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ADOLESCENCIA COMPARTIDA

 

 

ADOLESCENCIA COMPARTIDA

Así era nuestra adolescencia en pequeñas circunstancias de la vida cotidiana.

—¡Cuidado que te caés! —gritó Ana, aferrándose al caño, mientras el colectivo 12 frenaba en el semáforo de Córdoba y Callao. Apretadas en el fondo, las dos nos balanceábamos entre risas que contagiaban nuestra alegría a los cansados pasajeros.

—¿Escuchaste a la Rego?, “¡Porque mi abuelo Paul Groussac jamás toleraría este adefesio de redacción!”. Pobre Marta, terminó llorando a moco tendido en el primer banco— dije algo divertida.

—Peor fue la de Biología, Paula, “detrás del empapelado floreado, queridas mías, se ocultan alimañas” —recordó Ana, secándose una lágrima de risa.

—“¡Si en un triángulo se traza una paralela…!” —recitamos a coro, zapateando los pasos marciales de la de Matemáticas, justo cuando el chofer frenaba frente a la Plaza Congreso.

Ese espacio era el escenario de múltiples acontecimientos nacionales. Allí se habían desarrollado debates y manifestaciones fundamentales de la historia argentina, como la despedida de Balbín a los restos de Perón, símbolo de reconciliación nacional. Las chicas no se enteraban de estos hechos salvo por alguna conversación superficial de los padres. Pero como lo que explicaban en el colegio nunca se refería a los hechos contemporáneas, no comprendían los sucesos del siglo XX.

Bajamos entre empujones sobre Entre Ríos. El barrio nos envolvía: la cúpula verde del Congreso recortada contra el cielo del mediodía; el olor a café de los bares aledaños; el caminar acelerado de hombres y mujeres de traje; las ancianas vendedoras de maíz para las palomas.

Un mundo contrastado de política y vida cotidiana. Ese rincón de la ciudad, de arquitectura francesa, no era solo un espacio público; para nosotras se identificaba con un territorio de complicidad. La plaza donde, bajo añejas tipas, ceibos y jacarandás, intercambiábamos anécdotas y contábamos los días para que llegaran las fiestas de quince de los sábados.

Cumplíamos el trámite del almuerzo y desplegábamos la artillería de carpetas. Ana, fanática de las naturales; yo, de las sociales.

—Vos resumí lo de Geografía, Paula, que yo paso en limpio Biología —ordenó Ana, mirando de reojo el Atlas—, y agregó— ¿para qué quiero aprender los Cárpatos si nunca los voy a conocer?

—Algún día vas a entender la belleza de un buen mapa, Anita —le retruqué sonriendo—; mientras tanto, vos descifrá el teorema y después me lo explicás. Así, sin darnos cuenta, intuíamos nuestras futuras profesiones.

Todos los miércoles, a las seis en punto, corríamos al quiosco de la esquina. Con las monedas que juntábamos entre las dos volvíamos con Radiolandia y Antena bajo el brazo. Pegábamos en sendos álbumes los recortes de las vidas de Bredeston y Cárpena, Bebán y Lapacó; clasificábamos estrenos, peleas y reconciliaciones con el rigor metódico de pequeñas investigadoras fascinadas por el amor adulto.

Durante algunos de esos días habíamos visto gente reunida por distintas causas en la plaza, pero apurábamos el paso porque nuestros padres nos habían recomendado no meternos.

De noche, con el rumor de la calle filtrándose por la ventana, inventábamos el porvenir.

—Yo voy a tener tres hijos y me casaré con un médico —soñaba.

—Yo cuatro, Paula, y mi marido será arquitecto para que nuestra casa sea grande y cómoda —retrucaba Ana con firmeza.

Daba igual si pasábamos la noche en mi casa o en la suya: el murmullo de los colectivos se colaba entre los ventanales mientras soñábamos el futuro. Las risas sellaban la certeza de que, más allá de cualquier plan, lo único inamovible era nuestra amistad.

Cuando no dormíamos juntas, el vínculo mutaba en una triangulación telefónica: yo llamaba a Ana, Ana a Claudia, Claudia a mí. Aquel circuito era un mapa invisible de voces adolescentes. Hasta que un sábado implosionó.

—¡Alberto se le declaró a Ana en la fiesta del sábado! —me disparó Claudia.

El estómago me dio vuelta. Marqué de inmediato el número de Ana.

—¿Cómo no me lo contaste a mí primero?, ¿quién es tu mejor amiga?

