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EL SILENCIO DE LOS PÁJAROS

 

Arroyo Las Piedras. Villa Ventana. Fotografía: Héctor Correa

 EL SILENCIO DE LOS PÁJAROS

Todo comenzó con los aullidos de dos perros que rompieron la calma de una noche de septiembre. El barrio, habitualmente sereno, apenas se animaba de día con las voces de las vecinas y el paso de los niños que volvían de la escuela. De noche, el silencio era casi absoluto. Pero esa vez, los ladridos irrumpieron como un tajo en la quietud.

Al principio pensé que se cansarían pronto. Me refugié en los cronopios de Cortázar, buscando que sus absurdos me distrajeran. Sin embargo, cada página se mezclaba con el eco de los perros, y las criaturas imaginarias parecían burlarse de mi insomnio. Pasaron dos horas. Cuando abandoné la lectura, los aullidos seguían allí, más insistentes, más penetrantes.

Al amanecer, el gallo de la otra cuadra cantó con una fuerza exagerada, como si quisiera vengar la vigilia de la noche. Preparé unos mates para calmar la ansiedad y volví a la cama, donde mi esposo dormía plácidamente, ajeno a mi desvelo. A la madrugada, comenzaron los pájaros. Primero los zorzales, luego los benteveos y los horneros. De día, las grotescas bandadas de loros barranqueros partieron desde los cables del centro y atravesaron el barrio chillando. Una plaga. Las torcazas completaron la sinfonía con su canto monótono. No había forma de escapar a aquella orquesta.

Me pregunté por qué esa noche no había podido conciliar el sueño. ¿Era culpa de los perros, o de los pájaros que parecían multiplicarse en mi oído? Durante dos noches más se repitió el proceso, aunque los perros se habían calmado. Ahora eran el gallo y los pájaros. Probé con tilo, valeriana y manzanilla. Nada. Al final recurrí a una pastilla para dormir, algo que hacía años no se me cruzaba por la mente.

El sueño cortado continuó al llegar el fin de semana, mientras intentaba corregir exámenes. Las pilas de hojas se acumulaban, pero mi concentración era nula. Decidí salir a caminar al parque cercano. Allí me sorprendió el silencio. No había tijeretas en lo alto de los pinos, ni el churrinche inquieto que solía seguirme, ni las calandrias pastando en la hierba. El aire estaba vacío. Pensé que, quizá, yo misma había decidido no escuchar más pájaros y que, por una rara coincidencia, habían desaparecido.

Las noches siguientes fueron idénticas. El médico me recetó calmantes más fuertes y logré dormir de a ratos, pero la inquietud persistía. Le propuse a mi esposo unas vacaciones breves en Villa Ventana, nuestro refugio habitual. Partimos un viernes por la tarde. En el camino no vimos una sola loica. Expresé contrariada, con el avance de la soja, esto tenía que pasar; pobres pájaros, ya no tienen dónde habitar. Él pareció ignorarme, atento a la ruta; aunque luego contestó, ya vamos a ver pájaros, no te preocupes.

La villa nos recibió con su calma de siempre y el murmullo del arroyo Las Piedras, contiguo a la cabaña. Descubrí que allí tampoco había cantos. Ni jilgueros, ni siete colores, ni siquiera el graznido de los chimangos. Su ausencia me produjo aún más desvelo. Esa noche, el silencio fue áspero, casi mineral.

A la mañana muy temprano salí sola a caminar. No divisé nada: ni cabecitas negras sobre los cardos, ni viuditas entre los espinillos, ni benteveos sobrevolando el arroyo. No había una sola presencia alada. Descubrí, desesperanzada, que los pájaros se habían ido. No sabía a dónde, solo que su ausencia me inquietaba más que cualquier canto de mi pueblo.

 

 

Con el tiempo comprendí que los pájaros no se habían ido a otro lugar. Se habían retirado de mí, como si guardaran su música para el momento en que mi ánimo encontrara la calma. Descubrí que los pájaros eran, también, mi propio descanso, el latido que sostenía mi mundo interior.

Desde entonces, cada noche me pregunto a dónde van los pájaros. Cada madrugada, en el hueco que produce su silencio, ya no escucho el ruido de la vigilia, sino el leve batir de unas alas y los primeros gorjeos que ensayan en secreto el próximo amanecer.

© Diana Durán,10 de agosto de 2026

 

LA ÚLTIMA VUELTA DE LA NIÑA

 


Imagen generada por IA

LA ÚLTIMA VUELTA DE LA NIÑA

 

Dije las calesitas, noria de los domingos,
y el paredón que agrieta la sombra de un paraíso,
y el destino que acecha tácito, en el cuchillo…

Versos de catorce. Luna de Enfrente. Jorge Luis Borges (1925)

 

Ella se sentía una princesa, montada en corceles coloridos, cisnes enamorados y erguidas barras que la invitaban a la aventura de una vuelta más en la descolorida calesita de su ciudad natal.

