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EL SECRETO DE LAS MANCHAS

 


Imagen en IA

EL SECRETO DE LAS MANCHAS

La descubrí una noche cuando mi mente vagaba intentando atrapar el sueño. Era apenas un punto en el techo, tan pequeño que al principio pensé en una arañita. Pero no se movía; no era hilo ni insecto. Era otra cosa.

Por entonces yo era una adolescente llena de planes: estudiar, viajar, casarme, tener hijos. Todo lo imaginaba mientras esperaba que la noche avanzara, y allí estaba la mancha, creciendo en un silencio obstinado. Primero adoptó el contorno de una ameba; más tarde, el de un paramecio. La biología me apasionaba, pero esa sombra parecía burlarse de lo conocido al cambiar de forma caprichosa. Nunca se lo conté a mamá: bastante tenía ella con su trabajo y las cuentas que no cerraban.

Unas semanas después apareció otra sombra en la pared frente a mi cama. No imitaba a un animal, sino a una ciudad: el perfil minúsculo de techos y terrazas, como el boceto de un mapa. En la escuela los profesores hablaban de tornados tropicales, incendios voraces e inundaciones en manto. Yo atendía con la certeza de que todo eso ocurría en otros lugares; en La Pampa, pensaba, nada destructivo podía alcanzarnos. Aquí la vida giraba al ritmo tranquilo del ganado y los granos y, aunque nada sobraba, siempre encontrábamos la forma de salir adelante.

Lo que había comenzado como un punto solitario se extendió por la casa, saltó al cerco del vecino y terminó cubriendo el barrio entero. Nadie supo cómo detenerlas.

Las manchas no frenaron. Pronto mis compañeros comenzaron a comentarlo en los recreos, al principio entre risas y después con un murmullo inquietante. Los techos recién impermeabilizados y las paredes pintadas a la cal de nada servían. Las sombras reaparecían y se multiplicaban.

En pocos meses, el pueblo entero quedó envuelto en una extraña histeria silenciosa. Los albañiles se transformaron en los trabajadores más cotizados. En el almacén y la ferretería ya no se hablaba del precio del trigo, sino de nuevos y asombrosos productos para sellar mamposterías. Algunos vecinos le echaban la culpa a las napas que subían; otros, más viejos, se persignaban y decían que era un castigo de la tierra por tanto químico echado a los campos. Se organizaron limpiezas, se rasquetearon frentes e incluso el intendente mandó a pintar la municipalidad dos veces en un mismo mes. Pero fue inútil. Las manchas reaparecían al día siguiente, más nítidas, cambiando de lugar como si se burlaran de la brocha y la pintura.

Fue entonces cuando lo comprendí que nunca se había tratado de humedad. Eran mapas con advertencias silenciosas. Cada forma caprichosa trazaba un territorio que se deshacía en otra parte del mundo; cada perfil era una ciudad que se borraba del planisferio. La mancha no habitaba en el revoque de las paredes: habitaba en nosotros, filtrándose en la rutina para recordarnos que todo lo que creíamos sólido podía desmoronarse de un momento a otro.

Comprendí que no tenía sentido seguir rasqueteando las paredes ni tapar las grietas con pintura fresca. Las manchas no venían a destruir el mundo: venían a ocuparlo. Y mientras el pueblo entero intentaba borrar la sombra en la cocina o el garaje, nadie notaba lo inevitable: la mancha ya había encontrado la forma de seguir dibujándose, lenta y silenciosa, en el territorio de nuestra humanidad.


© Diana Durán, 27 de julio de 2026

 

 

NACER EN LA PUNA

 


Street View. Entrada a Olacapato por la RN 51

NACER EN LA PUNA

Tierra árida, resquebrajada y desierta. Un páramo de rojos, amarillos, naranjas, en el suelo. Azul en el cielo. Tan azul como los lagos patagónicos, el mar de Plitvice en Croacia, o la cueva de Melissani en Grecia, donde el agua es tan pura que absorbe todos los colores y refleja un zafiro profundo. Ese cielo azul se une al arcaico mar que cubrió la Puna hace sesenta y cinco millones de años.

Allí nací, a cuatro mil metros de altura, en Olacapato, Salta: un caserío lejano y aislado del mundo. Tierra de crianceros de llamas. Casas de adobe, escuela y capilla. La entrada no se ve: apenas está donde dobla la ruta cincuenta y uno en una rotonda sin cartel. Ni un árbol; solo asoman pastos espinosos y el arroyo que suele bajar congelado. Por aquí ya no pasa el ferrocarril Belgrano que traía el hierro de Chile; cada día más aislamiento. Mi pueblo se encuentra en un valle rodeado de un cordón montañoso de volcanes inactivos y cerros de más de cinco mil metros de altura, en las cercanías del Salar de Cauchari. Cuando descubrieron el litio, algunos marcharon a trabajar en la extracción. El lugar más cercano es San Antonio de los Cobres, a sesenta kilómetros. El mismo paisaje.

Sofía Choque, mi madre, es la dueña del parador por donde desfilan camioneros y otros viajantes. No somos más que doscientas almas en este erial de altura.

Cuando terminé la escuela partí a San Antonio de los Cobres. De allí sale el Tren de las Nubes cada mañana y regresa al atardecer. Yo fui uno de los pasajeros. Cada estación es un espejo de pueblos de adobe, mercados polvorientos y voces parecidas a las de Olacapato. En San Antonio hice el secundario. Me refugiaba en los libros, sin descanso, como si en sus páginas pudiera hallar mi destino. Siempre solo. Intenté afincarme, pero no pude. Seguí trajinando, como si el andar por los caminos fuera más fuerte que yo.

