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LA NUBE EN LA MONTAÑA

 


Aconquija. Tucumán. Fotografía: Diana Durán. Modificada por IA

LA NUBE EN LA MONTAÑA

La Nube tenía un cuerpo deshilachado y un rostro fantasmal, ojos que cambiaban de forma en la masa de vapor.

Hacía miles de años el vaho de su cuerpo se enfriaba contra las laderas rocosas del Aconquija y subía desde las tierras bajas de lapachos y tipas. La habían denominado nuboselva, una gigantesca masa de vapor vivo, que custodiaba las yungas.

Esa tarde, la Nube cansada del paso ruidoso de los autos que circulaban hacia Tafí del Valle, decidió encerrar a un auto rojo que andaba algo ligero.

Adentro, cuatro humanos debatían su itinerario.

— No nos podemos quedar clavados acá. Si pongo primera, salimos de esta nube en diez minutos —dijo Tomás, con el motor encendido y las manos aferradas al volante.

—Ni se te ocurra acelerar, Tomás, apenas se ve el camino. Un metro en falso y nos vamos al vacío —se opuso Celeste, todavía tranquila, pero firme.

Afuera, el cuerpo de la Nube se arremolinó contra el parabrisas, condensándose para ocultar cualquier vestigio de la ruta. El ambiente estaba cubierto de lianas y helechos enormes que parecían suspendidos en la nada.

—Acá todo es distinto y traicionero. Abajo dejamos el calor, pero arriba la vegetación te devora —respondió Laura, intentando sin éxito desempañar el vidrio.

La Nube susurró algo incomprensible, aunque ellos sólo escucharon un silbido húmedo colándose por las rendijas del auto.

—Tranquilas, exageran. Es la nuboselva, nada más —intervino Diego, inclinándose hacia adelante, ansioso por avanzar—. La llaman lluvia horizontal. Si prendemos las balizas, Tomás va despacio y sigue la línea blanca, llegaremos a las cumbres antes de que anochezca.

La Nube se sintió ofendida por la arrogancia del muchacho. —¿Lluvia horizontal, nada más? ¿Un simple estorbo en el camino? — dijo y sopló fuerte.

De un golpe de vapor barrió con retazos de niebla los faros delanteros y deslizó gotas pesadas desde las copas apenas visibles de los laureles, haciéndolas caer sobre el techo del auto.

—No se ve la línea blanca, Diego, ¡no se ve nada! Es una locura avanzar a ciegas. Apaguen las luces, por favor, y esperemos —gritó Laura, tajante.

—¿Esperar a qué? Quedar varados en una curva cerrada es más peligroso que seguir despacio —protestó Tomás, dejando el auto en punto muerto.

—Peor es desbarrancar, —retrucó Celeste, inflexible.

La niebla, complacida por la reverencia de la chica, condensó su figura sobre el capó del auto. Para Tomás y Diego no era más que un obstáculo blanquecino y espeso, pero Laura y Celeste vieron cómo el vapor tomaba la forma de un dibujo sinuoso y fantasmal de cuyo extremo caían helechos como una cabellera verdosa.

—¿Por qué tanta prisa, humanos? —la voz resonó dentro del vehículo.

Los cuatro quedaron petrificados.

—¿Ustedes escucharon eso? —tartamudeó Diego, perdiendo de golpe toda su suficiencia.

—No abras la boca —rogó Celeste, sin apartar los ojos de la silueta que flotaba frente al vidrio.

La Nube inclinó su cabeza de bruma y sopló contra el cristal. El vaho interior se limpió brevemente. Entonces vieron un abismo a un metro de la rueda delantera. El asfalto había desaparecido en la garganta vertical.

—Tu auto iba a arrojarte hacia mí —advirtió la Nube junto al crujido de los alisos—. Los hombres siempre creen que el camino les pertenece. Corren y atropellan los bordes de las laderas, matan a los ciervos y espantan a los pájaros.

Tomás, con el rostro pálido y la respiración entrecortada, soltó el volante.

—No quisimos faltarle el respeto, solo queríamos cruzar el Aconquija hacia Tafí del Valle —explicó Laura casi sin aliento.

—Para cruzar mis dominios, primero hay que aprender de la naturaleza. El valle no se irá a ninguna parte. Esta noche pertenecerán a la selva —sentenció la Nube.

Un rugido sordo sacudió la ladera. Metros más adelante, una avalancha de piedras y barro cayó con estruendo, bloqueando el camino por el que Diego y Tomás pretendían avanzar a ciegas.

—Apagá el motor, Tomás, ya —pidió Diego aterrado por las circunstancias.

La Nube cubrió con su manto gélido el vehículo, hundiéndolo en una oquedad tan densa como oscura.

Durante la noche, la niebla se quedó echada sobre el auto, respirando sobre ellos. Les mostró paso a paso el croar de las ranas ocultas en los troncos, la danza de los helechos bebiendo agua del aire, los pasos sigilosos de pequeños ciervos curiosos que olfateaban las llantas. Los cuatro amigos dormitaron de a ratos, envueltos en mantas. Comprendieron que el encierro no era un castigo, sino una espera forzada por el entorno.

Hacia el amanecer, cuando el cansancio ya pesaba como piedra, una luz dorada se escurrió lentamente entre la bruma.

El vapor fantasmal se irguió sobre el techo del auto, estirando sus largos brazos hacia las cumbres. Su figura se volvía cada vez más fina y deshilachada a medida que el sol la atravesaba.