Tenía una extraña postura de princesa, mirada vacía, cabello fino, pero profunda tristeza.

El oscuro empapelado de la pared cercaba la foto de la pobre niña sentada en el sillón, sin esperanza.

Hadas misteriosas acompañaron su sueño. Auroras boreales disipaban su imagen.

 

Así era su destino de muchacha, aquella que caminaba por las calles otoñales de La Boca.

Un perro flaco la seguía con la cabeza gacha.

Ni siquiera el árbol raído le daba sombra.

 

En la noche deliraba.

Duendes imaginarios transitaban el bosque umbrío.

Senderos intrincados extraviaban su rastro.

Oscuridades inciertas la envolvían.

 

 

Ella abrazaba el osito de felpa y lloraba.

Soñó con dos torcazas en una rama, frente a su casa, tras el vidrio de la ventana: último presagio y esperanza. 

Nadie la vio.

 

El atardecer del barrio y la plaza quedaron truncos aquel día en que el destino la acechó.



Diana Durán, 8 de junio de 2026

Dedicado a todas las Agostinas

 

PLEAMAR

 


    |                                                                        Fotografía. Diana Durán

PLEAMAR

Dalma iba todos los años junto a su familia a Mar del Plata. Sus padres habían comprado una cabaña pequeña pero cómoda en un barrio cercano a la playa de Los Acantilados. A diferencia del resto de los jóvenes que abarrotaban el centro, a ella le gustaba la calma de ese lugar. Amaba el mar, pero, sobre todo, la soledad que le ofrecía.

Usualmente bajaba con sus padres a las diez de la mañana. A las doce, cuando el sol empezaba a irritar, ellos regresaban a la cabaña para almorzar y ya no volvían. Dalma, en cambio, esperaba a que la tarde cayera. Era ágil como una gacela; bajaba las escaleras de las barrancas y los senderos de greda con una soltura inusual. Buscaba siempre un rincón alejado, allí donde las paredes del suelo acantilado la protegían del viento, y se tiraba en la arena a tomar el sol que ya no quemaba. Muchas veces se internaba entre las rocas costeras y contemplaba a las gaviotas que se posaban en la playa para luego remontar vuelo. Conocía cada retazo de ese sitio agreste.

Esa tarde repitió el ritual. Extendió la amplia lona de guardas azules y naranjas, regalo de una amiga, y acomodó la matera, las cremas y el libro. Leía El caso de Alaska Sanders, último thriller que había comprado, sin la atención acostumbrada. Mientras leía, su interés divagaba entre las páginas y el entorno: la bandada de gaviotas que planeaba al ras del agua, la trama de la arenilla entre sus dedos, un par de surfistas que desafiaban las olas de la tarde. Se sentía en perfecta armonía, mimetizada con el paisaje.

Pasadas las cinco, sintió la pulsión de caminar. Para Dalma era una forma de pensar. Juntó sus bártulos y se internó entre los acantilados, sorteando las rocas que conocía como la palma de su mano. El día, inusualmente cálido, la invitó a ir más allá de sus límites habituales. Encontró una cala de arena entre dos barrancas, un pequeño escondite encajonado entre las paredes verticales. El arrullo de las olas y el cansancio del día la envolvieron en una modorra placentera. Se recostó sobre un recodo tibio y, sin planearlo, se quedó adormilada.

Cuando abrió los ojos, el paisaje había cambiado de color. El sol ya se había ocultado, dejando un resplandor violeta. El frío le calaba los huesos. Pero lo que la hizo reaccionar fue el rugido del agua tan cercano. Demasiado.

La marea alta había avanzado y devorado la pequeña playa. El agua estallaba contra la base de las rocas. Por primera vez en su vida, Dalma sintió que el lugar le era ajeno.

Buscó el sendero oculto por el que había entrado, pero solo vio espuma blanca entre las rocas. Aunque intentó trepar por la pared del acantilado, los estratos se desmoronaban como arena seca. Miró hacia arriba, calculó que la cima de la barranca estaba a diez metros de altura, inalcanzable sin escaleras. El mar avanzaba unos centímetros con cada ola. Ya le llegaba a los tobillos.

Dalma respiró hondo e intentó calmar los latidos de su corazón. Recordó los thrillers que leía: el pánico era el mejor amigo de la muerte. Miró el agua embravecida, revisó la pared de tierra que la confinaba, y comprendió que la agilidad de la que tanto se jactaba iba a ser su única oportunidad de supervivencia. Clavó las uñas en la pared terrosa y empezó a subir.

 

  © Diana Durán, 1 de junio de 2026

PATIO DE MI INFANCIA

 


Imagen creada con IA

PATIO DE MI INFANCIA

… El patio es el declive
por el cual se derrama el cielo en la casa.