—¡No me grites!, Claudia me acorraló, te lo iba a contar hoy.

—¡Sos una traidora! —le corté entre lágrimas.

El orgullo congeló la amistad. Se suspendieron las tardes de estudio y los paseos por la plaza. En la foto de fin de curso, Claudia escribió una despedida protocolar y gélida: “afectuosamente” y Ana, “para una amiga”. Lloré desconsolada.

Durante las décadas posteriores, el Congreso fue un hito de la historia del país; la Carpa Blanca, la crisis del 2001, el conflicto del campo, fueron algunas de las protestas multitudinarias. En algunas ocasiones, ambas habían participado sin encontrarse.

En 2015, la primera manifestación multitudinaria de “Ni una menos” nos reunió sorpresivamente después de muchos años. Entre los miles de personas convocadas, nos topamos sin proyectarlo en la plaza de la adolescencia. Ya éramos mujeres hechas y derechas, cuando la emoción tornó en un momento único los abrazos que sellaron el reencuentro.

La vida adulta nos había llevado por sus propios cauces: profesiones, matrimonios, hijos y nietos. El tiempo había limado todas las asperezas. El reencuentro en la adultez fue el broche de oro de aquella adolescencia compartida.

Hoy, cincuenta años más tarde, la geografía compartida en la Plaza Congreso sigue intacta y continúa albergando, a veces con violencia, múltiples manifestaciones de la sociedad.

Para nosotras, bastan las miradas cómplices para volver a subir al 12, esquivando el tráfico de la avenida Callao y reírnos de las mismas cosas, al redescubrir aquella cartografía adolescente que nunca perdió su rumbo.

 

© Diana Durán, 28 de setiembre de 2026

 

PUERTOS DE LA VIDA

 



PUERTOS DE LA VIDA

 

Ella sabía que los puertos guardaban un significado profundo en su vida, aunque por alguna razón no los sentía lugares dichosos. Había visto barcos llegar y partir en Buenos Aires; había jugado con sus hijas en las escolleras de Villa Gesell y San Bernardo. Habían jugado, aunque no era pescar porque lo hacían con un medio mundo alquilado, divertidas al juntar camarones, cornalitos o algún pequeño pejerrey que terminaban en un festín de frituras durante las cenas veraniegas.

Había festejado en bares de Puerto Madero en muchas ocasiones, y recorrido lugares de memoria sombría como la Rosadita. Había visto crecer el barrio hasta que el perfil urbano se cubrió de edificios desmesurados que brotaban como hongos venenosos contra toda lógica.

En el puerto de Mar del Plata, los recuerdos entrecruzaban la infancia y las vacaciones familiares. Puerto pesquero con barcos amarillos, indolentes lobos marinos, cruceros elegantes visibles desde Playa Grande y dos oscuros submarinos apostados en la base militar. Entre esas imágenes, casi disueltas en la bruma marina, una despedida sin regreso aparecía como una sombra.  Solo un rostro perdido en el tiempo y el azul marino.

Había conocido la cambiante ribera porteña, visitado la Fragata Libertad y el puerto de Olivos con sus yates que observaba los domingos desde la mesa de un restaurante. El Puerto de Frutos del Tigre había sido artífice de pequeñas felicidades, arribando en el Tren de la Costa para regresar cargada de originales artesanías y pesadas bolsas de naranjas.

De pequeña había viajado a Goya a bordo del Ciudad de Corrientes, una travesía inolvidable por la lentitud del trasiego y el cuidado casi ritual de su madre al atar a su hermano al mástil para que no cayera al amplio río. Cada embarcadero parecía murmurar que alguien se había ido para no volver.

En la madurez, le tocó vivir en las cercanías de un puerto que al principio solo conocía por lecturas; era una pequeña terminal transformada por la especulación para extraer el oro negro del interior patagónico. Cerca, la imponente base naval inaccesible para los residentes de una ciudad que crecía dándole la espalda al mar. Seguía sintiendo nostalgias repentinas.

 



Aquella tarde el recuerdo se volvió nítido y cobró forma definitiva. Descubrió la ausencia que atravesaba todos los puertos. Era la de su abuelo materno, el griego que a los quince años había dejado Atenas para recalar en la Argentina. El hombre a quien nunca dejó de extrañar, figura palmaria de su infancia por su sencillez y generosidad, sus manos laboriosas y su porte mediterráneo. Recordó entonces con nitidez los relatos de su tierra lejana a la que él jamás había podido regresar.

