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LA ÚLTIMA VUELTA DE LA NIÑA

 


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LA ÚLTIMA VUELTA DE LA NIÑA

 

Dije las calesitas, noria de los domingos,
y el paredón que agrieta la sombra de un paraíso,
y el destino que acecha tácito, en el cuchillo…

Versos de catorce. Luna de Enfrente. Jorge Luis Borges (1925)

 

Ella se sentía una princesa, montada en corceles coloridos, cisnes enamorados y erguidas barras que la invitaban a la aventura de una vuelta más en la descolorida calesita de su ciudad natal.

Tenía una extraña postura de princesa, mirada vacía, cabello fino, pero profunda tristeza.

El oscuro empapelado de la pared cercaba la foto de la pobre niña sentada en el sillón, sin esperanza.

Hadas misteriosas acompañaron su sueño. Auroras boreales disipaban su imagen.

 

Así era su destino de muchacha, aquella que caminaba por las calles otoñales de La Boca.

Un perro flaco la seguía con la cabeza gacha.

Ni siquiera el árbol raído le daba sombra.

 

En la noche deliraba.

Duendes imaginarios transitaban el bosque umbrío.

Senderos intrincados extraviaban su rastro.

Oscuridades inciertas la envolvían.

 

 

Ella abrazaba el osito de felpa y lloraba.

Soñó con dos torcazas en una rama, frente a su casa, tras el vidrio de la ventana: último presagio y esperanza. 

Nadie la vio.

 

El atardecer del barrio y la plaza quedaron truncos aquel día en que el destino la acechó.



Diana Durán, 8 de junio de 2026

Dedicado a todas las Agostinas

 

PLEAMAR

 


    |                                                                        Fotografía. Diana Durán

PLEAMAR

Dalma iba todos los años junto a su familia a Mar del Plata. Sus padres habían comprado una cabaña pequeña pero cómoda en un barrio cercano a la playa de Los Acantilados. A diferencia del resto de los jóvenes que abarrotaban el centro, a ella le gustaba la calma de ese lugar. Amaba el mar, pero, sobre todo, la soledad que le ofrecía.

Usualmente bajaba con sus padres a las diez de la mañana. A las doce, cuando el sol empezaba a irritar, ellos regresaban a la cabaña para almorzar y ya no volvían. Dalma, en cambio, esperaba a que la tarde cayera. Era ágil como una gacela; bajaba las escaleras de las barrancas y los senderos de greda con una soltura inusual. Buscaba siempre un rincón alejado, allí donde las paredes del suelo acantilado la protegían del viento, y se tiraba en la arena a tomar el sol que ya no quemaba. Muchas veces se internaba entre las rocas costeras y contemplaba a las gaviotas que se posaban en la playa para luego remontar vuelo. Conocía cada retazo de ese sitio agreste.

Esa tarde repitió el ritual. Extendió la amplia lona de guardas azules y naranjas, regalo de una amiga, y acomodó la matera, las cremas y el libro. Leía El caso de Alaska Sanders, último thriller que había comprado, sin la atención acostumbrada. Mientras leía, su interés divagaba entre las páginas y el entorno: la bandada de gaviotas que planeaba al ras del agua, la trama de la arenilla entre sus dedos, un par de surfistas que desafiaban las olas de la tarde. Se sentía en perfecta armonía, mimetizada con el paisaje.

Pasadas las cinco, sintió la pulsión de caminar. Para Dalma era una forma de pensar. Juntó sus bártulos y se internó entre los acantilados, sorteando las rocas que conocía como la palma de su mano. El día, inusualmente cálido, la invitó a ir más allá de sus límites habituales. Encontró una cala de arena entre dos barrancas, un pequeño escondite encajonado entre las paredes verticales. El arrullo de las olas y el cansancio del día la envolvieron en una modorra placentera. Se recostó sobre un recodo tibio y, sin planearlo, se quedó adormilada.

Cuando abrió los ojos, el paisaje había cambiado de color. El sol ya se había ocultado, dejando un resplandor violeta. El frío le calaba los huesos. Pero lo que la hizo reaccionar fue el rugido del agua tan cercano. Demasiado.

La marea alta había avanzado y devorado la pequeña playa. El agua estallaba contra la base de las rocas. Por primera vez en su vida, Dalma sintió que el lugar le era ajeno.

