TERRITORIOS AUSENTES. NUEVO LIBRO DIANA DURAN
EL RIESGO DE UN CASTIGO
EL RIESGO DE UN CASTIGO
Siempre
habíamos tenido suerte con el campo. Varias generaciones se habían dedicado a
la producción agropecuaria. El abuelo había venido a mediados del siglo XIX
desde Grecia donde pertenecía a una familia rural. Ellos vivían en una isla del
Egeo y a pesar de la aridez sabían cultivar vid, criar ovejas e hilar capullos
de seda. Su vida seguía con tenacidad el ciclo del día y los cambios
estacionales. El clima mediterráneo, seco en verano y con lluvias en invierno, gobernaba
todas las tareas.
Transcurrieron
muchos años hasta que la guerra y el hambre acabaron con las épocas de bonanza.
Los más jóvenes tuvieron que emigrar sin saber su destino. Mi abuelo, creyendo
que iba a New York, terminó en unas colonias de Entre Ríos, en la Argentina.
Todo era nuevo para él, la gente, el idioma, el clima, las costumbres. Sin
embargo, se adaptó y logró afincarse, esta vez cultivando cereales y cítricos.
Mi padre también lo hizo; siguió las enseñanzas familiares en la propiedad que
se amplió gracias al esfuerzo de las dos generaciones. Una geografía generosa,
tan fértil como onduladas eran las cuchillas que la surcaban. Solar misterioso
de tierras gringas, a la vez pampeano y mesopotámico.
Yo me crié entre
lagunas y pastizales; sauces y álamos; garzas y carpinchos. Así se formó mi
carácter; no podría haber nacido en un ambiente más prolífico.
La
naturaleza pródiga y la prosperidad económica nos benefició. Es cierto que durante
algunas épocas tuvimos anegamientos y, en otras, períodos de sequía, pero
ningún riesgo que produjera una catástrofe como para arruinarnos. Estábamos
cerca del anchuroso río Paraná, los suelos eran ricos y las cosechas bastaban
para mantener a toda la familia. Nunca olvidaré las manos fuertes y curtidas,
el cuerpo algo encorvado y la piel reseca y quemada de ambos: el abuelo y mi
padre. Qué decir de mi abuela y de mi madre, tan dedicadas a las tareas en la
huerta, la granja, la casa y nuestra crianza.
Mi hermano
y yo pudimos disfrutar de una educación universitaria gracias al esfuerzo de nuestros
predecesores. Yo fui el que los hice más felices porque estudié agronomía. Para
no ir a Buenos Aires, lo hice en Córdoba y en cinco años me recibí.
Justo al
terminar la carrera, mi abuelo y mi padre comenzaron a ver que llovía poco,
hasta que el cielo se eclipsó por meses. Las lagunas se secaron, los suelos se resquebrajaron,
la fauna típica comenzó a emigrar. Hubo que malvender la hacienda escuálida y los
pocos frutos que había dado el naranjal. La situación empeoraba día a día y yo
con mi título reluciente estaba atado de pies y manos. Lo que había aprendido
no servía de nada frente a la devastación y la catástrofe. Poco tiempo después,
parte de la buena tierra, los árboles y las praderas sufrieron incendios
devastadores.
¿Cuál había sido nuestro crimen para merecer tremendo castigo, como tituló Dostoyevski? (1)
En nuestro
caso no hubo crimen, el castigo era ver a nuestro territorio asolado y
comprender que solo quedaba volver a migrar como lo había hecho el abuelo un
siglo atrás.
1- Crimen y castigo.
Novela de Fiódor Dostoyevski.
LA TIERRA PROMETIDA
LA TIERRA PROMETIDA
Desde pequeño sintió en carne propia la manera autoritaria en que lo trataba.
Rafael, ¡ordena tu habitación! Rafael, ¡báñate ya! Rafael, ¡ven a comer
inmediatamente! Nunca se lo decía con cariño, jamás un ¿puedes hacerlo? o
una frase que denotara ternura.
Sin embargo, él se resistía a decaer. Sabía cómo hacer para que esas
órdenes le resbalaran. De muy chiquito había sido travieso. A la mujer no le
hablaba como a una madre. Le decía, ya voy, señora, pero huía al jardín
a jugar a las canicas o a buscar escarabajos. Espere un poco, y se ocultaba
debajo de la cama con dos soldaditos de plástico porque la guerra de fantasía le
resultaba más atractiva que cumplir órdenes. Lo mismo sucedía al volver de la
escuela. ¿Hiciste los deberes?, le preguntaba terminado el almuerzo. O
le gritaba desde el balcón ¡ven de inmediato que te esperan los mandados!
cuando recién había comenzado el partido de fútbol en la cancha de enfrente. Nunca
un beso o un abrazo al irse a dormir.
