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PATIO DE MI INFANCIA

 


Imagen creada con IA

PATIO DE MI INFANCIA

… El patio es el declive
por el cual se derrama el cielo en la casa.

Un patio. Fervor de Buenos Aires.
Jorge Luis Borges

 

El patio de mis abuelos, luminoso y sereno, con la escalera empinada hacia el desván misterioso y la confusión de trastos viejos. Mi hermano y yo nunca supimos qué hacían allí tantos muebles apilados junto a la incierta mixtura de cajas de cartón. De pequeños no nos atrevíamos a entrar, solo espiábamos desde la puerta.

La terraza ardía en los eneros, alquitrán derretido bajo el sol. En un rincón, una vieja cocina desechada que para nosotros era nueva, porque adornábamos las paredes que la rodeaban pintándolas con tizas de colores. Allí cocinábamos, en una olla negruzca, las hojas arrancadas del fresno, el árbol que abrazaba el muro que daba a la calle.

En una esquina de la planta baja, el baño con su peligroso calefón eléctrico. En la pared lateral, las puertas de las habitaciones en galería. Al frente, la entrada con un mueble estrecho, perchero y guarda paraguas, flanqueado por sillones torneados de madera oscura.

Bajo un farol nos reuníamos en festín dominical: ravioles caseros y vino con soda. Seis voces hablando a la vez —abuelos, padres y pequeños hijos— alrededor de la comida que la abuela preparaba en su cocina mínima. No sé cómo lo lograba con tan poco espacio y recursos.

Bajo el cielo de Belgrano, el paraíso de mi infancia.

 

 

Hoy reproduzco ese patio en el mío, muchos años después. Entre plantas modernas y artesanías de viaje, me descubro pensando en la heladera de hielo, la cocina de hierro, las ollas de aluminio. Objetos humildes que son símbolos poderosos de aquella infancia dorada.

Me siento feliz en mi patio porque me trae el recuerdo de mi abuela y su cocina. Aunque no hornee como ella —sería imposible hacerlo—, su ternura, como raro sortilegio, templa mi cuerpo. La escucho todavía, como si me insistiera en un domingo cualquiera. Dianina, vení, que ya están los scones con manteca. Apurate, después jugaremos a las visitas.

 

© Diana Durán, 4 de mayo de 2026

INQUILINOS DEL ALMA

                                             



Fuente: Street View, modificada con IA

INQUILINOS DEL ALMA

 

Luis y Mariana habían sido inquilinos desde que se casaron. Pasaba el tiempo y no lograban superar esa condición. Al llegar los primeros días de cada mes, la urgencia de dinero se volvía una amenaza que los rondaba. ¿Ya juntaste lo del alquiler?, preguntaba ella con ansiedad. Sí, pero otra vez apenas nos alcanza; vamos a tener que acomodarnos; ya no vamos a arreglar, respondía él.

Vivían en un departamento de dos dormitorios en el barrio de Monserrat, casco histórico de la ciudad de Buenos Aires. El edificio era bastante anticuado, con techos altos y pisos de mosaico; frío en invierno por sus años, caluroso en verano por su orientación. Los amplios ambientes estaban unidos por un largo pasillo que le daba un aspecto vetusto. El exterior del edificio respiraba tiempos pasados con sus balcones de hierro, molduras y cornisas ornamentadas en las fachadas.

Ella se sentía infeliz. Las amistades cercanas y compañeros de trabajo de la pareja eran, en su mayoría, propietarios. Algunos habían heredado las viviendas de sus padres; otros habían conseguido comprar con préstamos a treinta años. En las reuniones, por alguna razón, el tema era recurrente y la comparación inevitable. Ella se sentía desdichada frente a los comentarios de redecoraciones o mudanzas. Nuestra familia nos regaló un chalet en Mar del Plata, estamos felices, contaba orgulloso un colaborador de Luis que ni siquiera ganaba más que él. Mariana bajaba la mirada, con un dejo de envidia. Nosotros seguimos alquilando, apenas se escuchaba su infeliz revelación. Nadie le respondía por consideración y, sin embargo, ella advertía las miradas socarronas.

Desde la infancia, los almuerzos dominicales con sus abuelos paternos habían estado marcados por la misma cantinela: los alquileres. El mes que viene van a aumentar otra vez, sentenciaba el abuelo; cada vez el alquiler es una parte mayor de mi jubilación. El apellido Marziotta, del renombrado dueño, parecía el de un personaje desalmado. La niña se iba a dormir la siesta, pero las conversaciones se escuchaban a través de las paredes. Luego se sucedía el acostumbrado, no podemos comprar, los alquileres están cada vez más caros, a lo que se sumaba el relato de la eterna codicia del dueño.

De allí nació su subestimación, la comparación perpetua con quienes tenían casa propia. Para Mariana la vida de inquilinos era una existencia atada de pies y manos. La falta de propiedad se había convertido en la fuente de tensiones, rabietas y, también en un gran estigma social.

