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NACER EN LA PUNA

 


Street View. Entrada a Olacapato por la RN 51

NACER EN LA PUNA

Tierra árida, resquebrajada y desierta. Un páramo de rojos, amarillos, naranjas, en el suelo. Azul en el cielo. Tan azul como los lagos patagónicos, el mar de Plitvice en Croacia, o la cueva de Melissani en Grecia, donde el agua es tan pura que absorbe todos los colores y refleja un zafiro profundo. Ese cielo azul se une al arcaico mar que cubrió la Puna hace sesenta y cinco millones de años.

Allí nací, a cuatro mil metros de altura, en Olacapato, Salta: un caserío lejano y aislado del mundo. Tierra de crianceros de llamas. Casas de adobe, escuela y capilla. La entrada no se ve: apenas está donde dobla la ruta cincuenta y uno en una rotonda sin cartel. Ni un árbol; solo asoman pastos espinosos y el arroyo que suele bajar congelado. Por aquí ya no pasa el ferrocarril Belgrano que traía el hierro de Chile; cada día más aislamiento. Mi pueblo se encuentra en un valle rodeado de un cordón montañoso de volcanes inactivos y cerros de más de cinco mil metros de altura, en las cercanías del Salar de Cauchari. Cuando descubrieron el litio, algunos marcharon a trabajar en la extracción. El lugar más cercano es San Antonio de los Cobres, a sesenta kilómetros. El mismo paisaje.

Sofía Choque, mi madre, es la dueña del parador por donde desfilan camioneros y otros viajantes. No somos más que doscientas almas en este erial de altura.

Cuando terminé la escuela partí a San Antonio de los Cobres. De allí sale el Tren de las Nubes cada mañana y regresa al atardecer. Yo fui uno de los pasajeros. Cada estación es un espejo de pueblos de adobe, mercados polvorientos y voces parecidas a las de Olacapato. En San Antonio hice el secundario. Me refugiaba en los libros, sin descanso, como si en sus páginas pudiera hallar mi destino. Siempre solo. Intenté afincarme, pero no pude. Seguí trajinando, como si el andar por los caminos fuera más fuerte que yo.

Cuanto más me alejaba, más me perseguía la pregunta: ¿qué porvenir puede tener un hombre nacido en la Puna? En varios pueblos me hablaron del litio. En Tucumán me dijeron que el turismo era un buen quehacer, lo intenté, pero no pude: me llamaban los caminos. Seguí errando hacia la gran ciudad: Buenos Aires.

En cada sitio el cielo me devolvía el azul ultramar, como si la Puna viajara conmigo. La travesía no era hacia adelante, sino hacia adentro. Yo buscaba un lugar, pero lo que encontraba era mi propio rostro dibujado en las nubes. Era un peregrino que volvía a partir.

En Buenos Aires, cada día era un combate. El puerto me recibió con su niebla espesa; las bolsas que descargaba pesaban más que las rocas de la Puna, y cada jornada el cansancio me recordaba que estaba lejos de mi origen. Las calles eran una muestra infinita de rostros indiferentes. A veces, en medio del bullicio, me sorprendía un silencio brutal: el mismo que había conocido en Olacapato, cuando el viento se detenía.

La vida en la ciudad consistía en resistir la soledad y la nostalgia. Mi destino estaba suspendido en el aire, como el Tren de las Nubes detenido en un viaducto ficticio. Comprendí que la desdicha no estaba en los lugares que atravesaba, sino en mí mismo.

 

 

Una noche, bastante tiempo después de mi arribo a la metrópolis, mientras barría el piso de un café de San Telmo, entró un hombre mayor. Tenía la piel curtida y las manos ajadas. Pidió un café y se quedó mirándome fijo.

—¿De dónde sos, chango? —me preguntó con una tonada que, por familiar, me apretó el pecho.

—De Olacapato —respondí bajito, como quien dice un secreto. Nunca me lo habían preguntado.

—¿De Olacapato? Yo anduve por ahí hace unos diez días. Manejo un camión que cruza a Chile por la cincuenta y uno. Paré a tomar una caña en lo de doña Sofía Choque.

Sentí que el piso del café se tambaleaba como el Tren de las Nubes en un puente. El hombre metió la mano en el bolsillo de su campera y sacó una tela de piel de llama gastada.

—Me dijo la Sofía que, si cruzaba a un puneño con ojos tristes, le diera esto. El parador está lleno de hombres que trabajan en el litio. La vieja está cansada, ya no le da más el cuerpo. Si sos quien pienso, te anda extrañando fiero. Me machacó que ya caminaste demasiado lejos.

Apreté la lana contra mi mano. Cuántos retazos habrá entregado a los viajeros, me pregunté. Comprendí que mi marcha había sido inútil. Mi destino no estaba en perderme en lugares ajenos, sino en regresar a la altura donde el cielo y el antiguo mar se abrazan.

Emprendí el regreso. La última etapa, camino hacia Olacapato, fue un ascenso lento, cansino, como si la tierra quisiera probar mi resistencia. El viento me golpeaba con furia, y cada curva de la ruta cincuenta y uno parecía alejarme del destino. Cuando por fin apareció el caserío, sentí que el rancho me estaba esperando. Lloré como nunca.

Doña Sofía salió del parador con las manos temblorosas. No hizo falta palabra, solo el abrazo. El viaje terminó en el mismo lugar donde había empezado, pero ahora era distinto: ya no era un errante, era un hijo que volvía a su tierra. La Puna siempre había sido mi destino.

 

© Diana Durán, 20 de julio de 2026

LOS JUGUETES DESEADOS

 


Imagen de IA

LOS JUGUETES DESEADOS

Santa Claus y los elfos construían apesadumbrados los juguetes de la Navidad de 2030 en el extremo norte del mundo. Ellos eran más analógicos que digitales, por lo que les gustaba el universo de los juegos concretos hechos en madera, plástico o tela, y no tanto los virtuales. Sin embargo, habían decidido superar a Minecraft en los juegos de construcción de bloques y supervivencia; y a Fortnite en los de aventuras de mundos imaginarios.