Rafael cumplía con recelo los mandatos impartidos o no los acataba por
lo que caía en penitencias. Sin embargo, aguantaba el trato poco cariñoso y las
frecuentes injusticias. Era el cuarto niño de una familia de acogida, el más
chiquillo de dos mujeres y dos varones. De pequeña altura, menudo para sus diez
años, de pelo azabache, penetrantes ojos negros y rodillas siempre lastimadas.
Querido por sus amigos y maestros por inteligente y pícaro.
Vivían en un departamento al suroeste de Madrid en Pan Bendito, una de las
barriadas periféricas de la gran ciudad, habitadas por clases bajas e
inmigrantes. Era un sitio de aspecto homogéneo donde los edificios de ladrillos
rojizos y desteñidos conformaban bloques de más de cinco plantas. Para
felicidad de Rafael moraban frente a un gran parque deportivo. Amaba ese lugar
donde se sentía libre y seguro, lejos de la familia disfuncional que le había
tocado en suerte. El niño nada sabía de sus verdaderos padres.
A
pesar de la crianza autoritaria, Rafael nunca fue sumiso. Los mandamientos y
las reglas no encajaban con su personalidad. Era libre, había nacido así, no lo
amilanaban las sujeciones y advertencias inflexibles. Tampoco los gritos y
malos tratos, especialmente de quien oficiaba de madre cruel y desamorada. Su
esposo ferroviario nunca estaba en la casa. Era una especie de fantasma que muy
de vez en cuando aparecía y cuando lo hacía estaba fatigado y ceñudo como para
tratar con los niños.
Desde
chico Rafael había soñado con irse de la casa. Descubrir nuevos horizontes.
Imaginaba un destino mejor. En la escuela habían leído Las aventuras de Tom
Sawyer quien se convirtió en el ídolo de su infancia. Ya encontraré un
tesoro y seré rico, pensaba. Cumpliría su deseo, aunque conocía sus
límites: la corta edad y la falta de dinero. ¿Adónde iba a ir? No confiaba
tampoco en sus hermanos con quienes hablaba poco y despreciaba porque
mendigaban cariño y, de esa manera, eran también rechazados sin piedad.
Rafael
se escapaba a su mundo de fantasía para soportar sus estudios en la Plataforma
Social Panbendito[1].
Emulaba, según los días y las circunstancias, a los personajes de los cómics: Zipi
y Zape[2],
Mortadelo y Filemón[3]
y El Papus[4].
Conseguía las revistas en la escuela o en la plaza porque nunca tuvo las suyas.
El universo de Rafael se confundía con esos personajes que aplicaba a sus sueños
y juegos imaginativos.
Rafael admiró de adolescente a La Excepción, un
grupo musical formado por jóvenes de su barrio que había triunfado al
interpretar hip hop con toques flamencos. Eran sus héroes porque habían
logrado salir del mismo extramuros donde él vivía y tener éxito en toda España.
Rafael había aprendido sus canciones y las cantaba como metáfora de futuro. Ruina,
no luchas por tu devenir, ruina, olor a sangre como elixir, de este barrio
tengo que salir, ruina, llama al alguacil, no va a venir.
El muchacho tuvo varios aprietos por querer escapar
de la casa de la familia que lo cuidaba. Siempre lo regresaban. Él quería más al
barrio que a esos lazos seudo familiares sin amor. Terminó la secundaria y
cuando tuvo dieciocho años decidió que era el momento.
Un día armó su mochila y partió. Tomó el autobús cuarenta y siete hasta
el final del recorrido, la gran estación de Atocha. Había ahorrado justo lo
necesario para viajar en un tren a Sevilla. Por alguna razón le atraía Andalucía,
un territorio promisorio, en el que dominaban el sol, los placeres y la esperanza.
Cómo no lo iba a cautivar esa región española si era la tierra de sus
ancestros, aunque él no lo supiera. La habían poblado una mixtura de íberos,
griegos, romanos, árabes y berberiscos. Los rasgos oscuros de Rafael, su alegría
y la calidez de su carácter lo semejaban a la gente de la región. Andalucía era
el lugar ideal para quien buscara disfrutar de la vida. Hacia allí fue el joven
sin saber de sus orígenes.