Lo veía todavía, apoyado en la baranda de un muelle cualquiera, con la mirada fija en el horizonte. La última escena era siempre la misma: él levantando la mano en un gesto leve, como si dudara entre despedirse o quedarse. El viento agitaba su camisa blanca y ella, niña todavía, no alcanzaba a comprender que ese ademán era para siempre.

Al reunir las anécdotas dispersas, comprendió la trama secreta de los puertos. No eran solo lugares de tránsito o de juegos infantiles. Habían sido, desde un principio, el escenario de un único eco: el del abuelo que trajo consigo la nostalgia de un lugar perdido en el Mediterráneo.

© Diana Durán, 31 de agosto de 2026

 

TRAVESÍA FRATERNAL

 


Street View modificada con IA

TRAVESÍA FRATERNAL

Patricio y Hernando habían pasado horas enteras sumergidos en el juego de los soldaditos, recreando batallas encarnizadas entre distintos países. Habían rodado en zigzag y desafiado el equilibrio sobre una rueda convirtiéndose en un quebradero de cabeza para los porteros de la manzana. Se habían instalado muchas tardes en la esquina de la plaza a vender revistas para luego distribuirse los modestos ingresos, una repartija que rara vez transcurría sin discusiones o reproches.

Aunque resultaban inseparables, compartían una rivalidad feroz. Podían llegar a las manos si alguno se negaba a admitir la derrota tras una partida de ajedrez o un partido de fútbol. Esa tensión rozaba el límite cuando terminaban sin dirigirse la palabra durante días al disputarse la atención de la chica más linda del baile.

 

Los hermanos Cruz decidieron cruzar la meseta patagónica en bicicleta, como dedicatoria a aquellos días de la infancia. Lo harían desde Puerto Madryn hasta Esquel. Ya habían buceado con lobos marinos en Punta Loma y avistado ballenas en El Doradillo. El espíritu aventurero los impulsaba a ir por más. Patricio, profesor de educación física, confiaba en sus fuerzas y experiencias. Hernando, guía de turismo, en su logística y tecnología.

—Son quinientos kilómetros con desniveles de más de dos mil metros —advirtió Patricio.

—Con planificación y provisiones lo lograremos— respondió animado Hernando.

Equipados con carpa y mochilas, trazaron etapas de cien kilómetros diarios por la ruta de Los Altares, pero al tercer día, la estepa se volvió una trampa. Un viento implacable de sesenta kilómetros por hora los frenó, cegándolos con polvo y reduciéndoles las fuerzas al mínimo. El vendaval los empujaba hacia atrás como cuando de chicos corrían bajo la lluvia en bicicleta, disputándose quién llegaría primero a la esquina.

—¡Hay que parar acá! —gritó Patricio, bajándose de la bicicleta al límite del agotamiento— tu mapa nos hizo desviar, estamos pedaleando en vano.

—No podemos parar la aplicación, marca un puesto a tres kilómetros. Si nos quedamos en esta hondonada nos moriremos —replicó Hernando, pegado a la pantalla de su móvil.

—No me interesa tu programita. Acá necesitamos fuerza, no cálculos; nos estamos quedando sin agua; no podemos mantenernos en pie—contestó Patricio enojado arrebatándole el teléfono de un manotazo.

—¡Devolvémelo! —gritó Hernando, ciego de rabia y se le tiró encima dándole un puñetazo en la mandíbula.

Patricio trastabilló, sorprendido por el dolor, y respondió embistiéndolo con todo su peso. Ambos cayeron por los cantos rodados entre forcejeos y maldiciones. Patricio terminó sobre Hernando, inmovilizándolo contra la tierra.

—Acá manda la naturaleza, no tu pantallita —murmuró Patricio.

Hernando, escupiendo tierra y con la cara roja por el enojo, lo miró sin pestañear y le dijo —sin mi logística ya estarías muerto de sed en medio de la nada.

El viento aún más fuerte los frenó. Hernando observó el rostro ensangrentado de su hermano y la pantalla rota del teléfono tirada en el suelo. Despacio, abrió la mano y se dejó caer exhausto.

Luego se incorporó tosiendo, recogió el celular y le extendió la mano a su hermano. Patricio la miró un segundo y la aceptó para levantarse. Recordó al padre separándolos en sus peleas de niños; ahora, sin mediadores, debían hacerlo solos.

—Tres kilómetros —dijo Patricio, secándose un hilo de sangre de la boca.

