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EL SILENCIO DE LOS PÁJAROS

 

Arroyo Las Piedras. Villa Ventana. Fotografía: Héctor Correa

 EL SILENCIO DE LOS PÁJAROS

Todo comenzó con los aullidos de dos perros que rompieron la calma de una noche de septiembre. El barrio, habitualmente sereno, apenas se animaba de día con las voces de las vecinas y el paso de los niños que volvían de la escuela. De noche, el silencio era casi absoluto. Pero esa vez, los ladridos irrumpieron como un tajo en la quietud.

Al principio pensé que se cansarían pronto. Me refugié en los cronopios de Cortázar, buscando que sus absurdos me distrajeran. Sin embargo, cada página se mezclaba con el eco de los perros, y las criaturas imaginarias parecían burlarse de mi insomnio. Pasaron dos horas. Cuando abandoné la lectura, los aullidos seguían allí, más insistentes, más penetrantes.

Al amanecer, el gallo de la otra cuadra cantó con una fuerza exagerada, como si quisiera vengar la vigilia de la noche. Preparé unos mates para calmar la ansiedad y volví a la cama, donde mi esposo dormía plácidamente, ajeno a mi desvelo. A la madrugada, comenzaron los pájaros. Primero los zorzales, luego los benteveos y los horneros. De día, las grotescas bandadas de loros barranqueros partieron desde los cables del centro y atravesaron el barrio chillando. Una plaga. Las torcazas completaron la sinfonía con su canto monótono. No había forma de escapar a aquella orquesta.

Me pregunté por qué esa noche no había podido conciliar el sueño. ¿Era culpa de los perros, o de los pájaros que parecían multiplicarse en mi oído? Durante dos noches más se repitió el proceso, aunque los perros se habían calmado. Ahora eran el gallo y los pájaros. Probé con tilo, valeriana y manzanilla. Nada. Al final recurrí a una pastilla para dormir, algo que hacía años no se me cruzaba por la mente.

El sueño cortado continuó al llegar el fin de semana, mientras intentaba corregir exámenes. Las pilas de hojas se acumulaban, pero mi concentración era nula. Decidí salir a caminar al parque cercano. Allí me sorprendió el silencio. No había tijeretas en lo alto de los pinos, ni el churrinche inquieto que solía seguirme, ni las calandrias pastando en la hierba. El aire estaba vacío. Pensé que, quizá, yo misma había decidido no escuchar más pájaros y que, por una rara coincidencia, habían desaparecido.

Las noches siguientes fueron idénticas. El médico me recetó calmantes más fuertes y logré dormir de a ratos, pero la inquietud persistía. Le propuse a mi esposo unas vacaciones breves en Villa Ventana, nuestro refugio habitual. Partimos un viernes por la tarde. En el camino no vimos una sola loica. Expresé contrariada, con el avance de la soja, esto tenía que pasar; pobres pájaros, ya no tienen dónde habitar. Él pareció ignorarme, atento a la ruta; aunque luego contestó, ya vamos a ver pájaros, no te preocupes.

La villa nos recibió con su calma de siempre y el murmullo del arroyo Las Piedras, contiguo a la cabaña. Descubrí que allí tampoco había cantos. Ni jilgueros, ni siete colores, ni siquiera el graznido de los chimangos. Su ausencia me produjo aún más desvelo. Esa noche, el silencio fue áspero, casi mineral.

A la mañana muy temprano salí sola a caminar. No divisé nada: ni cabecitas negras sobre los cardos, ni viuditas entre los espinillos, ni benteveos sobrevolando el arroyo. No había una sola presencia alada. Descubrí, desesperanzada, que los pájaros se habían ido. No sabía a dónde, solo que su ausencia me inquietaba más que cualquier canto de mi pueblo.

 

 

Con el tiempo comprendí que los pájaros no se habían ido a otro lugar. Se habían retirado de mí, como si guardaran su música para el momento en que mi ánimo encontrara la calma. Descubrí que los pájaros eran, también, mi propio descanso, el latido que sostenía mi mundo interior.

