LA NUBE EN LA MONTAÑA

 


Aconquija. Tucumán. Fotografía: Diana Durán. Modificada por IA

LA NUBE EN LA MONTAÑA

La Nube tenía un cuerpo deshilachado y un rostro fantasmal, ojos que cambiaban de forma en la masa de vapor.

Hacía miles de años el vaho de su cuerpo se enfriaba contra las laderas rocosas del Aconquija y subía desde las tierras bajas de lapachos y tipas. La habían denominado nuboselva, una gigantesca masa de vapor vivo, que custodiaba las yungas.

Esa tarde, la Nube cansada del paso ruidoso de los autos que circulaban hacia Tafí del Valle, decidió encerrar a un auto rojo que andaba algo ligero.

Adentro, cuatro humanos debatían su itinerario.

— No nos podemos quedar clavados acá. Si pongo primera, salimos de esta nube en diez minutos —dijo Tomás, con el motor encendido y las manos aferradas al volante.

—Ni se te ocurra acelerar, Tomás, apenas se ve el camino. Un metro en falso y nos vamos al vacío —se opuso Celeste, todavía tranquila, pero firme.

Afuera, el cuerpo de la Nube se arremolinó contra el parabrisas, condensándose para ocultar cualquier vestigio de la ruta. El ambiente estaba cubierto de lianas y helechos enormes que parecían suspendidos en la nada.

—Acá todo es distinto y traicionero. Abajo dejamos el calor, pero arriba la vegetación te devora —respondió Laura, intentando sin éxito desempañar el vidrio.

La Nube susurró algo incomprensible, aunque ellos sólo escucharon un silbido húmedo colándose por las rendijas del auto.

—Tranquilas, exageran. Es la nuboselva, nada más —intervino Diego, inclinándose hacia adelante, ansioso por avanzar—. La llaman lluvia horizontal. Si prendemos las balizas, Tomás va despacio y sigue la línea blanca, llegaremos a las cumbres antes de que anochezca.

La Nube se sintió ofendida por la arrogancia del muchacho. —¿Lluvia horizontal, nada más? ¿Un simple estorbo en el camino? — dijo y sopló fuerte.

De un golpe de vapor barrió con retazos de niebla los faros delanteros y deslizó gotas pesadas desde las copas apenas visibles de los laureles, haciéndolas caer sobre el techo del auto.

—No se ve la línea blanca, Diego, ¡no se ve nada! Es una locura avanzar a ciegas. Apaguen las luces, por favor, y esperemos —gritó Laura, tajante.

—¿Esperar a qué? Quedar varados en una curva cerrada es más peligroso que seguir despacio —protestó Tomás, dejando el auto en punto muerto.

—Peor es desbarrancar, —retrucó Celeste, inflexible.

La niebla, complacida por la reverencia de la chica, condensó su figura sobre el capó del auto. Para Tomás y Diego no era más que un obstáculo blanquecino y espeso, pero Laura y Celeste vieron cómo el vapor tomaba la forma de un dibujo sinuoso y fantasmal de cuyo extremo caían helechos como una cabellera verdosa.

—¿Por qué tanta prisa, humanos? —la voz resonó dentro del vehículo.

Los cuatro quedaron petrificados.

—¿Ustedes escucharon eso? —tartamudeó Diego, perdiendo de golpe toda su suficiencia.

—No abras la boca —rogó Celeste, sin apartar los ojos de la silueta que flotaba frente al vidrio.

La Nube inclinó su cabeza de bruma y sopló contra el cristal. El vaho interior se limpió brevemente. Entonces vieron un abismo a un metro de la rueda delantera. El asfalto había desaparecido en la garganta vertical.

—Tu auto iba a arrojarte hacia mí —advirtió la Nube junto al crujido de los alisos—. Los hombres siempre creen que el camino les pertenece. Corren y atropellan los bordes de las laderas, matan a los ciervos y espantan a los pájaros.

Tomás, con el rostro pálido y la respiración entrecortada, soltó el volante.

—No quisimos faltarle el respeto, solo queríamos cruzar el Aconquija hacia Tafí del Valle —explicó Laura casi sin aliento.

—Para cruzar mis dominios, primero hay que aprender de la naturaleza. El valle no se irá a ninguna parte. Esta noche pertenecerán a la selva —sentenció la Nube.

Un rugido sordo sacudió la ladera. Metros más adelante, una avalancha de piedras y barro cayó con estruendo, bloqueando el camino por el que Diego y Tomás pretendían avanzar a ciegas.

—Apagá el motor, Tomás, ya —pidió Diego aterrado por las circunstancias.

La Nube cubrió con su manto gélido el vehículo, hundiéndolo en una oquedad tan densa como oscura.

Durante la noche, la niebla se quedó echada sobre el auto, respirando sobre ellos. Les mostró paso a paso el croar de las ranas ocultas en los troncos, la danza de los helechos bebiendo agua del aire, los pasos sigilosos de pequeños ciervos curiosos que olfateaban las llantas. Los cuatro amigos dormitaron de a ratos, envueltos en mantas. Comprendieron que el encierro no era un castigo, sino una espera forzada por el entorno.

Hacia el amanecer, cuando el cansancio ya pesaba como piedra, una luz dorada se escurrió lentamente entre la bruma.

El vapor fantasmal se irguió sobre el techo del auto, estirando sus largos brazos hacia las cumbres. Su figura se volvía cada vez más fina y deshilachada a medida que el sol la atravesaba.

—Han sabido esperar, el gran Aconquija ha aceptado su ofrenda paciente —susurró la voz mientras se desvanecía en partículas que hicieron resplandecer en color esmeralda las hojas de los helechos. El muro blanco se abrió en fragmentos, mostrando el asfalto todavía mojado y, a un costado, el desmoronamiento de rocas que los habría sepultado de no haber frenado a tiempo.

Nadie habló de inmediato. El silencio ya no era de miedo, sino de asombro ante lo ocurrido.

Tomás miró a las mujeres. Agachó la cabeza y les pidió perdón por su terquedad. Luego, encendió la llave y el motor arrancó.

Cuando a poca distancia el auto alcanzó al mirador de El Indio, la selva se mostró en su esplendor de verdes dominantes intercalados por rosas, amarillos y blancos floridos. Un mar de nubes cubría el fondo de la quebrada. Parecía que la Nube se había acomodado para descansar.

—Mírenla, ahí está reposando en el fondo de la quebrada —observó Celeste.

—Nos cuidó toda la noche —reconoció Diego, inclinándose para ver el colchón blanco que antes había querido perforar a ciegas.

—Entonces sigamos a Tafí del Valle —propuso Laura—. Anoche la Nube no nos dejó atravesar la montaña, pero nos legó un aprendizaje superior: el respeto hacia la naturaleza.

 © Diana Durán, 7 de setiembre de 2026

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