Cuanto más me alejaba, más me perseguía la pregunta: ¿qué porvenir puede tener un hombre nacido en la Puna? En varios pueblos me hablaron del litio. En Tucumán me dijeron que el turismo era un buen quehacer, lo intenté, pero no pude: me llamaban los caminos. Seguí errando hacia la gran ciudad: Buenos Aires.

En cada sitio el cielo me devolvía el azul ultramar, como si la Puna viajara conmigo. La travesía no era hacia adelante, sino hacia adentro. Yo buscaba un lugar, pero lo que encontraba era mi propio rostro dibujado en las nubes. Era un peregrino que volvía a partir.

En Buenos Aires, cada día era un combate. El puerto me recibió con su niebla espesa; las bolsas que descargaba pesaban más que las rocas de la Puna, y cada jornada el cansancio me recordaba que estaba lejos de mi origen. Las calles eran una muestra infinita de rostros indiferentes. A veces, en medio del bullicio, me sorprendía un silencio brutal: el mismo que había conocido en Olacapato, cuando el viento se detenía.

La vida en la ciudad consistía en resistir la soledad y la nostalgia. Mi destino estaba suspendido en el aire, como el Tren de las Nubes detenido en un viaducto ficticio. Comprendí que la desdicha no estaba en los lugares que atravesaba, sino en mí mismo.

 

 

Una noche, bastante tiempo después de mi arribo a la metrópolis, mientras barría el piso de un café de San Telmo, entró un hombre mayor. Tenía la piel curtida y las manos ajadas. Pidió un café y se quedó mirándome fijo.

—¿De dónde sos, chango? —me preguntó con una tonada que, por familiar, me apretó el pecho.

—De Olacapato —respondí bajito, como quien dice un secreto. Nunca me lo habían preguntado.

—¿De Olacapato? Yo anduve por ahí hace unos diez días. Manejo un camión que cruza a Chile por la cincuenta y uno. Paré a tomar una caña en lo de doña Sofía Choque.

Sentí que el piso del café se tambaleaba como el Tren de las Nubes en un puente. El hombre metió la mano en el bolsillo de su campera y sacó una tela de piel de llama gastada.

—Me dijo la Sofía que, si cruzaba a un puneño con ojos tristes, le diera esto. El parador está lleno de hombres que trabajan en el litio. La vieja está cansada, ya no le da más el cuerpo. Si sos quien pienso, te anda extrañando fiero. Me machacó que ya caminaste demasiado lejos.

Apreté la lana contra mi mano. Cuántos retazos habrá entregado a los viajeros, me pregunté. Comprendí que mi marcha había sido inútil. Mi destino no estaba en perderme en lugares ajenos, sino en regresar a la altura donde el cielo y el antiguo mar se abrazan.

Emprendí el regreso. La última etapa, camino hacia Olacapato, fue un ascenso lento, cansino, como si la tierra quisiera probar mi resistencia. El viento me golpeaba con furia, y cada curva de la ruta cincuenta y uno parecía alejarme del destino. Cuando por fin apareció el caserío, sentí que el rancho me estaba esperando. Lloré como nunca.

Doña Sofía salió del parador con las manos temblorosas. No hizo falta palabra, solo el abrazo. El viaje terminó en el mismo lugar donde había empezado, pero ahora era distinto: ya no era un errante, era un hijo que volvía a su tierra. La Puna siempre había sido mi destino.

 

© Diana Durán, 20 de julio de 2026

LOS JUGUETES DESEADOS

 


Imagen de IA

LOS JUGUETES DESEADOS

Santa Claus y los elfos construían apesadumbrados los juguetes de la Navidad de 2030 en el extremo norte del mundo. Ellos eran más analógicos que digitales, por lo que les gustaba el universo de los juegos concretos hechos en madera, plástico o tela, y no tanto los virtuales. Sin embargo, habían decidido superar a Minecraft en los juegos de construcción de bloques y supervivencia; y a Fortnite en los de aventuras de mundos imaginarios.

En esos tiempos, los niños del mundo desarrollado ya no se interesaban por los rompecabezas, las pelotas de fútbol o las bicicletas. Las niñas no se entretenían con muñecas, ni armaban casitas, ni se disfrazaban de princesas. En realidad, los chicos ya no jugaban; pasaban la mayor parte del día observando pantallas.

Los patios permanecían vacíos y las plazas parecían decorados abandonados. Muchos niños apenas conocían a quienes vivían en su misma calle. Algunos nunca habían trepado a un árbol ni corrido detrás de una pelota. Hasta los más pequeños se mantenían inmóviles frente a los dispositivos electrónicos que registraban cada uno de sus hábitos.

Los padres tampoco parecían preocuparse demasiado. Estaban absorbidos por apuestas, inversiones y mercados digitales que funcionaban las veinticuatro horas. En muchas casas, las conversaciones familiares habían sido sustituidas por mensajes enviados desde una habitación a otra.

Era el invierno más crudo de los últimos años en Laponia. Las temperaturas descendían a treinta grados bajo cero y las tormentas de nieve lo sepultaban todo. Mientras tanto, en el hemisferio meridional, se alcanzaban extremos inimaginables. El planeta parecía haber perdido el equilibrio.

Sindarín le dijo a Santa Claus que era mejor dedicarse a los niños del sur, porque todavía jugaban al fútbol y las niñas vestían y daban de comer a sus muñecas y bebotes.