Buscó el sendero oculto por el que había entrado, pero solo vio espuma blanca entre las rocas. Aunque intentó trepar por la pared del acantilado, los estratos se desmoronaban como arena seca. Miró hacia arriba, calculó que la cima de la barranca estaba a diez metros de altura, inalcanzable sin escaleras. El mar avanzaba unos centímetros con cada ola. Ya le llegaba a los tobillos.

Dalma respiró hondo e intentó calmar los latidos de su corazón. Recordó los thrillers que leía: el pánico era el mejor amigo de la muerte. Miró el agua embravecida, revisó la pared de tierra que la confinaba, y comprendió que la agilidad de la que tanto se jactaba iba a ser su única oportunidad de supervivencia. Clavó las uñas en la pared terrosa y empezó a subir.

 

  © Diana Durán, 1 de junio de 2026

PATIO DE MI INFANCIA

 


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PATIO DE MI INFANCIA

… El patio es el declive
por el cual se derrama el cielo en la casa.

Un patio. Fervor de Buenos Aires.
Jorge Luis Borges

 

El patio de mis abuelos, luminoso y sereno, con la escalera empinada hacia el desván misterioso y la confusión de trastos viejos. Mi hermano y yo nunca supimos qué hacían allí tantos muebles apilados junto a la incierta mixtura de cajas de cartón. De pequeños no nos atrevíamos a entrar, solo espiábamos desde la puerta.

La terraza ardía en los eneros, alquitrán derretido bajo el sol. En un rincón, una vieja cocina desechada que para nosotros era nueva, porque adornábamos las paredes que la rodeaban pintándolas con tizas de colores. Allí cocinábamos, en una olla negruzca, las hojas arrancadas del fresno, el árbol que abrazaba el muro que daba a la calle.

En una esquina de la planta baja, el baño con su peligroso calefón eléctrico. En la pared lateral, las puertas de las habitaciones en galería. Al frente, la entrada con un mueble estrecho, perchero y guarda paraguas, flanqueado por sillones torneados de madera oscura.

Bajo un farol nos reuníamos en festín dominical: ravioles caseros y vino con soda. Seis voces hablando a la vez —abuelos, padres y pequeños hijos— alrededor de la comida que la abuela preparaba en su cocina mínima. No sé cómo lo lograba con tan poco espacio y recursos.

Bajo el cielo de Belgrano, el paraíso de mi infancia.

 

 

Hoy reproduzco ese patio en el mío, muchos años después. Entre plantas modernas y artesanías de viaje, me descubro pensando en la heladera de hielo, la cocina de hierro, las ollas de aluminio. Objetos humildes que son símbolos poderosos de aquella infancia dorada.

Me siento feliz en mi patio porque me trae el recuerdo de mi abuela y su cocina. Aunque no hornee como ella —sería imposible hacerlo—, su ternura, como raro sortilegio, templa mi cuerpo. La escucho todavía, como si me insistiera en un domingo cualquiera. Dianina, vení, que ya están los scones con manteca. Apurate, después jugaremos a las visitas.

 

© Diana Durán, 4 de mayo de 2026

UNA NUEVA VIDA

 


Barrio de Villa Giardino. Google Maps

 

UNA NUEVA VIDA

Compramos el terreno más hermoso que uno pueda imaginar: casi una hectárea en Villa Giardino, localidad de las sierras cordobesas. Allí soñamos residir desde el año próximo. Siempre imaginamos salir de la gran ciudad que nos agobia con sus problemas, aunque admitimos sus beneficios. Así es nuestra Córdoba capital, la docta, colonial y moderna a la vez. La conocemos y la sufrimos. Pero a esta altura de la vida Raúl y yo necesitamos otra historia. Por eso construimos una pequeña casa, la piedra fundamental de un proyecto mayor que sumará más habitaciones; y una cabaña que, en un año, no más, nos dará renta y equilibrio porque ambas jubilaciones no son elevadas.

Lo pensamos todo: un living-comedor-cocina integrado; un dormitorio amplio con vista a las sierras; otro más para cuando vengan nuestros hijos; un baño luminoso y una galería orientada como para recibir la luz del día y contemplar el cielo diáfano de la noche. El dinero de la venta de nuestra casa de Córdoba, sumado a los ahorros, han alcanzado para comprar y edificar. Los muebles y adornos que nos acompañaron durante treinta años de casados quedarán muy bien en los distintos ambientes. Lo que sobra se venderá.