—Han sabido esperar, el gran Aconquija ha aceptado su ofrenda paciente —susurró la voz mientras se desvanecía en partículas que hicieron resplandecer en color esmeralda las hojas de los helechos. El muro blanco se abrió en fragmentos, mostrando el asfalto todavía mojado y, a un costado, el desmoronamiento de rocas que los habría sepultado de no haber frenado a tiempo.

Nadie habló de inmediato. El silencio ya no era de miedo, sino de asombro ante lo ocurrido.

Tomás miró a las mujeres. Agachó la cabeza y les pidió perdón por su terquedad. Luego, encendió la llave y el motor arrancó.

Cuando a poca distancia el auto alcanzó al mirador de El Indio, la selva se mostró en su esplendor de verdes dominantes intercalados por rosas, amarillos y blancos floridos. Un mar de nubes cubría el fondo de la quebrada. Parecía que la Nube se había acomodado para descansar.

—Mírenla, ahí está reposando en el fondo de la quebrada —observó Celeste.

—Nos cuidó toda la noche —reconoció Diego, inclinándose para ver el colchón blanco que antes había querido perforar a ciegas.

—Entonces sigamos a Tafí del Valle —propuso Laura—. Anoche la Nube no nos dejó atravesar la montaña, pero nos legó un aprendizaje superior: el respeto hacia la naturaleza.

 © Diana Durán, 7 de setiembre de 2026

EL SILENCIO DE LOS PÁJAROS

 

Arroyo Las Piedras. Villa Ventana. Fotografía: Héctor Correa

 EL SILENCIO DE LOS PÁJAROS

Todo comenzó con los aullidos de dos perros que rompieron la calma de una noche de septiembre. El barrio, habitualmente sereno, apenas se animaba de día con las voces de las vecinas y el paso de los niños que volvían de la escuela. De noche, el silencio era casi absoluto. Pero esa vez, los ladridos irrumpieron como un tajo en la quietud.

Al principio pensé que se cansarían pronto. Me refugié en los cronopios de Cortázar, buscando que sus absurdos me distrajeran. Sin embargo, cada página se mezclaba con el eco de los perros, y las criaturas imaginarias parecían burlarse de mi insomnio. Pasaron dos horas. Cuando abandoné la lectura, los aullidos seguían allí, más insistentes, más penetrantes.

Al amanecer, el gallo de la otra cuadra cantó con una fuerza exagerada, como si quisiera vengar la vigilia de la noche. Preparé unos mates para calmar la ansiedad y volví a la cama, donde mi esposo dormía plácidamente, ajeno a mi desvelo. A la madrugada, comenzaron los pájaros. Primero los zorzales, luego los benteveos y los horneros. De día, las grotescas bandadas de loros barranqueros partieron desde los cables del centro y atravesaron el barrio chillando. Una plaga. Las torcazas completaron la sinfonía con su canto monótono. No había forma de escapar a aquella orquesta.

Me pregunté por qué esa noche no había podido conciliar el sueño. ¿Era culpa de los perros, o de los pájaros que parecían multiplicarse en mi oído? Durante dos noches más se repitió el proceso, aunque los perros se habían calmado. Ahora eran el gallo y los pájaros. Probé con tilo, valeriana y manzanilla. Nada. Al final recurrí a una pastilla para dormir, algo que hacía años no se me cruzaba por la mente.

El sueño cortado continuó al llegar el fin de semana, mientras intentaba corregir exámenes. Las pilas de hojas se acumulaban, pero mi concentración era nula. Decidí salir a caminar al parque cercano. Allí me sorprendió el silencio. No había tijeretas en lo alto de los pinos, ni el churrinche inquieto que solía seguirme, ni las calandrias pastando en la hierba. El aire estaba vacío. Pensé que, quizá, yo misma había decidido no escuchar más pájaros y que, por una rara coincidencia, habían desaparecido.

Las noches siguientes fueron idénticas. El médico me recetó calmantes más fuertes y logré dormir de a ratos, pero la inquietud persistía. Le propuse a mi esposo unas vacaciones breves en Villa Ventana, nuestro refugio habitual. Partimos un viernes por la tarde. En el camino no vimos una sola loica. Expresé contrariada, con el avance de la soja, esto tenía que pasar; pobres pájaros, ya no tienen dónde habitar. Él pareció ignorarme, atento a la ruta; aunque luego contestó, ya vamos a ver pájaros, no te preocupes.

La villa nos recibió con su calma de siempre y el murmullo del arroyo Las Piedras, contiguo a la cabaña. Descubrí que allí tampoco había cantos. Ni jilgueros, ni siete colores, ni siquiera el graznido de los chimangos. Su ausencia me produjo aún más desvelo. Esa noche, el silencio fue áspero, casi mineral.

A la mañana muy temprano salí sola a caminar. No divisé nada: ni cabecitas negras sobre los cardos, ni viuditas entre los espinillos, ni benteveos sobrevolando el arroyo. No había una sola presencia alada. Descubrí, desesperanzada, que los pájaros se habían ido. No sabía a dónde, solo que su ausencia me inquietaba más que cualquier canto de mi pueblo.

 

 

Con el tiempo comprendí que los pájaros no se habían ido a otro lugar. Se habían retirado de mí, como si guardaran su música para el momento en que mi ánimo encontrara la calma. Descubrí que los pájaros eran, también, mi propio descanso, el latido que sostenía mi mundo interior.