Un patio. Fervor de Buenos Aires.
Jorge Luis Borges

 

El patio de mis abuelos, luminoso y sereno, con la escalera empinada hacia el desván misterioso y la confusión de trastos viejos. Mi hermano y yo nunca supimos qué hacían allí tantos muebles apilados junto a la incierta mixtura de cajas de cartón. De pequeños no nos atrevíamos a entrar, solo espiábamos desde la puerta.

La terraza ardía en los eneros, alquitrán derretido bajo el sol. En un rincón, una vieja cocina desechada que para nosotros era nueva, porque adornábamos las paredes que la rodeaban pintándolas con tizas de colores. Allí cocinábamos, en una olla negruzca, las hojas arrancadas del fresno, el árbol que abrazaba el muro que daba a la calle.

En una esquina de la planta baja, el baño con su peligroso calefón eléctrico. En la pared lateral, las puertas de las habitaciones en galería. Al frente, la entrada con un mueble estrecho, perchero y guarda paraguas, flanqueado por sillones torneados de madera oscura.

Bajo un farol nos reuníamos en festín dominical: ravioles caseros y vino con soda. Seis voces hablando a la vez —abuelos, padres y pequeños hijos— alrededor de la comida que la abuela preparaba en su cocina mínima. No sé cómo lo lograba con tan poco espacio y recursos.

Bajo el cielo de Belgrano, el paraíso de mi infancia.

 

 

Hoy reproduzco ese patio en el mío, muchos años después. Entre plantas modernas y artesanías de viaje, me descubro pensando en la heladera de hielo, la cocina de hierro, las ollas de aluminio. Objetos humildes que son símbolos poderosos de aquella infancia dorada.

Me siento feliz en mi patio porque me trae el recuerdo de mi abuela y su cocina. Aunque no hornee como ella —sería imposible hacerlo—, su ternura, como raro sortilegio, templa mi cuerpo. La escucho todavía, como si me insistiera en un domingo cualquiera. Dianina, vení, que ya están los scones con manteca. Apurate, después jugaremos a las visitas.

 

© Diana Durán, 4 de mayo de 2026

INQUILINOS DEL ALMA

                                             



Fuente: Street View, modificada con IA

INQUILINOS DEL ALMA

 

Luis y Mariana habían sido inquilinos desde que se casaron. Pasaba el tiempo y no lograban superar esa condición. Al llegar los primeros días de cada mes, la urgencia de dinero se volvía una amenaza que los rondaba. ¿Ya juntaste lo del alquiler?, preguntaba ella con ansiedad. Sí, pero otra vez apenas nos alcanza; vamos a tener que acomodarnos; ya no vamos a arreglar, respondía él.

Vivían en un departamento de dos dormitorios en el barrio de Monserrat, casco histórico de la ciudad de Buenos Aires. El edificio era bastante anticuado, con techos altos y pisos de mosaico; frío en invierno por sus años, caluroso en verano por su orientación. Los amplios ambientes estaban unidos por un largo pasillo que le daba un aspecto vetusto. El exterior del edificio respiraba tiempos pasados con sus balcones de hierro, molduras y cornisas ornamentadas en las fachadas.

Ella se sentía infeliz. Las amistades cercanas y compañeros de trabajo de la pareja eran, en su mayoría, propietarios. Algunos habían heredado las viviendas de sus padres; otros habían conseguido comprar con préstamos a treinta años. En las reuniones, por alguna razón, el tema era recurrente y la comparación inevitable. Ella se sentía desdichada frente a los comentarios de redecoraciones o mudanzas. Nuestra familia nos regaló un chalet en Mar del Plata, estamos felices, contaba orgulloso un colaborador de Luis que ni siquiera ganaba más que él. Mariana bajaba la mirada, con un dejo de envidia. Nosotros seguimos alquilando, apenas se escuchaba su infeliz revelación. Nadie le respondía por consideración y, sin embargo, ella advertía las miradas socarronas.

Desde la infancia, los almuerzos dominicales con sus abuelos paternos habían estado marcados por la misma cantinela: los alquileres. El mes que viene van a aumentar otra vez, sentenciaba el abuelo; cada vez el alquiler es una parte mayor de mi jubilación. El apellido Marziotta, del renombrado dueño, parecía el de un personaje desalmado. La niña se iba a dormir la siesta, pero las conversaciones se escuchaban a través de las paredes. Luego se sucedía el acostumbrado, no podemos comprar, los alquileres están cada vez más caros, a lo que se sumaba el relato de la eterna codicia del dueño.

De allí nació su subestimación, la comparación perpetua con quienes tenían casa propia. Para Mariana la vida de inquilinos era una existencia atada de pies y manos. La falta de propiedad se había convertido en la fuente de tensiones, rabietas y, también en un gran estigma social.