La prole no quiere que nos mudemos. Mamá, ¿qué sentido tiene? Están grandes; ¿y si alguna vez tenemos que cuidarlos?; van a estar muy lejos, reprochó nuestra hija el domingo pasado. Ese lugar no tiene el mismo valor que la casa en la ciudad; además, borran de un plumazo todos nuestros recuerdos, agregó con recelo el varón. Son unos egoístas: miran solo su ombligo, le sugiero a Raúl y dejamos que pase el enojo sin inmutarnos. Decidimos concentrarnos en el proyecto sin escuchar a los que se oponen. Nos sentimos renovados.

La construcción avanza, ya está casi lista para mudarnos. Mientras tanto, gracias a los nuevos dueños, nos quedamos en la casa que vendimos. Celebramos con amigos una cena de despedida: algunos nos apoyan, otros nos miran con recelo. Están grandes para semejante aventura, nos advierten. Hablan del sistema de salud, de la conexión a Internet, del aislamiento. Nosotros respondemos que Villa Giardino es tranquila, con calles arboladas, arroyuelos cercanos y un magnífico entorno serrano. Nos llaman hippies de los sesenta. Igual que nuestros hijos, calcados. Reímos cuando se van, coincidiendo en la envidia de hijos y amigos frente a nuestra determinación. Ya quisieran, le comento a Raúl mientras nos acostamos. Él asiente mientras vuelve a su libro.

 

El chalet está terminado. Se sitúa en la calle Agua Buena, nombre que desde un principio nos reveló que estábamos en el camino ideal. Nadie que viva en un lugar con ese nombre la puede pasar mal, es una fija, declaro feliz. Raúl aprueba todo lo que comento, aunque a veces pienso que ni me escucha, pero él es así. La partida es abrumadora: mudarse nunca es fácil, menos aún con los reproches de los hijos persiguiéndonos. Se van a arrepentir; no podremos visitarlos seguido; en Punilla no hay suficiente equipamiento médico, repiten ambos como una letanía. Nosotros dejamos que chillen como pequeños porque estamos convencidos de que intentan frenar nuestro destino dichoso. Decidimos concentrarnos en el proyecto que nos renueva cuando nadie se opone.

 

 

Ya instalados, cansados pero contentos, plantamos tres árboles: un cerezo, un nogal y un arce. También flores alrededor de la casa. Mientras tanto seguimos planeando la cabaña que será nuestra renta. La conexión inalámbrica funciona relativamente bien.

Poco a poco se van cumpliendo nuestros deseos. Vivimos tranquilos, hacemos excursiones, no nos agobia el calor ni el frío de la ciudad. Tampoco los ruidos que nos abrumaban. Nos alejamos de las concentraciones y los atascos. Hasta nuestra salud mejora, la presión de Raúl se equilibra, mi dieta avanza a pasos agigantados. Dormimos como lirones, comemos saludable, nos relacionamos con vecinos serviciales y jóvenes del “Camino de los Artesanos”. Quizás empecemos algún pequeño emprendimiento cuando estemos más afianzados.

Lo único que nos extraña es el alejamiento de los chicos. No vienen a pesar de las invitaciones; siempre están ocupados. En nuestras conversaciones recordamos con nostalgia, pero a la vez con alegría, los cumpleaños, las fiestas cuando se recibieron, la alegría de los primeros trabajos y las tristezas cuando sufrían alguna enfermedad, aunque fuera intrascendente o algún conflicto amoroso. ¿Será que trabajamos mucho y no estuvimos suficientemente presentes?, le pregunto a Raúl. Me responde, hemos estado lo que pudimos y cuando pudimos, no des más vueltas al asunto.

 

 

 

Esta mañana un trueno nos sorprendió. La lluvia arreciaba, parecía una tormenta veraniega, pero se iba intensificando. Un rayo cayó cerca, demasiado cerca. Parte del chalet se vio afectado: el techo de la galería recibió algunas chispas y los materiales de la cabaña quedaron dañados por un incendio menor. El susto fue enorme. Con ayuda de los vecinos y los bomberos voluntarios pudimos apagar el fuego. Aunque la pérdida fue muy dolorosa, la casa no fue sido alcanzada en el interior.

Hoy, exhaustos pero firmes, nos levantamos muy temprano. El cerezo, el nogal y el arce siguen allí, inclinados por las ráfagas, pero sobrevivientes. Los enderezamos, reforzamos sus tallos y quedamos tranquilos. El aire huele a pasto mojado y a madera quemada. Nos miramos confiados. Sentimos un nuevo comienzo.

