LA ÚLTIMA VUELTA DE LA NIÑA
Dije las calesitas, noria de los domingos,
y el paredón que agrieta la sombra de un
paraíso,
y el destino que acecha tácito, en el cuchillo…
Versos
de catorce. Luna de Enfrente. Jorge
Luis Borges (1925)
Ella se sentía una princesa, montada en corceles coloridos,
cisnes enamorados y erguidas barras que la invitaban a la aventura de una
vuelta más en la descolorida calesita de su ciudad natal.
Tenía una extraña postura de princesa, mirada vacía, cabello fino, pero
profunda tristeza.
El oscuro empapelado de la pared cercaba la foto de
la pobre niña sentada en el sillón, sin esperanza.
Hadas misteriosas acompañaron su sueño. Auroras
boreales disipaban su imagen.
Así era su destino de muchacha, aquella que
caminaba por las calles otoñales de La Boca.
Un perro flaco la seguía con la cabeza gacha.
Ni siquiera el árbol raído le daba sombra.
En la noche deliraba.
Duendes imaginarios transitaban el bosque umbrío.
Senderos intrincados extraviaban su rastro.
Oscuridades inciertas la envolvían.
Ella abrazaba el osito de felpa y lloraba.
Soñó con dos torcazas en una rama, frente a su
casa, tras el vidrio de la ventana: último presagio y esperanza.
Nadie la vio pasar.
El atardecer del barrio y la plaza quedaron truncos
aquel día en que el destino la acechó.
Diana Durán, 8 de junio de 2026
Dedicado a todas las Agostinas

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