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CULPAS DE VESTIDO LARGO

 


Imagen generada por IA

Corría el año sesenta y ocho. Llegaban los festejos de quince de las mujeres y los bailes de egresados de los varones. Las fiestas de largo se sucedían una tras otra. En el Plaza Hotel, el Savoy o el Círculo Militar; en casas lujosas de Belgrano, pero también en salones austeros de confiterías de Monserrat o Villa del Parque. La mezcla social de la clase media porteña en los liceos así lo permitía. Las madres no daban abasto para terminar de coser o ir a las pruebas de las modistas para culminar los vestidos que lucirían sus hijas. A los cumpleaños de quince se les daba importancia como si fueran las ceremonias de presentación en sociedad durante los bailes de principiantes del siglo XVIII en Inglaterra que se hicieron populares hasta principios del XX. Eran otras épocas y, sin embargo, la historia se repetía más por el interés de los padres que por el de las propias jóvenes.

Durante mi primer baile, en el patio del colegio San José, lucí un vestido de raso turquesa que me había prestado una amiga, a cuyo escote mi madre le agregó una flor para ocultar mi somero busto. Bailé toda la noche sintiéndome una princesa. Todavía mamá no había encontrado la modista que más tarde confeccionaría mi vestuario. Pobre de mí cuando la halló. Yo me ocultaba hasta que ella lograba llevarme a la rastra al taller donde transcurría el tormento de medidas y alfileres. A mí no me interesaban la vestimenta ni los detalles. Solo quería bailar y divertirme. A veces mi padre me acompañaba hasta el lugar de la gala, otras tantas iba con mi hermano si se trataba de amistades comunes. Yo sufría sobremanera los vestidos de gasa, piqué o broderie de colores exasperadamente suaves, tonos celestes cielo, rosa bebé o amarillo patito que me convertían en una niña de seis años vestida de largo. Nada que dejara entrever mi incipiente cuerpo de mujer. No tenía la oportunidad de refunfuñar ni de cambiar el modelo porque en esa época las elecciones de las jóvenes eran mínimas. Al menos en mi caso.

Casi a fin de año me puse de novia con Marcelo, un chico dos años mayor que yo del colegio Marianista. Me habían gustado sus ojos claros y su cabello rubio rizado. Si bien no pertenecía a una familia de alcurnia como la que mis padres pretendían, el muchacho era confiable como para lograr el permiso y poder salir con él. Tenía buenos modales, era dulce y sobre todo fiel, algo raro para esa época, pues cambiábamos de novios como de zapatos, sin tristezas ni remordimientos. Recuerdo que camino a una de las tantas fiestas, tomó mi brazo y me acarició de una manera especial mirándome a los ojos. Casi muero de vergüenza por la sensación turbadora, pero a la vez placentera que me causó. Mis mejillas enrojecieron y entre la culpa y el encanto logré superar las circunstancias. Inocente de mí que solo había bailado con él un poco más juntos y había recibido algunos besos en los labios, no más que eso.

Los padres de mi novio le regalaron al egresar un viaje a Europa con sus compañeros de promoción. Yo estaba recién en tercer año del colegio. Así fue como hasta el día en que partió nuestra relación consistió en concurrir juntos a unos pocos eventos, algunas salidas a caminar por la avenida Santa Fe, cartitas cortas pero amorosas y largas charlas por teléfono, interrumpidas por la burla de mi hermano. Mi flamante pretendiente partió a Europa. Su viaje duró un mes y yo me fui dos de vacaciones con mi familia a San Juan y Mar del Plata. En consecuencia, no nos vimos por tres largos meses.

No lo extrañé mucho ese verano porque era tiempo de diversión, juegos y placeres adolescentes. Eso sí, nos escribíamos largas cartas, pero las guardábamos para el reencuentro ya que no las podíamos intercambiar ante los diversos lugares en que nos hallábamos.

Al regreso a Buenos Aires comencé a sentirme ilusionada con volver a ver a Marcelo. Había idealizado al joven amoroso al que me unía más la fantasía que la realidad. A principios de marzo acordamos la cita. Respondí que sí a su propuesta de venir a casa. Estaba feliz de la vida.

Llegó el día del reencuentro. Me vestí con un jean azul y una remera ajustada. Arreglé mis cabellos con un ondulado natural y el flequillo largo hacia un costado. Esa tarde bailé una y otra vez ante el espejo antes de su llegada al son de “Viento dile a la lluvia”, “Rock de la Mujer Perdida”[1], “Rasguña las Piedras” y “Aprende a ser”[2]. Para ese entonces mi madre no me dominaba en la elección de la vestimenta si se trataba de un encuentro informal. Me sentía atractiva y excitada.

Tocó el timbre a las cinco en punto y abrí la puerta. Me palpitaba el corazón. Allí estaba Marcelo parado con su sonrisa inconfundible. Apenas divisé en sus manos un paquete lleno de regalos porque tuve que mirar hacia abajo para descubrir sus hermosos ojos celestes. En el tiempo en que no nos vimos yo había crecido y le llevaba casi una cabeza a mi querido y dulce novio.

¡Qué desilusión y qué culpa! Una grandísima culpa por desenamorarme en menos de un minuto de aquel petiso que me miraba tierno como siempre, esperando el abrazo intenso que solo fue fugaz y el beso que duró lo que un lirio.

