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PATIO DE MI INFANCIA

 


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PATIO DE MI INFANCIA

… El patio es el declive
por el cual se derrama el cielo en la casa.

Un patio. Fervor de Buenos Aires.
Jorge Luis Borges

 

El patio de mis abuelos, luminoso y sereno, con la escalera empinada hacia el desván misterioso y la confusión de trastos viejos. Mi hermano y yo nunca supimos qué hacían allí tantos muebles apilados junto a la incierta mixtura de cajas de cartón. De pequeños no nos atrevíamos a entrar, solo espiábamos desde la puerta.

La terraza ardía en los eneros, alquitrán derretido bajo el sol. En un rincón, una vieja cocina desechada que para nosotros era nueva, porque adornábamos las paredes que la rodeaban pintándolas con tizas de colores. Allí cocinábamos, en una olla negruzca, las hojas arrancadas del fresno, el árbol que abrazaba el muro que daba a la calle.

En una esquina de la planta baja, el baño con su peligroso calefón eléctrico. En la pared lateral, las puertas de las habitaciones en galería. Al frente, la entrada con un mueble estrecho, perchero y guarda paraguas, flanqueado por sillones torneados de madera oscura.

Bajo un farol nos reuníamos en festín dominical: ravioles caseros y vino con soda. Seis voces hablando a la vez —abuelos, padres y pequeños hijos— alrededor de la comida que la abuela preparaba en su cocina mínima. No sé cómo lo lograba con tan poco espacio y recursos.

Bajo el cielo de Belgrano, el paraíso de mi infancia.

 

 

Hoy reproduzco ese patio en el mío, muchos años después. Entre plantas modernas y artesanías de viaje, me descubro pensando en la heladera de hielo, la cocina de hierro, las ollas de aluminio. Objetos humildes que son símbolos poderosos de aquella infancia dorada.

Me siento feliz en mi patio porque me trae el recuerdo de mi abuela y su cocina. Aunque no hornee como ella —sería imposible hacerlo—, su ternura, como raro sortilegio, templa mi cuerpo. La escucho todavía, como si me insistiera en un domingo cualquiera. Dianina, vení, que ya están los scones con manteca. Apurate, después jugaremos a las visitas.

 

© Diana Durán, 4 de mayo de 2026

INQUILINOS DEL ALMA

                                             



Fuente: Street View, modificada con IA

INQUILINOS DEL ALMA

 

Luis y Mariana habían sido inquilinos desde que se casaron. Pasaba el tiempo y no lograban superar esa condición. Al llegar los primeros días de cada mes, la urgencia de dinero se volvía una amenaza que los rondaba. ¿Ya juntaste lo del alquiler?, preguntaba ella con ansiedad. Sí, pero otra vez apenas nos alcanza; vamos a tener que acomodarnos; ya no vamos a arreglar, respondía él.

Vivían en un departamento de dos dormitorios en el barrio de Monserrat, casco histórico de la ciudad de Buenos Aires. El edificio era bastante anticuado, con techos altos y pisos de mosaico; frío en invierno por sus años, caluroso en verano por su orientación. Los amplios ambientes estaban unidos por un largo pasillo que le daba un aspecto vetusto. El exterior del edificio respiraba tiempos pasados con sus balcones de hierro, molduras y cornisas ornamentadas en las fachadas.

Ella se sentía infeliz. Las amistades cercanas y compañeros de trabajo de la pareja eran, en su mayoría, propietarios. Algunos habían heredado las viviendas de sus padres; otros habían conseguido comprar con préstamos a treinta años. En las reuniones, por alguna razón, el tema era recurrente y la comparación inevitable. Ella se sentía desdichada frente a los comentarios de redecoraciones o mudanzas. Nuestra familia nos regaló un chalet en Mar del Plata, estamos felices, contaba orgulloso un colaborador de Luis que ni siquiera ganaba más que él. Mariana bajaba la mirada, con un dejo de envidia. Nosotros seguimos alquilando, apenas se escuchaba su infeliz revelación. Nadie le respondía por consideración y, sin embargo, ella advertía las miradas socarronas.

Desde la infancia, los almuerzos dominicales con sus abuelos paternos habían estado marcados por la misma cantinela: los alquileres. El mes que viene van a aumentar otra vez, sentenciaba el abuelo; cada vez el alquiler es una parte mayor de mi jubilación. El apellido Marziotta, del renombrado dueño, parecía el de un personaje desalmado. La niña se iba a dormir la siesta, pero las conversaciones se escuchaban a través de las paredes. Luego se sucedía el acostumbrado, no podemos comprar, los alquileres están cada vez más caros, a lo que se sumaba el relato de la eterna codicia del dueño.