Se dedicó a mil oficios. Fue obrero, mozo, taxista hasta que encontró un
trabajo como guía de turismo. Se sintió libre y feliz. Llegó a tener su propia
agencia de viajes. Nunca volvió a saber de su familia de acogida. Olvidó por
completo las órdenes de la mujer. No encontró sus orígenes biológicos porque
tampoco los buscó. Su orfandad fue eterna.
[1] La Plataforma Social Panbendito es
una entidad salesiana que desarrolla su actividad en el popular barrio de
Madrid del mismo nombre para atender las necesidades sociales, formativas y
laborales de la población de pocos recursos.
[2] Dos hermanos gemelos muy traviesos que prefieren
jugar en la calle con sus amigos antes que ponerse a estudiar en casa.
[3] Cómic más popular de España, se publica todavía
hoy en día. Estos personajes nacieron en la década de los 50. Son dos agentes
secretos que siempre fracasan en sus misiones porque son muy torpes.
[4] Revista pionera en la crítica social de la época a
través del género del cómic y la sátira gráfica.
© Diana Durán, 30 de setiembre de 2024
UNA CARTA SORPRESIVA
Imagen creada con IA. 9 de setiembre de 2024
Una carta sorpresiva
La carta era de su hijo. Totalmente
inesperada, absurda. Una correspondencia escrita a mano en papel en tiempos de
correos electrónicos y comunicaciones instantáneas. Alexis le describía con
detalles que se iría a vivir a Estados Unidos, y, además, como si fuera un
documento notarial, autorizaba a su madre hacer ciertos trámites requeridos. En ese
momento sus padres vivían a ochocientos kilómetros, en Bahía Blanca, a una hora
de avión de la gran metrópolis. Ya les resultaba difícil viajar en tiempos
inflacionarios por los costos, pero de una u otra manera conseguían verse para
cumpleaños y fiestas de fin de año. Según rezaba el escrito, Alexis residiría
con su esposa e hijo en una ciudad sita a diecinueve horas de avión con escalas.
¡Una locura!, pensó acongojada.
La noticia le produjo sorpresa, conmoción, un
balde de agua fría, una daga en el corazón. Era un golpe repentino sin anticipo
previo, sin una conversación sincera en el último encuentro durante el
cumpleaños de su nieto. Él y su esposa tenían excelentes trabajos en Buenos
Aires. ¿Con qué objeto probarían esa aventura? Además, y por lógica, no solo se
iría la pareja sino también, “se llevarían" a su nieto. A su adorado
nieto, la luz de sus ojos. Todo era posible en la viña del señor, menos ese delirio,
inconmensurable ausencia de sensatez. ¿Cómo partirían sin más ni más a vivir en
un lugar desconocido?
Alexis no explicaba en su carta sorpresa qué iba
a hacer con su trabajo actual y con su vivienda que tanto le había costado
obtener. La madre pensó en sus propios esfuerzos no tenidos en cuenta por su
hijo. Los colegios privados costosos a los que lo había mandado, los años de
facultad sustentados por ella y su esposo a puro tesón de trabajo para que se
recibiera de ingeniero. ¿Y su hijo? Empleos insignificantes superados por su propia
capacidad y esfuerzo que dieron como resultado el bienestar que hoy vivía con
su familia. ¿Tiraría todo por la borda? ¿Es que se había vuelto loco? ¿Qué
bicho le había picado? ¿Cómo podía dejar al margen a sus padres? ¿No había
pensado en lo que iba a ser su vida en una comunidad totalmente diferente en
cultura, sociedad, idioma y costumbres?
No se trataba de Miami o New York que poseen
considerables colonias argentinas, sino de Charlotte, en el centro este del
país, ciudad del estado de Carolina del Norte. Releyó, ¿Carolina del Norte?
¿quién conoce a ese ignoto estado tras los Apalaches? Otros los modos de vida
en el interior profundo del país del norte, un territorio seguramente hostil hacia
los migrantes latinos que arribaban día a día. Pensó abrumada que con seguridad
se trataría de un estado conservador en lo político, republicano a rabiar. No
sabía en qué incidiría, pero por principios no le gustaba, si bien era una
minucia en comparación con las circunstancias familiares.