Desde entonces, cada noche me pregunto a dónde van los pájaros. Cada madrugada, en el hueco que produce su silencio, ya no escucho el ruido de la vigilia, sino el leve batir de unas alas y los primeros gorjeos que ensayan en secreto el próximo amanecer.

© Diana Durán,10 de agosto de 2026

 

DÓNDE QUEDA EL DÓNDE

 


La plaza de Concepción del Uruguay. Street View


DÓNDE QUEDA EL DÓNDE

El tiempo lo cura todo, pensaba, pasarán los días, los meses, los años y la distancia terminará por diluir su rostro. Cuanto más remoto, mejor, le repetía a un amigo al borde del muelle. Decía que se iría muy lejos para no tropezar más con su sombra.

 

Concepción del Uruguay los alojaba a la vera del río. Apenas se cruzaban. El mundo se reducía a convergencias breves: unos minutos fugaces sin saludo ni gesto. Seguía el regreso inexorable a la soledad. Los encuentros eran mínimos pero implacables, suficientes para clausurar de golpe cualquier intento de reconstrucción.

 

Sin embargo, ahí estaban. Vivir en la misma ciudad los volvía cercanos y lejanos a la vez. Coincidían en los escenarios donde habían tejido una historia compartida. El andar lento por la Plaza Francisco Ramírez. La luz cálida del bar Siete Colinas. El rumor lejano del río al caminar por el boulevard hacia la ribera. La ciudad entera guardaba el eco de sus pasos, y él entendió que para huir de ella debía, primero, desarraigarse de sí mismo.

 

Tiempo después, aun habiendo partido a Paraná, lo perseguían el calor de las noches de amor, la fatiga de las tardes de encono irreconciliable y el acecho imprevisto de aquellas calles de encuentros involuntarios. Los recuerdos se negaban a desaparecer.

 

Paraná, aunque distinta, era una ciudad igualmente ribereña. Él comprendió entonces que no existía destierro capaz de borrar la historia compartida. La distancia no alcanzaba para fracturar una relación que había abierto surcos en su piel y apartar los lugares que, aun distantes, volvían a su memoria.

 

Caminar por la capital no le servía de nada. Ella superpoblaba lo cotidiano. Reaparecía intacta en el ala olvidada de una esquina, bajo la sombra umbría de la plaza, en las callejuelas estrechas del centro o en la bruma matinal del anchuroso río. Las imponentes barrancas naturales le devolvían los paisajes litorales que habían recorrido juntos.

 

Devorado por la ausencia, él se preguntaba una y otra vez: ¿dónde queda el dónde? ¿Persiste en la ciudad que se abandona, en los suburbios ribereños, en el recodo del camino donde la historia se había quebrado? ¿Dónde queda el dónde? ¿En el abismo del olvido, en la juventud compartida, en la memoria de los amigos lejanos?

 

Entonces debía irse para no encontrarla más. Aunque en el fondo sabía, con esa constancia que invoca el horizonte del río, que el dónde quedaría flotando para siempre en el aire de cualquier ciudad, como un eco que ningún viaje lograría extinguir.

 

Había decidido, al fin, emprender la partida definitiva.

 

 

© Diana Durán, 3 de agosto de 2026


PLEAMAR

 


    |                                                                        Fotografía. Diana Durán

PLEAMAR

Dalma iba todos los años junto a su familia a Mar del Plata. Sus padres habían comprado una cabaña pequeña pero cómoda en un barrio cercano a la playa de Los Acantilados. A diferencia del resto de los jóvenes que abarrotaban el centro, a ella le gustaba la calma de ese lugar. Amaba el mar, pero, sobre todo, la soledad que le ofrecía.

Usualmente bajaba con sus padres a las diez de la mañana. A las doce, cuando el sol empezaba a irritar, ellos regresaban a la cabaña para almorzar y ya no volvían. Dalma, en cambio, esperaba a que la tarde cayera. Era ágil como una gacela; bajaba las escaleras de las barrancas y los senderos de greda con una soltura inusual. Buscaba siempre un rincón alejado, allí donde las paredes del suelo acantilado la protegían del viento, y se tiraba en la arena a tomar el sol que ya no quemaba. Muchas veces se internaba entre las rocas costeras y contemplaba a las gaviotas que se posaban en la playa para luego remontar vuelo. Conocía cada retazo de ese sitio agreste.

Esa tarde repitió el ritual. Extendió la amplia lona de guardas azules y naranjas, regalo de una amiga, y acomodó la matera, las cremas y el libro. Leía El caso de Alaska Sanders, último thriller que había comprado, sin la atención acostumbrada. Mientras leía, su interés divagaba entre las páginas y el entorno: la bandada de gaviotas que planeaba al ras del agua, la trama de la arenilla entre sus dedos, un par de surfistas que desafiaban las olas de la tarde. Se sentía en perfecta armonía, mimetizada con el paisaje.

Pasadas las cinco, sintió la pulsión de caminar. Para Dalma era una forma de pensar. Juntó sus bártulos y se internó entre los acantilados, sorteando las rocas que conocía como la palma de su mano. El día, inusualmente cálido, la invitó a ir más allá de sus límites habituales. Encontró una cala de arena entre dos barrancas, un pequeño escondite encajonado entre las paredes verticales. El arrullo de las olas y el cansancio del día la envolvieron en una modorra placentera. Se recostó sobre un recodo tibio y, sin planearlo, se quedó adormilada.