Hubo un año, en épocas de la convertibilidad, en el que ella pensó que el destino podía cambiar. Consiguió una tarea extra en una empresa del mismo edificio donde trabajaba, y cada tarde, después de su jornada habitual, volvía a su hogar y pensaba en el gran proyecto de la vivienda propia. Ahorraba cada suma que le sobraba; a veces esos dineros ocultos se desvanecían por diversas razones: alguna que otra compra extra o la inflación de la economía.

Mariana se quedaba muchas noches despierta, mirando el techo alto del viejo departamento de Monserrat, mientras Luis dormía profundamente a su lado. Ella imaginaba que las molduras antiguas eran las cicatrices de otras familias, también inquilinas, que habían residido allí. Fantaseaba conque el largo pasillo era como un túnel de eterna espera, un corredor infinito que nunca le permitiría alcanzar sus deseos.

Si la cosa mejora, quizá podamos dar la seña para un terreno, le comentó a Luis una noche. Podría ser, pero sabés bien cómo es, siempre aparece un gasto extra; además, en este país no se entiende cuánto va a durar la estabilidad, contestó él, con el ánimo de disipar la esperanza; cada día la portera cuesta más, tiene un sueldo altísimo en comparación con cualquier profesional. Pero es muy servicial doña Delfina, yo la aprecio, siempre me saluda y trata como a una dama, refunfuñó Mariana. 

Pasaron tres años. Luis heredó la casa de sus abuelos, cedida por sus padres, pero al tratarse de una herencia no constituía un bien ganancial. Luego tuvo la oportunidad de comprar el departamento de Monserrat a bajo precio. Él lo escrituró con usufructo a favor de Mariana, aunque ella no se sentía propietaria. 

No te engañes, le dijo el marido en medio de una fuerte discusión, las peleas de siempre porque apenas habían podido pagar la escritura, pero no redecorar. Si quiero, revoco el usufructo y te quedás en la calle. Fue cruel y ella lo sintió como un despojo. Con mi sueldo apenas podría alquilar un departamento de un ambiente, lo sabés, le respondió entre lágrimas pensando en que el tenor de las discusiones trepaba al punto de la separación.

A pesar de los desencuentros, ella seguía soñando, ya casi como una manía. En un cuaderno dibujaba planos improvisados: una cocina moderna, la segunda habitación transformada en un escritorio con boiserie. Se imaginaba las paredes de blanco, las cortinas de colores, los muebles renovados. Cada página reunía sus anhelos convertidos en alfombrados, paletas de colores, mobiliario funcional, nuevas texturas, espejos que ampliaban los ambientes. El cuaderno se había convertido en una especie de diario donde escribía sus deseos más preciados.

Pero la realidad tronchó los sueños. La enfermedad de su madre le devoró todos sus ahorros, y el cuaderno de las aspiraciones no volvió a abrirse. La ilusión de la casa remodelada se desvaneció.

El tiempo transcurría, Monserrat progresaba y se renovaba como un área joven de nuevos emprendimientos urbanísticos; profesionales que buscaban estudios, jóvenes de otras provincias y turistas que preferían alquileres temporarios. Ellos permanecían en el mismo lugar, como si la vida los hubiera condenado a ser testigos de las aspiraciones ajenas.

Una mañana en la que ambos estaban trabajando, el diario trajo la noticia:

11 de julio de 2024. La Nación

Una mujer fue hallada muerta en su vivienda cuando los Bomberos acudieron a extinguir un incendio desatado en un edificio de dos cuerpos. El siniestro tuvo lugar en la madrugada de este jueves en el barrio porteño de Monserrat. La víctima era la portera y residía en la planta baja.

De acuerdo con los primeros reportes, el fuego comenzó en un departamento de planta baja del inmueble, ubicado en la calle México entre Santiago de Estero y San José, informaron las fuentes policiales consultadas.  Al arribar los paramédicos, los habitantes debieron ser oxigenados por inhalar humo, aunque no requirieron traslado.

 

El departamento de la pareja quedó ahumado, pero intacto. La noticia del fallecimiento de doña Delfina fue espantosa, más para Mariana que la apreciaba tanto.

Esa noche comprendió que el destino no era poseer paredes, sino habitar sus esperanzas. La verdadera casa estaba en su memoria, en los sueños que nunca se apagaban, en la persistencia de imaginar un lugar propio, aunque la realidad todavía se lo negara.

Así aceptó en su interior que el hogar deseado había sido una quimera: invisible, pero firme, indestructible, hecho de recuerdos y de planos nunca construidos. Una casa que no podía incendiarse porque se había construido solo en su alma.

Supo, con claridad dolorosa, que ese destino debía hallarlo sola, sin Luis, porque él nunca había sabido acompañarla.

© Diana Durán, 27 de abril de 2026

 



LA NIÑA EN EL JARDÍN ENCANTADO

 


Fotografía modificada por IA

LA NIÑA EN EL JARDÍN ENCANTADO

Amelie amaba su jardín. Allí existían flores de todos los colores, árboles frondosos, una huerta y rincones para jugar. La hamaca hecha con una rueda colgaba de la rama más fuerte del roble, y un viejo desván alimentaba su imaginación infantil.

