LA LLAVE, EL FANTASMA Y LA FUGA


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LA LLAVE, EL FANTASMA Y LA FUGA


Era la primera vez que quedaban solos en su casa. Los padres habían decidido salir y como eran casi adolescentes, doce años ella, once él, podían esperarlos hasta la hora en que volvieran o dormirse antes tranquilos.

El dilema era dejarles o no la llave de la puerta de entrada del departamento. La madre le dijo al padre que no era prudente, Ignacio era travieso y podía escaparse o intentar salir con la excusa de comprar golosinas o pispear la calle. El padre le replicó que al estar Cecilia a cargo de la llave no pasaría nada, que ella era lo suficientemente responsable como para sosegar al hermano.

El padre ganó la partida y la llave de la puerta de entrada quedó a cargo de la joven que se sintió henchida de orgullo por tremendo compromiso. Ignacio no le dio mucha importancia al hecho porque estaba feliz con la circunstancia de que sus padres los dejaran solos. Los esperaba una noche de juegos y series de televisión.

Así fue como luego de múltiples recomendaciones, padre y madre se fueron al cine y a cenar por primera vez en mucho tiempo.

─Ceci, no olvides apagar la luz de la cocina y dejar prendida la entrada. Si querés encendé el foco del pasillo de los dormitorios, así les damos un beso cuando lleguemos.

─Sí, mamá, vayan tranquilos que yo me ocupo de todo eso y de quitar la llave de la puerta para que ustedes puedan entrar.

─Claro, eso es muy importante, querida, qué bien que lo hayas pensado, si no, nos quedamos afuera. Sos muy inteligente.

Los chicos estaban cenados y en pijama como para dormir cuando llegaran las diez y media de la noche, según la orden de los papás.

Así comenzó la aventura. Apenas los padres cruzaron la puerta, ellos saltaron de alegría. Por fin iban a poder mirar el programa que tanto les atraía, “El fantasma de la Opera”[1]. Ellos amaban a Erik, un hombre con el rostro deformado de nacimiento que vivía oculto en los sótanos del teatro. El protagonista solía preguntar ¿hay alguien en los camarines?, entonces los hermanos se abrazaban con un sentimiento confuso de susto e hilaridad.

Esa noche el grito del fantasma resonó distinto en la pantalla; más real que nunca ante la ausencia de los padres. La situación se tornó oscura y siniestra. Por alguna razón, Cecilia e Ignacio se miraron con los ojos impresionados de espanto y, sin pensarlo, corrieron hacia la puerta. En la fuga, la llave quedó olvidada sobre la mesa. Bajaron a los saltos por la escalera y salieron a la calle por la puerta de servicio que estaba abierta pues el portero había subido a los pisos para sacar la basura.

Los chicos no acostumbraban a salir de noche, salvo en auto a alguna reunión familiar. Asustados corrieron unas tres cuadras sin parar. La calle se transformó en un escenario incierto donde las luces apenas iluminaban, los negocios se tornaban desconocidos con las persianas bajas y el traqueteo lejano de los colectivos los impresionaba aún más.  

De pronto, en una esquina, la silueta encorvada de un hombre se levantó entre la pila de cartones. Era un mendigo harapiento que murmuraba palabras incomprensibles, con el rostro semioculto bajo un sombrero andrajoso y descolorido. Cecilia e Ignacio se miraron aterrados; en su imaginación el personaje era el fantasma que acababan de ver en la pantalla. Corrieron tomados de las manos. El barrio se tornaba cada vez más desconocido y siniestro; real e imaginario a la vez.

Los chicos recorrieron dos cuadras y frenaron porque el frío y el miedo los paralizó. Sin embargo, se dieron cuenta que el fantasma había quedado atrás, confundido entre la silueta del vagabundo y el recuerdo de la imagen en el televisor. Como por arte de magia recobraron la conciencia, recordaron dónde estaban y cómo debían volver sobre sus pasos para llegar a su casa.

Entonces advirtieron que estaban en un tremendo aprieto: les faltaba la llave para entrar. Ignacio propuso trepar por el balcón del primer piso.

—¡Ni lo sueñes!, ─lo frenó Cecilia─. Si nos ve algún vecino, se les va a contar.

Se miraron nerviosos. La puerta estaba cerrada y la llave debía seguir sobre la mesa burlándose de ellos. Ignacio imitó la voz del fantasma y recitó: ¿hay alguien en los camarines? Cecilia lo empujó y le dijo que mejor se callara antes de que el terror regresara o los vecinos los descubrieran en pijama.

Finalmente, tocaron el timbre al portero, inventando que habían salido porque escucharon llegar a sus padres que no podían entrar. El hombre acostumbrado a las travesuras los retó levemente y abrió la cerradura con una sonrisa cómplice. Los chicos entraron corriendo y al ver la llave sobre la mesa se abrazaron como si hubieran recuperado un tesoro perdido. Luego se acostaron e intentaron dormir hasta escuchar el regreso de sus padres.

Al día siguiente, el portero le comentó a la madre:

—Anoche sus hijos me hicieron abrirles la puerta. Dijeron que habían escuchado que ustedes volvían y no podían abrirla. La madre lo miró extrañada sin comprender.

Cuando les preguntó a sus hijos qué había sucedido, Ignacio calló cabeza gacha y Cecilia, medio dormida, murmuró:

—Bueno, al menos nos salvamos del fantasma.



[1] Serie en blanco y negro transmitida por el Canal 9 y protagonizada por Narciso Ibáñez Menta en los años sesenta.


© Diana Durán, 23 de marzo de 2026

 

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