 



[1] Canciones de Los Gatos

[2] Canciones de Sui Generis

© Diana Durán, 9 de diciembre de 2024

JUICIO A LA ESPERANZA

 


Pueblo "La Esperanza". Imagen generada por IA

JUICIO A LA ESPERANZA

 

Había una vez un pequeño pueblo en la llanura denominado La Esperanza, habitado por doscientas personas. Una maestra enseñaba en la escuela primaria y dos en el jardín de infantes situados frente a la plaza. Los alumnos no pasaban de quince entre los dos niveles y se corría el riesgo del cierre del establecimiento pues la matrícula no crecía dada la baja natalidad y la creciente partida de los jóvenes. El único policía vigilaba la seguridad zonal, especialmente del robo de ganado y alguna que otra rencilla entre particulares. El sacerdote vivía en la capilla donde se celebraba misa todos los domingos e impartía los sacramentos cristianos. Pocos bautismos, menos comuniones y confirmaciones, bastantes confesiones de personas mayores aún fieles, escasos matrimonios y la unción de los enfermos. Los creyentes disminuían de manera notoria, pues parte de la población se había inclinado por una secta denominada “Movimiento de la Acción de Dios que había llegado al poblado hacía poco. Se trataba de una novedad para el lugar por la organización de cursos y retiros atrayentes. Un viejo juez de paz actuaba en primera instancia ya que en la región no había un juzgado. Residían también los dueños de los escasos comercios locales: un almacén de ramos generales, un bodegón donde se reunían a jugar al truco y tomar unos tragos los hombres de escasa reputación y un hospedaje que estaba más cerrado que abierto pues solo concurrían quienes hacían noche en el paraje para seguir su camino por la ruta principal. Un cartel indicaba el nombre La Esperanza en grandes letras de cemento blanco en la plazoleta que indicaba el desvío hacia la localidad.

Los propietarios de las estancias linderas nunca concurrían al pueblo pues vivían parte del año en los cascos suntuosos y en el invierno residían en sus casonas de Belgrano en Buenos Aires. Ellos constituían la casta superior que no pisaba La Esperanza, salvo en el caso extremo de falta de alguna provisión que, en general, compraban en los shoppings de la gran ciudad situada a cincuenta kilómetros de la pequeña población.

Un abogado, primogénito del dueño de una de las estancias, iba de vez en cuando para ocuparse de pocos casos como el asesoramiento en divorcios o la intervención en ciertos delitos menores. No mucho más, pues no había disputas sobre propiedades ni orientación sobre derechos laborales ya que nadie tenía un trabajo formal, excepto las docentes.

Una noche sucedió algo que conmovió a todos los pobladores. En la ruta cercana al ingreso del pueblo se produjo un choque frontal entre una Land Rover y una Volkswagen Amarok. En el gravísimo accidente fallecieron los dueños de las dos estancias contiguas a La Esperanza. Las propiedades tenían más de mil hectáreas que no habían sido deslindadas con precisión por lo que se superponían en una franja de cien hectáreas. No era una superficie considerable para las posesiones de los herederos. El tema era que esos territorios limitaban con el lecho mayor del río Dulce, el más importante de la zona. Los Bianchi y los Zanella, cuyos jefes de familia murieron trágicamente, tenían depósitos bancarios cuantiosos en la sucursal del banco de capitales italianos de la ciudad cercana. Eran piamonteses tradicionales con una extrema cultura del ahorro lo que sumado a sus propiedades implicaba una copiosa herencia.

El hijo no reconocido del viejo Bianchi vivía en el pueblo, oculto a la familia excepto para su padre muerto, y se había enamorado perdidamente de la hija menor de los Zanella, todavía soltera. La joven lo veía en la clandestinidad. Nadie en la villa lo sabía, excepto los miembros del “Movimiento de la Acción de Dios” que los refugiaban en sus encuentros. La secta había sido investigada por prácticas manipuladoras sobre sus integrantes. Los jóvenes no quedaron exentos de esos manejos y promovidos por la congregación iniciaron un litigio para liberarse del yugo de sus familias y, en el caso del varón, obtener una buena suma de dinero. Así se inició un juicio en el que la localidad quedó dividida en dos bandos; los que estaban a favor de la pareja y los que por tradición eran fieles a los dueños de las tierras linderas.

Los novios lograron librarse de la secta y se casaron en la parroquia local durante el período en que duró el juicio. No les importaba su futuro económico. Pasaron varios años durante el proceso de filiación sumado a la disputa por la herencia de las esposas y el resto de los miembros de ambas familias. Como la ley argentina no discrimina entre los nacidos dentro o fuera del matrimonio en cuanto a sus derechos sucesorios, el veredicto fue unánime. El juez tomó la decisión de reconocer al hijo natural y adjudicar a los esposos el terreno litigado de cien hectáreas lindantes al río más una cuantiosa suma de dinero.

En el paisajístico solar heredado, pleno de rincones del río, barrancas, playas y bosques en galería, los esposos construyeron complejos de cabañas, equipamientos para senderismo, cabalgatas, pesca y observación de aves. También lograron que se instalaran restaurantes gourmet, parrillas y cafeterías; atractivos que hicieron de La Esperanza el centro de turismo rural más valorado de toda la región.

El “Movimiento de la Palabra de Dios”, ante el fracaso de sus prácticas, partió hacia otros rumbos.

Los restantes miembros de las familias Bianchi y Zanella continuaron viviendo entre sus estancias y casonas de Belgrano, sin importarles lo logrado por los jóvenes en la escasa superficie recibida por herencia, ni tampoco reconocieron al hijo y hermano.


Diana Durán, 25 de noviembre de 2024

HALLAZGO SERRANO

 



Sierra de la Ventana. Foto Durán

HALLAZGO SERRANO

 

La región estaba asolada por la aridez. Poco a poco los habitantes migraban a otros solares mejor provistos.

La escasez de agua se había instalado lentamente en el curso de un año. Al principio pensamos que iba a ser solo de tres meses con lo cual afectaría la floración y los cultivos, pero llegó a un punto en que la falta de lluvias hizo que las napas se secaran y los suelos se resquebrajaran. Había que llevar el ganado a los establos. Las pasturas habían amarillado y decidimos segarlas para guardarlas en los silos. En su lugar solo crecían matorrales espinosos que ni las cabras querían.

Los arroyos que bajaban de las sierras vertían hilos de agua hasta que terminaron secándose y las rocas ya no brillaban como cuando eran torrentosos. Todo se había tornado pajizo y gris. Solo en el fondo de los cauces se pintaba un verde musgo, restante de épocas húmedas. Se había situado un extremo desecamiento hidrológico que había afectado también a otros sitios pampeanos. La provincia había declarado el estado de emergencia.

