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LA NUBE EN LA MONTAÑA

 


Aconquija. Tucumán. Fotografía: Diana Durán. Modificada por IA

LA NUBE EN LA MONTAÑA

La Nube tenía un cuerpo deshilachado y un rostro fantasmal, ojos que cambiaban de forma en la masa de vapor.

Hacía miles de años el vaho de su cuerpo se enfriaba contra las laderas rocosas del Aconquija y subía desde las tierras bajas de lapachos y tipas. La habían denominado nuboselva, una gigantesca masa de vapor vivo, que custodiaba las yungas.

Esa tarde, la Nube cansada del paso ruidoso de los autos que circulaban hacia Tafí del Valle, decidió encerrar a un auto rojo que andaba algo ligero.

Adentro, cuatro humanos debatían su itinerario.

— No nos podemos quedar clavados acá. Si pongo primera, salimos de esta nube en diez minutos —dijo Tomás, con el motor encendido y las manos aferradas al volante.

—Ni se te ocurra acelerar, Tomás, apenas se ve el camino. Un metro en falso y nos vamos al vacío —se opuso Celeste, todavía tranquila, pero firme.

Afuera, el cuerpo de la Nube se arremolinó contra el parabrisas, condensándose para ocultar cualquier vestigio de la ruta. El ambiente estaba cubierto de lianas y helechos enormes que parecían suspendidos en la nada.

—Acá todo es distinto y traicionero. Abajo dejamos el calor, pero arriba la vegetación te devora —respondió Laura, intentando sin éxito desempañar el vidrio.

La Nube susurró algo incomprensible, aunque ellos sólo escucharon un silbido húmedo colándose por las rendijas del auto.

—Tranquilas, exageran. Es la nuboselva, nada más —intervino Diego, inclinándose hacia adelante, ansioso por avanzar—. La llaman lluvia horizontal. Si prendemos las balizas, Tomás va despacio y sigue la línea blanca, llegaremos a las cumbres antes de que anochezca.

La Nube se sintió ofendida por la arrogancia del muchacho. —¿Lluvia horizontal, nada más? ¿Un simple estorbo en el camino? — dijo y sopló fuerte.

De un golpe de vapor barrió con retazos de niebla los faros delanteros y deslizó gotas pesadas desde las copas apenas visibles de los laureles, haciéndolas caer sobre el techo del auto.

—No se ve la línea blanca, Diego, ¡no se ve nada! Es una locura avanzar a ciegas. Apaguen las luces, por favor, y esperemos —gritó Laura, tajante.

—¿Esperar a qué? Quedar varados en una curva cerrada es más peligroso que seguir despacio —protestó Tomás, dejando el auto en punto muerto.

—Peor es desbarrancar, —retrucó Celeste, inflexible.

La niebla, complacida por la reverencia de la chica, condensó su figura sobre el capó del auto. Para Tomás y Diego no era más que un obstáculo blanquecino y espeso, pero Laura y Celeste vieron cómo el vapor tomaba la forma de un dibujo sinuoso y fantasmal de cuyo extremo caían helechos como una cabellera verdosa.

—¿Por qué tanta prisa, humanos? —la voz resonó dentro del vehículo.

Los cuatro quedaron petrificados.

—¿Ustedes escucharon eso? —tartamudeó Diego, perdiendo de golpe toda su suficiencia.

—No abras la boca —rogó Celeste, sin apartar los ojos de la silueta que flotaba frente al vidrio.

La Nube inclinó su cabeza de bruma y sopló contra el cristal. El vaho interior se limpió brevemente. Entonces vieron un abismo a un metro de la rueda delantera. El asfalto había desaparecido en la garganta vertical.

—Tu auto iba a arrojarte hacia mí —advirtió la Nube junto al crujido de los alisos—. Los hombres siempre creen que el camino les pertenece. Corren y atropellan los bordes de las laderas, matan a los ciervos y espantan a los pájaros.

Tomás, con el rostro pálido y la respiración entrecortada, soltó el volante.

—No quisimos faltarle el respeto, solo queríamos cruzar el Aconquija hacia Tafí del Valle —explicó Laura casi sin aliento.

—Para cruzar mis dominios, primero hay que aprender de la naturaleza. El valle no se irá a ninguna parte. Esta noche pertenecerán a la selva —sentenció la Nube.

Un rugido sordo sacudió la ladera. Metros más adelante, una avalancha de piedras y barro cayó con estruendo, bloqueando el camino por el que Diego y Tomás pretendían avanzar a ciegas.

—Apagá el motor, Tomás, ya —pidió Diego aterrado por las circunstancias.

La Nube cubrió con su manto gélido el vehículo, hundiéndolo en una oquedad tan densa como oscura.

Durante la noche, la niebla se quedó echada sobre el auto, respirando sobre ellos. Les mostró paso a paso el croar de las ranas ocultas en los troncos, la danza de los helechos bebiendo agua del aire, los pasos sigilosos de pequeños ciervos curiosos que olfateaban las llantas. Los cuatro amigos dormitaron de a ratos, envueltos en mantas. Comprendieron que el encierro no era un castigo, sino una espera forzada por el entorno.

Hacia el amanecer, cuando el cansancio ya pesaba como piedra, una luz dorada se escurrió lentamente entre la bruma.

El vapor fantasmal se irguió sobre el techo del auto, estirando sus largos brazos hacia las cumbres. Su figura se volvía cada vez más fina y deshilachada a medida que el sol la atravesaba.