Nuestros hijos insisten en que volvamos a la ciudad. Nos reprochan nuestra falta de afecto hacia ellos. Insisten en los peligros del lugar. Nosotros respondemos que no: este sitio nos pertenece, con sus riesgos y su belleza. La calle Agua Buena nos recuerda cada día que elegimos el mejor camino.         

Reparamos lo dañado, reconstruimos lo perdido y seguimos adelante. La casa será más sólida, la cabaña se construirá con un poco de retraso, pero lo haremos. Plantamos varios árboles autóctonos cercanos a ella. Cada nuevo brote nos vuelve más esperanzados.

 

Aquí estamos, meses después. La vida, entre sierras y arroyos, nos regala lo que buscábamos: serenidad, contacto con la naturaleza y la certeza de que la felicidad no depende de la comodidad, sino de la decisión de vivir según nuestros anhelos.

Todas las noches salimos al jardín donde el cielo iluminado por las estrellas es un techo infinito. Aprendemos que incluso los fenómenos tormentosos pueden ser parte de la nueva vida que decidimos y que no todo depende de la comodidad, sino de la decisión de afincarnos según nuestros ideales.

Todas las noches, desde que llegamos a este edén, cuando nos vamos a dormir nos miramos apenados y nos consolamos al revelar nuestros sentimientos más caros: nuestros hijos y amigos ya volverán…


Diana Durán, 20 de abril de 2026

LA MEMORIA DEL AVE

 


 

 

Paisaje correntino. Fotografía: Héctor Correa

 

LA MEMORIA DEL AVE


Nuestro proyecto era ir a Corrientes, para, desde allí, visitar varios lugares del Nordeste y, en especial, los vastos Esteros del Iberá. De cada viaje acostumbro a llevarme algo, una artesanía, una nadería, de este esperaba muchos recuerdos dada la importancia de la cultura local.

El paisaje nos deleitaba y no pasaron muchos kilómetros desde nuestro ingreso a la provincia por la ruta doce cuando comenzamos a divisar bañados y lagunas donde las aves del litoral nos atraían con sus picos raros y plumajes brillantes. Divisamos al chajá, al biguá, garzas, pollonas, hasta varios martines pescadores de diversos tamaños y los fotografiamos en sus ambientes acuáticos. Una delicia para nuestros hábitos naturalistas.

Así llegamos a Goya, tierra de mis ancestros, mi abuela materna y sus antecesores. Le propuse a mi esposo entrar a la ciudad pues no nos íbamos a desviar mucho para llegar al destino intermedio en la capital provincial.

Goya es la segunda ciudad más poblada de la provincia a orillas del río Paraná. Le dicen la "Capital Nacional del Surubí" por su famoso festival de pesca, pero no era época. Es una ciudad con fuerte herencia colonial e inmigrante, con una arquitectura particular, el teatro más antiguo del país y la paradisíaca Isla de las Damas.

Solo recorrer sus calles me hacía volver a la infancia en la que supe ir con mi familia a la casa de mi abuela donde pasábamos largas temporadas en la vieja casona de Caá Guazú y Pedro Goyena en sus incontables habitaciones que guardaban tabaco. Para mi mente infantil ese lugar había resultado mágico por su abigarrado patio interior, el eco del aljibe y la frescura del limonero y el árbol de quinotos. Allí la abuela sentada en un viejo sillón de paja nos relataba los cuentos locales más asombrosos y atrayentes para nosotros. Nos contaba sobre el genio protector del Pombero, dueño de los pájaros y el sol y señor de la noche; el temible Lobizón, flaco y enfermizo; o las apariciones de la virgen de Itatí, símbolo de fe y esperanza para los correntinos.

Dejamos atrás el encanto de los recuerdos goyanos y desde allí avanzamos por la ruta veinticuatro para luego empalmar por la nacional ciento veintitrés hasta Mercedes, en el centro provincial.

Mientras accedíamos al Portal Laguna Iberá, camino a los esteros, nos detuvimos bajo un sauzal a reposar un poco. Fue entonces cuando vi un ave increíble, posada en un junco, con el plumaje dorado encendido por el sol. Su canto no era un trino, sino un llamado profundo, como si pronunciara una palabra que yo debía recordar. Le pedí a mi esposo que la fotografiara, pero la lente se empañaba y cuando lograba enfocar el lugar que yo le indicaba, la imagen se borraba. Él aseguraba que no veía más que garzas y chajás. Yo, en cambio, no podía apartar la vista de aquella criatura inverosímil, que al batir sus alas en un momento dejó en el aire una estela luminosa, como un secreto destinado solo para mí.