En esos tiempos, los niños del mundo desarrollado ya no se interesaban por los rompecabezas, las pelotas de fútbol o las bicicletas. Las niñas no se entretenían con muñecas, ni armaban casitas, ni se disfrazaban de princesas. En realidad, los chicos ya no jugaban; pasaban la mayor parte del día observando pantallas.

Los patios permanecían vacíos y las plazas parecían decorados abandonados. Muchos niños apenas conocían a quienes vivían en su misma calle. Algunos nunca habían trepado a un árbol ni corrido detrás de una pelota. Hasta los más pequeños se mantenían inmóviles frente a los dispositivos electrónicos que registraban cada uno de sus hábitos.

Los padres tampoco parecían preocuparse demasiado. Estaban absorbidos por apuestas, inversiones y mercados digitales que funcionaban las veinticuatro horas. En muchas casas, las conversaciones familiares habían sido sustituidas por mensajes enviados desde una habitación a otra.

Era el invierno más crudo de los últimos años en Laponia. Las temperaturas descendían a treinta grados bajo cero y las tormentas de nieve lo sepultaban todo. Mientras tanto, en el hemisferio meridional, se alcanzaban extremos inimaginables. El planeta parecía haber perdido el equilibrio.

Sindarín le dijo a Santa Claus que era mejor dedicarse a los niños del sur, porque todavía jugaban al fútbol y las niñas vestían y daban de comer a sus muñecas y bebotes.

—¡Es un calor abrasador, Santa! El termómetro explota allá abajo —advirtió Sindarín, frotándose las manos congeladas cerca de la estufa del taller.

—Tienes razón, deben estar ardiendo —respondió Santa Claus con una sonrisa bonachona, cambiando de planes sobre la marcha—; olvidemos los videojuegos por un tiempo. Dejemos lo que estábamos inventando y construyamos piletas y juguetes de agua para el sur. Veremos qué hacemos con el helado norte. No les vendría mal botas y ropa de colores para jugar en la nieve.

En esa Nochebuena de 2030, Papá Noel decidió entregar los nuevos juguetes digitales al mundo subdesarrollado y los analógicos al mundo avanzado.

Pero sucedió algo inesperado.

Un conjunto de fallos en satélites y centros de datos provocó la mayor catástrofe tecnológica de la historia. El hemisferio norte quedó sin Internet. Las redes colapsaron y millones de pantallas mostraron mensajes de error. Las ciudades quedaron sumidas en un extraño silencio digital.

Los chicos no podían jugar con sus dispositivos.

—¿No hay señal todavía?; sin Internet no sé qué hacer —gritó Felipe, con los ojos todavía enrojecidos por la pantalla—; mi mamá me dijo que jugara con un rompecabezas, pero yo no sé y me aburro.

—A mí me obligó a jugar con sus viejas muñecas; ¿muñecas? Eso es para las abuelas… yo quiero mi celular —lloriqueó Alicia, y miró a Felipe, muy enojada.

En ese momento, el padre del niño atravesó el pasillo, desesperado con su teléfono sin conexión.

—¡Esto es un desastre! —se quejó—; no puedo revisar las acciones ni ver las apuestas del partido; ¿cómo se supone que actuemos ahora en este mundo? Parece que es así en todo el continente.

Felipe observó a su padre y pensó que los adultos estaban tan perdidos como ellos.

—¿Y ahora qué hago?; me siento mal —se lamentó Felipe.

—¿Y si jugamos al fútbol? —propuso tímidamente Pablo, mirando la pelota de plástico que Santa Claus le había dejado.

En el hemisferio sur había conexión en red, pero no llegaba a todos los rincones, especialmente de los sectores más vulnerables. Sin embargo, los niños concurrían a las plazas y correteaban junto a las niñas. No habían reemplazado los encuentros ni los juegos compartidos.

En un conventillo del centro de Buenos Aires, varios niños jugaban.

—¡Miren mi pelota nueva! Vamos a la plaza —gritó Santiago en la cortada, corriendo con entusiasmo, a pesar de contar con la nueva versión de Fortnite.

Clarita le respondió entusiasmada:

—Mi muñeca tiene hambre, voy a prepararle la comida —se apresuró a decir mientras acomodaba su cocina de madera.

—Chicos, aunque haga mucho calor, en esta gran pileta podemos nadar todos —les advirtió entusiasmado Patricio.

—¡Dale!; yo busco una manguera para empezar a llenarla—propuso Santiago, tirando la pelota hacia un costado—; ¡traigan los baldes!

—¡Hagamos una fila para tirarnos de cabeza! —río Patricio.

—Cuando tengamos tablet, algún día, la usaremos, pero no vamos a dejar de salir —replicó Clarita.

Durante aquellas fiestas, los niños del norte volvieron a jugar al fútbol, a las muñecas y concurrir a las plazas. Al principio les resultó extraño, pero poco a poco comenzaron a descubrir lo que las pantallas nunca les habían enseñado. Podían conocer a otros chicos; sus ojos dejaban de irritarse; el aire libre los comenzaba a poner contentos.

Los niños del sur pudieron entender lo más avanzado de Fortnite y Minecraft, pero no dejaron de concurrir a los parques porque sus costumbres no habían cambiado.

Santa Claus observó desde su trineo ambos hemisferios y sonrió satisfecho. Sin embargo, sabía que la historia aún no había terminado. En algún lugar, enormes corporaciones trabajaban para reconstruir la red caída y devolver a millones de personas la vida que habían conocido.

Deseó que, cuando las pantallas volvieran a encenderse, el mundo recordara lo que había aprendido durante aquella extraña Navidad. 