Desde entonces, cada noche me pregunto a dónde van los pájaros. Cada madrugada, en el hueco que produce su silencio, ya no escucho el ruido de la vigilia, sino el leve batir de unas alas y los primeros gorjeos que ensayan en secreto el próximo amanecer.

© Diana Durán,10 de agosto de 2026

 

DÓNDE QUEDA EL DÓNDE

 


La plaza de Concepción del Uruguay. Street View


DÓNDE QUEDA EL DÓNDE

El tiempo lo cura todo, pensaba, pasarán los días, los meses, los años y la distancia terminará por diluir su rostro. Cuanto más remoto, mejor, le repetía a un amigo al borde del muelle. Decía que se iría muy lejos para no tropezar más con su sombra.

 

Concepción del Uruguay los alojaba a la vera del río. Apenas se cruzaban. El mundo se reducía a convergencias breves: unos minutos fugaces sin saludo ni gesto. Seguía el regreso inexorable a la soledad. Los encuentros eran mínimos pero implacables, suficientes para clausurar de golpe cualquier intento de reconstrucción.

 

Sin embargo, ahí estaban. Vivir en la misma ciudad los volvía cercanos y lejanos a la vez. Coincidían en los escenarios donde habían tejido una historia compartida. El andar lento por la Plaza Francisco Ramírez. La luz cálida del bar Siete Colinas. El rumor lejano del río al caminar por el boulevard hacia la ribera. La ciudad entera guardaba el eco de sus pasos, y él entendió que para huir de ella debía, primero, desarraigarse de sí mismo.

 

Tiempo después, aun habiendo partido a Paraná, lo perseguían el calor de las noches de amor, la fatiga de las tardes de encono irreconciliable y el acecho imprevisto de aquellas calles de encuentros involuntarios. Los recuerdos se negaban a desaparecer.

 

Paraná, aunque distinta, era una ciudad igualmente ribereña. Él comprendió entonces que no existía destierro capaz de borrar la historia compartida. La distancia no alcanzaba para fracturar una relación que había abierto surcos en su piel y apartar los lugares que, aun distantes, volvían a su memoria.

 

Caminar por la capital no le servía de nada. Ella superpoblaba lo cotidiano. Reaparecía intacta en el ala olvidada de una esquina, bajo la sombra umbría de la plaza, en las callejuelas estrechas del centro o en la bruma matinal del anchuroso río. Las imponentes barrancas naturales le devolvían los paisajes litorales que habían recorrido juntos.

 

Devorado por la ausencia, él se preguntaba una y otra vez: ¿dónde queda el dónde? ¿Persiste en la ciudad que se abandona, en los suburbios ribereños, en el recodo del camino donde la historia se había quebrado? ¿Dónde queda el dónde? ¿En el abismo del olvido, en la juventud compartida, en la memoria de los amigos lejanos?

 

Entonces debía irse para no encontrarla más. Aunque en el fondo sabía, con esa constancia que invoca el horizonte del río, que el dónde quedaría flotando para siempre en el aire de cualquier ciudad, como un eco que ningún viaje lograría extinguir.

 

Había decidido, al fin, emprender la partida definitiva.

 

 

© Diana Durán, 3 de agosto de 2026


PATIO DE MI INFANCIA

 


Imagen creada con IA

PATIO DE MI INFANCIA

… El patio es el declive
por el cual se derrama el cielo en la casa.

Un patio. Fervor de Buenos Aires.
Jorge Luis Borges

 

El patio de mis abuelos, luminoso y sereno, con la escalera empinada hacia el desván misterioso y la confusión de trastos viejos. Mi hermano y yo nunca supimos qué hacían allí tantos muebles apilados junto a la incierta mixtura de cajas de cartón. De pequeños no nos atrevíamos a entrar, solo espiábamos desde la puerta.