—¡Es un calor abrasador, Santa! El termómetro explota allá abajo —advirtió Sindarín, frotándose las manos congeladas cerca de la estufa del taller.

—Tienes razón, deben estar ardiendo —respondió Santa Claus con una sonrisa bonachona, cambiando de planes sobre la marcha—; olvidemos los videojuegos por un tiempo. Dejemos lo que estábamos inventando y construyamos piletas y juguetes de agua para el sur. Veremos qué hacemos con el helado norte. No les vendría mal botas y ropa de colores para jugar en la nieve.

En esa Nochebuena de 2030, Papá Noel decidió entregar los nuevos juguetes digitales al mundo subdesarrollado y los analógicos al mundo avanzado.

Pero sucedió algo inesperado.

Un conjunto de fallos en satélites y centros de datos provocó la mayor catástrofe tecnológica de la historia. El hemisferio norte quedó sin Internet. Las redes colapsaron y millones de pantallas mostraron mensajes de error. Las ciudades quedaron sumidas en un extraño silencio digital.

Los chicos no podían jugar con sus dispositivos.

—¿No hay señal todavía?; sin Internet no sé qué hacer —gritó Felipe, con los ojos todavía enrojecidos por la pantalla—; mi mamá me dijo que jugara con un rompecabezas, pero yo no sé y me aburro.

—A mí me obligó a jugar con sus viejas muñecas; ¿muñecas? Eso es para las abuelas… yo quiero mi celular —lloriqueó Alicia, y miró a Felipe, muy enojada.

En ese momento, el padre del niño atravesó el pasillo, desesperado con su teléfono sin conexión.

—¡Esto es un desastre! —se quejó—; no puedo revisar las acciones ni ver las apuestas del partido; ¿cómo se supone que actuemos ahora en este mundo? Parece que es así en todo el continente.

Felipe observó a su padre y pensó que los adultos estaban tan perdidos como ellos.

—¿Y ahora qué hago?; me siento mal —se lamentó Felipe.

—¿Y si jugamos al fútbol? —propuso tímidamente Pablo, mirando la pelota de plástico que Santa Claus le había dejado.

En el hemisferio sur había conexión en red, pero no llegaba a todos los rincones, especialmente de los sectores más vulnerables. Sin embargo, los niños concurrían a las plazas y correteaban junto a las niñas. No habían reemplazado los encuentros ni los juegos compartidos.

En un conventillo del centro de Buenos Aires, varios niños jugaban.

—¡Miren mi pelota nueva! Vamos a la plaza —gritó Santiago en la cortada, corriendo con entusiasmo, a pesar de contar con la nueva versión de Fortnite.

Clarita le respondió entusiasmada:

—Mi muñeca tiene hambre, voy a prepararle la comida —se apresuró a decir mientras acomodaba su cocina de madera.

—Chicos, aunque haga mucho calor, en esta gran pileta podemos nadar todos —les advirtió entusiasmado Patricio.

—¡Dale!; yo busco una manguera para empezar a llenarla—propuso Santiago, tirando la pelota hacia un costado—; ¡traigan los baldes!

—¡Hagamos una fila para tirarnos de cabeza! —río Patricio.

—Cuando tengamos tablet, algún día, la usaremos, pero no vamos a dejar de salir —replicó Clarita.

Durante aquellas fiestas, los niños del norte volvieron a jugar al fútbol, a las muñecas y concurrir a las plazas. Al principio les resultó extraño, pero poco a poco comenzaron a descubrir lo que las pantallas nunca les habían enseñado. Podían conocer a otros chicos; sus ojos dejaban de irritarse; el aire libre los comenzaba a poner contentos.

Los niños del sur pudieron entender lo más avanzado de Fortnite y Minecraft, pero no dejaron de concurrir a los parques porque sus costumbres no habían cambiado.

Santa Claus observó desde su trineo ambos hemisferios y sonrió satisfecho. Sin embargo, sabía que la historia aún no había terminado. En algún lugar, enormes corporaciones trabajaban para reconstruir la red caída y devolver a millones de personas la vida que habían conocido.

Deseó que, cuando las pantallas volvieran a encenderse, el mundo recordara lo que había aprendido durante aquella extraña Navidad. 

Diana Durán, 24 de junio de 2026

VERDE DESIERTO

 


VERDE DESIERTO

─Mirá que llamarse Cangrejillos ─le indicó señalando la vieja guía─; sabemos de topónimos, pero ninguno como este tan singular. ¿Será que hay muchos cangrejos por allí? ─insistió curioso.

─No lo sé, Florentino, pero deberíamos intentar subir más allá de los dos mil metros. Aquí ya no queda nada. Tampoco en la quebrada de Humahuaca, ni en los valles calchaquíes. Pura desolación ─le respondió desesperanzado John.

El cambio climático había alcanzado los tres grados por encima de las temperaturas normales. El mar había avanzado, las tormentas eran cada vez más intensas, las sequías más prolongadas. Casi no quedaban ganado ni cultivos. Toda la soja de los campos pampeanos se había marchitado. Unos pocos cerdos flacos andaban pastando en las zonas llanas al oler los antiguos granos que solían comer; entonces rumeaban como vacas sobre los restos de los cultivos marchitos. Los bosques se habían incendiado, tanto en la selva misionera como en los Andes Patagónicos. Era la devastación de la naturaleza provocada por el hombre en la mayor parte de la Tierra. Una verdadera crisis global planetaria.

