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MUCHACHA QUE ESPERA EN LA BOCA

 

 

Acuarela de Lola Frexas


MUCHACHA QUE ESPERA EN LA BOCA


La mañana entra luminosa por las persianas abiertas, aunque no termina de calentar el ambiente. En la esquina, el toldo del quiosco sobrevive a las tempestades del Riachuelo y protege los frascos de caramelos que nadie compra. Adentro manda la costumbre: la pava al mínimo; las galletas duras en la lata; la radio que apaga el silencio y el mate que se enfría lento. Desde el balcón bajo, las plantas que ella tanto cuida, desbordan las rejas para alcanzar la vereda.

Mira hacia el este, donde el cielo se torna oscuro, e ignora por qué él no ha vuelto. El tiempo pasa mientras se apoya contra el marco de la ventana hasta volverse parte del escenario; de esas paredes a la cal que no ocultan las grietas de La Boca.

En el encierro de su escritorio, la soledad no pesa como condena, sino como una niebla tibia. Es el único ambiente donde el papel en blanco deja de ser hostil. La muchacha escribe desde siempre; se ha ganado la vida haciéndolo. Sobre la mesa cubierta de hule se encuentran dos reproducciones que él le regaló: “La joven mártir” (1) flotando a la deriva con las manos atadas; y la mirada limpia de la pequeña hija de Rubens, arrebatada por la peste. Dos muertes quietas, dos ausencias que le hacen compañía. A ella que espera a quien aún no ha vuelto.

La radio enmudece un minuto y ese espacio hueco lo ocupa el barrio. Un bocinazo de barcaza entra desde la Vuelta de Rocha. El olor denso a marea y óxido trepa por las tablas del piso. La mártir del cuadro sigue flotando en su río limpio, intocable. El papel sobre la mesa continúa en blanco. No puede escribir ni su nombre.

La quietud se le vuelve insoportable, como si fuera una soga invisible. No logra redactar el artículo que debe entregar, pero tampoco puede persistir eternamente sentada sin que nada ocurra. Deja la lapicera sin tapar, se cubre con un abrigo viejo, baja rápido los escalones de madera y sale en busca de la orilla.

Al apoyarse en la baranda oxidada de la costanera, el aire la golpea con una mezcla de alquitrán, barro contaminado y gasoil viejo. El Riachuelo no tiene orilla playa ni barranca; solo murallones de cemento junto a barcazas carcomidas. Mira hacia abajo el agua aceitosa y brillante con la que el río tapiza el mediodía. No se parece en nada al azulado río Limay que corría entre rápidos quebrando los ocres de la estepa patagónica. Ellos lo supieron admirar durante los veranos que pasaron juntos entre sus campañas como marino. Aquel río había nacido helado en la cordillera y bajaba límpido hacia el valle frutal. En La Boca, en cambio, el río estaba cautivo como ella que siempre ha esperado el regreso del navegante.

El Riachuelo es para la muchacha un estanque sin consuelo. Clava la vista en una botella de plástico que gira en un remolino sucio y encalla contra un pilote en su lento trayecto hacia el Río de la Plata. Su dilatada demora se parece a esa corriente espesa: una fuente que no lava, que no apaga la sed y que permanece en la misma curva.

No hay desgarro. Solo la pesadez consabida de volver sobre sus pasos antes de que la pava se queme sobre la hornalla. Entonces, gira de espaldas al murallón y retoma la callecita de otoño, tibia y desierta. Un perro flaco, con la cabeza gacha, le adivina el paso lento y se suma a la deriva detrás de sus piernas. En las casas vecinas, detrás de los postigos entornados, nadie la ve pasar.

Al entrar, la pava todavía aguarda. El papel en blanco también. Prepara el mate y, sin pensarlo demasiado, toma la lapicera y escribe las primeras palabras. Apenas un gesto mínimo que quizá quiebre la inútil espera.

 

© Diana Durán, 5 de octubre de 2026



(1) Obra de Paul Delaroche, pintor francés romántico.

EN EL ENTORNO DEL CONGRESO

 

 

EN EL ENTORNO DEL CONGRESO

Así era nuestra adolescencia en pequeñas circunstancias de la vida cotidiana. Ana y Paula. Paula y Ana. Siempre juntas.

—¡Cuidado que te caés! —gritó Ana, aferrándose al caño, mientras el colectivo 12 frenaba en el semáforo de Córdoba y Callao. Apretadas en el fondo, las dos nos balanceábamos entre risas que contagiaban nuestra alegría a los cansados pasajeros.

—¿Escuchaste a la Rego?, “¡Porque mi abuelo Paul Groussac jamás toleraría este adefesio de redacción!”. Pobre Marta, terminó llorando a moco tendido en el primer banco— dije algo divertida.

—Peor fue la de Biología, “detrás del empapelado floreado, queridas mías, se ocultan alimañas” —le recordó Ana a Paula, secándose una lágrima de risa.

—“¡Si en un triángulo se traza una paralela…!” —recitamos a coro, zapateando los pasos marciales de la de Matemáticas, justo cuando el chofer frenaba frente a la Plaza Congreso.

Ese espacio era el escenario de múltiples acontecimientos nacionales. Allí se habían desarrollado debates y manifestaciones fundamentales de la historia argentina, como la despedida de Balbín a los restos de Perón, símbolo de reconciliación nacional en ese momento. Las chicas no se enteraban de estos hechos salvo por alguna conversación superficial de los padres. Pero como lo que explicaban en el colegio nunca se refería a los hechos contemporáneos, no comprendían los sucesos del siglo XX.