La terraza ardía en los eneros, alquitrán derretido bajo el sol. En un rincón, una vieja cocina desechada que para nosotros era nueva, porque adornábamos las paredes que la rodeaban pintándolas con tizas de colores. Allí cocinábamos, en una olla negruzca, las hojas arrancadas del fresno, el árbol que abrazaba el muro que daba a la calle.

En una esquina de la planta baja, el baño con su peligroso calefón eléctrico. En la pared lateral, las puertas de las habitaciones en galería. Al frente, la entrada con un mueble estrecho, perchero y guarda paraguas, flanqueado por sillones torneados de madera oscura.

Bajo un farol nos reuníamos en festín dominical: ravioles caseros y vino con soda. Seis voces hablando a la vez —abuelos, padres y pequeños hijos— alrededor de la comida que la abuela preparaba en su cocina mínima. No sé cómo lo lograba con tan poco espacio y recursos.

Bajo el cielo de Belgrano, el paraíso de mi infancia.

 

 

Hoy reproduzco ese patio en el mío, muchos años después. Entre plantas modernas y artesanías de viaje, me descubro pensando en la heladera de hielo, la cocina de hierro, las ollas de aluminio. Objetos humildes que son símbolos poderosos de aquella infancia dorada.

Me siento feliz en mi patio porque me trae el recuerdo de mi abuela y su cocina. Aunque no hornee como ella —sería imposible hacerlo—, su ternura, como raro sortilegio, templa mi cuerpo. La escucho todavía, como si me insistiera en un domingo cualquiera. Dianina, vení, que ya están los scones con manteca. Apurate, después jugaremos a las visitas.

 

© Diana Durán, 4 de mayo de 2026

INQUILINOS DEL ALMA

                                             



Fuente: Street View, modificada con IA

INQUILINOS DEL ALMA

 

Luis y Mariana habían sido inquilinos desde que se casaron. Pasaba el tiempo y no lograban superar esa condición. Al llegar los primeros días de cada mes, la urgencia de dinero se volvía una amenaza que los rondaba. ¿Ya juntaste lo del alquiler?, preguntaba ella con ansiedad. Sí, pero otra vez apenas nos alcanza; vamos a tener que acomodarnos; ya no vamos a arreglar, respondía él.

Vivían en un departamento de dos dormitorios en el barrio de Monserrat, casco histórico de la ciudad de Buenos Aires. El edificio era bastante anticuado, con techos altos y pisos de mosaico; frío en invierno por sus años, caluroso en verano por su orientación. Los amplios ambientes estaban unidos por un largo pasillo que le daba un aspecto vetusto. El exterior del edificio respiraba tiempos pasados con sus balcones de hierro, molduras y cornisas ornamentadas en las fachadas.

Ella se sentía infeliz. Las amistades cercanas y compañeros de trabajo de la pareja eran, en su mayoría, propietarios. Algunos habían heredado las viviendas de sus padres; otros habían conseguido comprar con préstamos a treinta años. En las reuniones, por alguna razón, el tema era recurrente y la comparación inevitable. Ella se sentía desdichada frente a los comentarios de redecoraciones o mudanzas. Nuestra familia nos regaló un chalet en Mar del Plata, estamos felices, contaba orgulloso un colaborador de Luis que ni siquiera ganaba más que él. Mariana bajaba la mirada, con un dejo de envidia. Nosotros seguimos alquilando, apenas se escuchaba su infeliz revelación. Nadie le respondía por consideración y, sin embargo, ella advertía las miradas socarronas.

Desde la infancia, los almuerzos dominicales con sus abuelos paternos habían estado marcados por la misma cantinela: los alquileres. El mes que viene van a aumentar otra vez, sentenciaba el abuelo; cada vez el alquiler es una parte mayor de mi jubilación. El apellido Marziotta, del renombrado dueño, parecía el de un personaje desalmado. La niña se iba a dormir la siesta, pero las conversaciones se escuchaban a través de las paredes. Luego se sucedía el acostumbrado, no podemos comprar, los alquileres están cada vez más caros, a lo que se sumaba el relato de la eterna codicia del dueño.

