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LOS JUGUETES DESEADOS

 


Imagen de IA

LOS JUGUETES DESEADOS

Santa Claus y los elfos construían apesadumbrados los juguetes de la Navidad de 2030 en el extremo norte del mundo. Ellos eran más analógicos que digitales, por lo que les gustaba el universo de los juegos concretos hechos en madera, plástico o tela, y no tanto los virtuales. Sin embargo, habían decidido superar a Minecraft en los juegos de construcción de bloques y supervivencia; y a Fortnite en los de aventuras de mundos imaginarios.

En esos tiempos, los niños del mundo desarrollado ya no se interesaban por los rompecabezas, las pelotas de fútbol o las bicicletas. Las niñas no se entretenían con muñecas, ni armaban casitas, ni se disfrazaban de princesas. En realidad, los chicos ya no jugaban; pasaban la mayor parte del día observando pantallas.

Los patios permanecían vacíos y las plazas parecían decorados abandonados. Muchos niños apenas conocían a quienes vivían en su misma calle. Algunos nunca habían trepado a un árbol ni corrido detrás de una pelota. Hasta los más pequeños se mantenían inmóviles frente a los dispositivos electrónicos que registraban cada uno de sus hábitos.

Los padres tampoco parecían preocuparse demasiado. Estaban absorbidos por apuestas, inversiones y mercados digitales que funcionaban las veinticuatro horas. En muchas casas, las conversaciones familiares habían sido sustituidas por mensajes enviados desde una habitación a otra.

Era el invierno más crudo de los últimos años en Laponia. Las temperaturas descendían a treinta grados bajo cero y las tormentas de nieve lo sepultaban todo. Mientras tanto, en el hemisferio meridional, se alcanzaban extremos inimaginables. El planeta parecía haber perdido el equilibrio.

Sindarín le dijo a Santa Claus que era mejor dedicarse a los niños del sur, porque todavía jugaban al fútbol y las niñas vestían y daban de comer a sus muñecas y bebotes.

—¡Es un calor abrasador, Santa! El termómetro explota allá abajo —advirtió Sindarín, frotándose las manos congeladas cerca de la estufa del taller.

—Tienes razón, deben estar ardiendo —respondió Santa Claus con una sonrisa bonachona, cambiando de planes sobre la marcha—; olvidemos los videojuegos por un tiempo. Dejemos lo que estábamos inventando y construyamos piletas y juguetes de agua para el sur. Veremos qué hacemos con el helado norte. No les vendría mal botas y ropa de colores para jugar en la nieve.

En esa Nochebuena de 2030, Papá Noel decidió entregar los nuevos juguetes digitales al mundo subdesarrollado y los analógicos al mundo avanzado.

Pero sucedió algo inesperado.

Un conjunto de fallos en satélites y centros de datos provocó la mayor catástrofe tecnológica de la historia. El hemisferio norte quedó sin Internet. Las redes colapsaron y millones de pantallas mostraron mensajes de error. Las ciudades quedaron sumidas en un extraño silencio digital.

Los chicos no podían jugar con sus dispositivos.

—¿No hay señal todavía?; sin Internet no sé qué hacer —gritó Felipe, con los ojos todavía enrojecidos por la pantalla—; mi mamá me dijo que jugara con un rompecabezas, pero yo no sé y me aburro.

—A mí me obligó a jugar con sus viejas muñecas; ¿muñecas? Eso es para las abuelas… yo quiero mi celular —lloriqueó Alicia, y miró a Felipe, muy enojada.

En ese momento, el padre del niño atravesó el pasillo, desesperado con su teléfono sin conexión.

—¡Esto es un desastre! —se quejó—; no puedo revisar las acciones ni ver las apuestas del partido; ¿cómo se supone que actuemos ahora en este mundo? Parece que es así en todo el continente.

Felipe observó a su padre y pensó que los adultos estaban tan perdidos como ellos.

—¿Y ahora qué hago?; me siento mal —se lamentó Felipe.

—¿Y si jugamos al fútbol? —propuso tímidamente Pablo, mirando la pelota de plástico que Santa Claus le había dejado.

En el hemisferio sur había conexión en red, pero no llegaba a todos los rincones, especialmente de los sectores más vulnerables. Sin embargo, los niños concurrían a las plazas y correteaban junto a las niñas. No habían reemplazado los encuentros ni los juegos compartidos.

En un conventillo del centro de Buenos Aires, varios niños jugaban.

—¡Miren mi pelota nueva! Vamos a la plaza —gritó Santiago en la cortada, corriendo con entusiasmo, a pesar de contar con la nueva versión de Fortnite.

Clarita le respondió entusiasmada:

—Mi muñeca tiene hambre, voy a prepararle la comida —se apresuró a decir mientras acomodaba su cocina de madera.

—Chicos, aunque haga mucho calor, en esta gran pileta podemos nadar todos —les advirtió entusiasmado Patricio.

—¡Dale!; yo busco una manguera para empezar a llenarla—propuso Santiago, tirando la pelota hacia un costado—; ¡traigan los baldes!

