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LA NIÑA EN EL JARDÍN ENCANTADO

 


Fotografía modificada por IA

LA NIÑA EN EL JARDÍN ENCANTADO

Amelie amaba su jardín. Allí existían flores de todos los colores, árboles frondosos, una huerta y rincones para jugar. La hamaca hecha con una rueda colgaba de la rama más fuerte del roble, y un viejo desván alimentaba su imaginación infantil.

El padre trabajaba en el mismo predio fabricando ventanas y puertas de pino. Por eso, la niña siempre tenía a mano maderitas, pequeños trozos de metal, pedazos de goma y cerraduras viejas, materiales con los que había construido una simulada casita en un rincón del terreno.

Bajo la amplia copa del roble, cuando su madre regaba el jardín, aparecían bandadas de pájaros multicolores. Amelie los observaba fascinada: jilgueros amarillos radiantes, horneros marrones tornasolados, inquietos churrinches rojizos. Sus cejas marcadas, sus picos extraños, sus cantos únicos. La niña seguía con la mirada su vuelo y su revoloteo, como si fueran parte de un juego que ella sola había inventado.

Al volver del colegio, lo primero que hacía era recorrer ese mundo propio. Una tarde, después de terminar los deberes, descubrió un visitante inesperado: un animalito peludo de cuatro patas. No era un gato ni un perro; huyó veloz dejando apenas la visión de su hocico puntiagudo y gran cola anaranjada. Amelie buscó su figura en las láminas del diccionario y, al reconocerlo, sintió una especial alegría al descubrir que era un zorro colorado. Guardó el secreto, temiendo que los adultos lo espantaran.

Los fines de semana jugaba en la cabaña que había levantado. Allí, además del zorro y los pájaros, descubrió que se posaba una mariposa atigrada y la dejó volar libre porque sabía que era muy frágil.

¿Qué más podré ver en mi jardín?, se preguntaba extrañada; seguro que muchos otros animales, porque tengo un jardín encantado.

Animada, Amelie afinó su mirada. Desde entonces descubrió comadrejas, lagartijas y sapos que no le simpatizaron, pero también ardillas que trepaban huidizas al roble y un topo que cavaba un túnel casi invisible. Buscaba cada hallazgo en las figuras de su diccionario, y guardaba para sí cada secreta existencia.

Con el tiempo, Amelie comenzó a conversar con la fauna de su entorno, y algunos, de a poco, le fueron respondiendo. Los pájaros le cantaban volando alrededor mientras bailaba dichosa. El topo llegó a mostrarle su cueva y a sus seis diminutas crías rosadas. El zorro le contó que le resultaba muy difícil vivir en un lugar tan poblado porque la gente solía despreciarlo y, a veces, hasta le tiraban piedras para espantarlo. La mariposa le comunicó triste que temía por sus huevos porque cada día se usaban más pesticidas. La niña logró conocer y respetar a sus amigos.

Un día llegaron obreros a construir un quincho en el fondo de la casa. El ruido espantó a los animalitos de Amelie, quien acongojada decidió contar la historia a su mamá. Ella sonrió incrédula, pensando que su hija fabulaba. Ay, hijita, dejá ya de ver tantos dibujos animados que te confunden con la realidad; los animales del jardín no hablan con las personas. Pero mamá… protestó mientras la veía alejarse tranquila.

Durante semanas apenas se divisaron unos pocos gorriones. Cuando la obra terminó, los animales regresaron, pero no volvió la magia: Amelie no podía conversar otra vez con sus amigos del jardín que había perdido su encanto.

Sin embargo, una tarde el zorro colorado se acercó lento y reposó a su lado. Otro día, las ardillas bajaron del roble y le mostraron que habían guardado muchas bellotas para el invierno. Finalmente, el topo salió de su guarida con sus crías ya grandes y los pájaros revolotearon en círculo a su alrededor impulsándola a bailar. Los animales no le hablaban con palabras, sino con gestos, vuelos y miradas. Amelie, atenta, los contemplaba.

La niña comprendió que el jardín no había cambiado: ahora había vuelto a ser su reino y ella una especie de guardiana que algún día contaría sus historias.


© Para Amelie de la abuela Diana, 13 de abril de 2026

LA MEMORIA DEL AVE

 


 

 

Paisaje correntino. Fotografía: Héctor Correa

 

LA MEMORIA DEL AVE


Nuestro proyecto era ir a Corrientes, para, desde allí, visitar varios lugares del Nordeste y, en especial, los vastos Esteros del Iberá. De cada viaje acostumbro a llevarme algo, una artesanía, una nadería, de este esperaba muchos recuerdos dada la importancia de la cultura local.

El paisaje nos deleitaba y no pasaron muchos kilómetros desde nuestro ingreso a la provincia por la ruta doce cuando comenzamos a divisar bañados y lagunas donde las aves del litoral nos atraían con sus picos raros y plumajes brillantes. Divisamos al chajá, al biguá, garzas, pollonas, hasta varios martines pescadores de diversos tamaños y los fotografiamos en sus ambientes acuáticos. Una delicia para nuestros hábitos naturalistas.

Así llegamos a Goya, tierra de mis ancestros, mi abuela materna y sus antecesores. Le propuse a mi esposo entrar a la ciudad pues no nos íbamos a desviar mucho para llegar al destino intermedio en la capital provincial.