De allí nació su subestimación, la comparación perpetua con quienes tenían casa propia. Para Mariana la vida de inquilinos era una existencia atada de pies y manos. La falta de propiedad se había convertido en la fuente de tensiones, rabietas y, también en un gran estigma social.

Hubo un año, en épocas de la convertibilidad, en el que ella pensó que el destino podía cambiar. Consiguió una tarea extra en una empresa del mismo edificio donde trabajaba, y cada tarde, después de su jornada habitual, volvía a su hogar y pensaba en el gran proyecto de la vivienda propia. Ahorraba cada suma que le sobraba; a veces esos dineros ocultos se desvanecían por diversas razones: alguna que otra compra extra o la inflación de la economía.

Mariana se quedaba muchas noches despierta, mirando el techo alto del viejo departamento de Monserrat, mientras Luis dormía profundamente a su lado. Ella imaginaba que las molduras antiguas eran las cicatrices de otras familias, también inquilinas, que habían residido allí. Fantaseaba conque el largo pasillo era como un túnel de eterna espera, un corredor infinito que nunca le permitiría alcanzar sus deseos.

Si la cosa mejora, quizá podamos dar la seña para un terreno, le comentó a Luis una noche. Podría ser, pero sabés bien cómo es, siempre aparece un gasto extra; además, en este país no se entiende cuánto va a durar la estabilidad, contestó él, con el ánimo de disipar la esperanza; cada día la portera cuesta más, tiene un sueldo altísimo en comparación con cualquier profesional. Pero es muy servicial doña Delfina, yo la aprecio, siempre me saluda y trata como a una dama, refunfuñó Mariana. 

Pasaron tres años. Luis heredó la casa de sus abuelos, cedida por sus padres, pero al tratarse de una herencia no constituía un bien ganancial. Luego tuvo la oportunidad de comprar el departamento de Monserrat a bajo precio. Él lo escrituró con usufructo a favor de Mariana, aunque ella no se sentía propietaria. 

No te engañes, le dijo el marido en medio de una fuerte discusión, las peleas de siempre porque apenas habían podido pagar la escritura, pero no redecorar. Si quiero, revoco el usufructo y te quedás en la calle. Fue cruel y ella lo sintió como un despojo. Con mi sueldo apenas podría alquilar un departamento de un ambiente, lo sabés, le respondió entre lágrimas pensando en que el tenor de las discusiones trepaba al punto de la separación.

A pesar de los desencuentros, ella seguía soñando, ya casi como una manía. En un cuaderno dibujaba planos improvisados: una cocina moderna, la segunda habitación transformada en un escritorio con boiserie. Se imaginaba las paredes de blanco, las cortinas de colores, los muebles renovados. Cada página reunía sus anhelos convertidos en alfombrados, paletas de colores, mobiliario funcional, nuevas texturas, espejos que ampliaban los ambientes. El cuaderno se había convertido en una especie de diario donde escribía sus deseos más preciados.

Pero la realidad tronchó los sueños. La enfermedad de su madre le devoró todos sus ahorros, y el cuaderno de las aspiraciones no volvió a abrirse. La ilusión de la casa remodelada se desvaneció.

El tiempo transcurría, Monserrat progresaba y se renovaba como un área joven de nuevos emprendimientos urbanísticos; profesionales que buscaban estudios, jóvenes de otras provincias y turistas que preferían alquileres temporarios. Ellos permanecían en el mismo lugar, como si la vida los hubiera condenado a ser testigos de las aspiraciones ajenas.

Una mañana en la que ambos estaban trabajando, el diario trajo la noticia:

11 de julio de 2024. La Nación

Una mujer fue hallada muerta en su vivienda cuando los Bomberos acudieron a extinguir un incendio desatado en un edificio de dos cuerpos. El siniestro tuvo lugar en la madrugada de este jueves en el barrio porteño de Monserrat. La víctima era la portera y residía en la planta baja.