—Tres kilómetros —asintió Hernando.

Montaron las bicicletas y volvieron a andar contra el viento.

Para sobrevivir en la Patagonia, primero debían, como siempre, sobrevivir el uno al otro.

Diana Durán, 24 de agosto de 2026



EL SILENCIO DE LOS PÁJAROS

 

Arroyo Las Piedras. Villa Ventana. Fotografía: Héctor Correa

 EL SILENCIO DE LOS PÁJAROS

Todo comenzó con los aullidos de dos perros que rompieron la calma de una noche de septiembre. El barrio, habitualmente sereno, apenas se animaba de día con las voces de las vecinas y el paso de los niños que volvían de la escuela. De noche, el silencio era casi absoluto. Pero esa vez, los ladridos irrumpieron como un tajo en la quietud.

Al principio pensé que se cansarían pronto. Me refugié en los cronopios de Cortázar, buscando que sus absurdos me distrajeran. Sin embargo, cada página se mezclaba con el eco de los perros, y las criaturas imaginarias parecían burlarse de mi insomnio. Pasaron dos horas. Cuando abandoné la lectura, los aullidos seguían allí, más insistentes, más penetrantes.

Al amanecer, el gallo de la otra cuadra cantó con una fuerza exagerada, como si quisiera vengar la vigilia de la noche. Preparé unos mates para calmar la ansiedad y volví a la cama, donde mi esposo dormía plácidamente, ajeno a mi desvelo. A la madrugada, comenzaron los pájaros. Primero los zorzales, luego los benteveos y los horneros. De día, las grotescas bandadas de loros barranqueros partieron desde los cables del centro y atravesaron el barrio chillando. Una plaga. Las torcazas completaron la sinfonía con su canto monótono. No había forma de escapar a aquella orquesta.

Me pregunté por qué esa noche no había podido conciliar el sueño. ¿Era culpa de los perros, o de los pájaros que parecían multiplicarse en mi oído? Durante dos noches más se repitió el proceso, aunque los perros se habían calmado. Ahora eran el gallo y los pájaros. Probé con tilo, valeriana y manzanilla. Nada. Al final recurrí a una pastilla para dormir, algo que hacía años no se me cruzaba por la mente.

El sueño cortado continuó al llegar el fin de semana, mientras intentaba corregir exámenes. Las pilas de hojas se acumulaban, pero mi concentración era nula. Decidí salir a caminar al parque cercano. Allí me sorprendió el silencio. No había tijeretas en lo alto de los pinos, ni el churrinche inquieto que solía seguirme, ni las calandrias pastando en la hierba. El aire estaba vacío. Pensé que, quizá, yo misma había decidido no escuchar más pájaros y que, por una rara coincidencia, habían desaparecido.

Las noches siguientes fueron idénticas. El médico me recetó calmantes más fuertes y logré dormir de a ratos, pero la inquietud persistía. Le propuse a mi esposo unas vacaciones breves en Villa Ventana, nuestro refugio habitual. Partimos un viernes por la tarde. En el camino no vimos una sola loica. Expresé contrariada, con el avance de la soja, esto tenía que pasar; pobres pájaros, ya no tienen dónde habitar. Él pareció ignorarme, atento a la ruta; aunque luego contestó, ya vamos a ver pájaros, no te preocupes.

La villa nos recibió con su calma de siempre y el murmullo del arroyo Las Piedras, contiguo a la cabaña. Descubrí que allí tampoco había cantos. Ni jilgueros, ni siete colores, ni siquiera el graznido de los chimangos. Su ausencia me produjo aún más desvelo. Esa noche, el silencio fue áspero, casi mineral.

A la mañana muy temprano salí sola a caminar. No divisé nada: ni cabecitas negras sobre los cardos, ni viuditas entre los espinillos, ni benteveos sobrevolando el arroyo. No había una sola presencia alada. Descubrí, desesperanzada, que los pájaros se habían ido. No sabía a dónde, solo que su ausencia me inquietaba más que cualquier canto de mi pueblo.

 

 

Con el tiempo comprendí que los pájaros no se habían ido a otro lugar. Se habían retirado de mí, como si guardaran su música para el momento en que mi ánimo encontrara la calma. Descubrí que los pájaros eran, también, mi propio descanso, el latido que sostenía mi mundo interior.

Desde entonces, cada noche me pregunto a dónde van los pájaros. Cada madrugada, en el hueco que produce su silencio, ya no escucho el ruido de la vigilia, sino el leve batir de unas alas y los primeros gorjeos que ensayan en secreto el próximo amanecer.