Diana Durán, 24 de junio de 2026

VERDE DESIERTO

 


VERDE DESIERTO

─Mirá que llamarse Cangrejillos ─le indicó señalando la vieja guía─; sabemos de topónimos, pero ninguno como este tan singular. ¿Será que hay muchos cangrejos por allí? ─insistió curioso.

─No lo sé, Florentino, pero deberíamos intentar subir más allá de los dos mil metros. Aquí ya no queda nada. Tampoco en la quebrada de Humahuaca, ni en los valles calchaquíes. Pura desolación ─le respondió desesperanzado John.

El cambio climático había alcanzado los tres grados por encima de las temperaturas normales. El mar había avanzado, las tormentas eran cada vez más intensas, las sequías más prolongadas. Casi no quedaban ganado ni cultivos. Toda la soja de los campos pampeanos se había marchitado. Unos pocos cerdos flacos andaban pastando en las zonas llanas al oler los antiguos granos que solían comer; entonces rumeaban como vacas sobre los restos de los cultivos marchitos. Los bosques se habían incendiado, tanto en la selva misionera como en los Andes Patagónicos. Era la devastación de la naturaleza provocada por el hombre en la mayor parte de la Tierra. Una verdadera crisis global planetaria.

Florentino recordó al grupo con precisión que la consigna de la Asociación Mundial de Arqueólogos, junto a la de Geólogos y Antropólogos había sido clara: debían explorar los lugares más recónditos para encontrar sitios que pudieran ser habitables para los pueblos. Los hambrientos migraban sin encontrar destino desde los campos a las ciudades; otros huían de las grandes metrópolis en las que los shoppings y las cadenas de supermercados habían quedado desabastecidos hacía tiempo.

─Pensar que abajo en la selva tucumano-oranense dejamos los lapachos, las tipas y los laureles achaparrados y amarillentos. Nada del antiguo esplendor frondoso ─suspiró Florentino con nostalgia.

─A lo mejor sea posible, Florentino. Todo lo demás está extinguido. Esto es muy lamentable.

La vieja cartografía les había permitido detectar que en algunos rincones de la Puna había relictos de semillas de papa y maíz que los diaguitas y sus descendientes cuidaban muy bien. La orden de las asociaciones era encontrar esos depósitos para poder resembrar los campos.

A los investigadores les daba lástima ver las águilas moras volar en círculo en búsqueda de algún cuis u otro roedor. Caían exhaustas al no encontrar presas. Las observaron masticar ramas de arbustos secos mientras se peleaban a los picotazos. Hasta vieron algunas llamas escuálidas, puro hueso, en lo alto de las rocas.

Con sus enseres de expedición a cuestas y dos auxiliares alumnos de la universidad, los arqueólogos siguieron su marcha hacia Cangrejillos como un punto desconocido, pero esperanzador. Quedaba a cuatro mil metros de altura en la Puna desértica, aunque, según les habían indicado, podía haber vestigios de civilización.

La subida fue muy difícil, pues el equipo era de laboratorio más que de expedicionarios. No quedaba otra opción que buscar indicios de recursos naturales para que los habitantes no sucumbieran a las hambrunas.

A través de las intermitentes transmisiones de radio de onda corta que aún unían a los sobrevivientes, las noticias del resto del globo insistían en que no se hallaban semillas para repoblar los campos yermos. La humanidad estaba al borde de la extinción. Por suerte ya no había más armas atómicas ni municiones, pero en todas partes se producían crímenes con puñales, espadas y cualquier instrumento filoso que se encontrara a mano en la desesperada búsqueda de comida. Reinaba la ausencia de la civilización tal como se había desarrollado en el siglo XXI.

Durante un día y medio, John, Florentino y sus alumnos treparon las laderas abruptas de la Puna árida y sofocante. Estaban casi al borde de quedarse sin víveres, que en realidad eran solo barritas de cereal y pastillas proteicas.

─Tomá tus prismáticos, Florentino, estoy viendo en el horizonte una extraña línea verde.

─Sí, John, la diviso delante de los cerros volcánicos del límite con Chile. ¿Qué será?, no es fácil reconocer el verde natural desde que esta catástrofe comenzó.

La expedición se dirigió hacia la línea esmeralda, luego de confirmar que estaba en dirección al lugar de destino. Por las coordenadas era Cangrejillos, sin duda. Así fue como llegaron a un lugar indescriptible. Frente a sus ojos, lo que en los mapas figuraba como un desierto de altura era un oasis, un laberinto de forestaciones, cultivos y reproducción de semillas bajo invernadero. Los alumnos corrieron, llorando de alivio. Florentino creyó por unos minutos que, como los antiguos exploradores, habían encontrado un punto donde podía renacer la civilización.

Sin embargo, al rozar las hojas, no hubo frescura. El verde se deshizo en un polvo gris y frío entre los dedos; los frutos eran apenas esferas de hollín que estallaban en las ramas. El verde era solo un reflejo suspendido en el aire, como si el suelo hubiera decidido conservar la memoria de un antiguo esplendor en forma de fantasma vegetal.

A lo lejos divisaron las siluetas de los pobladores nativos. Cuando se acercaron estos los miraron fijo, moviendo los labios en un susurro inaudible. Eran tan espectrales como las plantas. Se los veía temerosos y vencidos.

John y Florentino comprendieron que Cangrejillos no era un refugio, sino una copla fúnebre de la naturaleza: una ilusión antes del final. El vergel era un poema escrito por la tierra moribunda, un espejismo que se ofrecía para que los postreros caminantes recordaran, por última vez, cómo era la vida.

 

 

John Lloyd Stephens (1805-1852): Explorador estadounidense, figura clave en el descubrimiento y documentación de grandes ciudades de la civilización maya (como Copán en Honduras y Uxmal en México) gracias a sus detallados informes y litografías.