Goya es la segunda ciudad más poblada de la provincia a orillas del río Paraná. Le dicen la "Capital Nacional del Surubí" por su famoso festival de pesca, pero no era época. Es una ciudad con fuerte herencia colonial e inmigrante, con una arquitectura particular, el teatro más antiguo del país y la paradisíaca Isla de las Damas.

Solo recorrer sus calles me hacía volver a la infancia en la que supe ir con mi familia a la casa de mi abuela donde pasábamos largas temporadas en la vieja casona de Caá Guazú y Pedro Goyena en sus incontables habitaciones que guardaban tabaco. Para mi mente infantil ese lugar había resultado mágico por su abigarrado patio interior, el eco del aljibe y la frescura del limonero y el árbol de quinotos. Allí la abuela sentada en un viejo sillón de paja nos relataba los cuentos locales más asombrosos y atrayentes para nosotros. Nos contaba sobre el genio protector del Pombero, dueño de los pájaros y el sol y señor de la noche; el temible Lobizón, flaco y enfermizo; o las apariciones de la virgen de Itatí, símbolo de fe y esperanza para los correntinos.

Dejamos atrás el encanto de los recuerdos goyanos y desde allí avanzamos por la ruta veinticuatro para luego empalmar por la nacional ciento veintitrés hasta Mercedes, en el centro provincial.

Mientras accedíamos al Portal Laguna Iberá, camino a los esteros, nos detuvimos bajo un sauzal a reposar un poco. Fue entonces cuando vi un ave increíble, posada en un junco, con el plumaje dorado encendido por el sol. Su canto no era un trino, sino un llamado profundo, como si pronunciara una palabra que yo debía recordar. Le pedí a mi esposo que la fotografiara, pero la lente se empañaba y cuando lograba enfocar el lugar que yo le indicaba, la imagen se borraba. Él aseguraba que no veía más que garzas y chajás. Yo, en cambio, no podía apartar la vista de aquella criatura inverosímil, que al batir sus alas en un momento dejó en el aire una estela luminosa, como un secreto destinado solo para mí.

Más tarde, al evocar su trino, decidí que le debía dar un nombre especial. La llamé Ñeembucú que en guaraní significa “palabra escondida”, porque nadie más la había visto ni oído, y su aparición parecía destinada a permanecer en el silencio de mi memoria.

Al día siguiente, al adentrarnos en los esteros sin excursión porque queríamos disfrutarlos solo para nosotros, la misma ave mágica reapareció al atardecer y otra vez únicamente yo pude verla y oírla.

Esta vez no cantó, sino que susurró y para mi asombro su voz era igual a la de mi abuela, la misma que me narraba las historias del Pombero y del Lobizón en la casa de Goya. Me llamaba por mi nombre y fusionando con suavidad sus palabras con mi emoción, me dijo:

Querida, aquí estoy, en mi lugar. Solo tú me verás siempre que te acerques con tanto cariño.

Entonces comprendí que el Ñeembucú no era solo un pájaro imposible, sino la encarnación de aquellas palabras pretéritas y amorosas que la abuela había sembrado en mi infancia. El ave dorada llevaba en su canto la historia de la casa de Goya, de su patio y sus frutos. Mi esposo no la vio, pero aceptó mi relato de que en su vuelo se mezclaban la fe, la magia y la ternura de aquella infancia feliz que nunca se perderían.

Así comprendí que aquel viaje no me había regalado una artesanía ni una nadería, sino un tesoro personal: la certeza de que las palabras y los relatos de mi abuela seguían escondidas en el territorio, protegidas por el ave mágica. Estaba segura de que cada vez que regresara a Corrientes, no buscaría recuerdos materiales, sino la huella de aquel asombroso pájaro ilusorio.


© Diana Durán, 30 de marzo de 2026

LOS ECOS DEL GRAN HOTEL

 


Fotografía: La Nación. 24 de julio de 2023

LOS ECOS DEL GRAN HOTEL

 

Villa Ventana. No hay lugar en el mundo que nos guste más para disfrutar las vacaciones: las sierras, los arroyos que serpentean los límites, el aroma de los árboles, los artesanos en las callejuelas, la fiesta de la Golondrina y los pájaros que parecen notas musicales en cada rama. Allí volvimos, como todos los años.

Ayer desayunamos en la galería de la cabaña, con pan casero y mermelada. Conversamos sin apuro disfrutando el inicio del veraneo. Momentos simples, pero llenos de esa calma que uno quisiera retener para siempre. Caminamos a la vera del Belisario. El agua corre lenta y transparente, y la brisa nos acaricia. Conversamos sobre nada en particular, junto al mecer suave de las hojas y el cielo teñido de un azul cada vez más obscuro. Dormimos abrazados y serenos.

Hoy nos internamos en los senderos de la periferia. La caminata nos lleva cerca de un cerro cónico cuyo nombre desconocemos. Continuamos por un camino sinuoso hasta el Club Hotel de la Ventana, inaugurado en 1911, según reza un cartel. Célebre por haber alojado a marinos alemanes del acorazado “Admiral Graf Spee”. El edificio se incendió hace décadas, pero todavía conserva la sombra de su antigua majestuosidad. Escaleras, cimientos y muros derruidos nos hacen imaginar el esplendor de aquellos días cuando estaban en pie el cine, el teatro y la capilla. Las ruinas permanecen rodeadas por cientos de hectáreas parquizadas y cubiertas de árboles centenarios que el tiempo no pudo destruir.

La noche nos sorprende entre los restos del ex hotel. Contra las advertencias de otros turistas que recorren el lugar, decidimos quedarnos: queremos experimentar por un rato la sensación de vagar por el gran hotel. Armamos un campamento improvisado con los elementos que trajimos en el auto: carpa para dos y canasto con enseres básicos. Comemos y brindamos bajo la luna embelesados de nuestra aventura.