—¡Hagamos una fila para tirarnos de cabeza! —río Patricio.

—Cuando tengamos tablet, algún día, la usaremos, pero no vamos a dejar de salir —replicó Clarita.

Durante aquellas fiestas, los niños del norte volvieron a jugar al fútbol, a las muñecas y concurrir a las plazas. Al principio les resultó extraño, pero poco a poco comenzaron a descubrir lo que las pantallas nunca les habían enseñado. Podían conocer a otros chicos; sus ojos dejaban de irritarse; el aire libre los comenzaba a poner contentos.

Los niños del sur pudieron entender lo más avanzado de Fortnite y Minecraft, pero no dejaron de concurrir a los parques porque sus costumbres no habían cambiado.

Santa Claus observó desde su trineo ambos hemisferios y sonrió satisfecho. Sin embargo, sabía que la historia aún no había terminado. En algún lugar, enormes corporaciones trabajaban para reconstruir la red caída y devolver a millones de personas la vida que habían conocido.

Deseó que, cuando las pantallas volvieran a encenderse, el mundo recordara lo que había aprendido durante aquella extraña Navidad. 

Diana Durán, 24 de junio de 2026

VERDE DESIERTO

 


VERDE DESIERTO

─Mirá que llamarse Cangrejillos ─le indicó señalando la vieja guía─; sabemos de topónimos, pero ninguno como este tan singular. ¿Será que hay muchos cangrejos por allí? ─insistió curioso.

─No lo sé, Florentino, pero deberíamos intentar subir más allá de los dos mil metros. Aquí ya no queda nada. Tampoco en la quebrada de Humahuaca, ni en los valles calchaquíes. Pura desolación ─le respondió desesperanzado John.

El cambio climático había alcanzado los tres grados por encima de las temperaturas normales. El mar había avanzado, las tormentas eran cada vez más intensas, las sequías más prolongadas. Casi no quedaban ganado ni cultivos. Toda la soja de los campos pampeanos se había marchitado. Unos pocos cerdos flacos andaban pastando en las zonas llanas al oler los antiguos granos que solían comer; entonces rumeaban como vacas sobre los restos de los cultivos marchitos. Los bosques se habían incendiado, tanto en la selva misionera como en los Andes Patagónicos. Era la devastación de la naturaleza provocada por el hombre en la mayor parte de la Tierra. Una verdadera crisis global planetaria.

Florentino recordó al grupo con precisión que la consigna de la Asociación Mundial de Arqueólogos, junto a la de Geólogos y Antropólogos había sido clara: debían explorar los lugares más recónditos para encontrar sitios que pudieran ser habitables para los pueblos. Los hambrientos migraban sin encontrar destino desde los campos a las ciudades; otros huían de las grandes metrópolis en las que los shoppings y las cadenas de supermercados habían quedado desabastecidos hacía tiempo.

─Pensar que abajo en la selva tucumano-oranense dejamos los lapachos, las tipas y los laureles achaparrados y amarillentos. Nada del antiguo esplendor frondoso ─suspiró Florentino con nostalgia.

─A lo mejor sea posible, Florentino. Todo lo demás está extinguido. Esto es muy lamentable.

La vieja cartografía les había permitido detectar que en algunos rincones de la Puna había relictos de semillas de papa y maíz que los diaguitas y sus descendientes cuidaban muy bien. La orden de las asociaciones era encontrar esos depósitos para poder resembrar los campos.

A los investigadores les daba lástima ver las águilas moras volar en círculo en búsqueda de algún cuis u otro roedor. Caían exhaustas al no encontrar presas. Las observaron masticar ramas de arbustos secos mientras se peleaban a los picotazos. Hasta vieron algunas llamas escuálidas, puro hueso, en lo alto de las rocas.

Con sus enseres de expedición a cuestas y dos auxiliares alumnos de la universidad, los arqueólogos siguieron su marcha hacia Cangrejillos como un punto desconocido, pero esperanzador. Quedaba a cuatro mil metros de altura en la Puna desértica, aunque, según les habían indicado, podía haber vestigios de civilización.

La subida fue muy difícil, pues el equipo era de laboratorio más que de expedicionarios. No quedaba otra opción que buscar indicios de recursos naturales para que los habitantes no sucumbieran a las hambrunas.

A través de las intermitentes transmisiones de radio de onda corta que aún unían a los sobrevivientes, las noticias del resto del globo insistían en que no se hallaban semillas para repoblar los campos yermos. La humanidad estaba al borde de la extinción. Por suerte ya no había más armas atómicas ni municiones, pero en todas partes se producían crímenes con puñales, espadas y cualquier instrumento filoso que se encontrara a mano en la desesperada búsqueda de comida. Reinaba la ausencia de la civilización tal como se había desarrollado en el siglo XXI.

Durante un día y medio, John, Florentino y sus alumnos treparon las laderas abruptas de la Puna árida y sofocante. Estaban casi al borde de quedarse sin víveres, que en realidad eran solo barritas de cereal y pastillas proteicas.