Más tarde, al evocar su trino, decidí que le debía dar un nombre especial. La llamé Ñeembucú que en guaraní significa “palabra escondida”, porque nadie más la había visto ni oído, y su aparición parecía destinada a permanecer en el silencio de mi memoria.

Al día siguiente, al adentrarnos en los esteros sin excursión porque queríamos disfrutarlos solo para nosotros, la misma ave mágica reapareció al atardecer y otra vez únicamente yo pude verla y oírla.

Esta vez no cantó, sino que susurró y para mi asombro su voz era igual a la de mi abuela, la misma que me narraba las historias del Pombero y del Lobizón en la casa de Goya. Me llamaba por mi nombre y fusionando con suavidad sus palabras con mi emoción, me dijo:

Querida, aquí estoy, en mi lugar. Solo tú me verás siempre que te acerques con tanto cariño.

Entonces comprendí que el Ñeembucú no era solo un pájaro imposible, sino la encarnación de aquellas palabras pretéritas y amorosas que la abuela había sembrado en mi infancia. El ave dorada llevaba en su canto la historia de la casa de Goya, de su patio y sus frutos. Mi esposo no la vio, pero aceptó mi relato de que en su vuelo se mezclaban la fe, la magia y la ternura de aquella infancia feliz que nunca se perderían.

Así comprendí que aquel viaje no me había regalado una artesanía ni una nadería, sino un tesoro personal: la certeza de que las palabras y los relatos de mi abuela seguían escondidas en el territorio, protegidas por el ave mágica. Estaba segura de que cada vez que regresara a Corrientes, no buscaría recuerdos materiales, sino la huella de aquel asombroso pájaro ilusorio.


© Diana Durán, 30 de marzo de 2026

UNA SOMBRA YA PRONTO SERÁS

 




Café en París. Barrio Latino. Fotografía de Lutgarde Creemers.

UNA SOMBRA YA PRONTO SERÁS (1)

 

Pablo conoció a Marcela en un baile del club Comunicaciones de Villa del Parque. Habían coincidido durante carnaval en uno de los tradicionales “ocho bailes ocho” de la década del sesenta. Ella se había puesto una minifalda roja con medias estampadas, remera ajustada y botas largas de cuero blanco. Así vestida parecía una modelo. Era su primer baile en un club. Él era un joven que poco frecuentaba esos ambientes, pero la casualidad quiso que ese día acompañara a un amigo. Marcela, con apenas dieciocho años, se movía con gracia y sensualidad. La sacó a bailar al son de la orquesta tropical en la pista cubierta de serpentinas y papel picado. Intercalaron rápidos y lentos toda la noche. Habían coincidido en el club a través de amigos en común y la cercanía de sus casas.

Marcela recién había terminado el secundario; él ya estaba en cuarto año de ingeniería. Esa misma noche quedaron cautivados uno del otro, lo que provocó que no se volvieran a separar, quizás por la juventud de ella o la intelectualidad de él, o a pesar de las diferencias.

Un año después de aquel encuentro, despedida amorosa mediante, Pablo viajó a París gracias a una beca del INTI (2). Marcela, en cambio, permaneció en Buenos Aires y comenzó sus estudios de letras. Pablo alquiló un diminuto estudio en la Rue des Lyonnais, en pleno Barrio Latino. Las paredes descascaradas y la ventana angosta daban a un patio interior del que brotaban voces en distintos idiomas. El joven no se acostumbraba a la Torre de Babel parisina, pero la soportaba estoicamente. Sin embargo, la beca marchaba sobre ruedas.

El verano posterior a su partida, Marcela lo visitó gracias a que sus padres le solventaron un viaje de egresada postergado. Juntos vagabundearon por el bulevar Saint-Germain; las callejuelas del Barrio Latino, la Rue de Rivoli, la Mouffetard, la Montorgueil y la zona de Montmartre; además de las orillas del Sena con sus famosos libreros. Pasaron horas en los cafés, rodeados de estudiantes y artistas que discutían sobre política, cine y literatura.

Pero más allá de calles y cafés, los unía la circunstancia de estar descubriendo el mundo de la mano del otro. París había conspirado para vincularlos, pensaban ambos, con un sentimiento único. Esa breve convivencia tuvo matices románticos, como si la ciudad les ofreciera un escenario distinto, aunque efímero por la corta estadía de ella.