El padre trabajaba en el mismo predio fabricando ventanas y puertas de pino. Por eso, la niña siempre tenía a mano maderitas, pequeños trozos de metal, pedazos de goma y cerraduras viejas, materiales con los que había construido una simulada casita en un rincón del terreno.

Bajo la amplia copa del roble, cuando su madre regaba el jardín, aparecían bandadas de pájaros multicolores. Amelie los observaba fascinada: jilgueros amarillos radiantes, horneros marrones tornasolados, inquietos churrinches rojizos. Sus cejas marcadas, sus picos extraños, sus cantos únicos. La niña seguía con la mirada su vuelo y su revoloteo, como si fueran parte de un juego que ella sola había inventado.

Al volver del colegio, lo primero que hacía era recorrer ese mundo propio. Una tarde, después de terminar los deberes, descubrió un visitante inesperado: un animalito peludo de cuatro patas. No era un gato ni un perro; huyó veloz dejando apenas la visión de su hocico puntiagudo y gran cola anaranjada. Amelie buscó su figura en las láminas del diccionario y, al reconocerlo, sintió una especial alegría al descubrir que era un zorro colorado. Guardó el secreto, temiendo que los adultos lo espantaran.

Los fines de semana jugaba en la cabaña que había levantado. Allí, además del zorro y los pájaros, descubrió que se posaba una mariposa atigrada y la dejó volar libre porque sabía que era muy frágil.

¿Qué más podré ver en mi jardín?, se preguntaba extrañada; seguro que muchos otros animales, porque tengo un jardín encantado.

Animada, Amelie afinó su mirada. Desde entonces descubrió comadrejas, lagartijas y sapos que no le simpatizaron, pero también ardillas que trepaban huidizas al roble y un topo que cavaba un túnel casi invisible. Buscaba cada hallazgo en las figuras de su diccionario, y guardaba para sí cada secreta existencia.

Con el tiempo, Amelie comenzó a conversar con la fauna de su entorno, y algunos, de a poco, le fueron respondiendo. Los pájaros le cantaban volando alrededor mientras bailaba dichosa. El topo llegó a mostrarle su cueva y a sus seis diminutas crías rosadas. El zorro le contó que le resultaba muy difícil vivir en un lugar tan poblado porque la gente solía despreciarlo y, a veces, hasta le tiraban piedras para espantarlo. La mariposa le comunicó triste que temía por sus huevos porque cada día se usaban más pesticidas. La niña logró conocer y respetar a sus amigos.

Un día llegaron obreros a construir un quincho en el fondo de la casa. El ruido espantó a los animalitos de Amelie, quien acongojada decidió contar la historia a su mamá. Ella sonrió incrédula, pensando que su hija fabulaba. Ay, hijita, dejá ya de ver tantos dibujos animados que te confunden con la realidad; los animales del jardín no hablan con las personas. Pero mamá… protestó mientras la veía alejarse tranquila.

Durante semanas apenas se divisaron unos pocos gorriones. Cuando la obra terminó, los animales regresaron, pero no volvió la magia: Amelie no podía conversar otra vez con sus amigos del jardín que había perdido su encanto.

Sin embargo, una tarde el zorro colorado se acercó lento y reposó a su lado. Otro día, las ardillas bajaron del roble y le mostraron que habían guardado muchas bellotas para el invierno. Finalmente, el topo salió de su guarida con sus crías ya grandes y los pájaros revolotearon en círculo a su alrededor impulsándola a bailar. Los animales no le hablaban con palabras, sino con gestos, vuelos y miradas. Amelie, atenta, los contemplaba.

La niña comprendió que el jardín no había cambiado: ahora había vuelto a ser su reino y ella una especie de guardiana que algún día contaría sus historias.


© Para Amelie de la abuela Diana, 13 de abril de 2026

AQUELLA QUINTA INOLVIDABLE

 


Imagen generada por IA sobre fotografía de Diana Durán

AQUELLA QUINTA INOLVIDABLE

 

Evocarás alguna tarde contemplando el terreno enfrente de la quinta. Esa en que la silueta de un corcel se dibujaba en el campo de margaritas. Los niños elegían las más hermosas para regalarlas en hatillos a quienes pasaran. El embalse del dique Roggero en el horizonte trazaba una línea azul en el encuentro del cielo y la tierra. El eucaliptal cruzaba la mitad del terreno y disipaba un aroma medicinal. Los renovales se veían flamantes plantados en las cercanías de la casa a medio terminar.

Revivirás a la familia ocupada en cortar el césped y extraer las malezas. El quincho recién construido reuniéndolos en la mesa al mediodía. Todos juntos. Buena época, asumirás.