© Diana Durán,10 de agosto de 2026

 

CARTOGRAFÍA DEL OLVIDO

 




CARTOGRAFÍA DEL OLVIDO


Te preguntarás por qué el abismo, por qué no vuelve, dónde está. Tras el pocillo de café caliente te responderás que quizá lo habías idealizado. Que ya no volverás a ver aquella risa forzada, aquella mirada de cristal.

Te sentarás en el bar La Paz, en esa esquina de Corrientes que alguna vez fue refugio, y esperarás su inútil regreso mientras el murmullo de la avenida se estrella contra el vidrio. Afuera, los colectivos transitarán como bólidos metálicos, los artesanos ofrecerán sus obras, y las luces de neón parpadearán en las viejas marquesinas.

Tus pensamientos vagarán por el asfalto gastado, por las baldosas que conocen el paso de los agitados transeúntes. Tus rabias se esfumarán tras las nubes de un recuerdo en el que buscarás el abrigo estéril. Divagarás por las mesas vecinas donde los estudiantes debaten teorías vagas, o en los estantes de alguna librería de Montevideo donde coincidían en aquellas tardes felices. No es el lugar donde buscarlo; tampoco donde sobrevivir.

Sus huellas te acompañarán en ensueños baldíos, confundidas con los destellos de los teatros. La ciudad se volverá un mapa de ausencias: cada esquina, cada bar, cada librería será un recordatorio de lo que ya no está.

Escribirás un poema. Allí reflejarás sus aventuras por los bares del centro y tu absurdo trasnochar para encontrarlo en la marea de desconocidos. Repasarás los mensajes, las miradas, los contactos, los besos. Querrás que el espejo del fondo del local te devuelva su figura, pero el cristal gastado no te entregará nada. Solo el reflejo de las persianas bajas de la vereda de enfrente. Cerrarás tus párpados y negarás la esperanza.

La tristeza te invadirá. Querrás desaparecer, morir. Estallar como una pompa de jabón; detener el día para que sea noche y dormir. Te suspenderás en el espacio: serás una nube cósmica sobre la ciudad; una gota de rocío pronta a disolverse en el cemento; una baldosa rota por el paso de la gente; una hoja que vuela sobre el suelo de la plaza.

La ciudad misma te absorberá: Corrientes será un río interminable de luces y sombras; Montevideo, un pasillo de ecos vanos; el Paseo de la Plaza, un páramo de vidrieras de los locales.

Espejismo. Niebla. Estela. Desierto. Todo porque él ya no regresará.


© Diana Durán, 13 de julio de 2026

 

LA ÚLTIMA VUELTA DE LA NIÑA

 


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LA ÚLTIMA VUELTA DE LA NIÑA

 

Dije las calesitas, noria de los domingos,
y el paredón que agrieta la sombra de un paraíso,
y el destino que acecha tácito, en el cuchillo…

Versos de catorce. Luna de Enfrente. Jorge Luis Borges (1925)

 

Ella se sentía una princesa, montada en corceles coloridos, cisnes enamorados y erguidas barras que la invitaban a la aventura de una vuelta más en la descolorida calesita de su ciudad natal.

Tenía una extraña postura de princesa, mirada vacía, cabello fino, pero profunda tristeza.

El oscuro empapelado de la pared cercaba la foto de la pobre niña sentada en el sillón, sin esperanza.

Hadas misteriosas acompañaron su sueño. Auroras boreales disipaban su imagen.

 

Así era su destino de muchacha, aquella que caminaba por las calles otoñales de La Boca.

Un perro flaco la seguía con la cabeza gacha.

Ni siquiera el árbol raído le daba sombra.

 

En la noche deliraba.

Duendes imaginarios transitaban el bosque umbrío.

Senderos intrincados extraviaban su rastro.

Oscuridades inciertas la envolvían.

 

 

Ella abrazaba el osito de felpa y lloraba.

Soñó con dos torcazas en una rama, frente a su casa, tras el vidrio de la ventana: último presagio y esperanza. 

Nadie la vio.

 

El atardecer del barrio y la plaza quedaron truncos aquel día en que el destino la acechó.