Marcela tuvo que volver a Buenos Aires para continuar sus estudios. Pablo siguió con su vida parisina austera, pero muy productiva en lo académico. Lo solventaban la beca y algún trabajo ocasional de cálculos ingenieriles.

La distancia hizo que comenzaran los intercambios epistolares. Las cartas se convirtieron en un puente frágil: iban y venían entre Barrio Latino y Villa del Parque, cargadas de recuerdos compartidos y algunas promesas inciertas por parte de Pablo. Marcela no sabía si su pareja se iba a quedar en París o volvería a Buenos Aires. Con el tiempo aparecieron ciertos reproches velados. A veces ella retrasaba a propósito el envío, en otras ocasiones no respondía, y en ese vacío crecían las dudas: el amor ensombrecido por la incertidumbre y la lejanía.

Marcela se quedaba en La Farola de Villa del Parque, los apuntes abiertos en la mesa. Afuera, el bullicio barrial; adentro ella pensaba en Pablo y en las cartas que intercambiaban. Su vida seguía hecha de rutinas conocidas, mientras él habitaba un mundo lejano. A veces dudaba si la espera era amor o simple resignación.

La imagen de Marcela se fue deteriorando ante los ojos de Pablo. Sus cartas, primero muy cuidadas, empezaron a mostrar reservas y espacios que él no lograba descifrar. Ella sentía que él tenía demasiadas oportunidades en París, mientras su destino perduraría en Buenos Aires sin su compañía. La joven solía soñar con el encuentro en el club Comunicaciones. Ese recuerdo la hacía esperanzar, pero entonces urdía con tristeza una historia sin fin destinada a cruzar el océano una y otra vez, sin encontrar nunca el equilibrio.

París se volvía un fantasma que ocupaba para Marcela más espacio que Pablo mismo, y empezaba a preguntarse si esperar era vivir o apenas aplazar la despedida.

Cuando Pablo regresó a Buenos Aires luego de dos años de beca, la ciudad lo recibió con un aire familiar y cálido. Volvió a caminar por Villa del Parque, a encontrarse con viejos amigos y a revivir las costumbres porteñas. Para Marcela, ese regreso fue una mezcla de alegría y desasosiego: lo esperó enamorada, pero también con la sensación incierta de que pronto volvería a partir. Una sombra cubría su destino con él.

Ella había construido su vida en Buenos Aires, entre la facultad, las amistades de siempre y las tardes en cafés porteños. Su mundo estaba allí, en los itinerarios que conocía de memoria. Pablo, en cambio, traía consigo relatos de distintos distritos parisinos, de profesores distinguidos, de debates permanentes en los pasillos de la universidad, de oportunidades que parecían multiplicarse. Solo le hablaba a Marcela de proyectos de investigación y futuros viajes. Ella sentía que su horizonte era estrecho, marcado por un porvenir fortuito. Las diferencias se colaban como una cuña en los silencios que se sucedían.

Pablo tuvo múltiples propuestas. En especial, se planteó la continuidad de su trabajo de becario, pero como investigador en la Universidad de Córdoba. Marcela sintió otra vez que él decidía partir, fuera en el exterior o dentro del país. Si bien se apagaban las luces distantes de París y renacían las esperanzas de tener a su pareja más cerca, la sensación era que él siempre estaría lejos.

 

 

La tarde en que Pablo tomó el pasaje hacia el interior para resolver su futuro trabajo, Marcela lo acompañó hasta el andén. Se abrazaron y besaron como siempre.  Sin embargo, lo vio partir como una sombra que se alejaba. Lo percibió inaccesible, casi remoto, entre el gentío que desvanecía su silueta. No hubo promesas: el tren se llevó a Pablo y con él, la certeza de que la historia había terminado. Así lo decidió Marcela de una vez por todas.

Diana Durán, 16 de marzo de 2026

 

 



(1) Título del libro de Osvaldo Soriano. Grijalbo. 1990.

(2) Instituto Nacional de Tecnología Industrial. Argentina.