De allí nació su subestimación, la comparación perpetua con quienes tenían casa propia. Para Mariana la vida de inquilinos era una existencia atada de pies y manos. La falta de propiedad se había convertido en la fuente de tensiones, rabietas y, también en un gran estigma social.

Hubo un año, en épocas de la convertibilidad, en el que ella pensó que el destino podía cambiar. Consiguió una tarea extra en una empresa del mismo edificio donde trabajaba, y cada tarde, después de su jornada habitual, volvía a su hogar y pensaba en el gran proyecto de la vivienda propia. Ahorraba cada suma que le sobraba; a veces esos dineros ocultos se desvanecían por diversas razones: alguna que otra compra extra o la inflación de la economía.

Mariana se quedaba muchas noches despierta, mirando el techo alto del viejo departamento de Monserrat, mientras Luis dormía profundamente a su lado. Ella imaginaba que las molduras antiguas eran las cicatrices de otras familias, también inquilinas, que habían residido allí. Fantaseaba conque el largo pasillo era como un túnel de eterna espera, un corredor infinito que nunca le permitiría alcanzar sus deseos.

Si la cosa mejora, quizá podamos dar la seña para un terreno, le comentó a Luis una noche. Podría ser, pero sabés bien cómo es, siempre aparece un gasto extra; además, en este país no se entiende cuánto va a durar la estabilidad, contestó él, con el ánimo de disipar la esperanza; cada día la portera cuesta más, tiene un sueldo altísimo en comparación con cualquier profesional. Pero es muy servicial doña Delfina, yo la aprecio, siempre me saluda y trata como a una dama, refunfuñó Mariana. 

Pasaron tres años. Luis heredó la casa de sus abuelos, cedida por sus padres, pero al tratarse de una herencia no constituía un bien ganancial. Luego tuvo la oportunidad de comprar el departamento de Monserrat a bajo precio. Él lo escrituró con usufructo a favor de Mariana, aunque ella no se sentía propietaria. 

No te engañes, le dijo el marido en medio de una fuerte discusión, las peleas de siempre porque apenas habían podido pagar la escritura, pero no redecorar. Si quiero, revoco el usufructo y te quedás en la calle. Fue cruel y ella lo sintió como un despojo. Con mi sueldo apenas podría alquilar un departamento de un ambiente, lo sabés, le respondió entre lágrimas pensando en que el tenor de las discusiones trepaba al punto de la separación.

A pesar de los desencuentros, ella seguía soñando, ya casi como una manía. En un cuaderno dibujaba planos improvisados: una cocina moderna, la segunda habitación transformada en un escritorio con boiserie. Se imaginaba las paredes de blanco, las cortinas de colores, los muebles renovados. Cada página reunía sus anhelos convertidos en alfombrados, paletas de colores, mobiliario funcional, nuevas texturas, espejos que ampliaban los ambientes. El cuaderno se había convertido en una especie de diario donde escribía sus deseos más preciados.

Pero la realidad tronchó los sueños. La enfermedad de su madre le devoró todos sus ahorros, y el cuaderno de las aspiraciones no volvió a abrirse. La ilusión de la casa remodelada se desvaneció.

El tiempo transcurría, Monserrat progresaba y se renovaba como un área joven de nuevos emprendimientos urbanísticos; profesionales que buscaban estudios, jóvenes de otras provincias y turistas que preferían alquileres temporarios. Ellos permanecían en el mismo lugar, como si la vida los hubiera condenado a ser testigos de las aspiraciones ajenas.

Una mañana en la que ambos estaban trabajando, el diario trajo la noticia:

11 de julio de 2024. La Nación

Una mujer fue hallada muerta en su vivienda cuando los Bomberos acudieron a extinguir un incendio desatado en un edificio de dos cuerpos. El siniestro tuvo lugar en la madrugada de este jueves en el barrio porteño de Monserrat. La víctima era la portera y residía en la planta baja.

De acuerdo con los primeros reportes, el fuego comenzó en un departamento de planta baja del inmueble, ubicado en la calle México entre Santiago de Estero y San José, informaron las fuentes policiales consultadas.  Al arribar los paramédicos, los habitantes debieron ser oxigenados por inhalar humo, aunque no requirieron traslado.

 

El departamento de la pareja quedó ahumado, pero intacto. La noticia del fallecimiento de doña Delfina fue espantosa, más para Mariana que la apreciaba tanto.

Esa noche comprendió que el destino no era poseer paredes, sino habitar sus esperanzas. La verdadera casa estaba en su memoria, en los sueños que nunca se apagaban, en la persistencia de imaginar un lugar propio, aunque la realidad todavía se lo negara.

