Barrio de Villa Giardino. Google Maps
UNA NUEVA VIDA
Compramos el terreno más hermoso que uno pueda
imaginar: casi una hectárea en Villa Giardino, localidad de las sierras cordobesas.
Allí soñamos residir desde el año próximo. Siempre imaginamos salir de la gran
ciudad que nos agobia con sus problemas, aunque admitimos sus beneficios. Así
es nuestra Córdoba capital, la docta, colonial y moderna a la vez. La conocemos
y la sufrimos. Pero a esta altura de la vida Raúl y yo necesitamos otra historia.
Por eso construimos una pequeña casa, la piedra fundamental de un proyecto
mayor que sumará más habitaciones; y una cabaña que, en un año, no más, nos
dará renta y equilibrio porque ambas jubilaciones no son elevadas.
Lo pensamos todo: un living-comedor-cocina
integrado; un dormitorio amplio con vista a las sierras; otro más para cuando
vengan nuestros hijos; un baño luminoso y una galería orientada como para
recibir la luz del día y contemplar el cielo diáfano de la noche. El dinero de
la venta de nuestra casa de Córdoba, sumado a los ahorros, han alcanzado para
comprar y edificar. Los muebles y adornos que nos acompañaron durante treinta
años de casados quedarán muy bien en los distintos ambientes. Lo que sobra se
venderá.
La prole no quiere que nos mudemos. Mamá, ¿qué
sentido tiene? Están grandes; ¿y si alguna vez tenemos que cuidarlos?; van a
estar muy lejos, reprochó nuestra hija el domingo pasado. Ese
lugar no tiene el mismo valor que la casa en la ciudad; además, borran de un
plumazo todos nuestros recuerdos, agregó con recelo el varón. Son unos egoístas:
miran solo su ombligo, le sugiero a Raúl y dejamos que pase el enojo
sin inmutarnos. Decidimos concentrarnos en el proyecto sin escuchar a los que
se oponen. Nos sentimos renovados.
La construcción avanza, ya está casi lista para
mudarnos. Mientras tanto, gracias a los nuevos dueños, nos quedamos en la casa
que vendimos. Celebramos con amigos una cena de despedida: algunos nos apoyan,
otros nos miran con recelo. Están grandes para semejante aventura, nos advierten.
Hablan del sistema de salud, de la conexión a Internet, del aislamiento.
Nosotros respondemos que Villa Giardino es tranquila, con calles arboladas,
arroyuelos cercanos y un magnífico entorno serrano. Nos llaman hippies de los
sesenta. Igual que nuestros hijos, calcados. Reímos cuando se van, coincidiendo
en la envidia de hijos y amigos frente a nuestra determinación. Ya quisieran,
le comento a Raúl mientras nos acostamos. Él asiente mientras vuelve a su libro.
El chalet está terminado. Se sitúa en la calle Agua
Buena, nombre que desde un principio nos reveló que estábamos en el camino ideal.
Nadie que viva en un lugar con ese nombre la puede pasar mal, es una
fija, declaro feliz. Raúl aprueba todo lo que comento, aunque a veces
pienso que ni me escucha, pero él es así. La partida es abrumadora: mudarse
nunca es fácil, menos aún con los reproches de los hijos persiguiéndonos. Se
van a arrepentir; no podremos visitarlos seguido; en Punilla no hay suficiente
equipamiento médico, repiten ambos como una letanía. Nosotros dejamos que
chillen como pequeños porque estamos convencidos de que intentan frenar nuestro
destino dichoso. Decidimos concentrarnos en el proyecto que nos renueva cuando
nadie se opone.
Ya instalados, cansados pero contentos, plantamos
tres árboles: un cerezo, un nogal y un arce. También flores alrededor de la
casa. Mientras tanto seguimos planeando la cabaña que será nuestra renta. La
conexión inalámbrica funciona relativamente bien.
Poco a poco se van cumpliendo nuestros deseos.
Vivimos tranquilos, hacemos excursiones, no nos agobia el calor ni el frío de
la ciudad. Tampoco los ruidos que nos abrumaban. Nos alejamos de las
concentraciones y los atascos. Hasta nuestra salud mejora, la presión de Raúl
se equilibra, mi dieta avanza a pasos agigantados. Dormimos como lirones,
comemos saludable, nos relacionamos con vecinos serviciales y jóvenes del “Camino
de los Artesanos”. Quizás empecemos algún pequeño emprendimiento cuando estemos
más afianzados.
Lo único que nos extraña es el alejamiento de los
chicos. No vienen a pesar de las invitaciones; siempre están ocupados. En nuestras
conversaciones recordamos con nostalgia, pero a la vez con alegría, los
cumpleaños, las fiestas cuando se recibieron, la alegría de los primeros
trabajos y las tristezas cuando sufrían alguna enfermedad, aunque fuera
intrascendente o algún conflicto amoroso. ¿Será que trabajamos mucho y no
estuvimos suficientemente presentes?, le pregunto a Raúl. Me responde, hemos
estado lo que pudimos y cuando pudimos, no des más vueltas al asunto.
Esta
mañana un trueno nos sorprendió. La lluvia arreciaba, parecía una tormenta
veraniega, pero se iba intensificando. Un rayo cayó cerca, demasiado cerca.
Parte del chalet se vio afectado: el techo de la galería recibió algunas chispas
y los materiales de la cabaña quedaron dañados por un incendio menor. El susto fue
enorme. Con ayuda de los vecinos y los bomberos voluntarios pudimos apagar el
fuego. Aunque la pérdida fue muy dolorosa, la casa no fue sido alcanzada en el
interior.
Hoy, exhaustos pero firmes, nos
levantamos muy temprano. El cerezo, el nogal y el arce siguen allí, inclinados
por las ráfagas, pero sobrevivientes. Los enderezamos, reforzamos sus tallos y quedamos
tranquilos. El aire huele a pasto mojado y a madera quemada. Nos miramos confiados.
Sentimos un nuevo comienzo.
Nuestros hijos insisten en que
volvamos a la ciudad. Nos reprochan nuestra falta de afecto hacia ellos. Insisten
en los peligros del lugar. Nosotros respondemos que no: este sitio nos
pertenece, con sus riesgos y su belleza. La calle Agua Buena nos recuerda cada
día que elegimos el mejor camino.
Reparamos lo dañado,
reconstruimos lo perdido y seguimos adelante. La casa será más sólida, la cabaña
se construirá con un poco de retraso, pero lo haremos. Plantamos varios árboles
autóctonos cercanos a ella. Cada nuevo brote nos vuelve más esperanzados.
Aquí estamos, meses después. La
vida, entre sierras y arroyos, nos regala lo que buscábamos: serenidad,
contacto con la naturaleza y la certeza de que la felicidad no depende de la
comodidad, sino de la decisión de vivir según nuestros anhelos.
Todas las noches salimos al
jardín donde el cielo iluminado por las estrellas es un techo infinito. Aprendemos
que incluso los fenómenos tormentosos pueden ser parte de la nueva vida que decidimos
y que no todo depende de la comodidad, sino de la decisión de afincarnos según
nuestros ideales.
Todas las noches, desde que
llegamos a este edén, cuando nos vamos a dormir nos miramos apenados y nos
consolamos al revelar nuestros sentimientos más caros: nuestros hijos y amigos
ya volverán…
Diana Durán, 20 de abril de 2026
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