De acuerdo con los primeros reportes, el fuego comenzó en un departamento de planta baja del inmueble, ubicado en la calle México entre Santiago de Estero y San José, informaron las fuentes policiales consultadas.  Al arribar los paramédicos, los habitantes debieron ser oxigenados por inhalar humo, aunque no requirieron traslado.

 

El departamento de la pareja quedó ahumado, pero intacto. La noticia del fallecimiento de doña Delfina fue espantosa, más para Mariana que la apreciaba tanto.

Esa noche comprendió que el destino no era poseer paredes, sino habitar sus esperanzas. La verdadera casa estaba en su memoria, en los sueños que nunca se apagaban, en la persistencia de imaginar un lugar propio, aunque la realidad todavía se lo negara.

Así aceptó en su interior que el hogar deseado había sido una quimera: invisible, pero firme, indestructible, hecho de recuerdos y de planos nunca construidos. Una casa que no podía incendiarse porque se había construido solo en su alma.

Supo, con claridad dolorosa, que ese destino debía hallarlo sola, sin Luis, porque él nunca había sabido acompañarla.

© Diana Durán, 27 de abril de 2026

 



PERMANECER EN FLORES

 


Plaza Flores


 

PERMANECER EN FLORES

 

El hombre había nacido para permanecer. Su vida era un eterno y opaco transcurrir. Sus padres se habían separado cuando empezó la escuela primaria. Entonces, uno u otro lo buscaban al colegio. La madre lo llevaba a tomar un helado a la salida porque sabía que el niño sufría la separación. El padre, ausente, no siempre lo buscaba, fastidiado por tener que cumplir con el deber, y las autoridades debían llamar a la mamá que se irritaba por el abandono. Muchas veces había encontrado a su hijo desconsolado al lado de la maestra en la puerta del colegio.

El niño lo había sentido desde pequeño. Soy culpable del divorcio, concluyó una noche muy triste cuando la oscuridad del cuarto lo estremecía.

Su único reparo era la abuela materna que lo miraba tiernamente mientras le daba de comer tallarines caseros con tuco y natilla con caramelo de postre. Él se quedaba el fin de semana en su casa; allí lo esperaban cuentos de aventuras y duendes y la cama cálida y arropada. En las mañanas de domingo jugaba en la vereda de la cortada de Terradas con los niños de la vecindad.

En cambio, no había momentos felices en el encierro del oscuro departamento de dos dormitorios que su madre había alquilado luego de la separación. Su pieza era una especie de celda de aislamiento que daba al patio interior de paredes descascaradas del edificio.

Durante la semana, los únicos momentos al aire libre los pasaba a pocas cuadras de su casa, en la Plaza de Flores, arbolada y bulliciosa. Era un pulmón verde en medio del trajín urbano. Las sombras del imponente algarrobo refrescaban los bancos de hierro y el bullicio de los colectivos de la avenida Rivadavia se mezclaba con el pregón de los vendedores ambulantes. Allí escuchaba las campanadas de la Basílica de San José que le anunciaban cuando era la hora de volver a casa. Cuando el sol caía, el barrio cambiaba. Los trabajadores regresaban con paso cansino, las persianas metálicas de los negocios se cerraban con estrépito, y las calles se teñían de un gris melancólico. El eco de las campanadas de la Basílica de San José se expandía como un recordatorio de que la jornada había terminado.

En la adolescencia se tornó flaco y esmirriado; la nariz le creció aguileña y el acné cubrió su cara. Ese aspecto le valió el rechazo de sus compañeras que los preferían de tersos rostros. Tampoco era afecto a los deportes, por lo que difícilmente iba a crecer rodeado de amistades. Solo tenía una compañera de banco que lo apreciaba porque sabía resolver los problemas de trigonometría y memorizar las lecciones de historia; entonces terminaba pronto las pruebas y la ayudaba.

Al finalizar el secundario él se inscribió sin gran vocación en el profesorado de matemáticas. Una tarde se cruzó por casualidad con su excompañera en la biblioteca del instituto. Se saludaron de lejos. Ella estudiaba la tecnicatura en trabajo social, lo hacía sin disposición, solo por continuar algún estudio.