─Tomá tus prismáticos, Florentino, estoy viendo en el horizonte una extraña línea verde.

─Sí, John, la diviso delante de los cerros volcánicos del límite con Chile. ¿Qué será?, no es fácil reconocer el verde natural desde que esta catástrofe comenzó.

La expedición se dirigió hacia la línea esmeralda, luego de confirmar que estaba en dirección al lugar de destino. Por las coordenadas era Cangrejillos, sin duda. Así fue como llegaron a un lugar indescriptible. Frente a sus ojos, lo que en los mapas figuraba como un desierto de altura era un oasis, un laberinto de forestaciones, cultivos y reproducción de semillas bajo invernadero. Los alumnos corrieron, llorando de alivio. Florentino creyó por unos minutos que, como los antiguos exploradores, habían encontrado un punto donde podía renacer la civilización.

Sin embargo, al rozar las hojas, no hubo frescura. El verde se deshizo en un polvo gris y frío entre los dedos; los frutos eran apenas esferas de hollín que estallaban en las ramas. El verde era solo un reflejo suspendido en el aire, como si el suelo hubiera decidido conservar la memoria de un antiguo esplendor en forma de fantasma vegetal.

A lo lejos divisaron las siluetas de los pobladores nativos. Cuando se acercaron estos los miraron fijo, moviendo los labios en un susurro inaudible. Eran tan espectrales como las plantas. Se los veía temerosos y vencidos.

John y Florentino comprendieron que Cangrejillos no era un refugio, sino una copla fúnebre de la naturaleza: una ilusión antes del final. El vergel era un poema escrito por la tierra moribunda, un espejismo que se ofrecía para que los postreros caminantes recordaran, por última vez, cómo era la vida.

 

 

John Lloyd Stephens (1805-1852): Explorador estadounidense, figura clave en el descubrimiento y documentación de grandes ciudades de la civilización maya (como Copán en Honduras y Uxmal en México) gracias a sus detallados informes y litografías.

Florentino Ameghino (1854-1911): Destacado naturalista, paleontólogo y arqueólogo argentino. Realizó extensas investigaciones sobre la prehistoria y los primeros habitantes de la región pampeana sudamericana, dejando grandes colecciones de los primeros poblamientos en territorio argentino.

© Diana Durán, 15 de junio de 2026

LA MEMORIA DEL ALGARROBO ABUELO



LA MEMORIA DEL ALGARROBO ABUELO

 

Ese año habíamos elegido San Luis para las vacaciones. Nos gustaba conocer nuevos rumbos, otros lugares. Sabíamos que el verano podía ser tórrido, lo auguraban los periodistas que se ocupaban de los pronósticos extremos con alertas permanentes. Habían ocurrido sequías e inundaciones, ciclones, mareas, tornados. Todo tipo de catástrofes naturales. El planeta y en especial las zonas costeras estaban acechadas por el cambio climático. De eso no había duda, pero todavía pocos se acostumbraban a los fenómenos extremos y abruptos. Las playas habían sido abandonadas como lugares turísticos por los sucesos que las amenazaban.

Los servicios meteorológicos e hidrográficos habían sido desmantelados; las universidades vaciadas; había escaso acceso a la información, solo periodística, sin base científica. Antes acostumbrábamos a seguir los avisos de situaciones extremas, pero ahora no se podía. Sin embargo, nosotros éramos prudentes y conocíamos bien la Argentina. Ese año, cansados del trabajo y las obligaciones, decidimos preparar el auto con la carpa comprada unos años atrás y planificamos un viaje con espíritu aventurero.

¿Y si vamos igual?, pero a las sierras, le propuse mirando el mapa. ¿Qué nos va a pasar? respondió Osvaldo, siempre optimista; si somos prudentes, todo va a ir viento en popa. Nosotros éramos una pareja tranquila, los años nos habían unido en una relación serena. Cada uno dependía absolutamente del otro. La naturaleza nos aunaba en nuestros mejores momentos.

Preferimos Merlo, con sus sierras agudas, cristalinos arroyos y el ozono benefactor de los granitos. Merlo tiene un clima benéfico, describió Osvaldo mientras desplegaba el mapa. Y si queda tiempo, podemos volver a Mina Clavero, como en la luna de miel, le propuse sonriente.

Repasamos nuestros avistajes, la frescura de los torrentes serranos, los cielos diáfanos y destellos fugaces. Sabíamos recorrer las quebradas para encontrar algún caballo salvaje y divisar en las cumbres los guanacos curiosos. Queríamos fotografiar zorzales, carpinteros, chiguancos en el valle; el águila mora y el cóndor de los Andes en las alturas.

Ese año el verano se había presentado tranquilo, aunque el lugar elegido podía sufrir lluvias torrenciales. Nosotros sabíamos qué hacer cuando crecían los arroyos. No íbamos a afrontar ningún riesgo.

Elegimos acampar en un paraje cercano al Algarrobo Abuelo, un ejemplar milenario de mil doscientos años. Sobreviviente del bosque nativo original era un símbolo de resistencia natural de catorce metros de altura. Sabíamos que en el bosque ralo del predio que lo rodeaba podíamos avistar nuevas especies.