NOSTALGIAS CORRENTINAS

 


Carpinchos. Foto: Diana Durán



NOSTALGIAS CORRENTINAS

A mí no me gusta esta ciudad, pero soy pobre. Qué otra cosa me queda que aguantar a este chiquilín malcriado por la madre. A cada rato tiene berrinches. ¿Tendrá algún problema este gurí que se tira al suelo y patalea ante el menor regaño? Cha, que esto no es normal. Allá en el campo, en Mburucuyá, si uno se retobaba, enseguida lo castigaban y volvía a portarse derechito nomás. Hasta que pasó el incendio…

Cuando el Santi se cae o le duele la panza, yo le canto “El Mamboretá” que tira de la patita para que no se lo lleven las hormigas, y mi niño se pone contento. Pero me acuerdo de mi hermanito, angá pobrecito que me abandonó ese día y eso me deja muy triste. Entonces ya no quiero cantar.

Esa sí que era vida. Andar entre las gallinas, los patos overos y barcinos de la laguna, los chajáses y los biguáses. Las garzas y las cigüeñas, tan blancas y gigantes, con esos picos que podían engullir hasta una anguila. Acercarse a los esteros y ver algún yacaré tirado para tomar sol, brillando con colores relucidos. Nunca me dieron miedo, porque ellos hacían su vida: entraban entre los pajonales al agua y después salían a secarse. Y los carpinchos con sus crías. Ahora les dicen distinto, les dicen capibaras, y hay muñecos por todas partes, pero son solo muñecos. Los carpinchos verdaderos son marrones rojizos, nunca rosados ni celestes. Este gurí tiene peluches de carpinchos de todos los colores. No son como los de mi tierra.

Aquí, en Buenos Aires, nadie sabe cómo es mi Corrientes porá, tan bella, tan mía. A mi familia la fundió el incendio: perdimos los yerbatales, y hasta los eucaliptos se quemaron y ahora son negruzcos. No quedó ni una planta de pasionaria, tan hermosa la flor. El fuego fue muy rápido. El rancho crujía como si gritara. Yo corría, gritaba, pero el fuego ya había decidido. Mi mitã’i (1) se me fue esa noche, el techo lo arrancó de mis brazos. El monte lo guarda ahora.

Por eso me mandaron aquí, para ser niñera. Me tengo que ocupar de este saraki (2) que no me da tregua. Yo quiero volver a mi pueblo, a mi Mburucuyá, cerca de los esteros, y bailar en los días del “Festival del Auténtico Chamamé”, que así se llama en mi querida patria. Aquí no se come la mandioca, ni saben lo rica que es. Tampoco el chipá, aunque vi el otro día en el mercado que lo venden congelado. Parecen tontos estos porteños, ¿cómo van a congelar el chipá? Por eso yo se los preparo como en mi tierra, con almidón de mandioca, si consigo con la poca plata que me dan para los mandados. Y no dejan ni uno. Si hasta el doctor, que es el papá de Santi, se enllena de chipá cuando yo se lo cocino.

Ay, quién me manda a estar tan lejos, en Buenos Aires, si yo quiero ir a mi Corrientes. Voy a ahorrar para volver. De a poquito voy a juntar la platita para los pasajes. Total, es un pasaje y medio. La estación de Retiro está cerca del departamento. Esta familia no lo quiere mucho. No me voy a ir sola, me lo voy a llevar al Santi; así no extraño al mío, se me van las pesadillas y no transpiro frío nunca más.

 

Hoy sé que los señores van a salir a pasear. Estoy decidida: me voy con Santi a Mburucuyá, para cuidarlo mejor, para que no esté tan encerrado aquí. Le voy a enseñar los esteros, los yacarés y los carpinchos verdaderos, cantando “El Mamboretá” bajo un cielo lleno de luciérnagas.

……………………………….

A la mañana bien temprano, mientras le doy mate cocido calentito y le enseño a distinguir los cantos de los pájaros, aparece una camioneta blanca en la entrada de la casa. Bajan dos hombres con camisas celestes y una mujer con cara de enojo. ¿Dónde está el niño?, preguntan. No digo nada. Santi trepado a un árbol de guayabo. Lo buscamos desde hace días; usted no puede llevárselo así nomás, dice el principal. Yo les ofrezco chipá, les hablo de los esteros, de los yacarés, de la pasionaria que volvió a florecer en el patio. Pero no entienden nada y me encierran muchos días en la cárcel y, lo peor, se llevan a mi chiquito.

……………………………..

Desde que salí del encierro, cuando veo al carpincho con sus crías, pienso que es él, que me viene a visitar. Y me pongo a cantar “El Mamboretá”, aunque esté sola.

