MERLÍN EN LOS TEJADOS

 


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MERLÍN EN LOS TEJADOS

Dicen que los nombres nunca son inocentes. A veces se eligen por admiración, otras por capricho, y muchas sin saber exactamente por qué. Con los años, sin embargo, el nombre termina pareciéndose a quien lo lleva. O, tal vez, ocurre al revés.

Cuando apareció aquel gato atigrado de ojos amarillos y andar sigiloso, mi hijo mayor propuso llamarlo Merlín. No había castillos, caballeros ni espadas encantadas en nuestra casa de barrio, pero el bautismo gustó enseguida. Creíamos reconocer en él algo de aquel viejo mago: una mezcla de sabiduría, reserva y esa intuición que parece tender un puente entre la rutina humana y una naturaleza secreta.

Ese mundo tenía sus propios mapas. Para nosotros, el barrio terminaba en las medianeras y las líneas de la vereda; para Merlín, en cambio, existía un territorio vertical, ajeno a cualquier registro humano. Su entorno no reconocía esquinas ni puertas: era una red de techos de chapa, tapias agrietadas, copas de paraísos y canaletas que conectaban manzana con manzana. Desde las alturas, Merlín ejercía un dominio paciente, patrullando las fronteras donde se pactan las treguas o se desatan las peleas gatunas.

A menudo regresaba de esas expediciones con el cuerpo maltrecho, algún rasguño en la nariz o una pata renga. Poseía, no obstante, una capacidad asombrosa para reponerse, como si fuera invencible. Tras cada refriega lo encerrábamos un tiempo puertas adentro, hasta que el aburrimiento lo llevaba a afilarse las uñas en el tapizado o a rondar la vajilla, exigiendo que le abriéramos paso hacia su verdadero espacio.

Así transcurrían sus días de gato, imperturbable y arisco, hasta que su cuerpo empezó a cambiar de forma. Su silueta estilizada se fue volviendo redonda y pesada. El misterio se resolvió una tarde para nuestro asombro: el viejo hechicero no era tal, sino una gata a punto de parir.

El ritual del parto ocurrió en la esquina de la galería de la casa. Merlín —a quien rebautizamos como Merlina—, trajo al mundo cuatro crías: dos atigradas idénticas a ella y dos de un amarillo extraño que nos sorprendió.

El enigma se cerró ese mismo domingo. Nuestra hija Catalina llegó de la casa de los abuelos, luego de pasar el fin de semana con ellos. Enseguida descubrió caja donde descansaban los recién nacidos. Miró a los dos cachorros dorados y soltó una sentencia que nos hizo reír:

—Es amor verdadero…

Ella había visto en los techos donde Merlina transitaba, la figura de un gato amarillo y corpulento que compartía las cornisas. Descubrimos que algunos encuentros que los reunía sobre el zinc caliente no habían sido peleas por el territorio.

Desde entonces, cada vez que alguien evoca a Merlina, ya no se habla de sus milagrosas recuperaciones. Lo que vuelve intacto a la sobremesa es la sentencia de Catalina.

Al final, la verdadera magia no habita en las leyendas de Britania ni en los libros de encantamientos, sino en las crónicas domésticas que se tejen sin darnos cuenta, uniendo los senderos de los techos con los afectos de la casa. Merlina, sus cuatro cachorros y la certeza compartida de que, aun en los tejados más ásperos, manda el amor verdadero.

@ Diana Durán, 19 de octubre de 2026

 

 

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