Así aceptó en su interior que el hogar deseado había sido una quimera: invisible, pero firme, indestructible, hecho de recuerdos y de planos nunca construidos. Una casa que no podía incendiarse porque se había construido solo en su alma.

Supo, con claridad dolorosa, que ese destino debía hallarlo sola, sin Luis, porque él nunca había sabido acompañarla.

© Diana Durán, 27 de abril de 2026

 



PERMANECER EN FLORES

 


Plaza Flores


 

PERMANECER EN FLORES

 

El hombre había nacido para permanecer. Su vida era un eterno y opaco transcurrir. Sus padres se habían separado cuando empezó la escuela primaria. Entonces, uno u otro lo buscaban al colegio. La madre lo llevaba a tomar un helado a la salida porque sabía que el niño sufría la separación. El padre, ausente, no siempre lo buscaba, fastidiado por tener que cumplir con el deber, y las autoridades debían llamar a la mamá que se irritaba por el abandono. Muchas veces había encontrado a su hijo desconsolado al lado de la maestra en la puerta del colegio.

El niño lo había sentido desde pequeño. Soy culpable del divorcio, concluyó una noche muy triste cuando la oscuridad del cuarto lo estremecía.

Su único reparo era la abuela materna que lo miraba tiernamente mientras le daba de comer tallarines caseros con tuco y natilla con caramelo de postre. Él se quedaba el fin de semana en su casa; allí lo esperaban cuentos de aventuras y duendes y la cama cálida y arropada. En las mañanas de domingo jugaba en la vereda de la cortada de Terradas con los niños de la vecindad.

En cambio, no había momentos felices en el encierro del oscuro departamento de dos dormitorios que su madre había alquilado luego de la separación. Su pieza era una especie de celda de aislamiento que daba al patio interior de paredes descascaradas del edificio.

Durante la semana, los únicos momentos al aire libre los pasaba a pocas cuadras de su casa, en la Plaza de Flores, arbolada y bulliciosa. Era un pulmón verde en medio del trajín urbano. Las sombras del imponente algarrobo refrescaban los bancos de hierro y el bullicio de los colectivos de la avenida Rivadavia se mezclaba con el pregón de los vendedores ambulantes. Allí escuchaba las campanadas de la Basílica de San José que le anunciaban cuando era la hora de volver a casa. Cuando el sol caía, el barrio cambiaba. Los trabajadores regresaban con paso cansino, las persianas metálicas de los negocios se cerraban con estrépito, y las calles se teñían de un gris melancólico. El eco de las campanadas de la Basílica de San José se expandía como un recordatorio de que la jornada había terminado.

En la adolescencia se tornó flaco y esmirriado; la nariz le creció aguileña y el acné cubrió su cara. Ese aspecto le valió el rechazo de sus compañeras que los preferían de tersos rostros. Tampoco era afecto a los deportes, por lo que difícilmente iba a crecer rodeado de amistades. Solo tenía una compañera de banco que lo apreciaba porque sabía resolver los problemas de trigonometría y memorizar las lecciones de historia; entonces terminaba pronto las pruebas y la ayudaba.

Al finalizar el secundario él se inscribió sin gran vocación en el profesorado de matemáticas. Una tarde se cruzó por casualidad con su excompañera en la biblioteca del instituto. Se saludaron de lejos. Ella estudiaba la tecnicatura en trabajo social, lo hacía sin disposición, solo por continuar algún estudio.

A los pocos días se volvieron a encontrar en una fiesta de estudiantes en la que ninguno de los dos se había animado a bailar. Fue en un rincón, entre copas y risas ajenas, donde comenzaron la relación. Descubrieron que compartían el mismo miedo al rechazo, la misma sensación de haber nacido para permanecer invariables. Esa opaca coincidencia los unió. Él reconoció a aquella chica parecida a sí mismo: callada, de mirada esquiva y aire de tristeza que lo atraía porque percibía en ella la misma soledad que lo había aislado desde niño. Ella, aunque tímida y huidiza, valoró que él la había auxiliado en los exámenes. 

Él no terminó el profesorado, ella tampoco su carrera. Con el tiempo se casaron, sin grandes festejos ni lujos, apenas una merienda en una confitería modesta de la calle Nazca.

La vida en común no fue fácil. Él consiguió trabajos administrativos mal pagos. Ella hacía lo posible como ama de casa por organizar con los escasos ingresos de su esposo el diminuto departamento de dos ambientes que alquilaban en la calle Bogotá, a dos cuadras de la plaza de siempre.