Mis padres y mi esposo estaban azorados por los hechos. Nunca habíamos tenido una seca tan grave. Vivíamos en una finca que se extendía desde la ladera a la parte más alta de la Sierra de la Ventana. Mis tres hijos, varones pequeños, concurrían a una escuela rural que dada las condiciones ambientales había cerrado temporalmente. Los chicos estaban inquietos y peleadores si bien tenían mucho espacio para jugar. Ahora podían explorar las quebradas pues se lo permitíamos ya que los arroyos no tenían agua. Los tres jugaban como potrillos entre peñascos y cauces secos en la búsqueda afanosa de alguna lagartija u otra alimaña que cazar pues quedaban pocos animales en la zona. ¿Quién sabe dónde habrían migrado las liebres, cervatillos, zorros e incluso algunos jabalíes que solían revolcarse por allí? Las vertientes estaban vacías. Los pájaros se arremolinaban en los bosquecillos. Zorzales, benteveos, calandrias y horneros se avistaban en inciertos vuelos en círculos como queriendo despegar hacia otros lares.

Teníamos miedo de que los pinares se quemaran por las altas temperaturas expandiéndose hacia los pastizales. Esa circunstancia podía provocar una catástrofe. A los álamos y sauces se les caían las hojas fuera de la estación correspondiente.

        Todo estaba trastocado. Veíamos cómo el sacrificio de muchos años se esfumaba. Pensábamos con mi esposo que debíamos irnos, pero nos lo impedía el amor por ese terruño tan nuestro.

Una tarde los chicos nos pidieron explorar por la ladera opuesta a la casa, poco recorrida por todos nosotros. Era una gran aventura para ellos. Como no había peligro lo aceptamos. Llevaron sus mochilas con agua y unos sándwiches especiales preparados por la abuela.


 

Con gran entusiasmo los muchachitos se internaron en una quebrada muy estrecha, cubierta de matas espinosas y se ocultaron de la observación de sus padres. Estaban tan entusiasmados con la aventura que comentaban alborozados sus observaciones. Me parece que los pájaros están cantando en aquel bosquecillo, dijo el más grande. Por aquí se ven revolcaderos de jabalíes húmedos, ¡qué extraño!, le respondió el menor. El del medio les gritó: ¡vengan, miren, encontré agua que sale entre las piedras! Así fue como encontraron entre las rocas de una pequeña garganta un manantial del que escurría agua cristalina a borbotones y luego se volvía a internar en una caverna subterránea. Era un hallazgo asombroso. Como los muchachitos sabían manejarse en las sierras memorizaron la posición y corrieron a avisar la gran noticia a sus padres y abuelos.

 

El descubrimiento permitió realizar un canal desde la fuente descubierta y recuperar agua para nuestra subsistencia, el regadío y el ganado. Fueron nuestros hijos quienes nos salvaron de la migración.


© Diana Durán. 20 de noviembre de 2024

DESPEDIDA Y RETORNO

 


Paisaje de Toledo. Foto Diana Durán

DESPEDIDA Y RETORNO

 

Celeste pasaba unas felices vacaciones con su familia en Villa Gesell. Había alquilado un departamento durante todo enero. Era la primera vez que se daba el gusto. Ese año había podido ahorrar para disfrutar con sus hijos y padres un verano muy esperado. La calle 124 a pocas cuadras de la costa era tranquila y residencial. Tenía la facilidad de ir al centro cuando quería y bajar a la playa de mañana y al atardecer, sus horarios preferidos.

El celular sonó cuando estaba tomando una limonada en el parador mirando el mar sereno. Los chicos jugaban con amigos a pocos metros y sus padres se habían quedado descansando. Era la directora de Planeamiento que le avisaba que debía reintegrarse al trabajo en pocos días. Le explicó que la habían elegido para recorrer establecimientos educativos destacados de España con un equipo ministerial. Luego aplicarían los resultados al contexto de la Argentina. El viaje se iniciaría a fin de mes.

Debía decidir. Quedarse en la villa o ir a Europa. La opción parecía fácil, pero Celeste sopesaba el contraste de la tranquilidad de la costa con el hecho de trabajar intensamente en Europa. Significaría un gran desafío para ella y un notable avance en su profesión. Pensaba en el mundo desarrollado cuya educación se suponía para entonces, de mayor calidad que la Argentina. ¿Trabajo o descanso? ¿Aventurarse a grandes desafíos o quedarse gozando de su familia y el mar? No estaba muy segura, pero sabía que, si decía que no, quedaría mal con las autoridades educativas que la habían seleccionado.

Todos intervinieron en la decisión. Los chicos no querían que se fuese. Protestaban, mamá, es la primera vez que tenemos un veraneo tan lindo, no te podés ir, decía Pablo, el de doce. Mamita, te voy a extrañar mucho, agregaba Andrés, el de ocho. Los padres le insistían en que no debía perderse semejante oportunidad. La experiencia profesional y el hecho de conocer España sin costo eran de gran atractivo. Pronto recibió la noticia de que irían a Madrid, Barcelona, Granada y Sevilla. En consecuencia, recorrerían parte de España con el equipo designado y conocerían especialistas relevantes de distintas regiones del país. Tiempo de aprendizajes, ¡cómo no sentirse atraída!

Acordó con sus padres que ella retornaría en pocos días a Buenos Aires para preparar el viaje. Mientras ellos y sus hijos podrían continuar las vacaciones en Villa Gesell hasta fin de mes. Si bien estaban acostumbrados a compartir con los chicos, tendrían que acompañarlos en sus actividades, ocuparse de las comidas, cuidarlos en todos los órdenes sin su presencia. Habló con su exmarido, pero notó la reticencia ante la posibilidad de tenerlos. Como siempre.

Llegó el día de la partida en Ezeiza. Cuando saludó a sus hijos por teléfono sintió una especial amargura. ¿Cómo podía alejarse de esa manera?, ¿qué estaba haciendo?, se preguntó apenada. Intentó olvidar esos pensamientos para encarar una gran oportunidad profesional que la llevaría al viejo continente. Partió el veintiocho de enero sola, sin adioses, junto a sus cinco compañeras a quienes los familiares habían despedido con carteles multicolores y gran bullicio.