A los pocos días se volvieron a encontrar en una fiesta de estudiantes en la que ninguno de los dos se había animado a bailar. Fue en un rincón, entre copas y risas ajenas, donde comenzaron la relación. Descubrieron que compartían el mismo miedo al rechazo, la misma sensación de haber nacido para permanecer invariables. Esa opaca coincidencia los unió. Él reconoció a aquella chica parecida a sí mismo: callada, de mirada esquiva y aire de tristeza que lo atraía porque percibía en ella la misma soledad que lo había aislado desde niño. Ella, aunque tímida y huidiza, valoró que él la había auxiliado en los exámenes. 

Él no terminó el profesorado, ella tampoco su carrera. Con el tiempo se casaron, sin grandes festejos ni lujos, apenas una merienda en una confitería modesta de la calle Nazca.

La vida en común no fue fácil. Él consiguió trabajos administrativos mal pagos. Ella hacía lo posible como ama de casa por organizar con los escasos ingresos de su esposo el diminuto departamento de dos ambientes que alquilaban en la calle Bogotá, a dos cuadras de la plaza de siempre.

Los problemas económicos de los años ochenta se sumaron a las vanas discusiones, y la rutina se volvió un peso tedioso. Sin embargo, había momentos de ternura: cuando recordaban las anécdotas escolares, cocinaban juntos un plato sencillo o bromeaban sobre sus desdichas.

Las circunstancias los dañaban una y otra vez: sobre todo la imposibilidad de tener hijos, pero también la permanente escasez de dinero y la inseguridad creciente del barrio. Cada obstáculo parecía confirmar aquella sentencia que él había sentido desde pequeño: había nacido para permanecer en el mismo sino.

En medio de la adversidad, la presencia de ella fue, sin embargo, un refugio. Aunque discutieran, aunque a veces se hirieran con palabras, él sabía que compartían la misma herida de origen y que, de algún modo, se necesitaban para sobrevivir.

A veces pensaba que todo había sido inútil, que la tristeza de su infancia era un castigo eterno. Otras veces, en las noches, cuando el trasiego aminoraba y el barrio de tornaba en calma, sentía que había algo más: una compañía, una reserva, una rutina que los mantenía en pie.

No era felicidad, tampoco superación. Los sostenía la inercia que la vida les ofrecía. Era solo la certeza de que, en medio de la costumbre y la penumbra, había un lugar donde permanecer.

 

El hombre abraza a su mujer. Afuera, las campanadas marcan las doce. La plaza está vacía. Adentro, la intimidad se torna en abrigo.

 

 


Diana Durán, 9 de marzo de 2026

 

 

 

 

UNA ROSA EN LA DESPEDIDA

 

Imagen creada con IA

UNA ROSA EN LA DESPEDIDA

 

La despedida fue dolorosa. Te ibas al sur después de dos años de noviazgo adolescente, entre cartas que cruzaban el aire como suspiros, fiestas de quince, besos tímidos y abrazos interminables. Entre poemas garabateados en los márgenes de los cuadernos y paseos por la calle Santa Fe, donde el mundo parecía nuestro. Lo era.

 

…………………………

 

Corría el año 1982. La Guerra de las Malvinas había comenzado. Territorio irredento. Del lado argentino, una dictadura que nos robaba el futuro; del británico, una gobernante férrea, "la Thatcher" y el poderío del imperio. Decían que la guerra era necesaria, posible, legítima.  Yo, con mis dieciocho años, sabía que ninguna guerra lo era. Y vos, ¿lo sabías?

 

…………………………

 

Recorrerás todos los trasiegos, desandarás mil itinerarios. Te arrastrarás en el lodo de los campos de batalla, dormirás bajo la luz temible del fuego enemigo. En cavernas improvisadas, apenas descansarás, sin amparo, sin refugio, sin aliento.