Charlotte, vaya
nombre de novela romántica, pensó la mujer. Era una ciudad de más de ochocientos
mil habitantes localizada en la ribera izquierda del río Catawba, escindida históricamente
de Carolina del Sur para
convertirse en una colonia independiente. Su hijo trabajaría en una compañía de
electricidad, la Duke Energy. Nunca había escuchado hablar de esa empresa. Además,
se trataba de un centro turístico, según decía en el escrito, como tantas otras
ciudades yankees. La madre investigó todo lo posible sobre el lugar. Supo que
allí vivieron los siux y fantaseó con ese pasado feroz y combativo en las
raíces identitarias, como si en su imaginación se mantuviera vivo. Sintió mucha
preocupación. Luego había sucedido la emigración de irlandeses, ingleses y
alemanes. Había estallado allí una de las primeras fiebres del oro de los
Estados Unidos. ¿Tendría su hijo una moderna exaltación, pero del dólar? Siguió
indagando y encontró que Charlotte poseía una alta tasa de criminalidad en la
zona norte de la ciudad. Justo donde él iba a vivir. Dejó de averiguar.
Siguió especulando, ¿y si no veía más a su chiquito,
a su nieto adorado? Ya sabía que con dieciséis años era un adolescente hecho y
derecho, pero para ella era como si tuviera cinco y su historia aún le
perteneciera. Para más desgracia caviló en la economía argentina, en su edad y
la de su marido. ¿Podría ella aseverar que tendría dinero y salud para viajar? Sospechaba
que su esposo no la iba a acompañar. Bastante distanciado estaba de su hijo. En
realidad, nunca había tenido gran afinidad con Alexis.
Sintió desfallecer. Una opresión en el pecho le
contrajo el alma: de dolor, de angustia, de una pena inconmensurables que no tenían
remedio. Se recostó y lloró hasta que no le quedaron fuerzas y se durmió a los
sobresaltos.
Al despertar se preguntó qué haría. Lo
primero que se le ocurrió en un rapto de enojo fue romper el sobre. Así lo
hizo. Luego le diría a su hijo que nunca la había recibido. Esperaría un
encuentro concreto, que Alexis viniera al sur y se despidiera como correspondía
de sus padres.
Cuando rasgó el papel en el que había guardado
el escrito, unos impresos alargados cayeron de la envoltura. Se agachó para
revisarlos. Eran dos pasajes de ida a Charlotte, para ella y su esposo. Estaba
azorada de lo que no había alcanzado a descubrir. Tampoco había visto la
pequeña esquela que en el interior de los billetes escribía con gratitud, gracias,
mamá y papá, por todo lo que me brindaron en la existencia. Espero que podamos
vivir esta nueva etapa todos juntos. Es lo que más deseo en el mundo.
© Diana Durán, 9 de setiembre de 2024
DE PURO VAGAR
DE PURO VAGAR
No podía con mi impaciencia.
Siempre fui intranquilo. Parecía estar en mis genes. Me decían que caminaba
inclinado hacia adelante de apurado. Persistente mi cabeza sobrepasando al
cuerpo.
Recuerdo que de niño llegaba
del colegio y hacía lo antes posible los deberes para ir a jugar; terminaba
pronto de retozar en la cortada para ver, mientras tomaba la chocolatada, mi
programa favorito, Piluso y Coquito, los entrañables amigos. Rodaba con la
pelota todo el día. Agotaba a mi madre que no podía ponerme freno. En el
colegio me apresuraba por terminar las pruebas para entregarlas antes
que nadie y sobresalir. Corría como una gacela para alcanzar el primer puesto
en las carreras de cien metros del club. La mayor parte de las veces lo lograba
y, si no refunfuñaba para mis adentros, sin demostrarlo; aunque en ocasiones y
sin razón terminaba peleando. En fútbol siempre jugaba de centro delantero para
poder hacer goles. Por mis características físicas era defensor, sin embargo,
me esforzaba por meter la pelota en el arco y lo lograba.
A pesar de todo, no tenía los
rasgos de un niño hiperactivo. Ni el déficit de atención, ni el desorden, ni la
mala organización de mis tareas caracterizaban mi personalidad. Solo el deseo
imperioso de ganar; de hacerlo todo rápido y bien.
Durante la adolescencia las
actividades se multiplicaron: más deportes, más estudio, muchas fiestas, muchas
amistades, participación en grupos de rock. Un día le dije a un amigo del
colegio descansemos rápido, así llegamos antes. ¿A dónde? Se mató de
risa de mi absurda pretensión.