—Han sabido esperar, el gran Aconquija ha aceptado su ofrenda paciente —susurró la voz mientras se desvanecía en partículas que hicieron resplandecer en color esmeralda las hojas de los helechos. El muro blanco se abrió en fragmentos, mostrando el asfalto todavía mojado y, a un costado, el desmoronamiento de rocas que los habría sepultado de no haber frenado a tiempo.

Nadie habló de inmediato. El silencio ya no era de miedo, sino de asombro ante lo ocurrido.

Tomás miró a las mujeres. Agachó la cabeza y les pidió perdón por su terquedad. Luego, encendió la llave y el motor arrancó.

Cuando a poca distancia el auto alcanzó al mirador de El Indio, la selva se mostró en su esplendor de verdes dominantes intercalados por rosas, amarillos y blancos floridos. Un mar de nubes cubría el fondo de la quebrada. Parecía que la Nube se había acomodado para descansar.

—Mírenla, ahí está reposando en el fondo de la quebrada —observó Celeste.

—Nos cuidó toda la noche —reconoció Diego, inclinándose para ver el colchón blanco que antes había querido perforar a ciegas.

—Entonces sigamos a Tafí del Valle —propuso Laura—. Anoche la Nube no nos dejó atravesar la montaña, pero nos legó un aprendizaje superior: el respeto hacia la naturaleza.

 © Diana Durán, 7 de setiembre de 2026

PUERTOS DE LA VIDA

 



PUERTOS DE LA VIDA

 

Ella sabía que los puertos guardaban un significado profundo en su vida, aunque por alguna razón no los sentía lugares dichosos. Había visto barcos llegar y partir en Buenos Aires; había jugado con sus hijas en las escolleras de Villa Gesell y San Bernardo. Habían jugado, aunque no era pescar porque lo hacían con un medio mundo alquilado, divertidas al juntar camarones, cornalitos o algún pequeño pejerrey que terminaban en un festín de frituras durante las cenas veraniegas.

Había festejado en bares de Puerto Madero en muchas ocasiones, y recorrido lugares de memoria sombría como la Rosadita. Había visto crecer el barrio hasta que el perfil urbano se cubrió de edificios desmesurados que brotaban como hongos venenosos contra toda lógica.

En el puerto de Mar del Plata, los recuerdos entrecruzaban la infancia y las vacaciones familiares. Puerto pesquero con barcos amarillos, indolentes lobos marinos, cruceros elegantes visibles desde Playa Grande y dos oscuros submarinos apostados en la base militar. Entre esas imágenes, casi disueltas en la bruma marina, una despedida sin regreso aparecía como una sombra.  Solo un rostro perdido en el tiempo y el azul marino.

Había conocido la cambiante ribera porteña, visitado la Fragata Libertad y el puerto de Olivos con sus yates que observaba los domingos desde la mesa de un restaurante. El Puerto de Frutos del Tigre había sido artífice de pequeñas felicidades, arribando en el Tren de la Costa para regresar cargada de originales artesanías y pesadas bolsas de naranjas.

De pequeña había viajado a Goya a bordo del Ciudad de Corrientes, una travesía inolvidable por la lentitud del trasiego y el cuidado casi ritual de su madre al atar a su hermano al mástil para que no cayera al amplio río. Cada embarcadero parecía murmurar que alguien se había ido para no volver.

En la madurez, le tocó vivir en las cercanías de un puerto que al principio solo conocía por lecturas; era una pequeña terminal transformada por la especulación para extraer el oro negro del interior patagónico. Cerca, la imponente base naval inaccesible para los residentes de una ciudad que crecía dándole la espalda al mar. Seguía sintiendo nostalgias repentinas.

 



Aquella tarde el recuerdo se volvió nítido y cobró forma definitiva. Descubrió la ausencia que atravesaba todos los puertos. Era la de su abuelo materno, el griego que a los quince años había dejado Atenas para recalar en la Argentina. El hombre a quien nunca dejó de extrañar, figura palmaria de su infancia por su sencillez y generosidad, sus manos laboriosas y su porte mediterráneo. Recordó entonces con nitidez los relatos de su tierra lejana a la que él jamás había podido regresar.

Lo veía todavía, apoyado en la baranda de un muelle cualquiera, con la mirada fija en el horizonte. La última escena era siempre la misma: él levantando la mano en un gesto leve, como si dudara entre despedirse o quedarse. El viento agitaba su camisa blanca y ella, niña todavía, no alcanzaba a comprender que ese ademán era para siempre.

Al reunir las anécdotas dispersas, comprendió la trama secreta de los puertos. No eran solo lugares de tránsito o de juegos infantiles. Habían sido, desde un principio, el escenario de un único eco: el del abuelo que trajo consigo la nostalgia de un lugar perdido en el Mediterráneo.

© Diana Durán, 31 de agosto de 2026

 

TRAVESÍA FRATERNAL

 


Street View modificada con IA

TRAVESÍA FRATERNAL

Patricio y Hernando habían pasado horas enteras sumergidos en el juego de los soldaditos, recreando batallas encarnizadas entre distintos países. Habían rodado en zigzag y desafiado el equilibrio sobre una rueda convirtiéndose en un quebradero de cabeza para los porteros de la manzana. Se habían instalado muchas tardes en la esquina de la plaza a vender revistas para luego distribuirse los modestos ingresos, una repartija que rara vez transcurría sin discusiones o reproches.