A veces me parece que el gurí me habla desde el estero, o me deja piedritas en la puerta. Aunque nadie lo dice, yo sé que va a volver. O capaz nunca se fue. O capaz… era el otro. No importa. Yo lo espero igual.


(1) Mita’í: niño pequeño en guaraní, expresado con ternura.

(2) Saraki: travieso en guaraní.

© Diana Durán, 3 de noviembre de 2025

UNA ROSA EN LA DESPEDIDA

 

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UNA ROSA EN LA DESPEDIDA

 

La despedida fue dolorosa. Te ibas al sur después de dos años de noviazgo adolescente, entre cartas que cruzaban el aire como suspiros, fiestas de quince, besos tímidos y abrazos interminables. Entre poemas garabateados en los márgenes de los cuadernos y paseos por la calle Santa Fe, donde el mundo parecía nuestro. Lo era.

 

…………………………

 

Corría el año 1982. La Guerra de las Malvinas había comenzado. Territorio irredento. Del lado argentino, una dictadura que nos robaba el futuro; del británico, una gobernante férrea, "la Thatcher" y el poderío del imperio. Decían que la guerra era necesaria, posible, legítima.  Yo, con mis dieciocho años, sabía que ninguna guerra lo era. Y vos, ¿lo sabías?

 

…………………………

 

Recorrerás todos los trasiegos, desandarás mil itinerarios. Te arrastrarás en el lodo de los campos de batalla, dormirás bajo la luz temible del fuego enemigo. En cavernas improvisadas, apenas descansarás, sin amparo, sin refugio, sin aliento.

Te moverás junto a otros soldados, helado, sin el uniforme que merecías, sin órdenes fehacientes. Estoy segura de que el temor te acompañará. Entre cañadones secos y lomadas bajas, entre pastizales ariscos y “ríos de piedras”, como si la Patagonia se hubiera enfurecido en la Isla Soledad. ¿Ese paisaje indómito será tu último horizonte?

 

…………………………….

Hoy soñé que vuelvo; que bajo del barco y vos estás ahí, con una rosa en la mano.

Yo sueño que volvés; que me abrazás como antes; que me contás todo; pero despierto con el silencio.

Hace frío; no como el de invierno, sino ese que se mete en los huesos y en el alma; a veces logro cerrar los ojos muy fuerte; entonces vuelvo a Santa Fe, a tus poemas tiernos, a tus abrazos cálidos.

Yo escribo para vos; aunque no sé si lo leerás; aunque no conciba dónde estás; cada palabra es un intento de alcanzarte.

…………………………….

 

En la Isla Soledad se libraron los enfrentamientos más crudos: en las cercanías de Puerto Argentino, en el Estrecho de San Carlos, en los montes que rodeaban la fugaz capital. Desembarcos, combates cuerpo a cuerpo, ataques aéreos y navales. Todo culminó con la rendición argentina, pero no con el fin del dolor.

Monte Longdon. Allí fue la batalla más encarnizada, la más brutal. Del 11 al 12 de junio de mil nueve ochenta y dos. Cuerpo a cuerpo, sin tregua. Vos estabas ahí. Allí ibas a caer. Yo no lo supe hasta mucho después.

Estuviste entre los seiscientos cuarenta y nueve soldados que no volvieron. Y yo fui quien al despedirte no me percaté de que era la última vez. Y vos, ¿lo sabías?

 

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Tuve que separarme porque no había otra posibilidad. La guerra te esperaba, y yo me preguntaba: ¿qué sentido tenía? Eras mi espejo, mi norte, mi rienda, mi amado.

Ese día, antes de partir, me regalaste una rosa envuelta en una poesía sencilla. La rosa se secó, se descoloró con el paso del tiempo, pero no perdió el alma. Vive ahora entre dos hojas del libro de Benedetti que leíamos juntos, como un relicario de tu esencia.

Esa flor, aún seca, aún pergamino, es mi rosa. Fue gesto de tu alma y es el inconsolable símbolo de tu presencia en las tierras de la Isla Soledad.

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No me olvides; aunque el tiempo avance, aunque el duelo se transforme en aceptación; yo soy esa rosa; soy el gesto, la esencia, tu temprano amado.

No te olvido; te hablo cada vez que abro el libro; cada vez que miro la flor. Cada vez que escribo y te recuerdo, aún muchos años después.

La rosa vive; la memoria también.

 

© Diana Durán, 25 de octubre de 2025

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