En viaje por la autopista que recorre de sur a norte la provincia de San Luis tuvimos una lluvia torrencial. Prudentes, nos quedamos a la vera del camino para evitar un accidente. Nos tocaron unos días helados poco frecuentes en épocas estivales. Nada nos amilanó, seguimos disfrutando nuestras ansiadas vacaciones.

 

 

 

Cuando visitamos el Algarrobo Abuelo nos sorprendió el grosor de su tronco. Las ramas, retorcidas por el tiempo, descansan sobre el suelo de un predio rústico y árido. Es un lugar de inmensa paz; patrimonio cultural y monumento natural de San Luis.

El cantar de las aves y el ulular del viento son nuestra mejor compañía. Mirá esas ramas, me señala Osvaldo; parece que descansan como viejos brazos sobre la tierra. Es un gigante que respira, le respondo.

A los dos días de estadía nos trasladamos al camping de altura Lyon, en las sierras de los Comechingones; distante a solo seis kilómetros del viejo árbol.

Al llegar la tarde coincidimos en que tendríamos que volver al lugar del Algarrobo Abuelo. Lo percibimos como un llamado. Atardece. El paseo ya está cerrado. No sé por qué, pero siento que nos espera, le sugiero a Osvaldo. Entonces vamos, me contesta decidido.

Entramos al predio y ocurre lo inesperado. ¿Lo escuchás?, Osvaldo me estrecha fuerte la mano. Sí, nos está contando su memoria, oílo. El árbol eleva sus postradas ramas al cielo, lento, ritual. Entonces, cientos de pájaros emergen con vainas alargadas en sus picos. Al caer al suelo, las semillas germinan de inmediato y el solar se transforma en un bosque lozano. Mirá, Alejandra, lo que sucede, florece, exclama emocionado Osvaldo. El Algarrobo nos eligió, respondo conmovida.

El árbol anciano nos revela su secreto; es el guardián de las aves y nos nombra testigos del renacimiento. Su gesto no es un milagro, sino una advertencia. El bosque renace frente a nosotros.

 

 

© Diana Durán, 11 de mayo de 2026

 

LOS BICHOS QUE DOMINARON EL MUNDO, PERO NO PUDIERON EN KAMCHATCKA

 


Los chauchen de Kamchatka 


LOS BICHOS QUE DOMINARON EL MUNDO, PERO NO PUDIERON EN KAMCHATCKA

 

La temperatura había subido tanto en tierras y mares que la situación del mundo era alarmante. Selvas transformadas en bosques raídos. Praderas doradas por las gramíneas convertidas en páramos grisáceos. Estepas arrasadas por torrenciales lluvias escurridas en los cauces secos volviéndose aluviones de barro y rocas.

Los profundos lagos glaciares secados abruptamente generaron olas de inundación en los ríos emisores, aguas abajo. Los esteros, en cambio, se ampliaron a dimensiones que ocuparon vastos territorios con pantanos colmatados y pestilentes.

Las cordilleras perdieron sus picos helados y las sierras, sus bosques húmedos. Todo era caótico.

Desde entonces comenzaron a proliferar los bichos. Todo tipo de bichos. Los escarabajos y sus miles de especies se desplazaban nadando y cubrieron con oscuridades los espejos de agua. Las mariposas, tapadas de lodo parecían polillas y como no encontraban flores en el ambiente caían muertas por millones.

Las hormigas abundaban en las partes altas de las colinas en torres semejantes a las de las termitas. Las avispas y abejas unieron sus enjambres que colgaban voluptuosos de los pocos árboles restantes en un paisaje aterrador.

Moscas y mosquitos se reprodujeron por doquier transmitiendo enfermedades antes desconocidas. Las vacunas que habían permitido dejar atrás el dengue y la fiebre amarilla ya no protegían a las personas.

Los grandes ojos de las libélulas se agrandaron más allá de sus cuerpos transformándolas en deformes y perjudiciales, como había sucedido con los saltamontes y grillos.

En las ciudades, las cucarachas, con sus cuerpos planos y ovalados, largas antenas y patas rapidísimas, invadieron aún más casas y departamentos de todas las clases sociales. Se hicieron más resistentes y pudieron vivir en todas las zonas devastadas de la Tierra porque no requerían ni agua ni comida durante largo tiempo. Transportaron plagas y enfermedades por doquier al evadir los nuevos insecticidas que la ciencia se apresuraba en inventar.

No había barrera física que pudiera contener la invasión de los bichos. Los mosquiteros eran horadados, las trampas esquivadas, los venenos duraban lo que un lirio o su uso excesivo afectaba a los propios individuos. Los depredadores para el control biológico como las bacterias tampoco sirvieron.

¿Qué debía hacer la humanidad frente a la catástrofe ambiental y la consecuente proliferación de insectos de todo tipo? Esa era la pregunta elemental de los científicos e industriales, pero no la podían responder a pesar de sus estudios de vanguardia y la tecnología de punta que utilizaban.