Los problemas económicos de los años ochenta se sumaron a las vanas discusiones, y la rutina se volvió un peso tedioso. Sin embargo, había momentos de ternura: cuando recordaban las anécdotas escolares, cocinaban juntos un plato sencillo o bromeaban sobre sus desdichas.

Las circunstancias los dañaban una y otra vez: sobre todo la imposibilidad de tener hijos, pero también la permanente escasez de dinero y la inseguridad creciente del barrio. Cada obstáculo parecía confirmar aquella sentencia que él había sentido desde pequeño: había nacido para permanecer en el mismo sino.

En medio de la adversidad, la presencia de ella fue, sin embargo, un refugio. Aunque discutieran, aunque a veces se hirieran con palabras, él sabía que compartían la misma herida de origen y que, de algún modo, se necesitaban para sobrevivir.

A veces pensaba que todo había sido inútil, que la tristeza de su infancia era un castigo eterno. Otras veces, en las noches, cuando el trasiego aminoraba y el barrio de tornaba en calma, sentía que había algo más: una compañía, una reserva, una rutina que los mantenía en pie.

No era felicidad, tampoco superación. Los sostenía la inercia que la vida les ofrecía. Era solo la certeza de que, en medio de la costumbre y la penumbra, había un lugar donde permanecer.

 

El hombre abraza a su mujer. Afuera, las campanadas marcan las doce. La plaza está vacía. Adentro, la intimidad se torna en abrigo.

 

 


Diana Durán, 9 de marzo de 2026

 

 

 

 

UNA ROSA EN LA DESPEDIDA

 

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UNA ROSA EN LA DESPEDIDA

 

La despedida fue dolorosa. Te ibas al sur después de dos años de noviazgo adolescente, entre cartas que cruzaban el aire como suspiros, fiestas de quince, besos tímidos y abrazos interminables. Entre poemas garabateados en los márgenes de los cuadernos y paseos por la calle Santa Fe, donde el mundo parecía nuestro. Lo era.

 

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Corría el año 1982. La Guerra de las Malvinas había comenzado. Territorio irredento. Del lado argentino, una dictadura que nos robaba el futuro; del británico, una gobernante férrea, "la Thatcher" y el poderío del imperio. Decían que la guerra era necesaria, posible, legítima.  Yo, con mis dieciocho años, sabía que ninguna guerra lo era. Y vos, ¿lo sabías?

 

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Recorrerás todos los trasiegos, desandarás mil itinerarios. Te arrastrarás en el lodo de los campos de batalla, dormirás bajo la luz temible del fuego enemigo. En cavernas improvisadas, apenas descansarás, sin amparo, sin refugio, sin aliento.

Te moverás junto a otros soldados, helado, sin el uniforme que merecías, sin órdenes fehacientes. Estoy segura de que el temor te acompañará. Entre cañadones secos y lomadas bajas, entre pastizales ariscos y “ríos de piedras”, como si la Patagonia se hubiera enfurecido en la Isla Soledad. ¿Ese paisaje indómito será tu último horizonte?

 

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Hoy soñé que vuelvo; que bajo del barco y vos estás ahí, con una rosa en la mano.

Yo sueño que volvés; que me abrazás como antes; que me contás todo; pero despierto con el silencio.

Hace frío; no como el de invierno, sino ese que se mete en los huesos y en el alma; a veces logro cerrar los ojos muy fuerte; entonces vuelvo a Santa Fe, a tus poemas tiernos, a tus abrazos cálidos.

Yo escribo para vos; aunque no sé si lo leerás; aunque no conciba dónde estás; cada palabra es un intento de alcanzarte.

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En la Isla Soledad se libraron los enfrentamientos más crudos: en las cercanías de Puerto Argentino, en el Estrecho de San Carlos, en los montes que rodeaban la fugaz capital. Desembarcos, combates cuerpo a cuerpo, ataques aéreos y navales. Todo culminó con la rendición argentina, pero no con el fin del dolor.

Monte Longdon. Allí fue la batalla más encarnizada, la más brutal. Del 11 al 12 de junio de mil nueve ochenta y dos. Cuerpo a cuerpo, sin tregua. Vos estabas ahí. Allí ibas a caer. Yo no lo supe hasta mucho después.

Estuviste entre los seiscientos cuarenta y nueve soldados que no volvieron. Y yo fui quien al despedirte no me percaté de que era la última vez. Y vos, ¿lo sabías?

 

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Tuve que separarme porque no había otra posibilidad. La guerra te esperaba, y yo me preguntaba: ¿qué sentido tenía? Eras mi espejo, mi norte, mi rienda, mi amado.

