TEMPESTADES

 


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TEMPESTADES

 

Fue un verano distinto, no tanto por el calor sino por la sequedad del ambiente. Parecía que los rostros se resquebrajaban. A cada rato había que cubrirse de crema porque, en caso contrario, se sentían las manos y la cara marchitas.

En la pequeña localidad al pie de la serranía donde vivía con Sebastián y mis hijos, las calles eran de tierra. El polvo que las máquinas regadoras siempre lograban asentar había empezado a formar torbellinos. Éstos ingresaban a las casas y lo cubrían todo con una pátina cenicienta. De nada servía limpiar, porque al poco tiempo había que volver a empezar. Las casas parecían deshabitadas porque los vecinos cerraban puertas y ventanas de día y noche. Si entraba un remolino terroso a una vivienda se tenía que barrer todo de nuevo. En realidad, se iban superponiendo capas que ni la mujer más abnegada podía baldear.

La primaria y el jardín de infantes estaban clausurados. No había personal que pudiera sacar la tierra de aulas, muebles y patios. Eso suponía que los niños estuvieran encerrados en sus casas todo el día, en un lugar como el nuestro donde siempre habían retozado en libertad en bosquecillos, parques y valles de los arroyos. Conocían a la perfección estos sitios. Mis dos hijos varones eran líderes de esas pandillas. Cuando los problemas se profundizaron, el intendente decidió que no comenzaran las clases.

Los aromos de la calle principal, el bosque en galería de los cauces perimetrales del pueblo y la verde armonía de los árboles que poblaban los lotes estaban cubiertos de polvo. Todo el ambiente se había teñido de un tono pardo triste y oscuro. Pero no solo eso, había empezado a escasear el agua y las canaletas estaban tapadas. Para enfrentar la situación se formaron cuadrillas de hombres preparados para limpiar y destapar por si se produjera una lluvia que pudiera traer alivio a la situación.

La asamblea comunal se reunió una mañana para tomar decisiones sobre qué hacer frente a un fenómeno tan excepcional. Luego de mucho debatir, se llegó a la conclusión de que nada era mejor que intensificar la limpieza de sumideros. Solo se podía esperar a que una buena lluvia se encargara de frenar los remolinos y acarrear la polvareda ambiental.

Algunos hombres, entre ellos Sebastián, se habían aventurado a salir del pueblo para saber qué sucedía en las cercanías. A veinte kilómetros la situación era parecida, aunque el cielo se despejaba temporariamente y las aguas corrían límpidas. Tampoco se veían mangas desplazándose por doquier. Volvieron algo confundidos por las inciertas evidencias. Nuestro pueblo era el único de la comarca azotado por el polvo. Cosa de mandinga, se decía por allí.

Los más arriesgados salieron a revisar el entorno, cerca del pie de los cerros y se sorprendieron al encontrar animales alrededor de una laguna casi seca. Compartían el ambiente especies como jabalíes, ciervos, liebres y aves grandes -garzas y águilas moras- apostadas en las orillas mientras bebían tranquilas en ese humedal. La fauna estaba en paz.

Continuaron los días áridos y sedientos hasta que una noche sin estrellas, todo se trastocó. No había previsión meteorológica de lluvias intensas. Primero empezó a tronar, luego se iluminó el cielo a través del polvo todavía reinante con tremendos relámpagos y sobrevino un frente de tormenta imprevisto. Los torbellinos fueron reemplazados por tormentas eléctricas. Estallaban truenos ensordecedores y los relámpagos descargaban la electricidad entre las nubes o, lo que era peor, entre las nubes y la tierra o los árboles. Se veían líneas zigzagueantes de luz y chispas refulgentes que iluminaban la oscuridad del pueblo a través de la bruma persistente.

Al poco tiempo, el espectáculo avanzó sobre la naturaleza y el terruño, llevándose todo a su paso. Nos refugiamos como pudimos. Las ráfagas de viento zumbaban ensordecedoras. Nuestros hijos tan baqueanos se abrazaban a nosotros que les pedíamos se soltaran para hacer otras tareas. No nos queríamos quedar mirando el espectáculo sin actuar. Teníamos la sensación de inminencia y tensión por lo imprevisto. Siguió el granizo, grandes bolas estridentes golpeaban el techo y nos hacían sobresaltar. No era gracioso como en otras ocasiones y ninguno se atrevía a salir a recogerlos. Luego sobrevino un aguacero tan intenso como nunca habíamos sufrido. Cayeron baldazos de agua durante horas. Sebastián quería salir a ver qué pasaba, pero yo no lo dejaba, era peligroso. Los arroyos empezaron a cargarse; escuchábamos las rocas de sus lechos chocar una contra la otra con furia y nos imaginábamos una avenida que podía salirse de los cauces. Así estuvimos durante horas sin dormir hasta que el agua comenzó a entrar por debajo de los zócalos. Entonces nos pusimos manos a la obra para evitar que se inundara la casa. Buscamos cuanto plástico, trapo y papel había en ella. Luego no hubo más remedio que empezar a sacar el agua que se colaba con escurridores. El techo tenía filtraciones así que pusimos baldes en el piso donde había goteras. Nuestro jardín tenía que infiltrar, pensábamos, pero no, los gotones habían tapado el suelo que ya no era poroso por culpa del maldito polvo de la sequía previa. Vimos que nuestro auto comenzaba a moverse peligrosamente de donde estaba estacionado. Sebastián me advirtió que iba a salir para acomodarlo. Le dije que no, que no importaba. Se fue igual. No volvió. En la oscuridad no podía saber qué le pasaba. Lo llamé primero tranquila, luego comencé a gritar con desesperación. Percibí que una masa de agua y barro corría por la calle de tierra; atiné a abrazar a mis hijos y subir al primer piso de la casa. Vi entrar el agua con lodo al comedor, la cocina, el baño y también comprendí que arrasaría todas nuestras pertenencias. La casa crujía y un hedor pestilente provenía del exterior. El celular no tenía conexión, estaba incomunicada. Sentí mucho frío y arropé a mis hijos que lloraban. Pasamos toda la noche estrechados y finalmente caímos rendidos. Me despertaba como de una pesadilla a cada rato, pero el sueño me vencía.

Llegó el amanecer. La tormenta brutal había pasado. Los pisos de la casa se habían escurrido, pero estaban cubiertos de lodo y todos los muebles y enseres yacían mezclados y destruidos. Solo me importaba Sebastián en este momento. Atravesé la puerta para buscarlo pensando en lo peor y lo vi llegar desde el centro entre el barro y las rocas con paso lento y agobiado. Había estado ayudando a los bomberos. Él se había salvado. Nosotros también.

Todo lo demás era un cuento de terror que se había terminado. La mole serrana y el fenómeno ruinoso no nos habían vencido.

Azorados supimos más tarde que los pueblos aledaños no cubiertos de polvo fueron arrasados por aludes. Algo extraño había sucedido que las ciencias meteorológicas no podían explicar.


© Diana Durán, 10 de marzo de 2025


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