UNA SOMBRA YA PRONTO SERÁS

 


Montmartre. Barrio bohemio y pintoresco de París. Foto: Diana Durán

UNA SOMBRA YA PRONTO SERÁS (1)

 

Pablo conoció a Marcela en un baile del club Comunicaciones de Villa del Parque. Habían coincidido durante carnaval en uno de los tradicionales “ocho bailes ocho” de la década del sesenta. Ella se había puesto una minifalda roja con medias estampadas, remera ajustada y botas largas de cuero blanco. Así vestida parecía una modelo. Era su primer baile en un club. Él era un joven que poco frecuentaba esos ambientes, pero la casualidad quiso que ese día acompañara a un amigo. Marcela, con apenas dieciocho años, se movía con gracia y sensualidad. La sacó a bailar al son de la orquesta tropical en la pista cubierta de serpentinas y papel picado. Intercalaron rápidos y lentos toda la noche. Habían coincidido en el club a través de amigos en común y la cercanía de sus casas.

Marcela recién había terminado el secundario; él ya estaba en cuarto año de ingeniería. Esa misma noche quedaron cautivados uno del otro, lo que provocó que no se volvieran a separar, quizás por la juventud de ella o la intelectualidad de él, o a pesar de las diferencias.

Un año después de aquel encuentro, despedida amorosa mediante, Pablo viajó a París gracias a una beca del INTI (2). Marcela, en cambio, permaneció en Buenos Aires y comenzó sus estudios de letras. Pablo alquiló un diminuto estudio en la Rue des Lyonnais, en pleno Barrio Latino. Las paredes descascaradas y la ventana angosta daban a un patio interior del que brotaban voces en distintos idiomas. El joven no se acostumbraba a la Torre de Babel parisina, pero la soportaba estoicamente. Sin embargo, la beca marchaba sobre ruedas.

El verano posterior a su partida, Marcela lo visitó gracias a que sus padres le solventaron un viaje de egresada postergado. Juntos vagabundearon por el bulevar Saint-Germain; las callejuelas del Barrio Latino, la Rue de Rivoli, la Mouffetard, la Montorgueil y la zona de Montmartre; además de las orillas del Sena con sus famosos libreros. Pasaron horas en los cafés, rodeados de estudiantes y artistas que discutían sobre política, cine y literatura.

Pero más allá de calles y cafés, los unía la circunstancia de estar descubriendo el mundo de la mano del otro. París había conspirado para vincularlos, pensaban ambos, con un sentimiento único. Esa breve convivencia tuvo matices románticos, como si la ciudad les ofreciera un escenario distinto, aunque efímero por la corta estadía de ella.

Marcela tuvo que volver a Buenos Aires para continuar sus estudios. Pablo siguió con su vida parisina austera, pero muy productiva en lo académico. Lo solventaban la beca y algún trabajo ocasional de cálculos ingenieriles.

La distancia hizo que comenzaran los intercambios epistolares. Las cartas se convirtieron en un puente frágil: iban y venían entre Barrio Latino y Villa del Parque, cargadas de recuerdos compartidos y algunas promesas inciertas por parte de Pablo. Marcela no sabía si su pareja se iba a quedar en París o volvería a Buenos Aires. Con el tiempo aparecieron ciertos reproches velados. A veces ella retrasaba a propósito el envío, en otras ocasiones no respondía, y en ese vacío crecían las dudas: el amor ensombrecido por la incertidumbre y la lejanía.

La imagen de Marcela se fue deteriorando ante los ojos de Pablo. Sus cartas, primero muy cuidadas, empezaron a mostrar reservas y espacios que él no lograba descifrar. Ella sentía que él tenía demasiadas oportunidades en París, mientras su destino perduraría en Buenos Aires sin su compañía. La joven solía soñar con el encuentro en el club Comunicaciones. Ese recuerdo la hacía esperanzar, pero entonces urdía con tristeza una historia sin fin destinada a cruzar el océano una y otra vez, sin encontrar nunca el equilibrio.

Cuando Pablo regresó a Buenos Aires luego de dos años de beca, la ciudad lo recibió con un aire familiar y cálido. Volvió a caminar por Villa del Parque, a encontrarse con viejos amigos y a revivir las costumbres porteñas. Para Marcela, ese regreso fue una mezcla de alegría y desasosiego: lo esperó enamorada, pero también con la sensación incierta de que pronto volvería a partir. Una sombra cubría su destino con él.

Ella había construido su vida en Buenos Aires, entre la facultad, las amistades de siempre y las tardes en cafés porteños. Su mundo estaba allí, en los itinerarios que conocía de memoria. Pablo, en cambio, traía consigo relatos de distintos distritos parisinos, de profesores distinguidos, de debates permanentes en los pasillos de la universidad, de oportunidades que parecían multiplicarse. Solo le hablaba a Marcela de proyectos de investigación y futuros viajes. Ella sentía que su horizonte era estrecho, marcado por un porvenir fortuito. Las diferencias se colaban como una cuña en los silencios que se sucedían.

Pablo tuvo múltiples propuestas. En especial, se planteó la continuidad de su trabajo de becario, pero como investigador en la Universidad de Córdoba. Marcela sintió otra vez que él decidía partir, fuera en el exterior o dentro del país. Si bien se apagaban las luces distantes de París y renacían las esperanzas de tener a su pareja más cerca, la sensación era que él siempre estaría lejos.

 

 

La tarde en que Pablo tomó el pasaje hacia el interior para resolver su futuro trabajo, Marcela lo acompañó hasta el andén. Se abrazaron y besaron como siempre.  Sin embargo, lo vio partir como una sombra que se alejaba. Lo percibió inaccesible, casi remoto, entre el gentío que desvanecía su silueta. No hubo promesas: el tren se llevó a Pablo y con él, la certeza de que la historia había terminado. Así lo decidió Marcela de una vez por todas.

Diana Durán, 16 de marzo de 2026





(1) Título del libro de Osvaldo Soriano. Grijalbo. 1990.

(2) Instituto Nacional de Tecnología Industrial. Argentina.

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