Aunque resultaban inseparables, compartían una rivalidad feroz. Podían llegar a las manos si alguno se negaba a admitir la derrota tras una partida de ajedrez o un partido de fútbol. Esa tensión rozaba el límite cuando terminaban sin dirigirse la palabra durante días al disputarse la atención de la chica más linda del baile.

 

Los hermanos Cruz decidieron cruzar la meseta patagónica en bicicleta, como dedicatoria a aquellos días de la infancia. Lo harían desde Puerto Madryn hasta Esquel. Ya habían buceado con lobos marinos en Punta Loma y avistado ballenas en El Doradillo. El espíritu aventurero los impulsaba a ir por más. Patricio, profesor de educación física, confiaba en sus fuerzas y experiencias. Hernando, guía de turismo, en su logística y tecnología.

—Son quinientos kilómetros con desniveles de más de dos mil metros —advirtió Patricio.

—Con planificación y provisiones lo lograremos— respondió animado Hernando.

Equipados con carpa y mochilas, trazaron etapas de cien kilómetros diarios por la ruta de Los Altares, pero al tercer día, la estepa se volvió una trampa. Un viento implacable de sesenta kilómetros por hora los frenó, cegándolos con polvo y reduciéndoles las fuerzas al mínimo. El vendaval los empujaba hacia atrás como cuando de chicos corrían bajo la lluvia en bicicleta, disputándose quién llegaría primero a la esquina.

—¡Hay que parar acá! —gritó Patricio, bajándose de la bicicleta al límite del agotamiento— tu mapa nos hizo desviar, estamos pedaleando en vano.

—No podemos parar la aplicación, marca un puesto a tres kilómetros. Si nos quedamos en esta hondonada nos moriremos —replicó Hernando, pegado a la pantalla de su móvil.

—No me interesa tu programita. Acá necesitamos fuerza, no cálculos; nos estamos quedando sin agua; no podemos mantenernos en pie—contestó Patricio enojado arrebatándole el teléfono de un manotazo.

—¡Devolvémelo! —gritó Hernando, ciego de rabia y se le tiró encima dándole un puñetazo en la mandíbula.

Patricio trastabilló, sorprendido por el dolor, y respondió embistiéndolo con todo su peso. Ambos cayeron por los cantos rodados entre forcejeos y maldiciones. Patricio terminó sobre Hernando, inmovilizándolo contra la tierra.

—Acá manda la naturaleza, no tu pantallita —murmuró Patricio.

Hernando, escupiendo tierra y con la cara roja por el enojo, lo miró sin pestañear y le dijo —sin mi logística ya estarías muerto de sed en medio de la nada.

El viento aún más fuerte los frenó. Hernando observó el rostro ensangrentado de su hermano y la pantalla rota del teléfono tirada en el suelo. Despacio, abrió la mano y se dejó caer exhausto.

Luego se incorporó tosiendo, recogió el celular y le extendió la mano a su hermano. Patricio la miró un segundo y la aceptó para levantarse. Recordó al padre separándolos en sus peleas de niños; ahora, sin mediadores, debían hacerlo solos.

—Tres kilómetros —dijo Patricio, secándose un hilo de sangre de la boca.

—Tres kilómetros —asintió Hernando.

Montaron las bicicletas y volvieron a andar contra el viento.

Para sobrevivir en la Patagonia, primero debían, como siempre, sobrevivir el uno al otro.

Diana Durán, 24 de agosto de 2026



LA ÚLTIMA RESISTENCIA




Mar de Ansenuza. Infocampo


LA ÚLTIMA RESISTENCIA

El polvo salado del mar de Ansenuza[1] irrita los ojos. La ribera norte de la laguna era una franja aislada del mundo, con el suelo resquebrajado y cubierta de un monte seco. No había luz artificial en kilómetros, solo el resplandor del cielo. Allí se reunió la asamblea de animales en extinción.

El yaguareté llegó sin hacer ruido. Llevaba el lomo marcado por el disparo de un cazador furtivo. Los zorros grises habitaban desde Jujuy hasta Tierra del Fuego y no figuraban en la lista roja. Cruzaron el país con el mensaje al resto de las especies.

—¿El cóndor viene? —les preguntó el yaguareté con un gruñido seco.

Un silbido cortó el aire. La sombra enorme del ave se proyectó sobre la laguna.

—¿No lo ves? Sobrevuela aquella nube. Me silbó fuerte que está llegando, pero mientras estará atento a lo que resolvamos —contestó el cardenal amarillo mientras se sacudía las plumas.

En la orilla de la laguna, el tatú carreta enterraba las garras en la tierra dura, rascando la arcilla reseca. Cerca, el huemul temblaba; había dejado jirones de cuero en los alambrados de la Patagonia para llegar hasta Ansenuza. El aguará guazú, con sus patas largas y un ojo lastimado por el espejo de un auto, se echó a descansar sobre los matorrales del espinal.

—Faltan varios —bufó el tapir, olfateando el aire.

—Al mono carayá vendrá si es que logra esquivar el tránsito de la ruta —contó el oso hormiguero mientras atrapaba miles de hormigas con su lengua pegajosa.

—No hay más tiempo —interrumpió el yaguareté—. Expliquen qué hacen en sus zonas cuando los hombres se acercan.

—Cavar profundo, donde no lleguen sus máquinas; aunque el suelo tan duro es difícil de perforar —contestó el tatú, asomándose de una cueva recién abierta.