Ese día, antes de partir, me regalaste una rosa envuelta en una poesía sencilla. La rosa se secó, se descoloró con el paso del tiempo, pero no perdió el alma. Vive ahora entre dos hojas del libro de Benedetti que leíamos juntos, como un relicario de tu esencia.

Esa flor, aún seca, aún pergamino, es mi rosa. Fue gesto de tu alma y es el inconsolable símbolo de tu presencia en las tierras de la Isla Soledad.

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No me olvides; aunque el tiempo avance, aunque el duelo se transforme en aceptación; yo soy esa rosa; soy el gesto, la esencia, tu temprano amado.

No te olvido; te hablo cada vez que abro el libro; cada vez que miro la flor. Cada vez que escribo y te recuerdo, aún muchos años después.

La rosa vive; la memoria también.

 

© Diana Durán, 25 de octubre de 2025

LA CASA DE GOYA

 


El frente de la Casa de Goya, hoy. Street View.

LA CASA DE GOYA

De niños amábamos ir a Goya. El sol, la arena y el cálido Paraná eran los protagonistas del verano. En ese entonces, la ciudad se denominaba la pequeña París, por su vida cultural, su arquitectura afrancesada y sus costumbres refinadas. Viajábamos desde Buenos Aires en vapor, el Cabo Corrientes. El barco tenía camarotes con baño privado, salón comedor y cubiertas para pasear mirando el río. Allí, mamá ataba a mi hermano a un mástil, temiendo que se cayera por la borda de tan terrible que era.

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Miro por el visor la entrada de Caá Guazú. Las paredes están muy deterioradas. La puerta grande se transformó en garaje. El algarrobo de la vereda está esquelético; apenas lo viste una raída copa. Una voz extraña que no sé de dónde procede me dice, ¿volviste?, a lo que yo respondo turbada, siempre te recuerdo.

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La casa de la abuela Francisca era un verdadero castillo para nuestra visión infantil. No por lujosa, sino por su aspecto para chicos de departamento. El comedor tenía una mesa para doce comensales, un reloj que daba campanadas solemnes, sillas de madera tapizadas, cuadros al óleo, vajilla de plata y jarrones de porcelana.

En el centro de la casa, un jardín inmenso lleno de plantas y árboles frutales, dos de los cuales el abuelo nos asignó como tesoros: el de quinotos era mío; el limonero, de mi hermano. Nos sentíamos poderosos. En el medio del jardín había un aljibe circular, con paredes y piso de ladrillos. El brocal de mármol tenía un arco de hierro repujado, por donde pasaba una roldana con la soga y el balde de donde tomábamos un agua deliciosa.  Mi hermano y yo solíamos asomarnos y tirar alguna piedra pequeña para escuchar el eco que producía al caer.

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Toco el timbre y espero. El sol de la siesta correntina me envuelve como antes. Sale una señora mayor, amable, aunque distante. Le cuento mi historia con ánimo. Ella sonríe levemente, pero su respuesta me desarma: ya no hay jardín; solo un pequeño patio central. Me cuesta imaginarlo, si era el corazón de la casa. ¿Cómo se puede destruir algo tan bello? me pregunto. Ya no están el limonero, ni el árbol de quinoto; los frutales son sucios, dice la mujer con firmeza; ahora tenemos hermosas macetas de cemento, ordenadas y limpias, con helechos y palmeras. Siento que algo se hunde bajo mis pies. Como si mis recuerdos se hubieran desplomado junto a troncos y follajes.

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Las habitaciones cerradas guardaban tabaco. No sabíamos entonces que de allí salía una renta importante. Solo nos llamaba la atención el olor intenso cuando corríamos por la galería. La cocina era vieja, pero en ella la abuela preparaba manjares. No sé cómo se limpiaba semejante caserón, pero sí sé que las mujeres de la familia no lo hacían. Había criadas, tres o más, que mantenían todo pulcro y brillante.

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¿Y el aljibe? interrogo bastante inquieta, porque la mujer no me deja atisbar los ambientes que recuerdo con tanta claridad.  Ya no se usa; lo taparon. Me duele tanto, como si hubieran destruido el hito más significativo de la casa.

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La abuela me había contado que el bisabuelo, marino mercante, enseñaba la gravedad girando en el aire un balde lleno de agua. Creo que de allí nació mi vocación geográfica. También el bisabuelo había dado clases de geografía sin ser profesor, y se hacía anunciar en los pueblos cercanos con banda de música incluida. Todo un personaje de época.

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¿Sabía que aquí mi bisabuelo enseñaba a los vecinos?; lo hacía muy bien, con brújula y mapas, afirmo queriendo dejar una huella. No, pero me gusta esa historia, responde la señora a la que nunca pregunté su nombre, ni su relación con la casa.