Arribaron a la capital española y comenzó el difícil trabajo de comprender otra cultura, otros modos de vivir, aunque se trataba de una ciudad muy parecida a Buenos Aires. Coincidían en el idioma y eso era un plus cualitativo. Quienes la acompañaban formaban un grupo muy agradable y conocido desde que había ingresado al ministerio.

Celeste recordaba a sus hijos en todo instante. No estaba en paz. Las preocupaciones se le colaban en la mente, no solo por la lejanía sino por la circunstancia de no haberse despedido en persona, si bien lo había hecho en Villa Gesell. Hubiera querido verlos hasta último momento, abrazarlos fuerte, decirles cuánto los quería y darles las indicaciones de siempre. Que se cuidaran, que se lavaran los dientes, que no comieran muchas golosinas, que no usaran en demasía el celular. Sabía que todo eso iba a estar vigilado por los abuelos, pero no era lo mismo. Un mes era mucho tiempo.

En Madrid las integrantes del equipo interactuaron con la Consejería de Educación, reconocieron el gran nivel de la educación pública española y, cada una se llevó una cantidad de libros sobre la experiencia de la transformación educativa. Los madrileños con quienes se relacionaron eran expresivos, afables y comunicativos. Un señor grande que oficiaba de coordinador las llevaba a todos lados, incluidos almuerzos y cenas. Por su parte, en algunos tiempos libres Celeste tuvo la oportunidad de visitar el Museo del Prado y admirar Las Meninas de Velázquez, obras del Greco, Rubens y Goya; recorrer la Gran Vía, la calle que nunca duerme con su variada arquitectura y grandes tiendas. Hasta pudo visitar una tarde el casco histórico de Toledo, la ciudad de las tres culturas: cristiana, judía y musulmana. Sin embargo, ella no estaba contenta. Añoraba la presencia de Pablo y Andrés. Los veía en cada niño en la calle o en los lugares que visitaba. Para colmo de males, fueron a varios colegios y liceos.

Luego de Madrid llegó el turno de partir a Barcelona adonde arribaron en buzeta. No fue la misma experiencia que en la capital. Encontraron cierta soberbia y aires de superioridad cuando contaban su experiencia y visitaban los centros educativos. El idioma era una barrera, pues en muchas ocasiones entre ellos hablaban en catalán. Además, los trataban como sudacas, sin duda. De todos modos, la ciudad era hermosa y pudieron recorrerla fugazmente. Allí también recordó conmovida a sus hijos. La melancolía fue creciendo con el tiempo.

Volvieron a la capital y partieron a Granada y Sevilla. Resultó una experiencia única conocer las escuelas albergue y sus huertas orgánicas, sumadas al paisaje de olivos y naranjas, muy colorido a pesar de la aridez reinante. Ni que hablar de los deliciosos mariscos frescos y jamones de bellota; además de los vinos con denominaciones de origen conque las recibieron. A mayor encanto, más extrañaba a sus hijos.

Celeste se hallaba en Granada, en un hotel de atmósfera árabe con grandes ventanales y rejas repujadas, cuando la llamaron a la conserjería. Su papá había tenido un infarto, no se sabía bien cuán grave era. Su madre debía cuidarlo. No tuvo más remedio que comunicarse con el padre de sus hijos, con quien no tenía buena relación y menos con su joven y reciente mujer. Si bien ya estaba al final del recorrido, la situación resultó caótica. No podía volver hasta que no terminara el trabajo y tampoco cambiar el pasaje establecido por el Ministerio. La situación fue penosa. Se comunicaba todos los días con su madre para ver la evolución de su padre y también hablaba con Pablo y Andrés, cuyas vocecitas la hacían angustiar aún más.

Desde el inicio presintió que el viaje no era oportuno. Al llegar a Ezeiza, así como no hubo despedida, tampoco nadie fue a recibirla. Cuando fue a buscarlos, abrazó a sus hijos como nunca y decidió que no había nada ni nadie más importante que ellos. Los viajes y los logros profesionales quedarían para otros tiempos.

 

© Diana Durán, 21 de octubre de 2024

UNA CARTA SORPRESIVA

 


Imagen creada con IA. 9 de setiembre de 2024


Una carta sorpresiva

 

La carta era de su hijo. Totalmente inesperada, absurda. Una correspondencia escrita a mano en papel en tiempos de correos electrónicos y comunicaciones instantáneas. Alexis le describía con detalles que se iría a vivir a Estados Unidos, y, además, como si fuera un documento notarial, autorizaba a su madre hacer ciertos trámites requeridos. En ese momento sus padres vivían a ochocientos kilómetros, en Bahía Blanca, a una hora de avión de la gran metrópolis. Ya les resultaba difícil viajar en tiempos inflacionarios por los costos, pero de una u otra manera conseguían verse para cumpleaños y fiestas de fin de año. Según rezaba el escrito, Alexis residiría con su esposa e hijo en una ciudad sita a diecinueve horas de avión con escalas. ¡Una locura!, pensó acongojada.

La noticia le produjo sorpresa, conmoción, un balde de agua fría, una daga en el corazón. Era un golpe repentino sin anticipo previo, sin una conversación sincera en el último encuentro durante el cumpleaños de su nieto. Él y su esposa tenían excelentes trabajos en Buenos Aires. ¿Con qué objeto probarían esa aventura? Además, y por lógica, no solo se iría la pareja sino también, “se llevarían" a su nieto. A su adorado nieto, la luz de sus ojos. Todo era posible en la viña del señor, menos ese delirio, inconmensurable ausencia de sensatez. ¿Cómo partirían sin más ni más a vivir en un lugar desconocido?

Alexis no explicaba en su carta sorpresa qué iba a hacer con su trabajo actual y con su vivienda que tanto le había costado obtener. La madre pensó en sus propios esfuerzos no tenidos en cuenta por su hijo. Los colegios privados costosos a los que lo había mandado, los años de facultad sustentados por ella y su esposo a puro tesón de trabajo para que se recibiera de ingeniero. ¿Y su hijo? Empleos insignificantes superados por su propia capacidad y esfuerzo que dieron como resultado el bienestar que hoy vivía con su familia. ¿Tiraría todo por la borda? ¿Es que se había vuelto loco? ¿Qué bicho le había picado? ¿Cómo podía dejar al margen a sus padres? ¿No había pensado en lo que iba a ser su vida en una comunidad totalmente diferente en cultura, sociedad, idioma y costumbres?