Te moverás junto a otros soldados, helado, sin el uniforme que merecías, sin órdenes fehacientes. Estoy segura de que el temor te acompañará. Entre cañadones secos y lomadas bajas, entre pastizales ariscos y “ríos de piedras”, como si la Patagonia se hubiera enfurecido en la Isla Soledad. ¿Ese paisaje indómito será tu último horizonte?

 

…………………………….

Hoy soñé que vuelvo; que bajo del barco y vos estás ahí, con una rosa en la mano.

Yo sueño que volvés; que me abrazás como antes; que me contás todo; pero despierto con el silencio.

Hace frío; no como el de invierno, sino ese que se mete en los huesos y en el alma; a veces logro cerrar los ojos muy fuerte; entonces vuelvo a Santa Fe, a tus poemas tiernos, a tus abrazos cálidos.

Yo escribo para vos; aunque no sé si lo leerás; aunque no conciba dónde estás; cada palabra es un intento de alcanzarte.

…………………………….

 

En la Isla Soledad se libraron los enfrentamientos más crudos: en las cercanías de Puerto Argentino, en el Estrecho de San Carlos, en los montes que rodeaban la fugaz capital. Desembarcos, combates cuerpo a cuerpo, ataques aéreos y navales. Todo culminó con la rendición argentina, pero no con el fin del dolor.

Monte Longdon. Allí fue la batalla más encarnizada, la más brutal. Del 11 al 12 de junio de mil nueve ochenta y dos. Cuerpo a cuerpo, sin tregua. Vos estabas ahí. Allí ibas a caer. Yo no lo supe hasta mucho después.

Estuviste entre los seiscientos cuarenta y nueve soldados que no volvieron. Y yo fui quien al despedirte no me percaté de que era la última vez. Y vos, ¿lo sabías?

 

…………………………….

 

Tuve que separarme porque no había otra posibilidad. La guerra te esperaba, y yo me preguntaba: ¿qué sentido tenía? Eras mi espejo, mi norte, mi rienda, mi amado.

Ese día, antes de partir, me regalaste una rosa envuelta en una poesía sencilla. La rosa se secó, se descoloró con el paso del tiempo, pero no perdió el alma. Vive ahora entre dos hojas del libro de Benedetti que leíamos juntos, como un relicario de tu esencia.

Esa flor, aún seca, aún pergamino, es mi rosa. Fue gesto de tu alma y es el inconsolable símbolo de tu presencia en las tierras de la Isla Soledad.

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No me olvides; aunque el tiempo avance, aunque el duelo se transforme en aceptación; yo soy esa rosa; soy el gesto, la esencia, tu temprano amado.

No te olvido; te hablo cada vez que abro el libro; cada vez que miro la flor. Cada vez que escribo y te recuerdo, aún muchos años después.

La rosa vive; la memoria también.

 

© Diana Durán, 25 de octubre de 2025

LA CASA DE GOYA

 


El frente de la Casa de Goya, hoy. Street View.

LA CASA DE GOYA

De niños amábamos ir a Goya. El sol, la arena y el cálido Paraná eran los protagonistas del verano. En ese entonces, la ciudad se denominaba la pequeña París, por su vida cultural, su arquitectura afrancesada y sus costumbres refinadas. Viajábamos desde Buenos Aires en vapor, el Cabo Corrientes. El barco tenía camarotes con baño privado, salón comedor y cubiertas para pasear mirando el río. Allí, mamá ataba a mi hermano a un mástil, temiendo que se cayera por la borda de tan terrible que era.

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Miro por el visor la entrada de Caá Guazú. Las paredes están muy deterioradas. La puerta grande se transformó en garaje. El algarrobo de la vereda está esquelético; apenas lo viste una raída copa. Una voz extraña que no sé de dónde procede me dice, ¿volviste?, a lo que yo respondo turbada, siempre te recuerdo.

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La casa de la abuela Francisca era un verdadero castillo para nuestra visión infantil. No por lujosa, sino por su aspecto para chicos de departamento. El comedor tenía una mesa para doce comensales, un reloj que daba campanadas solemnes, sillas de madera tapizadas, cuadros al óleo, vajilla de plata y jarrones de porcelana.