También vivía aquí un señor llamado Dante; residía en el fondo y cuidaba el sector cultivado de maíz, mangos y mamones, esos que trepaban el alambre tejido; con los frutos hacían dulces. La miro fijo como si quisiera que comprendiera la importancia de mi presencia. Ah, imagino que ese señor habrá vivido en el terreno de atrás; hace mucho se vendió a una familia de Resistencia que adquirió el lote cultivado; ahora es una quinta de fin de semana.

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No quiero oír más. Saludo brevemente y me alejo de la casa. No quiero llorar, pero me quiebro y sollozo. Descubro que mi pasado infantil ha sido borrado sin pena ni gloria de la historia de esa casona. Me doy cuenta de que es así y no hay retorno.

Mientras camino de regreso al hotel una voz me susurra al oído. Aún guardo tus pasos en la galería. Y yo recuerdo tu perfume de tabaco y azahares. Entonces comprendo que todos esos recuerdos están en mí y me integran, así como, de algún modo, yo formo parte de esas paredes tan queridas.


© Diana Durán, 22 de octubre de 2025

DOS DESTINOS

 


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DOS DESTINOS

Les pido a mis padres ir a la academia de baile, pero como son muy exigentes, me dicen que la condición es estar siempre en el cuadro de honor. Para eso estudio mucho. También me gusta la gimnasia, pero, por sobre todas las cosas, me encanta bailar. En el club bailo folklore. Así me siento feliz. También actúo en “Pedro y el Lobo”, en donde hago de pájaro y parece que vuelo.

Empiezo a ir una vez por semana a danzas, pero también tengo que seguir yendo, enfrente de casa, a lo de la señorita Matilde. Me enseña piano. Todo para que mi papá esté contento de que alguna vez pueda tocar para él. A mí no me gusta el piano, repetir escalas de siete notas del do al si y del si al do, veinte veces y de nuevo. Me cansa mucho. Creo que Matilde sabe que no me gusta. Cuando tenía cuatro años fui a su casa a aprender a leer y escribir, por eso me aburrí en primer grado. En cambio, el baile nunca me cansa.

Te mandaba al jardín, Alejandra, y allí te sentías siempre tan segura, tan liviana. Como si el mundo fuera tu escenario, como si no existiera el suelo. Pudiste aprender a leer y escribir muy chiquita cuando tu madre te trajo a mi casa, pero yo sabía que lo que querías era bailar. Pensaba, como tu maestra particular, que el esfuerzo debía tener límites. Me preguntaba si tu cuerpo podía sostener tanto deseo. Te veía moverte como si no pesaras. Y me daba miedo por lo que vendría cuando descubrieras que no todos los deseos se cumplen.

Voy solo una vez por semana a danzas porque lo principal es estudiar en el colegio y practicar piano. En la academia empecé con las posiciones: primera, segunda, tercera, cuarta y quinta. La que más me gusta es la cuarta, porque desde allí salen los pasos más hermosos, los que me hacen volar y caer con gracia. Creo que algún día podré usar las zapatillas de punta. Aprendo plié, demi-plié y grand-plié; relevé y jeté. Y el mejor, el pas de chat que quiere decir saltar como un gato. Yo me siento un pájaro cuando bailo en la academia, en casa, en cualquier momento y lugar, y con toda la música. En casa se escucha mucho clásico, aunque solo yo baile. Mi papá llega de trabajar y pone conciertos, fuerte, muy fuerte. Eso no me gusta tanto, pero bailo igual sin que nadie me vea en mi habitación, donde la música no se escucha tan alto.

A veces te mandaba al jardín. No para que jugaras, sino para que descansaras. Me agotaba tu inquietud. De esa manera quizás entendieras que los sueños no se consiguen solo bailando. Te miraba por la ventana y envidiaba tu intensa actividad. Yo también fui liviana alguna vez. Pero aprendí a quedarme quieta para ejecutar el piano. Siempre el piano.

El jardín de Matilde no es grande, pero cuando me escondo allí me parece enorme. Hay tréboles que se enredan con las violetas, margaritas que se asoman entre las piedras, y un jazmín que trepa por el cerco como si quisiera escapar. A veces me quedo mirando cómo caminan los bichitos de San Antonio por mi mano, o cómo las hormigas van en fila con sus inmensas hojas, o las mariposas vuelan entre las flores como si bailaran conmigo. Bailo entre las baldosas. Cuando busco los tréboles, no sé si estoy jugando, bailando o soñando. Me muevo como si hiciera un pas de chat, como si cada hoja fuera una nota de un ballet pensado para mí. A veces siento que el jardín es el escenario y la puerta de entrada, el telón. Me inclino, sonrío y saludo al público que me aplaude.