A los veintitrés, habiendo terminado
la facultad en cuatro años, me recibí de abogado y enseguida empecé a trabajar
en un estudio. Salía de la casa de mis padres para el centro extendiendo la
mano para llamar al primer taxi que aparecía o bajaba las escaleras mecánicas
del subte a toda velocidad para alcanzar los vagones a punto de salir. Casi
siempre entraba cuando las puertas se cerraban a mis espaldas. Siempre apurado,
vaya a saber por qué, pues tenía tiempo de sobra para llegar a Tribunales.
A los veinticuatro me casé
con Silvia, mi novia de la adolescencia, que también había sido compañera de
facultad. La única que podía soportar mis ansiedades perpetuas. Ella no
necesitaba correr como yo. Era tranquila y paciente. Nos complementábamos muy
bien. Aguantaba mis premuras y celeridades. Me apaciguaba. Yo la animaba y
divertía. Nos queríamos mucho. Tuvimos dos hijos en tres años. Un récord. Mi esposa
pronto abandonó su carrera casi sin comenzarla para dedicarse a nuestros dos
pequeños y a la casa. Yo seguía corriendo por más dinero, mejores trabajos,
mayor reconocimiento social. Eso parecía.
Así continué hasta que a los
treinta años me transformé en un ser itinerante. Era una especie de hormiga
inútil recorriendo todos los trasiegos y mil derroteros. Sin necesidad ostensible
comencé a viajar primero por trabajo, después por puro desenfreno. Empecé mi
recorrido cerca de Buenos Aires, en Rosario, donde me dediqué al derecho penal.
Por un caso, supe sobre la entrada y el paso de estupefacientes a través de las
vías terrestres de la región. También analicé otras alternativas que usaban las
bandas de narcotraficantes, como la fluvial y la aérea. Un
tema arduo y complejo pues a Rosario la
atraviesan las principales autopistas y rutas que conectan otras provincias
limítrofes y tiene puertos que son el nodo agroexportador más importante del
país. Todo parecía ir bien hasta que amenazaron a mi familia. Entonces por insistencia
de mi esposa, hastiada de una actividad tan peligrosa en la que me había metido
sin pensar, nos fuimos a Córdoba.
Allí hice un posgrado en derecho empresarial, a la par que continuaba
trabajando. Mi familia me seguía. Por los sucesivos empleos tenían que mudarse,
cambiar de escuelas y amistades en los distintos destinos.
Continué en Mendoza, provincia
rica en la extracción de crudo y gas convencional del país, donde me dediqué a litigios
relacionados al petróleo. Me ocupaba del extractivismo y los
conflictos socio ambientales, por lo que viajaba de la ciudad capital a
Malargüe por distintas causas. Gané
mucho dinero, pero también por lo estresado y nervioso que estaba siempre, Silvia
decidió regresar a Buenos Aires con mis hijos, cansada de la vida trashumante. A
mí no me importaba el desarraigo, asumía que todo lo hacía por ellos. En
realidad, no maduraba, o no podía hacerlo con mi absurdo trajinar. Mi familia
no podía echar raíces, en cambio yo seguía el rumbo frenético de trasladarme de
un lado al otro. No llegué a irme al norte pues la Patagonia me atrajo con
mayor fuerza. Con la experiencia de Mendoza, partí a trabajar en la compañía “Gas
y Petróleo del Neuquén S. A.” Nunca dejé de enviar dinero a mi familia cada día
más alejada.
Estando solo en esa
provincia empecé a sentir que mi cabeza no funcionaba bien. El primer episodio
fue a los treinta y cinco años. Había perdido por primera vez un caso
importante. Nunca me había pasado. Comencé a experimentar desgano, tristeza,
angustia. Falté al trabajo. Durante días no quería salir de la cama. Llamé
desesperado a mi mujer, pero ella no quiso acompañarme. No estaba segura de lo
que yo le decía. No quería volver a viajar y viajar. Ella había iniciado otro
camino. Con nuestros hijos más grandes y encaminados en los colegios había
podido emprender su carrera en un estudio de derecho contable y su profesión había
tomado impulso. Me pidió que volviera a Buenos Aires. Yo no tenía fuerzas ni
para moverme. Me daba cuenta en esas horas de penuria de que la vida migrante
no tenía sentido. Había perdido de disfrutar la infancia y primera adolescencia
de mis hijos. Estaba exiliado, no tenía rienda ni norte.