 

Te animarás a buscar las fotos amarillentas de aquel tiempo en el fondo del cajón del desván. Todo sucedió hace muchos años, treinta, cuarenta. Aquellos días volverán en tu evocación como un torrente de imágenes y señales. Te preguntarás: ¿qué pasó?, ¿cuál fue la raíz de los males que destruyeron la ilusoria armonía?

Volverás atrás en tu memoria y tratarás de escudriñar los acontecimientos.  Los viajes desde San Isidro a La Reja. El tránsito infernal. La premura por llegar. Así lo sentirás. Recordarás que estaban rodeados de gente en la ciudad, que ansiaban el verde frente al cemento urbano. Extrañarás el intenso trabajo que les daba mantener el lugar. Pensarás con melancolía que allí estaban, juntos y a la vez lejanos; a un paso físico y a miles de kilómetros sus almas. Todo externo, superficial, vano.

 

Tu presente será la soledad del tiempo perdido, el abandono del lugar, la quinta vacía, la familia trunca.

Advertirás que algunos árboles habrán caído durante el gran temporal; la maleza habrá cubierto los alrededores de la casa y el quincho y, finalmente, el terreno habrá sido usurpado por una familia migrante desde el Chaco inundado.

 

Años después volverás y verás que esa familia bajó el tanque de agua del techo. El paisaje te abrumará. Será la muestra cabal del despojo; la visión horrenda de niños harapientos en la galería; el desaliñado huerto en el límite del terreno; la basura amorfa dispersa entre tus hermosos árboles ahora crecidos en la vereda forestal.

Entonces huirás despavorida, no querrás agitar en tu alma semejante fracaso. Tu vida será otra, pero persistirá el recuerdo de lo que no fue. Te preguntarás, ¿para qué evocar tanta pérdida. Tantas horas destinadas para nada.

Un día llegará en que lo resuelvas. 

Me queda el paisaje, no este, el otro, el de los buenos tiempos, los niños, el lugar, la tierra, los atardeceres, la silueta del caballo, el tapiz de margaritas. El jacarandá florecido, la resistente acacia, el tupido laurel, la fragancia del eucaliptal, la peculiaridad de los sauces eléctricos. Los ecos de las risas familiares. Todo menos tú que no mereces ni mi memoria.

 

© Diana Durán, 6 de abril de 2026

 

UNA SOMBRA YA PRONTO SERÁS

 




Café en París. Barrio Latino. Fotografía de Lutgarde Creemers.

UNA SOMBRA YA PRONTO SERÁS (1)

 

Pablo conoció a Marcela en un baile del club Comunicaciones de Villa del Parque. Habían coincidido durante carnaval en uno de los tradicionales “ocho bailes ocho” de la década del sesenta. Ella se había puesto una minifalda roja con medias estampadas, remera ajustada y botas largas de cuero blanco. Así vestida parecía una modelo. Era su primer baile en un club. Él era un joven que poco frecuentaba esos ambientes, pero la casualidad quiso que ese día acompañara a un amigo. Marcela, con apenas dieciocho años, se movía con gracia y sensualidad. La sacó a bailar al son de la orquesta tropical en la pista cubierta de serpentinas y papel picado. Intercalaron rápidos y lentos toda la noche. Habían coincidido en el club a través de amigos en común y la cercanía de sus casas.

Marcela recién había terminado el secundario; él ya estaba en cuarto año de ingeniería. Esa misma noche quedaron cautivados uno del otro, lo que provocó que no se volvieran a separar, quizás por la juventud de ella o la intelectualidad de él, o a pesar de las diferencias.

Un año después de aquel encuentro, despedida amorosa mediante, Pablo viajó a París gracias a una beca del INTI (2). Marcela, en cambio, permaneció en Buenos Aires y comenzó sus estudios de letras. Pablo alquiló un diminuto estudio en la Rue des Lyonnais, en pleno Barrio Latino. Las paredes descascaradas y la ventana angosta daban a un patio interior del que brotaban voces en distintos idiomas. El joven no se acostumbraba a la Torre de Babel parisina, pero la soportaba estoicamente. Sin embargo, la beca marchaba sobre ruedas.

El verano posterior a su partida, Marcela lo visitó gracias a que sus padres le solventaron un viaje de egresada postergado. Juntos vagabundearon por el bulevar Saint-Germain; las callejuelas del Barrio Latino, la Rue de Rivoli, la Mouffetard, la Montorgueil y la zona de Montmartre; además de las orillas del Sena con sus famosos libreros. Pasaron horas en los cafés, rodeados de estudiantes y artistas que discutían sobre política, cine y literatura.

Pero más allá de calles y cafés, los unía la circunstancia de estar descubriendo el mundo de la mano del otro. París había conspirado para vincularlos, pensaban ambos, con un sentimiento único. Esa breve convivencia tuvo matices románticos, como si la ciudad les ofreciera un escenario distinto, aunque efímero por la corta estadía de ella.