Florentino recordó al grupo con precisión que la consigna de la Asociación Mundial de Arqueólogos, junto a la de Geólogos y Antropólogos había sido clara: debían explorar los lugares más recónditos para encontrar sitios que pudieran ser habitables para los pueblos. Los hambrientos migraban sin encontrar destino desde los campos a las ciudades; otros huían de las grandes metrópolis en las que los shoppings y las cadenas de supermercados habían quedado desabastecidos hacía tiempo.

─Pensar que abajo en la selva tucumano-oranense dejamos los lapachos, las tipas y los laureles achaparrados y amarillentos. Nada del antiguo esplendor frondoso ─suspiró Florentino con nostalgia.

─A lo mejor sea posible, Florentino. Todo lo demás está extinguido. Esto es muy lamentable.

La vieja cartografía les había permitido detectar que en algunos rincones de la Puna había relictos de semillas de papa y maíz que los diaguitas y sus descendientes cuidaban muy bien. La orden de las asociaciones era encontrar esos depósitos para poder resembrar los campos.

A los investigadores les daba lástima ver las águilas moras volar en círculo en búsqueda de algún cuis u otro roedor. Caían exhaustas al no encontrar presas. Las observaron masticar ramas de arbustos secos mientras se peleaban a los picotazos. Hasta vieron algunas llamas escuálidas, puro hueso, en lo alto de las rocas.

Con sus enseres de expedición a cuestas y dos auxiliares alumnos de la universidad, los arqueólogos siguieron su marcha hacia Cangrejillos como un punto desconocido, pero esperanzador. Quedaba a cuatro mil metros de altura en la Puna desértica, aunque, según les habían indicado, podía haber vestigios de civilización.

La subida fue muy difícil, pues el equipo era de laboratorio más que de expedicionarios. No quedaba otra opción que buscar indicios de recursos naturales para que los habitantes no sucumbieran a las hambrunas.

A través de las intermitentes transmisiones de radio de onda corta que aún unían a los sobrevivientes, las noticias del resto del globo insistían en que no se hallaban semillas para repoblar los campos yermos. La humanidad estaba al borde de la extinción. Por suerte ya no había más armas atómicas ni municiones, pero en todas partes se producían crímenes con puñales, espadas y cualquier instrumento filoso que se encontrara a mano en la desesperada búsqueda de comida. Reinaba la ausencia de la civilización tal como se había desarrollado en el siglo XXI.

Durante un día y medio, John, Florentino y sus alumnos treparon las laderas abruptas de la Puna árida y sofocante. Estaban casi al borde de quedarse sin víveres, que en realidad eran solo barritas de cereal y pastillas proteicas.

─Tomá tus prismáticos, Florentino, estoy viendo en el horizonte una extraña línea verde.

─Sí, John, la diviso delante de los cerros volcánicos del límite con Chile. ¿Qué será?, no es fácil reconocer el verde natural desde que esta catástrofe comenzó.

La expedición se dirigió hacia la línea esmeralda, luego de confirmar que estaba en dirección al lugar de destino. Por las coordenadas era Cangrejillos, sin duda. Así fue como llegaron a un lugar indescriptible. Frente a sus ojos, lo que en los mapas figuraba como un desierto de altura era un oasis, un laberinto de forestaciones, cultivos y reproducción de semillas bajo invernadero. Los alumnos corrieron, llorando de alivio. Florentino creyó por unos minutos que, como los antiguos exploradores, habían encontrado un punto donde podía renacer la civilización.

Sin embargo, al rozar las hojas, no hubo frescura. El verde se deshizo en un polvo gris y frío entre los dedos; los frutos eran apenas esferas de hollín que estallaban en las ramas. El verde era solo un reflejo suspendido en el aire, como si el suelo hubiera decidido conservar la memoria de un antiguo esplendor en forma de fantasma vegetal.

A lo lejos divisaron las siluetas de los pobladores nativos. Cuando se acercaron estos los miraron fijo, moviendo los labios en un susurro inaudible. Eran tan espectrales como las plantas. Se los veía temerosos y vencidos.

John y Florentino comprendieron que Cangrejillos no era un refugio, sino una copla fúnebre de la naturaleza: una ilusión antes del final. El vergel era un poema escrito por la tierra moribunda, un espejismo que se ofrecía para que los postreros caminantes recordaran, por última vez, cómo era la vida.

 

 

John Lloyd Stephens (1805-1852): Explorador estadounidense, figura clave en el descubrimiento y documentación de grandes ciudades de la civilización maya (como Copán en Honduras y Uxmal en México) gracias a sus detallados informes y litografías.

Florentino Ameghino (1854-1911): Destacado naturalista, paleontólogo y arqueólogo argentino. Realizó extensas investigaciones sobre la prehistoria y los primeros habitantes de la región pampeana sudamericana, dejando grandes colecciones de los primeros poblamientos en territorio argentino.

© Diana Durán, 15 de junio de 2026

PLEAMAR

 


    |                                                                        Fotografía. Diana Durán

PLEAMAR

Dalma iba todos los años junto a su familia a Mar del Plata. Sus padres habían comprado una cabaña pequeña pero cómoda en un barrio cercano a la playa de Los Acantilados. A diferencia del resto de los jóvenes que abarrotaban el centro, a ella le gustaba la calma de ese lugar. Amaba el mar, pero, sobre todo, la soledad que le ofrecía.

Usualmente bajaba con sus padres a las diez de la mañana. A las doce, cuando el sol empezaba a irritar, ellos regresaban a la cabaña para almorzar y ya no volvían. Dalma, en cambio, esperaba a que la tarde cayera. Era ágil como una gacela; bajaba las escaleras de las barrancas y los senderos de greda con una soltura inusual. Buscaba siempre un rincón alejado, allí donde las paredes del suelo acantilado la protegían del viento, y se tiraba en la arena a tomar el sol que ya no quemaba. Muchas veces se internaba entre las rocas costeras y contemplaba a las gaviotas que se posaban en la playa para luego remontar vuelo. Conocía cada retazo de ese sitio agreste.