Cuando abrió los ojos, el paisaje había cambiado de color. El sol ya se había ocultado, dejando un resplandor violeta. El frío le calaba los huesos. Pero lo que la hizo reaccionar fue el rugido del agua tan cercano. Demasiado.

La marea alta había avanzado y devorado la pequeña playa. El agua estallaba contra la base de las rocas. Por primera vez en su vida, Dalma sintió que el lugar le era ajeno.

Buscó el sendero oculto por el que había entrado, pero solo vio espuma blanca entre las rocas. Aunque intentó trepar por la pared del acantilado, los estratos se desmoronaban como arena seca. Miró hacia arriba, calculó que la cima de la barranca estaba a diez metros de altura, inalcanzable sin escaleras. El mar avanzaba unos centímetros con cada ola. Ya le llegaba a los tobillos.

Dalma respiró hondo e intentó calmar los latidos de su corazón. Recordó los thrillers que leía: el pánico era el mejor amigo de la muerte. Miró el agua embravecida, revisó la pared de tierra que la confinaba, y comprendió que la agilidad de la que tanto se jactaba iba a ser su única oportunidad de supervivencia. Clavó las uñas en la pared terrosa y empezó a subir.

 

  © Diana Durán, 1 de junio de 2026

LA NIÑA EN EL JARDÍN ENCANTADO

 


Fotografía modificada por IA

LA NIÑA EN EL JARDÍN ENCANTADO

Amelie amaba su jardín. Allí existían flores de todos los colores, árboles frondosos, una huerta y rincones para jugar. La hamaca hecha con una rueda colgaba de la rama más fuerte del roble, y un viejo desván alimentaba su imaginación infantil.

El padre trabajaba en el mismo predio fabricando ventanas y puertas de pino. Por eso, la niña siempre tenía a mano maderitas, pequeños trozos de metal, pedazos de goma y cerraduras viejas, materiales con los que había construido una simulada casita en un rincón del terreno.

Bajo la amplia copa del roble, cuando su madre regaba el jardín, aparecían bandadas de pájaros multicolores. Amelie los observaba fascinada: jilgueros amarillos radiantes, horneros marrones tornasolados, inquietos churrinches rojizos. Sus cejas marcadas, sus picos extraños, sus cantos únicos. La niña seguía con la mirada su vuelo y su revoloteo, como si fueran parte de un juego que ella sola había inventado.

Al volver del colegio, lo primero que hacía era recorrer ese mundo propio. Una tarde, después de terminar los deberes, descubrió un visitante inesperado: un animalito peludo de cuatro patas. No era un gato ni un perro; huyó veloz dejando apenas la visión de su hocico puntiagudo y gran cola anaranjada. Amelie buscó su figura en las láminas del diccionario y, al reconocerlo, sintió una especial alegría al descubrir que era un zorro colorado. Guardó el secreto, temiendo que los adultos lo espantaran.

Los fines de semana jugaba en la cabaña que había levantado. Allí, además del zorro y los pájaros, descubrió que se posaba una mariposa atigrada y la dejó volar libre porque sabía que era muy frágil.

¿Qué más podré ver en mi jardín?, se preguntaba extrañada; seguro que muchos otros animales, porque tengo un jardín encantado.

Animada, Amelie afinó su mirada. Desde entonces descubrió comadrejas, lagartijas y sapos que no le simpatizaron, pero también ardillas que trepaban huidizas al roble y un topo que cavaba un túnel casi invisible. Buscaba cada hallazgo en las figuras de su diccionario, y guardaba para sí cada secreta existencia.

Con el tiempo, Amelie comenzó a conversar con la fauna de su entorno, y algunos, de a poco, le fueron respondiendo. Los pájaros le cantaban volando alrededor mientras bailaba dichosa. El topo llegó a mostrarle su cueva y a sus seis diminutas crías rosadas. El zorro le contó que le resultaba muy difícil vivir en un lugar tan poblado porque la gente solía despreciarlo y, a veces, hasta le tiraban piedras para espantarlo. La mariposa le comunicó triste que temía por sus huevos porque cada día se usaban más pesticidas. La niña logró conocer y respetar a sus amigos.

Un día llegaron obreros a construir un quincho en el fondo de la casa. El ruido espantó a los animalitos de Amelie, quien acongojada decidió contar la historia a su mamá. Ella sonrió incrédula, pensando que su hija fabulaba. Ay, hijita, dejá ya de ver tantos dibujos animados que te confunden con la realidad; los animales del jardín no hablan con las personas. Pero mamá… protestó mientras la veía alejarse tranquila.

Durante semanas apenas se divisaron unos pocos gorriones. Cuando la obra terminó, los animales regresaron, pero no volvió la magia: Amelie no podía conversar otra vez con sus amigos del jardín que había perdido su encanto.

Sin embargo, una tarde el zorro colorado se acercó lento y reposó a su lado. Otro día, las ardillas bajaron del roble y le mostraron que habían guardado muchas bellotas para el invierno. Finalmente, el topo salió de su guarida con sus crías ya grandes y los pájaros revolotearon en círculo a su alrededor impulsándola a bailar. Los animales no le hablaban con palabras, sino con gestos, vuelos y miradas. Amelie, atenta, los contemplaba.