Aquí comienza la historia de un pequeño lugar en los límites del mundo, cerca de Petropavlovsk-Kamchatsky, capital de la península de Kamchatka, famosa por sus volcanes activos y géiseres.

En sus cercanías había un pueblo que se llamaba koriako[1], una de cuyas tribus, los chauchenn era pastores de renos. Como erraban por las extremas tierras siberianas, conocían los mosquitos en los veranos cuando se derretían las capas que cubrían los suelos helados de la Rusia oriental. Los bichos invasores no los habían atacado hasta el momento de su contacto con otros pueblos.

Los chauchen fueron muy inteligentes. Cuando ocurrió el encuentro no se enfrentaron, pues como eran itinerantes cada vez que descubrían algún nuevo insecto levantaban sus tiendas de pieles y continuaban sus gélidos periplos en las extremas soledades de la Tierra. Acostumbrados a convivir con los mosquitos, no consideraron enemigos inevitables a las múltiples especies que se les aproximaban.

Por ese entonces, una expedición de científicos vulcanólogos que estudiaban el derretimiento de las nieves peninsulares conocieron a unas familias chauchen en las pedregosas encrucijadas de Siberia y aprendieron de ellos a evitar insectos. Así fue como esa manera de vivir intuitiva, pero sagaz enseñó mucho a los investigadores que continuaron sus trabajos en Kamchatka y se llevaron las originales enseñanzas para difundirlas en las comunidades de intelectuales de sus países. Los chauchen continuaron indiferentes su eterna peregrinación.

Mientras tanto, más allá de esas tierras heladas, el resto del mundo continuaba su lucha perpetua contra el dominio de los bichos.



[1] Los koriakos (también llamados koryaks o coriacos) son un pueblo indígena del krai de Kamchatka, en el Extremo Oriente ruso. Tradicionalmente, se han dividido en dos grupos principales: Nemelan (Nymylan) (habitantes costeros, con un estilo de vida más sedentario basado en la pesca); Chauchen (Chauchven) (pastores de renos nómadas, cuyo nombre significa "ricos en renos").


Fuente de la imagen: La dura vida de un pueblo nómada en Siberia (Fotos) - Russia Beyond ES

© Diana Durán, 21 de abril de 2025

LAS AGUAS BAJARON TURBIAS

 


Fotografía. Laureano Correa

Las aguas bajaron turbias

Fue la peor catástrofe del siglo en la región. Una tormenta copiosa seguida de inundación en una ciudad cercada por límites físicos de todo orden: terraplenes, caminos, canales, alcantarillas en mal estado, entre otros obstáculos. Todo confluyó para que “las aguas bajaran turbias” (1), literal la metáfora, hacia los sitios contiguos al mar. Tampoco se salvaron el centro ni los barrios de clase media. Las imágenes eran dramáticas y penosas. Los más jóvenes con el agua arriba de la cintura intentaban circular para rescatar sus cosas y ayudar a sus familiares. Los ancianos y los niños se refugiaban en los pisos altos, desvanes y hasta en los techos. Inútil salvar algo que estuviera en subsuelos o plantas bajas. Los que pudieron preservaron sus vidas. Otros, lamentablemente, no lo lograron. La televisión mostraba imágenes desgarradoras de las pérdidas y los salvatajes. Los autos navegaban llevados por las corrientes hasta estrellarse contra obstáculos urbanos y otros se apilaban como cajas de cartón arrastrados por torrentes feroces. Los árboles se doblegaban por la fuerza del agua y todo tipo de materiales como masas informes era impulsado por la corriente hasta enredarse en marañas indefinidas. Un hombre se agarraba de un poste luchando contra la deriva para no ser arrastrado. Nunca se supo si se salvó. Eran imágenes que sin pudor mostraban los medios. El agua destruía todo a su paso al entrar en casas, negocios y garajes, pero también convertía plazas y parques en piletas. No se salvaban ni las bibliotecas de las universidades y colegios. Los libros flotaban arruinados.

A medida que avanzaba la noche la humedad penetraba en cada cuerpo y lo hacía temblar de frío y miedo. La pavura de perder la propia vida y la de familia y amigos era escalofriante, pero también la certeza de que sus viviendas sufrirían daños lamentables. Se ahondaba la sensación de inseguridad de cada uno de los evacuados. Fue una noche de brujas, de terror, de silencio, de absoluta soledad, aunque muchos estuvieran acompañados.

Las horas no pasaban, pero el nuevo día llegó inexorable y con él el tiempo de volver o de saber lo que no se quería saber. Qué había pasado… Para los evacuados no era posible, estaban reunidos en escuelas, iglesias y otras instituciones; hasta en casas particulares. No conocían dónde estaban sus seres queridos, no había luz ni comunicaciones lo que aumentaba la angustia generalizada.

