LOS ECOS DEL GRAN HOTEL
Villa Ventana. No hay
lugar en el mundo que nos guste más para disfrutar las vacaciones: las sierras,
los arroyos que serpentean los límites, el aroma de los árboles, los artesanos
en las callejuelas, la fiesta de la Golondrina y los pájaros que parecen notas
musicales en cada rama. Allí volvimos, como todos los años.
Ayer desayunamos en la
galería de la cabaña, con pan casero y mermelada. Conversamos sin apuro
disfrutando el inicio del veraneo. Momentos simples, pero llenos de esa calma
que uno quisiera retener para siempre. Caminamos a la vera
del Belisario. El agua corre lenta y transparente, y la brisa nos acaricia.
Conversamos sobre nada en particular, junto al mecer suave de las hojas y el cielo
teñido de un azul cada vez más obscuro. Dormimos abrazados y serenos.
Hoy nos internamos en
los senderos de la periferia. La caminata nos lleva cerca de un cerro cónico
cuyo nombre desconocemos. Continuamos por un camino sinuoso hasta el Club Hotel
de la Ventana, inaugurado en 1911, según reza un cartel. Célebre por haber
alojado a marinos alemanes del acorazado “Admiral Graf Spee”. El edificio se incendió
hace décadas, pero todavía conserva la sombra de su antigua majestuosidad.
Escaleras, cimientos y muros derruidos nos hacen imaginar el esplendor de aquellos
días cuando estaban en pie el cine, el teatro y la capilla. Las ruinas permanecen
rodeadas por cientos de hectáreas parquizadas y cubiertas de árboles
centenarios que el tiempo no pudo destruir.
La
noche nos sorprende entre los restos del ex hotel. Contra las advertencias de
otros turistas que recorren el lugar, decidimos quedarnos: queremos
experimentar por un rato la sensación de vagar por el gran hotel. Armamos un
campamento improvisado con los elementos que trajimos en el auto: carpa para dos
y canasto con enseres básicos. Comimos y brindamos bajo la luna embelesados por
nuestra aventura.
De
pronto, el viento comienza a cambiar su fuerza, como si arrastrara un murmullo
antiguo. Primero caen gotas aisladas, con un ritmo irregular. De a poco, la
lluvia se vuelve persistente; un tamborileo que aumenta en intensidad.
Está
lloviendo, me dice con voz baja, algo resignado. Es
la tierra que nos quiere retener, respondo entusiasmada al mirar cómo la
arcilla se torna un reflejo brilloso. No es lluvia; es un llamado que no
debemos atender, señala intrigándome.
Más
tarde las ruinas se estremecen con truenos y relámpagos. Algo extraño sucede.
Se confunden en la lejanía voces mezcladas con el repiqueteo del agua, como si
la tormenta tradujera palabras en un idioma misterioso. El suelo se torna
resbaladizo, y cada paso es un intento por no quedar atrapados en aquel
escenario que nos resulta sombrío y desconocido.
A
la media hora, en el silencio quebrado por el viento, comienzan a escucharse más
sonidos. Diálogos tensos, incomprensibles, en un idioma que pronto reconocemos:
alemán. El
gran hall es un despojo de ladrillos, pero las voces resuenan en las paredes desmoronadas.
¿Escuchás?
Es como si los muros hablaran, me revela. No
son los muros; son memorias que no se apagan, tiemblo al responderle; ¿y
si nunca se fueron?, ¿y si siguen aquí, atrapadas en la eternidad del hotel?
Él me ordena, no mires atrás. La historia nos persigue.
Las
frases desconocidas se mezclan con el temblor de nuestras manos. El edificio
parece reclamar su pasado de esplendor.
Siento
que nos observan, le digo al fijar mis ojos en la negrura.
Nos observan porque somos intrusos de su tiempo, me responde y aterroriza.
Corremos
hacia el auto. La lluvia convierte el camino en una vía resbaladiza. Nuestro
vehículo patina en zigzag.
Manejá
rápido; los ecos nos siguen. Si manejo rápido vamos a
encallar. ¿No los escuchás?; son voces, pero parecen aullidos; como
si la noche hablara en otro idioma.
Detrás
de nosotros, los ecos germanos se transforman en un coro de lamentos que nos persigue
en la oscuridad.
No
podemos salir, te escucho titubear con voz quebrada.
Es el hotel que nos retiene; siento que los escombros giran alrededor. ¿Y
si nunca fuimos visitantes, sino parte de su memoria?; ya no hay regreso.
Los
clamores se hacen más cercanos, pero menos comprensibles, seres invisibles brotan
de los muros. El aire se espesa; las sombras acechan. Las ruinas dejan de ser
ruinas: se alzan como un cuerpo oscuro, con pasillos que se abren en la arcilla
y ventanas que golpean en la penumbra. El hotel nos envuelve, nos traga, nos
absorbe en un silencio de piedra.
El
crujido de las escaleras bajo nuestros pies nos desliza hacia un salón oscuro y
tenebroso. Después, nada. Solo la certeza de que el hotel nos convierte en
parte de su historia, en voces que algún día otros escucharán, al incursionar
en la noche.
©
Diana Durán, 2 de marzo de 2026