—A mí me tiran encima los autos, que cada día son más. Ya no persiguen por hambre, lo hacen por inercia; y las rutas son trampas de asfalto y metal —ladró el aguará mientras mostraba sus dientes.

El huemul apoyó el hocico en la tierra.

—Nos redujeron a símbolos en los mapas que ellos dibujan; si nos quedamos en sus reservas, seremos solo imágenes en sus folletos.

—¿Y los de agua? ¿Cómo están? —preguntó el pecarí, oteando la inmensidad salada.

—La ballena franca mandó a decir desde el sur que el mar huele a petróleo —respondió el cardenal amarillo desde una rama seca.

El yaguareté caminó en círculos, levantando una nube de polvo, y sentenció:

—Entonces se acabó. No nos dejaremos fotografiar por los guardaparques nacionales, ni seremos víctimas de los ataques.

—¿Entonces atacamos? —gruñó el aguará confundido, erizando el lomo.

—No —respondió el cóndor, que había descendido en un lento planeo hasta posarse en un poste alto—. Si peleás contra ellos, te extinguen. Yo propongo borrarnos.

—¿Borrarnos? —el huemul levantó la cabeza.

—Que caminen sobre los suelos yermos creyendo que nos aniquilaron —agregó el tatú, dando un golpe seco en el suelo—. Enterremos las huellas. Tenemos que hundirnos en las sombras de los montes y bosques, donde los cazadores furtivos y los hombres flacos no nos puedan descubrir.

—Crearemos un mapa invisible —sentenció el yaguareté—, un país metido adentro, bajo la noche, detrás de las tinieblas. Que nos busquen en los mitos y leyendas. Que los humanos hablen al vacío y escriban su ciencia sin saber lo que pasó.

El cardenal soltó un silbido corto y agudo. A lo lejos, el ruido de un motor cruzaba el silencio del bañado.

Ninguno esperó una orden. La asamblea se disolvió en el acto. Una mancha se hundió en el barro. Un aleteo se esfumó en el aire. Unos ojos amarillos desaparecieron en el monte. Para cuando los faros de las máquinas alumbraron la costa del mar de Ansenuza, en el lugar solo quedaba el viento salado, los arbustos espinosos y los suelos quebradizos.

En todas partes de la Argentina se llegó a la conclusión de que los animales en peligro de extinción habían desaparecido todos a la vez. Los hombres continuaron su obra destructiva acechando nuevas especies.

Nota: 24 animales autóctonos de Argentina en peligro de extinción

© Diana Durán, 17 de agosto de 2026



[1] Nombre indígena del Mar Chiquita.

DÓNDE QUEDA EL DÓNDE

 


La plaza de Concepción del Uruguay. Street View


DÓNDE QUEDA EL DÓNDE

El tiempo lo cura todo, pensaba, pasarán los días, los meses, los años y la distancia terminará por diluir su rostro. Cuanto más remoto, mejor, le repetía a un amigo al borde del muelle. Decía que se iría muy lejos para no tropezar más con su sombra.

 

Concepción del Uruguay los alojaba a la vera del río. Apenas se cruzaban. El mundo se reducía a convergencias breves: unos minutos fugaces sin saludo ni gesto. Seguía el regreso inexorable a la soledad. Los encuentros eran mínimos pero implacables, suficientes para clausurar de golpe cualquier intento de reconstrucción.

 

Sin embargo, ahí estaban. Vivir en la misma ciudad los volvía cercanos y lejanos a la vez. Coincidían en los escenarios donde habían tejido una historia compartida. El andar lento por la Plaza Francisco Ramírez. La luz cálida del bar Siete Colinas. El rumor lejano del río al caminar por el boulevard hacia la ribera. La ciudad entera guardaba el eco de sus pasos, y él entendió que para huir de ella debía, primero, desarraigarse de sí mismo.

 

Tiempo después, aun habiendo partido a Paraná, lo perseguían el calor de las noches de amor, la fatiga de las tardes de encono irreconciliable y el acecho imprevisto de aquellas calles de encuentros involuntarios. Los recuerdos se negaban a desaparecer.

 

Paraná, aunque distinta, era una ciudad igualmente ribereña. Él comprendió entonces que no existía destierro capaz de borrar la historia compartida. La distancia no alcanzaba para fracturar una relación que había abierto surcos en su piel y apartar los lugares que, aun distantes, volvían a su memoria.

 

Caminar por la capital no le servía de nada. Ella superpoblaba lo cotidiano. Reaparecía intacta en el ala olvidada de una esquina, bajo la sombra umbría de la plaza, en las callejuelas estrechas del centro o en la bruma matinal del anchuroso río. Las imponentes barrancas naturales le devolvían los paisajes litorales que habían recorrido juntos.

 

Devorado por la ausencia, él se preguntaba una y otra vez: ¿dónde queda el dónde? ¿Persiste en la ciudad que se abandona, en los suburbios ribereños, en el recodo del camino donde la historia se había quebrado? ¿Dónde queda el dónde? ¿En el abismo del olvido, en la juventud compartida, en la memoria de los amigos lejanos?

 

Entonces debía irse para no encontrarla más. Aunque en el fondo sabía, con esa constancia que invoca el horizonte del río, que el dónde quedaría flotando para siempre en el aire de cualquier ciudad, como un eco que ningún viaje lograría extinguir.

 

Había decidido, al fin, emprender la partida definitiva.