La niña comprendió que el jardín no había cambiado: ahora había vuelto a ser su reino y ella una especie de guardiana que algún día contaría sus historias.


© Para Amelie de la abuela Diana, 13 de abril de 2026

LA MEMORIA DEL AVE

 


 

 

Paisaje correntino. Fotografía: Héctor Correa

 

LA MEMORIA DEL AVE


Nuestro proyecto era ir a Corrientes, para, desde allí, visitar varios lugares del Nordeste y, en especial, los vastos Esteros del Iberá. De cada viaje acostumbro a llevarme algo, una artesanía, una nadería, de este esperaba muchos recuerdos dada la importancia de la cultura local.

El paisaje nos deleitaba y no pasaron muchos kilómetros desde nuestro ingreso a la provincia por la ruta doce cuando comenzamos a divisar bañados y lagunas donde las aves del litoral nos atraían con sus picos raros y plumajes brillantes. Divisamos al chajá, al biguá, garzas, pollonas, hasta varios martines pescadores de diversos tamaños y los fotografiamos en sus ambientes acuáticos. Una delicia para nuestros hábitos naturalistas.

Así llegamos a Goya, tierra de mis ancestros, mi abuela materna y sus antecesores. Le propuse a mi esposo entrar a la ciudad pues no nos íbamos a desviar mucho para llegar al destino intermedio en la capital provincial.

Goya es la segunda ciudad más poblada de la provincia a orillas del río Paraná. Le dicen la "Capital Nacional del Surubí" por su famoso festival de pesca, pero no era época. Es una ciudad con fuerte herencia colonial e inmigrante, con una arquitectura particular, el teatro más antiguo del país y la paradisíaca Isla de las Damas.

Solo recorrer sus calles me hacía volver a la infancia en la que supe ir con mi familia a la casa de mi abuela donde pasábamos largas temporadas en la vieja casona de Caá Guazú y Pedro Goyena en sus incontables habitaciones que guardaban tabaco. Para mi mente infantil ese lugar había resultado mágico por su abigarrado patio interior, el eco del aljibe y la frescura del limonero y el árbol de quinotos. Allí la abuela sentada en un viejo sillón de paja nos relataba los cuentos locales más asombrosos y atrayentes para nosotros. Nos contaba sobre el genio protector del Pombero, dueño de los pájaros y el sol y señor de la noche; el temible Lobizón, flaco y enfermizo; o las apariciones de la virgen de Itatí, símbolo de fe y esperanza para los correntinos.

Dejamos atrás el encanto de los recuerdos goyanos y desde allí avanzamos por la ruta veinticuatro para luego empalmar por la nacional ciento veintitrés hasta Mercedes, en el centro provincial.

Mientras accedíamos al Portal Laguna Iberá, camino a los esteros, nos detuvimos bajo un sauzal a reposar un poco. Fue entonces cuando vi un ave increíble, posada en un junco, con el plumaje dorado encendido por el sol. Su canto no era un trino, sino un llamado profundo, como si pronunciara una palabra que yo debía recordar. Le pedí a mi esposo que la fotografiara, pero la lente se empañaba y cuando lograba enfocar el lugar que yo le indicaba, la imagen se borraba. Él aseguraba que no veía más que garzas y chajás. Yo, en cambio, no podía apartar la vista de aquella criatura inverosímil, que al batir sus alas en un momento dejó en el aire una estela luminosa, como un secreto destinado solo para mí.

Más tarde, al evocar su trino, decidí que le debía dar un nombre especial. La llamé Ñeembucú que en guaraní significa “palabra escondida”, porque nadie más la había visto ni oído, y su aparición parecía destinada a permanecer en el silencio de mi memoria.

Al día siguiente, al adentrarnos en los esteros sin excursión porque queríamos disfrutarlos solo para nosotros, la misma ave mágica reapareció al atardecer y otra vez únicamente yo pude verla y oírla.

Esta vez no cantó, sino que susurró y para mi asombro su voz era igual a la de mi abuela, la misma que me narraba las historias del Pombero y del Lobizón en la casa de Goya. Me llamaba por mi nombre y fusionando con suavidad sus palabras con mi emoción, me dijo:

─Querida, aquí estoy, en mi lugar. Solo tú me verás siempre que te acerques con tanto cariño.

Entonces comprendí que el Ñeembucú no era solo un pájaro imposible, sino la encarnación de aquellas palabras pretéritas y amorosas que la abuela había sembrado en mi infancia. El ave dorada llevaba en su canto la historia de la casa de Goya, de su patio y sus frutos. Mi esposo no la vio, pero aceptó mi relato de que en su vuelo se mezclaban la fe, la magia y la ternura de aquella infancia feliz que nunca se perderían.

Así comprendí que aquel viaje no me había regalado una artesanía ni una nadería, sino un tesoro personal: la certeza de que las palabras y los relatos de mi abuela seguían escondidas en el territorio, protegidas por el ave mágica. Estaba segura de que cada vez que regresara a Corrientes, no buscaría recuerdos materiales, sino la huella de aquel asombroso pájaro ilusorio.


© Diana Durán, 30 de marzo de 2026

LOS ECOS DEL GRAN HOTEL

 


Fotografía: La Nación. 24 de julio de 2023

LOS ECOS DEL GRAN HOTEL

 

Villa Ventana. No hay lugar en el mundo que nos guste más para disfrutar las vacaciones: las sierras, los arroyos que serpentean los límites, el aroma de los árboles, los artesanos en las callejuelas, la fiesta de la Golondrina y los pájaros que parecen notas musicales en cada rama. Allí volvimos, como todos los años.