Esa tarde repitió el ritual. Extendió la amplia lona de guardas azules y naranjas, regalo de una amiga, y acomodó la matera, las cremas y el libro. Leía El caso de Alaska Sanders, último thriller que había comprado, sin la atención acostumbrada. Mientras leía, su interés divagaba entre las páginas y el entorno: la bandada de gaviotas que planeaba al ras del agua, la trama de la arenilla entre sus dedos, un par de surfistas que desafiaban las olas de la tarde. Se sentía en perfecta armonía, mimetizada con el paisaje.

Pasadas las cinco, sintió la pulsión de caminar. Para Dalma era una forma de pensar. Juntó sus bártulos y se internó entre los acantilados, sorteando las rocas que conocía como la palma de su mano. El día, inusualmente cálido, la invitó a ir más allá de sus límites habituales. Encontró una cala de arena entre dos barrancas, un pequeño escondite encajonado entre las paredes verticales. El arrullo de las olas y el cansancio del día la envolvieron en una modorra placentera. Se recostó sobre un recodo tibio y, sin planearlo, se quedó adormilada.

Cuando abrió los ojos, el paisaje había cambiado de color. El sol ya se había ocultado, dejando un resplandor violeta. El frío le calaba los huesos. Pero lo que la hizo reaccionar fue el rugido del agua tan cercano. Demasiado.

La marea alta había avanzado y devorado la pequeña playa. El agua estallaba contra la base de las rocas. Por primera vez en su vida, Dalma sintió que el lugar le era ajeno.

Buscó el sendero oculto por el que había entrado, pero solo vio espuma blanca entre las rocas. Aunque intentó trepar por la pared del acantilado, los estratos se desmoronaban como arena seca. Miró hacia arriba, calculó que la cima de la barranca estaba a diez metros de altura, inalcanzable sin escaleras. El mar avanzaba unos centímetros con cada ola. Ya le llegaba a los tobillos.

Dalma respiró hondo e intentó calmar los latidos de su corazón. Recordó los thrillers que leía: el pánico era el mejor amigo de la muerte. Miró el agua embravecida, revisó la pared de tierra que la confinaba, y comprendió que la agilidad de la que tanto se jactaba iba a ser su única oportunidad de supervivencia. Clavó las uñas en la pared terrosa y empezó a subir.

 

  © Diana Durán, 1 de junio de 2026

LA MEMORIA DEL ALGARROBO ABUELO



LA MEMORIA DEL ALGARROBO ABUELO

 

Ese año habíamos elegido San Luis para las vacaciones. Nos gustaba conocer nuevos rumbos, otros lugares. Sabíamos que el verano podía ser tórrido, lo auguraban los periodistas que se ocupaban de los pronósticos extremos con alertas permanentes. Habían ocurrido sequías e inundaciones, ciclones, mareas, tornados. Todo tipo de catástrofes naturales. El planeta y en especial las zonas costeras estaban acechadas por el cambio climático. De eso no había duda, pero todavía pocos se acostumbraban a los fenómenos extremos y abruptos. Las playas habían sido abandonadas como lugares turísticos por los sucesos que las amenazaban.

Los servicios meteorológicos e hidrográficos habían sido desmantelados; las universidades vaciadas; había escaso acceso a la información, solo periodística, sin base científica. Antes acostumbrábamos a seguir los avisos de situaciones extremas, pero ahora no se podía. Sin embargo, nosotros éramos prudentes y conocíamos bien la Argentina. Ese año, cansados del trabajo y las obligaciones, decidimos preparar el auto con la carpa comprada unos años atrás y planificamos un viaje con espíritu aventurero.

¿Y si vamos igual?, pero a las sierras, le propuse mirando el mapa. ¿Qué nos va a pasar? respondió Osvaldo, siempre optimista; si somos prudentes, todo va a ir viento en popa. Nosotros éramos una pareja tranquila, los años nos habían unido en una relación serena. Cada uno dependía absolutamente del otro. La naturaleza nos aunaba en nuestros mejores momentos.

Preferimos Merlo, con sus sierras agudas, cristalinos arroyos y el ozono benefactor de los granitos. Merlo tiene un clima benéfico, describió Osvaldo mientras desplegaba el mapa. Y si queda tiempo, podemos volver a Mina Clavero, como en la luna de miel, le propuse sonriente.

Repasamos nuestros avistajes, la frescura de los torrentes serranos, los cielos diáfanos y destellos fugaces. Sabíamos recorrer las quebradas para encontrar algún caballo salvaje y divisar en las cumbres los guanacos curiosos. Queríamos fotografiar zorzales, carpinteros, chiguancos en el valle; el águila mora y el cóndor de los Andes en las alturas.

Ese año el verano se había presentado tranquilo, aunque el lugar elegido podía sufrir lluvias torrenciales. Nosotros sabíamos qué hacer cuando crecían los arroyos. No íbamos a afrontar ningún riesgo.

Elegimos acampar en un paraje cercano al Algarrobo Abuelo, un ejemplar milenario de mil doscientos años. Sobreviviente del bosque nativo original era un símbolo de resistencia natural de catorce metros de altura. Sabíamos que en el bosque ralo del predio que lo rodeaba podíamos avistar nuevas especies.