Hubo un año, en épocas de la convertibilidad, en el que ella pensó que el destino podía cambiar. Consiguió una tarea extra en una empresa del mismo edificio donde trabajaba, y cada tarde, después de su jornada habitual, volvía a su hogar y pensaba en el gran proyecto de la vivienda propia. Ahorraba cada suma que le sobraba; a veces esos dineros ocultos se desvanecían por diversas razones: alguna que otra compra extra o la inflación de la economía.

Mariana se quedaba muchas noches despierta, mirando el techo alto del viejo departamento de Monserrat, mientras Luis dormía profundamente a su lado. Ella imaginaba que las molduras antiguas eran las cicatrices de otras familias, también inquilinas, que habían residido allí. Fantaseaba conque el largo pasillo era como un túnel de eterna espera, un corredor infinito que nunca le permitiría alcanzar sus deseos.

Si la cosa mejora, quizá podamos dar la seña para un terreno, le comentó a Luis una noche. Podría ser, pero sabés bien cómo es, siempre aparece un gasto extra; además, en este país no se entiende cuánto va a durar la estabilidad, contestó él, con el ánimo de disipar la esperanza; cada día la portera cuesta más, tiene un sueldo altísimo en comparación con cualquier profesional. Pero es muy servicial doña Delfina, yo la aprecio, siempre me saluda y trata como a una dama, refunfuñó Mariana. 

Pasaron tres años. Luis heredó la casa de sus abuelos, cedida por sus padres, pero al tratarse de una herencia no constituía un bien ganancial. Luego tuvo la oportunidad de comprar el departamento de Monserrat a bajo precio. Él lo escrituró con usufructo a favor de Mariana, aunque ella no se sentía propietaria. 

No te engañes, le dijo el marido en medio de una fuerte discusión, las peleas de siempre porque apenas habían podido pagar la escritura, pero no redecorar. Si quiero, revoco el usufructo y te quedás en la calle. Fue cruel y ella lo sintió como un despojo. Con mi sueldo apenas podría alquilar un departamento de un ambiente, lo sabés, le respondió entre lágrimas pensando en que el tenor de las discusiones trepaba al punto de la separación.

A pesar de los desencuentros, ella seguía soñando, ya casi como una manía. En un cuaderno dibujaba planos improvisados: una cocina moderna, la segunda habitación transformada en un escritorio con boiserie. Se imaginaba las paredes de blanco, las cortinas de colores, los muebles renovados. Cada página reunía sus anhelos convertidos en alfombrados, paletas de colores, mobiliario funcional, nuevas texturas, espejos que ampliaban los ambientes. El cuaderno se había convertido en una especie de diario donde escribía sus deseos más preciados.

Pero la realidad tronchó los sueños. La enfermedad de su madre le devoró todos sus ahorros, y el cuaderno de las aspiraciones no volvió a abrirse. La ilusión de la casa remodelada se desvaneció.

El tiempo transcurría, Monserrat progresaba y se renovaba como un área joven de nuevos emprendimientos urbanísticos; profesionales que buscaban estudios, jóvenes de otras provincias y turistas que preferían alquileres temporarios. Ellos permanecían en el mismo lugar, como si la vida los hubiera condenado a ser testigos de las aspiraciones ajenas.

Una mañana en la que ambos estaban trabajando, el diario trajo la noticia:

11 de julio de 2024. La Nación

Una mujer fue hallada muerta en su vivienda cuando los Bomberos acudieron a extinguir un incendio desatado en un edificio de dos cuerpos. El siniestro tuvo lugar en la madrugada de este jueves en el barrio porteño de Monserrat. La víctima era la portera y residía en la planta baja.

De acuerdo con los primeros reportes, el fuego comenzó en un departamento de planta baja del inmueble, ubicado en la calle México entre Santiago de Estero y San José, informaron las fuentes policiales consultadas.  Al arribar los paramédicos, los habitantes debieron ser oxigenados por inhalar humo, aunque no requirieron traslado.

 

El departamento de la pareja quedó ahumado, pero intacto. La noticia del fallecimiento de doña Delfina fue espantosa, más para Mariana que la apreciaba tanto.

Esa noche comprendió que el destino no era poseer paredes, sino habitar sus esperanzas. La verdadera casa estaba en su memoria, en los sueños que nunca se apagaban, en la persistencia de imaginar un lugar propio, aunque la realidad todavía se lo negara.

Así aceptó en su interior que el hogar deseado había sido una quimera: invisible, pero firme, indestructible, hecho de recuerdos y de planos nunca construidos. Una casa que no podía incendiarse porque se había construido solo en su alma.

Supo, con claridad dolorosa, que ese destino debía hallarlo sola, sin Luis, porque él nunca había sabido acompañarla.

© Diana Durán, 27 de abril de 2026

 



UNA NUEVA VIDA

 


Barrio de Villa Giardino. Google Maps

 

UNA NUEVA VIDA

Compramos el terreno más hermoso que uno pueda imaginar: casi una hectárea en Villa Giardino, localidad de las sierras cordobesas. Allí soñamos residir desde el año próximo. Siempre imaginamos salir de la gran ciudad que nos agobia con sus problemas, aunque admitimos sus beneficios. Así es nuestra Córdoba capital, la docta, colonial y moderna a la vez. La conocemos y la sufrimos. Pero a esta altura de la vida Raúl y yo necesitamos otra historia. Por eso construimos una pequeña casa, la piedra fundamental de un proyecto mayor que sumará más habitaciones; y una cabaña que, en un año, no más, nos dará renta y equilibrio porque ambas jubilaciones no son elevadas.