De pronto, el viento comienza a cambiar su fuerza, como si arrastrara un murmullo antiguo. Primero caen gotas aisladas, con un ritmo irregular. De a poco, la lluvia se vuelve persistente; un tamborileo que aumenta en intensidad.

Está lloviendo, me dice con voz baja, algo resignado. Es la tierra que nos quiere retener, respondo entusiasmada al mirar cómo la arcilla se torna un reflejo brilloso. No es lluvia; es un llamado que no debemos atender, señala intrigándome.

Más tarde las ruinas se estremecen con truenos y relámpagos. Algo extraño sucede. Se confunden en la lejanía voces mezcladas con el repiqueteo del agua, como si la tormenta tradujera palabras en un idioma misterioso. El suelo se torna resbaladizo, y cada paso es un intento por no quedar atrapados en aquel escenario que nos resulta sombrío y desconocido.

A la media hora, en el silencio quebrado por el viento, comienzan a escucharse más sonidos. Diálogos tensos, incomprensibles, en un idioma que pronto reconocemos: alemán. El gran hall es un despojo de ladrillos, pero las voces resuenan en las paredes desmoronadas.

¿Escuchás? Es como si los muros hablaran, me revela. No son los muros; son memorias que no se apagan, tiemblo al responderle; ¿y si nunca se fueron?, ¿y si siguen aquí, atrapadas en la eternidad del hotel? Él me ordena, no mires atrás. La historia nos persigue.

Las frases desconocidas se mezclan con el temblor de nuestras manos. El edificio parece reclamar su pasado de esplendor.

Siento que nos observan, le digo al fijar mis ojos en la negrura. Nos observan porque somos intrusos de su tiempo, me responde y aterroriza.

Corremos hacia el auto. La lluvia convierte el camino en una vía resbaladiza. Nuestro vehículo patina en zigzag.

Manejá rápido; los ecos nos siguen. Si manejo rápido vamos a encallar. ¿No los escuchás?; son voces, pero parecen aullidos; como si la noche hablara en otro idioma.

Detrás de nosotros, los ecos germanos se transforman en un coro de lamentos que nos persigue en la oscuridad.

No podemos salir, te escucho titubear con voz quebrada. Es el hotel que nos retiene; siento que los escombros giran alrededor. ¿Y si nunca fuimos visitantes, sino parte de su memoria?; ya no hay regreso.

Los clamores se hacen más cercanos, pero menos comprensibles, seres invisibles brotan de los muros. El aire se espesa; las sombras acechan. Las ruinas dejan de ser ruinas: se alzan como un cuerpo oscuro, con pasillos que se abren en la arcilla y ventanas que golpean en la penumbra. El hotel nos envuelve, nos traga, nos absorbe en un silencio de piedra.

El crujido de las escaleras bajo nuestros pies nos desliza hacia un salón oscuro y tenebroso. Después, nada. Solo la certeza de que el hotel nos convierte en parte de su historia, en voces que algún día otros escucharán, al incursionar en la noche.

 

© Diana Durán, 2 de marzo de 2026

 


ESTACIÓN FANTASMA

Vista de un área de bosque

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El Patronato cerca de Calderón. Fotografía: Héctor Correa

ESTACIÓN FANTASMA

Cuando volví a Calderón, después de veinte años, el silencio me recibió junto a la atmósfera del pasado. La estación seguía ahí, muda, con los rieles oxidados, sucia y olvidada. Hasta había una familia que la había ocupado y una chanchería en una especie de galpón. El paisaje daba lástima.

Caminé hasta la laguna. Las copetonas se espantaron a mi paso. El edificio del Patronato emergía en el campo como un recuerdo desdichado. Las paredes de ladrillo, resquebrajadas, casi demolidas por el abandono y la desidia, aún guardaban el eco de ochenta y cinco voces infantiles. Un pasado triste sobre el que los chicos escribían cartas nunca enviadas, con dibujos de trenes que los sacaran de ahí, del maldito encierro.

Desolado, caminé hacia la Escuela N° 6, donde aprendí a leer y escribir. Sabía por las noticias locales que allí quedaban solo nueve alumnos. Los vi salir al recreo como si fueran los últimos habitantes de un lugar condenado a desaparecer.

Calderón había tenido una planta de agua mineral, una estafeta postal, varios almacenes y muchas casas. Ahora solo soportaban el paso del tiempo un criadero de pollos, una siembra de champiñones y veinte almas que aún resistían la decadencia y el olvido. Leí en un diario digital que el intendente de Rosales iba cada tanto para inaugurar el ciclo lectivo y, en esas ocasiones, plantaba acacias y promesas. Pero las acacias no crecían, y las promesas se olvidaban.

Yo también me había ido junto a mi familia. Sin embargo, esta vez había vuelto para conservar mi memoria. Porque hay estaciones que, aunque nadie las nombre, siguen allí, a la espera de que alguien regrese a visitarlas.

Volví para recordar las épocas cuando los tres vivíamos en Calderón: mi papá, mi mamá y yo, en una vivienda perteneciente a la estación del ferrocarril. Era una casa modesta, pero allí había pasado una infancia feliz. Desde la ventana del comedor se divisaba la vía, y cada vez que el tren asomaba por el horizonte, mi papá se ponía su gorra y salía a recibirlo. Era el jefe de estación. Llevaba el uniforme con una dignidad que yo no entendía del todo, aunque me llenaba de orgullo. Mi mamá preparaba el mate mientras él se ajustaba la gorra y revisaba el reloj de bolsillo. El tren no esperaba a nadie, decía, pero él siempre esperaba al tren. Evoqué el techo al crujir cuando arreciaba el pampero.