En viaje por la autopista que recorre de sur a norte la provincia de San Luis tuvimos una lluvia torrencial. Prudentes, nos quedamos a la vera del camino para evitar un accidente. Nos tocaron unos días helados poco frecuentes en épocas estivales. Nada nos amilanó, seguimos disfrutando nuestras ansiadas vacaciones.

 

 

 

Cuando visitamos el Algarrobo Abuelo nos sorprendió el grosor de su tronco. Las ramas, retorcidas por el tiempo, descansan sobre el suelo de un predio rústico y árido. Es un lugar de inmensa paz; patrimonio cultural y monumento natural de San Luis.

El cantar de las aves y el ulular del viento son nuestra mejor compañía. Mirá esas ramas, me señala Osvaldo; parece que descansan como viejos brazos sobre la tierra. Es un gigante que respira, le respondo.

A los dos días de estadía nos trasladamos al camping de altura Lyon, en las sierras de los Comechingones; distante a solo seis kilómetros del viejo árbol.

Al llegar la tarde coincidimos en que tendríamos que volver al lugar del Algarrobo Abuelo. Lo percibimos como un llamado. Atardece. El paseo ya está cerrado. No sé por qué, pero siento que nos espera, le sugiero a Osvaldo. Entonces vamos, me contesta decidido.

Entramos al predio y ocurre lo inesperado. ¿Lo escuchás?, Osvaldo me estrecha fuerte la mano. Sí, nos está contando su memoria, oílo. El árbol eleva sus postradas ramas al cielo, lento, ritual. Entonces, cientos de pájaros emergen con vainas alargadas en sus picos. Al caer al suelo, las semillas germinan de inmediato y el solar se transforma en un bosque lozano. Mirá, Alejandra, lo que sucede, florece, exclama emocionado Osvaldo. El Algarrobo nos eligió, respondo conmovida.

El árbol anciano nos revela su secreto; es el guardián de las aves y nos nombra testigos del renacimiento. Su gesto no es un milagro, sino una advertencia. El bosque renace frente a nosotros.

 

 

© Diana Durán, 11 de mayo de 2026

 

UNA NUEVA VIDA

 


Barrio de Villa Giardino. Google Maps

 

UNA NUEVA VIDA

Compramos el terreno más hermoso que uno pueda imaginar: casi una hectárea en Villa Giardino, localidad de las sierras cordobesas. Allí soñamos residir desde el año próximo. Siempre imaginamos salir de la gran ciudad que nos agobia con sus problemas, aunque admitimos sus beneficios. Así es nuestra Córdoba capital, la docta, colonial y moderna a la vez. La conocemos y la sufrimos. Pero a esta altura de la vida Raúl y yo necesitamos otra historia. Por eso construimos una pequeña casa, la piedra fundamental de un proyecto mayor que sumará más habitaciones; y una cabaña que, en un año, no más, nos dará renta y equilibrio porque ambas jubilaciones no son elevadas.

Lo pensamos todo: un living-comedor-cocina integrado; un dormitorio amplio con vista a las sierras; otro más para cuando vengan nuestros hijos; un baño luminoso y una galería orientada como para recibir la luz del día y contemplar el cielo diáfano de la noche. El dinero de la venta de nuestra casa de Córdoba, sumado a los ahorros, han alcanzado para comprar y edificar. Los muebles y adornos que nos acompañaron durante treinta años de casados quedarán muy bien en los distintos ambientes. Lo que sobra se venderá.

La prole no quiere que nos mudemos. Mamá, ¿qué sentido tiene? Están grandes; ¿y si alguna vez tenemos que cuidarlos?; van a estar muy lejos, reprochó nuestra hija el domingo pasado. Ese lugar no tiene el mismo valor que la casa en la ciudad; además, borran de un plumazo todos nuestros recuerdos, agregó con recelo el varón. Son unos egoístas: miran solo su ombligo, le sugiero a Raúl y dejamos que pase el enojo sin inmutarnos. Decidimos concentrarnos en el proyecto sin escuchar a los que se oponen. Nos sentimos renovados.

La construcción avanza, ya está casi lista para mudarnos. Mientras tanto, gracias a los nuevos dueños, nos quedamos en la casa que vendimos. Celebramos con amigos una cena de despedida: algunos nos apoyan, otros nos miran con recelo. Están grandes para semejante aventura, nos advierten. Hablan del sistema de salud, de la conexión a Internet, del aislamiento. Nosotros respondemos que Villa Giardino es tranquila, con calles arboladas, arroyuelos cercanos y un magnífico entorno serrano. Nos llaman hippies de los sesenta. Igual que nuestros hijos, calcados. Reímos cuando se van, coincidiendo en la envidia de hijos y amigos frente a nuestra determinación. Ya quisieran, le comento a Raúl mientras nos acostamos. Él asiente mientras vuelve a su libro.

 

El chalet está terminado. Se sitúa en la calle Agua Buena, nombre que desde un principio nos reveló que estábamos en el camino ideal. Nadie que viva en un lugar con ese nombre la puede pasar mal, es una fija, declaro feliz. Raúl aprueba todo lo que comento, aunque a veces pienso que ni me escucha, pero él es así. La partida es abrumadora: mudarse nunca es fácil, menos aún con los reproches de los hijos persiguiéndonos. Se van a arrepentir; no podremos visitarlos seguido; en Punilla no hay suficiente equipamiento médico, repiten ambos como una letanía. Nosotros dejamos que chillen como pequeños porque estamos convencidos de que intentan frenar nuestro destino dichoso. Decidimos concentrarnos en el proyecto que nos renueva cuando nadie se opone.