Lo pensamos todo: un living-comedor-cocina integrado; un dormitorio amplio con vista a las sierras; otro más para cuando vengan nuestros hijos; un baño luminoso y una galería orientada como para recibir la luz del día y contemplar el cielo diáfano de la noche. El dinero de la venta de nuestra casa de Córdoba, sumado a los ahorros, han alcanzado para comprar y edificar. Los muebles y adornos que nos acompañaron durante treinta años de casados quedarán muy bien en los distintos ambientes. Lo que sobra se venderá.

La prole no quiere que nos mudemos. Mamá, ¿qué sentido tiene? Están grandes; ¿y si alguna vez tenemos que cuidarlos?; van a estar muy lejos, reprochó nuestra hija el domingo pasado. Ese lugar no tiene el mismo valor que la casa en la ciudad; además, borran de un plumazo todos nuestros recuerdos, agregó con recelo el varón. Son unos egoístas: miran solo su ombligo, le sugiero a Raúl y dejamos que pase el enojo sin inmutarnos. Decidimos concentrarnos en el proyecto sin escuchar a los que se oponen. Nos sentimos renovados.

La construcción avanza, ya está casi lista para mudarnos. Mientras tanto, gracias a los nuevos dueños, nos quedamos en la casa que vendimos. Celebramos con amigos una cena de despedida: algunos nos apoyan, otros nos miran con recelo. Están grandes para semejante aventura, nos advierten. Hablan del sistema de salud, de la conexión a Internet, del aislamiento. Nosotros respondemos que Villa Giardino es tranquila, con calles arboladas, arroyuelos cercanos y un magnífico entorno serrano. Nos llaman hippies de los sesenta. Igual que nuestros hijos, calcados. Reímos cuando se van, coincidiendo en la envidia de hijos y amigos frente a nuestra determinación. Ya quisieran, le comento a Raúl mientras nos acostamos. Él asiente mientras vuelve a su libro.

 

El chalet está terminado. Se sitúa en la calle Agua Buena, nombre que desde un principio nos reveló que estábamos en el camino ideal. Nadie que viva en un lugar con ese nombre la puede pasar mal, es una fija, declaro feliz. Raúl aprueba todo lo que comento, aunque a veces pienso que ni me escucha, pero él es así. La partida es abrumadora: mudarse nunca es fácil, menos aún con los reproches de los hijos persiguiéndonos. Se van a arrepentir; no podremos visitarlos seguido; en Punilla no hay suficiente equipamiento médico, repiten ambos como una letanía. Nosotros dejamos que chillen como pequeños porque estamos convencidos de que intentan frenar nuestro destino dichoso. Decidimos concentrarnos en el proyecto que nos renueva cuando nadie se opone.

 

 

Ya instalados, cansados pero contentos, plantamos tres árboles: un cerezo, un nogal y un arce. También flores alrededor de la casa. Mientras tanto seguimos planeando la cabaña que será nuestra renta. La conexión inalámbrica funciona relativamente bien.

Poco a poco se van cumpliendo nuestros deseos. Vivimos tranquilos, hacemos excursiones, no nos agobia el calor ni el frío de la ciudad. Tampoco los ruidos que nos abrumaban. Nos alejamos de las concentraciones y los atascos. Hasta nuestra salud mejora, la presión de Raúl se equilibra, mi dieta avanza a pasos agigantados. Dormimos como lirones, comemos saludable, nos relacionamos con vecinos serviciales y jóvenes del “Camino de los Artesanos”. Quizás empecemos algún pequeño emprendimiento cuando estemos más afianzados.

Lo único que nos extraña es el alejamiento de los chicos. No vienen a pesar de las invitaciones; siempre están ocupados. En nuestras conversaciones recordamos con nostalgia, pero a la vez con alegría, los cumpleaños, las fiestas cuando se recibieron, la alegría de los primeros trabajos y las tristezas cuando sufrían alguna enfermedad, aunque fuera intrascendente o algún conflicto amoroso. ¿Será que trabajamos mucho y no estuvimos suficientemente presentes?, le pregunto a Raúl. Me responde, hemos estado lo que pudimos y cuando pudimos, no des más vueltas al asunto.

 

 

 

Esta mañana un trueno nos sorprendió. La lluvia arreciaba, parecía una tormenta veraniega, pero se iba intensificando. Un rayo cayó cerca, demasiado cerca. Parte del chalet se vio afectado: el techo de la galería recibió algunas chispas y los materiales de la cabaña quedaron dañados por un incendio menor. El susto fue enorme. Con ayuda de los vecinos y los bomberos voluntarios pudimos apagar el fuego. Aunque la pérdida fue muy dolorosa, la casa no fue sido alcanzada en el interior.