Bajamos entre empujones sobre Entre Ríos. El barrio nos envolvía: la cúpula verde del Congreso recortada contra el cielo del mediodía; el olor a café de los bares aledaños; el caminar acelerado de hombres y mujeres de traje; las ancianas vendedoras de maíz para las palomas.

Un mundo contrastado de política y vida cotidiana. Ese rincón de la ciudad, de arquitectura francesa, no era solo un espacio público; para nosotras se identificaba con un territorio de complicidad. La plaza donde, bajo añejas tipas, ceibos y jacarandás, intercambiábamos anécdotas y contábamos los días para que llegaran las fiestas de quince de los sábados.

Cumplíamos el trámite del almuerzo y desplegábamos la artillería de carpetas. Ana, fanática de las naturales; yo, de las sociales.

—Vos resumí lo de Geografía, Paula, que yo paso en limpio Biología —ordenó Ana, mirando de reojo el Atlas—, y agregó— ¿para qué quiero aprender los Cárpatos si nunca los voy a conocer?

—Algún día vas a entender la belleza de un buen mapa, Anita —le retruqué sonriendo—; mientras tanto, vos descifrá el teorema y después me lo explicás. Así, sin darnos cuenta, intuíamos nuestras futuras profesiones.

Todos los miércoles, a las seis en punto, corríamos al quiosco de la esquina. Con las monedas que juntábamos entre las dos volvíamos con Radiolandia y Antena bajo el brazo. Pegábamos en sendos álbumes los recortes de las vidas de Bredeston y Cárpena, Bebán y Lapacó; clasificábamos estrenos, peleas y reconciliaciones con el rigor metódico de pequeñas investigadoras fascinadas por el amor adulto.

Durante algunos de esos días habíamos visto gente reunida por distintas causas en la plaza, pero apurábamos el paso porque nuestros padres nos habían recomendado no meternos.

De noche, con el rumor de la calle filtrándose por la ventana, inventábamos el porvenir.

—Yo voy a tener tres hijos y me casaré con un médico —soñaba.

—Yo cuatro, Paula, y mi marido será arquitecto para que nuestra casa sea grande y cómoda —retrucaba Ana con firmeza.

Daba igual si pasábamos la noche en mi casa o en la suya: el murmullo de los colectivos se colaba entre los ventanales mientras soñábamos el futuro. Las risas sellaban la certeza de que, más allá de cualquier plan, lo único inamovible era nuestra amistad.

Cuando no dormíamos juntas, el vínculo mutaba en una triangulación telefónica: yo llamaba a Ana, Ana a Claudia, Claudia a mí. Aquel circuito era un mapa invisible de voces adolescentes. Hasta que un sábado implosionó.

—¡Alberto se le declaró a Ana en la fiesta del sábado! —me disparó Claudia.

El estómago me dio vuelta. Marqué de inmediato el número de Ana.

—¿Cómo no me lo contaste a mí primero?, ¿quién es tu mejor amiga?

—¡No me grites!, Claudia me acorraló, te lo iba a contar hoy.

—¡Sos una traidora! —le corté entre lágrimas.

El orgullo congeló la amistad. Se suspendieron las tardes de estudio y los paseos por la plaza. En la foto de fin de curso, Claudia escribió una despedida protocolar y gélida: “afectuosamente” y Ana, “para una amiga”. Lloré desconsolada.

Durante las décadas posteriores, el Congreso fue un hito de la historia del país; la Carpa Blanca, la crisis del 2001, el conflicto del campo, fueron algunas de las protestas multitudinarias. En algunas ocasiones, ambas habían participado sin encontrarse.

En 2015, la primera manifestación multitudinaria de “Ni una menos” nos reunió sorpresivamente después de muchos años. Entre los miles de personas convocadas, nos topamos sin proyectarlo en la plaza de la adolescencia. Ya éramos mujeres hechas y derechas, cuando la emoción tornó en un momento único los abrazos que sellaron el reencuentro.

La vida adulta nos había llevado por sus propios cauces: profesiones, matrimonios, hijos y nietos. El tiempo había limado todas las asperezas. La amistad en la adultez fue el broche de oro de aquella adolescencia compartida.

Hoy, cincuenta años más tarde, la geografía de la Plaza Congreso sigue intacta y continúa albergando, a veces con violencia, múltiples eventos de la sociedad.

Para nosotras, bastan miradas cómplices para volver a subir al 12, esquivando el tráfico de la avenida Callao y reírnos de las mismas cosas, al redescubrir aquella cartografía adolescente que nunca perdió su rumbo.

 

© Diana Durán, 28 de setiembre de 2026

 

EL PATIO INTERIOR

 


Fotografía: Diana Durán

EL PATIO INTERIOR

Miro las flores blancas del damasco tras el ventanal. La primavera se anuncia, pero el aire sigue helado, cinco a diez grados que calan hondo. El invierno nunca fue mi estación, pero por suerte el patio me cobija. Mi pequeño invernadero. Suena el timbre: los muchachos que cortan el pasto en la vereda. Les digo que sí por el portero; no tengo máquina ni ganas de ponerme a arrancar malezas. Ese pozo que dejaron al cambiar los caños de agua se va a llenar de yuyos otra vez. Los reclamos de los vecinos, los papeles y la hojarasca que el viento trae desde el parque.