Así de delirante era la situación no prevista por las autoridades, no anticipada, más que a posteriori, por todos los niveles jurisdiccionales. Había estudios enjundiosos sobre la posibilidad del riesgo desde años atrás y, sin embargo, no se habían tomado en cuenta. Yacían en los escritorios de los aspirantes a doctorados o presentados en congresos por prestigiosos investigadores; o permanecían indiferentes en la virtualidad. Habían sido inútiles frente a la desgracia, si bien después fueron consultados por los medios. Qué nivel de responsabilidad le correspondía a cada uno es una cuestión para discernir.

En cambio, la solidaridad comenzó a manifestarse para equilibrar tanto descalabro social y natural. En cada punto, en cada lugar del país la población empezó a reaccionar. Juntaron todo lo que pudieron y lo llevaron a diversos centros de acopio. Toneladas de ayuda de personas desinteresadas y conmovidas.

Algunos objetos eran innecesarios, según lo difundió un miembro de la Cruz Roja que en un programa televisivo sentenció que no se requería ropa porque no era posible clasificarla. Advirtió que era mejor depositar dinero. Pero la gente no quería eso, quería dar lo que tenía. Que un pantalón, remera o pullover propios abrigara a alguien con nombre y apellido: a algún niño, a una anciana, a un pobre de los tantos sufrientes afectados. Nadie tenía la receta de cómo debía ayudar, pero en cada club, en cada parroquia, en cada escuela se acumulaban agua, lavandina, prendas, juguetes, enseres de todo tipo. Lo que podían, lo entregaban.

Sentí el corazón desgarrado al ver tanta desgracia, tanta pérdida cercana a mi lugar. Punta Alta también había sufrido lluvias torrenciales y evacuaciones, pero no tanto como Bahía Blanca. Me senté en una silla y luego de separar la ropa de abrigo que ya no usaba, la más linda y cómoda que pude encontrar en mis placares, la doblé con parsimonia y prolijidad, la clasifiqué, la envolví minuciosa. Luego la llevé a un club cercano a mi casa. Incluso algunos recuerdos preciosos que guardaba de mis nietos. Entonces me sentí satisfecha.

A la noche lloré cuando ese conocedor de los desastres dictaminó a viva voz que no era necesaria. Me sentí una refugiada afectiva más. Había reunido memorias tangibles de cuando trabajaba, de cuando salía a pasear o ropa cotidiana, de entrecasa, con la que vivía mi vida que no había afrontado ninguna calamidad natural. Mis pertenencias anónimas terminarían, según el destino anunciado, comidas por las ratas o producirían enfermedades y deberían ser quemadas como lo había sentenciado un ignoto señor.

© Diana Durán, 15 de marzo de 2025

 



[1] Las Aguas Bajan Turbias es una película argentina de Hugo del Carril basada en la novela El río oscuro de Alfredo Varela (quien también colaboró en el guion).

TEMPESTADES

 


Creado con IA

TEMPESTADES

 

Fue un verano distinto, no tanto por el calor sino por la sequedad del ambiente. Parecía que los rostros se resquebrajaban. A cada rato había que cubrirse de crema porque, en caso contrario, se sentían las manos y la cara marchitas.

En la pequeña localidad al pie de la serranía donde vivía con Sebastián y mis hijos, las calles eran de tierra. El polvo que las máquinas regadoras siempre lograban asentar había empezado a formar torbellinos. Éstos ingresaban a las casas y lo cubrían todo con una pátina cenicienta. De nada servía limpiar, porque al poco tiempo había que volver a empezar. Las casas parecían deshabitadas porque los vecinos cerraban puertas y ventanas de día y noche. Si entraba un remolino terroso a una vivienda se tenía que barrer todo de nuevo. En realidad, se iban superponiendo capas que ni la mujer más abnegada podía baldear.

La primaria y el jardín de infantes estaban clausurados. No había personal que pudiera sacar la tierra de aulas, muebles y patios. Eso suponía que los niños estuvieran encerrados en sus casas todo el día, en un lugar como el nuestro donde siempre habían retozado en libertad en bosquecillos, parques y valles de los arroyos. Conocían a la perfección estos sitios. Mis dos hijos varones eran líderes de esas pandillas. Cuando los problemas se profundizaron, el intendente decidió que no comenzaran las clases.

Los aromos de la calle principal, el bosque en galería de los cauces perimetrales del pueblo y la verde armonía de los árboles que poblaban los lotes estaban cubiertos de polvo. Todo el ambiente se había teñido de un tono pardo triste y oscuro. Pero no solo eso, había empezado a escasear el agua y las canaletas estaban tapadas. Para enfrentar la situación se formaron cuadrillas de hombres preparados para limpiar y destapar por si se produjera una lluvia que pudiera traer alivio a la situación.

La asamblea comunal se reunió una mañana para tomar decisiones sobre qué hacer frente a un fenómeno tan excepcional. Luego de mucho debatir, se llegó a la conclusión de que nada era mejor que intensificar la limpieza de sumideros. Solo se podía esperar a que una buena lluvia se encargara de frenar los remolinos y acarrear la polvareda ambiental.