Hoy, exhaustos pero firmes, nos levantamos muy temprano. El cerezo, el nogal y el arce siguen allí, inclinados por las ráfagas, pero sobrevivientes. Los enderezamos, reforzamos sus tallos y quedamos tranquilos. El aire huele a pasto mojado y a madera quemada. Nos miramos confiados. Sentimos un nuevo comienzo.

Nuestros hijos insisten en que volvamos a la ciudad. Nos reprochan nuestra falta de afecto hacia ellos. Insisten en los peligros del lugar. Nosotros respondemos que no: este sitio nos pertenece, con sus riesgos y su belleza. La calle Agua Buena nos recuerda cada día que elegimos el mejor camino.         

Reparamos lo dañado, reconstruimos lo perdido y seguimos adelante. La casa será más sólida, la cabaña se construirá con un poco de retraso, pero lo haremos. Plantamos varios árboles autóctonos cercanos a ella. Cada nuevo brote nos vuelve más esperanzados.

 

Aquí estamos, meses después. La vida, entre sierras y arroyos, nos regala lo que buscábamos: serenidad, contacto con la naturaleza y la certeza de que la felicidad no depende de la comodidad, sino de la decisión de vivir según nuestros anhelos.

Todas las noches salimos al jardín donde el cielo iluminado por las estrellas es un techo infinito. Aprendemos que incluso los fenómenos tormentosos pueden ser parte de la nueva vida que decidimos y que no todo depende de la comodidad, sino de la decisión de afincarnos según nuestros ideales.

Todas las noches, desde que llegamos a este edén, cuando nos vamos a dormir nos miramos apenados y nos consolamos al revelar nuestros sentimientos más caros: nuestros hijos y amigos ya volverán…


Diana Durán, 20 de abril de 2026

LA NIÑA EN EL JARDÍN ENCANTADO

 


Fotografía modificada por IA

LA NIÑA EN EL JARDÍN ENCANTADO

Amelie amaba su jardín. Allí existían flores de todos los colores, árboles frondosos, una huerta y rincones para jugar. La hamaca hecha con una rueda colgaba de la rama más fuerte del roble, y un viejo desván alimentaba su imaginación infantil.

El padre trabajaba en el mismo predio fabricando ventanas y puertas de pino. Por eso, la niña siempre tenía a mano maderitas, pequeños trozos de metal, pedazos de goma y cerraduras viejas, materiales con los que había construido una simulada casita en un rincón del terreno.

Bajo la amplia copa del roble, cuando su madre regaba el jardín, aparecían bandadas de pájaros multicolores. Amelie los observaba fascinada: jilgueros amarillos radiantes, horneros marrones tornasolados, inquietos churrinches rojizos. Sus cejas marcadas, sus picos extraños, sus cantos únicos. La niña seguía con la mirada su vuelo y su revoloteo, como si fueran parte de un juego que ella sola había inventado.

Al volver del colegio, lo primero que hacía era recorrer ese mundo propio. Una tarde, después de terminar los deberes, descubrió un visitante inesperado: un animalito peludo de cuatro patas. No era un gato ni un perro; huyó veloz dejando apenas la visión de su hocico puntiagudo y gran cola anaranjada. Amelie buscó su figura en las láminas del diccionario y, al reconocerlo, sintió una especial alegría al descubrir que era un zorro colorado. Guardó el secreto, temiendo que los adultos lo espantaran.

Los fines de semana jugaba en la cabaña que había levantado. Allí, además del zorro y los pájaros, descubrió que se posaba una mariposa atigrada y la dejó volar libre porque sabía que era muy frágil.

¿Qué más podré ver en mi jardín?, se preguntaba extrañada; seguro que muchos otros animales, porque tengo un jardín encantado.

Animada, Amelie afinó su mirada. Desde entonces descubrió comadrejas, lagartijas y sapos que no le simpatizaron, pero también ardillas que trepaban huidizas al roble y un topo que cavaba un túnel casi invisible. Buscaba cada hallazgo en las figuras de su diccionario, y guardaba para sí cada secreta existencia.

Con el tiempo, Amelie comenzó a conversar con la fauna de su entorno, y algunos, de a poco, le fueron respondiendo. Los pájaros le cantaban volando alrededor mientras bailaba dichosa. El topo llegó a mostrarle su cueva y a sus seis diminutas crías rosadas. El zorro le contó que le resultaba muy difícil vivir en un lugar tan poblado porque la gente solía despreciarlo y, a veces, hasta le tiraban piedras para espantarlo. La mariposa le comunicó triste que temía por sus huevos porque cada día se usaban más pesticidas. La niña logró conocer y respetar a sus amigos.

Un día llegaron obreros a construir un quincho en el fondo de la casa. El ruido espantó a los animalitos de Amelie, quien acongojada decidió contar la historia a su mamá. Ella sonrió incrédula, pensando que su hija fabulaba. Ay, hijita, dejá ya de ver tantos dibujos animados que te confunden con la realidad; los animales del jardín no hablan con las personas. Pero mamá… protestó mientras la veía alejarse tranquila.