No se trataba de Miami o New York que poseen considerables colonias argentinas, sino de Charlotte, en el centro este del país, ciudad del estado de Carolina del Norte. Releyó, ¿Carolina del Norte? ¿quién conoce a ese ignoto estado tras los Apalaches? Otros los modos de vida en el interior profundo del país del norte, un territorio seguramente hostil hacia los migrantes latinos que arribaban día a día. Pensó abrumada que con seguridad se trataría de un estado conservador en lo político, republicano a rabiar. No sabía en qué incidiría, pero por principios no le gustaba, si bien era una minucia en comparación con las circunstancias familiares.

Charlotte, vaya nombre de novela romántica, pensó la mujer. Era una ciudad de más de ochocientos mil habitantes localizada en la ribera izquierda del río Catawba, escindida históricamente de Carolina del Sur para convertirse en una colonia independiente. Su hijo trabajaría en una compañía de electricidad, la Duke Energy. Nunca había escuchado hablar de esa empresa. Además, se trataba de un centro turístico, según decía en el escrito, como tantas otras ciudades yankees. La madre investigó todo lo posible sobre el lugar. Supo que allí vivieron los siux y fantaseó con ese pasado feroz y combativo en las raíces identitarias, como si en su imaginación se mantuviera vivo. Sintió mucha preocupación. Luego había sucedido la emigración de irlandeses, ingleses y alemanes. Había estallado allí una de las primeras fiebres del oro de los Estados Unidos. ¿Tendría su hijo una moderna exaltación, pero del dólar? Siguió indagando y encontró que Charlotte poseía una alta tasa de criminalidad en la zona norte de la ciudad. Justo donde él iba a vivir. Dejó de averiguar.  

Siguió especulando, ¿y si no veía más a su chiquito, a su nieto adorado? Ya sabía que con dieciséis años era un adolescente hecho y derecho, pero para ella era como si tuviera cinco y su historia aún le perteneciera. Para más desgracia caviló en la economía argentina, en su edad y la de su marido. ¿Podría ella aseverar que tendría dinero y salud para viajar? Sospechaba que su esposo no la iba a acompañar. Bastante distanciado estaba de su hijo. En realidad, nunca había tenido gran afinidad con Alexis.

Sintió desfallecer. Una opresión en el pecho le contrajo el alma: de dolor, de angustia, de una pena inconmensurables que no tenían remedio. Se recostó y lloró hasta que no le quedaron fuerzas y se durmió a los sobresaltos.

Al despertar se preguntó qué haría. Lo primero que se le ocurrió en un rapto de enojo fue romper el sobre. Así lo hizo. Luego le diría a su hijo que nunca la había recibido. Esperaría un encuentro concreto, que Alexis viniera al sur y se despidiera como correspondía de sus padres.

Cuando rasgó el papel en el que había guardado el escrito, unos impresos alargados cayeron de la envoltura. Se agachó para revisarlos. Eran dos pasajes de ida a Charlotte, para ella y su esposo. Estaba azorada de lo que no había alcanzado a descubrir. Tampoco había visto la pequeña esquela que en el interior de los billetes escribía con gratitud, gracias, mamá y papá, por todo lo que me brindaron en la existencia. Espero que podamos vivir esta nueva etapa todos juntos. Es lo que más deseo en el mundo.

 

© Diana Durán, 9 de setiembre de 2024

EL PIANO ABANDONADO

 


Imagen creada con IA el 15 de julio de 2024

EL PIANO ABANDONADO

 

Eran las cuatro de la tarde. Había tenido solo dos horas de clase porque la profesora de Semiótica había faltado. Bello viernes soleado y apacible. Caminaría unas cuadras hasta la parada del ciento veintiuno y de allí a casa. Si el colectivo tardaba iría a pie. Mientras me dirigía por la calle Agustín Álvarez a tomar el colectivo apreciaba los modernos chalets con frentes de ladrillo a la vista y otros coloniales con rejas repujadas. Me habían distraído dos murales que estaban en la esquina, uno de un hermoso paisaje serrano multicolor y otro algo extraño con raras y pintorescas cabezas de hombres y mujeres. Llegué a la parada en el cruce con Gaspar Campos y me quedé admirando la señorial casa de la esquina. Siempre pensando en historias para escribir. ¿Qué podía suceder en esa casa?, ¿qué personajes la habitarían? Pasaron quince minutos y como no venía el transporte empecé a caminar. Faltaban unas doce cuadras. Muchas veces había hecho ese recorrido.

De forma súbita apareció una camioneta blanca de la que bajaron dos hombres encapuchados que me metieron con brusquedad adentro del vehículo. No alcancé siquiera a gritar cuando me habían tapado los ojos y cerrado la boca con unos trapos sucios.

Me bajaron a los tumbos en un lugar desconocido. Todo estaba oscuro en la habitación del encierro. Difícil que me pudieran rescatar. ¿Quién iba a saber que yo había desaparecido? Mis padres estaban de viaje. No tenía idea de qué querían los secuestradores. No me lo habían dicho. Pensé abatida que nadie me iba a encontrar. Estaba condenada.

Sentí una transpiración fría. Gotas heladas recorrían mi cara, me faltaba el aire y no veía nada. Ese lugar que parecía abandonado debía estar plagado de arañas y ratas. Había golpeado la puerta con impotencia. Me separaba una pared muy gruesa o un muro con una pila de muebles que advertí al atravesarla cuando me llevaron. Era imposible abrir la puerta, aunque golpeara con todas mis fuerzas.

Sabía que la violencia reinaba en los suburbios de Buenos Aires, si bien se suponía que en zona norte la situación era menos temible. Sin embargo, aquí estaba encerrada y sin idea de lo que me podía suceder.

