| Fotografía. Diana Durán
PLEAMAR
Dalma
iba todos los años junto a su familia a Mar del Plata. Sus padres habían
comprado una cabaña pequeña pero cómoda en un barrio cercano a la playa de Los
Acantilados. A diferencia del resto de los jóvenes que abarrotaban el centro, a
ella le gustaba la calma de ese lugar. Amaba el mar, pero, sobre todo, la
soledad que le ofrecía.
Usualmente
bajaba con sus padres a las diez de la mañana. A las doce, cuando el sol
empezaba a irritar, ellos regresaban a la cabaña para almorzar y ya no volvían.
Dalma, en cambio, esperaba a que la tarde cayera. Era ágil como una gacela;
bajaba las escaleras de las barrancas y los senderos de greda con una soltura
inusual. Buscaba siempre un rincón alejado, allí donde las paredes del suelo
acantilado la protegían del viento, y se tiraba en la arena a tomar el sol que
ya no quemaba. Muchas veces se internaba entre las rocas costeras y contemplaba
a las gaviotas que se posaban en la playa para luego remontar vuelo. Conocía
cada retazo de ese sitio agreste.
Esa
tarde repitió el ritual. Extendió la amplia lona de guardas azules y naranjas,
regalo de una amiga, y acomodó la matera, las cremas y el libro. Leía El
caso de Alaska Sanders, último thriller que había comprado, sin la atención
acostumbrada. Mientras leía, su interés divagaba entre las páginas y el
entorno: la bandada de gaviotas que planeaba al ras del agua, la trama de la arenilla
entre sus dedos, un par de surfistas que desafiaban las olas de la tarde. Se
sentía en perfecta armonía, mimetizada con el paisaje.
Pasadas
las cinco, sintió la pulsión de caminar. Para Dalma era una forma de pensar. Juntó
sus bártulos y se internó entre los acantilados, sorteando las rocas que
conocía como la palma de su mano. El día, inusualmente cálido, la invitó a ir
más allá de sus límites habituales. Encontró una cala de arena entre dos
barrancas, un pequeño escondite encajonado entre las paredes verticales. El
arrullo de las olas y el cansancio del día la envolvieron en una modorra placentera.
Se recostó sobre un recodo tibio y, sin planearlo, se quedó adormilada.
Cuando
abrió los ojos, el paisaje había cambiado de color. El sol ya se había
ocultado, dejando un resplandor violeta. El frío le calaba los huesos. Pero lo
que la hizo reaccionar fue el rugido del agua tan cercano. Demasiado.
La
marea alta había avanzado y devorado la pequeña playa. El agua estallaba contra
la base de las rocas. Por primera vez en su vida, Dalma sintió que el lugar le
era ajeno.
Buscó
el sendero oculto por el que había entrado, pero solo vio espuma blanca entre
las rocas. Aunque intentó trepar por la pared del acantilado, los estratos se
desmoronaban como arena seca. Miró hacia arriba, calculó que la cima de la
barranca estaba a diez metros de altura, inalcanzable sin escaleras. El mar
avanzaba unos centímetros con cada ola. Ya le llegaba a los tobillos.
Dalma
respiró hondo e intentó calmar los latidos de su corazón. Recordó los thrillers
que leía: el pánico era el mejor amigo de la muerte. Miró el agua embravecida, revisó
la pared de tierra que la confinaba, y comprendió que la agilidad de la que
tanto se jactaba iba a ser su única oportunidad de supervivencia. Clavó las
uñas en la pared terrosa y empezó a subir.
© Diana
Durán, 1 de junio de 2026

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