 

 

© Diana Durán, 3 de agosto de 2026


NACER EN LA PUNA

 


Street View. Entrada a Olacapato por la RN 51

NACER EN LA PUNA

Tierra árida, resquebrajada y desierta. Un páramo de rojos, amarillos, naranjas, en el suelo. Azul en el cielo. Tan azul como los lagos patagónicos, el mar de Plitvice en Croacia, o la cueva de Melissani en Grecia, donde el agua es tan pura que absorbe todos los colores y refleja un zafiro profundo. Ese cielo azul se une al arcaico mar que cubrió la Puna hace sesenta y cinco millones de años.

Allí nací, a cuatro mil metros de altura, en Olacapato, Salta: un caserío lejano y aislado del mundo. Tierra de crianceros de llamas. Casas de adobe, escuela y capilla. La entrada no se ve: apenas está donde dobla la ruta cincuenta y uno en una rotonda sin cartel. Ni un árbol; solo asoman pastos espinosos y el arroyo que suele bajar congelado. Por aquí ya no pasa el ferrocarril Belgrano que traía el hierro de Chile; cada día más aislamiento. Mi pueblo se encuentra en un valle rodeado de un cordón montañoso de volcanes inactivos y cerros de más de cinco mil metros de altura, en las cercanías del Salar de Cauchari. Cuando descubrieron el litio, algunos marcharon a trabajar en la extracción. El lugar más cercano es San Antonio de los Cobres, a sesenta kilómetros. El mismo paisaje.

Sofía Choque, mi madre, es la dueña del parador por donde desfilan camioneros y otros viajantes. No somos más que doscientas almas en este erial de altura.

Cuando terminé la escuela partí a San Antonio de los Cobres. De allí sale el Tren de las Nubes cada mañana y regresa al atardecer. Yo fui uno de los pasajeros. Cada estación es un espejo de pueblos de adobe, mercados polvorientos y voces parecidas a las de Olacapato. En San Antonio hice el secundario. Me refugiaba en los libros, sin descanso, como si en sus páginas pudiera hallar mi destino. Siempre solo. Intenté afincarme, pero no pude. Seguí trajinando, como si el andar por los caminos fuera más fuerte que yo.

Cuanto más me alejaba, más me perseguía la pregunta: ¿qué porvenir puede tener un hombre nacido en la Puna? En varios pueblos me hablaron del litio. En Tucumán me dijeron que el turismo era un buen quehacer, lo intenté, pero no pude: me llamaban los caminos. Seguí errando hacia la gran ciudad: Buenos Aires.

En cada sitio el cielo me devolvía el azul ultramar, como si la Puna viajara conmigo. La travesía no era hacia adelante, sino hacia adentro. Yo buscaba un lugar, pero lo que encontraba era mi propio rostro dibujado en las nubes. Era un peregrino que volvía a partir.

En Buenos Aires, cada día era un combate. El puerto me recibió con su niebla espesa; las bolsas que descargaba pesaban más que las rocas de la Puna, y cada jornada el cansancio me recordaba que estaba lejos de mi origen. Las calles eran una muestra infinita de rostros indiferentes. A veces, en medio del bullicio, me sorprendía un silencio brutal: el mismo que había conocido en Olacapato, cuando el viento se detenía.

La vida en la ciudad consistía en resistir la soledad y la nostalgia. Mi destino estaba suspendido en el aire, como el Tren de las Nubes detenido en un viaducto ficticio. Comprendí que la desdicha no estaba en los lugares que atravesaba, sino en mí mismo.

 

 

Una noche, bastante tiempo después de mi arribo a la metrópolis, mientras barría el piso de un café de San Telmo, entró un hombre mayor. Tenía la piel curtida y las manos ajadas. Pidió un café y se quedó mirándome fijo.

—¿De dónde sos, chango? —me preguntó con una tonada que, por familiar, me apretó el pecho.

—De Olacapato —respondí bajito, como quien dice un secreto. Nunca me lo habían preguntado.

—¿De Olacapato? Yo anduve por ahí hace unos diez días. Manejo un camión que cruza a Chile por la cincuenta y uno. Paré a tomar una caña en lo de doña Sofía Choque.

Sentí que el piso del café se tambaleaba como el Tren de las Nubes en un puente. El hombre metió la mano en el bolsillo de su campera y sacó una tela de piel de llama gastada.

—Me dijo la Sofía que, si cruzaba a un puneño con ojos tristes, le diera esto. El parador está lleno de hombres que trabajan en el litio. La vieja está cansada, ya no le da más el cuerpo. Si sos quien pienso, te anda extrañando fiero. Me machacó que ya caminaste demasiado lejos.

Apreté la lana contra mi mano. Cuántos retazos habrá entregado a los viajeros, me pregunté. Comprendí que mi marcha había sido inútil. Mi destino no estaba en perderme en lugares ajenos, sino en regresar a la altura donde el cielo y el antiguo mar se abrazan.

Emprendí el regreso. La última etapa, camino hacia Olacapato, fue un ascenso lento, cansino, como si la tierra quisiera probar mi resistencia. El viento me golpeaba con furia, y cada curva de la ruta cincuenta y uno parecía alejarme del destino. Cuando por fin apareció el caserío, sentí que el rancho me estaba esperando. Lloré como nunca.

Doña Sofía salió del parador con las manos temblorosas. No hizo falta palabra, solo el abrazo. El viaje terminó en el mismo lugar donde había empezado, pero ahora era distinto: ya no era un errante, era un hijo que volvía a su tierra. La Puna siempre había sido mi destino.