Florentino Ameghino (1854-1911): Destacado naturalista, paleontólogo y arqueólogo argentino. Realizó extensas investigaciones sobre la prehistoria y los primeros habitantes de la región pampeana sudamericana, dejando grandes colecciones de los primeros poblamientos en territorio argentino.

© Diana Durán, 15 de junio de 2026

ESPERA EN ATOCHA

 



Estación de Atocha

ESPERA EN ATOCHA

Habían llegado a la estación de Atocha para viajar a Barcelona. Era la segunda etapa de su primer recorrido por Europa, tan deseado como planificado. Decidieron hacerla en un tren de alta velocidad: en tres horas estarían en la ciudad mediterránea. En el itinerario podrían disfrutar los escenarios en transición, desde la aridez de la meseta castellana con sus olivares y colinas, pasando por el valle rocoso del Ebro, hasta las verdes llanuras catalanas. Lo habían imaginado mil veces en sus conversaciones a través de guías y fotografías. Paisajes tan distintos a la pampa argentina.

Se habían presentado en la terminal con mucha anticipación, muy temprano, a las seis y media de la mañana, por lo que tenían un buen margen para disfrutar del lugar.

—Estoy emocionada, Andrés, nunca pensé concretar este sueño.

—Yo me siento igual, Patri.

Llegar hasta Atocha solo les había llevado caminar tres cuadras. Cruzaron la avenida arrastrando las valijas. Les costaba despedirse del Paseo del Prado que tanto habían recorrido.

—Elegimos bien el estudio frente al museo Reina Sofía, fue una gran opción, Andrés.

Patricia no se olvidaba del tiempo, casi una hora, en la que su esposo se había quedado parado frente al Guernica.

—Mirá esos helechos, parece un invernadero. Nunca vi una estación como esta.

—Vení, tomemos un café con bollos en aquel bar que se llama justo “De la Estación”.

El lugar tenía sillas altas con vistas a los andenes; la pareja disfrutaba el movimiento de los viajeros que iban y venían.

—Me gustan las mesitas frente a las ventanas. Miremos cómo la gente va apurada mientras nosotros estamos tan tranquilos, respondió Patricia.

—Qué suerte que no escuchamos los reparos de nuestros hijos: que estamos grandes, que viajáramos en excursión, que no recorriéramos tantos lugares, que era mejor trasladarnos en avión. Tantas críticas, como si fuéramos unos viejos.

— Claro, nos cansaron. A mí me encantó cómo lo planeamos. Fueron nuestros sueños, no los de otros.

Tenían todo organizado: hoteles, entradas a museos, excursiones. Pero habían decidido no definir los ratos libres en cada lugar; que surgieran de manera espontánea, como la estadía en Atocha.

Ubicaron su equipaje y pidieron el desayuno. Tenían bastante tiempo y los boletos ya sacados. Observaron el ir y venir del gentío a pesar de ser tan temprano.

Mientras esperaban el café, un estruendo metálico resonó a lo lejos.

—¿Qué habrá sido? —exclamó sorprendida Patricia.

—No sé, quizá una puerta pesada —respondió él, restándole importancia—, tranquila, pensá en todo lo que nos falta por recorrer.

—Lo único pesado será arrastrar el equipaje, pero bueno, sacaremos fuerzas de donde sea —se serenó Patricia abrazándolo.

El murmullo de la multitud volvió a cubrirlo todo, pero la sensación quedó suspendida en el aire. La pareja continuó desayunando mientras conversaban sobre los tramos entre Barcelona-París, París-Ámsterdam y finalmente, por el túnel, a Londres.

—Quién nos quita lo bailado; además, ¿no te parece que viajar así nos devuelve la juventud? Como si estuviéramos empezando otra vez.

—Sí, y me gusta que lo hagamos juntos, sin apuros. Es como un renacer.

 

 

 

Las explosiones comenzaron a las siete y cuarenta, cuando diez bombas detonaron de manera simultánea en varias estaciones, especialmente en Atocha. Corría marzo de 2004.

 

Diana Durán, 18 de mayo de 2026

LA MEMORIA DEL ALGARROBO ABUELO



LA MEMORIA DEL ALGARROBO ABUELO

 

Ese año habíamos elegido San Luis para las vacaciones. Nos gustaba conocer nuevos rumbos, otros lugares. Sabíamos que el verano podía ser tórrido, lo auguraban los periodistas que se ocupaban de los pronósticos extremos con alertas permanentes. Habían ocurrido sequías e inundaciones, ciclones, mareas, tornados. Todo tipo de catástrofes naturales. El planeta y en especial las zonas costeras estaban acechadas por el cambio climático. De eso no había duda, pero todavía pocos se acostumbraban a los fenómenos extremos y abruptos. Las playas habían sido abandonadas como lugares turísticos por los sucesos que las amenazaban.

Los servicios meteorológicos e hidrográficos habían sido desmantelados; las universidades vaciadas; había escaso acceso a la información, solo periodística, sin base científica. Antes acostumbrábamos a seguir los avisos de situaciones extremas, pero ahora no se podía. Sin embargo, nosotros éramos prudentes y conocíamos bien la Argentina. Ese año, cansados del trabajo y las obligaciones, decidimos preparar el auto con la carpa comprada unos años atrás y planificamos un viaje con espíritu aventurero.

¿Y si vamos igual?, pero a las sierras, le propuse mirando el mapa. ¿Qué nos va a pasar? respondió Osvaldo, siempre optimista; si somos prudentes, todo va a ir viento en popa. Nosotros éramos una pareja tranquila, los años nos habían unido en una relación serena. Cada uno dependía absolutamente del otro. La naturaleza nos aunaba en nuestros mejores momentos.