Pasaron horas y nadie aparecía. Solo tenía en mi bolsillo un alfajor que comí con desesperación. Me quedaba un poco de agua en el termo que siempre llevaba al profesorado. Pensé en cuidarla, quién sabe si alguien me traería bebida y comida. Hasta ese momento nadie lo había hecho.

Cuando mi miedo había llegado a su punto cúlmine empecé a escuchar una melodía que surgía tras la puerta del encierro. Primero me causó estupor. ¿Quién tocaba el piano? Reconocí la secuencia de notas. Era si bemol-la-do-si. Yo sabía de música, la había escuchado y estudiado en mi infancia y adolescencia. Mi mente voló y empecé a repasar: ¿Bach, Mozart, Beethoven? Supe que era el principio de la “Tocata y Fuga en re menor” de Bach. Una parte. Luego paró. Mi corazón que se había calmado pegó un brinco. Volví a sentir un pánico sudoroso y frío. Pero al instante siguió la “Sonata para piano N° 16 en Do mayor” de Mozart. Pude tranquilizarme. Quien fuera el intérprete me traía recuerdos de cuando de niña escuchaba a mi madre tocar el piano de cola en la sala de estar. Hasta hoy ese instrumento está en el mismo lugar de la casa cubierto por un paño rojo, pero ya no se percibía más. Mamá había dejado de ejecutar su amada música.

La encontraron en la habitación del fondo de un depósito abandonado en las cercanías de la costanera de Vicente López. El cuarto estaba bloqueado por muebles y un piano vertical casi imposible de mover. Cuando la policía le preguntó a la joven cómo había llegado allí y qué le había sucedido solo pudo recordar la música de Bach y Mozart que había escuchado. Ninguna otra circunstancia.

© Diana Durán, 15 de julio de 2024

LOS MOTOQUEROS EN EL BARRIO

 


El tranquilo barrio Parque San Martín. Street View

LOS MOTOQUEROS EN EL BARRIO

El barrio Parque San Martín era tranquilo. Residían familias de trabajadores que había vivido en las mismas casas durante generaciones. Las viviendas sencillas se habían mejorado y subdividido para que la descendencia tuviera un lugar donde habitar. Eran tiempos de vecindad, de fiestas conjuntas a fin de año en las calles, de atardeceres de mate y charla en la vereda. En la década del sesenta las calzadas eran de tierra en un suelo medanoso donde los chicos retozaban por las pendientes con rodados de fabricación casera, jugaban en el parque, hacían casitas en los árboles y correteaban tras los animales. No había peligro alguno. Los únicos sonidos que se escuchaban de noche eran de grillos y perros. La costumbre hacía que formaran parte del entorno.

Papá y mamá están durmiendo su siesta, así que me voy apurada a jugar al parque con los chicos. Hoy tenemos una carrera de carritos bajando por la calle. Somos unos cuantos. Después seguro alguna mamá nos esperará con chocolatada y torta. Los deberes ya los hice.

La modernidad llegó al barrio con la construcción de los cordones cuneta, el pavimento y el alumbrado público. Las costumbres cambiaron, ya no era tan fácil hacer fiestas colectivas, pero se mantenía el hábito del mate y los diálogos entre vecinos. El barrio se había convertido en el camino obligado del centro a la periferia. Más autos, más ruido.

El domingo llevaré la nena al parque. Me queda tan cerca, no puedo esquivar sus ganas de jugar, a veces los dos turnos de la escuela me dejan poco tiempo y llego cansada. De este sábado no pasa. Le voy a comprar pochoclos y que juegue todo lo que quiera. Seguro me encuentro con las chicas de Murature y sus hijos. Prepararé el equipo mate por las dudas.

Los fines de semana empezaron a circular los motoqueros. No eran aquellos que van por las rutas en Harley Davidson, vestidos con sus camperas de cuero, pantalones ajustados, guantes y gafas de aviadores. Esos que recorren como aventureros ambientes rurales o lugares exóticos. Los del barrio formaban una pandilla desquiciada de al menos diez motos tipo Zanella que asolaban el barrio. Acostumbraban a reunirse en el parque, punto de encuentro familiar, de romance o de actos oficiales y ferias al pie del monumento del padre de la patria. En ese mismo sitio todos los viernes a la noche comenzaba el caos. Los motociclistas se juntaban y venían desde los aledaños, subiendo o bajando por calles de gran pendiente a velocidades insólitas y con escape libre. Los vecinos no podían dormir. Los nervios afectados.

¡Ay, papá querido! Últimamente te atacan esos dolores de cabeza tan fuertes, estás fatigado y no dormís bien. Tu presión ha aumentado, estás irritable, ansioso y siempre cansado. Ya no sé qué hacer con vos. Te llevé a todos los médicos posibles y nadie da con el diagnóstico. Yo sé que desde que murió mamá la vida es muy difícil para vos, pero tenés que salir adelante. No te voy a dejar abandonado; yo también sufro mi propia soledad desde que me separé de Octavio. Lamento tanto no tener hermanos que me ayuden. Mi única hija casada y viviendo en Mar del Plata. Solo mi prima que vive en la casa del fondo siempre es compinche y me alienta.

Los residentes habían hecho todo tipo de reclamos a las autoridades locales. Cartas documento, presentaciones ante la oficina de atención ciudadana y hasta un expediente con muchas firmas al Concejo Deliberante. No se había logrado nada. Todos los viernes, sábados y domingos se producían los descalabros. El barrio tan tranquilo de antaño era tierra de nadie. La gente desesperada por dormir, los bebés sobresaltados, los trabajadores nerviosos. Los motoqueros hacían picadas. Nadie sabía quiénes eran. Se reunían en la clandestinidad. Manejaban gritando como si montaran caballos encabritados. Algunas veces los acompañaban mujeres que vociferaban más groserías que ellos. Los habitantes muchas veces salían a la calle a rogarles que se fueran a otro lugar distante de la ciudad o lo hicieran de día, pero no había caso, aceleraban burlándose de todos. La policía ausente, ¿habría liberado la zona?