Yo jugaba entre los durmientes, recogía piedras y soñaba con viajar. A veces me dejaban subir a la cabina y saludaba con orgullo a los pasajeros. Me sentía parte, lo era…

Cuando cerraron la estación fue como si nos hubieran arrancado el alma. Mi papá no dijo nada. Guardó el uniforme, cerró la persiana del comedor y dejó de mirar por la ventana.

Nos fuimos poco después. Como tantos. Como todas las familias ferroviarias de las estaciones donde no pasaba más el tren. No hubo resistencia. “Ramal que para, ramal que cierra”, había dicho un presidente. Pero hay trenes y estaciones que no se olvidan; y pueblos que, aunque parezcan fantasmas, siguen esperando que alguien los visite o al menos los nombre.

Durante mucho tiempo escuché el silbato en las noches ventosas, continué viendo la luz del tren cuando arribaba a la estación y recordé mi escuela. Supe que todavía tenía alumnos, muy pocos, pero los había.

 

 

Entré a la escuela como quien vuelve a una casa que fue suya. El pasillo olía a tiza y humedad. En el aula multigrado, una mujer de pelo blanco acomodaba cuadernos en una estantería de metal. ¿Usted es…? preguntó, sin levantar la vista. El hijo del jefe de la estación, respondí con melancolía. Entonces se volvió hacia mí muy despacio, como si el tiempo le pesara. Su papá era el alma de la estación; siempre llegaba unos minutos antes que el tren. Me ofreció un mate y me hizo sentar en el viejo pupitre de madera. Cuando cerraron la estación fue como si nos pararan el reloj del pueblo; ya no sabíamos si era lunes o domingo; su padre dejó de venir; y su mamá, que traía tortas para los actos, tampoco volvió. Nos fuimos como tantos. Sí como tantos, pero su padre dejó algo; déjeme que lo busque. La maestra se levantó y caminó lento hacia el armario de metal de donde sacó una caja de cartón. Esto es muy importante; la encontró un alumno en el galpón de la estación. La abrí despacio. Adentro había un silbato, una gorra azul marino y un cuaderno con anotaciones de horarios; nombres de trenes, fechas; hasta puntillosos datos meteorológicos. Según mi padre cada tren traía historias y había que anotarlas para que no se perdieran. Me quedé en silencio. En el patio, el bullicio de unos pocos chicos que correteaban. ¿Y usted, qué vino a buscar? Vine a recordar, respondí bajito; entonces, llevé la caja, continente de recuerdos.

Esa noche me quedé en un hotel de Punta Alta, cabecera del partido de Coronel Rosales al que pertenece Calderón. La caja con los recuerdos estaba sobre la mesa. Afuera, el viento soplaba como siempre y hacía crujir los techos.

Entonces escuché el silbato, primero fue un rumor lejano; después, claro, agudo, hasta estridente. Cerré los ojos. Imaginé a mi padre ajustándose la gorra, a mi madre cebando el mate y a mí saludando desde la cabina. El tren pasó. No lo vi, pero lo sentí, como si no hiciera falta verlo para saber que todavía recorría los rieles abandonados.

Saqué el viejo cuaderno de la caja y escribí en la última hoja amarillenta. “Fecha: 9 de noviembre. Tren: fantasma. Hora: 3:17. Tiempo: viento del sur”. Escribí debajo de mi firma, “hijo del jefe de la estación Calderón”. Porque hay estaciones que no se olvidan e hijos que vuelven para evocarlas.

 

© Diana Durán, 9 de noviembre de 2025

 

Un campo de césped

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Copetonas en Calderón. Héctor Correa


 


NOSTALGIAS CORRENTINAS

 


Carpinchos. Foto: Diana Durán



NOSTALGIAS CORRENTINAS

A mí no me gusta esta ciudad, pero soy pobre. Qué otra cosa me queda que aguantar a este chiquilín malcriado por la madre. A cada rato tiene berrinches. ¿Tendrá algún problema este gurí que se tira al suelo y patalea ante el menor regaño? Cha, que esto no es normal. Allá en el campo, en Mburucuyá, si uno se retobaba, enseguida lo castigaban y volvía a portarse derechito nomás. Hasta que pasó el incendio…

Cuando el Santi se cae o le duele la panza, yo le canto “El Mamboretá” que tira de la patita para que no se lo lleven las hormigas, y mi niño se pone contento. Pero me acuerdo de mi hermanito, angá pobrecito que me abandonó ese día y eso me deja muy triste. Entonces ya no quiero cantar.

Esa sí que era vida. Andar entre las gallinas, los patos overos y barcinos de la laguna, los chajáses y los biguáses. Las garzas y las cigüeñas, tan blancas y gigantes, con esos picos que podían engullir hasta una anguila. Acercarse a los esteros y ver algún yacaré tirado para tomar sol, brillando con colores relucidos. Nunca me dieron miedo, porque ellos hacían su vida: entraban entre los pajonales al agua y después salían a secarse. Y los carpinchos con sus crías. Ahora les dicen distinto, les dicen capibaras, y hay muñecos por todas partes, pero son solo muñecos. Los carpinchos verdaderos son marrones rojizos, nunca rosados ni celestes. Este gurí tiene peluches de carpinchos de todos los colores. No son como los de mi tierra.