En el centro de la casa, un jardín inmenso lleno de plantas y árboles frutales, dos de los cuales el abuelo nos asignó como tesoros: el de quinotos era mío; el limonero, de mi hermano. Nos sentíamos poderosos. En el medio del jardín había un aljibe circular, con paredes y piso de ladrillos. El brocal de mármol tenía un arco de hierro repujado, por donde pasaba una roldana con la soga y el balde de donde tomábamos un agua deliciosa.  Mi hermano y yo solíamos asomarnos y tirar alguna piedra pequeña para escuchar el eco que producía al caer.

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Toco el timbre y espero. El sol de la siesta correntina me envuelve como antes. Sale una señora mayor, amable, aunque distante. Le cuento mi historia con ánimo. Ella sonríe levemente, pero su respuesta me desarma: ya no hay jardín; solo un pequeño patio central. Me cuesta imaginarlo, si era el corazón de la casa. ¿Cómo se puede destruir algo tan bello? me pregunto. Ya no están el limonero, ni el árbol de quinoto; los frutales son sucios, dice la mujer con firmeza; ahora tenemos hermosas macetas de cemento, ordenadas y limpias, con helechos y palmeras. Siento que algo se hunde bajo mis pies. Como si mis recuerdos se hubieran desplomado junto a troncos y follajes.

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Las habitaciones cerradas guardaban tabaco. No sabíamos entonces que de allí salía una renta importante. Solo nos llamaba la atención el olor intenso cuando corríamos por la galería. La cocina era vieja, pero en ella la abuela preparaba manjares. No sé cómo se limpiaba semejante caserón, pero sí sé que las mujeres de la familia no lo hacían. Había criadas, tres o más, que mantenían todo pulcro y brillante.

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¿Y el aljibe? interrogo bastante inquieta, porque la mujer no me deja atisbar los ambientes que recuerdo con tanta claridad.  Ya no se usa; lo taparon. Me duele tanto, como si hubieran destruido el hito más significativo de la casa.

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La abuela me había contado que el bisabuelo, marino mercante, enseñaba la gravedad girando en el aire un balde lleno de agua. Creo que de allí nació mi vocación geográfica. También el bisabuelo había dado clases de geografía sin ser profesor, y se hacía anunciar en los pueblos cercanos con banda de música incluida. Todo un personaje de época.

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¿Sabía que aquí mi bisabuelo enseñaba a los vecinos?; lo hacía muy bien, con brújula y mapas, afirmo queriendo dejar una huella. No, pero me gusta esa historia, responde la señora a la que nunca pregunté su nombre, ni su relación con la casa.

También vivía aquí un señor llamado Dante; residía en el fondo y cuidaba el sector cultivado de maíz, mangos y mamones, esos que trepaban el alambre tejido; con los frutos hacían dulces. La miro fijo como si quisiera que comprendiera la importancia de mi presencia. Ah, imagino que ese señor habrá vivido en el terreno de atrás; hace mucho se vendió a una familia de Resistencia que adquirió el lote cultivado; ahora es una quinta de fin de semana.

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No quiero oír más. Saludo brevemente y me alejo de la casa. No quiero llorar, pero me quiebro y sollozo. Descubro que mi pasado infantil ha sido borrado sin pena ni gloria de la historia de esa casona. Me doy cuenta de que es así y no hay retorno.

Mientras camino de regreso al hotel una voz me susurra al oído. Aún guardo tus pasos en la galería. Y yo recuerdo tu perfume de tabaco y azahares. Entonces comprendo que todos esos recuerdos están en mí y me integran, así como, de algún modo, yo formo parte de esas paredes tan queridas.


© Diana Durán, 22 de octubre de 2025

EL SILENCIO DE LOS PÁJAROS

  Arroyo Las Piedras. Villa Ventana. Fotografía: Héctor Correa   EL SILENCIO DE LOS PÁJAROS Todo comenzó con los aullidos de dos perro...