Ayer desayunamos en la galería de la cabaña, con pan casero y mermelada. Conversamos sin apuro disfrutando el inicio del veraneo. Momentos simples, pero llenos de esa calma que uno quisiera retener para siempre. Caminamos a la vera del Belisario. El agua corre lenta y transparente, y la brisa nos acaricia. Conversamos sobre nada en particular, junto al mecer suave de las hojas y el cielo teñido de un azul cada vez más obscuro. Dormimos abrazados y serenos.

Hoy nos internamos en los senderos de la periferia. La caminata nos lleva cerca de un cerro cónico cuyo nombre desconocemos. Continuamos por un camino sinuoso hasta el Club Hotel de la Ventana, inaugurado en 1911, según reza un cartel. Célebre por haber alojado a marinos alemanes del acorazado “Admiral Graf Spee”. El edificio se incendió hace décadas, pero todavía conserva la sombra de su antigua majestuosidad. Escaleras, cimientos y muros derruidos nos hacen imaginar el esplendor de aquellos días cuando estaban en pie el cine, el teatro y la capilla. Las ruinas permanecen rodeadas por cientos de hectáreas parquizadas y cubiertas de árboles centenarios que el tiempo no pudo destruir.

La noche nos sorprende entre los restos del ex hotel. Contra las advertencias de otros turistas que recorren el lugar, decidimos quedarnos: queremos experimentar por un rato la sensación de vagar por el gran hotel. Armamos un campamento improvisado con los elementos que trajimos en el auto: carpa para dos y canasto con enseres básicos. Comemos y brindamos bajo la luna embelesados de nuestra aventura.

De pronto, el viento comienza a cambiar su fuerza, como si arrastrara un murmullo antiguo. Primero caen gotas aisladas, con un ritmo irregular. De a poco, la lluvia se vuelve persistente; un tamborileo que aumenta en intensidad.

Está lloviendo, me dice con voz baja, algo resignado. Es la tierra que nos quiere retener, respondo entusiasmada al mirar cómo la arcilla se torna un reflejo brilloso. No es lluvia; es un llamado que no debemos atender, señala intrigándome.

Más tarde las ruinas se estremecen con truenos y relámpagos. Algo extraño sucede. Se confunden en la lejanía voces mezcladas con el repiqueteo del agua, como si la tormenta tradujera palabras en un idioma misterioso. El suelo se torna resbaladizo, y cada paso es un intento por no quedar atrapados en aquel escenario que nos resulta sombrío y desconocido.

A la media hora, en el silencio quebrado por el viento, comienzan a escucharse más sonidos. Diálogos tensos, incomprensibles, en un idioma que pronto reconocemos: alemán. El gran hall es un despojo de ladrillos, pero las voces resuenan en las paredes desmoronadas.

¿Escuchás? Es como si los muros hablaran, me revela. No son los muros; son memorias que no se apagan, tiemblo al responderle; ¿y si nunca se fueron?, ¿y si siguen aquí, atrapadas en la eternidad del hotel? Él me ordena, no mires atrás. La historia nos persigue.

Las frases desconocidas se mezclan con el temblor de nuestras manos. El edificio parece reclamar su pasado de esplendor.

Siento que nos observan, le digo al fijar mis ojos en la negrura. Nos observan porque somos intrusos de su tiempo, me responde y aterroriza.

Corremos hacia el auto. La lluvia convierte el camino en una vía resbaladiza. Nuestro vehículo patina en zigzag.

Manejá rápido; los ecos nos siguen. Si manejo rápido vamos a encallar. ¿No los escuchás?; son voces, pero parecen aullidos; como si la noche hablara en otro idioma.

Detrás de nosotros, los ecos germanos se transforman en un coro de lamentos que nos persigue en la oscuridad.

No podemos salir, te escucho titubear con voz quebrada. Es el hotel que nos retiene; siento que los escombros giran alrededor. ¿Y si nunca fuimos visitantes, sino parte de su memoria?; ya no hay regreso.

Los clamores se hacen más cercanos, pero menos comprensibles, seres invisibles brotan de los muros. El aire se espesa; las sombras acechan. Las ruinas dejan de ser ruinas: se alzan como un cuerpo oscuro, con pasillos que se abren en la arcilla y ventanas que golpean en la penumbra. El hotel nos envuelve, nos traga, nos absorbe en un silencio de piedra.

El crujido de las escaleras bajo nuestros pies nos desliza hacia un salón oscuro y tenebroso. Después, nada. Solo la certeza de que el hotel nos convierte en parte de su historia, en voces que algún día otros escucharán, al incursionar en la noche.

 

© Diana Durán, 2 de marzo de 2026

 


ESTACIÓN FANTASMA

Vista de un área de bosque

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

El Patronato cerca de Calderón. Fotografía: Héctor Correa

ESTACIÓN FANTASMA

Cuando volví a Calderón, después de veinte años, el silencio me recibió junto a la atmósfera del pasado. La estación seguía ahí, muda, con los rieles oxidados, sucia y olvidada. Hasta había una familia que la había ocupado y una chanchería en una especie de galpón. El paisaje daba lástima.

