ESPERA
EN ATOCHA
Habían
llegado a la estación de Atocha para viajar a Barcelona. Era la segunda etapa
de su primer recorrido por Europa, tan deseado como planificado. Decidieron
hacerla en un tren de alta velocidad: en tres horas estarían en la ciudad
mediterránea. En el itinerario podrían disfrutar los escenarios en transición,
desde la aridez de la meseta castellana con sus olivares y colinas, pasando por
el valle rocoso del Ebro, hasta las verdes llanuras catalanas. Lo habían
imaginado mil veces en sus conversaciones a través de guías y fotografías.
Paisajes tan distintos a la pampa argentina.
Se habían presentado en la terminal con mucha anticipación, muy temprano, a las seis y media de la mañana, por lo que tenían un buen margen para disfrutar del lugar.
—Estoy emocionada, Andrés, nunca pensé concretar este sueño.
—Yo
me siento igual, Patri.
Llegar hasta Atocha solo les había llevado caminar tres cuadras. Cruzaron la avenida arrastrando las valijas. Les costaba despedirse del Paseo del Prado que tanto habían recorrido.
—Elegimos bien el estudio frente al museo Reina Sofía, fue una gran opción, Andrés.
Patricia no se olvidaba del tiempo, casi una hora, en la que su esposo se había quedado parado frente al Guernica.
—Mirá esos helechos, parece un invernadero. Nunca vi una estación como esta.
—Vení,
tomemos un café con bollos en aquel bar que se llama justo “De la Estación”.
El lugar tenía sillas altas con vistas a los andenes; la pareja disfrutaba el movimiento de los viajeros que iban y venían.
—Me gustan las mesitas frente a las ventanas. Miremos cómo la gente va apurada mientras nosotros estamos tan tranquilos, respondió Patricia.
—Qué
suerte que no escuchamos los reparos de nuestros hijos: que estamos grandes,
que viajáramos en excursión, que no recorriéramos tantos lugares, que era mejor
trasladarnos en avión. Tantas críticas, como si fuéramos unos viejos.
—
Claro, nos cansaron. A mí me encantó cómo lo planeamos. Fueron nuestros sueños,
no los de otros.
Tenían todo organizado: hoteles, entradas a museos, excursiones. Pero habían decidido no definir los ratos libres en cada lugar; que surgieran de manera espontánea, como la estadía en Atocha.
Ubicaron su equipaje y pidieron el desayuno. Tenían bastante tiempo y los boletos ya sacados. Observaron el ir y venir del gentío a pesar de ser tan temprano.
Mientras esperaban el café, un estruendo metálico resonó a lo lejos.
—¿Qué habrá sido? —exclamó sorprendida Patricia.
—No
sé, quizá una puerta pesada —respondió él, restándole importancia—, tranquila,
pensá en todo lo que nos falta por recorrer.
—Lo único pesado será arrastrar el equipaje, pero bueno, sacaremos fuerzas de donde sea —se serenó Patricia abrazándolo.
El
murmullo de la multitud volvió a cubrirlo todo, pero la sensación quedó
suspendida en el aire. La pareja continuó desayunando mientras conversaban
sobre los tramos entre Barcelona-París, París-Ámsterdam y finalmente, por el
túnel, a Londres.
—Quién nos quita lo bailado; además, ¿no te parece que viajar así nos devuelve la juventud? Como si estuviéramos empezando otra vez.
—Sí,
y me gusta que lo hagamos juntos, sin apuros. Es como un renacer.
Las explosiones comenzaron a las siete y cuarenta, cuando diez bombas
detonaron de manera simultánea en varias estaciones, especialmente en Atocha. Corría marzo de 2004.

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