Aquí, en Buenos Aires, nadie sabe cómo es mi Corrientes porá, tan bella, tan mía. A mi familia la fundió el incendio: perdimos los yerbatales, y hasta los eucaliptos se quemaron y ahora son negruzcos. No quedó ni una planta de pasionaria, tan hermosa la flor. El fuego fue muy rápido. El rancho crujía como si gritara. Yo corría, gritaba, pero el fuego ya había decidido. Mi mitã’i (1) se me fue esa noche, el techo lo arrancó de mis brazos. El monte lo guarda ahora.

Por eso me mandaron aquí, para ser niñera. Me tengo que ocupar de este saraki (2) que no me da tregua. Yo quiero volver a mi pueblo, a mi Mburucuyá, cerca de los esteros, y bailar en los días del “Festival del Auténtico Chamamé”, que así se llama en mi querida patria. Aquí no se come la mandioca, ni saben lo rica que es. Tampoco el chipá, aunque vi el otro día en el mercado que lo venden congelado. Parecen tontos estos porteños, ¿cómo van a congelar el chipá? Por eso yo se los preparo como en mi tierra, con almidón de mandioca, si consigo con la poca plata que me dan para los mandados. Y no dejan ni uno. Si hasta el doctor, que es el papá de Santi, se enllena de chipá cuando yo se lo cocino.

Ay, quién me manda a estar tan lejos, en Buenos Aires, si yo quiero ir a mi Corrientes. Voy a ahorrar para volver. De a poquito voy a juntar la platita para los pasajes. Total, es un pasaje y medio. La estación de Retiro está cerca del departamento. Esta familia no lo quiere mucho. No me voy a ir sola, me lo voy a llevar al Santi; así no extraño al mío, se me van las pesadillas y no transpiro frío nunca más.

 

Hoy sé que los señores van a salir a pasear. Estoy decidida: me voy con Santi a Mburucuyá, para cuidarlo mejor, para que no esté tan encerrado aquí. Le voy a enseñar los esteros, los yacarés y los carpinchos verdaderos, cantando “El Mamboretá” bajo un cielo lleno de luciérnagas.

……………………………….

A la mañana bien temprano, mientras le doy mate cocido calentito y le enseño a distinguir los cantos de los pájaros, aparece una camioneta blanca en la entrada de la casa. Bajan dos hombres con camisas celestes y una mujer con cara de enojo. ¿Dónde está el niño?, preguntan. No digo nada. Santi trepado a un árbol de guayabo. Lo buscamos desde hace días; usted no puede llevárselo así nomás, dice el principal. Yo les ofrezco chipá, les hablo de los esteros, de los yacarés, de la pasionaria que volvió a florecer en el patio. Pero no entienden nada y me encierran muchos días en la cárcel y, lo peor, se llevan a mi chiquito.

……………………………..

Desde que salí del encierro, cuando veo al carpincho con sus crías, pienso que es él, que me viene a visitar. Y me pongo a cantar “El Mamboretá”, aunque esté sola.

A veces me parece que el gurí me habla desde el estero, o me deja piedritas en la puerta. Aunque nadie lo dice, yo sé que va a volver. O capaz nunca se fue. O capaz… era el otro. No importa. Yo lo espero igual.


(1) Mita’í: niño pequeño en guaraní, expresado con ternura.

(2) Saraki: travieso en guaraní.

© Diana Durán, 3 de noviembre de 2025

HACIA EL SUR

 


Imagen generada por IA

HACIA EL SUR

Más pequeña no podía ser. Dos por dos. Cama de una plaza, perchero metálico, lámpara de pie rescatada de un depósito. La mesita de luz era un cajón de fruta pintado. Sin embargo, el brillo natural tornaba el ambiente menos precario. La ventana daba al pasaje Famaillá, calle estrecha de Villa del Parque, barrio residencial, tranquilo y arbolado. Una vía casi secreta. Hasta la vereda era angosta, y esa calma parecía proteger su refugio oculto. La morada quedaba en el primer piso de una casa de dos plantas. Sofía aún no sabía cómo moverse en ese espacio mínimo. El baño, sin bañadera, ella que amaba los baños de inmersión; y el botiquín de madera con un espejo tan manchado que apenas reflejaba su rostro juvenil. Había ubicado la computadora portátil, único artefacto rescatado del chalet matrimonial, junto a su radio, compañera fiel en esos días de silencio. Todo se acomodaba en un minúsculo escritorio de pino con un solo cajón. La desvencijada biblioteca apenas contenía unos pocos libros que había logrado llevarse de su residencia anterior.

Antes, Sofía había vivido en una residencia de ladrillo a la vista que tenía tres plantas. La cocina era lujosa; los tres dormitorios, en suite; la boiserie del escritorio relucía. Quedaba cerca de la avenida del Libertador, en una de las zonas más distinguidas de San Isidro. Ella solía pararse descalza en el parquet encerado, como si fuera parte del mobiliario. Prefería que él no la viera. Las cortinas pesadas filtraban la luz, y hasta el aire parecía domesticado. Todo estaba en su lugar. Todo menos ella. La cocina olía a jazmines y a control. El comedor diario no la refugiaba de las discusiones con su esposo. En los dormitorios, las puertas se cerraban sin ruido. El jardín era perfecto, pero no tenía sombra. Ni amparo. Ni grieta. A veces, la muchacha se detenía frente al ventanal. Miraba hacia afuera: veía los autos, los árboles alineados, los remolques que transportaban las lanchas al Tigre. Entonces pensaba que esa geometría la aburría y desalentaba.

