TRAVESÍA FRATERNAL

 


Street View modificada con IA

TRAVESÍA FRATERNAL

Patricio y Hernando habían pasado horas enteras sumergidos en el juego de los soldaditos, recreando batallas encarnizadas entre distintos países. Habían rodado en zigzag y desafiado el equilibrio sobre una rueda convirtiéndose en un quebradero de cabeza para los porteros de la manzana. Se habían instalado muchas tardes en la esquina de la plaza a vender revistas para luego distribuirse los modestos ingresos, una repartija que rara vez transcurría sin discusiones o reproches.

Aunque resultaban inseparables, compartían una rivalidad feroz. Podían llegar a las manos si alguno se negaba a admitir la derrota tras una partida de ajedrez o un partido de fútbol. Esa tensión rozaba el límite cuando terminaban sin dirigirse la palabra durante días al disputarse la atención de la chica más linda del baile.

 

Los hermanos Cruz decidieron cruzar la meseta patagónica en bicicleta, como dedicatoria a aquellos días de la infancia. Lo harían desde Puerto Madryn hasta Esquel. Ya habían buceado con lobos marinos en Punta Loma y avistado ballenas en El Doradillo. El espíritu aventurero los impulsaba a ir por más. Patricio, profesor de educación física, confiaba en sus fuerzas y experiencias. Hernando, guía de turismo, en su logística y tecnología.

—Son quinientos kilómetros con desniveles de más de dos mil metros —advirtió Patricio.

—Con planificación y provisiones lo lograremos— respondió animado Hernando.

Equipados con carpa y mochilas, trazaron etapas de cien kilómetros diarios por la ruta de Los Altares, pero al tercer día, la estepa se volvió una trampa. Un viento implacable de sesenta kilómetros por hora los frenó, cegándolos con polvo y reduciéndoles las fuerzas al mínimo. El vendaval los empujaba hacia atrás como cuando de chicos corrían bajo la lluvia en bicicleta, disputándose quién llegaría primero a la esquina.

—¡Hay que parar acá! —gritó Patricio, bajándose de la bicicleta al límite del agotamiento— tu mapa nos hizo desviar, estamos pedaleando en vano.

—No podemos parar la aplicación, marca un puesto a tres kilómetros. Si nos quedamos en esta hondonada nos moriremos —replicó Hernando, pegado a la pantalla de su móvil.

—No me interesa tu programita. Acá necesitamos fuerza, no cálculos; nos estamos quedando sin agua; no podemos mantenernos en pie—contestó Patricio enojado arrebatándole el teléfono de un manotazo.

—¡Devolvémelo! —gritó Hernando, ciego de rabia y se le tiró encima dándole un puñetazo en la mandíbula.

Patricio trastabilló, sorprendido por el dolor, y respondió embistiéndolo con todo su peso. Ambos cayeron por los cantos rodados entre forcejeos y maldiciones. Patricio terminó sobre Hernando, inmovilizándolo contra la tierra.

—Acá manda la naturaleza, no tu pantallita —murmuró Patricio.

Hernando, escupiendo tierra y con la cara roja por el enojo, lo miró sin pestañear y le dijo —sin mi logística ya estarías muerto de sed en medio de la nada.

El viento aún más fuerte los frenó. Hernando observó el rostro ensangrentado de su hermano y la pantalla rota del teléfono tirada en el suelo. Despacio, abrió la mano y se dejó caer exhausto.

Luego se incorporó tosiendo, recogió el celular y le extendió la mano a su hermano. Patricio la miró un segundo y la aceptó para levantarse. Recordó al padre separándolos en sus peleas de niños; ahora, sin mediadores, debían hacerlo solos.

—Tres kilómetros —dijo Patricio, secándose un hilo de sangre de la boca.

—Tres kilómetros —asintió Hernando.

Montaron las bicicletas y volvieron a andar contra el viento.

Para sobrevivir en la Patagonia, primero debían, como siempre, sobrevivir el uno al otro.

Diana Durán, 24 de agosto de 2026



No hay comentarios:

Publicar un comentario

TRAVESÍA FRATERNAL

  Street View modificada con IA TRAVESÍA FRATERNAL Patricio y Hernando habían pasado horas enteras sumergidos en el juego de los soldaditos,...