Preferimos Merlo, con sus sierras agudas, cristalinos arroyos y el ozono benefactor de los granitos. Merlo tiene un clima benéfico, describió Osvaldo mientras desplegaba el mapa. Y si queda tiempo, podemos volver a Mina Clavero, como en la luna de miel, le propuse sonriente.

Repasamos nuestros avistajes, la frescura de los torrentes serranos, los cielos diáfanos y destellos fugaces. Sabíamos recorrer las quebradas para encontrar algún caballo salvaje y divisar en las cumbres los guanacos curiosos. Queríamos fotografiar zorzales, carpinteros, chiguancos en el valle; el águila mora y el cóndor de los Andes en las alturas.

Ese año el verano se había presentado tranquilo, aunque el lugar elegido podía sufrir lluvias torrenciales. Nosotros sabíamos qué hacer cuando crecían los arroyos. No íbamos a afrontar ningún riesgo.

Elegimos acampar en un paraje cercano al Algarrobo Abuelo, un ejemplar milenario de mil doscientos años. Sobreviviente del bosque nativo original era un símbolo de resistencia natural de catorce metros de altura. Sabíamos que en el bosque ralo del predio que lo rodeaba podíamos avistar nuevas especies.

En viaje por la autopista que recorre de sur a norte la provincia de San Luis tuvimos una lluvia torrencial. Prudentes, nos quedamos a la vera del camino para evitar un accidente. Nos tocaron unos días helados poco frecuentes en épocas estivales. Nada nos amilanó, seguimos disfrutando nuestras ansiadas vacaciones.

 

 

 

Cuando visitamos el Algarrobo Abuelo nos sorprendió el grosor de su tronco. Las ramas, retorcidas por el tiempo, descansan sobre el suelo de un predio rústico y árido. Es un lugar de inmensa paz; patrimonio cultural y monumento natural de San Luis.

El cantar de las aves y el ulular del viento son nuestra mejor compañía. Mirá esas ramas, me señala Osvaldo; parece que descansan como viejos brazos sobre la tierra. Es un gigante que respira, le respondo.

A los dos días de estadía nos trasladamos al camping de altura Lyon, en las sierras de los Comechingones; distante a solo seis kilómetros del viejo árbol.

Al llegar la tarde coincidimos en que tendríamos que volver al lugar del Algarrobo Abuelo. Lo percibimos como un llamado. Atardece. El paseo ya está cerrado. No sé por qué, pero siento que nos espera, le sugiero a Osvaldo. Entonces vamos, me contesta decidido.

Entramos al predio y ocurre lo inesperado. ¿Lo escuchás?, Osvaldo me estrecha fuerte la mano. Sí, nos está contando su memoria, oílo. El árbol eleva sus postradas ramas al cielo, lento, ritual. Entonces, cientos de pájaros emergen con vainas alargadas en sus picos. Al caer al suelo, las semillas germinan de inmediato y el solar se transforma en un bosque lozano. Mirá, Alejandra, lo que sucede, florece, exclama emocionado Osvaldo. El Algarrobo nos eligió, respondo conmovida.

El árbol anciano nos revela su secreto; es el guardián de las aves y nos nombra testigos del renacimiento. Su gesto no es un milagro, sino una advertencia. El bosque renace frente a nosotros.

 

 

© Diana Durán, 11 de mayo de 2026

 

TERRITORIOS DE PAPEL

 


Imagen creada por IA

TERRITORIOS DE PAPEL

Desde el jardín hasta el bachillerato caminaron juntos como si tuvieran dos vidas paralelas. Eran inseparables: compañeros en el Normal Mariano Acosta, estudiosos, futboleros, siempre uno al lado del otro.
        Francisco había sido amigo de Eduardo desde su inicio en la escuela en la que cursaron toda la primaria y la secundaria. Eligieron la especialidad de Ciencias Naturales para el bachillerato. Eran inseparables, reflejo uno del otro: no se llevaban materias y durante los veranos compartían colonias y fútbol, su gran pasión. Juntos jugaron en Ferrocarril Oeste, custodiándose en el entrenamiento y en cada partido. Luego siguieron sus carreras en la universidad estatal: Francisco, medicina; Eduardo, ingeniería. A pesar de los nuevos caminos, no dejaron de acompañarse en la juventud, tal como lo habían hecho de niños y adolescentes. Frecuentaron los mismos lugares de esparcimiento, los mismos boliches y bares.

La distancia entre los amigos surgió cuando se pusieron de novios con mujeres que no se llevaban nada bien. Ambas hermosas, soberbias, altaneras, de caracteres fuertes, irreconciliables. Las diferencias entre ellas eran muy notorias, si bien simulaban momentos de contenida buena relación. Entonces ellos tuvieron que separarse y acercarse, según las circunstancias, para no entorpecer más tarde sus matrimonios.

El ardid encontrado por los amigos fue no exteriorizarlo, y por fuera fingir el desencuentro como sus esposas. Comenzaron a engañar con un encono inexistente. Cada gesto era un ensayo, cada palabra un guion improvisado para sostener la farsa del enfrentamiento. Aparecieron las mentiras piadosas y los ocultamientos. Si alguna de las mujeres demostraba su fobia por la otra, entonces ellos también inventaban un alejamiento que no existía y se encontraban en cafés o hablaban por teléfono sin importarles lo que sucedía entre ellas. Así continuaron por dos años.

Por su profesión, Eduardo tuvo que trasladarse al sur para integrar una empresa que construía una central hidráulica. Un arduo trabajo que requirió su traslado y el de su mujer a vivir al Alto Valle.

Buenos Aires los había visto crecer a los amigos en un murmullo constante: colectivos que se cruzaban como ríos urbanos, estadios que rugían los domingos, hospitales y facultades que nunca descansaban. En ese entorno se había acuñado la amistad, como si cada esquina guardara una circunstancia compartida como el ritmo frenético de los recreos y del fútbol. 

