La
trampa menos pensada
Leandro no había tenido
ambiciones políticas de ninguna índole. Sí, era una persona comprometida con lo
social. Su trayectoria profesional había estado ligada a lo académico en el
ámbito universitario y, en lo profesional, a cargo del equipo de cirugía del
hospital local. A pesar de ser médico llevaba una vida relativamente tranquila
con su esposa, Silvina, y tres hijos. Hacía deportes, tenía amigos y era muy
querido por la comunidad de la localidad pampeana donde vivía. Era un hombre satisfecho.
Un día lo llamó la secretaria del
intendente, no lo conocía en persona; lo requería para una entrevista. Pensó
que se trataría de alguna cuestión hospitalaria: la selección de un equipo para
la sala quirúrgica, o las alternativas para encarar el eterno problema de la
escasez de médicos de guardia. La auxiliar no le anticipó nada. Llegó a la
intendencia bastante inquieto, no percibía por qué. Tal vez por la
incertidumbre, no sabía en qué consistiría el tema convocante. Se anunció en la
secretaría donde lo hicieron pasar de inmediato al despacho. Quedó parado a la
espera. Desde la puerta la secretaria lo
anunció y acompañó al intendente, señor Atilio Marchetti, quién
entró sonriente y lo saludó. Buenos días, Sebastián, cómo estás, le dijo
de manera familiar y lo hizo sentar en un sillón de cuero reluciente,
ofreciéndole de inmediato un café. Comenzó a hablar con solemnidad, pero en un tono
cordial. El médico se sorprendió cuando se refirió a su trayectoria pues la
conocía al dedillo. También hizo un gran alegato sobre la importancia que tenía
la salud para su gestión. Sebastián advirtió que conocía los problemas
acuciantes, pero no podía definir para qué lo había llamado, pues el funcionario
no daba señales de plantearle cuestión alguna. Al cabo de quince minutos de
exposición y otros cinco de reiterar halagos sobre su recorrido profesional, lo
invitó formalmente y con grandilocuencia a participar en las elecciones de
medio término que se desarrollarían en el municipio y la provincia en octubre
de ese año. Su postulación consistiría en ser candidato a primer concejal por
el partido oficialista. El médico quedó azorado por semejante ofrecimiento. Luego
de un amable intercambio Sebastián le dijo que lo iba a pensar y consultar con
su esposa, y le contestaría. Partió turbado por tanto elogio y por una propuesta
que jamás habría considerado. No tenía la menor idea de lo que significaría incursionar
en política. Su vida se había desplegado en los claustros de la universidad y
en el hospital. Leía los diarios y se interesaba por la actualidad, pero no por
eso conocía el mundo de la política, ni mucho menos. Solo en charlas de café
con sus amigos o con su mujer intercambiaba algunos comentarios sobre ese campo.
A pesar de que no tenía la
mínima avidez de
poder, Sebastián decidió aceptar la propuesta del intendente impulsado
especialmente por Silvina, quien lo convenció insistente como era de costumbre.
Fue así como tuvo que participar en toda la campaña junto a los otros
candidatos. Por su posición destacada en la lista concurrió a numerosas entrevistas
televisivas y radiales, realizó visitas agotadoras a vecinos y se expuso en
muchos ámbitos sociales, algunos conocidos como clubes, sociedades de fomento,
iglesias. Vio su cara en anuncios publicitarios, en la larguísima boleta de
votación y hasta en la parte trasera de los colectivos locales. Sintió
vergüenza. Había sido “coucheado” a principios de la campaña por unos ignotos
jovenzuelos que lo atiborraron de comentarios sobre la comunicación, el discurso
al que debía ceñirse y la estrategia del partido. Conocía poco y nada a sus
compañeros de lista, aunque algunos habían sido esporádicamente sus pacientes.
Así se enfrentó a ese desconocido mundo para enfrentarlo con el bagaje de su
historia personal y profesional.
En
octubre su lista salió triunfante y en diciembre juró solemnemente como primer
concejal en el recinto del Honorable Concejo Deliberante, ante la mirada orgullosa
de Silvina. Se sintió satisfecho y expectante.
Cuando se enfrentó al trabajo
legislativo se dio cuenta de que no tenía la menor idea de dónde se había
metido. Antes de cada sesión, el secretario del intendente llamaba a los
concejales y les indicaba precisamente lo que tenían que hacer con cada
expediente. Aprobarlo cuando era conveniente para “el jefe”, como llamaba a Marchetti;
rechazarlo a viva voz si se trataba de algún reclamo; o abstenerse en el caso
de que la votación no comprometiera a la gestión.
Al cabo de dos meses de los
cuatro años de su mandato, Sebastián cayó en cuenta de que era un mero títere
del gobierno de turno. Veía al intendente que tanto lo había halagado solo en alguna
fecha patria o inauguración de una obra. Hasta a la más insignificante tenía
que concurrir, se tratara de un bacheo, una destartalada oficina recuperada, o
el principio de una obra que nunca se concretaría. En definitiva, se dio cuenta
de que su nombramiento había sido una verdadera estafa, puro engaño para usarlo
en beneficio de obtener más votos al utilizar su buen nombre y honor.
Nunca lo consultaron sobre los
equipos que faltaban en el hospital o sobre la carencia de médicos. Bien podía
haber hecho alguna ordenanza para el mejor funcionamiento o un pedido de
informes a la provincia para requerir el incremento del número de profesionales
para el hospital. En las larguísimas reuniones de comisión y en las sesiones
tenía una especie de libreto que seguir porque presidía el bloque. Se sentía un
títere defendiendo temas que desconocía.
Cuando llegó el momento de
presentar el presupuesto se dio cuenta de los graves errores y “rarezas” que
había en el expediente en el área de salud. Quiso rectificarlos, pero se lo
impidieron. Empezó a sentir la inutilidad de su función y decidió renunciar al
cargo, no sin antes pelear con su mujer de la que se había alejado en medio de
la vorágine de su labor. Las consecuencias se volvieron en su contra. Recibió
amenazas de todo orden y Marchetti lo llamó por segunda vez desde que lo había
conocido personalmente para increparlo por las derivaciones que su salida podía
provocar.
Sebastián no declinó su
determinación, renunció y luego de unos días de descanso, volvió a su querido
hospital. Cuando ingresó al consultorio descubrió sobre su escritorio un
telegrama de despido del hospital municipal firmado por el Sr. Atilio Marchetti.
Así terminó su corta carrera política y se encontró volviendo al llano, como se
suele decir, al consultorio en la casa paterna, pues la separación de Silvina
sobrevino repentina como su fugaz incursión en la política.
© Diana Durán, 24 de marzo de
2025