 

 

Ya instalados, cansados pero contentos, plantamos tres árboles: un cerezo, un nogal y un arce. También flores alrededor de la casa. Mientras tanto seguimos planeando la cabaña que será nuestra renta. La conexión inalámbrica funciona relativamente bien.

Poco a poco se van cumpliendo nuestros deseos. Vivimos tranquilos, hacemos excursiones, no nos agobia el calor ni el frío de la ciudad. Tampoco los ruidos que nos abrumaban. Nos alejamos de las concentraciones y los atascos. Hasta nuestra salud mejora, la presión de Raúl se equilibra, mi dieta avanza a pasos agigantados. Dormimos como lirones, comemos saludable, nos relacionamos con vecinos serviciales y jóvenes del “Camino de los Artesanos”. Quizás empecemos algún pequeño emprendimiento cuando estemos más afianzados.

Lo único que nos extraña es el alejamiento de los chicos. No vienen a pesar de las invitaciones; siempre están ocupados. En nuestras conversaciones recordamos con nostalgia, pero a la vez con alegría, los cumpleaños, las fiestas cuando se recibieron, la alegría de los primeros trabajos y las tristezas cuando sufrían alguna enfermedad, aunque fuera intrascendente o algún conflicto amoroso. ¿Será que trabajamos mucho y no estuvimos suficientemente presentes?, le pregunto a Raúl. Me responde, hemos estado lo que pudimos y cuando pudimos, no des más vueltas al asunto.

 

 

 

Esta mañana un trueno nos sorprendió. La lluvia arreciaba, parecía una tormenta veraniega, pero se iba intensificando. Un rayo cayó cerca, demasiado cerca. Parte del chalet se vio afectado: el techo de la galería recibió algunas chispas y los materiales de la cabaña quedaron dañados por un incendio menor. El susto fue enorme. Con ayuda de los vecinos y los bomberos voluntarios pudimos apagar el fuego. Aunque la pérdida fue muy dolorosa, la casa no fue sido alcanzada en el interior.

Hoy, exhaustos pero firmes, nos levantamos muy temprano. El cerezo, el nogal y el arce siguen allí, inclinados por las ráfagas, pero sobrevivientes. Los enderezamos, reforzamos sus tallos y quedamos tranquilos. El aire huele a pasto mojado y a madera quemada. Nos miramos confiados. Sentimos un nuevo comienzo.

Nuestros hijos insisten en que volvamos a la ciudad. Nos reprochan nuestra falta de afecto hacia ellos. Insisten en los peligros del lugar. Nosotros respondemos que no: este sitio nos pertenece, con sus riesgos y su belleza. La calle Agua Buena nos recuerda cada día que elegimos el mejor camino.         

Reparamos lo dañado, reconstruimos lo perdido y seguimos adelante. La casa será más sólida, la cabaña se construirá con un poco de retraso, pero lo haremos. Plantamos varios árboles autóctonos cercanos a ella. Cada nuevo brote nos vuelve más esperanzados.

 

Aquí estamos, meses después. La vida, entre sierras y arroyos, nos regala lo que buscábamos: serenidad, contacto con la naturaleza y la certeza de que la felicidad no depende de la comodidad, sino de la decisión de vivir según nuestros anhelos.

Todas las noches salimos al jardín donde el cielo iluminado por las estrellas es un techo infinito. Aprendemos que incluso los fenómenos tormentosos pueden ser parte de la nueva vida que decidimos y que no todo depende de la comodidad, sino de la decisión de afincarnos según nuestros ideales.

Todas las noches, desde que llegamos a este edén, cuando nos vamos a dormir nos miramos apenados y nos consolamos al revelar nuestros sentimientos más caros: nuestros hijos y amigos ya volverán…


Diana Durán, 20 de abril de 2026

LA NIÑA EN EL JARDÍN ENCANTADO

 


Fotografía modificada por IA

LA NIÑA EN EL JARDÍN ENCANTADO

Amelie amaba su jardín. Allí existían flores de todos los colores, árboles frondosos, una huerta y rincones para jugar. La hamaca hecha con una rueda colgaba de la rama más fuerte del roble, y un viejo desván alimentaba su imaginación infantil.

El padre trabajaba en el mismo predio fabricando ventanas y puertas de pino. Por eso, la niña siempre tenía a mano maderitas, pequeños trozos de metal, pedazos de goma y cerraduras viejas, materiales con los que había construido una simulada casita en un rincón del terreno.

Bajo la amplia copa del roble, cuando su madre regaba el jardín, aparecían bandadas de pájaros multicolores. Amelie los observaba fascinada: jilgueros amarillos radiantes, horneros marrones tornasolados, inquietos churrinches rojizos. Sus cejas marcadas, sus picos extraños, sus cantos únicos. La niña seguía con la mirada su vuelo y su revoloteo, como si fueran parte de un juego que ella sola había inventado.

Al volver del colegio, lo primero que hacía era recorrer ese mundo propio. Una tarde, después de terminar los deberes, descubrió un visitante inesperado: un animalito peludo de cuatro patas. No era un gato ni un perro; huyó veloz dejando apenas la visión de su hocico puntiagudo y gran cola anaranjada. Amelie buscó su figura en las láminas del diccionario y, al reconocerlo, sintió una especial alegría al descubrir que era un zorro colorado. Guardó el secreto, temiendo que los adultos lo espantaran.

Los fines de semana jugaba en la cabaña que había levantado. Allí, además del zorro y los pájaros, descubrió que se posaba una mariposa atigrada y la dejó volar libre porque sabía que era muy frágil.