Algunos hombres, entre ellos Sebastián, se habían aventurado a salir del pueblo para saber qué sucedía en las cercanías. A veinte kilómetros la situación era parecida, aunque el cielo se despejaba temporariamente y las aguas corrían límpidas. Tampoco se veían mangas desplazándose por doquier. Volvieron algo confundidos por las inciertas evidencias. Nuestro pueblo era el único de la comarca azotado por el polvo. Cosa de mandinga, se decía por allí.

Los más arriesgados salieron a revisar el entorno, cerca del pie de los cerros y se sorprendieron al encontrar animales alrededor de una laguna casi seca. Compartían el ambiente especies como jabalíes, ciervos, liebres y aves grandes -garzas y águilas moras- apostadas en las orillas mientras bebían tranquilas en ese humedal. La fauna estaba en paz.

Continuaron los días áridos y sedientos hasta que una noche sin estrellas, todo se trastocó. No había previsión meteorológica de lluvias intensas. Primero empezó a tronar, luego se iluminó el cielo a través del polvo todavía reinante con tremendos relámpagos y sobrevino un frente de tormenta imprevisto. Los torbellinos fueron reemplazados por tormentas eléctricas. Estallaban truenos ensordecedores y los relámpagos descargaban la electricidad entre las nubes o, lo que era peor, entre las nubes y la tierra o los árboles. Se veían líneas zigzagueantes de luz y chispas refulgentes que iluminaban la oscuridad del pueblo a través de la bruma persistente.

Al poco tiempo, el espectáculo avanzó sobre la naturaleza y el terruño, llevándose todo a su paso. Nos refugiamos como pudimos. Las ráfagas de viento zumbaban ensordecedoras. Nuestros hijos tan baqueanos se abrazaban a nosotros que les pedíamos se soltaran para hacer otras tareas. No nos queríamos quedar mirando el espectáculo sin actuar. Teníamos la sensación de inminencia y tensión por lo imprevisto. Siguió el granizo, grandes bolas estridentes golpeaban el techo y nos hacían sobresaltar. No era gracioso como en otras ocasiones y ninguno se atrevía a salir a recogerlos. Luego sobrevino un aguacero tan intenso como nunca habíamos sufrido. Cayeron baldazos de agua durante horas. Sebastián quería salir a ver qué pasaba, pero yo no lo dejaba, era peligroso. Los arroyos empezaron a cargarse; escuchábamos las rocas de sus lechos chocar una contra la otra con furia y nos imaginábamos una avenida que podía salirse de los cauces. Así estuvimos durante horas sin dormir hasta que el agua comenzó a entrar por debajo de los zócalos. Entonces nos pusimos manos a la obra para evitar que se inundara la casa. Buscamos cuanto plástico, trapo y papel había en ella. Luego no hubo más remedio que empezar a sacar el agua que se colaba con escurridores. El techo tenía filtraciones así que pusimos baldes en el piso donde había goteras. Nuestro jardín tenía que infiltrar, pensábamos, pero no, los gotones habían tapado el suelo que ya no era poroso por culpa del maldito polvo de la sequía previa. Vimos que nuestro auto comenzaba a moverse peligrosamente de donde estaba estacionado. Sebastián me advirtió que iba a salir para acomodarlo. Le dije que no, que no importaba. Se fue igual. No volvió. En la oscuridad no podía saber qué le pasaba. Lo llamé primero tranquila, luego comencé a gritar con desesperación. Percibí que una masa de agua y barro corría por la calle de tierra; atiné a abrazar a mis hijos y subir al primer piso de la casa. Vi entrar el agua con lodo al comedor, la cocina, el baño y también comprendí que arrasaría todas nuestras pertenencias. La casa crujía y un hedor pestilente provenía del exterior. El celular no tenía conexión, estaba incomunicada. Sentí mucho frío y arropé a mis hijos que lloraban. Pasamos toda la noche estrechados y finalmente caímos rendidos. Me despertaba como de una pesadilla a cada rato, pero el sueño me vencía.

Llegó el amanecer. La tormenta brutal había pasado. Los pisos de la casa se habían escurrido, pero estaban cubiertos de lodo y todos los muebles y enseres yacían mezclados y destruidos. Solo me importaba Sebastián en este momento. Atravesé la puerta para buscarlo pensando en lo peor y lo vi llegar desde el centro entre el barro y las rocas con paso lento y agobiado. Había estado ayudando a los bomberos. Él se había salvado. Nosotros también.

Todo lo demás era un cuento de terror que se había terminado. La mole serrana y el fenómeno ruinoso no nos habían vencido.

Azorados supimos más tarde que los pueblos aledaños no cubiertos de polvo fueron arrasados por aludes. Algo extraño había sucedido que las ciencias meteorológicas no podían explicar.


