VERDE DESIERTO

 


VERDE DESIERTO

─Mirá que llamarse Cangrejillos ─le indicó señalando la vieja guía─; sabemos de topónimos, pero ninguno como este tan singular. ¿Será que hay muchos cangrejos por allí? ─insistió curioso.

─No lo sé, Florentino, pero deberíamos intentar subir más allá de los dos mil metros. Aquí ya no queda nada. Tampoco en la quebrada de Humahuaca, ni en los valles calchaquíes. Pura desolación ─le respondió desesperanzado John.

El cambio climático había alcanzado los tres grados por encima de las temperaturas normales. El mar había avanzado, las tormentas eran cada vez más intensas, las sequías más prolongadas. Casi no quedaban ganado ni cultivos. Toda la soja de los campos pampeanos se había marchitado. Unos pocos cerdos flacos andaban pastando en las zonas llanas al oler los antiguos granos que solían comer; entonces rumeaban como vacas sobre los restos de los cultivos marchitos. Los bosques se habían incendiado, tanto en la selva misionera como en los Andes Patagónicos. Era la devastación de la naturaleza provocada por el hombre en la mayor parte de la Tierra. Una verdadera crisis global planetaria.

Florentino recordó al grupo con precisión que la consigna de la Asociación Mundial de Arqueólogos, junto a la de Geólogos y Antropólogos había sido clara: debían explorar los lugares más recónditos para encontrar sitios que pudieran ser habitables para los pueblos. Los hambrientos migraban sin encontrar destino desde los campos a las ciudades; otros huían de las grandes metrópolis en las que los shoppings y las cadenas de supermercados habían quedado desabastecidos hacía tiempo.

─Pensar que abajo en la selva tucumano-oranense dejamos los lapachos, las tipas y los laureles achaparrados y amarillentos. Nada del antiguo esplendor frondoso ─suspiró Florentino con nostalgia.

─A lo mejor sea posible, Florentino. Todo lo demás está extinguido. Esto es muy lamentable.

La vieja cartografía les había permitido detectar que en algunos rincones de la Puna había relictos de semillas de papa y maíz que los diaguitas y sus descendientes cuidaban muy bien. La orden de las asociaciones era encontrar esos depósitos para poder resembrar los campos.

A los investigadores les daba lástima ver las águilas moras volar en círculo en búsqueda de algún cuis u otro roedor. Caían exhaustas al no encontrar presas. Las observaron masticar ramas de arbustos secos mientras se peleaban a los picotazos. Hasta vieron algunas llamas escuálidas, puro hueso, en lo alto de las rocas.

Con sus enseres de expedición a cuestas y dos auxiliares alumnos de la universidad, los arqueólogos siguieron su marcha hacia Cangrejillos como un punto desconocido, pero esperanzador. Quedaba a cuatro mil metros de altura en la Puna desértica, aunque, según les habían indicado, podía haber vestigios de civilización.

La subida fue muy difícil, pues el equipo era de laboratorio más que de expedicionarios. No quedaba otra opción que buscar indicios de recursos naturales para que los habitantes no sucumbieran a las hambrunas.

A través de las intermitentes transmisiones de radio de onda corta que aún unían a los sobrevivientes, las noticias del resto del globo insistían en que no se hallaban semillas para repoblar los campos yermos. La humanidad estaba al borde de la extinción. Por suerte ya no había más armas atómicas ni municiones, pero en todas partes se producían crímenes con puñales, espadas y cualquier instrumento filoso que se encontrara a mano en la desesperada búsqueda de comida. Reinaba la ausencia de la civilización tal como se había desarrollado en el siglo XXI.

Durante un día y medio, John, Florentino y sus alumnos treparon las laderas abruptas de la Puna árida y sofocante. Estaban casi al borde de quedarse sin víveres, que en realidad eran solo barritas de cereal y pastillas proteicas.

─Tomá tus prismáticos, Florentino, estoy viendo en el horizonte una extraña línea verde.

─Sí, John, la diviso delante de los cerros volcánicos del límite con Chile. ¿Qué será?, no es fácil reconocer el verde natural desde que esta catástrofe comenzó.

La expedición se dirigió hacia la línea esmeralda, luego de confirmar que estaba en dirección al lugar de destino. Por las coordenadas era Cangrejillos, sin duda. Así fue como llegaron a un lugar indescriptible. Frente a sus ojos, lo que en los mapas figuraba como un desierto de altura era un oasis, un laberinto de forestaciones, cultivos y reproducción de semillas bajo invernadero. Los alumnos corrieron, llorando de alivio. Florentino creyó por unos minutos que, como los antiguos exploradores, habían encontrado un punto donde podía renacer la civilización.

Sin embargo, al rozar las hojas, no hubo frescura. El verde se deshizo en un polvo gris y frío entre los dedos; los frutos eran apenas esferas de hollín que estallaban en las ramas. El verde era solo un reflejo suspendido en el aire, como si el suelo hubiera decidido conservar la memoria de un antiguo esplendor en forma de fantasma vegetal.

A lo lejos divisaron las siluetas de los pobladores nativos. Cuando se acercaron estos los miraron fijo, moviendo los labios en un susurro inaudible. Eran tan espectrales como las plantas. Se los veía temerosos y vencidos.

John y Florentino comprendieron que Cangrejillos no era un refugio, sino una copla fúnebre de la naturaleza: una ilusión antes del final. El vergel era un poema escrito por la tierra moribunda, un espejismo que se ofrecía para que los postreros caminantes recordaran, por última vez, cómo era la vida.

 

 

John Lloyd Stephens (1805-1852): Explorador estadounidense, figura clave en el descubrimiento y documentación de grandes ciudades de la civilización maya (como Copán en Honduras y Uxmal en México) gracias a sus detallados informes y litografías.

Florentino Ameghino (1854-1911): Destacado naturalista, paleontólogo y arqueólogo argentino. Realizó extensas investigaciones sobre la prehistoria y los primeros habitantes de la región pampeana sudamericana, dejando grandes colecciones de los primeros poblamientos en territorio argentino.

© Diana Durán, 15 de junio de 2026

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