Diana Durán, 8 de junio de 2026

Dedicado a todas las Agostinas

 

ESPERA EN ATOCHA

 



Estación de Atocha

ESPERA EN ATOCHA

Habían llegado a la estación de Atocha para viajar a Barcelona. Era la segunda etapa de su primer recorrido por Europa, tan deseado como planificado. Decidieron hacerla en un tren de alta velocidad: en tres horas estarían en la ciudad mediterránea. En el itinerario podrían disfrutar los escenarios en transición, desde la aridez de la meseta castellana con sus olivares y colinas, pasando por el valle rocoso del Ebro, hasta las verdes llanuras catalanas. Lo habían imaginado mil veces en sus conversaciones a través de guías y fotografías. Paisajes tan distintos a la pampa argentina.

Se habían presentado en la terminal con mucha anticipación, muy temprano, a las seis y media de la mañana, por lo que tenían un buen margen para disfrutar del lugar.

—Estoy emocionada, Andrés, nunca pensé concretar este sueño.

—Yo me siento igual, Patri.

Llegar hasta Atocha solo les había llevado caminar tres cuadras. Cruzaron la avenida arrastrando las valijas. Les costaba despedirse del Paseo del Prado que tanto habían recorrido.

—Elegimos bien el estudio frente al museo Reina Sofía, fue una gran opción, Andrés.

Patricia no se olvidaba del tiempo, casi una hora, en la que su esposo se había quedado parado frente al Guernica.

—Mirá esos helechos, parece un invernadero. Nunca vi una estación como esta.

—Vení, tomemos un café con bollos en aquel bar que se llama justo “De la Estación”.

El lugar tenía sillas altas con vistas a los andenes; la pareja disfrutaba el movimiento de los viajeros que iban y venían.

—Me gustan las mesitas frente a las ventanas. Miremos cómo la gente va apurada mientras nosotros estamos tan tranquilos, respondió Patricia.

—Qué suerte que no escuchamos los reparos de nuestros hijos: que estamos grandes, que viajáramos en excursión, que no recorriéramos tantos lugares, que era mejor trasladarnos en avión. Tantas críticas, como si fuéramos unos viejos.

— Claro, nos cansaron. A mí me encantó cómo lo planeamos. Fueron nuestros sueños, no los de otros.

Tenían todo organizado: hoteles, entradas a museos, excursiones. Pero habían decidido no definir los ratos libres en cada lugar; que surgieran de manera espontánea, como la estadía en Atocha.

Ubicaron su equipaje y pidieron el desayuno. Tenían bastante tiempo y los boletos ya sacados. Observaron el ir y venir del gentío a pesar de ser tan temprano.

Mientras esperaban el café, un estruendo metálico resonó a lo lejos.

—¿Qué habrá sido? —exclamó sorprendida Patricia.

—No sé, quizá una puerta pesada —respondió él, restándole importancia—, tranquila, pensá en todo lo que nos falta por recorrer.

—Lo único pesado será arrastrar el equipaje, pero bueno, sacaremos fuerzas de donde sea —se serenó Patricia abrazándolo.

El murmullo de la multitud volvió a cubrirlo todo, pero la sensación quedó suspendida en el aire. La pareja continuó desayunando mientras conversaban sobre los tramos entre Barcelona-París, París-Ámsterdam y finalmente, por el túnel, a Londres.

—Quién nos quita lo bailado; además, ¿no te parece que viajar así nos devuelve la juventud? Como si estuviéramos empezando otra vez.

—Sí, y me gusta que lo hagamos juntos, sin apuros. Es como un renacer.

 

 

 

Las explosiones comenzaron a las siete y cuarenta, cuando diez bombas detonaron de manera simultánea en varias estaciones, especialmente en Atocha. Corría marzo de 2004.

 

Diana Durán, 18 de mayo de 2026

PATIO DE MI INFANCIA

 


Imagen creada con IA

PATIO DE MI INFANCIA

… El patio es el declive
por el cual se derrama el cielo en la casa.

Un patio. Fervor de Buenos Aires.
Jorge Luis Borges

 

El patio de mis abuelos, luminoso y sereno, con la escalera empinada hacia el desván misterioso y la confusión de trastos viejos. Mi hermano y yo nunca supimos qué hacían allí tantos muebles apilados junto a la incierta mixtura de cajas de cartón. De pequeños no nos atrevíamos a entrar, solo espiábamos desde la puerta.

La terraza ardía en los eneros, alquitrán derretido bajo el sol. En un rincón, una vieja cocina desechada que para nosotros era nueva, porque adornábamos las paredes que la rodeaban pintándolas con tizas de colores. Allí cocinábamos, en una olla negruzca, las hojas arrancadas del fresno, el árbol que abrazaba el muro que daba a la calle.