Mientras los escucho trabajar, saco hojas amarillentas del cantero, toco los brotes nuevos. Espero que este año den flor. Las begonias de azúcar resistieron la helada. Mi patio es un vergel: carnosas, potus, palos de agua con distintos tonos de verde se entremezclan. En verano el calor aquí será insufrible, pero ahora es un remanso. Dicen que El Niño ya empezó a sentirse: granizo imprevisto, neviscas extrañas, tardes templadas de veinte grados y cuando el sol baja un poco, el frío irrumpe. Sigo acá, acomodando vasijas, aunque el frescor no me deje sentar en los sillones de hierro a tomar mate o leer.

Las primeras canas vinieron con mi hija mayor, y van años y años de teñirme. Esta tarde me pasaré la tintura. Revuelvo la tierra de este cantero para que respire. La maceta de cemento con varios potus quedó perfecta; al podar el ficus trepador las raíces encontraron aire. Por lo menos así no entran los ciempiés. Menos mal que no metí lazos de amor que colonizan todo. Hoy temprano saqué las piedras de viaje de las macetas y las acomodé en el plato de cerámica azul. Tienen otra vista allí. Me recordaron itinerarios pasados.

Miro la escalera hacia la calle. Esos escalones angostos. Cada vez los bajo con más cuidado, afirmándome del caño. A mis hijas les preocupa. El timbre otra vez: terminaron. Tengo que controlar que no me dejen montones de ramas ni bolsas abiertas. Pero antes debería cortar la fruta: arándanos, frutillas, algunas uvas; con eso resuelvo el postre de hoy y mañana.

Quisiera quedarme un rato más en mi patio soleado, pero en el escritorio me esperan las correcciones de los trabajos finales. Aunque no me pagan más por ser exhaustiva, no sé hacerlo de otra forma. Enjuago las tazas rotas que uso de maceta para las suculentas. Cada una es un mapa: la del globo terráqueo que me dieron las chicas de cuarto año; la del hornero, que me compré en una feria; la de guarda geométrica, que ya no recuerdo quién me regaló. Las de cerámica colgantes de Villa Ventana son las más lindas. Este año tengo que volver y alquilar por unos días esa cabaña cerca del arroyo Las Piedras.

Leo la inscripción en una de las tazas: “te regalo una estrella para que se cumplan todos tus deseos”. Qué lejano suena. Mi único deseo es que mis hijas vengan a tomar el té y sacar la vajilla de porcelana como hacía mamá. Pero las distancias… Cada una armó su vida en una ciudad distinta. “Estamos invitados a tomar el té, la tetera es de porcelana…”, tarareo bajito para espantar la melancolía. Mi casa segura y este rincón que armé a mis sesenta y pico, después de tanto andar. Vuelvo los ojos al damasco. Quisiera cortar una rama florecida para ponerla en la mesa, pero sé que en el florero no durará ni un día.

Me haría falta otra maceta de barro cocido para agrupar las suculentas, lucen mejor juntas. Los pájaros de madera que tanto me gustan: el tucán colgante, el carpintero en madera de Misiones, los jilgueros de Mina Clavero. No tienen forma de jilguero, pero el artesano me lo juró y me dio gracia creerle.

El timbre insiste, dejo lo que estoy haciendo. Apuro el paso. El pie se me resbala en el borde del tercer escalón. El golpe seco contra el canto, el crac sordo en la cadera y un dolor caliente que me corta el aire. Quedo tendida, inmóvil en el piso frío. Afuera siguen tocando el timbre. A través del vidrio, recortadas contra el cielo azul, las ramas blancas del damasco ni se mueven.


Diana Durán, 14 de setiembre de 2026

 

CARTOGRAFÍA DEL OLVIDO

 




CARTOGRAFÍA DEL OLVIDO


Te preguntarás por qué el abismo, por qué no vuelve, dónde está. Tras el pocillo de café caliente te responderás que quizá lo habías idealizado. Que ya no volverás a ver aquella risa forzada, aquella mirada de cristal.

Te sentarás en el bar La Paz, en esa esquina de Corrientes que alguna vez fue refugio, y esperarás su inútil regreso mientras el murmullo de la avenida se estrella contra el vidrio. Afuera, los colectivos transitarán como bólidos metálicos, los artesanos ofrecerán sus obras, y las luces de neón parpadearán en las viejas marquesinas.

Tus pensamientos vagarán por el asfalto gastado, por las baldosas que conocen el paso de los agitados transeúntes. Tus rabias se esfumarán tras las nubes de un recuerdo en el que buscarás el abrigo estéril. Divagarás por las mesas vecinas donde los estudiantes debaten teorías vagas, o en los estantes de alguna librería de Montevideo donde coincidían en aquellas tardes felices. No es el lugar donde buscarlo; tampoco donde sobrevivir.

Sus huellas te acompañarán en ensueños baldíos, confundidas con los destellos de los teatros. La ciudad se volverá un mapa de ausencias: cada esquina, cada bar, cada librería será un recordatorio de lo que ya no está.

Escribirás un poema. Allí reflejarás sus aventuras por los bares del centro y tu absurdo trasnochar para encontrarlo en la marea de desconocidos. Repasarás los mensajes, las miradas, los contactos, los besos. Querrás que el espejo del fondo del local te devuelva su figura, pero el cristal gastado no te entregará nada. Solo el reflejo de las persianas bajas de la vereda de enfrente. Cerrarás tus párpados y negarás la esperanza.