Te observaba en el jardín. Parecía que bailabas. No te decía nada. Pero sabía. Sabía que estabas buscando algo más que un trébol de la buena suerte. Yo, en cambio, nunca había hallado uno. Salía poco al jardín, siempre atada al piano, como en una prisión.

Una tarde encuentro un trébol perfecto. Se lo llevo corriendo. Matilde lo gira entre los dedos y dice sin mirarme: no todos los deseos se cumplen; algunos cambian por otros mejores. No entiendo bien por qué me dice eso, pero esa noche sueño que bailo en su jardín, con zapatillas de punta hechas de tréboles. De pronto, aparece una bruja con la voz de Matilde. Me dice que pare de bailar. Yo no quiero, pero las zapatillas se rompen y las hojas quedan tiradas. Me despierto con el corazón que late fuerte, hasta que me doy cuenta de que es solo un invento de mi cabeza.

Yo también soñé. Tuve muchas aspiraciones. Pero no las dije. Nunca las dije. Tampoco me esforcé en cumplirlas. Cuando era chica, también me obligaron a tocar. Decían que el piano ayudaba a ordenar la mente. Yo solo quería actuar ante el espejo, inventar canciones, recitar y cantar en público. Pero aprendí a quedarme sentada frente al teclado.

Hoy vuelvo transpirada y feliz de la clase de baile. Me tiro en el sofá con la malla y las zapatillas de media punta. Me quedo dormida. Mamá me despierta, parece enojada. Durante la cena, papá me dice: Alejandra, charlé con tu mamá y también con Matilde, que te conoce desde pequeña; decidimos que no vayas más a baile clásico, porque te agota y puede influir en tu rendimiento escolar. ¿Rendimiento escolar?, nunca había escuchado esas palabras, pero me imagino lo que quieren decir. Estallo en furia, me levanto de la mesa y les grito: ¿pero ustedes no entienden que yo quiero ser bailarina?, es lo único que me gusta. Pego un portazo y me voy a dormir. No puedo estar más enojada. No voy a volver a piano nunca más.

No quería que te doliera tanto. Pensé que era lo mejor. Pensé que te estaba cuidando. No creí que tus padres iban a tomar al pie de la letra mis recomendaciones. Exageré y me afligió verte tan triste frente al piano, hasta que al poco tiempo dejaste de venir.

Los años pasan. Ya no soy esa nena que acepta, ahora tengo dieciséis y, a fuerza de mucho insistir, pude seguir en la academia. Cada vez que camino frente a la casa de Matilde, miro su jardín. Ya no busco tréboles de cuatro hojas, pero algo en ese enredo de plantas me hace pensar que hay deseos que no desaparecen, sino que se cubren con otras hojas. El mío escapó como el jazmín por el cerco. Entonces sonrío y siento que soy feliz cada vez que hago un pas de quatre o participo en un ballet.

Te veo a través de la ventana, Alejandra. Caminas por la vereda de enfrente con la redecilla en el cabello, los pasos cortos, la postura recta y el cuerpo erguido. Entonces sé que estás cumpliendo tu sueño. En cambio, yo sigo aquí, en silencio, añorando el mío. Por unos segundos veo mi cara reflejada en el cristal: se notan los surcos de mi frente y una mirada apagada y perdida. Entonces, reniego de mí misma porque alguna vez, aunque nadie lo supiera, quise dejar la tiranía del piano y ser una actriz famosa.

 

 

© Diana Durán, 13 de octubre de 2025

 

LA BIBLIOTECA DEL SILENCIO

 


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LA BIBLIOTECA DEL SILENCIO

Mi padre leía hasta en francés. Leía como si no viviera con nosotros, como si el sillón Berger fuera una cápsula que lo aislara en otro tiempo. A veces lo acompañaba una sinfonía estridente; otras veces, el silencio. Yo lo observaba desde el umbral del living, sin atreverme a interrumpir. Los libros que sostenía tenían títulos largos, difíciles, en idiomas que yo no comprendía. À la recherche du temps perdu, decía uno. Yo no sabía qué significaba, pero el título me parecía una promesa: buscar el tiempo perdido, me tradujo la abuela. ¿Cuál tiempo?, ¿el suyo?, ¿el mío?

Las bibliotecas de madera brillaban como si fueran de bronce. Enciclopedias, diccionarios, novelas en papel biblia, colecciones completas de Emecé y Losada. Todo estaba ahí, al alcance de la mano, pero fuera de mi mundo.