Marcela tuvo que volver a Buenos Aires para continuar sus estudios. Pablo siguió con su vida parisina austera, pero muy productiva en lo académico. Lo solventaban la beca y algún trabajo ocasional de cálculos ingenieriles.

La distancia hizo que comenzaran los intercambios epistolares. Las cartas se convirtieron en un puente frágil: iban y venían entre Barrio Latino y Villa del Parque, cargadas de recuerdos compartidos y algunas promesas inciertas por parte de Pablo. Marcela no sabía si su pareja se iba a quedar en París o volvería a Buenos Aires. Con el tiempo aparecieron ciertos reproches velados. A veces ella retrasaba a propósito el envío, en otras ocasiones no respondía, y en ese vacío crecían las dudas: el amor ensombrecido por la incertidumbre y la lejanía.

Marcela se quedaba en La Farola de Villa del Parque, los apuntes abiertos en la mesa. Afuera, el bullicio barrial; adentro ella pensaba en Pablo y en las cartas que intercambiaban. Su vida seguía hecha de rutinas conocidas, mientras él habitaba un mundo lejano. A veces dudaba si la espera era amor o simple resignación.

La imagen de Marcela se fue deteriorando ante los ojos de Pablo. Sus cartas, primero muy cuidadas, empezaron a mostrar reservas y espacios que él no lograba descifrar. Ella sentía que él tenía demasiadas oportunidades en París, mientras su destino perduraría en Buenos Aires sin su compañía. La joven solía soñar con el encuentro en el club Comunicaciones. Ese recuerdo la hacía esperanzar, pero entonces urdía con tristeza una historia sin fin destinada a cruzar el océano una y otra vez, sin encontrar nunca el equilibrio.

París se volvía un fantasma que ocupaba para Marcela más espacio que Pablo mismo, y empezaba a preguntarse si esperar era vivir o apenas aplazar la despedida.

Cuando Pablo regresó a Buenos Aires luego de dos años de beca, la ciudad lo recibió con un aire familiar y cálido. Volvió a caminar por Villa del Parque, a encontrarse con viejos amigos y a revivir las costumbres porteñas. Para Marcela, ese regreso fue una mezcla de alegría y desasosiego: lo esperó enamorada, pero también con la sensación incierta de que pronto volvería a partir. Una sombra cubría su destino con él.

Ella había construido su vida en Buenos Aires, entre la facultad, las amistades de siempre y las tardes en cafés porteños. Su mundo estaba allí, en los itinerarios que conocía de memoria. Pablo, en cambio, traía consigo relatos de distintos distritos parisinos, de profesores distinguidos, de debates permanentes en los pasillos de la universidad, de oportunidades que parecían multiplicarse. Solo le hablaba a Marcela de proyectos de investigación y futuros viajes. Ella sentía que su horizonte era estrecho, marcado por un porvenir fortuito. Las diferencias se colaban como una cuña en los silencios que se sucedían.

Pablo tuvo múltiples propuestas. En especial, se planteó la continuidad de su trabajo de becario, pero como investigador en la Universidad de Córdoba. Marcela sintió otra vez que él decidía partir, fuera en el exterior o dentro del país. Si bien se apagaban las luces distantes de París y renacían las esperanzas de tener a su pareja más cerca, la sensación era que él siempre estaría lejos.

 

 

La tarde en que Pablo tomó el pasaje hacia el interior para resolver su futuro trabajo, Marcela lo acompañó hasta el andén. Se abrazaron y besaron como siempre.  Sin embargo, lo vio partir como una sombra que se alejaba. Lo percibió inaccesible, casi remoto, entre el gentío que desvanecía su silueta. No hubo promesas: el tren se llevó a Pablo y con él, la certeza de que la historia había terminado. Así lo decidió Marcela de una vez por todas.

Diana Durán, 16 de marzo de 2026

 

 



(1) Título del libro de Osvaldo Soriano. Grijalbo. 1990.

(2) Instituto Nacional de Tecnología Industrial. Argentina.

PERMANECER EN FLORES

 


Plaza Flores


 

PERMANECER EN FLORES

 

El hombre había nacido para permanecer. Su vida era un eterno y opaco transcurrir. Sus padres se habían separado cuando empezó la escuela primaria. Entonces, uno u otro lo buscaban al colegio. La madre lo llevaba a tomar un helado a la salida porque sabía que el niño sufría la separación. El padre, ausente, no siempre lo buscaba, fastidiado por tener que cumplir con el deber, y las autoridades debían llamar a la mamá que se irritaba por el abandono. Muchas veces había encontrado a su hijo desconsolado al lado de la maestra en la puerta del colegio.

El niño lo había sentido desde pequeño. Soy culpable del divorcio, concluyó una noche muy triste cuando la oscuridad del cuarto lo estremecía.

