LA NIÑA EN EL JARDÍN ENCANTADO
Amelie amaba su jardín. Allí existían
flores de todos los colores, árboles frondosos, una huerta y rincones para
jugar. La hamaca hecha con una rueda colgaba de la rama más fuerte del roble, y
un viejo desván alimentaba su imaginación infantil.
El padre trabajaba en el mismo
predio fabricando ventanas y puertas de pino. Por eso, la niña siempre tenía a
mano maderitas, pequeños trozos de metal, pedazos de goma y cerraduras viejas,
materiales con los que había construido una simulada casita en un rincón del
terreno.
Bajo la amplia copa del roble,
cuando su madre regaba el jardín, aparecían bandadas de pájaros multicolores.
Amelie los observaba fascinada: jilgueros amarillos radiantes, horneros marrones
tornasolados, inquietos churrinches rojizos. Sus cejas marcadas, sus picos extraños,
sus cantos únicos. La niña seguía con la mirada su vuelo y su revoloteo, como
si fueran parte de un juego que ella sola había inventado.
Al volver del colegio, lo primero
que hacía era recorrer ese mundo propio. Una tarde, después de terminar los
deberes, descubrió un visitante inesperado: un animalito peludo de cuatro
patas. No era un gato ni un perro; huyó veloz dejando apenas la visión de su hocico
puntiagudo y gran cola anaranjada. Amelie buscó su figura en las láminas del
diccionario y, al reconocerlo, sintió una especial alegría al descubrir que era
un zorro colorado. Guardó el secreto, temiendo que los adultos lo espantaran.
Los fines de semana jugaba en la
cabaña que había levantado. Allí, además del zorro y los pájaros, descubrió que
se posaba una mariposa atigrada y la dejó volar libre porque sabía que era muy
frágil.
¿Qué más podré ver en mi jardín?, se preguntaba
extrañada; seguro que muchos otros animales, porque tengo un jardín
encantado.
Animada, Amelie afinó su mirada. Desde
entonces descubrió comadrejas, lagartijas y sapos que no le simpatizaron, pero
también ardillas que trepaban huidizas al roble y un topo que cavaba un túnel
casi invisible. Buscaba cada hallazgo en las figuras de su diccionario, y guardaba
para sí cada secreta existencia.
Con el tiempo, Amelie comenzó a
conversar con la fauna de su entorno, y algunos, de a poco, le fueron
respondiendo. Los pájaros le cantaban volando alrededor mientras bailaba dichosa.
El topo llegó a mostrarle su cueva y a sus seis diminutas crías rosadas. El
zorro le contó que le resultaba muy difícil vivir en un lugar tan poblado
porque la gente solía despreciarlo y, a veces, hasta le tiraban piedras para
espantarlo. La mariposa le comunicó triste que temía por sus huevos porque cada
día se usaban más pesticidas. La niña logró conocer y respetar a sus amigos.
Un día llegaron obreros a
construir un quincho en el fondo de la casa. El ruido espantó a los animalitos de
Amelie, quien acongojada decidió contar la historia a su mamá. Ella sonrió
incrédula, pensando que su hija fabulaba. Ay, hijita, dejá ya de ver tantos
dibujos animados que te confunden con la realidad; los animales del jardín no
hablan con las personas. Pero mamá… protestó mientras la veía alejarse tranquila.
Durante semanas apenas se divisaron
unos pocos gorriones. Cuando la obra terminó, los animales regresaron, pero no
volvió la magia: Amelie no podía conversar otra vez con sus amigos del jardín
que había perdido su encanto.
Sin embargo, una tarde el zorro
colorado se acercó lento y reposó a su lado. Otro día, las ardillas bajaron del
roble y le mostraron que habían guardado muchas bellotas para el invierno.
Finalmente, el topo salió de su guarida con sus crías ya grandes y los pájaros
revolotearon en círculo a su alrededor impulsándola a bailar. Los animales no le
hablaban con palabras, sino con gestos, vuelos y miradas. Amelie, atenta, los contemplaba.
La niña comprendió que el jardín no
había cambiado: ahora había vuelto a ser su reino y ella una especie de guardiana
que algún día contaría sus historias.
© Para
Amelie de la abuela Diana, 13 de abril de 2026

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