El Alto Valle, en cambio, era un territorio despejado, atravesado por el viento que se colaba en cada espacio, mientras los álamos dibujaban la frontera del horizonte. El río Negro discurría cual arteria vital, y las chacras se extendían como un dominó a la espera de la cosecha.

La distancia entre los amigos era más que kilómetros: era el silencio de las noches patagónicas frente al bullicio porteño; la soledad de los obreros en la obra hidráulica frente a la multitud de Buenos Aires.  Sin embargo, ambos lugares compartían algo: la obstinación de seguir latiendo. La ciudad con su pulso eléctrico; el valle con sus latidos al ritmo de la construcción y la cosecha de los frutos. 

Entonces se profundizaron las dificultades para comunicarse, no solo reales, pues no se podían reunir, sino también las dificultades para comunicarse. Lo resolvieron a través de la correspondencia. Eduardo le escribía al hospital y Francisco le respondía a las oficinas de la obra en construcción. Así fue como construyeron una amistad epistolar.

Desde el Alto Valle, Eduardo escribió la primera vez: Francisco, amigo, aquí me tienes en esta tierra pionera, feliz de renovar mi profesión.  Cuéntame de tu trabajo como médico residente, seguro será muy interesante, tanto que no logro imaginármelo. Cuéntame todo lo que haces, no dejes nada en el tintero. Francisco respondió desde Buenos Aires. Te confieso: estoy siempre de guardia, pero entusiasmado con la especialidad en clínica médica. Por otra parte, la ciudad no descansa, y yo tampoco, aunque tu carta me recuerde nuestra amistad, además de los absurdos obstáculos que hemos sorteado. 

Las cartas iban y venían sin que sus esposas lo supieran. Hasta que un día la mujer de Francisco encontró un sobre a nombre de su marido en el escritorio. ¿Qué es esto?, lo increpó duramente, la voz temblando de furia. Es una carta de Eduardo. Eduardo…, repitió ella enojada, como si el nombre fuera una traición.

Por un tiempo Francisco espació la correspondencia y no volvió a escribir desde su casa. Eduardo entendió la situación y también evitó hacerlo desde la suya.

La última carta de ese verano llegó con un sobre arrugado, como si hubiera viajado demasiado. Francisco la tomó, y al hacerlo sintió que el papel latía como un corazón acelerado. El nombre de Eduardo se desdibujaba, se reescribía solo, cambiaba de tinta. La habitación se inclinó un poco, como si el sobre pesara más que la mesa entera. Francisco quiso abrirla, pero la carta se cerraba otra vez, obstinada. Logró hacerlo y se sorprendió: la última que él había escrito a Eduardo pocos días antes llevaba el mismo tono de ruptura. Entonces comprendió que no traía solo palabras, sino un suceso categórico.

Ambas misivas parecían espejos enfrentados, reflejando la misma fractura. Por alguna razón, los dos habían coincidido en la separación de sus respectivas mujeres. Las cartas habían sido vías que al fin se liberaban de los cruces. Francisco sonrió, no solo por las circunstancias, sino por la claridad de lo sucedido.

Mientras tomaba el avión rumbo al sur, Francisco pensó que la amistad, despojada de ficciones, se abría como un territorio nuevo, aún por recorrer.

© Diana Durán, 17 de noviembre de 2025

ESTACIÓN FANTASMA

Vista de un área de bosque

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

El Patronato cerca de Calderón. Fotografía: Héctor Correa

ESTACIÓN FANTASMA

Cuando volví a Calderón, después de veinte años, el silencio me recibió junto a la atmósfera del pasado. La estación seguía ahí, muda, con los rieles oxidados, sucia y olvidada. Hasta había una familia que la había ocupado y una chanchería en una especie de galpón. El paisaje daba lástima.

Caminé hasta la laguna. Las copetonas se espantaron a mi paso. El edificio del Patronato emergía en el campo como un recuerdo desdichado. Las paredes de ladrillo, resquebrajadas, casi demolidas por el abandono y la desidia, aún guardaban el eco de ochenta y cinco voces infantiles. Un pasado triste sobre el que los chicos escribían cartas nunca enviadas, con dibujos de trenes que los sacaran de ahí, del maldito encierro.

Desolado, caminé hacia la Escuela N° 6, donde aprendí a leer y escribir. Sabía por las noticias locales que allí quedaban solo nueve alumnos. Los vi salir al recreo como si fueran los últimos habitantes de un lugar condenado a desaparecer.

Calderón había tenido una planta de agua mineral, una estafeta postal, varios almacenes y muchas casas. Ahora solo soportaban el paso del tiempo un criadero de pollos, una siembra de champiñones y veinte almas que aún resistían la decadencia y el olvido. Leí en un diario digital que el intendente de Rosales iba cada tanto para inaugurar el ciclo lectivo y, en esas ocasiones, plantaba acacias y promesas. Pero las acacias no crecían, y las promesas se olvidaban.

Yo también me había ido junto a mi familia. Sin embargo, esta vez había vuelto para conservar mi memoria. Porque hay estaciones que, aunque nadie las nombre, siguen allí, a la espera de que alguien regrese a visitarlas.

Volví para recordar las épocas cuando los tres vivíamos en Calderón: mi papá, mi mamá y yo, en una vivienda perteneciente a la estación del ferrocarril. Era una casa modesta, pero allí había pasado una infancia feliz. Desde la ventana del comedor se divisaba la vía, y cada vez que el tren asomaba por el horizonte, mi papá se ponía su gorra y salía a recibirlo. Era el jefe de estación. Llevaba el uniforme con una dignidad que yo no entendía del todo, aunque me llenaba de orgullo. Mi mamá preparaba el mate mientras él se ajustaba la gorra y revisaba el reloj de bolsillo. El tren no esperaba a nadie, decía, pero él siempre esperaba al tren. Evoqué el techo al crujir cuando arreciaba el pampero.