Durante semanas apenas se divisaron unos pocos gorriones. Cuando la obra terminó, los animales regresaron, pero no volvió la magia: Amelie no podía conversar otra vez con sus amigos del jardín que había perdido su encanto.

Sin embargo, una tarde el zorro colorado se acercó lento y reposó a su lado. Otro día, las ardillas bajaron del roble y le mostraron que habían guardado muchas bellotas para el invierno. Finalmente, el topo salió de su guarida con sus crías ya grandes y los pájaros revolotearon en círculo a su alrededor impulsándola a bailar. Los animales no le hablaban con palabras, sino con gestos, vuelos y miradas. Amelie, atenta, los contemplaba.

La niña comprendió que el jardín no había cambiado: ahora había vuelto a ser su reino y ella una especie de guardiana que algún día contaría sus historias.


© Para Amelie de la abuela Diana, 13 de abril de 2026

AQUELLA QUINTA INOLVIDABLE

 


Imagen generada por IA sobre fotografía de Diana Durán

AQUELLA QUINTA INOLVIDABLE

 

Evocarás alguna tarde contemplando el terreno enfrente de la quinta. Esa en que la silueta de un corcel se dibujaba en el campo de margaritas. Los niños elegían las más hermosas para regalarlas en hatillos a quienes pasaran. El embalse del dique Roggero en el horizonte trazaba una línea azul en el encuentro del cielo y la tierra. El eucaliptal cruzaba la mitad del terreno y disipaba un aroma medicinal. Los renovales se veían flamantes plantados en las cercanías de la casa a medio terminar.

Revivirás a la familia ocupada en cortar el césped y extraer las malezas. El quincho recién construido reuniéndolos en la mesa al mediodía. Todos juntos. Buena época, asumirás.

 

Te animarás a buscar las fotos amarillentas de aquel tiempo en el fondo del cajón del desván. Todo sucedió hace muchos años, treinta, cuarenta. Aquellos días volverán en tu evocación como un torrente de imágenes y señales. Te preguntarás: ¿qué pasó?, ¿cuál fue la raíz de los males que destruyeron la ilusoria armonía?

Volverás atrás en tu memoria y tratarás de escudriñar los acontecimientos.  Los viajes desde San Isidro a La Reja. El tránsito infernal. La premura por llegar. Así lo sentirás. Recordarás que estaban rodeados de gente en la ciudad, que ansiaban el verde frente al cemento urbano. Extrañarás el intenso trabajo que les daba mantener el lugar. Pensarás con melancolía que allí estaban, juntos y a la vez lejanos; a un paso físico y a miles de kilómetros sus almas. Todo externo, superficial, vano.

 

Tu presente será la soledad del tiempo perdido, el abandono del lugar, la quinta vacía, la familia trunca.

Advertirás que algunos árboles habrán caído durante el gran temporal; la maleza habrá cubierto los alrededores de la casa y el quincho y, finalmente, el terreno habrá sido usurpado por una familia migrante desde el Chaco inundado.

 

Años después volverás y verás que esa familia bajó el tanque de agua del techo. El paisaje te abrumará. Será la muestra cabal del despojo; la visión horrenda de niños harapientos en la galería; el desaliñado huerto en el límite del terreno; la basura amorfa dispersa entre tus hermosos árboles ahora crecidos en la vereda forestal.

Entonces huirás despavorida, no querrás agitar en tu alma semejante fracaso. Tu vida será otra, pero persistirá el recuerdo de lo que no fue. Te preguntarás, ¿para qué evocar tanta pérdida. Tantas horas destinadas para nada.

Un día llegará en que lo resuelvas. 

Me queda el paisaje, no este, el otro, el de los buenos tiempos, los niños, el lugar, la tierra, los atardeceres, la silueta del caballo, el tapiz de margaritas. El jacarandá florecido, la resistente acacia, el tupido laurel, la fragancia del eucaliptal, la peculiaridad de los sauces eléctricos. Los ecos de las risas familiares. Todo menos tú que no mereces ni mi memoria.

 

© Diana Durán, 6 de abril de 2026

 

LA LLAVE, EL FANTASMA Y LA FUGA


Imagen realizada con IA


LA LLAVE, EL FANTASMA Y LA FUGA


Era la primera vez que quedaban solos en su casa. Los padres habían decidido salir y como eran casi adolescentes, doce años ella, once él, podían esperarlos hasta la hora en que volvieran o dormirse antes tranquilos.

El dilema era dejarles o no la llave de la puerta de entrada del departamento. La madre le dijo al padre que no era prudente, Ignacio era travieso y podía escaparse o intentar salir con la excusa de comprar golosinas o pispear la calle. El padre le replicó que al estar Cecilia a cargo de la llave no pasaría nada, que ella era lo suficientemente responsable como para sosegar al hermano.

El padre ganó la partida y la llave de la puerta de entrada quedó a cargo de la joven que se sintió henchida de orgullo por tremendo compromiso. Ignacio no le dio mucha importancia al hecho porque estaba feliz con la circunstancia de que sus padres los dejaran solos. Los esperaba una noche de juegos y series de televisión.