He firmado todo tipo de documentos en contra de estos muchachos. Estoy desesperada. Papá ha tenido un accidente cerebro vascular y yo vivo para cuidarlo. Mi prima me ayuda como siempre, pero la responsabilidad recae sobre mí. Jubilada como estoy no puedo poner acompañantes que lo cuiden. No me alcanza la plata. Tampoco logro viajar para ver a mi hija, embarazada como está.

Un día algunos vecinos se reunieron en la sociedad de fomento y decidieron hablar con los miembros de la cooperativa eléctrica que vivían en el barrio. Pidieron cortar la luz de noche en las cuadras más afectadas por los motoqueros para ver si podían impedir sus agobiantes incursiones. Con el corte en distintos horarios nocturnos los muchachos no podían correr. Poco a poco se fue apaciguando el ruido. Algunos se atrevieron a continuar, pero solo consiguieron chocar entre sí en plena oscuridad. Finalmente, la policía empezó a custodiar el parque y realizó operativos de control en las calles aledañas.

Se habrán ido a otros barrios porque aquí ya no molestan. Papá está mejor y yo, sinceramente, también. Junté unos pesos y puse una señora que lo cuida el fin de semana. A veces salgo con mi prima al centro y vemos una película o tomamos unos cafés con masitas en alguna confitería. Mi hija viene cada dos meses de Mar del Plata con los mellizos. Nada puede hacerme más feliz.

 

© Diana Durán, 10 de junio de 2024

FIN DE SEMANA EN VILLA VENTANA

 


Villa Ventana. Fotografía de Héctor Correa

FIN DE SEMANA EN VILLA VENTANA

 

Primer fin de semana juntos. Tanto lo deseamos. La llanura apenas ondula hasta llegar a las serranías. Las diviso desde la ruta, esta vez me toca conducir. Feliz de mí que manejo el auto entre girasoles y mieses ululando al compás del viento. En pocos minutos los tres picos de la sierra mayor, sobresaliente en el horizonte, indican que estamos cerca. Nos acompaña la voz de Mercedes Sosa. Cerca del embalse percibo al borde de la ruta una lenta mulita. Le digo a Osvaldo, espero que cruce, no quiero lastimarla. Asiente mientras disfruta de un mate amargo. Cualquier animal pampeano me resulta atractivo. Vi martinetas y perdices muy presurosas seguidas de sus crías.

Nuestro destino se acerca entre sierras y valles. Es Villa Ventana. El anhelado poblado tiene forma de una hoja cuyas calles son las nervaduras. En el centro, rectilínea, la avenida Cruz del Sur. Los arroyos lo abrazan; el Belisario de un lado, Las Piedras del otro. Es primavera y los aromos pintan de amarillo furioso el paisaje, como si nos sumergiéramos en un cuadro de Van Gogh. Algunos paseantes caminan por las veredas poco delimitadas. ¿Quiénes cuidarán los jardines floridos que parecen pintados por la mano de Monet? Cómo crear tanta belleza junta, exclamo.

En el pequeño centro: la iglesia, los bomberos, la plaza, algunos comercios. Suficiente para nuestras ansias de estar solos dos días.

Nos acomodamos en la Posada de la Hechicera de la calle Picaflor. Todo parece un cuento: la habitación en la que apenas entramos, el parque cuidado y profuso, el desayunador colmado de artesanías elaboradas por la dueña con exquisito gusto. Cajitas y cuencos de cerámica, llamadores, ramos de flores secas, sahumerios. Hasta relojes de pared fabricados en madera y pintados a mano.

Los dueños nos cuentan su vida desde que llegaron a Villa Ventana. Se jubilaron como bancarios y compraron la propiedad que decidieron explotar como residencia turística. Explican que eligen a sus clientes; deben ser gente bien, afirman con seriedad. Nos sentimos halagados, si bien ese mote nos parece algo anticuado.

En cuanto salimos a caminar Osvaldo empieza a inventar historias sobre los dueños. Le gusta relatar sucesos sobre la gente que recién conocemos con un poco de ironía y mucho de imaginación. Improvisa cómo son y qué hacen. Son ancianos, me dice, cómo pueden mantener solos este proyecto. No tienen hijos. Parecen bastante frágiles y, sin embargo, ella hace todas las tareas domésticas, nos explica cómo confecciona las artesanías y hasta promete un desayuno de campo con productos caseros. Él, flaco y desgarbado, corta la leña y mantiene el predio y la casa. Nadie los ayuda a cuidar el predio. ¡Es demasiado! Aquí hay gato encerrado, alega dudando de la pareja. A mí solo me importa disfrutar el fin de semana, así que no le doy demasiada rienda a su historia.

Al mediodía preparamos unos sándwiches y almorzamos a la vera del arroyo bajo la sombra forestal. De noche cenamos en un restaurante coqueto que figura en la guía que nos dieron en la entrada a la Villa.

La curiosidad nos inspira a avistar los festivos revoloteos de pájaros pampeanos. El vergel serrano encierra un bullicio orquestal y un conjunto alado multicolor. El rojo de fuego de los churrinches, los soleados amarillos de benteveos y mistos, el marrón veteado de los tordos músicos. Picos corvos, rectos y finos se afanan en engullir pequeños insectos. Comparte el chimango el solar de la tijereta. Carpinteros campestres cavan el tronco horizontal. La paloma montesa paciente empolla su cría. El chingolo trina agudo e inquieto. Una pareja de horneros construye su original casa de barro. Los aromos y los pinos se balancean. Escribo feliz estas líneas en mi libreta durante la noche en la posada.

El fin de semana transcurre con la tranquilidad deseada. Caminamos, comemos, soñamos, nos amamos.

Al despedirnos les aseguramos a los dueños que vamos a retornar en Semana Santa. Se asoman en el portal de entrada y nos saludan amistosamente.  

No volvemos a verlos. En los sucesivos años que veraneamos en la comarca pasamos muchas veces por la posada cerrada con troncos, cubierta de hiedras, el parque descuidado, el techo enmohecido. Extrañamente siguen figurando en la guía local.