 

© Diana Durán, 20 de julio de 2026

LOS JUGUETES DESEADOS

 


Imagen de IA

LOS JUGUETES DESEADOS

Santa Claus y los elfos construían apesadumbrados los juguetes de la Navidad de 2030 en el extremo norte del mundo. Ellos eran más analógicos que digitales, por lo que les gustaba el universo de los juegos concretos hechos en madera, plástico o tela, y no tanto los virtuales. Sin embargo, habían decidido superar a Minecraft en los juegos de construcción de bloques y supervivencia; y a Fortnite en los de aventuras de mundos imaginarios.

En esos tiempos, los niños del mundo desarrollado ya no se interesaban por los rompecabezas, las pelotas de fútbol o las bicicletas. Las niñas no se entretenían con muñecas, ni armaban casitas, ni se disfrazaban de princesas. En realidad, los chicos ya no jugaban; pasaban la mayor parte del día observando pantallas.

Los patios permanecían vacíos y las plazas parecían decorados abandonados. Muchos niños apenas conocían a quienes vivían en su misma calle. Algunos nunca habían trepado a un árbol ni corrido detrás de una pelota. Hasta los más pequeños se mantenían inmóviles frente a los dispositivos electrónicos que registraban cada uno de sus hábitos.

Los padres tampoco parecían preocuparse demasiado. Estaban absorbidos por apuestas, inversiones y mercados digitales que funcionaban las veinticuatro horas. En muchas casas, las conversaciones familiares habían sido sustituidas por mensajes enviados desde una habitación a otra.

Era el invierno más crudo de los últimos años en Laponia. Las temperaturas descendían a treinta grados bajo cero y las tormentas de nieve lo sepultaban todo. Mientras tanto, en el hemisferio meridional, se alcanzaban extremos inimaginables. El planeta parecía haber perdido el equilibrio.

Sindarín le dijo a Santa Claus que era mejor dedicarse a los niños del sur, porque todavía jugaban al fútbol y las niñas vestían y daban de comer a sus muñecas y bebotes.

—¡Es un calor abrasador, Santa! El termómetro explota allá abajo —advirtió Sindarín, frotándose las manos congeladas cerca de la estufa del taller.

—Tienes razón, deben estar ardiendo —respondió Santa Claus con una sonrisa bonachona, cambiando de planes sobre la marcha—; olvidemos los videojuegos por un tiempo. Dejemos lo que estábamos inventando y construyamos piletas y juguetes de agua para el sur. Veremos qué hacemos con el helado norte. No les vendría mal botas y ropa de colores para jugar en la nieve.

En esa Nochebuena de 2030, Papá Noel decidió entregar los nuevos juguetes digitales al mundo subdesarrollado y los analógicos al mundo avanzado.

Pero sucedió algo inesperado.

Un conjunto de fallos en satélites y centros de datos provocó la mayor catástrofe tecnológica de la historia. El hemisferio norte quedó sin Internet. Las redes colapsaron y millones de pantallas mostraron mensajes de error. Las ciudades quedaron sumidas en un extraño silencio digital.

Los chicos no podían jugar con sus dispositivos.

—¿No hay señal todavía?; sin Internet no sé qué hacer —gritó Felipe, con los ojos todavía enrojecidos por la pantalla—; mi mamá me dijo que jugara con un rompecabezas, pero yo no sé y me aburro.

—A mí me obligó a jugar con sus viejas muñecas; ¿muñecas? Eso es para las abuelas… yo quiero mi celular —lloriqueó Alicia, y miró a Felipe, muy enojada.

En ese momento, el padre del niño atravesó el pasillo, desesperado con su teléfono sin conexión.

—¡Esto es un desastre! —se quejó—; no puedo revisar las acciones ni ver las apuestas del partido; ¿cómo se supone que actuemos ahora en este mundo? Parece que es así en todo el continente.

Felipe observó a su padre y pensó que los adultos estaban tan perdidos como ellos.

—¿Y ahora qué hago?; me siento mal —se lamentó Felipe.

—¿Y si jugamos al fútbol? —propuso tímidamente Pablo, mirando la pelota de plástico que Santa Claus le había dejado.

En el hemisferio sur había conexión en red, pero no llegaba a todos los rincones, especialmente de los sectores más vulnerables. Sin embargo, los niños concurrían a las plazas y correteaban junto a las niñas. No habían reemplazado los encuentros ni los juegos compartidos.

En un conventillo del centro de Buenos Aires, varios niños jugaban.

—¡Miren mi pelota nueva! Vamos a la plaza —gritó Santiago en la cortada, corriendo con entusiasmo, a pesar de contar con la nueva versión de Fortnite.

Clarita le respondió entusiasmada:

—Mi muñeca tiene hambre, voy a prepararle la comida —se apresuró a decir mientras acomodaba su cocina de madera.

—Chicos, aunque haga mucho calor, en esta gran pileta podemos nadar todos —les advirtió entusiasmado Patricio.

—¡Dale!; yo busco una manguera para empezar a llenarla—propuso Santiago, tirando la pelota hacia un costado—; ¡traigan los baldes!

—¡Hagamos una fila para tirarnos de cabeza! —río Patricio.

—Cuando tengamos tablet, algún día, la usaremos, pero no vamos a dejar de salir —replicó Clarita.