A fuerza de mucha terapia,
incluyendo medicación psiquiátrica, superé de a poco la melancolía. Pude salir
del abatimiento, pero por alguna razón de la química de mi cerebro comencé a
vagabundear de nuevo con mayor intensidad que antes. De Neuquén a Comodoro
Rivadavia, de Comodoro Rivadavia a Río Gallegos, hasta llegué a Ushuaia donde
nuevamente caí en la depresión. Esta vez más profunda. Tanto que Silvia tuvo
que viajar a la ciudad para internarme.
Mi historia fue la de un
hombre ansioso, itinerante, bipolar. Al fin lo supe, algo tarde, luego de treinta
años de vagar y vagar, me detectaron esa enfermedad oculta. Hasta entonces poco
se sabía de ella.
Intenté con mucho esfuerzo volver
a mi familia que, al principio con grandes resquemores, pero luego, con mucha
dedicación, me contuvo y ayudó a recomenzar. Busqué una rienda, una dirección,
mis afectos perdidos. Le pedí perdón a Silvia. No quiero condenarte ni necesito
disculparte, querido, siempre te esperé, me dijo, sabiendo que la
mayor parte de mis impulsos se debían a una afección.
¿A dónde ir con la balsa soñada y absolutamente solo?
Tal vez a la
aurora boreal,
al témpano
antártico,
a todos los
puntos
y a ningún
lugar.
Y, sin
embargo,
es posible
encontrar el norte,
virar los
pasos
hacia algún
sitio soleado,
valles,
travesía y sosiego,
calor verde,
pradera, tierra virgen,
ciudad
cercana, central.
Sí, allí va
el sentido,
emergiendo
con muletas, del exilio.
© Diana Durán, 23 de junio de 2024
LA SELVA SIN MAL
DEVASTACIÓN EN EL ENTORNO. UNA FICCIÓN PREHISTÓRICA
Generado con IA el 22 de abril de 2024 por Benjamín Viarenghi
DEVASTACIÓN EN EL ENTORNO. UNA FICCIÓN PREHISTÓRICA
Las hojas del alerce milenario
comenzaron a caer en pleno verano sin que hubiera sequía en el bosque. No había
explicación para la matizada gama de amarillos y las nervaduras violáceas como
venas de manos ancianas. Las ramas de los pinos se quebraban ante cualquier
brisa y sus hojas afiladas formaban cúmulos gigantes cerca de los troncos,
asemejándose a hormigueros de termitas. Las cortezas de los eucaliptos se
desprendieron en forma masiva y cayeron como rígidas cabelleras de madera para liberar
a los árboles de los parásitos que los invadían. Los troncos quedaron lisos y
cercados por montañas de astillas que daban un aspecto siniestro al ruinoso paisaje
forestal. Las hojuelas del estrato de hierbas se habían cubierto de hongos de
especies misteriosas que dibujaban manchas amarronadas y verdosas en el
pastizal. Las lianas del sotobosque se derrumbaron a los pies de la mayor parte
de los árboles en toscas coronas que componían un laberinto intransitable. Asfixiados por nieblas calientes, los arbustos habían
podido producir pocos frutos que se habían arrugado como pasas. Las
masas forestales quedaron afectadas por la acción de insectos y organismos
patógenos hasta extinguirse.
Las
consecuencias sobre los animales fueron pavorosas. Los murciélagos huyeron despavoridos
por el hambre portando enfermedades. Le siguieron los ciervos, monos y roedores.
Los gamos podían saltar los obstáculos en su huida, pero los cervatillos se
lastimaban en las trampas naturales y caían moribundos. Los monos contrajeron
virus letales y quedaron pocos. Las aves planeaban a baja altura hasta que
perturbadas migraron hacia alguna ruta desconocida. Quedaron solo los cuervos
con su plumaje negro y lustroso alimentándose de los restos mustios de lo que había
sido un bosque verde y lozano.
Los habitantes de la aldea “pachamaya”[1]
no querían acercarse a la arboleda enferma, pero necesitaban hacerlo para juntar
los frutos y las raíces que acostumbraban comer. Cuando los hombres
recolectores se internaron en los restos forestales quedaron atrapados entre
lianas espinosas y sus pies sangraban al pisar las ramas desechas de los pinos
y las astillas del eucaliptal. Algunos valientes continuaban a pesar de las
lastimaduras en la desesperación por conseguir alimentos.