Caminé hasta la laguna. Las copetonas se espantaron a mi paso. El edificio del Patronato emergía en el campo como un recuerdo desdichado. Las paredes de ladrillo, resquebrajadas, casi demolidas por el abandono y la desidia, aún guardaban el eco de ochenta y cinco voces infantiles. Un pasado triste sobre el que los chicos escribían cartas nunca enviadas, con dibujos de trenes que los sacaran de ahí, del maldito encierro.

Desolado, caminé hacia la Escuela N° 6, donde aprendí a leer y escribir. Sabía por las noticias locales que allí quedaban solo nueve alumnos. Los vi salir al recreo como si fueran los últimos habitantes de un lugar condenado a desaparecer.

Calderón había tenido una planta de agua mineral, una estafeta postal, varios almacenes y muchas casas. Ahora solo soportaban el paso del tiempo un criadero de pollos, una siembra de champiñones y veinte almas que aún resistían la decadencia y el olvido. Leí en un diario digital que el intendente de Rosales iba cada tanto para inaugurar el ciclo lectivo y, en esas ocasiones, plantaba acacias y promesas. Pero las acacias no crecían, y las promesas se olvidaban.

Yo también me había ido junto a mi familia. Sin embargo, esta vez había vuelto para conservar mi memoria. Porque hay estaciones que, aunque nadie las nombre, siguen allí, a la espera de que alguien regrese a visitarlas.

Volví para recordar las épocas cuando los tres vivíamos en Calderón: mi papá, mi mamá y yo, en una vivienda perteneciente a la estación del ferrocarril. Era una casa modesta, pero allí había pasado una infancia feliz. Desde la ventana del comedor se divisaba la vía, y cada vez que el tren asomaba por el horizonte, mi papá se ponía su gorra y salía a recibirlo. Era el jefe de estación. Llevaba el uniforme con una dignidad que yo no entendía del todo, aunque me llenaba de orgullo. Mi mamá preparaba el mate mientras él se ajustaba la gorra y revisaba el reloj de bolsillo. El tren no esperaba a nadie, decía, pero él siempre esperaba al tren. Evoqué el techo al crujir cuando arreciaba el pampero.

Yo jugaba entre los durmientes, recogía piedras y soñaba con viajar. A veces me dejaban subir a la cabina y saludaba con orgullo a los pasajeros. Me sentía parte, lo era…

Cuando cerraron la estación fue como si nos hubieran arrancado el alma. Mi papá no dijo nada. Guardó el uniforme, cerró la persiana del comedor y dejó de mirar por la ventana.

Nos fuimos poco después. Como tantos. Como todas las familias ferroviarias de las estaciones donde no pasaba más el tren. No hubo resistencia. “Ramal que para, ramal que cierra”, había dicho un presidente. Pero hay trenes y estaciones que no se olvidan; y pueblos que, aunque parezcan fantasmas, siguen esperando que alguien los visite o al menos los nombre.

Durante mucho tiempo escuché el silbato en las noches ventosas, continué viendo la luz del tren cuando arribaba a la estación y recordé mi escuela. Supe que todavía tenía alumnos, muy pocos, pero los había.

 

 

Entré a la escuela como quien vuelve a una casa que fue suya. El pasillo olía a tiza y humedad. En el aula multigrado, una mujer de pelo blanco acomodaba cuadernos en una estantería de metal. ¿Usted es…? preguntó, sin levantar la vista. El hijo del jefe de la estación, respondí con melancolía. Entonces se volvió hacia mí muy despacio, como si el tiempo le pesara. Su papá era el alma de la estación; siempre llegaba unos minutos antes que el tren. Me ofreció un mate y me hizo sentar en el viejo pupitre de madera. Cuando cerraron la estación fue como si nos pararan el reloj del pueblo; ya no sabíamos si era lunes o domingo; su padre dejó de venir; y su mamá, que traía tortas para los actos, tampoco volvió. Nos fuimos como tantos. Sí como tantos, pero su padre dejó algo; déjeme que lo busque. La maestra se levantó y caminó lento hacia el armario de metal de donde sacó una caja de cartón. Esto es muy importante; la encontró un alumno en el galpón de la estación. La abrí despacio. Adentro había un silbato, una gorra azul marino y un cuaderno con anotaciones de horarios; nombres de trenes, fechas; hasta puntillosos datos meteorológicos. Según mi padre cada tren traía historias y había que anotarlas para que no se perdieran. Me quedé en silencio. En el patio, el bullicio de unos pocos chicos que correteaban. ¿Y usted, qué vino a buscar? Vine a recordar, respondí bajito; entonces, llevé la caja, continente de recuerdos.

Esa noche me quedé en un hotel de Punta Alta, cabecera del partido de Coronel Rosales al que pertenece Calderón. La caja con los recuerdos estaba sobre la mesa. Afuera, el viento soplaba como siempre y hacía crujir los techos.

Entonces escuché el silbato, primero fue un rumor lejano; después, claro, agudo, hasta estridente. Cerré los ojos. Imaginé a mi padre ajustándose la gorra, a mi madre cebando el mate y a mí saludando desde la cabina. El tren pasó. No lo vi, pero lo sentí, como si no hiciera falta verlo para saber que todavía recorría los rieles abandonados.