Durante aquellas fiestas, los niños del norte volvieron a jugar al fútbol, a las muñecas y concurrir a las plazas. Al principio les resultó extraño, pero poco a poco comenzaron a descubrir lo que las pantallas nunca les habían enseñado. Podían conocer a otros chicos; sus ojos dejaban de irritarse; el aire libre los comenzaba a poner contentos.

Los niños del sur pudieron entender lo más avanzado de Fortnite y Minecraft, pero no dejaron de concurrir a los parques porque sus costumbres no habían cambiado.

Santa Claus observó desde su trineo ambos hemisferios y sonrió satisfecho. Sin embargo, sabía que la historia aún no había terminado. En algún lugar, enormes corporaciones trabajaban para reconstruir la red caída y devolver a millones de personas la vida que habían conocido.

Deseó que, cuando las pantallas volvieran a encenderse, el mundo recordara lo que había aprendido durante aquella extraña Navidad. 

Diana Durán, 24 de junio de 2026

VERDE DESIERTO

 


VERDE DESIERTO

─Mirá que llamarse Cangrejillos ─le indicó señalando la vieja guía─; sabemos de topónimos, pero ninguno como este tan singular. ¿Será que hay muchos cangrejos por allí? ─insistió curioso.

─No lo sé, Florentino, pero deberíamos intentar subir más allá de los dos mil metros. Aquí ya no queda nada. Tampoco en la quebrada de Humahuaca, ni en los valles calchaquíes. Pura desolación ─le respondió desesperanzado John.

El cambio climático había alcanzado los tres grados por encima de las temperaturas normales. El mar había avanzado, las tormentas eran cada vez más intensas, las sequías más prolongadas. Casi no quedaban ganado ni cultivos. Toda la soja de los campos pampeanos se había marchitado. Unos pocos cerdos flacos andaban pastando en las zonas llanas al oler los antiguos granos que solían comer; entonces rumeaban como vacas sobre los restos de los cultivos marchitos. Los bosques se habían incendiado, tanto en la selva misionera como en los Andes Patagónicos. Era la devastación de la naturaleza provocada por el hombre en la mayor parte de la Tierra. Una verdadera crisis global planetaria.

Florentino recordó al grupo con precisión que la consigna de la Asociación Mundial de Arqueólogos, junto a la de Geólogos y Antropólogos había sido clara: debían explorar los lugares más recónditos para encontrar sitios que pudieran ser habitables para los pueblos. Los hambrientos migraban sin encontrar destino desde los campos a las ciudades; otros huían de las grandes metrópolis en las que los shoppings y las cadenas de supermercados habían quedado desabastecidos hacía tiempo.

─Pensar que abajo en la selva tucumano-oranense dejamos los lapachos, las tipas y los laureles achaparrados y amarillentos. Nada del antiguo esplendor frondoso ─suspiró Florentino con nostalgia.

─A lo mejor sea posible, Florentino. Todo lo demás está extinguido. Esto es muy lamentable.

La vieja cartografía les había permitido detectar que en algunos rincones de la Puna había relictos de semillas de papa y maíz que los diaguitas y sus descendientes cuidaban muy bien. La orden de las asociaciones era encontrar esos depósitos para poder resembrar los campos.

A los investigadores les daba lástima ver las águilas moras volar en círculo en búsqueda de algún cuis u otro roedor. Caían exhaustas al no encontrar presas. Las observaron masticar ramas de arbustos secos mientras se peleaban a los picotazos. Hasta vieron algunas llamas escuálidas, puro hueso, en lo alto de las rocas.

Con sus enseres de expedición a cuestas y dos auxiliares alumnos de la universidad, los arqueólogos siguieron su marcha hacia Cangrejillos como un punto desconocido, pero esperanzador. Quedaba a cuatro mil metros de altura en la Puna desértica, aunque, según les habían indicado, podía haber vestigios de civilización.

La subida fue muy difícil, pues el equipo era de laboratorio más que de expedicionarios. No quedaba otra opción que buscar indicios de recursos naturales para que los habitantes no sucumbieran a las hambrunas.

A través de las intermitentes transmisiones de radio de onda corta que aún unían a los sobrevivientes, las noticias del resto del globo insistían en que no se hallaban semillas para repoblar los campos yermos. La humanidad estaba al borde de la extinción. Por suerte ya no había más armas atómicas ni municiones, pero en todas partes se producían crímenes con puñales, espadas y cualquier instrumento filoso que se encontrara a mano en la desesperada búsqueda de comida. Reinaba la ausencia de la civilización tal como se había desarrollado en el siglo XXI.

Durante un día y medio, John, Florentino y sus alumnos treparon las laderas abruptas de la Puna árida y sofocante. Estaban casi al borde de quedarse sin víveres, que en realidad eran solo barritas de cereal y pastillas proteicas.

─Tomá tus prismáticos, Florentino, estoy viendo en el horizonte una extraña línea verde.

─Sí, John, la diviso delante de los cerros volcánicos del límite con Chile. ¿Qué será?, no es fácil reconocer el verde natural desde que esta catástrofe comenzó.

La expedición se dirigió hacia la línea esmeralda, luego de confirmar que estaba en dirección al lugar de destino. Por las coordenadas era Cangrejillos, sin duda. Así fue como llegaron a un lugar indescriptible. Frente a sus ojos, lo que en los mapas figuraba como un desierto de altura era un oasis, un laberinto de forestaciones, cultivos y reproducción de semillas bajo invernadero. Los alumnos corrieron, llorando de alivio. Florentino creyó por unos minutos que, como los antiguos exploradores, habían encontrado un punto donde podía renacer la civilización.