El arroyo que bordeaba la ciudadela tenía cada vez
menos caudal y el agua empezaba a escasear en los pozos excavados a mano que abastecían
a los clanes. Poco a poco, las chozas de ramas y palos sujetos con tallos
retorcidos se transformaron en despojos al no reponer los materiales con los
que se construían. Los cerdos salvajes recién domesticados se habían enfermado
atacados por los murciélagos rabiosos. Los ratones campestres huyeron hacia la
aldea y se comieron los pocos frutos acumulados. Las mujeres no sabían qué
hacer con las crías de los ratones que se multiplicaban pese a la escasez de
alimentos.
Como nadie leía ni escribía en este pueblo no se
podía redactar un edicto para paliar el desastre. Entonces el jefe estableció que
las mujeres debían danzar toda la noche alrededor de una fogata de ramas de
eucaliptos y pinos. Siempre había ordenado con razón por lo que
todas lo obedecieron y bailaron hasta el amanecer cuando cayeron desmayadas por
el cansancio. Los hombres pelearon entre sí sumidos en el infortunio y el
fracaso. Los niños lloraron sin nadie que los consolara.
El ecosistema estaba casi extinto y con él la vida
de todos. No quedaba más que emigrar. Al amanecer todos juntaron las pocas
pertenencias en atillos y comenzaron a marchar. En su trasiego, lejos del hábitat
enfermo, se encontraron con otros pueblos que vagabundeaban agobiados.
Muchos habían sido advertidos por los chamanes que
no debían maltratar al bosque. Pero no les habían hecho caso; continuaron
extrayendo los frutos a mayor ritmo que su crecimiento y cazando a los animales
al límite de la extinción en su lucha por la subsistencia.
Fue tal el destierro de las tribus procedentes de
distintos hábitats devastados que, sin comunicación alguna, terminaron convergiendo
en un lugar distante, un borde alejado de todo, un limbo. Allí encontraron agua,
suelo, pastos, árboles y animales sanos. Un oasis en medio de la nada misma. Entonces
tuvieron que organizarse. Quiénes usarían cada recurso, cómo y cuándo lo harían.
Algunos comenzaron a plantar las pocas semillas que llevaban de sus huertos
originales; otros decidieron domesticar a los chanchos salvajes para tener
carne y alimentarse mejor; los más avanzados construyeron viviendas más
resistentes que las primitivas. Las mujeres cantaron a los niños consolándolos
de su dolor y cansancio hasta que se durmieron confiados. Entonces se pusieron
a limpiar y tejer.
Miles de años después los arqueólogos quedaron
estupefactos al descubrir en una excavación los restos de comunidades muy
disímiles que habían convivido en el mismo lugar en paz y unidad. Había en el
yacimiento una mixtura de artefactos culturales como vasijas, ornamentos, dibujos
de bosques y esculturas de animales, que configuraban el patrimonio de pueblos
que habían vivido en armonía con el ambiente durante muchos siglos.
© Diana Durán, 21 de
abril de 2024
LA RESISTENCIA Y LA MEMORIA. DE LA VIEJA A LA NUEVA FEDERACIÓN
Ruinas en bajante de la Vieja Federación. Google Maps
El 25 de marzo de 1979 el dictador Videla inauguró la
ciudad a medio terminar. Al mismo tiempo se iniciaba el llenado del
embalse. Diez años tardó su construcción, una década de sufrimiento para nuestra
población. La resistencia fracasó.
Era el evento deseado por
las autoridades que gestaban un proyecto monumental, faraónico, fuera de toda
escala. Salto Grande, la represa binacional más importante de América Latina cuya historia había iniciado en el siglo XIX, pero se había decidido en su diseño sin consultar a la población. En el acto había jefes de Estado, gobernadores, militares, profesionales,
alumnos, docentes y el pueblo. ¿Qué pueblo? El dividido en dos, uno que se
había quedado en la ciudad y otro echado a un nuevo lugar. La Vieja y la Nueva
Federación en la provincia de Entre Ríos.
Todos formados en perfecto
orden. El orden del rigor, la subordinación y el desconsuelo. Entre los niños
firmes y acicalados estaba yo con mis nueve años, de delantal blanco
almidonado, flaquito y tieso por el frío, sin entender lo que estaba
ocurriendo. Solo sabía que media familia se había quedado en el pueblo inundado
y el resto teníamos que emigrar forzadamente al otro lado del embalse sin
puente que nos comunicara.