Así fue como luego de múltiples recomendaciones, padre y madre se fueron al cine y a cenar por primera vez en mucho tiempo.

─Ceci, no olvides apagar la luz de la cocina y dejar prendida la entrada. Si querés encendé el foco del pasillo de los dormitorios, así les damos un beso cuando lleguemos.

─Sí, mamá, vayan tranquilos que yo me ocupo de todo eso y de quitar la llave de la puerta para que ustedes puedan entrar.

─Claro, eso es muy importante, querida, qué bien que lo hayas pensado, si no, nos quedamos afuera. Sos muy inteligente.

Los chicos estaban cenados y en pijama como para dormir cuando llegaran las diez y media de la noche, según la orden de los papás.

Así comenzó la aventura. Apenas los padres cruzaron la puerta, ellos saltaron de alegría. Por fin iban a poder mirar el programa que tanto les atraía, “El fantasma de la Opera”[1]. Ellos amaban a Erik, un hombre con el rostro deformado de nacimiento que vivía oculto en los sótanos del teatro. El protagonista solía preguntar ¿hay alguien en los camarines?, entonces los hermanos se abrazaban con un sentimiento confuso de susto e hilaridad.

Esa noche el grito del fantasma resonó distinto en la pantalla; más real que nunca ante la ausencia de los padres. La situación se tornó oscura y siniestra. Por alguna razón, Cecilia e Ignacio se miraron con los ojos impresionados de espanto y, sin pensarlo, corrieron hacia la puerta. En la fuga, la llave quedó olvidada sobre la mesa. Bajaron a los saltos por la escalera y salieron a la calle por la puerta de servicio que estaba abierta pues el portero había subido a los pisos para sacar la basura.

Los chicos no acostumbraban a salir de noche, salvo en auto a alguna reunión familiar. Asustados corrieron unas tres cuadras sin parar. La calle se transformó en un escenario incierto donde las luces apenas iluminaban, los negocios se tornaban desconocidos con las persianas bajas y el traqueteo lejano de los colectivos los impresionaba aún más.  

De pronto, en una esquina, la silueta encorvada de un hombre se levantó entre la pila de cartones. Era un mendigo harapiento que murmuraba palabras incomprensibles, con el rostro semioculto bajo un sombrero andrajoso y descolorido. Cecilia e Ignacio se miraron aterrados; en su imaginación el personaje era el fantasma que acababan de ver en la pantalla. Corrieron tomados de las manos. El barrio se tornaba cada vez más desconocido y siniestro; real e imaginario a la vez.

Los chicos recorrieron dos cuadras y frenaron porque el frío y el miedo los paralizó. Sin embargo, se dieron cuenta que el fantasma había quedado atrás, confundido entre la silueta del vagabundo y el recuerdo de la imagen en el televisor. Como por arte de magia recobraron la conciencia, recordaron dónde estaban y cómo debían volver sobre sus pasos para llegar a su casa.

Entonces advirtieron que estaban en un tremendo aprieto: les faltaba la llave para entrar. Ignacio propuso trepar por el balcón del primer piso.

—¡Ni lo sueñes!, ─lo frenó Cecilia─. Si nos ve algún vecino, se les va a contar.

Se miraron nerviosos. La puerta estaba cerrada y la llave debía seguir sobre la mesa burlándose de ellos. Ignacio imitó la voz del fantasma y recitó: ¿hay alguien en los camarines? Cecilia lo empujó y le dijo que mejor se callara antes de que el terror regresara o los vecinos los descubrieran en pijama.

Finalmente, tocaron el timbre al portero, inventando que habían salido porque escucharon llegar a sus padres que no podían entrar. El hombre acostumbrado a las travesuras los retó levemente y abrió la cerradura con una sonrisa cómplice. Los chicos entraron corriendo y al ver la llave sobre la mesa se abrazaron como si hubieran recuperado un tesoro perdido. Luego se acostaron e intentaron dormir hasta escuchar el regreso de sus padres.

Al día siguiente, el portero le comentó a la madre:

—Anoche sus hijos me hicieron abrirles la puerta. Dijeron que habían escuchado que ustedes volvían y no podían abrirla. La madre lo miró extrañada sin comprender.

Cuando les preguntó a sus hijos qué había sucedido, Ignacio calló cabeza gacha y Cecilia, medio dormida, murmuró:

—Bueno, al menos nos salvamos del fantasma.



[1] Serie en blanco y negro transmitida por el Canal 9 y protagonizada por Narciso Ibáñez Menta en los años sesenta.


© Diana Durán, 23 de marzo de 2026

 

PERMANECER EN FLORES

 


Plaza Flores


 

PERMANECER EN FLORES

 

El hombre había nacido para permanecer. Su vida era un eterno y opaco transcurrir. Sus padres se habían separado cuando empezó la escuela primaria. Entonces, uno u otro lo buscaban al colegio. La madre lo llevaba a tomar un helado a la salida porque sabía que el niño sufría la separación. El padre, ausente, no siempre lo buscaba, fastidiado por tener que cumplir con el deber, y las autoridades debían llamar a la mamá que se irritaba por el abandono. Muchas veces había encontrado a su hijo desconsolado al lado de la maestra en la puerta del colegio.

