Fotografía. Laureano Correa
Las aguas bajaron turbias
Fue la peor catástrofe del
siglo en la región. Una tormenta
copiosa seguida de inundación en una ciudad cercada por límites físicos de todo
orden: terraplenes, caminos, canales, alcantarillas en mal estado, entre otros obstáculos. Todo confluyó
para que “las aguas bajaran turbias” (1), literal la metáfora, hacia los sitios contiguos al mar. Tampoco se
salvaron el centro ni los barrios de clase media. Las imágenes eran dramáticas y
penosas. Los más jóvenes con el agua arriba de la cintura intentaban circular
para rescatar sus cosas y ayudar a sus familiares. Los ancianos y los niños se
refugiaban en los pisos altos, desvanes y hasta en los techos. Inútil salvar
algo que estuviera en subsuelos o plantas bajas. Los que pudieron preservaron sus
vidas. Otros, lamentablemente, no lo lograron. La televisión mostraba imágenes desgarradoras
de las pérdidas y los salvatajes. Los autos navegaban llevados por las
corrientes hasta estrellarse contra obstáculos urbanos y otros se apilaban como
cajas de cartón arrastrados por torrentes feroces. Los árboles se doblegaban
por la fuerza del agua y todo tipo de materiales como masas informes era impulsado
por la corriente hasta enredarse en marañas indefinidas. Un hombre se agarraba
de un poste luchando contra la deriva para no ser arrastrado. Nunca se supo si
se salvó. Eran imágenes que sin pudor mostraban los medios. El agua destruía
todo a su paso al entrar en casas, negocios y garajes, pero también convertía plazas
y parques en piletas. No se salvaban ni las bibliotecas de las universidades y
colegios. Los libros flotaban arruinados.
A medida que avanzaba la
noche la humedad penetraba en cada cuerpo y lo hacía temblar de frío y miedo. La
pavura de perder la propia vida y la de familia y amigos era escalofriante,
pero también la certeza de que sus viviendas sufrirían daños lamentables. Se
ahondaba la sensación de inseguridad de cada uno de los evacuados. Fue una
noche de brujas, de terror, de silencio, de absoluta soledad, aunque muchos estuvieran
acompañados.
Las horas no pasaban, pero
el nuevo día llegó inexorable y con él el tiempo de volver o de saber lo que no
se quería saber. Qué había pasado… Para los evacuados no era posible, estaban
reunidos en escuelas, iglesias y otras instituciones; hasta en casas
particulares. No conocían dónde estaban sus seres queridos, no había luz ni
comunicaciones lo que aumentaba la angustia generalizada.
Así de delirante era la situación no prevista por las autoridades, no anticipada, más que a posteriori, por todos los niveles jurisdiccionales. Había estudios enjundiosos sobre la posibilidad del riesgo desde años atrás y, sin embargo, no se habían tomado en cuenta. Yacían en los escritorios de los aspirantes a doctorados o presentados en congresos por prestigiosos investigadores; o permanecían indiferentes en la virtualidad. Habían sido inútiles frente a la desgracia, si bien después fueron consultados por los medios. Qué nivel de responsabilidad le correspondía a cada uno es una cuestión para discernir.
En cambio, la solidaridad comenzó
a manifestarse para equilibrar tanto descalabro social y natural. En cada
punto, en cada lugar del país la población empezó a reaccionar. Juntaron todo
lo que pudieron y lo llevaron a diversos centros de acopio. Toneladas de ayuda
de personas desinteresadas y conmovidas.
Algunos objetos eran innecesarios,
según lo difundió un miembro de la Cruz Roja que en un programa televisivo
sentenció que no se requería ropa porque no era posible clasificarla. Advirtió que
era mejor depositar dinero. Pero la gente no quería eso, quería dar lo que
tenía. Que un pantalón, remera o pullover propios abrigara a alguien con nombre
y apellido: a algún niño, a una anciana, a un pobre de los tantos sufrientes
afectados. Nadie tenía la receta de cómo debía ayudar, pero en cada club, en
cada parroquia, en cada escuela se acumulaban agua, lavandina, prendas,
juguetes, enseres de todo tipo. Lo que podían, lo entregaban.
Sentí el corazón
desgarrado al ver tanta desgracia, tanta pérdida cercana a mi lugar. Punta Alta
también había sufrido lluvias torrenciales y evacuaciones, pero no tanto como
Bahía Blanca. Me senté en una silla y luego de separar la ropa de
abrigo que ya no usaba, la más linda y cómoda que pude encontrar en mis
placares, la doblé con parsimonia y prolijidad, la clasifiqué, la envolví
minuciosa. Luego la llevé a un club cercano a mi casa. Incluso algunos
recuerdos preciosos que guardaba de mis nietos. Entonces me sentí satisfecha.
A la noche lloré cuando
ese conocedor de los desastres dictaminó a viva voz que no era necesaria. Me sentí
una refugiada afectiva más. Había reunido memorias tangibles de cuando
trabajaba, de cuando salía a pasear o ropa cotidiana, de entrecasa, con la que
vivía mi vida que no había afrontado ninguna calamidad natural. Mis pertenencias
anónimas terminarían, según el destino anunciado, comidas por las ratas o
producirían enfermedades y deberían ser quemadas como lo había sentenciado un
ignoto señor.
© Diana Durán,
15 de marzo de 2025
[1]
Las Aguas Bajan
Turbias es una película argentina de Hugo del Carril basada en la novela El río oscuro de Alfredo Varela (quien también colaboró en el guion).