Yo jugaba entre los durmientes, recogía piedras y soñaba con viajar. A veces me dejaban subir a la cabina y saludaba con orgullo a los pasajeros. Me sentía parte, lo era…

Cuando cerraron la estación fue como si nos hubieran arrancado el alma. Mi papá no dijo nada. Guardó el uniforme, cerró la persiana del comedor y dejó de mirar por la ventana.

Nos fuimos poco después. Como tantos. Como todas las familias ferroviarias de las estaciones donde no pasaba más el tren. No hubo resistencia. “Ramal que para, ramal que cierra”, había dicho un presidente. Pero hay trenes y estaciones que no se olvidan; y pueblos que, aunque parezcan fantasmas, siguen esperando que alguien los visite o al menos los nombre.

Durante mucho tiempo escuché el silbato en las noches ventosas, continué viendo la luz del tren cuando arribaba a la estación y recordé mi escuela. Supe que todavía tenía alumnos, muy pocos, pero los había.

 

 

Entré a la escuela como quien vuelve a una casa que fue suya. El pasillo olía a tiza y humedad. En el aula multigrado, una mujer de pelo blanco acomodaba cuadernos en una estantería de metal. ¿Usted es…? preguntó, sin levantar la vista. El hijo del jefe de la estación, respondí con melancolía. Entonces se volvió hacia mí muy despacio, como si el tiempo le pesara. Su papá era el alma de la estación; siempre llegaba unos minutos antes que el tren. Me ofreció un mate y me hizo sentar en el viejo pupitre de madera. Cuando cerraron la estación fue como si nos pararan el reloj del pueblo; ya no sabíamos si era lunes o domingo; su padre dejó de venir; y su mamá, que traía tortas para los actos, tampoco volvió. Nos fuimos como tantos. Sí como tantos, pero su padre dejó algo; déjeme que lo busque. La maestra se levantó y caminó lento hacia el armario de metal de donde sacó una caja de cartón. Esto es muy importante; la encontró un alumno en el galpón de la estación. La abrí despacio. Adentro había un silbato, una gorra azul marino y un cuaderno con anotaciones de horarios; nombres de trenes, fechas; hasta puntillosos datos meteorológicos. Según mi padre cada tren traía historias y había que anotarlas para que no se perdieran. Me quedé en silencio. En el patio, el bullicio de unos pocos chicos que correteaban. ¿Y usted, qué vino a buscar? Vine a recordar, respondí bajito; entonces, llevé la caja, continente de recuerdos.

Esa noche me quedé en un hotel de Punta Alta, cabecera del partido de Coronel Rosales al que pertenece Calderón. La caja con los recuerdos estaba sobre la mesa. Afuera, el viento soplaba como siempre y hacía crujir los techos.

Entonces escuché el silbato, primero fue un rumor lejano; después, claro, agudo, hasta estridente. Cerré los ojos. Imaginé a mi padre ajustándose la gorra, a mi madre cebando el mate y a mí saludando desde la cabina. El tren pasó. No lo vi, pero lo sentí, como si no hiciera falta verlo para saber que todavía recorría los rieles abandonados.

Saqué el viejo cuaderno de la caja y escribí en la última hoja amarillenta. “Fecha: 9 de noviembre. Tren: fantasma. Hora: 3:17. Tiempo: viento del sur”. Escribí debajo de mi firma, “hijo del jefe de la estación Calderón”. Porque hay estaciones que no se olvidan e hijos que vuelven para evocarlas.

 

© Diana Durán, 9 de noviembre de 2025

 

Un campo de césped

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Copetonas en Calderón. Héctor Correa


 


HACIA EL SUR

 


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HACIA EL SUR

Más pequeña no podía ser. Dos por dos. Cama de una plaza, perchero metálico, lámpara de pie rescatada de un depósito. La mesita de luz era un cajón de fruta pintado. Sin embargo, el brillo natural tornaba el ambiente menos precario. La ventana daba al pasaje Famaillá, calle estrecha de Villa del Parque, barrio residencial, tranquilo y arbolado. Una vía casi secreta. Hasta la vereda era angosta, y esa calma parecía proteger su refugio oculto. La morada quedaba en el primer piso de una casa de dos plantas. Sofía aún no sabía cómo moverse en ese espacio mínimo. El baño, sin bañadera, ella que amaba los baños de inmersión; y el botiquín de madera con un espejo tan manchado que apenas reflejaba su rostro juvenil. Había ubicado la computadora portátil, único artefacto rescatado del chalet matrimonial, junto a su radio, compañera fiel en esos días de silencio. Todo se acomodaba en un minúsculo escritorio de pino con un solo cajón. La desvencijada biblioteca apenas contenía unos pocos libros que había logrado llevarse de su residencia anterior.

Antes, Sofía había vivido en una residencia de ladrillo a la vista que tenía tres plantas. La cocina era lujosa; los tres dormitorios, en suite; la boiserie del escritorio relucía. Quedaba cerca de la avenida del Libertador, en una de las zonas más distinguidas de San Isidro. Ella solía pararse descalza en el parquet encerado, como si fuera parte del mobiliario. Prefería que él no la viera. Las cortinas pesadas filtraban la luz, y hasta el aire parecía domesticado. Todo estaba en su lugar. Todo menos ella. La cocina olía a jazmines y a control. El comedor diario no la refugiaba de las discusiones con su esposo. En los dormitorios, las puertas se cerraban sin ruido. El jardín era perfecto, pero no tenía sombra. Ni amparo. Ni grieta. A veces, la muchacha se detenía frente al ventanal. Miraba hacia afuera: veía los autos, los árboles alineados, los remolques que transportaban las lanchas al Tigre. Entonces pensaba que esa geometría la aburría y desalentaba.