Saqué el viejo cuaderno de la caja y escribí en la última hoja amarillenta. “Fecha: 9 de noviembre. Tren: fantasma. Hora: 3:17. Tiempo: viento del sur”. Escribí debajo de mi firma, “hijo del jefe de la estación Calderón”. Porque hay estaciones que no se olvidan e hijos que vuelven para evocarlas.

 

© Diana Durán, 9 de noviembre de 2025

 

Un campo de césped

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Copetonas en Calderón. Héctor Correa


 


NOSTALGIAS CORRENTINAS

 


Carpinchos. Foto: Diana Durán



NOSTALGIAS CORRENTINAS

A mí no me gusta esta ciudad, pero soy pobre. Qué otra cosa me queda que aguantar a este chiquilín malcriado por la madre. A cada rato tiene berrinches. ¿Tendrá algún problema este gurí que se tira al suelo y patalea ante el menor regaño? Cha, que esto no es normal. Allá en el campo, en Mburucuyá, si uno se retobaba, enseguida lo castigaban y volvía a portarse derechito nomás. Hasta que pasó el incendio…

Cuando el Santi se cae o le duele la panza, yo le canto “El Mamboretá” que tira de la patita para que no se lo lleven las hormigas, y mi niño se pone contento. Pero me acuerdo de mi hermanito, angá pobrecito que me abandonó ese día y eso me deja muy triste. Entonces ya no quiero cantar.

Esa sí que era vida. Andar entre las gallinas, los patos overos y barcinos de la laguna, los chajáses y los biguáses. Las garzas y las cigüeñas, tan blancas y gigantes, con esos picos que podían engullir hasta una anguila. Acercarse a los esteros y ver algún yacaré tirado para tomar sol, brillando con colores relucidos. Nunca me dieron miedo, porque ellos hacían su vida: entraban entre los pajonales al agua y después salían a secarse. Y los carpinchos con sus crías. Ahora les dicen distinto, les dicen capibaras, y hay muñecos por todas partes, pero son solo muñecos. Los carpinchos verdaderos son marrones rojizos, nunca rosados ni celestes. Este gurí tiene peluches de carpinchos de todos los colores. No son como los de mi tierra.

Aquí, en Buenos Aires, nadie sabe cómo es mi Corrientes porá, tan bella, tan mía. A mi familia la fundió el incendio: perdimos los yerbatales, y hasta los eucaliptos se quemaron y ahora son negruzcos. No quedó ni una planta de pasionaria, tan hermosa la flor. El fuego fue muy rápido. El rancho crujía como si gritara. Yo corría, gritaba, pero el fuego ya había decidido. Mi mitã’i (1) se me fue esa noche, el techo lo arrancó de mis brazos. El monte lo guarda ahora.

Por eso me mandaron aquí, para ser niñera. Me tengo que ocupar de este saraki (2) que no me da tregua. Yo quiero volver a mi pueblo, a mi Mburucuyá, cerca de los esteros, y bailar en los días del “Festival del Auténtico Chamamé”, que así se llama en mi querida patria. Aquí no se come la mandioca, ni saben lo rica que es. Tampoco el chipá, aunque vi el otro día en el mercado que lo venden congelado. Parecen tontos estos porteños, ¿cómo van a congelar el chipá? Por eso yo se los preparo como en mi tierra, con almidón de mandioca, si consigo con la poca plata que me dan para los mandados. Y no dejan ni uno. Si hasta el doctor, que es el papá de Santi, se enllena de chipá cuando yo se lo cocino.

Ay, quién me manda a estar tan lejos, en Buenos Aires, si yo quiero ir a mi Corrientes. Voy a ahorrar para volver. De a poquito voy a juntar la platita para los pasajes. Total, es un pasaje y medio. La estación de Retiro está cerca del departamento. Esta familia no lo quiere mucho. No me voy a ir sola, me lo voy a llevar al Santi; así no extraño al mío, se me van las pesadillas y no transpiro frío nunca más.

 

Hoy sé que los señores van a salir a pasear. Estoy decidida: me voy con Santi a Mburucuyá, para cuidarlo mejor, para que no esté tan encerrado aquí. Le voy a enseñar los esteros, los yacarés y los carpinchos verdaderos, cantando “El Mamboretá” bajo un cielo lleno de luciérnagas.

……………………………….

A la mañana bien temprano, mientras le doy mate cocido calentito y le enseño a distinguir los cantos de los pájaros, aparece una camioneta blanca en la entrada de la casa. Bajan dos hombres con camisas celestes y una mujer con cara de enojo. ¿Dónde está el niño?, preguntan. No digo nada. Santi trepado a un árbol de guayabo. Lo buscamos desde hace días; usted no puede llevárselo así nomás, dice el principal. Yo les ofrezco chipá, les hablo de los esteros, de los yacarés, de la pasionaria que volvió a florecer en el patio. Pero no entienden nada y me encierran muchos días en la cárcel y, lo peor, se llevan a mi chiquito.

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Desde que salí del encierro, cuando veo al carpincho con sus crías, pienso que es él, que me viene a visitar. Y me pongo a cantar “El Mamboretá”, aunque esté sola.

A veces me parece que el gurí me habla desde el estero, o me deja piedritas en la puerta. Aunque nadie lo dice, yo sé que va a volver. O capaz nunca se fue. O capaz… era el otro. No importa. Yo lo espero igual.


(1) Mita’í: niño pequeño en guaraní, expresado con ternura.

(2) Saraki: travieso en guaraní.

© Diana Durán, 3 de noviembre de 2025

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