La relación con Damián iba de mal en peor. Él no entendía su tristeza por haber renunciado al trabajo en la academia de inglés. En realidad, él había sido el promotor de que lo abandonara para permanecer en la casa y ser su dueño. Nadie sabía con certeza lo que pasaba en ese hogar tan perfecto y señorial. Ella estaba condenada a ser ama de casa, sin ninguna otra actividad que complacer y servir a su marido. Tampoco llegaban los hijos, luego de cuatro años de casados.

Ahora, para cocinar, debía descender por una escalera caracol hasta la planta baja, donde vivía la anciana que le alquilaba la habitación. La mujer, amable pero sorda, le prestaba los enseres básicos. No hablaban mucho. No hacía falta. Sofía se había asegurado de que todo contribuiría a que nadie la encontrara.

Sus pertenencias habían quedado en manos de su esposo: vajilla, cristales, mobiliario, joyas. Pero lo que más dolía eran los recuerdos de viajes y sus libros. Sofía había huido de los maltratos y agravios de su marido. También de los intentos de internarla. El último lo evitó gracias a un amigo de la infancia, a quien llamó desesperada como recurso final. Él la ayudó a escapar.

Nadie sabía dónde estaba. Ni sus padres ni su hermana. Damián los había convencido de que ella sufría algún tipo de enfermedad mental. Ellos le creyeron. Ella se quedó sola con su angustia.

Pero ahora, en esa morada diminuta, estaba lejos. Y ella podía vivir tranquila. No tenía celular. Se comunicaba solo por computadora. Había cambiado contraseñas, usuarios, redes. Residía aislada. Sus ahorros, convertidos en efectivo, dormían en una valija. Pensaba en irse al sur; siempre le había gustado. Enseñar inglés. Le avergonzaba recibir alumnos en ese cuarto, así que daba clases a domicilio. Había pegado pequeños anuncios en los negocios cercanos y empezado a tener estudiantes.

Pasó un mes. La calma se había instalado. Se sentía más aliviada. Estaba más activa. Se preguntaba si su drama podía quedar atrás.

Pero no, un día lo vio desde la ventana. Caminaba por la vereda de enfrente del pasaje Famaillá. No era un espejismo. Era él. O su sombra. O algo que la memoria había decidido proyectar. Sofía no gritó. No tembló. Solo se apartó del vidrio, como si el reflejo pudiera delatarla. Se quedó quieta, con la radio encendida, pero muy bajo, casi sin oírla. El pasaje, tan estrecho, ya no era un refugio. ¿Cómo la había localizado? Esperó a la noche. La anciana no preguntó. Nadie lo hizo. Armó la valija con lo justo: ropa, notebook, unos pocos libros. Huyó a Retiro, sacó un pasaje y partió al sur.

El micro se detuvo en la ruta frente a una estación de servicio, luego de un larguísimo recorrido. Sofía bajó con la valija en la mano. El aire era distinto: más limpio, más frío, más húmedo. El cartel decía “El Hoyo”. El lugar que siempre había deseado, poco poblado, lo más lejano posible de la capital. El sitio que había elegido buscando escapar. Hasta el nombre indicaba ocultamiento: un agujero, una cavidad, un refugio. No necesitaba más. Caminó por la calle principal. Las montañas la rodeaban como si la observaran en silencio. No había ruido, solo el crujido de sus pasos. Así llegó al pequeño pueblo del Chubut, en el corazón de la comarca andina. Un paraje tranquilo rodeado de cerros y bosques. Nadie la encontró. Vivía rodeada de gente dedicada al turismo, a las ferias y a la fruta fina. Un ambiente ideal para sosegar su espíritu.

Transcurrieron semanas. Sofía caminaba cada mañana hasta la feria. Saludaba con la cabeza. A veces, alguien le ofrecía fruta. Eran solidarios por naturaleza. Ella aceptaba. No hablaban mucho. No hacía falta. La cooperativa tenía un predio con arándanos, moras y frambuesas. Sofía regaba las plantas sin que se lo pidieran. Le gustaba el olor que quedaba en sus manos. Solía sentarse a escuchar la radio comunitaria. Las voces eran suaves, como si en el Sur hablaran otro idioma.

Logró dar clases de inglés a domicilio. Niños, adolescentes, una mujer que quería viajar. Sofía llegaba con su cuaderno, su voz pausada, su mirada atenta. No contaba su historia. Ni la de San Isidro, ni la de Villa del Parque. Solo corregía verbos y pronunciaciones.

Al año, escuchó por la radio que su marido había muerto en un choque en la ruta 40, camino al sur. Eran accidentes frecuentes. Tal vez la buscaba. Ya no importaba. Ni su gran casa, ni la herencia, ni los recuerdos: todo había perdido sentido. Ella había vuelto a nacer.



El Hoyo, invierno

Suelo verlo. No siempre. No del todo. Una figura entre los árboles, quieta, sin rostro. Sé que ha muerto. Lo sé. Pero hay algo que insiste. No es él. Es lo que dejó. Una sombra que aprendió a caminar con la mía. Sigilosa y anónima.

El viento baja del cerro cada tarde. No trae frío. Trae memoria. Se cuela por los postigos, por las rendijas del silencio. Y yo lo dejo entrar. No por valentía. Por costumbre.