Su único reparo era la abuela materna que lo miraba tiernamente mientras le daba de comer tallarines caseros con tuco y natilla con caramelo de postre. Él se quedaba el fin de semana en su casa; allí lo esperaban cuentos de aventuras y duendes y la cama cálida y arropada. En las mañanas de domingo jugaba en la vereda de la cortada de Terradas con los niños de la vecindad.

En cambio, no había momentos felices en el encierro del oscuro departamento de dos dormitorios que su madre había alquilado luego de la separación. Su pieza era una especie de celda de aislamiento que daba al patio interior de paredes descascaradas del edificio.

Durante la semana, los únicos momentos al aire libre los pasaba a pocas cuadras de su casa, en la Plaza de Flores, arbolada y bulliciosa. Era un pulmón verde en medio del trajín urbano. Las sombras del imponente algarrobo refrescaban los bancos de hierro y el bullicio de los colectivos de la avenida Rivadavia se mezclaba con el pregón de los vendedores ambulantes. Allí escuchaba las campanadas de la Basílica de San José que le anunciaban cuando era la hora de volver a casa. Cuando el sol caía, el barrio cambiaba. Los trabajadores regresaban con paso cansino, las persianas metálicas de los negocios se cerraban con estrépito, y las calles se teñían de un gris melancólico. El eco de las campanadas de la Basílica de San José se expandía como un recordatorio de que la jornada había terminado.

En la adolescencia se tornó flaco y esmirriado; la nariz le creció aguileña y el acné cubrió su cara. Ese aspecto le valió el rechazo de sus compañeras que los preferían de tersos rostros. Tampoco era afecto a los deportes, por lo que difícilmente iba a crecer rodeado de amistades. Solo tenía una compañera de banco que lo apreciaba porque sabía resolver los problemas de trigonometría y memorizar las lecciones de historia; entonces terminaba pronto las pruebas y la ayudaba.

Al finalizar el secundario él se inscribió sin gran vocación en el profesorado de matemáticas. Una tarde se cruzó por casualidad con su excompañera en la biblioteca del instituto. Se saludaron de lejos. Ella estudiaba la tecnicatura en trabajo social, lo hacía sin disposición, solo por continuar algún estudio.

A los pocos días se volvieron a encontrar en una fiesta de estudiantes en la que ninguno de los dos se había animado a bailar. Fue en un rincón, entre copas y risas ajenas, donde comenzaron la relación. Descubrieron que compartían el mismo miedo al rechazo, la misma sensación de haber nacido para permanecer invariables. Esa opaca coincidencia los unió. Él reconoció a aquella chica parecida a sí mismo: callada, de mirada esquiva y aire de tristeza que lo atraía porque percibía en ella la misma soledad que lo había aislado desde niño. Ella, aunque tímida y huidiza, valoró que él la había auxiliado en los exámenes. 

Él no terminó el profesorado, ella tampoco su carrera. Con el tiempo se casaron, sin grandes festejos ni lujos, apenas una merienda en una confitería modesta de la calle Nazca.

La vida en común no fue fácil. Él consiguió trabajos administrativos mal pagos. Ella hacía lo posible como ama de casa por organizar con los escasos ingresos de su esposo el diminuto departamento de dos ambientes que alquilaban en la calle Bogotá, a dos cuadras de la plaza de siempre.

Los problemas económicos de los años ochenta se sumaron a las vanas discusiones, y la rutina se volvió un peso tedioso. Sin embargo, había momentos de ternura: cuando recordaban las anécdotas escolares, cocinaban juntos un plato sencillo o bromeaban sobre sus desdichas.

Las circunstancias los dañaban una y otra vez: sobre todo la imposibilidad de tener hijos, pero también la permanente escasez de dinero y la inseguridad creciente del barrio. Cada obstáculo parecía confirmar aquella sentencia que él había sentido desde pequeño: había nacido para permanecer en el mismo sino.

En medio de la adversidad, la presencia de ella fue, sin embargo, un refugio. Aunque discutieran, aunque a veces se hirieran con palabras, él sabía que compartían la misma herida de origen y que, de algún modo, se necesitaban para sobrevivir.

A veces pensaba que todo había sido inútil, que la tristeza de su infancia era un castigo eterno. Otras veces, en las noches, cuando el trasiego aminoraba y el barrio de tornaba en calma, sentía que había algo más: una compañía, una reserva, una rutina que los mantenía en pie.

No era felicidad, tampoco superación. Los sostenía la inercia que la vida les ofrecía. Era solo la certeza de que, en medio de la costumbre y la penumbra, había un lugar donde permanecer.

 

El hombre abraza a su mujer. Afuera, las campanadas marcan las doce. La plaza está vacía. Adentro, la intimidad se torna en abrigo.

 

 


Diana Durán, 9 de marzo de 2026

 

 

 

 

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