La relación con Damián iba de mal en peor. Él no entendía su tristeza por haber renunciado al trabajo en la academia de inglés. En realidad, él había sido el promotor de que lo abandonara para permanecer en la casa y ser su dueño. Nadie sabía con certeza lo que pasaba en ese hogar tan perfecto y señorial. Ella estaba condenada a ser ama de casa, sin ninguna otra actividad que complacer y servir a su marido. Tampoco llegaban los hijos, luego de cuatro años de casados.

Ahora, para cocinar, debía descender por una escalera caracol hasta la planta baja, donde vivía la anciana que le alquilaba la habitación. La mujer, amable pero sorda, le prestaba los enseres básicos. No hablaban mucho. No hacía falta. Sofía se había asegurado de que todo contribuiría a que nadie la encontrara.

Sus pertenencias habían quedado en manos de su esposo: vajilla, cristales, mobiliario, joyas. Pero lo que más dolía eran los recuerdos de viajes y sus libros. Sofía había huido de los maltratos y agravios de su marido. También de los intentos de internarla. El último lo evitó gracias a un amigo de la infancia, a quien llamó desesperada como recurso final. Él la ayudó a escapar.

Nadie sabía dónde estaba. Ni sus padres ni su hermana. Damián los había convencido de que ella sufría algún tipo de enfermedad mental. Ellos le creyeron. Ella se quedó sola con su angustia.

Pero ahora, en esa morada diminuta, estaba lejos. Y ella podía vivir tranquila. No tenía celular. Se comunicaba solo por computadora. Había cambiado contraseñas, usuarios, redes. Residía aislada. Sus ahorros, convertidos en efectivo, dormían en una valija. Pensaba en irse al sur; siempre le había gustado. Enseñar inglés. Le avergonzaba recibir alumnos en ese cuarto, así que daba clases a domicilio. Había pegado pequeños anuncios en los negocios cercanos y empezado a tener estudiantes.

Pasó un mes. La calma se había instalado. Se sentía más aliviada. Estaba más activa. Se preguntaba si su drama podía quedar atrás.

Pero no, un día lo vio desde la ventana. Caminaba por la vereda de enfrente del pasaje Famaillá. No era un espejismo. Era él. O su sombra. O algo que la memoria había decidido proyectar. Sofía no gritó. No tembló. Solo se apartó del vidrio, como si el reflejo pudiera delatarla. Se quedó quieta, con la radio encendida, pero muy bajo, casi sin oírla. El pasaje, tan estrecho, ya no era un refugio. ¿Cómo la había localizado? Esperó a la noche. La anciana no preguntó. Nadie lo hizo. Armó la valija con lo justo: ropa, notebook, unos pocos libros. Huyó a Retiro, sacó un pasaje y partió al sur.

El micro se detuvo en la ruta frente a una estación de servicio, luego de un larguísimo recorrido. Sofía bajó con la valija en la mano. El aire era distinto: más limpio, más frío, más húmedo. El cartel decía “El Hoyo”. El lugar que siempre había deseado, poco poblado, lo más lejano posible de la capital. El sitio que había elegido buscando escapar. Hasta el nombre indicaba ocultamiento: un agujero, una cavidad, un refugio. No necesitaba más. Caminó por la calle principal. Las montañas la rodeaban como si la observaran en silencio. No había ruido, solo el crujido de sus pasos. Así llegó al pequeño pueblo del Chubut, en el corazón de la comarca andina. Un paraje tranquilo rodeado de cerros y bosques. Nadie la encontró. Vivía rodeada de gente dedicada al turismo, a las ferias y a la fruta fina. Un ambiente ideal para sosegar su espíritu.

Transcurrieron semanas. Sofía caminaba cada mañana hasta la feria. Saludaba con la cabeza. A veces, alguien le ofrecía fruta. Eran solidarios por naturaleza. Ella aceptaba. No hablaban mucho. No hacía falta. La cooperativa tenía un predio con arándanos, moras y frambuesas. Sofía regaba las plantas sin que se lo pidieran. Le gustaba el olor que quedaba en sus manos. Solía sentarse a escuchar la radio comunitaria. Las voces eran suaves, como si en el Sur hablaran otro idioma.

Logró dar clases de inglés a domicilio. Niños, adolescentes, una mujer que quería viajar. Sofía llegaba con su cuaderno, su voz pausada, su mirada atenta. No contaba su historia. Ni la de San Isidro, ni la de Villa del Parque. Solo corregía verbos y pronunciaciones.

Al año, escuchó por la radio que su marido había muerto en un choque en la ruta 40, camino al sur. Eran accidentes frecuentes. Tal vez la buscaba. Ya no importaba. Ni su gran casa, ni la herencia, ni los recuerdos: todo había perdido sentido. Ella había vuelto a nacer.



El Hoyo, invierno

Suelo verlo. No siempre. No del todo. Una figura entre los árboles, quieta, sin rostro. Sé que ha muerto. Lo sé. Pero hay algo que insiste. No es él. Es lo que dejó. Una sombra que aprendió a caminar con la mía. Sigilosa y anónima.

El viento baja del cerro cada tarde. No trae frío. Trae memoria. Se cuela por los postigos, por las rendijas del silencio. Y yo lo dejo entrar. No por valentía. Por costumbre.

En la feria, los frutos se cubren con mantas. Las frambuesas duermen. Las moras resisten. Los arándanos se esconden bajo la escarcha. Como yo. Como todos los que aprendimos a vivir con lo que no se ve.

La radio comunitaria habla de rutas cortadas, de choques en la 40. No escucho las palabras. Escucho el tono. Como si el Sur también recordara.

Me pregunto si alguna vez se irá. Si el cuerpo puede morir, pero la memoria no. Si el miedo se muda, pero no se extingue. Tal vez no. Tal vez solo aprenda a convivir con él.

 

© Diana Durán, 6 de octubre de 2025

 

EL SECRETO DE LAS MANCHAS

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