LOS ECOS DEL GRAN HOTEL

 


Fotografía: La Nación. 24 de julio de 2023

LOS ECOS DEL GRAN HOTEL

 

Villa Ventana. No hay lugar en el mundo que nos guste más para disfrutar las vacaciones: las sierras, los arroyos que serpentean los límites, el aroma de los árboles, los artesanos en las callejuelas, la fiesta de la Golondrina y los pájaros que parecen notas musicales en cada rama. Allí volvimos, como todos los años.

Ayer desayunamos en la galería de la cabaña, con pan casero y mermelada. Conversamos sin apuro disfrutando el inicio del veraneo. Momentos simples, pero llenos de esa calma que uno quisiera retener para siempre. Caminamos a la vera del Belisario. El agua corre lenta y transparente, y la brisa nos acaricia. Conversamos sobre nada en particular, junto al mecer suave de las hojas y el cielo teñido de un azul cada vez más obscuro. Dormimos abrazados y serenos.

Hoy nos internamos en los senderos de la periferia. La caminata nos lleva cerca de un cerro cónico cuyo nombre desconocemos. Continuamos por un camino sinuoso hasta el Club Hotel de la Ventana, inaugurado en 1911, según reza un cartel. Célebre por haber alojado a marinos alemanes del acorazado “Admiral Graf Spee”. El edificio se incendió hace décadas, pero todavía conserva la sombra de su antigua majestuosidad. Escaleras, cimientos y muros derruidos nos hacen imaginar el esplendor de aquellos días cuando estaban en pie el cine, el teatro y la capilla. Las ruinas permanecen rodeadas por cientos de hectáreas parquizadas y cubiertas de árboles centenarios que el tiempo no pudo destruir.

La noche nos sorprende entre los restos del ex hotel. Contra las advertencias de otros turistas que recorren el lugar, decidimos quedarnos: queremos experimentar por un rato la sensación de vagar por el gran hotel. Armamos un campamento improvisado con los elementos que trajimos en el auto: carpa para dos y canasto con enseres básicos. Comimos y brindamos bajo la luna embelesados por nuestra aventura.

De pronto, el viento comienza a cambiar su fuerza, como si arrastrara un murmullo antiguo. Primero caen gotas aisladas, con un ritmo irregular. De a poco, la lluvia se vuelve persistente; un tamborileo que aumenta en intensidad.

Está lloviendo, me dice con voz baja, algo resignado. Es la tierra que nos quiere retener, respondo entusiasmada al mirar cómo la arcilla se torna un reflejo brilloso. No es lluvia; es un llamado que no debemos atender, señala intrigándome.

Más tarde las ruinas se estremecen con truenos y relámpagos. Algo extraño sucede. Se confunden en la lejanía voces mezcladas con el repiqueteo del agua, como si la tormenta tradujera palabras en un idioma misterioso. El suelo se torna resbaladizo, y cada paso es un intento por no quedar atrapados en aquel escenario que nos resulta sombrío y desconocido.

A la media hora, en el silencio quebrado por el viento, comienzan a escucharse más sonidos. Diálogos tensos, incomprensibles, en un idioma que pronto reconocemos: alemán. El gran hall es un despojo de ladrillos, pero las voces resuenan en las paredes desmoronadas.

¿Escuchás? Es como si los muros hablaran, me revela. No son los muros; son memorias que no se apagan, tiemblo al responderle; ¿y si nunca se fueron?, ¿y si siguen aquí, atrapadas en la eternidad del hotel? Él me ordena, no mires atrás. La historia nos persigue.

Las frases desconocidas se mezclan con el temblor de nuestras manos. El edificio parece reclamar su pasado de esplendor.

Siento que nos observan, le digo al fijar mis ojos en la negrura. Nos observan porque somos intrusos de su tiempo, me responde y aterroriza.

Corremos hacia el auto. La lluvia convierte el camino en una vía resbaladiza. Nuestro vehículo patina en zigzag.

Manejá rápido; los ecos nos siguen. Si manejo rápido vamos a encallar. ¿No los escuchás?; son voces, pero parecen aullidos; como si la noche hablara en otro idioma.

Detrás de nosotros, los ecos germanos se transforman en un coro de lamentos que nos persigue en la oscuridad.

No podemos salir, te escucho titubear con voz quebrada. Es el hotel que nos retiene; siento que los escombros giran alrededor. ¿Y si nunca fuimos visitantes, sino parte de su memoria?; ya no hay regreso.

Los clamores se hacen más cercanos, pero menos comprensibles, seres invisibles brotan de los muros. El aire se espesa; las sombras acechan. Las ruinas dejan de ser ruinas: se alzan como un cuerpo oscuro, con pasillos que se abren en la arcilla y ventanas que golpean en la penumbra. El hotel nos envuelve, nos traga, nos absorbe en un silencio de piedra.

El crujido de las escaleras bajo nuestros pies nos desliza hacia un salón oscuro y tenebroso. Después, nada. Solo la certeza de que el hotel nos convierte en parte de su historia, en voces que algún día otros escucharán, al incursionar en la noche.

 

© Diana Durán, 2 de marzo de 2026

 


LOS ECOS DEL GRAN HOTEL

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