La tristeza te invadirá. Querrás desaparecer, morir. Estallar como una pompa de jabón; detener el día para que sea noche y dormir. Te suspenderás en el espacio: serás una nube cósmica sobre la ciudad; una gota de rocío pronta a disolverse en el cemento; una baldosa rota por el paso de la gente; una hoja que vuela sobre el suelo de la plaza.

La ciudad misma te absorberá: Corrientes será un río interminable de luces y sombras; Montevideo, un pasillo de ecos vanos; el Paseo de la Plaza, un páramo de vidrieras de los locales.

Espejismo. Niebla. Estela. Desierto. Todo porque él ya no regresará.


© Diana Durán, 13 de julio de 2026

 

LA ÚLTIMA VUELTA DE LA NIÑA

 


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LA ÚLTIMA VUELTA DE LA NIÑA

 

Dije las calesitas, noria de los domingos,
y el paredón que agrieta la sombra de un paraíso,
y el destino que acecha tácito, en el cuchillo…

Versos de catorce. Luna de Enfrente. Jorge Luis Borges (1925)

 

Ella se sentía una princesa, montada en corceles coloridos, cisnes enamorados y erguidas barras que la invitaban a la aventura de una vuelta más en la descolorida calesita de su ciudad natal.

Tenía una extraña postura de princesa, mirada vacía, cabello fino, pero profunda tristeza.

El oscuro empapelado de la pared cercaba la foto de la pobre niña sentada en el sillón, sin esperanza.

Hadas misteriosas acompañaron su sueño. Auroras boreales disipaban su imagen.

 

Así era su destino de muchacha, aquella que caminaba por las calles otoñales de La Boca.

Un perro flaco la seguía con la cabeza gacha.

Ni siquiera el árbol raído le daba sombra.

 

En la noche deliraba.

Duendes imaginarios transitaban el bosque umbrío.

Senderos intrincados extraviaban su rastro.

Oscuridades inciertas la envolvían.

 

 

Ella abrazaba el osito de felpa y lloraba.

Soñó con dos torcazas en una rama, frente a su casa, tras el vidrio de la ventana: último presagio y esperanza. 

Nadie la vio.

 

El atardecer del barrio y la plaza quedaron truncos aquel día en que el destino la acechó.



Diana Durán, 8 de junio de 2026

Dedicado a todas las Agostinas

 

PLEAMAR

 


    |                                                                        Fotografía. Diana Durán

PLEAMAR

Dalma iba todos los años junto a su familia a Mar del Plata. Sus padres habían comprado una cabaña pequeña pero cómoda en un barrio cercano a la playa de Los Acantilados. A diferencia del resto de los jóvenes que abarrotaban el centro, a ella le gustaba la calma de ese lugar. Amaba el mar, pero, sobre todo, la soledad que le ofrecía.

Usualmente bajaba con sus padres a las diez de la mañana. A las doce, cuando el sol empezaba a irritar, ellos regresaban a la cabaña para almorzar y ya no volvían. Dalma, en cambio, esperaba a que la tarde cayera. Era ágil como una gacela; bajaba las escaleras de las barrancas y los senderos de greda con una soltura inusual. Buscaba siempre un rincón alejado, allí donde las paredes del suelo acantilado la protegían del viento, y se tiraba en la arena a tomar el sol que ya no quemaba. Muchas veces se internaba entre las rocas costeras y contemplaba a las gaviotas que se posaban en la playa para luego remontar vuelo. Conocía cada retazo de ese sitio agreste.

Esa tarde repitió el ritual. Extendió la amplia lona de guardas azules y naranjas, regalo de una amiga, y acomodó la matera, las cremas y el libro. Leía El caso de Alaska Sanders, último thriller que había comprado, sin la atención acostumbrada. Mientras leía, su interés divagaba entre las páginas y el entorno: la bandada de gaviotas que planeaba al ras del agua, la trama de la arenilla entre sus dedos, un par de surfistas que desafiaban las olas de la tarde. Se sentía en perfecta armonía, mimetizada con el paisaje.

Pasadas las cinco, sintió la pulsión de caminar. Para Dalma era una forma de pensar. Juntó sus bártulos y se internó entre los acantilados, sorteando las rocas que conocía como la palma de su mano. El día, inusualmente cálido, la invitó a ir más allá de sus límites habituales. Encontró una cala de arena entre dos barrancas, un pequeño escondite encajonado entre las paredes verticales. El arrullo de las olas y el cansancio del día la envolvieron en una modorra placentera. Se recostó sobre un recodo tibio y, sin planearlo, se quedó adormilada.

Cuando abrió los ojos, el paisaje había cambiado de color. El sol ya se había ocultado, dejando un resplandor violeta. El frío le calaba los huesos. Pero lo que la hizo reaccionar fue el rugido del agua tan cercano. Demasiado.

La marea alta había avanzado y devorado la pequeña playa. El agua estallaba contra la base de las rocas. Por primera vez en su vida, Dalma sintió que el lugar le era ajeno.

Buscó el sendero oculto por el que había entrado, pero solo vio espuma blanca entre las rocas. Aunque intentó trepar por la pared del acantilado, los estratos se desmoronaban como arena seca. Miró hacia arriba, calculó que la cima de la barranca estaba a diez metros de altura, inalcanzable sin escaleras. El mar avanzaba unos centímetros con cada ola. Ya le llegaba a los tobillos.