En la feria, los frutos se cubren con mantas. Las frambuesas duermen. Las moras resisten. Los arándanos se esconden bajo la escarcha. Como yo. Como todos los que aprendimos a vivir con lo que no se ve.

La radio comunitaria habla de rutas cortadas, de choques en la 40. No escucho las palabras. Escucho el tono. Como si el Sur también recordara.

Me pregunto si alguna vez se irá. Si el cuerpo puede morir, pero la memoria no. Si el miedo se muda, pero no se extingue. Tal vez no. Tal vez solo aprenda a convivir con él.

 

© Diana Durán, 6 de octubre de 2025

 

EL BOSQUE NOS HABLÓ

 


EL BOSQUE NOS HABLÓ

    Mateo respira con dificultad. La fiebre no baja. No lo entiendo. ¿Dónde empezó el calvario?

 

    Cañas colihues, lianas, bosques de pehuenes. La nieve coronaba las cumbres y el camino se volvía acantilado. Las araucarias se aferraban a las rocas en los lugares más inconcebibles, como vigías silenciosos. El paisaje era único: manchones de nieve, lengas retorcidas en banderita, los Andes marcando el límite con el angosto Chile.

  Podríamos cruzar por el paso de Pino Hachado, le propuse. Y encontrarnos con los volcanes simétricos que tanto te gustan, me respondió Mateo, con sonrisa cómplice. Mejor sigamos nuestro itinerario inicial, es más seguro, agregó mi querido.

  Después de explorar el espectáculo ruinoso, partimos hacia Villa Pehuenia. Nos instalamos en la Posada La Escondida, con vistas al lago Aluminé. Cada mañana caminábamos por el sendero Los Coihues hasta la punta de la península, admirados de tanta belleza. Fotografiábamos gaviotas capuchinas, el agua quieta, el cielo abierto.

    Al tercer día decidimos subir al volcán Batea Mahuida. Queríamos ver la laguna que lo cubre desde la cima. El jeep de la excursión se empinó casi vertical. ¡Agarrate fuerte!, me dijo Mateo. Me da vértigo, pero también emoción, le respondí abrazándolo. Bajamos en el último tramo más difícil. Con esfuerzo subimos por la ladera hasta el borde del cráter. El volcán parecía rugir, la laguna burbujear. No estaba apagado. ¿Puede hacer erupción?, pregunté inquieta. No lo creo... pero no yace dormido, nos explicó el guía, atisbando el cráter. Durante el descenso, nos señaló las vertientes que serpenteaban en la aridez. Son arroyuelos nacientes que confluyen en el Aluminé, explicó. De noche ya en el hotel reflexionamos sobre la potencia y los contrastes de la naturaleza. También sobre sus peligros, pero nuestra juventud nos tornaba aventureros.

    Al día siguiente salimos solos. Queríamos sumergirnos en el bosque y fotografiar aves. Llevábamos largavistas y cámara. Caminábamos lento y oteábamos curiosos el paisaje de la península, el lago a ambos lados y pequeñas playas rocosas en las escotaduras. Este lugar parece inventado, una pintura, le dije a Mateo quien apenas asintió, concentrado en el avistaje.

    Armamos un pequeño campamento. Antes, habíamos atravesado un cañaveral florecido, raro de ver, mezclado con los alerces y coihues. La fiesta fue divisar aves de todo tipo, hasta un carpintero gigante negro con cabeza roja. Al volver entre las cañas, sentimos un olor fuerte y penetrante. ¡Corré, vi la sombra de un ratón, puede haber muchos!, advirtió Mateo. Nos apresuramos hasta que el aire se tornó limpio.

    A la mañana siguiente decidimos quedarnos cerca del hotel. Nos esperaba un regreso largo: más de mil kilómetros atravesando los arcos de Patagónides[1], el Alto Valle frutal y, finalmente, las rectas interminables hacia la ciudad.

    Pasaron dos semanas. Mateo empezó a sentirse engripado: fiebre, dolores musculares, fatiga. Lo atribuimos al esfuerzo, al viento del cráter. Pero los días avanzaron y su respiración se volvió pesada, como si algo raro lo invadiera por dentro. Mateo jadeaba. La fiebre no disminuía. Concurrimos al hospital de urgencia. En la sala blanca, el bosque parecía un recuerdo lejano. Pensé que había sido el volcán que emitía gases contaminantes.

 

    Los médicos me dicen que tiene hantavirus. No les creo. Me hablan de una infección que podía incubarse durante ocho semanas. Recuerdo el cañaveral. Entonces pienso. ¿Dónde fue? ¿El bosque nos engañó con su belleza maldita? ¿Dónde empezó? ¿Fue el olor que nos hizo correr?

  Miro las fotos del carpintero gigante, las lengas en banderita, las araucarias aferradas a la roca. Todo parece lejano y armónico, pero también peligroso. Me pregunto si la belleza puede esconder veneno.

   Mateo respira con dificultad. La fiebre no baja. El bosque nos habló y no lo supimos escuchar. Nadie nos advirtió el significado del cañaveral florecido y los ratones colilargos.

 

© Diana Durán, 18 de agosto de 2025


 



[1] El sistema de los Patagónides, sierras de los Patagónides o simplemente Patagónides, es un conjunto montañoso del sur formado por sierras aisladas que superan la altura de las mesetas, desde Mendoza hasta Chubut. Recorre más de 1000 km. Fueron plegadas en el Mesozoico.