No sé qué hago aquí. Tengo
frío y nos tienen parados toda la mañana para ver ese lago que va a tapar mi
casa. Me quiero ir con mi mamá, pero no puedo verla entre tanta gente. Ese
señor que cortó las cintas me da miedo.
El lago inundaría más de
cien hectáreas cubriéndolo todo a medida que las aguas subieran. Suelo,
vegetación, esquinas, calles, casas y sueños sepultados. Hasta los recuerdos de
nuestras familias quedarían sumergidos por el espejo del dique.
Antes del llenado del embalse, se demolió el pueblo. Solo quedaron
algunos barrios periféricos localizados en la zona más alta. Se denominó tristemente
la Vieja Federación.
En 1974 habían comenzado a
construir el complejo hidroeléctrico. Llegaban a la ciudad las topadoras y con
ellas la partida obligada de nuestras familias. Solo algunas se quedaron en la
Federación sumergida poco a poco y sin piedad. Nadie pudo negarse. Verlo era
siniestro. La demolición de las casas, la sumersión paulatina del entorno verde
a orillas del río Uruguay.
Unas cuatrocientas familias habían quedado en la ciudad
vieja y mil quinientas fueron trasladadas a la nueva. La
identidad de un pueblo condenado al exilio.
¿Por qué mis
primos están del otro lado? Ahora los veo poco. Viven lejos y no hay puente. Me
pone triste no jugar en la siesta con ellos. En mi nueva casa hay unos árboles
chiquitos, unos palitos recién plantados. No se ve ni un gorrión, ni una
paloma. Mi perro está solo como yo. Suerte que lo trajimos, si no se hubiera
ahogado. Mi mamá llora en la cocina. La comida no es tan rica como antes. En la
escuela nueva hay chicos que no conozco.
El gobierno de facto lo
había ordenado. Eran aficionados a las grandes obras de infraestructura sin
evaluar sus impactos, especialmente los sociales. El puente entre ambos
lugares se construyó diez años más tarde. Nos vimos obligados a bordear kilómetros
para comunicarnos. Un verdadero apocalipsis, el
entierro de los hogares, la tristeza del desarraigo.
Los federaenses debimos renunciar a nuestro lugar
de origen. De nada servía la corta distancia que nos separaba de la Vieja
Federación. No habíamos sido consultados. Oprimían la anomia y la
ausencia de identidad.
Pasaron años de adaptación y resistencia al olvido.
El pueblo se fue reconstruyendo en su interior, adecuándonos a las nuevas
circunstancias, a la pérdida del terruño anterior. Algunos pocos olvidaron,
otros como yo, no pudimos hacerlo nunca.
Hijo, ¿te vas a ir? Pero si ahora la ciudad está
como a vos te gustaba la vieja. Los árboles crecieron, hay zorzales y
calandrias, podemos visitar a nuestra familia cuantas veces queramos. Se hizo
el puente entre los dos pueblos. Las cosas están mejorando y se encontraron
aguas termales que traerán al turismo.
No, mamá, todo eso que decís no borra el pasado. No
me voy a olvidar del día de la inauguración de la ciudad. Lo que provocó en mí está
firme en mis recuerdos. Destrozaron nuestro lugar. ¿No viste cómo quedó la
Vieja Federación? ¿No viste que los aserraderos están vacíos allí? ¿No conocés
la historia del hombre que aún se resiste a ser mudado? Me voy a Buenos Aires,
me voy a estudiar.
Cuando me recibí de abogado volví a Federación. Me
dediqué a la política. Persistí en mis ideas. Como concejal escribí la
ordenanza que determinó sacar la fotografía en la que se veía a Videla cortando
las cintas en la inauguración de la nueva ciudad. Una rémora de los primeros
tiempos. Todavía me daban escalofríos al recordar esa mañana helada.
Tuve la oportunidad de visitar muchas veces las
ruinas que emergían en tiempos de bajante del río Uruguay. Cuando esto sucedía
quedaban a la vista los cimientos erosionados y pedregosos de las casas derruidas
y los bosques ahogados transformados en un conjunto de tocones grises y
desérticos. Frente a esa desolación me parecía sentir las voces de mis primos
jugando a la pelota y hasta olía la exquisita comida de mamá. Fantasmales resabios
de mi niñez que nunca olvidaría.
© Diana Durán, 7 de abril de 2024
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