Dalma respiró hondo e intentó calmar los latidos de su corazón. Recordó los thrillers que leía: el pánico era el mejor amigo de la muerte. Miró el agua embravecida, revisó la pared de tierra que la confinaba, y comprendió que la agilidad de la que tanto se jactaba iba a ser su única oportunidad de supervivencia. Clavó las uñas en la pared terrosa y empezó a subir.

 

  © Diana Durán, 1 de junio de 2026

PATIO DE MI INFANCIA

 


Imagen creada con IA

PATIO DE MI INFANCIA

… El patio es el declive
por el cual se derrama el cielo en la casa.

Un patio. Fervor de Buenos Aires.
Jorge Luis Borges

 

El patio de mis abuelos, luminoso y sereno, con la escalera empinada hacia el desván misterioso y la confusión de trastos viejos. Mi hermano y yo nunca supimos qué hacían allí tantos muebles apilados junto a la incierta mixtura de cajas de cartón. De pequeños no nos atrevíamos a entrar, solo espiábamos desde la puerta.

La terraza ardía en los eneros, alquitrán derretido bajo el sol. En un rincón, una vieja cocina desechada que para nosotros era nueva, porque adornábamos las paredes que la rodeaban pintándolas con tizas de colores. Allí cocinábamos, en una olla negruzca, las hojas arrancadas del fresno, el árbol que abrazaba el muro que daba a la calle.

En una esquina de la planta baja, el baño con su peligroso calefón eléctrico. En la pared lateral, las puertas de las habitaciones en galería. Al frente, la entrada con un mueble estrecho, perchero y guarda paraguas, flanqueado por sillones torneados de madera oscura.

Bajo un farol nos reuníamos en festín dominical: ravioles caseros y vino con soda. Seis voces hablando a la vez —abuelos, padres y pequeños hijos— alrededor de la comida que la abuela preparaba en su cocina mínima. No sé cómo lo lograba con tan poco espacio y recursos.

Bajo el cielo de Belgrano, el paraíso de mi infancia.

 

 

Hoy reproduzco ese patio en el mío, muchos años después. Entre plantas modernas y artesanías de viaje, me descubro pensando en la heladera de hielo, la cocina de hierro, las ollas de aluminio. Objetos humildes que son símbolos poderosos de aquella infancia dorada.

Me siento feliz en mi patio porque me trae el recuerdo de mi abuela y su cocina. Aunque no hornee como ella —sería imposible hacerlo—, su ternura, como raro sortilegio, templa mi cuerpo. La escucho todavía, como si me insistiera en un domingo cualquiera. Dianina, vení, que ya están los scones con manteca. Apurate, después jugaremos a las visitas.

 

© Diana Durán, 4 de mayo de 2026

UNA NUEVA VIDA

 


Barrio de Villa Giardino. Google Maps

 

UNA NUEVA VIDA

Compramos el terreno más hermoso que uno pueda imaginar: casi una hectárea en Villa Giardino, localidad de las sierras cordobesas. Allí soñamos residir desde el año próximo. Siempre imaginamos salir de la gran ciudad que nos agobia con sus problemas, aunque admitimos sus beneficios. Así es nuestra Córdoba capital, la docta, colonial y moderna a la vez. La conocemos y la sufrimos. Pero a esta altura de la vida Raúl y yo necesitamos otra historia. Por eso construimos una pequeña casa, la piedra fundamental de un proyecto mayor que sumará más habitaciones; y una cabaña que, en un año, no más, nos dará renta y equilibrio porque ambas jubilaciones no son elevadas.

Lo pensamos todo: un living-comedor-cocina integrado; un dormitorio amplio con vista a las sierras; otro más para cuando vengan nuestros hijos; un baño luminoso y una galería orientada como para recibir la luz del día y contemplar el cielo diáfano de la noche. El dinero de la venta de nuestra casa de Córdoba, sumado a los ahorros, han alcanzado para comprar y edificar. Los muebles y adornos que nos acompañaron durante treinta años de casados quedarán muy bien en los distintos ambientes. Lo que sobra se venderá.

La prole no quiere que nos mudemos. Mamá, ¿qué sentido tiene? Están grandes; ¿y si alguna vez tenemos que cuidarlos?; van a estar muy lejos, reprochó nuestra hija el domingo pasado. Ese lugar no tiene el mismo valor que la casa en la ciudad; además, borran de un plumazo todos nuestros recuerdos, agregó con recelo el varón. Son unos egoístas: miran solo su ombligo, le sugiero a Raúl y dejamos que pase el enojo sin inmutarnos. Decidimos concentrarnos en el proyecto sin escuchar a los que se oponen. Nos sentimos renovados.

La construcción avanza, ya está casi lista para mudarnos. Mientras tanto, gracias a los nuevos dueños, nos quedamos en la casa que vendimos. Celebramos con amigos una cena de despedida: algunos nos apoyan, otros nos miran con recelo. Están grandes para semejante aventura, nos advierten. Hablan del sistema de salud, de la conexión a Internet, del aislamiento. Nosotros respondemos que Villa Giardino es tranquila, con calles arboladas, arroyuelos cercanos y un magnífico entorno serrano. Nos llaman hippies de los sesenta. Igual que nuestros hijos, calcados. Reímos cuando se van, coincidiendo en la envidia de hijos y amigos frente a nuestra determinación. Ya quisieran, le comento a Raúl mientras nos acostamos. Él asiente mientras vuelve a su libro.