 

FRAGMENTOS DEL DIARIO DE MARCELA

 




Imagen por IA

FRAGMENTOS DEL DIARIO DE MARCELA

3 de marzo de 1965

Hoy me peleé con Eduardo. Otra vez. Él tiene once, yo doce. Soy la mayor, pero eso no sirve para nada. A él lo felicitan. A mí me retan. Por cómo hablo, por cómo me río. Papá dice que soy distraída. Mamá dice que soy caprichosa. Yo digo: soy Marcela; por lo bajo, para que no me critiquen.

En la escuela le va bien. A mí no. No me gustan las cuentas, ni el dibujo, ni la educación física. A mí me gusta escribir. Mi hermano confunde la be con la ve, la ce con la ese, la hache aparece donde no va. La maestra lo corrige, pero mis papás no le dicen nada.

Soy la más linda de la clase. Tengo los ojos grandes y el pelo negro, re negro. Por eso tengo pocas amigas. Dos. Son buenas. Así que no me quejo. Eduardo es flaquito y medio feo. Tiene ojos celestes, pero chiquitos. Ni se le notan.

15 de abril

Vivimos en Necochea. Nos mudamos desde Buenos Aires porque a papá lo cambiaron de sucursal en el banco. Ahora estamos lejos de todo. La primavera y el verano acá son lindos. El invierno no. El viento sopla muy fuerte. Vivimos frente al mar. La playa es enorme. El Parque tiene árboles que parecen de cuento.

Acá hacen un Festival de Niños justo el Día de Reyes. Yo ya no soy tan niña, pero igual me gusta. Vienen teatros, títeres, magos, marionetas. Hasta carrozas. Es la única fiesta que vale la pena. Todos están contentos. Yo también. A veces. Otras me ponen triste los payasos y las marionetas.

Pero el invierno. El invierno es horrible. Las olas golpean fuerte y el viento del mar da miedo. Me escondo cuando hay tormenta. No me acostumbro. Lloro sin saber por qué.

22 de mayo

Extraño a la abuela. Ella sí me quiere. Me enseña a coser botones, a hacer bizcochos, a decir palabras en genovés. Jugamos a las visitas. Me dice “baxin” cuando me voy a dormir. Significa besito. En casa nadie me dice baxin.

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7 de marzo de 1966

Decido ponerles títulos a mis escritos en el diario. El primero será: Delantal blanco, corazón arrugado.

Estamos de vuelta en Buenos Aires. Hace poco. Me cambiaron de colegio. Ya no voy al San Patricio. Extraño el jumper azul y a mis compañeras finas. Ahora voy a una escuela normal. No sé por qué. Me hacen usar un delantal blanco horrible. Me queda grande. Me pica en el cuello, le ponen mucho almidón. El uniforme me hace sentir invisible. Me entristece. Creo que las chicas me miran como si yo fuera de otro planeta. Soy la única nueva.

Mi felicidad es que aquí vive la abuela y hacemos todo lo que nos gusta. A veces pienso que, si dijera fugassa, nadie entendería. Pero yo sí. La abuela me lo dice cuando cocinamos juntas. Fugassa bien dorada, como el sol de la tarde.

15 de agosto

El chico que me gusta

Eduardo va a un colegio con uniforme azul. Eso sí que está bien. Él se ríe de mí y de mis compañeras de delantal blanco. A veces nos cruzamos con sus amigos. Uno me gusta. Es alto. Tiene una cara hermosa. Me mira. Me sonríe. Yo me hago la que no lo veo. Pero sí lo veo. Sé que algún día va a hablarme. Sé que pronto me va a decir de acompañarme. No sé qué voy a hacer. Capaz me quedo muda. Capaz le digo baxin y me escapo corriendo. Hasta ahora nunca me habló y eso me pone triste.

2 de noviembre

Otra vez el mar. Otra vez sin saber

Hoy mis papás nos dijeron que volvemos a Necochea. Otra vez. Voy a perder a la abuela y al chico que me gusta. Hace mucho que no escribo. Pero ahora vuelvo a mi diario y pienso: el mar de nuevo. Y yo, sin saber qué hacer con tanto adiós. Me había acostumbrado, un poco, al colegio.

Mi diario está lleno de arrugas por las lágrimas. Las hojas se ondulan como las olas. Escribo: no sé qué va a ser de mí.

Volví al San Patricio. Mis dos amigas no me hablan mucho. Estoy nuevamente triste. Solamente cuando escribo me siento acompañada.

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15 de mayo de 1967

El mar no responde

Traje mi diario para escribir aquí. Me siento en la arena muy cerca de la orilla. El mar está gris. No hay nadie. Sola con el viento que me despeina. Le hablo al mar como si fuera a él. Como si el chico que me gusta pudiera escucharme desde acá. Le digo que lo extraño. Que me acuerdo de su sonrisa. Que me acuerdo cómo me miraba. Pero el mar no responde. ¿Me vas a contestar?, le digo al mar. El mar no dice nada. Solo me moja los pies. Solo hace ruido. Está bien, igual te entiendo. Como si no me escuchara. Así me siento en el mundo, como si nadie supiera de mí, como si fuera invisible.

Cierro el diario. Lo entierro en la arena. No quiero que nadie lo lea. No quiero que nadie sepa que fui esta Marcela. Me despido de la abuela. Así es mejor.

 

© Diana Durán,11 de agosto de 2025

LA MEMORIA DEL ALGARROBO ABUELO

LA MEMORIA DEL ALGARROBO ABUELO   Ese año habíamos elegido San Luis para las vacaciones. Nos gustaba conocer nuevos rumbos, otros lugare...