían las dudas: el amor ensombrecido por la incertidumbre y la lejanía.

Marcela se quedaba en La Farola de Villa del Parque, los apuntes abiertos en la mesa. Afuera, el bullicio barrial; adentro ella pensaba en Pablo y en las cartas que intercambiaban. Su vida seguía hecha de rutinas conocidas, mientras él habitaba un mundo lejano. A veces dudaba si la espera era amor o simple resignación.

La imagen de Marcela se fue deteriorando ante los ojos de Pablo. Sus cartas, primero muy cuidadas, empezaron a mostrar reservas y espacios que él no lograba descifrar. Ella sentía que él tenía demasiadas oportunidades en París, mientras su destino perduraría en Buenos Aires sin su compañía. La joven solía soñar con el encuentro en el club Comunicaciones. Ese recuerdo la hacía esperanzar, pero entonces urdía con tristeza una historia sin fin destinada a cruzar el océano una y otra vez, sin encontrar nunca el equilibrio.

París se volvía un fantasma que ocupaba para Marcela más espacio que Pablo mismo, y empezaba a preguntarse si esperar era vivir o apenas aplazar la despedida.

Cuando Pablo regresó a Buenos Aires luego de dos años de beca, la ciudad lo recibió con un aire familiar y cálido. Volvió a caminar por Villa del Parque, a encontrarse con viejos amigos y a revivir las costumbres porteñas. Para Marcela, ese regreso fue una mezcla de alegría y desasosiego: lo esperó enamorada, pero también con la sensación incierta de que pronto volvería a partir. Una sombra cubría su destino con él.

Ella había construido su vida en Buenos Aires, entre la facultad, las amistades de siempre y las tardes en cafés porteños. Su mundo estaba allí, en los itinerarios que conocía de memoria. Pablo, en cambio, traía consigo relatos de distintos distritos parisinos, de profesores distinguidos, de debates permanentes en los pasillos de la universidad, de oportunidades que parecían multiplicarse. Solo le hablaba a Marcela de proyectos de investigación y futuros viajes. Ella sentía que su horizonte era estrecho, marcado por un porvenir fortuito. Las diferencias se colaban como una cuña en los silencios que se sucedían.

Pablo tuvo múltiples propuestas. En especial, se planteó la continuidad de su trabajo de becario, pero como investigador en la Universidad de Córdoba. Marcela sintió otra vez que él decidía partir, fuera en el exterior o dentro del país. Si bien se apagaban las luces distantes de París y renacían las esperanzas de tener a su pareja más cerca, la sensación era que él siempre estaría lejos.

 

 

La tarde en que Pablo tomó el pasaje hacia el interior para resolver su futuro trabajo, Marcela lo acompañó hasta el andén. Se abrazaron y besaron como siempre.  Sin embargo, lo vio partir como una sombra que se alejaba. Lo percibió inaccesible, casi remoto, entre el gentío que desvanecía su silueta. No hubo promesas: el tren se llevó a Pablo y con él, la certeza de que la historia había terminado. Así lo decidió Marcela de una vez por todas.

Diana Durán, 16 de marzo de 2026

 

 



(1) Título del libro de Osvaldo Soriano. Grijalbo. 1990.

(2) Instituto Nacional de Tecnología Industrial. Argentina.

LOS ECOS DEL GRAN HOTEL

 


Fotografía: La Nación. 24 de julio de 2023

LOS ECOS DEL GRAN HOTEL

 

Villa Ventana. No hay lugar en el mundo que nos guste más para disfrutar las vacaciones: las sierras, los arroyos que serpentean los límites, el aroma de los árboles, los artesanos en las callejuelas, la fiesta de la Golondrina y los pájaros que parecen notas musicales en cada rama. Allí volvimos, como todos los años.

Ayer desayunamos en la galería de la cabaña, con pan casero y mermelada. Conversamos sin apuro disfrutando el inicio del veraneo. Momentos simples, pero llenos de esa calma que uno quisiera retener para siempre. Caminamos a la vera del Belisario. El agua corre lenta y transparente, y la brisa nos acaricia. Conversamos sobre nada en particular, junto al mecer suave de las hojas y el cielo teñido de un azul cada vez más obscuro. Dormimos abrazados y serenos.

Hoy nos internamos en los senderos de la periferia. La caminata nos lleva cerca de un cerro cónico cuyo nombre desconocemos. Continuamos por un camino sinuoso hasta el Club Hotel de la Ventana, inaugurado en 1911, según reza un cartel. Célebre por haber alojado a marinos alemanes del acorazado “Admiral Graf Spee”. El edificio se incendió hace décadas, pero todavía conserva la sombra de su antigua majestuosidad. Escaleras, cimientos y muros derruidos nos hacen imaginar el esplendor de aquellos días cuando estaban en pie el cine, el teatro y la capilla. Las ruinas permanecen rodeadas por cientos de hectáreas parquizadas y cubiertas de árboles centenarios que el tiempo no pudo destruir.