Mi padre nunca me ofreció un libro. Su biblioteca era suya. Su lectura, un ritual privado. Yo era apenas una sombra que pasaba con sigilo. Mi madre estaba ocupada con la casa. Mi hermano vivía en movimiento. Yo me quedaba quieta, mirando los lomos de los libros como quien mira una puerta cerrada.

Fue mi abuela materna quien me enseñó que los libros podían hablar. No ellos, en realidad, sino las historias. Sentada en una silla de madera torneada, como si fuera un trono, nos narraba cuentos con una entonación que convertía cada palabra en música. La Cenicienta, La Bella Durmiente, Pulgarcito. Mi hermano y yo la escuchábamos. Era la reina de la imaginación. Ella no tenía una gran biblioteca, pero tenía voz. Y eso bastaba.

A los nueve años, empecé a leer sola. Tom Sawyer, Huckleberry Finn, Heidi. Esa edición de Heidi que aún conservo, con ilustraciones de la niña y su abuelo en el establo oscuro; parecía un espejo de la relación con mi abuelo. Él solo leía en griego, pero sabía contar historias de guerra, de barcos, de tierras lejanas. Era mi héroe natural. Mi padre, en cambio, era un lector sin palabras.

Después vinieron Mujercitas, Señoritas, Hombrecitos. Yo leía y releía la escena en la que Jo se cortaba el pelo para ayudar a su familia. Su única belleza, habían dicho. Ese gesto me había conmovido profundamente. Era un acto de amor, de entrega, de rebeldía. Como si Jo hiciera lo que mi padre nunca concibió, mirar hacia afuera, ofrecer algo de sí.

La adolescencia fue el momento en que empecé a leer, cuando me quedaba sola, lo que no estaba destinado a mí. No porque alguien lo prohibiera explícitamente, sino porque esos libros parecían reservados para otro tipo de lector: uno más erudito, más adulto, más masculino. Yo los tomaba igual. Me sentaba en el suelo, con las piernas cruzadas, y abría los tomos de François Mauriac, de Flaubert, de Simone de Beauvoir. Leía sin entender del todo, pero con una intuición que me guiaba. Madame Bovary me habló de una mujer que buscaba algo más allá de su entorno, y aunque no entendía sus decisiones, comprendía su hastío.

También descubrí a Pearl Buck y su saga de La buena tierra. Esa historia de campesinos chinos, de mujeres silenciadas, de hijos que se alejan, me pareció extrañamente cercana. Fue el primer libro que me hizo pensar en la escritura como oficio. No solo como escape, sino como forma de mirar el mundo.

Con el tiempo entendí que no era la lectura lo que nos separaba, sino el modo en que él la habitaba. Para mi padre, leer era un acto solitario, un escondite. Para mí, leer era una forma de acercarme a los demás. A mi abuela, a mi abuelo, a los personajes que me hablaban desde las páginas.

Nunca me ofreció un libro. Nunca me preguntó qué estaba leyendo. Y, sin embargo, su biblioteca fue el lugar donde me formé. Me apropié de sus libros como quien se apropia de una herencia no reconocida. No por reclamo, sino por necesidad.

A veces pienso que si me hubiera dicho una sola vez este libro te puede gustar, todo habría sido distinto. Pero no lo hizo. Y yo aprendí a leer sola. Aprendí a buscarme en los libros. Mucho después, aprendí a escribir para no desaparecer.

 

 

Hoy, cuando entro a mi biblioteca, no busco títulos difíciles ni idiomas ajenos. Busco el eco de aquella niña que se acercaba a los estantes sin saber qué elegir. La que abría tomos pesados con la esperanza de encontrar una señal, una mirada, una invitación.

Ya no me duele que mi padre no me haya ofrecido un libro. Aprendí que hay silencios que no se rompen con palabras, pero que pueden transformarse en gestos propios. Él me enseñó, sin saberlo, que los libros pueden ser refugio, pero también frontera. Yo elegí convertirlos en un puente. Puentes como liebres, escribió Mario Benedetti.

Hoy le digo a mis hijos, este libro te puede gustar. Y en ese gesto siento que cierro un círculo. Que la biblioteca ya no es un lugar vedado, sino un territorio abierto. Que el silencio de mi infancia se ha convertido en voz.

Tal vez mi padre nunca supo que yo leía sus libros a escondidas. Tal vez nunca entendió que cada página robada era una forma de acercarme a él. No lo recuerdo con rencor. Porque sin saberlo, él me otorgó el deseo de leer. Y ese deseo, ahora, es mío. Y lo comparto.


© Diana Durán, 15 de setiembre de 2025

 

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