© Diana Durán, 10 de marzo de 2025


TERRITORIOS AUSENTES. NUEVO LIBRO DIANA DURAN

 



El nuevo libro de cuentos de Diana Durán, titulado "TERRITORIOS AUSENTES" con prólogo de Héctor Correa y los siguientes cuentos:

I. ITINERARIOS

Viaje tras la ventanilla del micro
De puro vagar
Mi lugar en el mundo
Crisis en la Gran Ciudad
Una carta sorpresiva
Tierra prometida
Despedida y retorno

II. AMBIENTES

El sur
La selva sin mal
Aventuras fraternales en tierras de Tucumán
Milagro en la fuente de las Cibeles
Finde semana en Villa Ventana
El nido
El riesgo de un castigo
Hallazgo serrano
Frente a los incendios
La resistencia y la memoria
Devastación en el entorno prehistórico
Reflejos de una catástrofe
Del bosque chaqueño: nuestra querencia


III. COSTUMBRES

Los motoqueros del barrio
Pasión futbolera
Revelación infantil
Ascenso en las Torres de las Catalinas
Tiempo de volver
Juicio a la Esperanza
Culpas de vestido largo

IV. TERRITORIOS INTERIORES

Interminable espera
En el jardín de siempre
Delirios
Rompecabezas
Amnesia y territorio
El piano abandonado
El albañil

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HALLAZGO SERRANO

 



Sierra de la Ventana. Foto Durán

HALLAZGO SERRANO

 

La región estaba asolada por la aridez. Poco a poco los habitantes migraban a otros solares mejor provistos.

La escasez de agua se había instalado lentamente en el curso de un año. Al principio pensamos que iba a ser solo de tres meses con lo cual afectaría la floración y los cultivos, pero llegó a un punto en que la falta de lluvias hizo que las napas se secaran y los suelos se resquebrajaran. Había que llevar el ganado a los establos. Las pasturas habían amarillado y decidimos segarlas para guardarlas en los silos. En su lugar solo crecían matorrales espinosos que ni las cabras querían.

Los arroyos que bajaban de las sierras vertían hilos de agua hasta que terminaron secándose y las rocas ya no brillaban como cuando eran torrentosos. Todo se había tornado pajizo y gris. Solo en el fondo de los cauces se pintaba un verde musgo, restante de épocas húmedas. Se había situado un extremo desecamiento hidrológico que había afectado también a otros sitios pampeanos. La provincia había declarado el estado de emergencia.

Mis padres y mi esposo estaban azorados por los hechos. Nunca habíamos tenido una seca tan grave. Vivíamos en una finca que se extendía desde la ladera a la parte más alta de la Sierra de la Ventana. Mis tres hijos, varones pequeños, concurrían a una escuela rural que dada las condiciones ambientales había cerrado temporalmente. Los chicos estaban inquietos y peleadores si bien tenían mucho espacio para jugar. Ahora podían explorar las quebradas pues se lo permitíamos ya que los arroyos no tenían agua. Los tres jugaban como potrillos entre peñascos y cauces secos en la búsqueda afanosa de alguna lagartija u otra alimaña que cazar pues quedaban pocos animales en la zona. ¿Quién sabe dónde habrían migrado las liebres, cervatillos, zorros e incluso algunos jabalíes que solían revolcarse por allí? Las vertientes estaban vacías. Los pájaros se arremolinaban en los bosquecillos. Zorzales, benteveos, calandrias y horneros se avistaban en inciertos vuelos en círculos como queriendo despegar hacia otros lares.

Teníamos miedo de que los pinares se quemaran por las altas temperaturas expandiéndose hacia los pastizales. Esa circunstancia podía provocar una catástrofe. A los álamos y sauces se les caían las hojas fuera de la estación correspondiente.

        Todo estaba trastocado. Veíamos cómo el sacrificio de muchos años se esfumaba. Pensábamos con mi esposo que debíamos irnos, pero nos lo impedía el amor por ese terruño tan nuestro.

Una tarde los chicos nos pidieron explorar por la ladera opuesta a la casa, poco recorrida por todos nosotros. Era una gran aventura para ellos. Como no había peligro lo aceptamos. Llevaron sus mochilas con agua y unos sándwiches especiales preparados por la abuela.


 

Con gran entusiasmo los muchachitos se internaron en una quebrada muy estrecha, cubierta de matas espinosas y se ocultaron de la observación de sus padres. Estaban tan entusiasmados con la aventura que comentaban alborozados sus observaciones. Me parece que los pájaros están cantando en aquel bosquecillo, dijo el más grande. Por aquí se ven revolcaderos de jabalíes húmedos, ¡qué extraño!, le respondió el menor. El del medio les gritó: ¡vengan, miren, encontré agua que sale entre las piedras! Así fue como encontraron entre las rocas de una pequeña garganta un manantial del que escurría agua cristalina a borbotones y luego se volvía a internar en una caverna subterránea. Era un hallazgo asombroso. Como los muchachitos sabían manejarse en las sierras memorizaron la posición y corrieron a avisar la gran noticia a sus padres y abuelos.

 

El descubrimiento permitió realizar un canal desde la fuente descubierta y recuperar agua para nuestra subsistencia, el regadío y el ganado. Fueron nuestros hijos quienes nos salvaron de la migración.


© Diana Durán. 20 de noviembre de 2024

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