 

El chalet está terminado. Se sitúa en la calle Agua Buena, nombre que desde un principio nos reveló que estábamos en el camino ideal. Nadie que viva en un lugar con ese nombre la puede pasar mal, es una fija, declaro feliz. Raúl aprueba todo lo que comento, aunque a veces pienso que ni me escucha, pero él es así. La partida es abrumadora: mudarse nunca es fácil, menos aún con los reproches de los hijos persiguiéndonos. Se van a arrepentir; no podremos visitarlos seguido; en Punilla no hay suficiente equipamiento médico, repiten ambos como una letanía. Nosotros dejamos que chillen como pequeños porque estamos convencidos de que intentan frenar nuestro destino dichoso. Decidimos concentrarnos en el proyecto que nos renueva cuando nadie se opone.

 

 

Ya instalados, cansados pero contentos, plantamos tres árboles: un cerezo, un nogal y un arce. También flores alrededor de la casa. Mientras tanto seguimos planeando la cabaña que será nuestra renta. La conexión inalámbrica funciona relativamente bien.

Poco a poco se van cumpliendo nuestros deseos. Vivimos tranquilos, hacemos excursiones, no nos agobia el calor ni el frío de la ciudad. Tampoco los ruidos que nos abrumaban. Nos alejamos de las concentraciones y los atascos. Hasta nuestra salud mejora, la presión de Raúl se equilibra, mi dieta avanza a pasos agigantados. Dormimos como lirones, comemos saludable, nos relacionamos con vecinos serviciales y jóvenes del “Camino de los Artesanos”. Quizás empecemos algún pequeño emprendimiento cuando estemos más afianzados.

Lo único que nos extraña es el alejamiento de los chicos. No vienen a pesar de las invitaciones; siempre están ocupados. En nuestras conversaciones recordamos con nostalgia, pero a la vez con alegría, los cumpleaños, las fiestas cuando se recibieron, la alegría de los primeros trabajos y las tristezas cuando sufrían alguna enfermedad, aunque fuera intrascendente o algún conflicto amoroso. ¿Será que trabajamos mucho y no estuvimos suficientemente presentes?, le pregunto a Raúl. Me responde, hemos estado lo que pudimos y cuando pudimos, no des más vueltas al asunto.

 

 

 

Esta mañana un trueno nos sorprendió. La lluvia arreciaba, parecía una tormenta veraniega, pero se iba intensificando. Un rayo cayó cerca, demasiado cerca. Parte del chalet se vio afectado: el techo de la galería recibió algunas chispas y los materiales de la cabaña quedaron dañados por un incendio menor. El susto fue enorme. Con ayuda de los vecinos y los bomberos voluntarios pudimos apagar el fuego. Aunque la pérdida fue muy dolorosa, la casa no fue sido alcanzada en el interior.

Hoy, exhaustos pero firmes, nos levantamos muy temprano. El cerezo, el nogal y el arce siguen allí, inclinados por las ráfagas, pero sobrevivientes. Los enderezamos, reforzamos sus tallos y quedamos tranquilos. El aire huele a pasto mojado y a madera quemada. Nos miramos confiados. Sentimos un nuevo comienzo.

Nuestros hijos insisten en que volvamos a la ciudad. Nos reprochan nuestra falta de afecto hacia ellos. Insisten en los peligros del lugar. Nosotros respondemos que no: este sitio nos pertenece, con sus riesgos y su belleza. La calle Agua Buena nos recuerda cada día que elegimos el mejor camino.         

Reparamos lo dañado, reconstruimos lo perdido y seguimos adelante. La casa será más sólida, la cabaña se construirá con un poco de retraso, pero lo haremos. Plantamos varios árboles autóctonos cercanos a ella. Cada nuevo brote nos vuelve más esperanzados.

 

Aquí estamos, meses después. La vida, entre sierras y arroyos, nos regala lo que buscábamos: serenidad, contacto con la naturaleza y la certeza de que la felicidad no depende de la comodidad, sino de la decisión de vivir según nuestros anhelos.

Todas las noches salimos al jardín donde el cielo iluminado por las estrellas es un techo infinito. Aprendemos que incluso los fenómenos tormentosos pueden ser parte de la nueva vida que decidimos y que no todo depende de la comodidad, sino de la decisión de afincarnos según nuestros ideales.

Todas las noches, desde que llegamos a este edén, cuando nos vamos a dormir nos miramos apenados y nos consolamos al revelar nuestros sentimientos más caros: nuestros hijos y amigos ya volverán…


Diana Durán, 20 de abril de 2026

LA MEMORIA DEL AVE

 


 

 

Paisaje correntino. Fotografía: Héctor Correa

 

LA MEMORIA DEL AVE


Nuestro proyecto era ir a Corrientes, para, desde allí, visitar varios lugares del Nordeste y, en especial, los vastos Esteros del Iberá. De cada viaje acostumbro a llevarme algo, una artesanía, una nadería, de este esperaba muchos recuerdos dada la importancia de la cultura local.

El paisaje nos deleitaba y no pasaron muchos kilómetros desde nuestro ingreso a la provincia por la ruta doce cuando comenzamos a divisar bañados y lagunas donde las aves del litoral nos atraían con sus picos raros y plumajes brillantes. Divisamos al chajá, al biguá, garzas, pollonas, hasta varios martines pescadores de diversos tamaños y los fotografiamos en sus ambientes acuáticos. Una delicia para nuestros hábitos naturalistas.