La noche nos sorprende entre los restos del ex hotel. Contra las advertencias de otros turistas que recorren el lugar, decidimos quedarnos: queremos experimentar por un rato la sensación de vagar por el gran hotel. Armamos un campamento improvisado con los elementos que trajimos en el auto: carpa para dos y canasto con enseres básicos. Comemos y brindamos bajo la luna embelesados de nuestra aventura.

De pronto, el viento comienza a cambiar su fuerza, como si arrastrara un murmullo antiguo. Primero caen gotas aisladas, con un ritmo irregular. De a poco, la lluvia se vuelve persistente; un tamborileo que aumenta en intensidad.

Está lloviendo, me dice con voz baja, algo resignado. Es la tierra que nos quiere retener, respondo entusiasmada al mirar cómo la arcilla se torna un reflejo brilloso. No es lluvia; es un llamado que no debemos atender, señala intrigándome.

Más tarde las ruinas se estremecen con truenos y relámpagos. Algo extraño sucede. Se confunden en la lejanía voces mezcladas con el repiqueteo del agua, como si la tormenta tradujera palabras en un idioma misterioso. El suelo se torna resbaladizo, y cada paso es un intento por no quedar atrapados en aquel escenario que nos resulta sombrío y desconocido.

A la media hora, en el silencio quebrado por el viento, comienzan a escucharse más sonidos. Diálogos tensos, incomprensibles, en un idioma que pronto reconocemos: alemán. El gran hall es un despojo de ladrillos, pero las voces resuenan en las paredes desmoronadas.

¿Escuchás? Es como si los muros hablaran, me revela. No son los muros; son memorias que no se apagan, tiemblo al responderle; ¿y si nunca se fueron?, ¿y si siguen aquí, atrapadas en la eternidad del hotel? Él me ordena, no mires atrás. La historia nos persigue.

Las frases desconocidas se mezclan con el temblor de nuestras manos. El edificio parece reclamar su pasado de esplendor.

Siento que nos observan, le digo al fijar mis ojos en la negrura. Nos observan porque somos intrusos de su tiempo, me responde y aterroriza.

Corremos hacia el auto. La lluvia convierte el camino en una vía resbaladiza. Nuestro vehículo patina en zigzag.

Manejá rápido; los ecos nos siguen. Si manejo rápido vamos a encallar. ¿No los escuchás?; son voces, pero parecen aullidos; como si la noche hablara en otro idioma.

Detrás de nosotros, los ecos germanos se transforman en un coro de lamentos que nos persigue en la oscuridad.

No podemos salir, te escucho titubear con voz quebrada. Es el hotel que nos retiene; siento que los escombros giran alrededor. ¿Y si nunca fuimos visitantes, sino parte de su memoria?; ya no hay regreso.

Los clamores se hacen más cercanos, pero menos comprensibles, seres invisibles brotan de los muros. El aire se espesa; las sombras acechan. Las ruinas dejan de ser ruinas: se alzan como un cuerpo oscuro, con pasillos que se abren en la arcilla y ventanas que golpean en la penumbra. El hotel nos envuelve, nos traga, nos absorbe en un silencio de piedra.

El crujido de las escaleras bajo nuestros pies nos desliza hacia un salón oscuro y tenebroso. Después, nada. Solo la certeza de que el hotel nos convierte en parte de su historia, en voces que algún día otros escucharán, al incursionar en la noche.

 

© Diana Durán, 2 de marzo de 2026

 


TERRITORIOS DE PAPEL

 


Imagen creada por IA

TERRITORIOS DE PAPEL

Desde el jardín hasta el bachillerato caminaron juntos como si tuvieran dos vidas paralelas. Eran inseparables: compañeros en el Normal Mariano Acosta, estudiosos, futboleros, siempre uno al lado del otro.
        Francisco había sido amigo de Eduardo desde su inicio en la escuela en la que cursaron toda la primaria y la secundaria. Eligieron la especialidad de Ciencias Naturales para el bachillerato. Eran inseparables, reflejo uno del otro: no se llevaban materias y durante los veranos compartían colonias y fútbol, su gran pasión. Juntos jugaron en Ferrocarril Oeste, custodiándose en el entrenamiento y en cada partido. Luego siguieron sus carreras en la universidad estatal: Francisco, medicina; Eduardo, ingeniería. A pesar de los nuevos caminos, no dejaron de acompañarse en la juventud, tal como lo habían hecho de niños y adolescentes. Frecuentaron los mismos lugares de esparcimiento, los mismos boliches y bares.