Sin embargo, al rozar las hojas, no hubo frescura. El verde se deshizo en un polvo gris y frío entre los dedos; los frutos eran apenas esferas de hollín que estallaban en las ramas. El verde era solo un reflejo suspendido en el aire, como si el suelo hubiera decidido conservar la memoria de un antiguo esplendor en forma de fantasma vegetal.

A lo lejos divisaron las siluetas de los pobladores nativos. Cuando se acercaron estos los miraron fijo, moviendo los labios en un susurro inaudible. Eran tan espectrales como las plantas. Se los veía temerosos y vencidos.

John y Florentino comprendieron que Cangrejillos no era un refugio, sino una copla fúnebre de la naturaleza: una ilusión antes del final. El vergel era un poema escrito por la tierra moribunda, un espejismo que se ofrecía para que los postreros caminantes recordaran, por última vez, cómo era la vida.

 

 

John Lloyd Stephens (1805-1852): Explorador estadounidense, figura clave en el descubrimiento y documentación de grandes ciudades de la civilización maya (como Copán en Honduras y Uxmal en México) gracias a sus detallados informes y litografías.

Florentino Ameghino (1854-1911): Destacado naturalista, paleontólogo y arqueólogo argentino. Realizó extensas investigaciones sobre la prehistoria y los primeros habitantes de la región pampeana sudamericana, dejando grandes colecciones de los primeros poblamientos en territorio argentino.

© Diana Durán, 15 de junio de 2026

ESPERA EN ATOCHA

 



Estación de Atocha

ESPERA EN ATOCHA

Habían llegado a la estación de Atocha para viajar a Barcelona. Era la segunda etapa de su primer recorrido por Europa, tan deseado como planificado. Decidieron hacerla en un tren de alta velocidad: en tres horas estarían en la ciudad mediterránea. En el itinerario podrían disfrutar los escenarios en transición, desde la aridez de la meseta castellana con sus olivares y colinas, pasando por el valle rocoso del Ebro, hasta las verdes llanuras catalanas. Lo habían imaginado mil veces en sus conversaciones a través de guías y fotografías. Paisajes tan distintos a la pampa argentina.

Se habían presentado en la terminal con mucha anticipación, muy temprano, a las seis y media de la mañana, por lo que tenían un buen margen para disfrutar del lugar.

—Estoy emocionada, Andrés, nunca pensé concretar este sueño.

—Yo me siento igual, Patri.

Llegar hasta Atocha solo les había llevado caminar tres cuadras. Cruzaron la avenida arrastrando las valijas. Les costaba despedirse del Paseo del Prado que tanto habían recorrido.

—Elegimos bien el estudio frente al museo Reina Sofía, fue una gran opción, Andrés.

Patricia no se olvidaba del tiempo, casi una hora, en la que su esposo se había quedado parado frente al Guernica.

—Mirá esos helechos, parece un invernadero. Nunca vi una estación como esta.

—Vení, tomemos un café con bollos en aquel bar que se llama justo “De la Estación”.

El lugar tenía sillas altas con vistas a los andenes; la pareja disfrutaba el movimiento de los viajeros que iban y venían.

—Me gustan las mesitas frente a las ventanas. Miremos cómo la gente va apurada mientras nosotros estamos tan tranquilos, respondió Patricia.

—Qué suerte que no escuchamos los reparos de nuestros hijos: que estamos grandes, que viajáramos en excursión, que no recorriéramos tantos lugares, que era mejor trasladarnos en avión. Tantas críticas, como si fuéramos unos viejos.

— Claro, nos cansaron. A mí me encantó cómo lo planeamos. Fueron nuestros sueños, no los de otros.

Tenían todo organizado: hoteles, entradas a museos, excursiones. Pero habían decidido no definir los ratos libres en cada lugar; que surgieran de manera espontánea, como la estadía en Atocha.

Ubicaron su equipaje y pidieron el desayuno. Tenían bastante tiempo y los boletos ya sacados. Observaron el ir y venir del gentío a pesar de ser tan temprano.

Mientras esperaban el café, un estruendo metálico resonó a lo lejos.

—¿Qué habrá sido? —exclamó sorprendida Patricia.

—No sé, quizá una puerta pesada —respondió él, restándole importancia—, tranquila, pensá en todo lo que nos falta por recorrer.

—Lo único pesado será arrastrar el equipaje, pero bueno, sacaremos fuerzas de donde sea —se serenó Patricia abrazándolo.

El murmullo de la multitud volvió a cubrirlo todo, pero la sensación quedó suspendida en el aire. La pareja continuó desayunando mientras conversaban sobre los tramos entre Barcelona-París, París-Ámsterdam y finalmente, por el túnel, a Londres.

—Quién nos quita lo bailado; además, ¿no te parece que viajar así nos devuelve la juventud? Como si estuviéramos empezando otra vez.

—Sí, y me gusta que lo hagamos juntos, sin apuros. Es como un renacer.

 

 

 

Las explosiones comenzaron a las siete y cuarenta, cuando diez bombas detonaron de manera simultánea en varias estaciones, especialmente en Atocha. Corría marzo de 2004.

 

Diana Durán, 18 de mayo de 2026

LA NUBE EN LA MONTAÑA

  Aconquija. Tucumán. Fotografía: Diana Durán. Modificada por IA LA NUBE EN LA MONTAÑA La Nube tenía un cuerpo deshilachado y un rostro ...