Así llegamos a Goya, tierra de mis ancestros, mi abuela materna y sus antecesores. Le propuse a mi esposo entrar a la ciudad pues no nos íbamos a desviar mucho para llegar al destino intermedio en la capital provincial.

Goya es la segunda ciudad más poblada de la provincia a orillas del río Paraná. Le dicen la "Capital Nacional del Surubí" por su famoso festival de pesca, pero no era época. Es una ciudad con fuerte herencia colonial e inmigrante, con una arquitectura particular, el teatro más antiguo del país y la paradisíaca Isla de las Damas.

Solo recorrer sus calles me hacía volver a la infancia en la que supe ir con mi familia a la casa de mi abuela donde pasábamos largas temporadas en la vieja casona de Caá Guazú y Pedro Goyena en sus incontables habitaciones que guardaban tabaco. Para mi mente infantil ese lugar había resultado mágico por su abigarrado patio interior, el eco del aljibe y la frescura del limonero y el árbol de quinotos. Allí la abuela sentada en un viejo sillón de paja nos relataba los cuentos locales más asombrosos y atrayentes para nosotros. Nos contaba sobre el genio protector del Pombero, dueño de los pájaros y el sol y señor de la noche; el temible Lobizón, flaco y enfermizo; o las apariciones de la virgen de Itatí, símbolo de fe y esperanza para los correntinos.

Dejamos atrás el encanto de los recuerdos goyanos y desde allí avanzamos por la ruta veinticuatro para luego empalmar por la nacional ciento veintitrés hasta Mercedes, en el centro provincial.

Mientras accedíamos al Portal Laguna Iberá, camino a los esteros, nos detuvimos bajo un sauzal a reposar un poco. Fue entonces cuando vi un ave increíble, posada en un junco, con el plumaje dorado encendido por el sol. Su canto no era un trino, sino un llamado profundo, como si pronunciara una palabra que yo debía recordar. Le pedí a mi esposo que la fotografiara, pero la lente se empañaba y cuando lograba enfocar el lugar que yo le indicaba, la imagen se borraba. Él aseguraba que no veía más que garzas y chajás. Yo, en cambio, no podía apartar la vista de aquella criatura inverosímil, que al batir sus alas en un momento dejó en el aire una estela luminosa, como un secreto destinado solo para mí.

Más tarde, al evocar su trino, decidí que le debía dar un nombre especial. La llamé Ñeembucú que en guaraní significa “palabra escondida”, porque nadie más la había visto ni oído, y su aparición parecía destinada a permanecer en el silencio de mi memoria.

Al día siguiente, al adentrarnos en los esteros sin excursión porque queríamos disfrutarlos solo para nosotros, la misma ave mágica reapareció al atardecer y otra vez únicamente yo pude verla y oírla.

Esta vez no cantó, sino que susurró y para mi asombro su voz era igual a la de mi abuela, la misma que me narraba las historias del Pombero y del Lobizón en la casa de Goya. Me llamaba por mi nombre y fusionando con suavidad sus palabras con mi emoción, me dijo:

─Querida, aquí estoy, en mi lugar. Solo tú me verás siempre que te acerques con tanto cariño.

Entonces comprendí que el Ñeembucú no era solo un pájaro imposible, sino la encarnación de aquellas palabras pretéritas y amorosas que la abuela había sembrado en mi infancia. El ave dorada llevaba en su canto la historia de la casa de Goya, de su patio y sus frutos. Mi esposo no la vio, pero aceptó mi relato de que en su vuelo se mezclaban la fe, la magia y la ternura de aquella infancia feliz que nunca se perderían.

Así comprendí que aquel viaje no me había regalado una artesanía ni una nadería, sino un tesoro personal: la certeza de que las palabras y los relatos de mi abuela seguían escondidas en el territorio, protegidas por el ave mágica. Estaba segura de que cada vez que regresara a Corrientes, no buscaría recuerdos materiales, sino la huella de aquel asombroso pájaro ilusorio.


© Diana Durán, 30 de marzo de 2026

UNA SOMBRA YA PRONTO SERÁS

 




Café en París. Barrio Latino. Fotografía de Lutgarde Creemers.

UNA SOMBRA YA PRONTO SERÁS (1)

 

Pablo conoció a Marcela en un baile del club Comunicaciones de Villa del Parque. Habían coincidido durante carnaval en uno de los tradicionales “ocho bailes ocho” de la década del sesenta. Ella se había puesto una minifalda roja con medias estampadas, remera ajustada y botas largas de cuero blanco. Así vestida parecía una modelo. Era su primer baile en un club. Él era un joven que poco frecuentaba esos ambientes, pero la casualidad quiso que ese día acompañara a un amigo. Marcela, con apenas dieciocho años, se movía con gracia y sensualidad. La sacó a bailar al son de la orquesta tropical en la pista cubierta de serpentinas y papel picado. Intercalaron rápidos y lentos toda la noche. Habían coincidido en el club a través de amigos en común y la cercanía de sus casas.

Marcela recién había terminado el secundario; él ya estaba en cuarto año de ingeniería. Esa misma noche quedaron cautivados uno del otro, lo que provocó que no se volvieran a separar, quizás por la juventud de ella o la intelectualidad de él, o a pesar de las diferencias.

