DÓNDE QUEDA EL DÓNDE

 


La plaza de Concepción del Uruguay. Street View


DÓNDE QUEDA EL DÓNDE

El tiempo lo cura todo, pensaba, pasarán los días, los meses, los años y la distancia terminará por diluir su rostro. Cuanto más remoto, mejor, le repetía a un amigo al borde del muelle. Decía que se iría muy lejos para no tropezar más con su sombra.

 

Concepción del Uruguay los alojaba a la vera del río. Apenas se cruzaban. El mundo se reducía a convergencias breves: unos minutos fugaces sin saludo ni gesto. Seguía el regreso inexorable a la soledad. Los encuentros eran mínimos pero implacables, suficientes para clausurar de golpe cualquier intento de reconstrucción.

 

Sin embargo, ahí estaban. Vivir en la misma ciudad los volvía cercanos y lejanos a la vez. Coincidían en los escenarios donde habían tejido una historia compartida. El andar lento por la Plaza Francisco Ramírez. La luz cálida del bar Siete Colinas. El rumor lejano del río al caminar por el boulevard hacia la ribera. La ciudad entera guardaba el eco de sus pasos, y él entendió que para huir de ella debía, primero, desarraigarse de sí mismo.

 

Tiempo después, aun habiendo partido a Paraná, lo perseguían el calor de las noches de amor, la fatiga de las tardes de encono irreconciliable y el acecho imprevisto de aquellas calles de encuentros involuntarios. Los recuerdos se negaban a desaparecer.

 

Paraná, aunque distinta, era una ciudad igualmente ribereña. Él comprendió entonces que no existía destierro capaz de borrar la historia compartida. La distancia no alcanzaba para fracturar una relación que había abierto surcos en su piel y apartar los lugares que, aun distantes, volvían a su memoria.

 

Caminar por la capital no le servía de nada. Ella superpoblaba lo cotidiano. Reaparecía intacta en el ala olvidada de una esquina, bajo la sombra umbría de la plaza, en las callejuelas estrechas del centro o en la bruma matinal del anchuroso río. Las imponentes barrancas naturales le devolvían los paisajes litorales que habían recorrido juntos.

 

Devorado por la ausencia, él se preguntaba una y otra vez: ¿dónde queda el dónde? ¿Persiste en la ciudad que se abandona, en los suburbios ribereños, en el recodo del camino donde la historia se había quebrado? ¿Dónde queda el dónde? ¿En el abismo del olvido, en la juventud compartida, en la memoria de los amigos lejanos?

 

Entonces debía irse para no encontrarla más. Aunque en el fondo sabía, con esa constancia que invoca el horizonte del río, que el dónde quedaría flotando para siempre en el aire de cualquier ciudad, como un eco que ningún viaje lograría extinguir.

 

Había decidido, al fin, emprender la partida definitiva.

 

 

© Diana Durán, 3 de agosto de 2026


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