¿Qué más podré ver en mi jardín?, se preguntaba extrañada; seguro que muchos otros animales, porque tengo un jardín encantado.

Animada, Amelie afinó su mirada. Desde entonces descubrió comadrejas, lagartijas y sapos que no le simpatizaron, pero también ardillas que trepaban huidizas al roble y un topo que cavaba un túnel casi invisible. Buscaba cada hallazgo en las figuras de su diccionario, y guardaba para sí cada secreta existencia.

Con el tiempo, Amelie comenzó a conversar con la fauna de su entorno, y algunos, de a poco, le fueron respondiendo. Los pájaros le cantaban volando alrededor mientras bailaba dichosa. El topo llegó a mostrarle su cueva y a sus seis diminutas crías rosadas. El zorro le contó que le resultaba muy difícil vivir en un lugar tan poblado porque la gente solía despreciarlo y, a veces, hasta le tiraban piedras para espantarlo. La mariposa le comunicó triste que temía por sus huevos porque cada día se usaban más pesticidas. La niña logró conocer y respetar a sus amigos.

Un día llegaron obreros a construir un quincho en el fondo de la casa. El ruido espantó a los animalitos de Amelie, quien acongojada decidió contar la historia a su mamá. Ella sonrió incrédula, pensando que su hija fabulaba. Ay, hijita, dejá ya de ver tantos dibujos animados que te confunden con la realidad; los animales del jardín no hablan con las personas. Pero mamá… protestó mientras la veía alejarse tranquila.

Durante semanas apenas se divisaron unos pocos gorriones. Cuando la obra terminó, los animales regresaron, pero no volvió la magia: Amelie no podía conversar otra vez con sus amigos del jardín que había perdido su encanto.

Sin embargo, una tarde el zorro colorado se acercó lento y reposó a su lado. Otro día, las ardillas bajaron del roble y le mostraron que habían guardado muchas bellotas para el invierno. Finalmente, el topo salió de su guarida con sus crías ya grandes y los pájaros revolotearon en círculo a su alrededor impulsándola a bailar. Los animales no le hablaban con palabras, sino con gestos, vuelos y miradas. Amelie, atenta, los contemplaba.

La niña comprendió que el jardín no había cambiado: ahora había vuelto a ser su reino y ella una especie de guardiana que algún día contaría sus historias.


© Para Amelie de la abuela Diana, 13 de abril de 2026

AQUELLA QUINTA INOLVIDABLE

 


Imagen generada por IA sobre fotografía de Diana Durán

AQUELLA QUINTA INOLVIDABLE

 

Evocarás alguna tarde contemplando el terreno enfrente de la quinta. Esa en que la silueta de un corcel se dibujaba en el campo de margaritas. Los niños elegían las más hermosas para regalarlas en hatillos a quienes pasaran. El embalse del dique Roggero en el horizonte trazaba una línea azul en el encuentro del cielo y la tierra. El eucaliptal cruzaba la mitad del terreno y disipaba un aroma medicinal. Los renovales se veían flamantes plantados en las cercanías de la casa a medio terminar.

Revivirás a la familia ocupada en cortar el césped y extraer las malezas. El quincho recién construido reuniéndolos en la mesa al mediodía. Todos juntos. Buena época, asumirás.

 

Te animarás a buscar las fotos amarillentas de aquel tiempo en el fondo del cajón del desván. Todo sucedió hace muchos años, treinta, cuarenta. Aquellos días volverán en tu evocación como un torrente de imágenes y señales. Te preguntarás: ¿qué pasó?, ¿cuál fue la raíz de los males que destruyeron la ilusoria armonía?

Volverás atrás en tu memoria y tratarás de escudriñar los acontecimientos.  Los viajes desde San Isidro a La Reja. El tránsito infernal. La premura por llegar. Así lo sentirás. Recordarás que estaban rodeados de gente en la ciudad, que ansiaban el verde frente al cemento urbano. Extrañarás el intenso trabajo que les daba mantener el lugar. Pensarás con melancolía que allí estaban, juntos y a la vez lejanos; a un paso físico y a miles de kilómetros sus almas. Todo externo, superficial, vano.

 

Tu presente será la soledad del tiempo perdido, el abandono del lugar, la quinta vacía, la familia trunca.

Advertirás que algunos árboles habrán caído durante el gran temporal; la maleza habrá cubierto los alrededores de la casa y el quincho y, finalmente, el terreno habrá sido usurpado por una familia migrante desde el Chaco inundado.

 

Años después volverás y verás que esa familia bajó el tanque de agua del techo. El paisaje te abrumará. Será la muestra cabal del despojo; la visión horrenda de niños harapientos en la galería; el desaliñado huerto en el límite del terreno; la basura amorfa dispersa entre tus hermosos árboles ahora crecidos en la vereda forestal.

Entonces huirás despavorida, no querrás agitar en tu alma semejante fracaso. Tu vida será otra, pero persistirá el recuerdo de lo que no fue. Te preguntarás, ¿para qué evocar tanta pérdida. Tantas horas destinadas para nada.

Un día llegará en que lo resuelvas. 

Me queda el paisaje, no este, el otro, el de los buenos tiempos, los niños, el lugar, la tierra, los atardeceres, la silueta del caballo, el tapiz de margaritas. El jacarandá florecido, la resistente acacia, el tupido laurel, la fragancia del eucaliptal, la peculiaridad de los sauces eléctricos. Los ecos de las risas familiares. Todo menos tú que no mereces ni mi memoria.

 

© Diana Durán, 6 de abril de 2026

 

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