Un año después de aquel encuentro, despedida amorosa mediante, Pablo viajó a París gracias a una beca del INTI (2). Marcela, en cambio, permaneció en Buenos Aires y comenzó sus estudios de letras. Pablo alquiló un diminuto estudio en la Rue des Lyonnais, en pleno Barrio Latino. Las paredes descascaradas y la ventana angosta daban a un patio interior del que brotaban voces en distintos idiomas. El joven no se acostumbraba a la Torre de Babel parisina, pero la soportaba estoicamente. Sin embargo, la beca marchaba sobre ruedas.

El verano posterior a su partida, Marcela lo visitó gracias a que sus padres le solventaron un viaje de egresada postergado. Juntos vagabundearon por el bulevar Saint-Germain; las callejuelas del Barrio Latino, la Rue de Rivoli, la Mouffetard, la Montorgueil y la zona de Montmartre; además de las orillas del Sena con sus famosos libreros. Pasaron horas en los cafés, rodeados de estudiantes y artistas que discutían sobre política, cine y literatura.

Pero más allá de calles y cafés, los unía la circunstancia de estar descubriendo el mundo de la mano del otro. París había conspirado para vincularlos, pensaban ambos, con un sentimiento único. Esa breve convivencia tuvo matices románticos, como si la ciudad les ofreciera un escenario distinto, aunque efímero por la corta estadía de ella.

Marcela tuvo que volver a Buenos Aires para continuar sus estudios. Pablo siguió con su vida parisina austera, pero muy productiva en lo académico. Lo solventaban la beca y algún trabajo ocasional de cálculos ingenieriles.

La distancia hizo que comenzaran los intercambios epistolares. Las cartas se convirtieron en un puente frágil: iban y venían entre Barrio Latino y Villa del Parque, cargadas de recuerdos compartidos y algunas promesas inciertas por parte de Pablo. Marcela no sabía si su pareja se iba a quedar en París o volvería a Buenos Aires. Con el tiempo aparecieron ciertos reproches velados. A veces ella retrasaba a propósito el envío, en otras ocasiones no respondía, y en ese vacío crecían las dudas: el amor ensombrecido por la incertidumbre y la lejanía.

Marcela se quedaba en La Farola de Villa del Parque, los apuntes abiertos en la mesa. Afuera, el bullicio barrial; adentro ella pensaba en Pablo y en las cartas que intercambiaban. Su vida seguía hecha de rutinas conocidas, mientras él habitaba un mundo lejano. A veces dudaba si la espera era amor o simple resignación.

La imagen de Marcela se fue deteriorando ante los ojos de Pablo. Sus cartas, primero muy cuidadas, empezaron a mostrar reservas y espacios que él no lograba descifrar. Ella sentía que él tenía demasiadas oportunidades en París, mientras su destino perduraría en Buenos Aires sin su compañía. La joven solía soñar con el encuentro en el club Comunicaciones. Ese recuerdo la hacía esperanzar, pero entonces urdía con tristeza una historia sin fin destinada a cruzar el océano una y otra vez, sin encontrar nunca el equilibrio.

París se volvía un fantasma que ocupaba para Marcela más espacio que Pablo mismo, y empezaba a preguntarse si esperar era vivir o apenas aplazar la despedida.

Cuando Pablo regresó a Buenos Aires luego de dos años de beca, la ciudad lo recibió con un aire familiar y cálido. Volvió a caminar por Villa del Parque, a encontrarse con viejos amigos y a revivir las costumbres porteñas. Para Marcela, ese regreso fue una mezcla de alegría y desasosiego: lo esperó enamorada, pero también con la sensación incierta de que pronto volvería a partir. Una sombra cubría su destino con él.

Ella había construido su vida en Buenos Aires, entre la facultad, las amistades de siempre y las tardes en cafés porteños. Su mundo estaba allí, en los itinerarios que conocía de memoria. Pablo, en cambio, traía consigo relatos de distintos distritos parisinos, de profesores distinguidos, de debates permanentes en los pasillos de la universidad, de oportunidades que parecían multiplicarse. Solo le hablaba a Marcela de proyectos de investigación y futuros viajes. Ella sentía que su horizonte era estrecho, marcado por un porvenir fortuito. Las diferencias se colaban como una cuña en los silencios que se sucedían.

Pablo tuvo múltiples propuestas. En especial, se planteó la continuidad de su trabajo de becario, pero como investigador en la Universidad de Córdoba. Marcela sintió otra vez que él decidía partir, fuera en el exterior o dentro del país. Si bien se apagaban las luces distantes de París y renacían las esperanzas de tener a su pareja más cerca, la sensación era que él siempre estaría lejos.

 

 

La tarde en que Pablo tomó el pasaje hacia el interior para resolver su futuro trabajo, Marcela lo acompañó hasta el andén. Se abrazaron y besaron como siempre.  Sin embargo, lo vio partir como una sombra que se alejaba. Lo percibió inaccesible, casi remoto, entre el gentío que desvanecía su silueta. No hubo promesas: el tren se llevó a Pablo y con él, la certeza de que la historia había terminado. Así lo decidió Marcela de una vez por todas.

Diana Durán, 16 de marzo de 2026

 

 



(1) Título del libro de Osvaldo Soriano. Grijalbo. 1990.

(2) Instituto Nacional de Tecnología Industrial. Argentina.

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