PATIO DE MI INFANCIA
… El patio es el declive
por el cual se derrama el cielo en la casa.
Un patio. Fervor de Buenos Aires.
Jorge Luis Borges
El patio de mis abuelos, luminoso y sereno, con la
escalera empinada hacia el desván misterioso y la confusión de trastos viejos. Mi
hermano y yo nunca supimos qué hacían allí tantos muebles apilados junto a la
incierta mixtura de cajas de cartón. De pequeños no nos atrevíamos a entrar,
solo espiábamos desde la puerta.
La terraza ardía en los eneros, alquitrán derretido
bajo el sol. En un rincón, una vieja cocina desechada que para nosotros era
nueva, porque adornábamos las paredes que la rodeaban pintándolas con tizas de
colores. Allí cocinábamos, en una olla negruzca, las hojas arrancadas del
fresno, el árbol que abrazaba el muro que daba a la calle.
En una esquina de la planta baja, el baño con su
peligroso calefón eléctrico. En la pared lateral, las puertas de las
habitaciones en galería. Al frente, la entrada con un mueble estrecho, perchero
y guarda paraguas, flanqueado por sillones torneados de madera oscura.
Bajo un farol nos reuníamos en festín dominical:
ravioles caseros y vino con soda. Seis voces hablando a la vez —abuelos, padres
y pequeños hijos— alrededor de la comida que la abuela preparaba en su cocina
mínima. No sé cómo lo lograba con tan poco espacio y recursos.
Bajo el cielo de Belgrano, el paraíso de mi
infancia.
Hoy reproduzco ese patio en el mío, muchos años
después. Entre plantas modernas y artesanías de viaje, me descubro pensando en
la heladera de hielo, la cocina de hierro, las ollas de aluminio. Objetos
humildes que son símbolos poderosos de aquella infancia dorada.
Me siento feliz en mi patio porque me trae el
recuerdo de mi abuela y su cocina. Aunque no hornee como ella —sería imposible
hacerlo—, su ternura, como raro sortilegio, templa mi cuerpo. La escucho
todavía, como si me insistiera en un domingo cualquiera. Dianina, vení, que
ya están los scones con manteca. Apurate, después jugaremos a las visitas.
© Diana Durán, 4 de mayo de 2026

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