El niño lo había sentido desde pequeño. Soy culpable del divorcio, concluyó una noche muy triste cuando la oscuridad del cuarto lo estremecía.

Su único reparo era la abuela materna que lo miraba tiernamente mientras le daba de comer tallarines caseros con tuco y natilla con caramelo de postre. Él se quedaba el fin de semana en su casa; allí lo esperaban cuentos de aventuras y duendes y la cama cálida y arropada. En las mañanas de domingo jugaba en la vereda de la cortada de Terradas con los niños de la vecindad.

En cambio, no había momentos felices en el encierro del oscuro departamento de dos dormitorios que su madre había alquilado luego de la separación. Su pieza era una especie de celda de aislamiento que daba al patio interior de paredes descascaradas del edificio.

Durante la semana, los únicos momentos al aire libre los pasaba a pocas cuadras de su casa, en la Plaza de Flores, arbolada y bulliciosa. Era un pulmón verde en medio del trajín urbano. Las sombras del imponente algarrobo refrescaban los bancos de hierro y el bullicio de los colectivos de la avenida Rivadavia se mezclaba con el pregón de los vendedores ambulantes. Allí escuchaba las campanadas de la Basílica de San José que le anunciaban cuando era la hora de volver a casa. Cuando el sol caía, el barrio cambiaba. Los trabajadores regresaban con paso cansino, las persianas metálicas de los negocios se cerraban con estrépito, y las calles se teñían de un gris melancólico. El eco de las campanadas de la Basílica de San José se expandía como un recordatorio de que la jornada había terminado.

En la adolescencia se tornó flaco y esmirriado; la nariz le creció aguileña y el acné cubrió su cara. Ese aspecto le valió el rechazo de sus compañeras que los preferían de tersos rostros. Tampoco era afecto a los deportes, por lo que difícilmente iba a crecer rodeado de amistades. Solo tenía una compañera de banco que lo apreciaba porque sabía resolver los problemas de trigonometría y memorizar las lecciones de historia; entonces terminaba pronto las pruebas y la ayudaba.

Al finalizar el secundario él se inscribió sin gran vocación en el profesorado de matemáticas. Una tarde se cruzó por casualidad con su excompañera en la biblioteca del instituto. Se saludaron de lejos. Ella estudiaba la tecnicatura en trabajo social, lo hacía sin disposición, solo por continuar algún estudio.

A los pocos días se volvieron a encontrar en una fiesta de estudiantes en la que ninguno de los dos se había animado a bailar. Fue en un rincón, entre copas y risas ajenas, donde comenzaron la relación. Descubrieron que compartían el mismo miedo al rechazo, la misma sensación de haber nacido para permanecer invariables. Esa opaca coincidencia los unió. Él reconoció a aquella chica parecida a sí mismo: callada, de mirada esquiva y aire de tristeza que lo atraía porque percibía en ella la misma soledad que lo había aislado desde niño. Ella, aunque tímida y huidiza, valoró que él la había auxiliado en los exámenes. 

Él no terminó el profesorado, ella tampoco su carrera. Con el tiempo se casaron, sin grandes festejos ni lujos, apenas una merienda en una confitería modesta de la calle Nazca.

La vida en común no fue fácil. Él consiguió trabajos administrativos mal pagos. Ella hacía lo posible como ama de casa por organizar con los escasos ingresos de su esposo el diminuto departamento de dos ambientes que alquilaban en la calle Bogotá, a dos cuadras de la plaza de siempre.

Los problemas económicos de los años ochenta se sumaron a las vanas discusiones, y la rutina se volvió un peso tedioso. Sin embargo, había momentos de ternura: cuando recordaban las anécdotas escolares, cocinaban juntos un plato sencillo o bromeaban sobre sus desdichas.

Las circunstancias los dañaban una y otra vez: sobre todo la imposibilidad de tener hijos, pero también la permanente escasez de dinero y la inseguridad creciente del barrio. Cada obstáculo parecía confirmar aquella sentencia que él había sentido desde pequeño: había nacido para permanecer en el mismo sino.

En medio de la adversidad, la presencia de ella fue, sin embargo, un refugio. Aunque discutieran, aunque a veces se hirieran con palabras, él sabía que compartían la misma herida de origen y que, de algún modo, se necesitaban para sobrevivir.

A veces pensaba que todo había sido inútil, que la tristeza de su infancia era un castigo eterno. Otras veces, en las noches, cuando el trasiego aminoraba y el barrio de tornaba en calma, sentía que había algo más: una compañía, una reserva, una rutina que los mantenía en pie.

No era felicidad, tampoco superación. Los sostenía la inercia que la vida les ofrecía. Era solo la certeza de que, en medio de la costumbre y la penumbra, había un lugar donde permanecer.

 

El hombre abraza a su mujer. Afuera, las campanadas marcan las doce. La plaza está vacía. Adentro, la intimidad se torna en abrigo.