Osvaldo sostiene que se trata de la muerte de la desdichada pareja ocurrida en la misma residencia. Acompaña circunstancias y motivaciones. Siempre que viajamos a la zona le agrega un detalle al presunto asesinato, mientras yo prefiero admirar el paisaje.  Finalmente lo convenzo de no indagar más en un asunto tan tenebroso.


© Diana Durán, 27 de mayo de 2024

 

EL SUR


Mujer minera. Creada por IA el 13 de mayo de 2024


EL SUR

Quería experimentar otras historias, otros desafíos, progresar en mi profesión. Él me había fatigado con la necesidad de estar siempre a su lado en extrema dependencia. Tenía la oportunidad de cambiar, de soltar ese noviazgo tedioso y agotador. La posibilidad de crecer como geóloga era irme al sur. En Buenos Aires solo conseguía asesorías y trabajos de consultora, entre papeles y computadoras, poco de lo mío. Solo recorrería el subsuelo en la pantalla. En cambio, yo deseaba el contacto con la tierra, las rocas y el sol abrasador que me habían acompañado en los trabajos de campo durante la carrera. La Patagonia me deslumbraba y sabía que Damián no me acompañaría. Siempre apegado a su trabajo rutinario de abogado, entre expedientes y tribunales. Me quería, sí, de eso no cabía duda; pero su amor era insistente y acaparador. No me daba la libertad que yo necesitaba para un desarrollo profesional valioso. Me sojuzgaba, me limitaba. Sentía una especie de acoso, no fehaciente, tal vez era mi reacción al agotamiento de la pareja.

Entonces decidí ir sola a Neuquén. Tenía una gran oportunidad de trabajo en la prospección y explotación de hidrocarburos en Añelo, la capital de Vaca Muerta, centro neurálgico de la producción energética del país. La pequeña localidad al borde de la barda del río quedaba cien kilómetros al norte de la capital de la provincia en plena meseta desértica. Parecía un punto en la inmensidad patagónica, pero su subsuelo era riquísimo. El interior sedimentario, recipiente del aceitoso y negro líquido tan preciado, había dado lugar a la radicación de más de cien empresas petrolíferas en los últimos años.

Damián no tenía hermanos y su padre había fallecido hacía tres años en ese maldito choque que había dejado a su madre postrada en una silla de ruedas. Aunque tenía una acompañante terapéutica, él no la iba a abandonar. Mi destino estaba sellado. Yo tenía toda la vida por delante. No deseaba malograr mi futuro. Decidí irme sin pensar demasiado, sin dialogar con él lo suficiente. Acepté un trabajo bien remunerado como geóloga senior de una compañía de energía líder en la Argentina y la región. El tiempo diría si mi decisión habría sido acertada o no.

Agustina era el amor de mi vida. La había conocido en una reunión de amigos y desde ese momento no me separaría jamás de ella. Era tan atractiva con su larga cabellera enrulada, los ojos negros de mirada profunda, el cuerpo delgado y sus ambivalentes fragilidad y seguridad femeninas. Me atraía su carácter expansivo y optimista; tan diferente al mío, sobrio y reservado.

Me resistí cuanto pude. Le reclamé su falta de consideración, la amenacé con dejarla, pero supe cuando se fue que transcurrirían un tiempo de amar evocándola y otro de anhelar con paciencia el regreso. Le dije esa tarde en el café de siempre que recorriera todos los lugares que quisiera, pero que volviera a mí. Estaría aguardándola.

Durante su estadía en el sur pensé con resignación en el retorno; le escribí cartas amorosas repasando nuestra historia. Le expresé con pluma apasionada que confiaría siempre en recobrar sus complejidades, contradicciones, plenitud, inclusión, deseo, perplejidad, sombra eterna y abarcadora. Pero también le manifesté la oscuridad, el llanto y la desesperanza que me provocaba su ausencia. Soñé recorrer su cuerpo y hasta sentí abrazarla dormido. No comprendía, en realidad, cómo podía haberme dejado tan fácilmente sabiendo cuánto la amaba.

Esperé a la mujer que en el fondo presentía que no iba a regresar. El invierno nos separaba, las noches eran abismo. La distancia se hacía vasta y kilométrica. No se achicaba el tiempo, el olvido rondaba.

Pasados ocho meses sentí que no debía esperar más, ni persistir añorándola. La llamé una y mil veces, pero siempre estaba en campaña. La odié. Decidí recuperar parte de mi quebrada vida. Dejé de escribirle y empecé a salir con otras mujeres.

Aquí estoy en nuestro bar. He regresado agotada de mi estancia en el sur. Mis manos ajadas, mi cuerpo exhausto del trabajo minero. Cansada del machismo reinante en el ambiente industrial. Volví hace quince días a Buenos Aires. Hoy decidí encontrarme con un amigo de Damián para saber cómo está. Tenía vergüenza de verlo, necesidad de encontrarlo, pero no me animaba. Se que lo había dejado sin pensar en sus sentimientos, que había sido muy egoísta. Quiero conocer su situación antes de conectarme con él y que sepa la novedad de mi retorno.

Una tarde la hallé en Santa Fe y Riobamba, nuestro lugar, donde la buscaba a la salida de la facultad. Allí estaba, hermosa como siempre, mi Agustina. Tanto la había amado. Parecía despreocupada tomando un café con un hombre al que no conocí porque estaba de espaldas.

Aparentaba hablar íntima y confiada con él. Entonces no me acerqué. Me senté en una mesa tras la columna, solo para poder verla y, luego de admitir la dolorosa traición, intentar borrarla de mi alma, arrancarla de mis entrañas. Eso hice. Tomé con lentitud desesperante un café negro y amargo, casi como si fuera una poción de veneno. Me levanté y partí. Sigiloso la esperé a la vuelta de la esquina.

 

© Diana Durán, 11 de mayo de 2024

UN EXTRAÑO VIAJE AL VIEJO MUNDO

  La Conciergerie. París. Street View UN EXTRAÑO VIAJE AL VIEJO MUNDO   Estudio mucho, demasiado. La materia es “Turismo de Europa”. Men...