En una esquina de la planta baja, el baño con su peligroso calefón eléctrico. En la pared lateral, las puertas de las habitaciones en galería. Al frente, la entrada con un mueble estrecho, perchero y guarda paraguas, flanqueado por sillones torneados de madera oscura.

Bajo un farol nos reuníamos en festín dominical: ravioles caseros y vino con soda. Seis voces hablando a la vez —abuelos, padres y pequeños hijos— alrededor de la comida que la abuela preparaba en su cocina mínima. No sé cómo lo lograba con tan poco espacio y recursos.

Bajo el cielo de Belgrano, el paraíso de mi infancia.

 

 

Hoy reproduzco ese patio en el mío, muchos años después. Entre plantas modernas y artesanías de viaje, me descubro pensando en la heladera de hielo, la cocina de hierro, las ollas de aluminio. Objetos humildes que son símbolos poderosos de aquella infancia dorada.

Me siento feliz en mi patio porque me trae el recuerdo de mi abuela y su cocina. Aunque no hornee como ella —sería imposible hacerlo—, su ternura, como raro sortilegio, templa mi cuerpo. La escucho todavía, como si me insistiera en un domingo cualquiera. Dianina, vení, que ya están los scones con manteca. Apurate, después jugaremos a las visitas.

 

© Diana Durán, 4 de mayo de 2026

INQUILINOS DEL ALMA

                                             



Fuente: Street View, modificada con IA

INQUILINOS DEL ALMA

 

Luis y Mariana habían sido inquilinos desde que se casaron. Pasaba el tiempo y no lograban superar esa condición. Al llegar los primeros días de cada mes, la urgencia de dinero se volvía una amenaza que los rondaba. ¿Ya juntaste lo del alquiler?, preguntaba ella con ansiedad. Sí, pero otra vez apenas nos alcanza; vamos a tener que acomodarnos; ya no vamos a arreglar, respondía él.

Vivían en un departamento de dos dormitorios en el barrio de Monserrat, casco histórico de la ciudad de Buenos Aires. El edificio era bastante anticuado, con techos altos y pisos de mosaico; frío en invierno por sus años, caluroso en verano por su orientación. Los amplios ambientes estaban unidos por un largo pasillo que le daba un aspecto vetusto. El exterior del edificio respiraba tiempos pasados con sus balcones de hierro, molduras y cornisas ornamentadas en las fachadas.

Ella se sentía infeliz. Las amistades cercanas y compañeros de trabajo de la pareja eran, en su mayoría, propietarios. Algunos habían heredado las viviendas de sus padres; otros habían conseguido comprar con préstamos a treinta años. En las reuniones, por alguna razón, el tema era recurrente y la comparación inevitable. Ella se sentía desdichada frente a los comentarios de redecoraciones o mudanzas. Nuestra familia nos regaló un chalet en Mar del Plata, estamos felices, contaba orgulloso un colaborador de Luis que ni siquiera ganaba más que él. Mariana bajaba la mirada, con un dejo de envidia. Nosotros seguimos alquilando, apenas se escuchaba su infeliz revelación. Nadie le respondía por consideración y, sin embargo, ella advertía las miradas socarronas.

Desde la infancia, los almuerzos dominicales con sus abuelos paternos habían estado marcados por la misma cantinela: los alquileres. El mes que viene van a aumentar otra vez, sentenciaba el abuelo; cada vez el alquiler es una parte mayor de mi jubilación. El apellido Marziotta, del renombrado dueño, parecía el de un personaje desalmado. La niña se iba a dormir la siesta, pero las conversaciones se escuchaban a través de las paredes. Luego se sucedía el acostumbrado, no podemos comprar, los alquileres están cada vez más caros, a lo que se sumaba el relato de la eterna codicia del dueño.

De allí nació su subestimación, la comparación perpetua con quienes tenían casa propia. Para Mariana la vida de inquilinos era una existencia atada de pies y manos. La falta de propiedad se había convertido en la fuente de tensiones, rabietas y, también en un gran estigma social.

Hubo un año, en épocas de la convertibilidad, en el que ella pensó que el destino podía cambiar. Consiguió una tarea extra en una empresa del mismo edificio donde trabajaba, y cada tarde, después de su jornada habitual, volvía a su hogar y pensaba en el gran proyecto de la vivienda propia. Ahorraba cada suma que le sobraba; a veces esos dineros ocultos se desvanecían por diversas razones: alguna que otra compra extra o la inflación de la economía.

