EL SECRETO DE LAS MANCHAS
La descubrí una noche cuando mi mente vagaba intentando
atrapar el sueño. Era apenas un punto en el techo, tan pequeño que al principio
pensé en una arañita. Pero no se movía; no era hilo ni insecto. Era otra cosa.
Por entonces yo era una adolescente llena de planes:
estudiar, viajar, casarme, tener hijos. Todo lo imaginaba mientras esperaba que
la noche avanzara, y allí estaba la mancha, creciendo en un silencio obstinado.
Primero adoptó el contorno de una ameba; más tarde, el de un paramecio. La biología
me apasionaba, pero esa sombra parecía burlarse de lo conocido al cambiar de
forma caprichosa. Nunca se lo conté a mamá: bastante tenía ella con su trabajo
y las cuentas que no cerraban.
Unas semanas después apareció otra sombra en la pared
frente a mi cama. No imitaba a un animal, sino a una ciudad: el perfil
minúsculo de techos y terrazas, como el boceto de un mapa. En la escuela los
profesores hablaban de tornados tropicales, incendios voraces e inundaciones en
manto. Yo atendía con la certeza de que todo eso ocurría en otros lugares; en
La Pampa, pensaba, nada destructivo podía alcanzarnos. Aquí la vida giraba al
ritmo tranquilo del ganado y los granos y, aunque nada sobraba, siempre
encontrábamos la forma de salir adelante.
Lo que había comenzado como un punto solitario se
extendió por la casa, saltó al cerco del vecino y terminó cubriendo el barrio
entero. Nadie supo cómo detenerlas.
Las manchas no frenaron. Pronto mis compañeros comenzaron
a comentarlo en los recreos, al principio entre risas y después con un murmullo
inquietante. Los techos recién impermeabilizados y las paredes pintadas a la
cal de nada servían. Las sombras reaparecían y se multiplicaban.
En pocos meses, el pueblo entero quedó envuelto en una
extraña histeria silenciosa. Los albañiles se transformaron en los trabajadores
más cotizados. En el almacén y la ferretería ya no se hablaba del precio del
trigo, sino de nuevos y asombrosos productos para sellar mamposterías. Algunos
vecinos le echaban la culpa a las napas que subían; otros, más viejos, se
persignaban y decían que era un castigo de la tierra por tanto químico echado a
los campos. Se organizaron limpiezas, se rasquetearon frentes e incluso el
intendente mandó a pintar la municipalidad dos veces en un mismo mes. Pero fue
inútil. Las manchas reaparecían al día siguiente, más nítidas, cambiando de
lugar como si se burlaran de la brocha y la pintura.
Fue entonces cuando lo comprendí que nunca se había
tratado de humedad. Eran mapas con advertencias silenciosas. Cada forma
caprichosa trazaba un territorio que se deshacía en otra parte del mundo; cada
perfil era una ciudad que se borraba del planisferio. La mancha no habitaba en
el revoque de las paredes: habitaba en nosotros, filtrándose en la rutina para
recordarnos que todo lo que creíamos sólido podía desmoronarse de un momento a
otro.
Comprendí que no tenía sentido seguir rasqueteando las
paredes ni tapar las grietas con pintura fresca. Las manchas no venían a
destruir el mundo: venían a ocuparlo. Y mientras el pueblo entero intentaba
borrar la sombra en la cocina o el garaje, nadie notaba lo inevitable: la
mancha ya había encontrado la forma de seguir dibujándose, lenta y silenciosa,
en el territorio de nuestra humanidad.
© Diana Durán, 27 de julio de 2026