La distancia entre los amigos surgió cuando se pusieron de novios con mujeres que no se llevaban nada bien. Ambas hermosas, soberbias, altaneras, de caracteres fuertes, irreconciliables. Las diferencias entre ellas eran muy notorias, si bien simulaban momentos de contenida buena relación. Entonces ellos tuvieron que separarse y acercarse, según las circunstancias, para no entorpecer más tarde sus matrimonios.

El ardid encontrado por los amigos fue no exteriorizarlo, y por fuera fingir el desencuentro como sus esposas. Comenzaron a engañar con un encono inexistente. Cada gesto era un ensayo, cada palabra un guion improvisado para sostener la farsa del enfrentamiento. Aparecieron las mentiras piadosas y los ocultamientos. Si alguna de las mujeres demostraba su fobia por la otra, entonces ellos también inventaban un alejamiento que no existía y se encontraban en cafés o hablaban por teléfono sin importarles lo que sucedía entre ellas. Así continuaron por dos años.

Por su profesión, Eduardo tuvo que trasladarse al sur para integrar una empresa que construía una central hidráulica. Un arduo trabajo que requirió su traslado y el de su mujer a vivir al Alto Valle.

Buenos Aires los había visto crecer a los amigos en un murmullo constante: colectivos que se cruzaban como ríos urbanos, estadios que rugían los domingos, hospitales y facultades que nunca descansaban. En ese entorno se había acuñado la amistad, como si cada esquina guardara una circunstancia compartida como el ritmo frenético de los recreos y del fútbol. 

El Alto Valle, en cambio, era un territorio despejado, atravesado por el viento que se colaba en cada espacio, mientras los álamos dibujaban la frontera del horizonte. El río Negro discurría cual arteria vital, y las chacras se extendían como un dominó a la espera de la cosecha.

La distancia entre los amigos era más que kilómetros: era el silencio de las noches patagónicas frente al bullicio porteño; la soledad de los obreros en la obra hidráulica frente a la multitud de Buenos Aires.  Sin embargo, ambos lugares compartían algo: la obstinación de seguir latiendo. La ciudad con su pulso eléctrico; el valle con sus latidos al ritmo de la construcción y la cosecha de los frutos. 

Entonces se profundizaron las dificultades para comunicarse, no solo reales, pues no se podían reunir, sino también las dificultades para comunicarse. Lo resolvieron a través de la correspondencia. Eduardo le escribía al hospital y Francisco le respondía a las oficinas de la obra en construcción. Así fue como construyeron una amistad epistolar.

Desde el Alto Valle, Eduardo escribió la primera vez: Francisco, amigo, aquí me tienes en esta tierra pionera, feliz de renovar mi profesión.  Cuéntame de tu trabajo como médico residente, seguro será muy interesante, tanto que no logro imaginármelo. Cuéntame todo lo que haces, no dejes nada en el tintero. Francisco respondió desde Buenos Aires. Te confieso: estoy siempre de guardia, pero entusiasmado con la especialidad en clínica médica. Por otra parte, la ciudad no descansa, y yo tampoco, aunque tu carta me recuerde nuestra amistad, además de los absurdos obstáculos que hemos sorteado. 

Las cartas iban y venían sin que sus esposas lo supieran. Hasta que un día la mujer de Francisco encontró un sobre a nombre de su marido en el escritorio. ¿Qué es esto?, lo increpó duramente, la voz temblando de furia. Es una carta de Eduardo. Eduardo…, repitió ella enojada, como si el nombre fuera una traición.

Por un tiempo Francisco espació la correspondencia y no volvió a escribir desde su casa. Eduardo entendió la situación y también evitó hacerlo desde la suya.

La última carta de ese verano llegó con un sobre arrugado, como si hubiera viajado demasiado. Francisco la tomó, y al hacerlo sintió que el papel latía como un corazón acelerado. El nombre de Eduardo se desdibujaba, se reescribía solo, cambiaba de tinta. La habitación se inclinó un poco, como si el sobre pesara más que la mesa entera. Francisco quiso abrirla, pero la carta se cerraba otra vez, obstinada. Logró hacerlo y se sorprendió: la última que él había escrito a Eduardo pocos días antes llevaba el mismo tono de ruptura. Entonces comprendió que no traía solo palabras, sino un suceso categórico.

Ambas misivas parecían espejos enfrentados, reflejando la misma fractura. Por alguna razón, los dos habían coincidido en la separación de sus respectivas mujeres. Las cartas habían sido vías que al fin se liberaban de los cruces. Francisco sonrió, no solo por las circunstancias, sino por la claridad de lo sucedido.

Mientras tomaba el avión rumbo al sur, Francisco pensó que la amistad, despojada de ficciones, se abría como un territorio nuevo, aún por recorrer.

© Diana Durán, 17 de noviembre de 2025

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