Mariana se quedaba muchas noches despierta, mirando el techo alto del viejo departamento de Monserrat, mientras Luis dormía profundamente a su lado. Ella imaginaba que las molduras antiguas eran las cicatrices de otras familias, también inquilinas, que habían residido allí. Fantaseaba conque el largo pasillo era como un túnel de eterna espera, un corredor infinito que nunca le permitiría alcanzar sus deseos.

Si la cosa mejora, quizá podamos dar la seña para un terreno, le comentó a Luis una noche. Podría ser, pero sabés bien cómo es, siempre aparece un gasto extra; además, en este país no se entiende cuánto va a durar la estabilidad, contestó él, con el ánimo de disipar la esperanza; cada día la portera cuesta más, tiene un sueldo altísimo en comparación con cualquier profesional. Pero es muy servicial doña Delfina, yo la aprecio, siempre me saluda y trata como a una dama, refunfuñó Mariana. 

Pasaron tres años. Luis heredó la casa de sus abuelos, cedida por sus padres, pero al tratarse de una herencia no constituía un bien ganancial. Luego tuvo la oportunidad de comprar el departamento de Monserrat a bajo precio. Él lo escrituró con usufructo a favor de Mariana, aunque ella no se sentía propietaria. 

No te engañes, le dijo el marido en medio de una fuerte discusión, las peleas de siempre porque apenas habían podido pagar la escritura, pero no redecorar. Si quiero, revoco el usufructo y te quedás en la calle. Fue cruel y ella lo sintió como un despojo. Con mi sueldo apenas podría alquilar un departamento de un ambiente, lo sabés, le respondió entre lágrimas pensando en que el tenor de las discusiones trepaba al punto de la separación.

A pesar de los desencuentros, ella seguía soñando, ya casi como una manía. En un cuaderno dibujaba planos improvisados: una cocina moderna, la segunda habitación transformada en un escritorio con boiserie. Se imaginaba las paredes de blanco, las cortinas de colores, los muebles renovados. Cada página reunía sus anhelos convertidos en alfombrados, paletas de colores, mobiliario funcional, nuevas texturas, espejos que ampliaban los ambientes. El cuaderno se había convertido en una especie de diario donde escribía sus deseos más preciados.

Pero la realidad tronchó los sueños. La enfermedad de su madre le devoró todos sus ahorros, y el cuaderno de las aspiraciones no volvió a abrirse. La ilusión de la casa remodelada se desvaneció.

El tiempo transcurría, Monserrat progresaba y se renovaba como un área joven de nuevos emprendimientos urbanísticos; profesionales que buscaban estudios, jóvenes de otras provincias y turistas que preferían alquileres temporarios. Ellos permanecían en el mismo lugar, como si la vida los hubiera condenado a ser testigos de las aspiraciones ajenas.

Una mañana en la que ambos estaban trabajando, el diario trajo la noticia:

11 de julio de 2024. La Nación

Una mujer fue hallada muerta en su vivienda cuando los Bomberos acudieron a extinguir un incendio desatado en un edificio de dos cuerpos. El siniestro tuvo lugar en la madrugada de este jueves en el barrio porteño de Monserrat. La víctima era la portera y residía en la planta baja.

De acuerdo con los primeros reportes, el fuego comenzó en un departamento de planta baja del inmueble, ubicado en la calle México entre Santiago de Estero y San José, informaron las fuentes policiales consultadas.  Al arribar los paramédicos, los habitantes debieron ser oxigenados por inhalar humo, aunque no requirieron traslado.

 

El departamento de la pareja quedó ahumado, pero intacto. La noticia del fallecimiento de doña Delfina fue espantosa, más para Mariana que la apreciaba tanto.

Esa noche comprendió que el destino no era poseer paredes, sino habitar sus esperanzas. La verdadera casa estaba en su memoria, en los sueños que nunca se apagaban, en la persistencia de imaginar un lugar propio, aunque la realidad todavía se lo negara.

Así aceptó en su interior que el hogar deseado había sido una quimera: invisible, pero firme, indestructible, hecho de recuerdos y de planos nunca construidos. Una casa que no podía incendiarse porque se había construido solo en su alma.

Supo, con claridad dolorosa, que ese destino debía hallarlo sola, sin Luis, porque él nunca había sabido acompañarla.

© Diana Durán, 27 de abril de 2026

 



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