 

 


Diana Durán, 9 de marzo de 2026

 

 

 

 

LOS ECOS DEL GRAN HOTEL

 


Fotografía: La Nación. 24 de julio de 2023

LOS ECOS DEL GRAN HOTEL

 

Villa Ventana. No hay lugar en el mundo que nos guste más para disfrutar las vacaciones: las sierras, los arroyos que serpentean los límites, el aroma de los árboles, los artesanos en las callejuelas, la fiesta de la Golondrina y los pájaros que parecen notas musicales en cada rama. Allí volvimos, como todos los años.

Ayer desayunamos en la galería de la cabaña, con pan casero y mermelada. Conversamos sin apuro disfrutando el inicio del veraneo. Momentos simples, pero llenos de esa calma que uno quisiera retener para siempre. Caminamos a la vera del Belisario. El agua corre lenta y transparente, y la brisa nos acaricia. Conversamos sobre nada en particular, junto al mecer suave de las hojas y el cielo teñido de un azul cada vez más obscuro. Dormimos abrazados y serenos.

Hoy nos internamos en los senderos de la periferia. La caminata nos lleva cerca de un cerro cónico cuyo nombre desconocemos. Continuamos por un camino sinuoso hasta el Club Hotel de la Ventana, inaugurado en 1911, según reza un cartel. Célebre por haber alojado a marinos alemanes del acorazado “Admiral Graf Spee”. El edificio se incendió hace décadas, pero todavía conserva la sombra de su antigua majestuosidad. Escaleras, cimientos y muros derruidos nos hacen imaginar el esplendor de aquellos días cuando estaban en pie el cine, el teatro y la capilla. Las ruinas permanecen rodeadas por cientos de hectáreas parquizadas y cubiertas de árboles centenarios que el tiempo no pudo destruir.

La noche nos sorprende entre los restos del ex hotel. Contra las advertencias de otros turistas que recorren el lugar, decidimos quedarnos: queremos experimentar por un rato la sensación de vagar por el gran hotel. Armamos un campamento improvisado con los elementos que trajimos en el auto: carpa para dos y canasto con enseres básicos. Comemos y brindamos bajo la luna embelesados de nuestra aventura.

De pronto, el viento comienza a cambiar su fuerza, como si arrastrara un murmullo antiguo. Primero caen gotas aisladas, con un ritmo irregular. De a poco, la lluvia se vuelve persistente; un tamborileo que aumenta en intensidad.

Está lloviendo, me dice con voz baja, algo resignado. Es la tierra que nos quiere retener, respondo entusiasmada al mirar cómo la arcilla se torna un reflejo brilloso. No es lluvia; es un llamado que no debemos atender, señala intrigándome.

Más tarde las ruinas se estremecen con truenos y relámpagos. Algo extraño sucede. Se confunden en la lejanía voces mezcladas con el repiqueteo del agua, como si la tormenta tradujera palabras en un idioma misterioso. El suelo se torna resbaladizo, y cada paso es un intento por no quedar atrapados en aquel escenario que nos resulta sombrío y desconocido.

A la media hora, en el silencio quebrado por el viento, comienzan a escucharse más sonidos. Diálogos tensos, incomprensibles, en un idioma que pronto reconocemos: alemán. El gran hall es un despojo de ladrillos, pero las voces resuenan en las paredes desmoronadas.

¿Escuchás? Es como si los muros hablaran, me revela. No son los muros; son memorias que no se apagan, tiemblo al responderle; ¿y si nunca se fueron?, ¿y si siguen aquí, atrapadas en la eternidad del hotel? Él me ordena, no mires atrás. La historia nos persigue.

Las frases desconocidas se mezclan con el temblor de nuestras manos. El edificio parece reclamar su pasado de esplendor.

Siento que nos observan, le digo al fijar mis ojos en la negrura. Nos observan porque somos intrusos de su tiempo, me responde y aterroriza.

Corremos hacia el auto. La lluvia convierte el camino en una vía resbaladiza. Nuestro vehículo patina en zigzag.

Manejá rápido; los ecos nos siguen. Si manejo rápido vamos a encallar. ¿No los escuchás?; son voces, pero parecen aullidos; como si la noche hablara en otro idioma.

Detrás de nosotros, los ecos germanos se transforman en un coro de lamentos que nos persigue en la oscuridad.

No podemos salir, te escucho titubear con voz quebrada. Es el hotel que nos retiene; siento que los escombros giran alrededor. ¿Y si nunca fuimos visitantes, sino parte de su memoria?; ya no hay regreso.

Los clamores se hacen más cercanos, pero menos comprensibles, seres invisibles brotan de los muros. El aire se espesa; las sombras acechan. Las ruinas dejan de ser ruinas: se alzan como un cuerpo oscuro, con pasillos que se abren en la arcilla y ventanas que golpean en la penumbra. El hotel nos envuelve, nos traga, nos absorbe en un silencio de piedra.

El crujido de las escaleras bajo nuestros pies nos desliza hacia un salón oscuro y tenebroso. Después, nada. Solo la certeza de que el hotel nos convierte en parte de su historia, en voces que algún día otros escucharán, al incursionar en la noche.

 

© Diana Durán, 2 de marzo de 2026

 


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